Facebook, ¿por qué nos sorprendemos?

Antes de empezar a intentar comprender todo lo que ha ocurrido con el escándalo de Facebook y Cambridge Analytica queremos subrayar que creo en las bondades de las redes sociales y en su enorme potencial y he sido usuario. También es cierto que creo que la sociedad aún no ha aprendido a gestionarlas y que su desarrollo como una gran empresa -todas- no ayuda a ello.

Hace casi dos años hablamos de algo que muy pocos usuarios tienen en cuenta cuando usan Facebook (o Twitter, Snapchat, Instagram o la red social que se quiera poner en el enunciado): cuando no nos cobran por un bien o servicio, la mercancía somos nosotros. Y lo somos más cuando compartimos más de nosotros, de nuestra esfera privada o social, de nuestros gustos, costumbres o pensamientos, con ellos.

Por eso lo más sorprendente es que nadie se extrañe de que Facebook haya hecho negocio comercializándonos. La noticia saltó como un jarro de agua fría. Cambridge Analytica, una consultora que trabajó, entre otros, para Donald Trump y que ahora también se la vincula al Brexit y a movimientos de ultra derecha, violó la intimidad de 50 millones de usuarios de la red de Mark Zuckerberg. Si todos fueran un país, serían el 27 del mundo y el quinto de Europa.

Ahora las instituciones se rasgan las vestiduras y tanto Washington como Bruselas o Londres exigen que el CEO y fundador de la red social rinda cuentas. La noticia que ha salido a la luz después de dos años de la manipulación gracias al trabajo de The New York Times y The Observer, pone a la luz los trapos sucios de multitud de políticos pero, también, pone a la luz la forma en la que las redes sociales nos convierten en ganado y nos manipulan para dar más poder al poder.

Cambridge Analytica se creó exclusivamente para tomar parte en política. La fundó Robert Mercer, padrino de Steve Bannon -uno de los alfiles de Trump durante su campaña- y que utiliza datos online para crear perfiles de votantes. Lo más interesante es que estos perfiles no se realizan bajo parámetros como la edad, el sexo o la raza. Van más allá. Lo hacen a partir de emociones.

El problema es el daño que todo esto (la posibilidad de unir likes con pequeños test de personalidad muy básicos que nos dicen cuán influenciable es alguien) ha hecho sobre, por ejemplo, el Big Data -tan importante en campos como la investigación científica-.

La empresa alardeaba de tener información de 230 millones de estadounidenses cuando la contrató Jared Kushner, yerno de Trump, si bien ese dato era falso. Así que no quedó más remedio que acceder a la mayor fuente de información posible. Y como, eso parece por ahora, Google y Amazon están blindados, la mejor baza era Facebook. Un lugar donde el anonimato (siempre me he preguntado cuántas cuentas falsas hay en la red social y en cuantas de ellas mentimos sobre nosotros. Quizá la pregunta más fácil es, cuántas son 100% auténticas) permitió a la empresa realizar, con permiso de Facebook según los medios estadounidenses, estudios sobre 270.000 personas que sí dieron el consentimiento. Pero como una red social es precisamente una red, pudieron acceder a contactos y contactos de los contactos hasta sumar información de 50 millones de usuarios que no dieron conocimiento ni sabían que sus datos estaban siendo usurpados.

Con esa herramienta solo había que lanzar la campaña adecuada. Buscar qué decir en los anuncios y lanzarlos al por mayor. De media 50.000 diarios. Los picos, de 100.000. Si tenemos en cuenta que la diferencia conjunta en tres estados clave fue de 77.000 votos parece que Cambridge Analytica tuvo mucho que decir en la victoria del presidente por mucho que lo nieguen los miembros del gabinete y de la propia empresa.

Lo más tenebroso es que la empresa que hizo eso también se puso en contacto con el general Flynn, investigado por la trama rusa, y el libertador de Occidente Julian Assange quien no tuvo problema en diseminar esta información por el Kremlin del mismo modo que hizo con los correos de Hillary Clinton. El caldo de cultivo estaba preparado. Oficialmente Assange renunció a la oferta. La investigación, por ahora, dice lo contrario.

Facebook ya tuvo que reconocer el año pasado que hasta 126 millones de usuarios se vieron expuestos a publicidad del Kremlin sin su consentimiento. Ahora son otros 50 millones de cuentas usurpadas. Eso es una cifra superior al 7% de sus cuentas. Las acciones siguen bajando (se han dejado 70.000 millones de dólares desde que comenzó el escándalo) y las buenas intenciones de Zuckerberg a principios de año están desaparecidas.

Una parte de la población llama al boicot. Los fiscales llaman al estrado y algunos usuarios borran sus cuentas pero, del mismo modo que ocurre con la crisis económica -que parece perpetua en algunas latitudes- el problema no es una crisis de un actor de Silicon Valley. Es un problema de modelo del que muy pocas empresas se salvan.

El modelo del todo gratis que propone la nueva economía nos convierte a nosotros, las personas, en mercancía. Algo que queda refrendado en las prácticas de algunas empresas como Google –Facebook almacena los detalles de llamadas y mensajes de los teléfonos Android en los que está instalada su aplicación– que para ofrecernos servicios más personalizados juega con nuestra privacidad (y la vende).

El modelo ha de ser revisado ahora que todavía es joven para saber cuándo censurar, cuándo investigar y cuándo proteger por encima de los intereses mercantiles de empresas que parecen no querer saber nada del mundo real (excepto de su dinero): minimizan los impuestos que pagan, juegan como si fueran monopolios, van de multa en multa por no jugar limpio con los actores tradicionales -que tampoco por ello son ejemplo de ética-, están continuamente en el ojo del huracán por motivos éticos, legales etc.

El problema es que, para cambiar un modelo no vale solo con un cambio legislativo. Es importante para acotar las actividades de estos gigantes pero no es suficiente. El problema radica en la educación: en que los ciudadanos, los usuarios, aprendamos sobre cómo utilizar una herramienta que, por muy apetitosa y atractiva que nos parezca a priori es tan peligrosa como un arma (ciberacoso). Mientras esto no se aborde por la sociedad, por los educadores, por todos nosotros, este será solo un capítulo más en una carrera en la que hemos visto que los cambios de privacidad de otras redes como Instagram no han supuesto ni un solo rasguño en su cuenta de beneficios o en su número de usuarios.

De mientras, por cierto, tendremos que recapacitar por lo tremendamente influenciables que somos todos: no solo los excéntricos británicos o los red neck estadounidenses. Tendremos que volver a pensar en la importancia de reflexionar sobre lo que nos rodea. Y eso no tiene que ver con la lectura en papel o en pantalla. No tiene que ver con libros de texto clásicos o wikipedias. Tiene que ver con la forma humana en la que nos relacionamos entre nosotros y con lo que forma parte de nuestras vidas independientemente del canal que utilicemos.