Apple, ¿demasiado dependiente de la telefonía?

Hace unas dos semanas Apple anunció los resultados del segundo trimestre de este año y los datos se suponían incontestables. Su beneficio se había disparado un 38% en el dato interanual gracias a la fortaleza del iPhone que, de nuevo, volvía a batir todos los registros de sus antecesores. La compañía dirigida por Tim Cook había conseguido ganar 10.700 millones de dólares frente a los 7.740 millones del año anterior y los ingresos seguían creciendo sostenidamente hasta rozar los 50.000 millones.

Unos resultados que firmaría no solo cualquier tecnológica sino cualquier compañía del mercado. La empresa supera holgadamente los 200.000 millones de dólares en caja, es la más valiosa del mundo -en el mercado bursátil así como en todos los indicadores del valor de marcas- y su techo parece aún lejos si se analiza la fortaleza con la que domina su mercado. Sin embargo el parqué la penalizó duramente. El mismo día que se presentaron los resultados las acciones bajaron un 8% y al día siguiente un 4,4% más en la mayor caída desde enero de 2014. ¿Por qué?

Como hemos dicho unas líneas más arriba Apple domina como ninguna su mercado pero, ¿cuál es su mercado? La tecnológica recibe el 60% de sus ingresos y beneficios de un único producto, el iPhone. Esto hace que se lleve más del 90% de los beneficios del negocio de móviles en todo el mundo. Un negocio que sigue creciendo a un ritmo endiablado y en el que ha conseguido que los rivales se maten entre ellos sin que le afecte ni a su imagen ni a sus ventas.

La salud del iPhone parece de hierro. Crece a un ritmo tres veces mayor que el del conjunto del mercado. Si unimos esto a que su precio medio de venta es el más alto de la historia de la compañía, 660 dólares por unidad en todo el mundo, las cuentas siguen saliendo muy bien. En tres meses han colocado 47,4 millones de iPhones, un 35% más pero como los inversores esperaban romper la barrera de los 50 millones, el castigo ha sido implacable. Mera teoría capitalista: gano más que nunca pero no es suficiente porque quiero ganar más. Muchos medios concluían que el dato no era bueno porque suponía una caída del 22% respecto al trimestre anterior pero la cifra es normal -de hecho mejor que otros años- puesto que se sabe que en solo tres meses se presentarán los iPhone 6s y 6s Plus y son muchos los que los están esperando.

Como contrapartida, otros analistas subrayan el buen comportamiento en China o en mercados hasta ahora vetados como Corea del Sur donde sus ventas se duplican trimestre a trimestre a pesar de ser mercados al borde de la saturación -crece mermando negocio a sus competidores directos-.

¿Y qué hay del resto de datos? Los iPad siguen -y han previsto que seguirán- contrayéndose. Por sexto trimestre consecutivo mermados por una menor tasa de renovación de las tabletas y por el incremento de la pantalla de los iPhone. Los Mac siguen creciendo (algo que no hace el mercado PC) y los servicios (aplicaciones, soporte, música, etc.) sigue batiendo récords lo que subraya que todos los negocios relacionados con el iPhone gozan de una salud envidiable. ¿Qué ocurrirá cuando caiga el motor de la compañía? ¿Debe Apple especializarse en el terminal o por el contrario debe seguir diversificándose hasta que dé con un nuevo pilar que sujete sus beneficios?

Internet móvil, en busca de la alta velocidad (real)

2020 es una fecha marcada en rojo para la industria de las comunicaciones móviles tanto por las operadoras como por los usuarios. En un lustro la consolidación del estándar 5G debería permitirnos tasas de transferencia tales que podamos descargarnos una película completa en un segundo en un smartphone. Permitirá mover los coches de modo autónomo y remoto con la seguridad de un coche de radiofrecuencia. Será el empujón definitivo para la domótica y el pilar sobre el que construir más avances del tan cacareado Internet de las cosas.

No es ciencia ficción. Con el 4G desplegado casi por completo en toda la Península -y no es que sea una región con alta densidad tecnológica-, operadoras como Vodafone ya están desplegando en Madrid y Barcelona las primeras redes de transición que permiten una tasa de hasta 300 Mbps y que ha sido bautizadas como 4,5G.

 Mapa de cobertura 4G en el Estado a finales de 2014

 

La mezcla del cloud computing, parte ya indispensable para entender la digitalización de la sociedad; de las comunicaciones M2M (machine to machine) y la implementación de tecnología SIM en casi cualquier dispositivo o equipo doméstico e industrial nos denotan que estamos al principio de una nueva revolución tecnológica que muchos ya han denominado 3.0. (Mucho más realista que el rimbombante 4.0 de la industria germana).

