Tecnología, ¿y si nos hemos equivocado de siglo?

Desde hace tiempo -con la explosión de la revolución digital– han surgido dos corrientes antagonistas que consideran la tecnología el origen de casi todos los males contemporáneos de la Humanidad (enfermedades, cambio climático, sobreexplotación de personas y del planeta, guerras relámpago, mayor desigualdad social) o que la tecnología es la única solución posible a todos estos males -que ya existían desde la revolución industrial y que solo se han magnificado con la llegada de nuevas herramientas-.

¿Qué es la tecnología? Como tal es el conjunto de conocimientos técnicos, científicamente ordenados, que permiten diseñar y crear bienes y servicios que facilitan la adaptación al medio ambiente así como la satisfacción de necesidades esenciales de la Humanidad. Eso significa que tecnología es tanto la rueda como un dron. Tecnología es un coche eléctrico y también una lavadora. Un teléfono inteligente o una bicicleta que nos permite desplazarnos más cómoda y eficientemente que a pie. Una vacuna o un tratamiento que salva a un niño de cáncer y la imprenta de Gutenberg.

¿Cuál es entonces el problema con la tecnología para que pueda provocar este rechazo? ¿Por qué hay una enorme multitud de personas que consideran que aliena a los niños, divide a las personas, potencia los extremismos e incrementa las diferencias sociales? A voz de pronto se nos ocurren tres respuestas: la primera es por desconocimiento (y el miedo que esto conlleva), la segunda es por el excesivo fanatismo que todo avance lleva aparejado por determinados grupos de la sociedad; la tercera porque estamos intentando plantear el siglo XXI bajo una mentalidad del siglo XVIII.

La primera no se refiere necesariamente a una persona que no cuenta con acceso a la educación o a la información. Habitualmente suele centrarse en aquellos de países desarrollados que simplemente ven en lo desconocido una amenaza. Ese trabajador del medio oeste americano que entiende que una fábrica de coches totalmente robotizada le roba el trabajo. El desempleado de cualquier ciudad europea que no consigue adaptarse a la era de la industria 4.0 y culpa a la tecnificación de todos sus males sin pensar en cómo evolucionar para volver a ser competitivo (volveremos a esto dentro de unos párrafos).

La segunda es algo inherente a la naturaleza humana durante las últimas décadas. El afán de novedad, de destacar y diferenciarse. Eso hace que millones de personas necesiten comprar continuamente dispositivos tecnológicos para vivir de primera mano la evolución histórica de esta reconversión digital. Fanáticos los ha habido siempre: religiosos, de clubes deportivos, de la ciencia, de la política y, por qué no, de la tecnología. El poco tiempo que llevamos conviviendo con las nuevas tecnologías, la enorme exposición que nos permite internet y el afán de ganar dinero de las empresas son el caldo de cultivo perfecto para estos grupos sociales.

Sin embargo, la tercera respuesta es la que se nos antoja más relevante. Solo tenemos qué ver cómo los gobiernos de muchos países empiezan a plantearse qué harán cuando las máquinas hagan nuestro trabajo. ¿Cómo nos mantendremos? ¿Cómo pagaremos las facturas? ¿Cómo seremos competitivos en el mercado? Nos resulta especialmente llamativo que ninguno de los políticos haya llegado a plantearse la pregunta de: ¿y si el sistema capitalista está obsoleto y no tiene ningún sentido en la era de la automatización?

Lejos de un planteamiento comunista o socialista -los creo igual de obsoletos que su ideología antagonista- ¿tiene sentido un futuro en el que las máquinas hagan todo el trabajo mientras los humanos estamos desocupados y «pobres»? Sin duda no. Si la tecnología es una herramienta creada por el hombre para hacer nuestra vida más segura y sencilla, ¿no debemos ir hacia una sociedad en la que no importe la productividad humana y en la que sean las máquinas las que realicen el trabajo mientras los humanos dedicamos nuestro tiempo a evolucionar y vivir de una forma digna para todos?

Un futuro en el que estudiemos nuestro planeta para conseguir mejorar su situación y la de todas las especies que habitan en él. Un futuro en el que estudiemos las enfermedades para erradicarlas. En el que miremos hacia el cosmos para buscar un nuevo hogar. En el que la igualdad no sea una utopía sino una realidad diaria en todos los rincones del planeta. Uno en el que dé igual la riqueza material de unos pocos puesto que el trabajo -eso que el capital tanto busca, anhela y avaricia- estén sobre los hombros de las máquinas mientras que todos tengamos garantizados alimento y un techo en el que vivir con los nuestros.

El sistema capitalista tiró abajo el injusto sistema feudal. La revolución industrial permitió que los derechos no fueran dones divinos heredables sino que se pudieran romper los techos de cristal que nos separaban. Sin embargo, la desaparición del trabajo en no demasiado tiempo debería redefinir nuestra sociedad. No mediante una renta básica sino mediante una verdadera evolución como especie.

Es por ello que la tecnología no debe estar ligada a patentes cerradas. Que no debe ser privilegio de unos pocos -como durante siglos lo fueron los conocimientos- sino un derecho de la Humanidad para crecer como colectivo. Es por ello que debemos entender la tecnología como un bien común y no como un negocio de proporciones nunca antes vistas. Ya ha ocurrido antes -con el automóvil sin ir más lejos- pero debemos aprender de nuestros errores del pasado para mejorar nuestro presente y apuntalar nuestro futuro.

Recientemente pude disfrutar del documental sobre la corta vida de Aaron Schwartz llamado Internet’s Own Boy. Al final del mismo uno de sus amigos explicaba que si cerramos las puertas de la tecnología y la educación a una parte de la población (algo que el sistema capitalista actual permite y potencia), es probable que la persona llamada a curar un cáncer, a descubrir una nueva forma de movilidad o a crear una revolución alimentaria, nunca llegue a los conocimientos que necesita para poner las bases a su revolución. No podemos permitirlo.

Nosotros somos nuestro propio freno. ¿Podremos quitarnos la venda de los ojos? Estamos a tiempo.

Publicado por

Gaizka Manero López

Nacido en 1982 en Portugalete, Bizkaia, soy doctor en "Periodismo, Comunicación y Memoria en la era digital" por la Universidad del País Vasco.

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