Medio ambiente, cosas que no sabíamos

Aunque todas las generaciones son diferentes entre sí, mucho se ha hablado últimamente -en positivo y en negativo- sobre los millennials. Ese grupo humano nacido entre 1980 y 1999 (aquellos cumplirían su mayoría de edad o que nacieron con el cambio de milenio) y que, antes de la vorágine tecnológica éramos (nací en 1982) conocidos comúnmente como Generación Y.

La primera que se crió sin y con internet. Sin y con smartphones. Sin y con una galopante crisis financiera y de sistema que ha puesto en jaque conceptos sociales (y económicos) que parecían consolidados -la clase media y el estado de bienestar, por ejemplo-. Sin y con un acceso casi ilimitado a información en cualquier lugar y momento. Sin y con una grave amenaza -empírica- para el medio ambiente. Y, sobre todo, sin y con un futuro complejo en materias tan críticas como empleo, política y responsabilidad social.

Y decimos sin y con porque a la ilusionante década de los ’90 le siguió la burbuja de los 2000 y el estallido de la misma en 2008. Esto nos ha convertido en un grupo humano heterogéneo -como cualquier otra generación- que se ha visto abocado a cambiar el concepto de propiedad privada por el de usufructo (algo que existía hasta mediados del siglo XX). Un grupo que ha cambiado por completo la forma en la que nos relacionamos, consumimos, trabajamos y disfrutamos de nuestro ocio respecto a nuestros hermanos mayores. Pero que, cuánto más se acerca la fecha de nacimiento a 1980, más encerrada se encuentra entre dos mundos.

En cualquier caso, una generación que, aunque nos definimos, por ejemplo, por nuestra defensa a ultranza del medio ambiente, estamos dejando una huella de carbono sin precedentes sobre el planeta a causa de esas nuevas formas de consumir y relacionarnos. Por eso, a continuación, os dejo una lista de cosas que seguro no sabíamos sobre contaminación y que deberían cambiar nuestra forma de actuar.

