Instagram, el verdadero cambio que Mark Zuckerberg estaba buscando

Si hay algo que controle el equipo de trabajo de Mark Zuckerberg es la forma de implementar cambios en sus servicios (redes sociales). Casi cualquier novedad que ocurra en algo que afecta a miles de millones de personas siempre está rodeado de polémica. Desde los cambios más importantes (los que afectan a la privacidad o los contenidos) hasta los más nimios, aquellos referidos a la forma de la propia red social.

Hace unas pocas semanas, la filial fotográfica de Facebook (hace mucho tiempo que dejó de ser un ente independiente y fresco) decidió cambiar su lenguaje de diseño. La idea era acabar con la imagen «vintage» por una más juvenil (la amenaza de Snapchat es enorme entre la nueva generación de usuarios) y quedar más cerca del estilo de las aplicaciones de fotografías más habituales: las de Android y el sistema operativo de Apple.

El icono solo era la rúbrica del paso del diseño apoyado en el skeumorfismo al minimalismo de los nuevos entornos operativos. Las cifras exigían un cambio: cada día se comparten 80 millones de fotos y vídeos en Instagram y los ven más de 400 millones de usuarios. Y su enorme tamaño -mayor que Twitter- ha pervertido por completo la red. Ahora es un enorme escenario en el que las celebrities comparten sus vivencias, se enzarzan entre ellas y comienzan campañas de todo tipo (sobre todo publicitarias).

Unificar la imagen a Facebook y, por qué no, a iOS y Android tiene un objetivo claro: hacerlo una parte indispensable de su uso. Eso sí, la idea fue vendida muy acertadamente como «una representación de la variedad de expresión de la comunidad» en la que «el contenido es lo primordial.

Como hemos dicho, corrieron ríos de tinta (digital) al respecto. Millones de usuarios clamaban la pérdida de identidad de la aplicación. El espíritu retro que nos hacía vivir los primeros años de las apps, de los smartphones, de las redes sociales menos masificadas desaparecía en medio de un diseño propio de Ikea.

Curiosamente, el debate sobre el verdadero cambio de Instagram había desaparecido. Durante las semanas anteriores millones de personas nos quejamos de la intención de la red social de alterar las prioridades de los contenidos: iba a desaparecer el orden cronológico para potenciar el feed algorítmico.

Y como ocurrió con otros debates anteriores referidos a Facebook o al propio Instagram, todo se acalló y casi todo el mundo acató (muchos hemos abandonado ambas redes). Lo que empezó siendo una prueba porque «millones de personas se perdían contenidos interesantes» o «perdían la oportunidad de fomentar los likes y los feeds» ya se está implantando. Ahora será un algoritmo el que elija qué vemos primero.

Como siempre, durante las primeras semanas será posible volver al «feed» anterior. Pero a buen seguro, pasado ese tiempo de cortesía, los famosetes de turno, las marcas publicitarias -las que dan de comer a la empresa- y los influencers serán los que aparezcan primero. Y si no tenemos un poco de mano en la configuración, los contenidos de la gente que realmente está en nuestro entorno caerá a las últimas posiciones.

Ahora nos perdermos el 70% del contenido de nuestros feeds según la empresa. El nuevo sistema nos priorizará pero, ¿hará lo propio con el resto de la red? ¿Seguirá siendo social para con los nuestros o eso se queda para los grupos de Whatsapp? En palabras de los representantes de Instagram, para seguir llegando a nuestros contactos solo tendremos que «esforzarnos un poco en crear contenido interesante». ¿Ese es una foto con nuestras sobrinas o es una foto de nuestras zapatillas de running -por supuesto bien etiquetada para que se vea la marca-?

Una jugada maestra que nos llevará a nuestra esfera privada, el smartphone y la tablet, todo aquello que Google no puede lanzarnos gracias a los AdBlocks. Una forma voluntaria de recibir publicidad, seleccionada mediante nuestros gustos y todo lo que Zuckerberg y compañía sabe de nosotros. Lo de las fotos con amigos y familiares es solo una excusa.

Publicado por

Gaizka Manero López

Nacido en 1982 en Portugalete, Bizkaia, soy doctor en "Periodismo, Comunicación y Memoria en la era digital" por la Universidad del País Vasco.

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