Oaks Labs y Ralph Lauren, una nueva forma de probarse la ropa

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Parece que todo lo analógico está llamado -para bien o para mal- a evolucionar o ser sustituido por una versión digital. Todos los sectores, antes o después, lo están viviendo. Y cuando parecía que el comercio había vivido su paso a lo digital mediante el e-commerce los chicos de Oaks Labs han querido demostrar (en una alianza con Ralph Lauren) que también las tiendas pueden ser inteligentes.

No es la primera vez que la firma estadounidense se fija en las posibilidades de la tecnología para mejorar. En julio del año pasado los chicos de Xataka ya nos mostraron las camisetas inteligentes que llevarían los recogepelotas del US Open. Ahora, la propuesta es la creación de unos probadores interactivos que permite a los clientes gestionar conceptos como las tallas o el soporte de los dependientes a través de un espejo inteligente sin necesidad de salir del habitáculo.

Cada prenda equipa una etiqueta RFID (una identificación por radiofrecuencia) que le explica al sistema 2.0 de la tienda que prenda está probándose el cliente potencial. El modelo, la composición, la talla, el stock de la misma, etc. De esta forma, el espejo sabrá lo que tenemos dentro del probador y nos ayudará a gestionar tallas y combinaciones de outfits con las mismas.

Por si esto fuera poco, el sistema permite que el cliente -compre o no- reciba toda la información que desee en el teléfono móvil con la intención de ser un «recordatorio» y, si se quiere, preparar una wishlist para los allegados. El idioma tampoco será una barrera para disfrutar de estas ventajas en la tienda: el soporte está disponible en inglés, español, portugués, chino, italiano y japonés.

Su funcionamiento es muy sencillo ya que el espejo es una plataforma táctil y convierte el sistema en algo muy intuitivo. Solo nos queda la duda de si los chicos de Oaks Labs se plantearán en un futuro cercano «cruzar» su tecnología con la propuestas de espejo virtual que Microsoft presentó hace un tiempo.

Twitter, que suene la música

Hace tiempo que las redes sociales dejaron de ser un punto de encuentro entre personas para pasar a ser una forma de definir a las personas. Si la última actualización de Facebook permite diseñar un perfil mucho más ajustado a cada usuario, la red de los 140 caracteres ha decidido dar el salto hasta la música, uno de los negocios más exitosos de la era digital.

 

Además, la empresa del pájaro parece que está empezando a saber venderse. Si la semana pasada nos desvelaba su sitio web (music.twitter.com) ahora, pocos días después, ha activado el sitio para Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Irlanda, Australia y Nueva Zelanda. Los demás usuarios tendremos que esperar.

 

Bajo la premisa de la sencillez que tanto éxito ha dado a Twitter, basta con entrar en la web o descargar la aplicación -de momento sólo está disponible para iPhone pero prometen que pronto dará el salto a Android- para que se conecte a nuestra biblioteca de iTunes y a las apps de Spotify y Rdio para aprender qué nos gusta y qué estamos escuchando últimamente. Además, si queremos, se publica automáticamente bajo la etiqueta #nowplaying. Por cierto, la red social promete que pronto ampliará las utilidades de la aplicación para aumentar, entre otras cosas, el catálogo de canciones disponibles.

 

A partir de ahí ya podremos saber qué escuchan nuestros contactos, qué es tendencia (no podían faltar los famosos trending topics) y qué es lo más escuchado. Todo ordenado bajo cuatro pestañas: popular, emergente, sugerido y #nowplaying. La última -la mejor para nosotros- nos muestra miniaturas de los artistas o singles que escuchamos. Además, si el cantante o grupo tiene Twitter podremos acceder y seguir su cuenta. Una buena forma de acercar los creadores al público.

 

Desde que hace unas semanas Twitter adquirió la aplicación australiana -que también está en Spotify- We are Hunted y que sirve para conocer la música que está despegando en cada mercado, la expectación y los rumores se dispararon. El lanzamiento del dominio de la web musical, aún cuando no tenía dominio, fue el viral perfecto para que todo el mundo hablara de ello.

