Papel, ¿el fin de la era Guttenberg? (II)

Como bien decíamos ayer, la brecha digital se abre en las diferentes regiones del mundo y entre los diferentes estamentos de la sociedad. Mientras que la población más tecnificada accede a más posibilidades, recursos, mercados e información, aquellos que no han podido -o no han querido- digitalizarse corren el riesgo de quedar más aislados en ámbitos como el laboral, el político o la educación. Y es precisamente ésta última la herramienta fundamental para demostrar a las personas que la digitalización es la mejor herramienta que nunca ha tenido la humanidad para democratizar el conocimiento.

 

Cualquiera que eche un vistazo al ranking de las mejores universidades del mundo sea cual sea su método de elaboración, encontrará nombres como Harvard, el MIT, Caltech, Stanford, Princeton, Berkeley, Yale, Oxford o Cambridge. Todas tienen varios puntos en común (más allá de los evidentes como la lengua o los países de origen): una educación tan prestigiosa y personalizada como enormemente cara.

 

El precio de las matrículas de las asignaturas o los colegios mayores está tan a la altura como el de las publicaciones de sus prestigiosos profesores, de la tecnología de sus modernos campus (una cosa es la vista exterior del edificio y otra el equipamiento de sus laboratorios…) o de la reputación que acompañará para siempre al currículo del estudiante que tenga como alma mater alguna de las facultades de estos centros educativos.

 

Sin embargo, como ya hemos contado otras veces, la era digital permite por primera vez en la historia que cualquier con un ordenador y una conexión a internet pueda matricularse gratis para recibir docencia de algunas de las mentes más prestigiosas del mundo.

 

Es el caso de Mitchell Duneier, catedrático de Sociología de Princeton que tiene ya 40.000 alumnos matriculados para su curso online de este año -muchos más de los que ha formado en las aulas durante sus 30 años de carrera en las aulas del prestigioso centro de Nueva Jersey-.

 

Estos cursos abiertos (MOOC en inglés) aplican tecnologías de trabajo masivo a los foros de discusión, los exámenes, las calificaciones y, sobre todo, a que el tiempo físico del docente se pueda reservar a la investigación y a relacionarse con sus alumnos de «carne y hueso». Parece que obtener un título de un curso impartido por uno de los mejores sociólogos del mundo no es tan fácil como parece -aunque sea gratuito- y que no sólo sirve para aumentar aún más el prestigio de los centros más importantes del mundo sino que, de un modo piramidal (en este caso de arriba a abajo) hace que las universidades «intermedias» se vean obligadas a mejorar el nivel de sus cursos -cada vez más caros en relación a las referencias docentes y, sobre todo, frente a los MOOC-.

 

Los centros en puestos intermedios y bajos en el ranking tendrán que convencer a sus alumnos potenciales de por qué sus cursos valen lo que cuestan. Por qué acudir a un centro lejos del hogar del estudiante en persona pudiendo acceder a un curso de valor incalculable desde el iPad -iTunes U está cosechando un enorme éxito- que además esta certificado por una universidad de renombre sin tener que desembolsar miles de euros, dólares o yenes en desplazamientos, estancias y matrículas.

 

La primera piedra la colocó Sebastian Thrun, catedrático de Stanford -la cuna de Silicon Valley- que impartió el año pasado un curso de inteligencia artificial a más de 160.000 alumnos de 190 países. Lejos de suponer una pérdida de dinero para la universidad, todas las universidades de investigación de élite, en especial Stanford, vieron como las solicitudes de matrícula se multiplicaban y cómo la descarga de libros atnto de Thrun como del departamento del que forma parte se dispararon. El coste era mínimo. El impacto económico esperado nulo. El resultado fue un éxito que no esperaban ni en San Francisco.

 

Pero las universidades no son las únicas que han demostrado su interés en esta nueva forma de enseñar -y de paso ganar dinero-. También las grandes empresas. Como Honda, que ha abierto una facultad virtual para enseñar a sus futuros (y desconocidos) empleados cómo diseñar un motor, una pieza de la carrocería o cómo optimizar el combustible.