Si las cifras son ciertas -y hasta ahora siempre se han quedado cortas- en cinco años habrá 26.000 millones de equipos conectados a internet con el único fin de racionalizar los servicios y «quitarnos de encima» las tareas más arduas y complejas. Crear ciudades inteligentes, minimizar nuestro impacto ambiental y generar entornos más humanos son el fin de una tecnología que, sobre el papel, ha de ser el salto definitivo a la revolución iniciada hace 20 años por las TICs.

Pero todo esto no va a ser gratis. De hecho, va a ser muy caro. Hacen falta miles de millones de euros para invertir en infraestructuras que permitan estos sistemas tanto por parte de operadoras y administración… como por parte de los clientes finales que tendrán que adaptar sus equipos. En este caso, la inversión europea en redes 5G (frente al paso atrás que supuso quedarse al margen en el desarrollo del 4G, Europa es ahora líder en esta nueva generación) sólo en investigación supera ya los 3.000 millones de euros. Sin embargo, salvo el momento inicial -al que nadie se le escapa que tendrá un precio premium si los reguladores no lo evitan- las propias operadoras insisten en que esta nueva tecnología no debería suponer una subida de tarifas respecto al actual 4G.

De facto, si miramos las cifras de penetración de las anteriores generaciones, cada nueva versión siempre ha traído más clientes, una mayor expansión y, por lo tanto, una brecha digital cada vez menor. El 5G -que debe permitir a la UE ser alternativa a EEUU en el universo de las telecomunicaciones- se ha diseñado para permitir una experiencia always-on más segura; ahorrar energía (también en los dispositivos) y, dar cobertura ha más de 7.000 millones de usuarios (según fuentes de Orange, Vodafone y Movistar).

A diferencia de las versiones 3G y 4G, el 5G se ha pensado para unir a las personas y también a las cosas. Eliminar el retardo en las conexiones es el factor fundamental que permita una experiencia plena tanto a nivel interpersonal como profesional. Sólo hemos de echar la vista atrás. En 2001, con tecnología GPRS, se tardaban 34 horas en descargar 1 GB. En 2020 se tardará, como hemos dicho, 1 segundo. La prueba de fuego serán los Juegos Olímpicos de Invierno de Pyeongchang (Corea del Sur) en 2018 donde, por primera vez, se tendrá acceso al 5G. El país asiático promete poder dar cobertura incluso en los trenes de alta velocidad (que circulan dentro de sus fronteras a más de 500 km/h). Un año más tarde llegarán los smartphone con esta tecnología a precio razonable… y en 2020 el futuro se convertirá en un presente prometedor.

Silicon Valley, ¿competencia real?

 

Silicon Valley es, probablemente, uno de los lugares más idealizados de este nuevo siglo. Un lugar en el que nacen multinacionales en los garajes, se atrae cerebros de todo el planeta y, bajo el sol de California y a la vera de la espectacular San Francisco, los jóvenes crean servicios y productos que nos hacen la vida más fácil. Todo ello, eso sí, aderezado con el particular espíritu competitivo de la región y una pugna sin cuartel entre los nuevos titanes americanos: Google, Apple, Microsoft, Facebook, seguidos de otros como Hewlett Packard, IBM, Amazon, etc (aunque algunos de ellos no estén físicamente en el valle, mantienen su espíritu… y sus sedes).

 

Sin embargo, si nos damos un paseo por los libros de cuentas de las tres empresas tecnológicas más importantes de Silicon Valley (y, probablemente, del mercado) como ha hecho iPadizate, vemos que parte de la leyenda es sólo una imagen proyectada y muy poco real.

 

Tanto Apple como Google y Microsoft tienen puntos en común en el mercado. Apple y Microsoft los ordenadores (en menor medida software y telefonía). Es cierto que Google tiene sus Chromebook, pero su presencia, de momento, es testimonial. Los de Bill Gates y Google lucharon a brazo partido por los usuarios de internet: navegadores, nube, publicidad, correo electrónico -es aquí donde Apple está «por estar». Finalmente, Apple y los de Larry Page pugnan por el negocio de los dispositivos móviles -pero casi ni coinciden como fabricantes-, un espacio casi restringido para Microsoft.

 

Todas y cada una de ellas tienen sus puntos fuertes donde consiguen millones de dólares de beneficios en un negocio que parece compartimentalizado y con un pacto de no agresión. El rival, al final, parece venir del otro lado del Pacífico. Sigamos con el estudio de iPadizate y veremos cuáles son los productos y servicios que les hacen ganar más dinero… y a buen seguro nos llevaremos más de una sorpresa.

 

 

Apple, el producto único ya no es el Mac

 

Si algo caracteriza a la empresa de Cupertino es hacer cosas diferentes. Es probable que nunca haya lanzado algo radicalmente nuevo al mercado, pero todo lo hace más sencillo, con mayor calidad, mejor diseño y una fiabilidad a prueba de duda. El regreso de Steve Jobs hizo que los de la manzana se plantearan como revitalizar una empresa que ya no podía vivir de su gran pasado: el Mac no era rival al imperio Windows. Así, los productos que crearon «de la nada» como el iPod, el iPhone y el iPad supusieron su resurrección y, a día de hoy, el pilar sobre el que se cimentan su milmillonarios impuestos.

 

 

Su ecosistema OS X-iOS-iTunes hace que los usuarios de iPhone se decanten por otros equipos Mac cuando renuevan sus equipos. Y si tenemos en cuenta que es el terminal más vendido del mundo, no es un mal negocio. Lejos queda ya (un 13%) la época en la que los ordenadores marcaban el éxito o fracaso de una empresa informática.

 

 

Google, ¿motor de búsquedas o de imprimir dinero?

 

Sergey Brin y Larry Page plantearon Google como un motor de búsquedas hace ya bastante tiempo. Su objetivo era ordenar -como si de una biblioteca se tratase- toda la información de la web en orden de relevancia y con unos filtros a gusto del consumidor. Esto hizo que todo el mundo quisiera anunciarse en la web que lo encontraba todo y el negocio llegó a su punto álgido en 2009 cuando el 97% de sus ingresos provenía de la publicidad. Peligroso depender tanto de una única fuente de ingresos cuando se está en un mercado tan cambiante -y tan rápido-.

 

Por eso empezaron a compartimentalizar sus actividades, unificar su estilo y ver en que mercados podrían entrar. Android fue un freno a los ingresos sin límites de Apple en el mercado móvil (y una forma de evitar que los usuarios buscaran contenidos en internet en otras páginas que no fueran la suya). Incluso se atrevieron con el hardware comprando Motorola Mobility (que ahora han vendido a Lenovo). Por eso aparece un dato algo menos actualizado aunque revelador. En sólo cinco años la empresa ha conseguido que el 38% de sus ingresos vengan de actividades más allá de las búsquedas.

 

 

 

Microsoft, buscando una alternativa al software

 

La empresa de Bill Gates se hizo gigante -y hecho a Apple del mercado- vendiendo licencias de su Windows a todos los fabricantes (la versión original de la estrategia que ahora sigue Google con Android). Su sistema operativo, Office y el software específico para empresas han hecho que, a pesar de que haya alternativas más eficientes en el mercado y de que las ventas de ordenadores caigan en picado, sigan teniendo unos ingresos saneados.

 

Las empresas no se atreven a migrar a otras plataformas y esto hace que más de la mitad de los ingresos vengan de licencias profesionales. Además, las licencias incluidas en los ordenadores que compran los particulares les permiten otro buen pellizco. Sin embargo, la empresa ahora guiada por Satya Nadella es consciente de que necesitan buscar alternativas antes de que el negocio sea móvil por completo (y ya hemos visto antes quiénes dominan esta faceta).

 

Xbox, Surface, accesorios de hardware para ordenadores y las tiendas para estos dispositivos parecen ser las opciones más fiables a día de hoy pero está claro que necesitan un golpe de efecto.

 

 

 

 

En cualquier caso, parece que este pacto de no agresión permite que una domine los equipos móviles, otra se haga con el control de internet y la última de las licencias de software para particulares y empresas. Todo queda en casa… sobre todo si tenemos en cuenta que Hewlett Packard era, hasta hace poco, el primer fabricante mundial de ordenadores e Intel de procesadores. ¿Dónde está entonces la competencia? Sin duda, en Corea (Samsung y LG) y China (Lenovo, Baidu, Alibaba, ZTE, Huawei). Eso sí, sin noticias de Europa.

Japón, ¿el gigante está obsoleto?

Japón es un país de terribles contrastes. Su historia, desde el final de la Segunda Guerra Mundial es claro ejemplo: en poco tiempo pasó de ser un país con una estructura social cuasi feudal a convertirse en la economía de más rápido crecimiento en el globo. Durante cuatro décadas de pujanza el país del Sol Naciente se colocó como la segunda potencia económica mundial sólo por detrás de su mentor y principal fuente de inversiones, Estados Unidos. Sin embargo, una población envejecida y la pujanza tecnológica de sus países vecinos ha hecho que China la sobrepase y que casi todas las novedades provengan ahora de Corea del Sur, su espejo en el siglo XXI. ¿Se ha quedado el gigante obsoleto?

 

Hace poco leía un maravilloso análisis sobre Japón y la tecnología publicado en El País que traducía el texto original de Martin Flacker para el New York Times. En él hablaba del éxito del fax en uno de los países más tecnificados y ricos del mundo.

 

El país cuyos ingenieros nos regalaron el Walkman -mucho más revolucionario en su contexto que el célebre iPod de Apple-, las calculadoras científicas que cabían en una mano y hacían cálculos matemáticos imposibles 20 años antes- y el fax ve como la tasa de adopción de nuevas tecnologías es cada vez menor.

 

Las compras online aumentan mucho más despacio que en Estados Unidos, Corea o la siempre reticente Europa -que lleva siglos recelando de tecnologías que luego abraza como un yonqui-. BlackBerry, por ejemplo, ha decidido no gastar un dólar en llevar su nuevo y revolucionario sistema operativo a un mercado que casi sólo consume producto propio en materia de teléfonos inteligentes -el iPhone es una excepción gracias al marketing de los de la manzana-. Y los faxes siguen estando presentes en el 45% de los hogares y casi el 100% de las empresas. Pocas se atreven a dar el salto y abandonar por completo el fax ante la amenaza de quedarse incomunicados.

 

Los análisis más superficiales dicen que la Administración Pública, por ejemplo, prefiere los faxes porque permite a «la estructura» -como denominan los más críticos a la burocracia- seguir siendo independientes gracias a los hanko (sellos de aprobación). Los bancos, incluso, dicen que no pueden abandonarlos por el «rastro de papel» que hace que los clientes se sientan más seguros.

 

Otros se escudan en que la complejidad del lenguaje escrito nipón facilita que muchos sigan prefiriendo plasmar todo de su puño frente a la frialdad y las incorrecciones que pueda transmitir un correo electrónico. El problema, sin embargo, parece mucho más grave (y perfectamente extrapolable a Europa).

 

La pirámide poblacional es más un rombo poblacional. No hay «tasa de refresco» entre los consumidores que adoptan las nuevas tecnologías y la sociedad que hace sólo tres décadas era un ejemplo de innovación se ha quedado estancada en esas tecnologías de hace tres décadas. La ruptura en las formas de comunicación que usan la segunda y la tercera edad han hecho que muchas operadoras busquen sistemas que permitan que los nuevos smartphones sean capaces de transmitir a los más jóvenes los faxes de sus padres y abuelos. El problema es que estos últimos son la gran mayoría.

 

Esto se traduce, sin duda, en una enorme falta de competitividad económica, resultado de un estancamiento del PIB que dura casi dos décadas y de una enorme falta de aliados que espolee la industria del país. Hasta hace poco Estados Unidos era su mejor cliente y su enorme demanda de dispositivos tecnológicos y automóviles -por poner sólo dos ejemplos cercanos a esta bitácora- eran suficientes para «tirar del carro».

 

Ahora los jóvenes americanos y europeos -los únicos que pueden permitirse los carísimos equipos nipones- tienen alternativas americanas (Apple, Google, Motorola, BlackBerry…) o coreanas (Samsung o LG) para sus teléfonos inteligentes que cubren todas sus necesidades. Y quienes quieren un coche miran al precio competitivo de Hyundai o KIA o a la exclusividad y el savoir faire de los alemanes. ¿Dónde están los nipones? Es cierto que Toyota sigue siendo el primer fabricante mundial, pero también que Volkswagen pretende serlo -y parece que lo será- en 2018. Igual de cierto que General Motors está cada vez más de moda con marcas renacidas como Chevrolet.

 

En cuanto a dispositivos, es cierto que los Xperia son, probablemente, los teléfonos Android mejor construidos. Pero hace falta mucho más que salir en la mano de 007 para ser más popular que un Galaxy SIII o que un Optimus de LG. Japón durante mucho tiempo ha sido ejemplo de frescura, buenas ideas, mejores acabados e innovación. Ya no lo es. Corea les supera en muchos mercados y China aprende rápido. Además, gracias al efecto Obama, lo yanqui vuelve a estar de moda. ¿Están a tiempo de cambiar? Puede… ¿Será Europa la siguiente? Me temo que fue la primera.

Corea y Japón, el tigre contra el dragón

Se conoce como tigres asiáticos a aquellos países del continente oriental que sustentan su éxito económico en cuatro pilares: mano de obra abundante; salarios relativamente bajos para con el primer mundo; escasez de derechos laborales y que cuentan con zonas francas portuarias que agilizan su labor exportadora.

 

En un primer momento, estos tigres (Hong Kong, Taiwán, Singapur y Corea del Sur) fueron tenidos en cuenta como una réplica del original «dragón»: Japón, gracias a la inversión estadounidense después de la II Guerra Mundial, conoció una época de crecimiento económico sin precedentes en la región y tras varias décadas de producción masiva consiguió que su industria se colocara como un referente de calidad y tecnología desde mediados de los ’80 en occidente. Fue en esa época donde superó a países europeos como Alemania, Francia o el Reino Unido.

 

Sharp, Sony, Panasonic, Toyota, Fuji Heavy Industries u Honda son sólo unos pocos ejemplos de las grandes corporaciones que dominaron el sector tecnológico, siderúrgico o automotriz con mano de hierro durante lustros. Sin embargo, el despertar de los fabricantes coreanos -sobre todo de Samsung, LG y Hyundai-KIA- ha hecho que estas multinacionales se tambaleen.

 

En cuanto a las tres tecnológicas, todas ellas cerraron el primer semestre fiscal con pérdidas y sólo Sony parece capaz de volver a los números negros en un periodo de tiempo breve. Sharp y Panasonic, por el contrario, acumulan pérdidas que superan los 12.000 millones de euros.

 

El cambio en la directiva de Sony -donde el nipón Hazuo Kirai ha devuelto los valores de innovación y calidad que el norteamericano Howard Stringer había dejado de lado- ha sido fundamental para la entrada de la empresa en el mercado de las tabletas y el renacer en el negocio de los móviles.

 

Hirai ha planificado 10.000 despidos -un 6% de la plantilla-, un drástico recorte de gastos, una minimización de las divisiones más negativas para la empresa y una diversificación de productos que ha reducido las pérdidas hasta los 368 millones de euros y, sobre todo, que promete beneficios a final de año. Sony ha visto caer las ventas en su departamento de videojuegos (15,2%); de imagen digital (un 5,7%) y televisores (un 25,6% a pesar de que sus Bravia son de las mejores del mercado). Sin embargo, su departamento más lucrativo, el de smartphones, ha visto la resurrección de los Xperia gracias a su nueva independencia y han vendido un millón más de unidades que el trimestre anterior -¿cuál será el efecto Bond en las ventas?- hasta los 8,8 millones comercializadas. Esperan un total de más de 34 millones para este año.

 

El caso de Sharp y Panasonic, sin embargo, es mucho más grave. Las coreanas Samsung y LG dominan el mercado clásico de las televisiones, así como el de tabletas y smartphones (en este caso sólo la primera). Además, la fortaleza del yen frente a un euro en horas bajas redunda en menores exportaciones a Europa, uno de sus mejores mercados ya que prima la calidad sobre el precio -gran baza de los coreanos-.

 

Ambas compañías han perdido más de 3.700 millones de euros en sólo un trimestre y prevén una pérdida que supere los 4.300 millones de euros este año. Panasonic, la empresa centenaria que introdujo la televisión en nuestros hogares se plantea en un comunicado oficial su «continuidad como empresa» antes las «pérdidas masivas» y reiteradas. Sharp, por su parte, no consigue levantar cabeza en el negocio de las televisiones y pantallas planas y su futuro es muy pesimista.

 

La tardía entrada de Panasonic en el negocio de los smartphones no ha hecho más que agravar sus pérdidas puesto que las cifras muestran que sólo Apple y Samsung ganan dinero suficiente como para que el negocio les sea rentable -Sony promete números negros en sólo un año para sus Xperia-.

 

Sin el mercado de las televisiones -en manos coreanas gracias al 28,5% de la cuota de mercado mundial  de Samsung y al 15,2% de LG; Sony, Panasonic y Sharp tienen un 8,3%, un 6,5% y un 5%, respectivamente- y con las tabletas, smartphones y ordenadores en manos rivales, parece que los malos tiempos para el primer dragón, son cada vez peores.