 

Ahora todos ganaremos una herramienta para saber qué se escucha y aprender en qué modo se distribuye la música digital por las redes e internet. Precisamente por eso, Stephen Phillips, fundador de We are Hunted y uno de los encargados del proyecto, quiso subrayar en la presentación de music la posibilidad de compartir de modo viral la música que más nos guste. Twitter será sólo un intermediario para difundir la música que ya tenemos o para comprarla (a través de la propia Spotify o Rdio). Veremos cómo reaccionan ahora Apple (iRadio) y Google (YouTube Music). De Facebook, de momento, no hay noticias.

Papel, ¿el fin de la era Guttenberg? (II)

Como bien decíamos ayer, la brecha digital se abre en las diferentes regiones del mundo y entre los diferentes estamentos de la sociedad. Mientras que la población más tecnificada accede a más posibilidades, recursos, mercados e información, aquellos que no han podido -o no han querido- digitalizarse corren el riesgo de quedar más aislados en ámbitos como el laboral, el político o la educación. Y es precisamente ésta última la herramienta fundamental para demostrar a las personas que la digitalización es la mejor herramienta que nunca ha tenido la humanidad para democratizar el conocimiento.

 

Cualquiera que eche un vistazo al ranking de las mejores universidades del mundo sea cual sea su método de elaboración, encontrará nombres como Harvard, el MIT, Caltech, Stanford, Princeton, Berkeley, Yale, Oxford o Cambridge. Todas tienen varios puntos en común (más allá de los evidentes como la lengua o los países de origen): una educación tan prestigiosa y personalizada como enormemente cara.

 

El precio de las matrículas de las asignaturas o los colegios mayores está tan a la altura como el de las publicaciones de sus prestigiosos profesores, de la tecnología de sus modernos campus (una cosa es la vista exterior del edificio y otra el equipamiento de sus laboratorios…) o de la reputación que acompañará para siempre al currículo del estudiante que tenga como alma mater alguna de las facultades de estos centros educativos.

 

Sin embargo, como ya hemos contado otras veces, la era digital permite por primera vez en la historia que cualquier con un ordenador y una conexión a internet pueda matricularse gratis para recibir docencia de algunas de las mentes más prestigiosas del mundo.

 

Es el caso de Mitchell Duneier, catedrático de Sociología de Princeton que tiene ya 40.000 alumnos matriculados para su curso online de este año -muchos más de los que ha formado en las aulas durante sus 30 años de carrera en las aulas del prestigioso centro de Nueva Jersey-.

 

Estos cursos abiertos (MOOC en inglés) aplican tecnologías de trabajo masivo a los foros de discusión, los exámenes, las calificaciones y, sobre todo, a que el tiempo físico del docente se pueda reservar a la investigación y a relacionarse con sus alumnos de «carne y hueso». Parece que obtener un título de un curso impartido por uno de los mejores sociólogos del mundo no es tan fácil como parece -aunque sea gratuito- y que no sólo sirve para aumentar aún más el prestigio de los centros más importantes del mundo sino que, de un modo piramidal (en este caso de arriba a abajo) hace que las universidades «intermedias» se vean obligadas a mejorar el nivel de sus cursos -cada vez más caros en relación a las referencias docentes y, sobre todo, frente a los MOOC-.

 

Los centros en puestos intermedios y bajos en el ranking tendrán que convencer a sus alumnos potenciales de por qué sus cursos valen lo que cuestan. Por qué acudir a un centro lejos del hogar del estudiante en persona pudiendo acceder a un curso de valor incalculable desde el iPad -iTunes U está cosechando un enorme éxito- que además esta certificado por una universidad de renombre sin tener que desembolsar miles de euros, dólares o yenes en desplazamientos, estancias y matrículas.

 

La primera piedra la colocó Sebastian Thrun, catedrático de Stanford -la cuna de Silicon Valley- que impartió el año pasado un curso de inteligencia artificial a más de 160.000 alumnos de 190 países. Lejos de suponer una pérdida de dinero para la universidad, todas las universidades de investigación de élite, en especial Stanford, vieron como las solicitudes de matrícula se multiplicaban y cómo la descarga de libros atnto de Thrun como del departamento del que forma parte se dispararon. El coste era mínimo. El impacto económico esperado nulo. El resultado fue un éxito que no esperaban ni en San Francisco.

 

Pero las universidades no son las únicas que han demostrado su interés en esta nueva forma de enseñar -y de paso ganar dinero-. También las grandes empresas. Como Honda, que ha abierto una facultad virtual para enseñar a sus futuros (y desconocidos) empleados cómo diseñar un motor, una pieza de la carrocería o cómo optimizar el combustible.