 

A pesar de las dudas iniciales de Thrun sobre qué haría el alumno con la información o de si mostrarían una imagen demasiado etnocentrista de la educación de la universidad, el experimento ha sido tremendamente satisfactorio. Los alumnos son jubilados, jóvenes de minorías étnicas de todo el mundo, profesionales que quieren formarse mejor o intelectuales de países con escasa inversión educativa.

 

El crowdsourcing no tardó en dar resultado: la colaboración abierta hizo que los miles de comentarios y preguntas fueran ordenados, votados y contestados por otros alumnos y asistentes al curso. El profesor sólo debía cumplimentar la información… y aprender de sus propios alumnos. La línea entre discencia y docencia se difumina cada vez más.

 

La validez es tal que ya son muchas las universidades que colocan estos cursos dentro de los créditos para licenciarse al «modo clásico». Ya no sólo tratan la tecnología y la informática. Todo tiene cabida: humanidades, biología, política, arte…

 

Lo más curioso de todo: en cursos como el de Duneier, para obtener las notas un alumno ha de «corregir» y puntuar al menos a otros cinco alumnos. Después de revisar miles de exámenes y trabajos el profesor se ha dado cuenta de que la correlación entre sus puntuaciones y las de los alumnos es de un 0,88. Altísima.

 

De nuevo un ejemplo de cómo la tecnología que nos separa puede unirnos más que nunca. De nuevo, un ejemplo de cómo la voluntad humana puede hacernos inmensamente mejores.

Papel, ¿el fin de la era Guttenberg?

Hasta 1459 los libros se difundían mediante copias manuscritas por monjes, frailes y escribanos encargadas por reyes, nobles o las altas esferas del clero. Los únicos que tenían suficientes medios para disponer de estos preciados y costosos formatos. A pesar de lo que se cree, no todos los clérigos copistas sabían leer o escribir. La mayoría eran simples replicantes de símbolos, algo fundamental cuando se trataba de reproducir contenidos prohibidos que trataban temas sobre medicina, ciencia o sexología.

 

Durante la Alta Edad Media europea los trabajos que requerían la copia masiva de trabajos de pocas páginas se llevaban a cabo mediante la xilografía una técnica que empleaba planchas de madera para llevar a cabo las copias más rápidamente. Cada una de las planchas, hechas a mano en huecograbado y con un único uso -no se podían volver a tallar- se impregnaban en tinta azul o roja, las únicas disponibles en la época, y se acoplaban a una mesa también de madera para llevar a cabo las réplicas. Este formato tan artesanal y costoso, además, quedaba firmado por la marca de agua que cada impresor otorgaba a su propio papel.

 

En esos tiempos Guttenberg apostó que sería capaz de hacer varias copias de la Biblia en la mitad de tiempo en la que el más rápido de los copistas del mundo cristiano sería capaz de realizar una única copia sin que sus volúmenes difirieran en nada de las manuscritas.

 

El secreto que Johannes tenía era un tecnología que había desarrollado desde mediados de la década de 1430 con su socio Hanz Riffle y que consisitía en realizar moldes de cada una de las letras del alfabeto que después serían cubiertas de hierro para aumentar su resistencia al uso y que podían intercambiar su posición indefinidas veces. El impresor contaba con los primeros tipos móviles de la historia. Con «sólo» 150 tipos fue capaz de reproducir el vasto libro sagrado del cristianismo.

 

La unión de la xilografía, los tipos móviles y una vieja prensa de uvas se tradujo en la primera imprenta de la historia e hizo que la impresión de textos, libros y cualquier otra información fuera mucho más rápido y barato. La literatura, por fin, podría democratizarse. En cuatro años y después de arruinarse y ser «timado» por su socio Johannes Fust, se acabaron las 150 Biblias que gfueron rápidamente vendidas a los más poderosos de la época, incluido El Vaticano.

 

 

La era digital


Durante casi seis siglos la imprenta de papel ha sido el soporte de la educación y la información. Libros, periódicos y revistas han sido hasta la llegada de los medios multimedia -radio, cine, televisión y ordenadores- la principal fuente de información de la sociedad.

