Facebook, cuando todos somos mercancía

Las cifras de Facebook, no por oídas dejan de ser espectaculares. A finales del año pasado rozó los 1.600 millones de usuarios. Eso la convierte en la red social más exitosa y dominante del mercado, además de una herramienta de comunicación -personal, de masas y comercial- sin parangón hasta la fecha. Es casi (yo estoy disfrutando de vivir sin ella después de más de un lustro de existencia en el universo de Zuckerberg), inevitable.

Es imposible negar que ha cambiado nuestra forma de relacionarnos así como de generar y transmitir contenidos. Es, posiblemente, el ejemplo dorado de cómo la nueva era tecnológica y de movilidad han generado una nueva forma de entender nuestro día a día.

Su creación, expansión y consolidación no solo se estudia en escuelas de negocios (por su velocidad para crear y dominar un mercado nuevo) sino también en las de psicología (comportamiento humano) y ha servido para alimentar el imaginario de Silicon Valley -película incluida-. Tal ha sido su impacto que muchos especialistas consideran que su éxito -en el ámbito cotidiano y en el universo empresarial- se ha dado porque ha sido capaz de comercializar lo que nunca antes nadie, otras redes sociales incluidas, había podido: los sentimientos de las personas.

Si miramos un perfil de un usuario cualquiera -el mío mismo hasta su eliminación- encontraremos siempre la misma columna vertebral: la biografía y la amistad. Por partes, una breve descripción de quienes somos (realmente de cómo nos gustaría ser o cómo nos gustaría que los demás nos visualizaran) aderezada con fotos y gustos a la que se suma el grueso del negocio, nuestros amigos.

Jugar entre esas dos columnas es donde reside su éxito: permite alimentar nuestro ego y le da eco frente a nuestros conocidos. Nos hace crecer -nuestra imagen- en nuestra área de confort. Es la recreación algo menos visual de nuestro propio universo SIM. Si a eso le unimos que estructura nuestro universo (algo que le encanta a nuestro cerebro) y de paso nos coloca en el centro -algo que le encanta a nuestra visión individualista del mundo-, tenemos todos los ingredientes para el éxito.

Los Me gusta refuerzan nuestras convicciones (creencias o argumentos de por qué hacemos las cosas)  y subrayan nuestros gustos (música, deporte, política, hobbies). Además, cualquier movimiento que hagamos en la red puede ser respaldado por nuestros amigos-conocidos-gente con la que compartimos gustos hasta llegar a cientos de millones. Una suma de pertenencia a un grupo, libertad y anonimato (sí, ni somos como aparentamos ni muchas veces somos los que estamos tras el perfil).

Al final, sin darnos cuenta creemos convertirnos en generadores de opinión, de influencia, de tendencias, de información, cuando tan solo formamos parte de la corriente y, una vez alienados, pasamos a formar parte de la maquinaria publicitaria y consumista que en Facebook ha encontrado una nueva herramienta para expandirse. Si echamos una vez más el ojo a los más de 1.550 millones de usuarios que tiene veremos que tiene más adeptos que cualquier religión del planeta. Tan llamativo como peligroso (¿qué es una religión cuando pierde la ética?)

El muro se ha convertido en el templo de adoración de nuestro universo con la diferencia de que no hay ya ninguna deidad externa: tan solo somos nosotros adorando la idea del mundo y la vida que nos gustaría vivir y que sin duda no existe. Recibiendo impactos más o menos positivos de la información que nos rodea. De los gustos que nos rodean. De personas que ni siquiera sabemos si conocemos.

Recientemente un estudio publicado ha demostrado que la red social acaba erosionando nuestra perspectiva ideológica y al procurar rodearnos siempre de personas con gustos e idearios similares (amigos) los debates suelen enquistarse y radicalizarse más de lo debido. La distancia y cierto anonimato acaban dándonos la sensación de fuerza para argumentar con o sin razón sobre todo tipo de temáticas. Curiosamente casi siempre en contra.

¿Significa esto que Facebook o cualquier otra red social son malas? ¿Significa esto que ellas mismas rompen parejas, radicalizan el ideario político de la sociedad o potencial en capitalismo sobre los sentimientos y las personas? Probablemente sea muy complicado llegar a cualquiera de estas conclusiones sin caer en el maniqueísmo.

Solo tenemos claro que hay una enorme cantidad de usuarios que hacen un uso erróneo de la misma: pasan más tiempo delante de una pantalla que delante de una persona. Pasan más tiempo dando al me gusta de lo que hace los demás que haciendo cosas. Pasan más tiempo pensando en cómo quedará la foto en la red social que en disfrutar del motivo por el que sacan la fotografía. Será interesante ver cómo se adaptan a las mimas la generación digital que ha nacido y se ha criado en un mundo en el que siempre han existido estas redes.

Publicado por

Gaizka Manero López

Nacido en 1982 en Portugalete, Bizkaia, soy doctor en "Periodismo, Comunicación y Memoria en la era digital" por la Universidad del País Vasco.

2 comentarios sobre “Facebook, cuando todos somos mercancía”

  1. Siempre suelo leer tus entradas y con todas ellas suelo ser muy crítico, pero en esta ocasión te mereces mi humilde aplauso. Oso ondo !!!

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