Digital News Initiative, Google quiere velar por el periodismo

Por fin los grandes editores europeos y Google han llegado a un acuerdo para crear una «alianza para ofrecer apoyo al periodismo de alta calidad en Europa a través de la tecnología y la innovación». El proyecto, denominado Digital News Initiative, pretende ofrecer un «ecosistema sostenible de noticias y promover la innovación en el periodismo digital».

Para ello ambas partes han comprendido que es necesaria la colaboración entre la parte tecnológica y los generadores de contenidos. La primera parte necesita de la calidad de la segunda y los editores necesitan de la capacidad de difusión de internet para poder mejorar y sobrevivir. Por el momento son trece los grandes medios y tres las asociaciones que han decidido apoyar esta alianza.

El European Journalism Centre, Global Editors Network y la International News Media Association son los entes que junto con Vocento, Grupo Godó, El País o Unidad Editorial (por mentar a los protagonistas estatales) han decidido rubricar un acuerdo que de llegar a buen puerto marcaría un antes y un después en la digitalización de la prensa y en la forma en la que Google comprende que debe llegar a acuerdos.

Sin embargo, la escasa participación de medios galos, alemanes o británicos (dos por país) deja claro que las reticencias del sector siguen siendo fuertes y que Google tendrá que trabajar mucho para cambiar la percepción de un continente que la ve como una amenaza que viene a acabar con todo tipo de negocio tradicional así como con nuestra privacidad.

Precisamente por eso Google explica en su blog que cualquier persona o medio relacionada en Europa con los medios de información podrá involucrarse en uno o todos sus pilares y pasar a formar parte de un nuevo escalón de comunicación -sin importar su eco o relevancia mediática-.

Estos pilares, por cierto, son la creación de herramientas para el desarrollo conjunto de productos que permitan incrementar los ingresos, el tráfico y la participación de los grupos de audiencia; el apoyo a la innovación, en el que Google invertirá 150 millones de euros que permitan pensar en nuevas formas en las que practicar el periodismo digital; así como la formación e investigación que permita el desarrollo de nuevos periodistas y salas de redacción en todo el continente.

Respecto al segundo pilar, nos llama la atención que cualquier persona, start up o empresa tecnológica podrá pedir el acceso a estos fondos de acuerdo a las bases establecidas por el buscador. Google tiene especial interés en realizar un gran estudio continental que permita a los medios -y a ella- conocer mejor los cambios que ha habido en los hábitos informativos de los ciudadanos.

El acuerdo, por cierto, no traerá la reapertura de servicios como Google News en países como España.

Piratería, menos peligrosa de lo que parece

 

 

La piratería ha estado ligada a la creación artística desde hace décadas. Aunque la revolución digital sufrida en los últimos años -unido a la explosión de la informática de consumo- ha hecho que las cifras de copias se hayan incrementado exponencialmente, el impacto de la misma en la industria ha sido siempre objeto de debate desde antes de la era del cassette.

 

Precisamente por ese debate, y por el relacionado con la polémica Ley de Economía Digital del Gobierno Británico, la London School of Economics and Political Science ha publicado el estudio «Copyright & Creation A Case for Promoting Inclusive Online Sharing«. Una de las conclusiones más relevante es que internet -a pesar de potenciar la piratería- a aumentado en mayor medida el público potencial y el consumo real de cine, música y videojuegos.

 

Dos de los pilares de estas conclusiones tienen nombre propio: SoundCloud, donde los músicos pueden colgar sus trabajos con diferentes tipos de licencias -lo que les permite diferentes grados de «comercialización» de su obra- o YouTube, que ha pasado de portal de vídeos al mayor portal de promoción musical de las discográficas.

 

Precisamente por eso, los expertos de la LSE recomiendan a la Administración de Cameron que no siga los pasos de las fallidas leyes francesas contra la piratería -que no sólo no la han reducido sino que han bloqueado parte del consumo de pago- y que derogue o modifique la Digital Economy Act ya que, en última instancia va contra los intereses de los consumidores y, por tanto, de los creadores.

 

Promover el libre movimiento de contenidos entre individuos y minimizar la represión que las empresas proveedoras de servicios en internet aplican sobre los consumidores finales. «Su reformulación, explican, ha de ir encaminada a equilibrar los intereses de los propietarios de los derechos de autor, los proveedores de servicios en internet y los consumidores» ya que «todos puede explotar el potencial de internet lo que redundará en la maximización de la creación de contenidos y un beneficio objetivo para los creadores».

 

Aunque, como explican en El País, no es el primer estudio de este tipo que se publica por parte de una institución académica, sí es el primero publicado por una universidad de esta importancia. Tal es la contundencia del estudio que una de sus conclusiones reza que «los ingresos por ventas digitales, servicios de suscripción, transmisión y actuaciones en directo compensan la disminución de los ingresos por la venta de soportes físicos tradicionales como los CDs».