 

Sin embargo, la implantación de los medios digital y la madurez de los nativos digitales están haciendo que las costumbres estén cambiando más rápido que nunca. Los soportes digitales, las aplicaciones, las redes sociales, los libros electrónicos y la conciencia ecológica está haciendo que cada vez sean más los lectores que cambian el papel por la pantalla. Los que cambian la reflexión de un medio escrito clásico por la inmediatez y el impacto multimedia de una tableta o un teléfono inteligente.

 

Somos muchos los que hemos apostado sobre la fecha en la que los formatos clásicos dejarán paso irremediablemente a los digitales y hemos fallado. No sólo en la educación sino también en el día a día de la información. No obstante, parece que los estudios llevados a cabo por instituciones como la red estratégica Future Exploration Network son capaces de extrapolar las preferencias del mercado y cruzarlo con el desarrollo tecnológico y la evolución de los dispositivos para poner datos sobre la mesa.

 

Es casi seguro que el proceso haya empezado ya de forma imparable. Los medios tradicionales han tardado mucho en reaccionar. Algunos de hecho, demasiado. La era de internet y la glocalización de las que se hablaba tímidamente hace veinte año ya están aquí. Lo global y lo local compiten entre sí -puedo consumir un producto de mi tienda favorita en Bilbao desde cualquier lugar del mundo, o puedo optar por una revista estadounidense cuando esté en Bilbao- del mismo modo que lo digital y lo «físico» lo hacen entre sí. Precisamente por eso los periódicos han empezado a hibridarse.

 

Es cierto que muchos contenidos son similares, pero se han dado cuenta de que más allá de una amenaza -la pérdida de anunciantes clásicos y de fieles al papel-, el mundo online les abre a mundos que nunca antes habían sospechado: blogueros, anunciantes extranjeros, lectores en cualquier rincón del mundo, el fin de la información obsoleta o la llegada de fuentes de información insospechadas en cualquier momento.

 

Pero el salto digital no será uniforme. Los motivos son varios: desde las diferentes costumbres de cada sociedad hasta los distintos estadios digitales que vive cada país. Parece que el primero en abandonar la información en papel casi por completo será Estados Unidos. El mayor mercado digital del mundo y el que más rápido absorbe las novedades se pasará a la pantalla en 2017. Muchas de sus principales publicaciones ya lo han hecho. Los costes disminuyen, la efectividad aumenta y, aunque parezca increíble, los estudios demuestran que la fidelidad se multiplica. Además, es la sociedad que mejor ha recibido los libros digitales.

 

Poco después les llegará el turno a los países más anglificados: desde el Reino Unido hasta Canadá, Australia, los países escandinavos o Singapur. Allá para 2024 le tocará el turno al Estado que, todo parece indicar, tampoco lo hará uniformemente. Las diferencias de tecnificación por regiones se notarán también dentro de los propios Estados.

 

Sorprende que la UE 27 (si no ha sufrido por entonces más expansiones, que lo hará) no terminará la migración hasta 2030. Más de una década después que Estados Unidos y sólo un año antes que la China metropolitana -que lo hará a la par que Japón-. África, la India, Sudamérica o las zonas rurales de los BRICS no mutarán hasta 2040.

 

Los datos sorprenden. Europa se queda atrás. Ya no lidera las mutaciones culturales y tecnológicas como antaño y cada vez está más lejos de la cabeza. También Japón. El salto es mucho menor en tiempo «real» que con otros medios audiovisuales -como el cine, la televisión o los ordenadores- y también que la imprenta. Lo malo es que 30 años en el siglo XXI equivalen, tecnológicamente a casi tres siglos reales en el siglo XV. La brecha se abre y la única herramienta para cerrarla es la que la está provocando.

Ordenadores del futuro, integración total

Si ayer acabábamos 2011 analizando lo mejor del año, hoy empezamos 2012 viendo las 5 predicciones para el futuro publicadas por IBM. El gigante de los BlueChips se ha pronunciado sobre la disponibilidad de las nuevas tecnologías así como sobre su adopción a gran escala. En su blog podéis disfrutar de los vídeos explicativos relacionados con cada propuesta.