 

A pesar de las dudas iniciales de Thrun sobre qué haría el alumno con la información o de si mostrarían una imagen demasiado etnocentrista de la educación de la universidad, el experimento ha sido tremendamente satisfactorio. Los alumnos son jubilados, jóvenes de minorías étnicas de todo el mundo, profesionales que quieren formarse mejor o intelectuales de países con escasa inversión educativa.

 

El crowdsourcing no tardó en dar resultado: la colaboración abierta hizo que los miles de comentarios y preguntas fueran ordenados, votados y contestados por otros alumnos y asistentes al curso. El profesor sólo debía cumplimentar la información… y aprender de sus propios alumnos. La línea entre discencia y docencia se difumina cada vez más.

 

La validez es tal que ya son muchas las universidades que colocan estos cursos dentro de los créditos para licenciarse al «modo clásico». Ya no sólo tratan la tecnología y la informática. Todo tiene cabida: humanidades, biología, política, arte…

 

Lo más curioso de todo: en cursos como el de Duneier, para obtener las notas un alumno ha de «corregir» y puntuar al menos a otros cinco alumnos. Después de revisar miles de exámenes y trabajos el profesor se ha dado cuenta de que la correlación entre sus puntuaciones y las de los alumnos es de un 0,88. Altísima.

 

De nuevo un ejemplo de cómo la tecnología que nos separa puede unirnos más que nunca. De nuevo, un ejemplo de cómo la voluntad humana puede hacernos inmensamente mejores.

Papel, ¿el fin de la era Guttenberg?

Hasta 1459 los libros se difundían mediante copias manuscritas por monjes, frailes y escribanos encargadas por reyes, nobles o las altas esferas del clero. Los únicos que tenían suficientes medios para disponer de estos preciados y costosos formatos. A pesar de lo que se cree, no todos los clérigos copistas sabían leer o escribir. La mayoría eran simples replicantes de símbolos, algo fundamental cuando se trataba de reproducir contenidos prohibidos que trataban temas sobre medicina, ciencia o sexología.

 

Durante la Alta Edad Media europea los trabajos que requerían la copia masiva de trabajos de pocas páginas se llevaban a cabo mediante la xilografía una técnica que empleaba planchas de madera para llevar a cabo las copias más rápidamente. Cada una de las planchas, hechas a mano en huecograbado y con un único uso -no se podían volver a tallar- se impregnaban en tinta azul o roja, las únicas disponibles en la época, y se acoplaban a una mesa también de madera para llevar a cabo las réplicas. Este formato tan artesanal y costoso, además, quedaba firmado por la marca de agua que cada impresor otorgaba a su propio papel.

 

En esos tiempos Guttenberg apostó que sería capaz de hacer varias copias de la Biblia en la mitad de tiempo en la que el más rápido de los copistas del mundo cristiano sería capaz de realizar una única copia sin que sus volúmenes difirieran en nada de las manuscritas.

 

El secreto que Johannes tenía era un tecnología que había desarrollado desde mediados de la década de 1430 con su socio Hanz Riffle y que consisitía en realizar moldes de cada una de las letras del alfabeto que después serían cubiertas de hierro para aumentar su resistencia al uso y que podían intercambiar su posición indefinidas veces. El impresor contaba con los primeros tipos móviles de la historia. Con «sólo» 150 tipos fue capaz de reproducir el vasto libro sagrado del cristianismo.

 

La unión de la xilografía, los tipos móviles y una vieja prensa de uvas se tradujo en la primera imprenta de la historia e hizo que la impresión de textos, libros y cualquier otra información fuera mucho más rápido y barato. La literatura, por fin, podría democratizarse. En cuatro años y después de arruinarse y ser «timado» por su socio Johannes Fust, se acabaron las 150 Biblias que gfueron rápidamente vendidas a los más poderosos de la época, incluido El Vaticano.

 

 

La era digital


Durante casi seis siglos la imprenta de papel ha sido el soporte de la educación y la información. Libros, periódicos y revistas han sido hasta la llegada de los medios multimedia -radio, cine, televisión y ordenadores- la principal fuente de información de la sociedad.