 

Y los números parecen estar de su lado: la industria del videojuego sigue creciendo -empujada como nunca por el consumo desde dispositivos móviles-, el sector editorial se mantiene estable ante la explosión de los libros electrónicos y los formatos para tabletas y -a pesar de lo que dice la patronal del cine estadounidense, la Motion Picture Association- Hollywood está batiendo récords en sus ingresos: el año pasado creció un 6% hasta los 25.700 millones de euros recaudados en las taquillas de todo el mundo.

Amazon, todo un modelo de negocio

El mundo editorial sigue revuelto. Por lo menos es lo que se desprende del Encuentro de Editores Europeos que se ha celebrado esta semana en la Casa del Lector de Madrid. La mayoría de las empresas se encuentra en la encrucijada de ganar espacio en los nuevos formatos sin descuidar el papel, su razón de ser durante siglos.

 

Los ánimos son de lo más variado: desde una industria británica emocionada por un nuevo mundo digital donde ve posibilidades de expansión -la tasa de penetración de los libros digitales en el Reino Unido es del 12% frente al 1% de mercados como el alemán, francés o español- y tiene como abanderado a Penguin que ya alardea de que el 17% de sus ingresos viene de los eBooks y que ya piensan en aplicaciones para tabletas -los grandes rivales de los eBooks-; hasta las peleas en los demás mercados porque el IVA a aplicar a los libros digitales sea el mismo que a los libros en papel.

 

Es cierto que la industria mira a la tecnología con una mezcla de miedo y esperanza: en plena crisis y con una bajada preocupante del consumo del ocio, los nuevos soportes pueden ayudar a acceder a clientes mucho más variados. Además, los editores podrán marcar el precio de los libros (en dura pugna con los canales de distribución, donde destacan sobremanera Apple, Google… el gigante Amazon) y eso debería volverlos más competitivos y agresivos. Sin embargo, la piratería y competir en el mismo soporte contra páginas web, redes sociales y juegos se les antoja -a algunos- demasiado reto.

 

Pero toda amenaza ha de convertirse en oportunidad y muchos editores clamaron que compartir espacio con esos otros tipos de ocio debe servir para que la industria sepa identificar más los gustos de sus clientes. Conocer más de ellos mediante los clicks y el tiempo que pasan delante del aparato.

 

Es aquí donde la compañía de Jeff Bezos da a la industria europea una lección magistral. Amazon estudia los clicks que hacemos en su web y sus Kindle. Incluso en que momento abandonamos la lectura de un libro… o cuáles son los párrafos más subrayados por todos sus lectores (millones). Esto, entre otras cosas, permite actualizar cada hora cuáles son los best sellers de su inmenso catálogo. Y todo esto se aplica, también a las apps que han desarrollado para otros sistemas operativos, como Android o iOS.

 

Lo importante es que estos datos no sólo son valiosos (también hablamos de dinero) para Amazon. Saber dónde un lector dijo basta a una lectura es oro para un editor y, en primera y última instancia, para el escritor. Sobre todo cuando la tasa de abandono es muy alta (no lo habría podido explicar mejor que Fernando García en El País). Pero esta información no se comparte. De momento. Sólo podemos acceder a los párrafos más subrayados. Todos ellos conocidos en la literatura y que muchas veces se convierten en leit motives tan importantes como las frases míticas del cine.

 

De este modo, mientras los editores europeos se preparan para la conversión digital, Amazon ya ha aprendido a vender los libros en todo el continente desde Luxemburgo -donde el IVA es sólo del 3% y puede ganar un 18% más que cualquier otro editor-, se dispone a conquistar el mercado móvil y explora otras formas de explotar los millones de datos de sus lectores. Da la sensación de que mientras unos van en un Formula 1 otros están aprendiendo a sacarse el carnet. Mientras, Bruselas, preocupada por los impuestos. Qué pena que no seamos capaces de potenciar un modelo de negocio como el que lleva años funcionando a orillas del Pacífico.

Goodreads, la última herramienta de Amazon

Pocas cosas se escapan a la «era social». Compartimos recuerdos y experiencias. Compartimos canciones y entrenamientos deportivos. Compartimos opiniones políticas y críticas de películas. Incluso la lectura, probablemente una de las actividades más individuales del ser humano se está volviendo social. Hasta no hace demasiado antes de comprar un libro nos deteníamos en la contraportada. Ojeábamos la sinopsis y aprendíamos más sobre el autor. Preguntábamos a algún amigo o familiar y, los más eruditos, se dejaban caer por las reseñas de los medios especializados (primero en papel, luego en la red). Ahora cada vez más entran en foros o redes sociales especializadas. Así nació Goodreads en 2007. Radicada en San Francisco tiene más de 16 millones de usuarios radicados y una colección de 360 millones de libros con al menos una opinión.