Aquí tenéis un quinteto de augurios de lo más variopinto:

  1. Los ciudadanos fabricaremos nuestro propio suministro eléctrico: el movimiento humano, el movimiento de las ruedas de una bicicleta, todo movimiento puede producir energía susceptible de ser almacenada si se dispone del calzado adecuado. Incluso la circulación del agua por las tuberías domésticas puede ser aprovechada. Tan sólo es la aplicación de la teoría del abastecimiento a partir del movimiento de las mareas y las olas de los océanos a una escala más «humana».
  2. Las contraseñas no serán necesarias: el avance en las tecnologías biométricas permitirán la instauración de sistemas como las lecturas de iris. Su conjunción con otras de reconocimiento facial permitirán acreditarse en páginas web o al realizar un movimiento bancario. Parece que podría ser el fin de las complicadas contraseñas alfanuméricas.
  3. Los ordenadores leerán el pensamiento: si lo anterior es posible, los ingenieros de IBM creen que también será viable que los ordenadores lean e interpreten correctamente la actividad eléctrica del cerebro. La idea gira entorno al uso de sinapsis eléctricas para aplicaciones como realizar una llamada telefónica o para mejorar procesos de rehabilitación. En el texto de presentación van más allá y llegan hasta una ciudad donde sus ciudadanos incorporan sensores y programas que permiten interpretar toda la información cerebral y que elaboran con ella un mapa de salud mental poblacional (sinceramente, desde aquí esperamos que esto no ocurra).
  4. La brecha digital desaparecerá: en cinco años el 80% de la población mundial (más de 7.000 millones de personas) tendrá acceso a un dispositivo móvil y, a través del mismo, a Internet. Así se podrán realizar intercambios comerciales, consultas médicas o, simplemente, comunicarse con cualquier otra persona en cualquier lugar del planeta. La brecha digital que ellos plantean disminuye. La real, en nuestra opinión, permanece.
  5. El spam se convertirá en información prioritaria: el molesto correo no deseado será analizado y según el contexto y las necesidades del cliente será eliminado o reenviado a la bandeja de entrada de cada usuario cuando pueda ser útil. Estas tecnologías ya están en desarrollo pero, ¿serán suficientes para que los distribuidores de spam desistan?

Hace cinco años, en 2006, la multinacional neoyorquina predijo el desarrollo de la telemedicina (conseguido parcialmente), la geolocalización en teléfonos móviles (habitual hoy en día), la traducción simultánea por reconocimiento de voz (también lograda en parte), el empuje de la nanotecnología (una de las mayores fuentes de desarrollo tecnológico) y la implantación de las tecnologías 3D. Si bien es cierto que en el cine, en algunos hogares y en la telefonía y las consolas empieza a asomarse, su implantación total es lejana. ¿Hablaremos en 2016 de todo ello? Sólo el tiempo lo dirá. De mientras, feliz año nuevo.

TICs, nuevos desafíos y oportunidades (II)

Del mismo modo que ayer vimos la relación existente entre la inversión en investigación, desarrollo e innovación y la evolución del desarrollo humano de una sociedad y, por ende, de su desarrollo económico, hoy intentaremos averiguar qué nos ofrecen a día de hoy las nuevas tecnologías y cuál ha sido su evolución durante los últimos tiempos.

Como hemos descubierto las Tecnologías de la Información y la Comunicación suponen, a día de hoy, el 6,5% de la riqueza global del planeta. No obstante, hay algo que las hace diferentes al resto de sectores que pueblan nuestra economía. Su principal característica es su transversalidad. Las TIC no son sólo internet, Google o las redes sociales. Las TIC son un importante instrumento que inunda, sin excepción, todas y cada una de las actividades económicas humanas -y casi todas las sociales vista su más reciente evolución- y que se muestran fundamentales para el aumento de la competitividad económica de cualquier región.

En este blog ya hemos hablado muchas veces sobre nuevas tecnologías que afectan a industrias de lo más variopinto: desde las Near Field Communications pasando por los sistemas de seguridad en los automóviles. Teléfonos que incluyen navegadores, rastreadores de restaurantes y servicios de acceso a la red ultrarrápidos. Todo eso son nuevas tecnologías y todas nos afectan de un modo más o menos directo.

Pero lo más fascinante de todo esto es el modo en el que las nuevas tecnologías se han desarrollado. De cómo evolucionan cada día y cómo esto nos abre un nuevo mundo de posibilidades sociales y económicas. En el libro i-Economía nos muestran unas conclusiones de Ray Kurzweil, uno de los gurus de Silicon Valley, aquí las tenéis:

  • La capacidad de almacenamiento de la información se ha incrementado mi millones de veces por cada dólar invertido en nuevas tecnologías durante los últimos veinte años.
  • En 1968 el coste de un transistor -fundamental en el desarrollo de las TIC tal y como las conocemos hoy- era de un dólar. Hoy en día por ese dólar se pueden comprar 500 millones de transistores más rápidos y potentes que ese.
  • La capacidad de almacenar información se duplica cada año; la memoria RAM de nuestros ordenadores se duplica cada año y medio y la velocidad de los módem cada dos años.
  • En 1990 era de 11 millones en todo el mundo. Hoy ha 4.539 millones de personas con uno. La cifra se ha multiplicado por 412… y sigue creciendo.
  • Ofrecer una cuenta de correo con 5 gigas de almacenamiento -el estándar que se ofrece hoy gratuitamente- costaría, en 1978, entorno a los 100 millones de dólares por usuario.

Aunque son cifras que pueden resultar relativamente banales, demuestran la velocidad a la que se desarrolla este submundo. Todos conocemos ya las cifras de usuarios de las redes sociales: Facebook más de 750 millones; Google Plus 50 millones en tres meses; Twitter, 200 millones de usuarios. Lo que no sabe tanta gente es el número de personas que se comunican a diario con Skype: 560 millones; 4.500 millones se conectan a diario a Internet con más de 1.800 millones de personas con acceso doméstico a la red, de las que 450 millones tienen acceso con banda ancha.

Pero este baile de números no acaba aquí: hay, al menos, 60 millones de personas en el mundo con un iPhone; 20 millones emplean una tableta de Apple y 300 millones escuchas música en formato digital en un iPod… y sólo hablamos de una compañía.

Brecha digital, dos mundos y un planeta


A principios de los años 90, cuando se empezaba a hablar de una implantación masiva de los dispositivos y la tecnología en el mundo a medio plazo, muchos se aventuraron a hablar de la brecha digital. Los países más desarrollados y con más recursos capitalizarían toda clase de desarrollo tecnológico mientras que los países en vías de desarrollo y del mal llamado Tercer Mundo quedarían inmersos en una suerte de oscuridad similar a la Edad Media europea.

Efectivamente, en los inicios la brecha digital existió y amenazó, muy seriamente, con «partir» el mundo en dos. En el año 2000 por cada 23 internautas estadounidenses había uno en la India. Hoy, por cada cuatro internautas en EEUU hay uno en la India -y el dato es de 2009-. Esto es todavía más llamativo si lo aplicamos al nuevo «gigante» económico mundial. Hace once año por cada internauta chino había seis en Estados Unidos. Hoy China es el primer mercado mundial en la red y hay dadas de alta más de 300 millones de subscripciones a la red. No obstante, y para ser justos, hemos de decir que la tasa relativa de penetración de internet entre sus ciudadanos en mucho más baja que en Estados Unidos, por el momento.

En cuanto a los teléfonos móviles, otro de los datos utilizado en casi todos los estudios que intentan medir el desarrollo tecnológico de una sociedad, en 2000 había 3,5 millones de líneas de telefonía móvil en el subcontinente indio. A día de hoy hay casi 400 millones.

Pero esto no se detiene aquí, hoy día la India es el primer país del mundo en número de programadores informáticos activos con más de 4 millones. Prácticamente el 20% de las líneas de código que se escriben en el mundo vienen de este gigante asiático. Sorprendente si tenemos en cuenta que es uno de los países del mundo con peor ratio de carreteras asfaltadas sobre el total de kilómetros de las vías del país.

Es ahora cuando somos capaces de entender la importancia del desarrollo tecnológico en la última década. Las cifras decían que en los años ’80 estar «desconectado» de las nuevas tecnologías un mes era lo mismo que «desconectarse» de las noticias un mes en el mundo real. A mediados de los ’90 la cifra paso de un mes a medio año… a finales de la primera década de este año quedarse rezagado era lo mismo que «apagar el telediario» durante dos años. El mundo va cada vez más rápido y no tenemos claro que vaya a querer esperarnos.