Jaguar C-X75, el coche fantástico

Si ayer hablábamos del nuevo Lamborghini Sesto Elemento como un nuevo modo de aplicar materiales novedosos en un coche, hoy descubriremos el Jaguar C-X75, un nuevo modo de construir un automóvil. Este concept nace para conmemorar el 75 aniversario de la empresa del felino y lo hace como una apuesta por un futuro sostenible… y extremo.

El secreto de este revolucionario nace lejos de la carretera… en el cielo. Propone una hibridación novedosa: mezclar turbinas alimentadas por gas (cada una de 94 cv) con propusión eléctrica en las cuatro ruedas (195 cv entre los cuatro motores). El resultado no sólo es ecológico -con 28 gramos de CO2 por kilómetro, supera a todos los demás híbridos- sino que arroja unos resultados brutales: 580 cv de potencia bruta, de 0 a 100 en sólo 3,5 segundos y más de 330 por hora de velocidad punta. En modo eléctrico garantiza una autonomía de más de 100 kilómetros -algunos optimistas hablan de casi 200 en condiciones óptimas-, y de casi 1.000 empleando las microturbinas. Además, se carga en sólo seis horas en un enchufe doméstico -sin necesidad de cargas trifásicas ni adaptadores extraños-.

Ian Callum -jefe de diseño de Jaguar- ha usado la silueta de los XJ13, XK120, XJ220 y los C-Type, D-Type y E-Type que hicieron de los británicos una referencia en imagen. El resultado es excelente, al menos en el apartado técnico. Tener un coeficiente aerodinámico de 0,32 «calzando» unas llantas de 21 pulgadas tiene mucho mérito.

Su tamaño es tan espectacular como su «corazón», 4,6 metros de largo, 1,2 de alto y ¡más de 2 de ancho! Sin embargo, su construcción íntegra en aluminio le otorga una ligereza inusitada (1.350 kilos). Además, es reciclable al 50%.

Con este modelo -y gracias al apoyo incondicional y económico de Tata, su nuevo dueño- los ingleses vuelven a colocarse en la vanguardia tecnológica de la industria del motor y nos muestran que los coches del futuro no tienen por qué ser aburridos eléctricos con forma de nevera. Gracias Jaguar… y que cumplas muchos más.

Apple y Google, percibidas como las más innovadoras

Normalmente siempre existe una diferencia entre lo que percibimos y la propia realidad. Es por ello que la empresa de la manzana y el buscador son percibidas como las dos más innovadoras del planeta a pesar de ocupar una posición bastante retrasada (81 y 44) en la lista de las mil empresas que más invierten en investigación y desarrollo.

Según el informe anual sobre innovación en la empresa, elaborado por la consultora Booz & Company y publicado por el diario [Enlace roto.], las dos informáticas, seguidas de 3M, son percibidas en una encuesta llevada a cabo entre 450 ejecutivos, como las más innovadoras del mundo.

Así, en un ranking dominado por las farmacéuticas (seis de los diez primeros puestos) y en las que sólo Nokia y Microsoft se asoman a la cabeza, vemos como las empresas japonesas invirtieron en I+D un 10,8% menos, las estadounidenses un 2,8% menos y que las europeas se mantuvieron estables.

No obstante, sin tenemos en cuenta que la facturación de casi todas estas empresas disminuyó considerablemente en los últimos meses, descubrimos que la inversión relativa (respecto a sus ingresos) aumentó en todos los casos casi un 4%.

Así, según José Arias, vicepresidente de Booz & Company, «el informe demuestra que la cantidad de dinero invertida en investigación y desarrollo no garantiza el éxito, el dinero no compra resultados. Lo importante es alinear la estrategia en innovación con la de la compañía». De este modo, tanto Google como Apple «son consideradas las empresas más innovadoras y ambas coinciden en gestionar de forma eficiente los procesos de creación y de comercialización de nuevos productos».

Aquí tenéis el interesante gráfico de Expansión, así podréis sacar vuestras propias conclusiones.

Duracell myGrid, cargador sin cables

Altavoces sin cables, auriculares sin cables, intercambio de datos vía Bluetooth, Internet móvil y wifi, ordenadores portátiles, consolas sin cables, teléfonos inalámbricos y sin cables… todos los gadgets se han liberado poco a poco de la tiranía de los cables… hasta que se les acaba la batería. Muchos nos hemos ido de viaje y nos hemos llevado en la maleta una colección de cargadores y adaptadores a la corriente con la esperanza de que la batería de lo mejor de sí… hasta ahora.

Los chicos de Duracell se han estado estrujando la cabeza hasta dar con un cargador para todo tipo de dispositivos -desde el móvil a la BlackBerry, el iPod e incluso algún que otro tipo de consola- que no necesita más que una única toma a la corriente. Se llama Duracell myGrid y no sólo nos ahorra cargar con tres cargadores, sino que utiliza su tecnología inteligente para ahorrar energía.

Como todavía no hay demasiados dispositivos adaptados a este novedoso sistema de recarga, algunos han de usar un pequeño adaptador conductor para que la electricidad pase de la placa (que no sólo resiste el agua, sino que se puede tocar con la mano sin miedo) a la batería. Los más «avanzados» cumplen simplemente con una funda conductora -como en el caso de las BlackBerry’s. En otros dispositivos que se alimentan mediante USB y minijacks, hemos de recurrir a clips menos vistosos que se «añaden» al gadget para cargarlo.

El gran reto, como casi siempre, es conseguir un estándar de precio razonable. Aunque Duracell tiene la intención de lanzar adaptadores para casi todos los productos del mercado, estos tienen un precio que rondan los 30€, cuando la propia placa no llega a los 40.