 

Sin embargo, la implantación de los medios digital y la madurez de los nativos digitales están haciendo que las costumbres estén cambiando más rápido que nunca. Los soportes digitales, las aplicaciones, las redes sociales, los libros electrónicos y la conciencia ecológica está haciendo que cada vez sean más los lectores que cambian el papel por la pantalla. Los que cambian la reflexión de un medio escrito clásico por la inmediatez y el impacto multimedia de una tableta o un teléfono inteligente.

 

Somos muchos los que hemos apostado sobre la fecha en la que los formatos clásicos dejarán paso irremediablemente a los digitales y hemos fallado. No sólo en la educación sino también en el día a día de la información. No obstante, parece que los estudios llevados a cabo por instituciones como la red estratégica Future Exploration Network son capaces de extrapolar las preferencias del mercado y cruzarlo con el desarrollo tecnológico y la evolución de los dispositivos para poner datos sobre la mesa.

 

Es casi seguro que el proceso haya empezado ya de forma imparable. Los medios tradicionales han tardado mucho en reaccionar. Algunos de hecho, demasiado. La era de internet y la glocalización de las que se hablaba tímidamente hace veinte año ya están aquí. Lo global y lo local compiten entre sí -puedo consumir un producto de mi tienda favorita en Bilbao desde cualquier lugar del mundo, o puedo optar por una revista estadounidense cuando esté en Bilbao- del mismo modo que lo digital y lo «físico» lo hacen entre sí. Precisamente por eso los periódicos han empezado a hibridarse.

 

Es cierto que muchos contenidos son similares, pero se han dado cuenta de que más allá de una amenaza -la pérdida de anunciantes clásicos y de fieles al papel-, el mundo online les abre a mundos que nunca antes habían sospechado: blogueros, anunciantes extranjeros, lectores en cualquier rincón del mundo, el fin de la información obsoleta o la llegada de fuentes de información insospechadas en cualquier momento.

 

Pero el salto digital no será uniforme. Los motivos son varios: desde las diferentes costumbres de cada sociedad hasta los distintos estadios digitales que vive cada país. Parece que el primero en abandonar la información en papel casi por completo será Estados Unidos. El mayor mercado digital del mundo y el que más rápido absorbe las novedades se pasará a la pantalla en 2017. Muchas de sus principales publicaciones ya lo han hecho. Los costes disminuyen, la efectividad aumenta y, aunque parezca increíble, los estudios demuestran que la fidelidad se multiplica. Además, es la sociedad que mejor ha recibido los libros digitales.

 

Poco después les llegará el turno a los países más anglificados: desde el Reino Unido hasta Canadá, Australia, los países escandinavos o Singapur. Allá para 2024 le tocará el turno al Estado que, todo parece indicar, tampoco lo hará uniformemente. Las diferencias de tecnificación por regiones se notarán también dentro de los propios Estados.

 

Sorprende que la UE 27 (si no ha sufrido por entonces más expansiones, que lo hará) no terminará la migración hasta 2030. Más de una década después que Estados Unidos y sólo un año antes que la China metropolitana -que lo hará a la par que Japón-. África, la India, Sudamérica o las zonas rurales de los BRICS no mutarán hasta 2040.

 

Los datos sorprenden. Europa se queda atrás. Ya no lidera las mutaciones culturales y tecnológicas como antaño y cada vez está más lejos de la cabeza. También Japón. El salto es mucho menor en tiempo «real» que con otros medios audiovisuales -como el cine, la televisión o los ordenadores- y también que la imprenta. Lo malo es que 30 años en el siglo XXI equivalen, tecnológicamente a casi tres siglos reales en el siglo XV. La brecha se abre y la única herramienta para cerrarla es la que la está provocando.

Apple, contra el legado cultural

Quienes me conocen saben que lo que más me atrae del mundo de la tecnología es su condición de vehículo inmejorable para la cultura y el progreso humano. La era digital, la adaptación de la música, el cine o la literatura a formatos digitales servirá, irremediablemente y a pesar de los problemas actuales de piratería, a que todos tengamos acceso a cualquier tipo de creación artística o cultural de cualquier parte del mundo sin ningún esfuerzo. El sueño que tuvieron hace siglos Leonardo da Vinci o Marco Polo -conocer casi todo lo conocible- en la palma de nuestras manos o en la pantalla del ordenador.