  1. La industria de las telecomunicaciones supondrá el 14% de las emisiones en 2040 (o antes). La cifra que ahora tiene la industria agroalimentaria. Porque los smartphones, esos que cambiamos de media cada año y medio, no emiten gases de forma directa, pero su proceso de construcción es tremendamente contaminante. Hasta el 85% de todo lo que contaminan. La solución es sencilla: tardemos un año más en cambiar de terminal. Porque la mayoría de los cambios se hacen por la influencia que tiene el marketing en nosotros, no por la cacareada obsolescencia programada -qué también existe-.
  2. La guerra de las pantallas grandes en los smartphones ha disparado las emisiones. Un iPhone 6S consume un 60% más de energía que un iPhone 4S. A día de hoy la carga de teléfonos, tabletas, relojes inteligentes, pulseras de monitorización, portátiles, etc. ya supone entre un 5 y un 7% de la factura total anual. Esta cifra se disparará en los próximos años con la llegada de la domótica y el internet de las cosas. Además, en el mundo ya hay 7.600 millones de SIM activadas para «solo» 7.400 millones de habitantes.
  3. Hasta el 85% de nuestros equipos se alimentan con electricidad «no limpia». Aunque hay datos que amparan que es posible perder la dependencia de las energías fósiles y que sabemos qué camino debemos seguir para llevar a cabo la «descarbonización«, lo cierto es que las energías renovables, por el momento, son insuficientes para que el planeta limpio e inteligente que nos vende Silicon Valley está muy lejos de ser real. La vida 2.0 contamina. Mucho.
  4. La nube no es precisamente blanca. Las smart things lo son gracias a la computación en la nube: fotos, mapas, música, series, vídeos, claves, programas, documentos… nada necesita ya una copia física porque servicios como iCloud, Google Drive, Amazon Drive y compañía hacen copias intangibles disponibles cuando se quiera. El complemento perfecto para no tener reparos en actualizar dispositivos y también para agilizar trabajos. La idea de economizar espacio (y papel) es excelente. El problema es que los servidores sobre los que se sustentan estos servicios son enormes monstruos que devoran cantidades enormes de electricidad. Y volvemos al punto 3. Es cierto que los principales actores están trabajando a marchas forzadas para obtener la energía de fuentes exclusivamente limpias pero la huella de carbono sigue siendo enorme.
  5. La persecución del diésel es injusta. Que uno o varios grupos empresariales mintieran no significa que una tecnología sea mala. Los motores diésel se potenciaron, entre otros motivos -uno de ellos minimizar la dependencia del petróleo de Europa- porque sus emisiones de CO2 son menores. Es cierto que emiten los temidos y peligrosos NOx pero también que existen tecnologías para paliarlos. Las sanciones deben ir a los fabricantes que, por cierto, no era solo uno ni solo la industria alemana -aunque es la que se lleva la palma-.
  6. El aplauso a la gasolina es un mito y la moda SUV un grave error. Demonizar el diésel y que todos nos vayamos a la gasolina ya hemos visto que es un error. Pero la moda SUV (modelos caros, con un mantenimiento más costoso, menos espacio, peor conducción, etc.) agrava aún más todo ello. Porque estos pesados y poco aerodinámicos modelos consumen más y eso hace que las emisiones de CO2 se disparen. Por cierto, 2017 es el primer año en más de una década en Europa en la que las emisiones de este gas que provoca el efecto invernadero han subido.
  7. Pero los eléctricos tampoco solucionan gran cosa. Y es que esto no va de ser de A, B o C. Esto va, de una vez por todas, de cambiar nuestras costumbres a la hora de movernos. El coche no debe ser la solución para todo. Ni siquiera en flotas de car sharing (se renuevan muy a menudo y las cifras son claras: mantener bien un modelo de 10 años contamina menos en la siguiente década que cambiarlo por un modelo más limpio porque, de nuevo, la huella de la fabricación es gigante). Hemos de volver a caminar -en la ciudad-, a usar la bicicleta -en entornos seguros-, el transporte público (que requiere que administraciones actualicen y ciudadanos usen) para distancias accesibles, y ajustar las emisiones de los medios de largo alcance (aviones y barcos). El problema no es el coche que conducimos el problema es que conducimos un coche (o una moto).
  8. La moda «democrática» ni es democrática ni es sostenible. Hace pocas semanas la ONU catalogó el fast fashion como emergencia ambiental. El consumo de agua para tintar una sola prenda es gigantesco (mayor que el de conseguir un kilo de carne). ¿Significa esto que debemos todos consumir en marcas «de lujo»? No. Significa solo que debemos consumir con cabeza. No necesitamos 10 pantalones y 30 camisetas en nuestro armario. Es suficiente con ser responsables y asegurarnos de que el origen de las prendas es el adecuado. Empresas como Inditex o Puma ya están trabajando en proyectos de fibras recicladas con impacto cero. Los primeros, de hecho, han lanzado una colección llamada Join Life que espera ocupar el 20% de todos sus productos antes de acabar la década.
  9. ¿Realmente necesitas comer carne en esas cantidades? Si la pesca está acabando con el mar, la ganadería extensiva está destrozando la capa de ozono. Los últimos estudios indican que la industria ganadera contamina ya más que el transporte. Existen formas mucho más sanas y sostenibles que comer una hamburguesa a diario. Todos los sabemos (o intuimos) la duda es, por qué no hacemos nada al respecto.
  10. La única solución es vivir «peor» o conseguir de forma inmediata energía limpia y consumir de forma responsable. Vivir de una forma más sencilla. Más parecida (en lo bueno) a generaciones anteriores. Seguir investigando para crear un mundo más conectado e inteligente con un coste energético menor hasta que seamos capaces de abandonar los combustibles fósiles. Tenemos más potencial que ninguna otra generación anterior gracias a esos «con» de los que hablábamos al principio. Tenemos acceso a más información. Tenemos acceso a más conocimientos y sabemos mejor que las generaciones anteriores qué pasa cuando hacemos algo mal. Tan solo necesitamos ser responsables. ¿Seremos capaces de serlo y de enseñar a las generaciones venideras para que también lo sean? La pelota está en nuestro tejado.