Aún así, parece que ya estamos un poco más cerca de librarnos de esas marañas de cables que muchas veces llenan nuestros cajones y maletas. Felicidades, Duracell.

Un cargador único para Europa

Ya era hora: los europeos podremos disfrutar, desde principios de 2011, de un cargador estandarizado para nuestros móviles basado en los micro-USB. El proceso ha sido largo y sólo ha llegado a buen término un año y medio después de que los trece principales fabricantes mundiales de estos dispositivos móviles (Apple, Nokia, Samsung, SonyEricsson, RIM, LG, Motorola, entre otros) se pusieran de acuerdo en armonizar la clavija que permite conectarlos a los ordenadores.

La noticia, publicada en [Enlace roto.] el pasado 29 de diciembre, también explica que las dos autoridades continentales competentes en esta materia -el Comité Europeo de Normalización y el Instituto Europeo de Normas de Telecomunicación- ya han definido las normas para que el nuevo cargador -que compatibilizará los móviles inteligentes capaces de transmitir datos con los ordenadores- llegue a principios de este año.

Además, como indica Antonio Tajanoi, vicepresidente de la Comisión y comisario de Industria, «el cargador común facilitará la vida a los consumidores, reducirá la cacharrería inútil y beneficiará a la economía. Todos salimos ganando».

Las normas recién aprobadas incluyen la interoperabilidad, cuestiones de seguridad y relativas a las emisiones electromagnéticas y garantizan a los nuevos cargadores suficiente «blindaje» contra las interferencias.

La última ventaja: cuando adquiramos un nuevo móvil, no necesitaremos hacernos con una nueva pléyade de cargadores y adaptadores, aunque se trate de una marca nueva, ya que todos serán válidos y aptos para cualquier modelo y situación. Ya era hora.

La alienación de la tecnología

Esta mañana leía en el número de diciembre de la genial revista TechStyle una noticia que me ha resultado sorprendente. Un estudio llevado a cabo por la consultora Nielsen con niños estadounidenses de entre 6 y 12 años ha concluido que el regalo que prefieren estas Navidades es el iPad de Apple. Un 31% lo han colocado por delante del iPod Touch -con un 29% de electores- y la Play Station 3 -muy atrás ya con un 21%-. La Xbox o la Wii aparecen por detrás con un porcentaje mucho más bajo. Todo ello me hace formularme una pregunta: ¿cómo podemos hacer para que la tecnología no nos aliene?

En primer lugar me gustaría definir tecnología. Es el conjunto de conocimientos técnicos, ordenados científicamente, que permiten diseñar y crear bienes o servicios que facilitan la adaptación al medio y satisfacen las necesidades de las personas. El origen de esta palabra viene del griego techne logos: el estudio de un arte, técnica u oficio.

Históricamente, la tecnología ha sido usada para satisfacer las necesidades esenciales tanto de los individuos como de la sociedad (alimentación, vestimenta, vivienda, protección personal, relaciones sociales, comprensión del mundo natural y social, etc.), aunque también se ha usado para obtener réditos estéticos y como medio de satisfacción de deseos (simbolizar estatus o fabricar armas).

Sin embargo, hace ya unas cuántas décadas algunos pensadores -entre ellos Marx- entablaron el debate sobre si la tecnología es «buena o mala». Su conclusión fue sencilla, los juicios de valor han de aplicarse al uso que damos a la tecnología, no a la tecnología en sí.

Otros investigadores como McLuhan, estudiaron los impactos de la tecnología en la sociedad. Os recomiendo su estudio. No obstante, en una época en el que el desarrollo científico y tecnológico va más rápido que nunca antes, hemos de preguntarnos cuál es el impacto cultural, social y medioambiental del uso que hacemos de las innovaciones de nuestro tiempo.

La tecnología: un medio o un fin


Como todos sabréis soy un amante de la tecnología. Pero, ante todo, creo ser un humanista. Creo que los avances tecnológicos demuestran la capacidad del hombre para prosperar y mejorar. Para hacer la vida de la comunidad más sencilla y fácil. Los avances en sanidad, por ejemplo, nos denotan que los esfuerzos por mejorar nuestra vida dan fruto.

Sin embargo, en una época en la que las empresas tecnológicas de medio mundo recogen beneficios sin precedentes -tanto Apple como Google han batido sus propios récords este año- y algunos países se proponen volver a la Luna o colonizar Marte, la población de la otra mitad  muere de hambre o de sed ante la incapacidad de controlar la naturaleza que nos rodea.

Mientras los niños de un país sueñan con el iPad -que ni está pensado ni diseñado ni tiene contenidos para ellos-, los de otro continente sueñan con llevarse algo a la boca y nunca han oído hablar de la Navidad. ¿Le damos un buen uso a nuestra tecnología?

Un buen uso no es sólo que nuestros coches contaminen menos, que los navegadores hagan que no nos perdamos, que la energía eólica o hidráulica sustituya a la nuclear. No es sólo que los ordenadores corran más y nos permitan estar más cerca de familiares y amigos que tenemos lejos.

Un buen uso es aquel que nos acerca a los problemas de todos y que nos permite solucionarlos. Como en el caso de las zapatillas que hemos visto antes, los ingenieros, técnicos, investigadores e innovadores hacen su trabajo. Perfectamente, ahora nuestra obligación es procurar que todos -políticos, ciudadanos, todos- hagamos lo posible porque esta mejora de nuestras vidas llegue a todo el mundo. Por delante de la economía, de nuestros intereses.

No hemos de flagelarnos porque nos gusten los gadgets. Tampoco porque disfrutemos con las películas en formato BluRay en nuestros Home Cinemas. Ni por correr con un iPod. Sólo hemos de preocuparnos porque la tecnología sea un medio para que todos vivamos mejor. Para que los niños sean niños y todos seamos un poco más… humanos.