Wearables, ¿éxito o fracaso?

Cuando llegó el Apple Watch al mercado muchos coincidimos que por fin llegaba el termómetro que diría si los usuarios realmente estaban interesados en volver digital todos los dispositivos de nuestra vida. ¿Estábamos preparados para los wearables en nuestro día a día?

Las pulseras de monitorización habían demostrado tener una incidencia débil en el mercado a pesar de que su precio no era obstáculo. Los relojes inteligentes como Pebble seguían viéndose como un producto para geeks y los relojes deportivos multifunción se quedaban excluidos a gimnasios, entrenamientos y alguna competición popular. ¿Podría Apple, la empresa que nos metió en la era de los iDevices hacer que quisiéramos gastar 400 euros en un smartwatch o que en su defecto nos lanzáramos a por alguno de la competencia por mera inercia?

Como es habitual antes de cualquier lanzamiento, casi medio año antes de su presentación se hablaba de todas las posibilidades, precios y configuraciones que tendría el reloj inteligente de Apple. Incluso de la acogida que podría tener en función de las mismas. Como es habitual en la casa de Cupertino cuando las cifras no son espectaculares la información dice que están satisfechos con las ventas del reloj, aunque no las han detallado. Solo se sabe que durante el primer fin de semana vendieron un millón de unidades y que en tres meses vendieron más que todo el mercado android en un año. ¿Significa esto que es un éxito? No necesariamente.

Recientemente la empresa Ipsos Mori, especializada en servicios de investigación, realizó un estudio en varios países de la Unión Europea en la que preguntaban a los entrevistados sobre su relación con los wearables. Desde si los conocían hasta si los consumían o tenían previsto hacerlo.

Del mismo modo que ocurre con otros lanzamientos tecnológicos la tasa de intecionalidad y conocimiento era mucho mayor según bajaba la edad media de quienes respondían. Más del 60% de las personas -independientemente del sexo- sabían lo que era un smartwatch. El porcentaje era de más del 70% entre los menores de 35 años y de menos del 55% cuando se superaba esa edad.

Sobre quiénes los tenían -y usando esa edad como frontera divisoria- era del 2% por debajo y del 1% por encima. ¿Por qué esto? ¿Solo por el precio? Realmente no son más caros que un pulsómetro o un reloj de cuarzo de gama media. La respuesta parece venir del uso que creemos que tienen.

El 24% consideran que es un producto que facilita el día a día y aún menos lo consideran una necesidad. De hecho, solo el 6% baraja comprar uno durante 2016. Si comparamos la cifra con otros productos mucho menos cotidianos como los cascos de realidad virtual el resultado sorprende: solo un 25% de los encuestados saben qué es un casco de realidad virtual, pero un 47% quieren probar y comprar uno.

La conclusión es que aunque sabemos que son dispositivos más o menos útiles y económicamente accesibles la mayoría de los encuestados mostraban dudas de si querían incorporar otro dispositivo que necesita que lo carguen, que nos monitorice, que nos «bombardee» con notificaciones a cualquier hora en cualquier lugar. Aunque la esfera de la privacidad parece cada vez más débil frente a la era de la mensajería instantánea y las redes sociales hay un ámbito -el físico- que queremos que mantenga la integridad.

Otros analistas dicen que solo ocurre que es una tecnología que aún está en sus primeras fases: faltan utilidades e implantación en el ecosistema para ganar interés. Puede que el producto de la manzana sea capaz de romper el hielo como ya lo hizo antes el iPad. La duda es si realmente queremos que lo haga.

Publicado por

Gaizka Manero López

Nacido en 1982 en Portugalete, Bizkaia, soy doctor en "Periodismo, Comunicación y Memoria en la era digital" por la Universidad del País Vasco.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *