Bicicletas, la apuesta del Norte de Europa

Ya hemos hablado más veces de la necesidad de cambiar nuestro modelo de transporte diario del automóvil (o moto) a otros sostenibles. Es cierto que es necesario potenciar el transporte público y colectivo para dar una cobertura consolidada a los ciudadanos pero también que siempre existirá una demanda individual de aquellos que por motivos laborales o de ocio tienen necesidades especiales (horarios, por ejemplo).

En ese contexto -y hasta que lleguen los vehículos inteligentes y autónomos movidos por hidrógeno o electricidad de origen «limpio»- la bicicleta sigue antojándose como la solución más realista. La inversión de la Administración se reduciría a crear espacios propios para la misma (que pueden ser eliminados de los que ya tienen invadidos los coches, por ejemplo) y, al fin y al cabo, sirvan para devolver la ciudad a los ciudadanos.

A buen seguro serán muchos de los que hablen de los inconvenientes que tienen las dos ruedas durante las épocas invernales: dudo mucho que en nuestra tierra sean peores que en Países Bajos o Alemania, «paraísos» de las bicis. Incluso se referirán a los problemas de coexistencia que se dan entre ambos modelos de transporte durante los primeros momentos. Sin embargo, ser vecinos de otros Estados con más experiencia en estas lides a buen seguro nos marcará las guías de por dónde avanzar.

El aparcamiento de las miles de bicicletas que recorren algunas de las ciudades del Norte de Europa ha sido uno de los grandes retos para los gestores: Utrecht, una ciudad de tamaño medio en el centro de Holanda un poco más pequeña que Bilbao ha puesto remedio (parcial) a esto con la construcción del parking más grande del mundo: tendrá cabida para 12.500 bicis.

La cifra, espectacular viendo lo que nos rodea, es solo temporal ya que el ayuntamiento ha prometido la construcción de otros de este tamaño para poder afrontar las más de 100.000 que cada día se utilizan para ir a trabajar, al colegio o, simplemente, para hacer deporte.

Una de las cifras que más nos han llamado la atención de este emplazamiento es el espacio que requiere: 17.100 metros cuadrados: el rato por cada equipo de transporte (en este caso bici) es de tan solo 1,37 metros cuadrados: inimaginable si se tratara de «guardar» esa misma cifra de coches, furgonetas o motos.

El parking está ubicado bajo la estación central de la ciudad lo que permite a los usuarios tener una conexión intermodal cómoda cuando necesiten realizar distancias más largas y seguir teniendo un impacto (huella de carbono) ambiental mínimo.

La apuesta de los Países Bajos por este medio de transporte no es nuevo, sin embargo, la mayoría de las Administraciones están invirtiendo fuerte en expulsar a los vehículos innecesarios de sus ciudades. Amsterdam está construyendo uno de 7.000 plazas; Delft uno de 5.000; La Haya uno de 8.500 plazas. Todo para responder al crecimiento de más del 10% en el número de ciclistas que se mueven por las ciudades neerlandesas.

Las cifras demuestran que la población lo respalda: hay 1,3 bicis por habitante y, de media, cada una de ellas recorre unos 1.000 kms al año. Os mostramos un vídeo que esperemos que llegue a nuestros alcaldes para que tomen nota:

Semáforos inteligentes, claves para el transporte sostenible

Si hay un país que sea el «paraíso para los ciclistas» sin duda es Holanda. Gran parte de la población cuenta con la bicicleta como principal -y único- medio de transporte y es consciente de su papel como fuente de sostenibilidad -y, por qué no, salud-. Es por ello que las Administraciones buscan una forma de potenciar aún más su uso y de volverlo más seguro.

Ya hemos hablado otras veces de la importancia de los sistemas inteligentes en el desarrollo de las ciudades. En el ámbito del transporte la ciudad de Roterdam ha dado un paso más y ha empezado a implementar semáforos con sensores infrarrojos de temperatura que buscan permitir una mayor fluidez de los carriles bici (además de avisar de en cuáles es necesario quitar el hielo o la nieve).

Cuando se da una gran aglomeración estos pasan su tiempo de espera de los 2 minutos (a veces 3 en las zonas con más tráfico rodado) a 67 segundos. Mientras, los semáforos para automóviles se adaptan de forma automática de modo que los ciclistas pueden circular más rápidamente por la ciudad.

A diario, 70.000 personas se desplazan en bicicleta por la ciudad -que cuenta con una población de 600.000 habitantes- de modo que si los semáforos se ponen en verde -o adelantan el ciclo- cuando hay más de 10 esperando, todo fluye mucho más rápido y, como además, esta agilidad hace que cada vez más ciudadanos estén abandonando las cuatro ruedas para pasarse a los pedales.

La medida, que lleva en pruebas desde septiembre, ha sido catalogada de éxito por el propio consistorio y ya se está estudiando a qué otros cruces conflictivos puede exportarse. Zonas como Churchillplein, una plaza céntrica llena de edificios de oficinas y con varias escuelas cercanas, ya disfruta de forma definitiva de un sistema llamado a devolver la ciudad a sus habitantes.

Lo más curioso de este sistema es que estos semáforos fueron diseñados por el ingeniero británico John Peak Knight para la red nacional de ferrocariles e instalados por primera vez en Londres en 1868. La ciudad portuaria también ha experimentado con sensores de lluvia, nieve y granizo para intentar proteger a los ciclistas de las inclemencias climáticas.

La vecina ciudad de Groningen también ha probado este sistema y son mucho más francos en su objetivo: no quieren descongestionar el tráfico sino potenciar el uso de la bicicleta como medio de transporte principal a pesar del mal tiempo. El lema es claro en ambas ciudades: «queremos más bicis».

En definitiva, el penúltimo empujón de la ciudad holandesa para conseguir ser la «ciudad bicicleta» que se propusieron ser en 2018. Un hito que debería ser tomado como ejemplo por otras ciudades del continente -empezando por las nuestras- y que redundará no solo en una mejor calidad del aire para sus ciudadanos, sino también de una menor dependencia energética y, sobre todo, de más salud -también vía actividad- para el conjunto de la sociedad.

Bkool Smart Pro, una nueva forma de entender los rodillos

Aunque, por motivos personales, haya descubierto hace muy poco el ciclismo he de dar la razón a todos aquellos que me dijeron que es muy fácil enamorarse de las dos ruedas. La posibilidad de cubrir grandes distancias más fácilmente que con el running, la sensación de velocidad, de una carretera solitaria por la mañana o de una senda o un camino un día de verano es completamente inigualable. Sin embargo, la llegada de épocas más duras y las obligaciones del día a día hace que muchos no podamos disfrutarlo tanto como nos gustaría y por eso existen los rodillos.

En la era de la realidad virtual, los simuladores y las pantallas con definiciones ultra realistas Bkool quiere ser lo más parecido a la comodidad del deporte «doméstico» y de las sensaciones al aire libre del ciclismo de toda la vida.

Es por ello que podemos decir que el Smart Pro reúne los mejores ingredientes de dos mundos: por un lado cuenta con una enorme red social de ciclistas que compiten entre ellos; un sobresaliente simulador que nos pondrá por delante retos legendarios, un sistema de conectividad de última generación entre el rodillo, la app y el soporte (un ordenador o un smartphone) y la mejor experiencia de la gamificación.

Si comenzamos por el propio equipo, lo mejor, sin duda, es la facilidad para montarse y desmontarse. Está a prueba de un neófito como yo. Un rodillo no es un instrumento que se pueda tener desplegado de continuo en una casa por el espacio que ocupa. El Bkool es francamente sencillo de montar y desmontar lo que facilita su uso y no nos exige demasiado tiempo por usarlo.

Pesa 12 kilos (una cifra mejor que la media) y se ajusta a la rueda trasera con un sistema de cierre rápido que viene incluido. Los brazos del equipo se pueden ajustar en altura y longitud y es muy estable lo que permite que podamos ponernos de pie sobre la bicicleta sin problema. Solo hemos de tener cuidado de no colocar la rueda demasiado baja para evitar un ruido de rozamiento molesto -uno de los poco peros que tiene un equipo que como rodillo es correcto-.

Una vez hecho esto bastará con enchufar el rodillo a la corriente -para disfrutar del simulador- y abrir la aplicación. Deberemos tenerla descargada y tener en cuenta que es algo pesada por todo lo que nos ofrece lo que nos exige un smartphone con bastante capacidad o, directamente, pasarla a un ordenador.

Cuando abrimos el programa tenemos un enorme abanico de pruebas a nuestra disposición tanto en pista como en ruta. Si queremos más, por 10 euros al mes podremos disfrutar de visualizaciones a través de Google Street View y un simulador al estilo del Pro Cycling Manager. Existe una versión gratuita con visualización 2D y alguna función menos de pedaleo.

Aún así, en ambos casos el rodillo adaptará la dureza a la orografía de la prueba que hayamos elegido. Las pendientes se notan mucho. Y esto hace que los ejercicios duro sean realmente fructíferos para mejorar en nuestra casa de cara a disfrutar más adelante al aire libre. Por si esto fuera poco, nuestro punto de vista en la pantalla se adecua a nuestra inclinación.

Los circuitos por los que rodar son innumerables: desde el de Río 2016 hasta cumbres míticas de las grandes vueltas europeas o preciosas calles de Holanda, el país europeo con más bicis por habitante. Podremos subir un puerto con un 12% de desnivel y probarnos como un rodador o sprintar en la pista.

Y en tiempo real sabremos las calorías quemadas, los vatios generados, la velocidad y si llevamos un pulsómetro, nuestra frecuencia y VOx así como el desnivel por el que nos desplazamos. Y, como si de un Strava virtual se tratara, permite que compitamos y compartamos la carretera de continuo con otros ciclistas que estén conectados en ese momento y disfrutando de unas pedaladas.

¿Merece por lo tanto gastarse unos 500€ en un rodillo? Sin duda, la novedad del simulador hace que sea mucho más atractivo que otros rodillos sin embargo la sensación sigue siendo igual de monótona y, obviamente, carece de determinadas sensaciones que tiene la bicicleta de verdad como son el viento o los giros en curva así como las irregularidades del suelo.

A su favor, poder pedalear y competir con amigos, disfrutar de sensaciones poco habituales como enfrentarse a una pared de un puerto de categoría especial o sentir lo que siente un profesional en una contrarreloj (aunque a veces sea más una carrera multitudinaria).

Lo que sí está claro es que pone la semilla de hacia dónde irán los demás rodillos de gama media y alta del mercado: una nueva forma de disfrutar de la bicicleta cuando el tiempo o los elementos no nos lo permiten. Tiene mucho camino por recorrer para ser un simulador de élite pero está muy por encima de cualquier otro comercializado hasta la fecha. Eso sí, una inversión tan alta solo merece la pena si se va a utilizar de forma intensiva.

Smart Bike, Xiaomi sigue creciendo

Wang Chan, cofundador de Xiaomi, siempre deja claro que la suya no es una empresa tecnológica al uso. Si bien hace cinco años agitaron por completo el sector móvil con un smartphone de prestaciones sobresaliente y un precio bajísimo, los chinos no pretenden ser una nueva Samsun (o Sony o Apple). Su objetivo es crear un ecosistema de productos inteligentes. Versiones nada convencionales de aparatos habituales en nuestra vida que nos permitan disfrutar de una nueva forma de todo lo que hacemos.

La idea sobre la que trabajan es colaborar con otras empresas para desarrollar versiones 2.0 de sus productos y que tengan como denominador común los smartphones (y smart TVs) de la empresa. Para ello les ofrecen su enorme plataforma de venta online, big data y su experiencia en estandarización de productos con el fin de crear un lenguaje común entre fabricantes de sectores diferentes. De este modo «todo está conectado» manteniendo la independencia de todos los miembros de la cadena.

Los pekineses ya comercializan electrodomésticos inteligentes, wearables e incluso un segway, llamado Nineboot. Ahora le toca el turno a la QiCycle R1, una bicicleta de algo menos de 3.000 euros con una muy buena relación calidad-precio y, sobre todo, con la experiencia del país con más bicicletas del planeta.

Fabricada por la taiwanesa iRiding, pesa 7 kilos y está ensamblada con materiales vanguardistas y componentes de la gama alta Ultegra de Shimano. Además, contará con sensores que analizarán el esfuerzo del usuario y que monitorizarán todo el desplazamiento en la app del smartphone. Pensada para China, el vehículo ya ha pasado las pruebas de homologación para Europa, el gran mercado que espera conquistar después de los buenos resultados cosechados con su familia de productos en Asia y Latinoamérica.

A este exótico modelo se le sumarán a lo largo del año modelos híbridos con asistencia a la pedalada que sí tendrán un precio más competitivo: unos 500€. La duda que nos surge es cómo podrán convencer al usuario medio de dar el salto a un fabricante «nuevo» (se trata de un mercado muy arraigado con firmas muy asentadas) que es más caro que sus rivales: el gasto medio en la compra de una bici raras veces supera los 300€ según estudios de la propia empresa.

Tener un catálogo tan variopinto (desde sus exitosas baterías externas hasta osos de peluche 2.0) le permite a la empresa seguir creciendo en un momento en el que el mercado smartphone se ha saturado (aunque han crecido mucho sobre 2014, el año pasado se quedaron muy lejos de su objetivo de ventas: 70 millones vendidos frente a los 100 millones esperados).

MoDe:Flex, la evolución de Ford a las dos ruedas

En plena ebullición de lanzamientos en el Mobile World Congress de este año, una empresa del motor llamó la atención de todos los asistentes con una solución de movilidad totalmente reinterpretada. Las Ford MoDe:Me y MoDe:Pro se presentaban como la conjunción perfecta entre los coches, las bicicletas eléctricas y las aplicaciones para gestión de trayectos. Equipos limpios, responsables con el medio y con unas capacidades de movilidad urbana excepcionales.

Sin embargo, su diseño plegable similar al de algunas Fixies y su condición de conceptos hicieron que para muchos se convirtieran en un mero estudio de diseño. Algo de lo que podría con el tiempo derivar algo más realista pero que tendría poca trascendencia en el devenir de la marca. Nada más lejos de la realidad. En pocos meses los de Dearborn han presentado una nueva evolución, con un diseño mucho más clásico y con soluciones heredadas de las primeras que la hacen una alternativa muy interesante como sistemas de movilidad individual urbanos. Se trata de la MoDe:Flex que tenéis en la imagen inferior.

Con un motor de 200 W y una velocidad máxima de 25 kms/h cuando usamos la asistencia a la pedalada, el modelo incorpora novedades en materia de seguridad como la vibración en el manillar cuando detecta la cercanía de un coche en la ruta de la bicicleta -para que el peatón aumente su atención-, las luces LED adaptativas de gran potencia así como indicadores de cambio de sentido y frenado.

Además, el sistema de asistencia al pedaleo tiene acoplado un sistema de monitorización del ritmo cardiaco así como un sistema de información sobre el estado de la batería y la autonomía restante. Todo ello es muy útil ya que funciona con una aplicación para el smartphone que permite planificar las rutas en función de la capacidad de desplazamiento del vehículo.

Pero esta no es la única aplicación llamativa. En el albor de la era de los smartwatches, un programa permite saber a través del reloj el estado del tráfico, los aparcamientos libres, la predicción meteorológica, el estado de forma del ciclista para poder trazar un plan de movilidad en tiempo real. Y todo ello para un equipo que se puede plegar fácilmente para poder compartirla con el transporte público, guardarla en el maletero del coche o tenerla guardada en casa o el trabajo sin que moleste por su tamaño.