 

Un tesoro que se complementa a la perfección con la mayor librería del mundo. Eso es lo que debió pensar Jeff Bezos, fundador de Amazon, cuando se dispuso a comprarla. Su carácter horizontal (similar al de Wikipedia) la ha convertido en una herramienta de culto que durante el mes de diciembre -último mes con datos- recibió 16 millones de críticas.

 

Según Bloomberg la compra ha rondado los 1.000 millones de dólares (unos 45 por usuario). Resulta curioso que Amazon ya estuviera en el accionariado de dos rivales directos de Goodreads. En Shelfari desde 2008 y un poco después de LibraryThing. La diferencia es que este servicio gratuito subsistía gracias a publicidad (muy fragmentada y especializada) así como una pequeña comisión siempre que se adquiría un título en Barnes&Noble o en la propia Amazon.

 

La jugada puede salir redonda a los de Bezos. Tienen un aliado que no está vinculado directamente al nombre de Amazon y que además de criticarles los libros y vendérselos a buen precio, les hace el trabajo de reseñas y puntuaciones de productos. Además, como indica el artículo de El País, pueden tomar el pulso al mercado de los títulos más vendidos para saber cómo promocionarlos y calcular mejor stocks o el precio de compra a los editores.

 

Por otra parte, la librería podrá limpiar su imagen después del escándalo de 2012 en el que se demostró que eliminaba las críticas negativas de algunos de sus productos y que algunos de sus autores «incentivaban» a los lectores que les daban cinco estrellas en la crítica (la máxima puntuación) y lo compartiesen en las redes sociales.

 

Para los que crean que esto sólo servirá para deshacer el trabajo de Goodreads, Imbd -la web de críticas de cine más respetada en Estados Unidos- ya es de su propiedad (y en ella se pueden compra DVDs, BluRays o descargar contenidos), así como Zappos, especializada en la venta de calzado o BuyVIP en el Estado.

eBooks, el nuevo campo de batalla

Del mismo modo que la industria musical pasó por un momento de flaqueza digital -a partir de Napster las descargas ilegales y los portales P2P afectaron ostensiblemente a las ventas del negocio- y el cine y la prensa tuvieron que competir con los formatos digitales (aunque poco a poco parece que todos ellos van hacia un punto de encuentro), las grandes editoriales se debaten en cómo adaptarse a la explosión de los eBooks.

Estados Unidos contra Apple


Como viene siendo habitual desde 1997, cada vez que hay un formato dispuesto a revolucionar una parte de la cultura Apple está detrás. Esta vez el gigante de Cupertino se enfrentará -junto con otras cinco editoriales americanas- al Departamento de Justicia de Estados Unidos por, supuestamente, formal un cártel para aumentar el precio de los libros electrónicos frente a las ofertas de Amazon y, sobre todo, el éxito de su Kindle.

En cualquier caso, tanto los de Tim Cook como las editoriales -Simon & Schuster, Hachette Book Group, Penguin Group, HarperCollins Publishers y Macmillan- parecen estar haciendo movimientos para llegar a un acuerdo con la Fiscalía y evitar que el caso trascienda a los juzgados. Pero, ¿por qué una enorme empresa electrónica y cinco de las editoriales más relevantes del mundo organizan algo semejante en una industria recién nacida?

En el centro de la cuestión está el modelo de negocio editorial en sí -de hecho el futuro del negocio editorial-. El lanzamiento de nuevos dispositivos de lectura en Estados Unidos ha hecho que los libros digitales multipliquen su presencia en el mercado más importante del planeta. Así, como en casi todos los mercados, «el que da primero da dos veces» -si no, que se lo digan a Apple con sus iPod, iPhone y iPad- y la prominencia de Amazon es total. La multinacional de Jeff Bezos fue la primera en lanzar libros por 9,99 dólares, un importe muy inferior a su valor «de tapa dura» en superficies como Barnes & Noble.

El giro que ha dado el mercado -acostumbrado a precios altos- es tal que durante este mismo mes los 10 libros más vendidos en el portal tienen un precio que oscila de los 7,70 dólares… a los 99 centavos. La única esperanza de las editoriales era la llegada del iPad al negocio.

La idea, como explicó el propio Steve Jobs en la biografía publicada por Walter Isaacson, era el modelo de agencia: las editoriales marcan el precio, Apple se queda con el 30% y el cliente, simplemente paga. Así se presentaron las cinco multinacionales en Amazon so pena de no dejarle libros que vender. Jeff Bezos tuvo que ceder ante un modelo que tanto éxito ha dado en la música y las aplicaciones… pero el Departamento de Justicia no. Si tenemos en cuenta que la Comisión Europea también investiga a los de la manzana por política monopolística… el final del libro se les puede torcer a los de Apple.