 

Quienes me conocen también saben que, de momento, siempre he sido partidario en la batalla iOS-Android-Windows de los primeros. ¿El motivo? Su fiabilidad, su diseño, su «personalidad» y, sobre todo que son los únicos que ofertan una experiencia completa de uso (teléfono, tableta, ordenador y televisión). Además, iTunes es, a día de hoy, una de las principales bibliotecas de contenidos de la red. De hecho, diría que es la más importante del momento y desde su nacimiento.

 

Mis padres, grandes lectores de contenidos de lo más diverso, han coleccionado durante años una enorme colección de películas, documentales, enciclopedias, novelas y música que, dentro de muchos muchos años nuestros nietos disfrutarán si tanto mi hermano como yo somos capaces de replicar en ellos el amor por la cultura que ellos nos imbuyeron. Durante años coleccionaron un contenido precioso que ha ayudado a forjar nuestra personalidad. Igual que hicieron con ellos nuestros abuelos. El siglo XX permitió que los coleccionistas o aquellos que tenían más inquietudes culturales pudieran acceder al conocimiento o al entretenimiento en un formato que ocupaba mucho espacio pero también que ocupó muchas horas de ocio.

 

Ahora, en el siglo XXI somos muchos los que por un simple motivo de utilidad pulsamos el botón del ratón o la pantalla táctil para sumar contenidos a nuestro «fondo cultural digital». Sin embargo, por culpa de los de la manzana -y de Amazon- nuestro valioso legado desaparecerá con nosotros.

 

Hoy a la mañana, como casi todos los días, accedía a la edición digital de uno de mis periódicos de referencia, El País, para descubrir en un titular que «mi biblioteca digital morirá conmigo».

 

Este escándalo ha saltado de la mano de Bruce Willis (al que por culpa de Jungla de Cristal casi ninguno de nosotros lo vemos como un escudero de la cultura ni un erudito). Al parecer, el bueno de Bruce se sentó un día a leer esa minúscula letra que ninguno de nosotros repasamos y que resumimos a un click en «aceptar». Al parecer, la estrella de Hollywood lleva invertida una gran cantidad de dinero invertida en iTunes (me sumo a su «desgracia») y quería que sus pupilas disfrutaran de la misma cuando él ya no estuviera. Aunque la noticia fue parcialmente desmentida por su esposa en Twitter, el debate ya se había adueñado de la red.

 

El objetivo de Apple -que no se ha pronunciado- es que nos vende el derecho de uso del archivo y que ese derecho va unido a la persona que lo adquirió. Así, como cualquier otro usufructo, cuando el sujeto fallece, su explotación también. El problema es que esta teoría tan estadounidense no se entiende bien en Europa donde la firma ha dicho no tener «ningún experto» con el que aclarar este entuerto.

 

Amazon, la otra empresa que practica este usufructo dice que en sus condiciones de venta ya explica que no se puede emitir ninguna sublicencia cuando se adquiere un producto digital de su biblioteca de modo que el contenido queda ligado, literalmente, a la vida de quien lo obtuvo. Los de Jeff Bezos permiten prestar por tiempo limitado los contenidos a otros usuarios pero, como tienen un inquietante acceso a nuestras librerías, pasado un tiempo desaparecen.

 

Este acceso que muchos critican llegó a su zenit en 2009 cuando Amazon comercializó por error la novela 1984 de George Orwell a través de una editorial que no tenía el derecho de explotación del título en Estados Unidos. Los de Bezos, sencillamente, entraron en los Kindle de sus clientes y los borraron sin previo aviso, reembolso o cambio por otra edición «legal».

 

Legalmente, las cuentas son de uso estrictamente privado y, por lo tanto, cuando se certifica la defunción de una persona, queda bloqueada y cerrada para siempre. Ni siquiera sus albaceas o familiares más cercanos pueden entrar en ellas. Las empresas explican que la distribución digital es, para lo bueno y lo malo, diferente a la analógica y que, aunque habrá detalles que cambien con el tiempo, tendremos que adaptarnos a ellas.

 

Yo, de momento, empiezo a pensarme si mi futuro cultural pasa por Apple. Sony, por ejemplo, ofrece una experiencia Android igual de completa y, por el momento, no amenaza un posible legado para hijos, sobrinas y demás parientes. Descanse en paz la cultura. Por cierto, ¿habrá ocurrido lo mismo con los herederos de Steve Jobs?