ISBN, el lujo obligatorio


Pero este no es el único terremoto que ha sacudido el mundo editorial. Dos pequeñas empresas, Minobitia y Sinerrata, han sido las primeras en quejarse del cambio de gestión del ISBN del Ministerio de Cultura a la Federación de Gremios de Editores de España.

Además del aumento del precio -45 euros por título y formato-, las editoriales también se han quejado del aumento de la burocracia y, sobre todo, de la mala cobertura y atención a sus intereses. Lo más curioso es que la Federación, que absorbió esta gestión en diciembre de 2011, ha justificado el aumento del importe en la amortización de los 120.000 euros que ha tenido que invertir para adecuarse tecnológicamente a su nueva tarea.

Si tenemos en cuenta que en lo que va de año ya se han registrado en el Estado más de 16.000 títulos (más de 3.000 en formato digital) parece que pronto cubrirán su «actualización». Veamos ahora cuáles son los pasos a seguir para registra un libro:

  1. Hay que darse de alta en el ISBN y pagar 45 euros (unas 2,5 veces el precio de venta medio de un libro en papel y unas 15 veces la media del de uno electrónico).
  2. Esperar de 2 a 4 días para recibir el nombre de usuario y la contraseña que permita realizar el propio registro.
  3. Unos 3 o 4 días después de haber rellenado sin errores el formulario -de haber alguno el proceso se alarga considerablemente) se recibe un email de confirmación del registro y una contraseña que permite que pueda ser descargado.

El único modo de no tardar casi 10 días en la tramitación es pagar los 50 euros que vale el proceso de urgencia. Lo más curioso es que cualquiera que acceda al famoso formulario se dará cuenta de que, salvo que se haya trabajado con él más veces, registrar un libro electrónico es francamente complicado: no está preparado para ello. Llama la atención que, en comparación, dar de alta una empresa en el Registro Mercantil Central cuesta 24 euros y se realiza en un máximo de 24 horas.

Para los que os preguntéis qué es el ISBN y por qué es tan importante, se trata del International Standard Book Number, un identificador único para libros previsto para su uso comercial. Creado en el Reino Unido en 1966, fue adoptado como estándar internacional en 1970. El número está formado por cuatro bloques de cifras que significan, respectivamente, el código de país o lengua de origen; el editor; el número de registro del volumen y, por último, el dígito de control. Es necesario para comercializar cualquier título. En cada país existe una oficina, ministerio o empresa de gestión de derechos que se encarga de su regulación.

Todos los formatos digitales


Como hemos dicho antes, cada vez que una editorial quiere registrar un libro en un formato digital, se le exige -al menos en el Estado- que pague el ISBN de ese formato. Las microeditoriales se han quejado del enorme incremento del precio en estos casos pero, ¿cuántos formatos de libros electrónicos hay? Se podrían clasificar en genéricos y nativos y estos son los principales:

  • Genéricos:
    • DjVu: especializado en el almacenamiento de imágenes, incluye avanzados compresores que optimizan las imágenes escaneadas y los textos.
    • Doc: el formato de Microsoft Word.
    • ePub: desarrollado por el International Digital Publishing Forum, es un formato libre XML basado en diferentes estándares de código abierto.
    • HTML: formato propio de internet, ha sido el elegido para publicar en la red numerosos libros cuyos derechos de autor han expirado.
    • Lit: el «oficial» de Microsoft Reader.
    • mobi: de Mobipocket, es el formato nativo del eReader Kindle a raíz de la compra de Mobipocket por Amazon.
    • OeB: uno de los primeros, se trata de Open eBook. Potenciado por el NIST de Estados Unidos (Instituto Nacional para Estándares y Tecnología). Otro de la familia XML.
    • oPF: un sistema de compresión de los OeB.
    • PDF: quizás, las siglas más famosas de Adobe. El Portable Document File goza de estándar ISO. Aunque no es paginable, sí es totalmente compatible con cualquier soporte.
  • Nativos:
    • AEH: el específico de la empresa Arghos.
    • AZW: basado en Mobipocket, es el específico de los Kindle de Amazon.
    • BBeB: el formato antiguo de Sony antes de que pasara todo su catálogo a ePUB.
    • CBR: Comic Book Reader.
    • CHM: Microsoft HTML propietario.
    • DTB: formato propietario del consorcio DAISY.
    • FB2: Fiction Book. Formato donde cada elemento del libro es guardado como una etiqueta. Es completamente compatible con todos los formatos gracias a aplicaciones como Papyre.
    • PDB: el propietario de Palm Web OS.
    • RB: formato nativo de Rocket Book.
    • TCR: formato nativo de PSion.
    • TR2 y TR3: diferentes versiones de TomeRaider.

De todo esto sólo nos queda una cosa clara: es necesario estandarizar el formato y parece que los ePUB van por el camino adecuado.