Piratería, menos peligrosa de lo que parece

 

 

La piratería ha estado ligada a la creación artística desde hace décadas. Aunque la revolución digital sufrida en los últimos años -unido a la explosión de la informática de consumo- ha hecho que las cifras de copias se hayan incrementado exponencialmente, el impacto de la misma en la industria ha sido siempre objeto de debate desde antes de la era del cassette.

 

Precisamente por ese debate, y por el relacionado con la polémica Ley de Economía Digital del Gobierno Británico, la London School of Economics and Political Science ha publicado el estudio «Copyright & Creation A Case for Promoting Inclusive Online Sharing«. Una de las conclusiones más relevante es que internet -a pesar de potenciar la piratería- a aumentado en mayor medida el público potencial y el consumo real de cine, música y videojuegos.

 

Dos de los pilares de estas conclusiones tienen nombre propio: SoundCloud, donde los músicos pueden colgar sus trabajos con diferentes tipos de licencias -lo que les permite diferentes grados de «comercialización» de su obra- o YouTube, que ha pasado de portal de vídeos al mayor portal de promoción musical de las discográficas.

 

Precisamente por eso, los expertos de la LSE recomiendan a la Administración de Cameron que no siga los pasos de las fallidas leyes francesas contra la piratería -que no sólo no la han reducido sino que han bloqueado parte del consumo de pago- y que derogue o modifique la Digital Economy Act ya que, en última instancia va contra los intereses de los consumidores y, por tanto, de los creadores.

 

Promover el libre movimiento de contenidos entre individuos y minimizar la represión que las empresas proveedoras de servicios en internet aplican sobre los consumidores finales. «Su reformulación, explican, ha de ir encaminada a equilibrar los intereses de los propietarios de los derechos de autor, los proveedores de servicios en internet y los consumidores» ya que «todos puede explotar el potencial de internet lo que redundará en la maximización de la creación de contenidos y un beneficio objetivo para los creadores».

 

Aunque, como explican en El País, no es el primer estudio de este tipo que se publica por parte de una institución académica, sí es el primero publicado por una universidad de esta importancia. Tal es la contundencia del estudio que una de sus conclusiones reza que «los ingresos por ventas digitales, servicios de suscripción, transmisión y actuaciones en directo compensan la disminución de los ingresos por la venta de soportes físicos tradicionales como los CDs».

 

Y los números parecen estar de su lado: la industria del videojuego sigue creciendo -empujada como nunca por el consumo desde dispositivos móviles-, el sector editorial se mantiene estable ante la explosión de los libros electrónicos y los formatos para tabletas y -a pesar de lo que dice la patronal del cine estadounidense, la Motion Picture Association- Hollywood está batiendo récords en sus ingresos: el año pasado creció un 6% hasta los 25.700 millones de euros recaudados en las taquillas de todo el mundo.

Troyanos, ¿el nuevo arma de la policía?

El borrador de anteproyecto del Código Procesal Penal del Ministerio de Justicia que dirige Alberto Ruiz Gallardón tiene previsto dar a los jueces la potestad de permitir a la policía instalar troyanos en los ordenadores -recordad que una tableta y un smartphone también son estrictamente ordenadores- de las personas investigadas en diversos procesos de modo que se pueda acceder libremente a la información que contienen.

 

Todos los delitos que impliquen una pena máxima superior a tres años y en los que el juez considere que es una medida adecuada y proporcionada podrán utilizar esta herramienta informática para agilizar y aclarar puntos claves de la investigación. De momento, en toda Europa, sólo Alemania ha aprobado una legislación similar para casos de terrorismo.

 

El artículo 350 del borrador explica que en esos casos especiales se podrá instalar el software en los dispositivos. Lo que no explica el borrador es que, por concepto, los troyanos son software malicioso -virus- del tipo spyware, es decir, que permiten espiar todos los contenidos del equipo sin ser detectado por el propietario.

 

Desde el Ministerio Fiscal explican que no existe una diferencia clave con un pinchazo telefónico. De hecho, quienes lo defienden consideran que es la versión «siglo XXI» a esta polémica técnica de investigación. El problema, defendemos los que estamos en contra de esta medida, es que, a diferencia de un pinchazo telefónico, las posibilidades de la policía una vez dentro del dispositivo son infinitas. Sobre todo si tenemos en cuenta que la mayoría de los ordenadores trabajan ya dentro de la nube y conectados con millones de equipos en el resto del planeta mediante redes sociales, sistemas de mensajería, etc.

 

El acceso no será sólo a esos formatos de comunicación. Las cuentas bancarias, información privada e inviolable protegida por el derecho más íntimo a la privacidad del usuario… y de las personas conectadas con el mismo. Aquí nos surge la duda deontológica: ¿podremos fiarnos que en ningún caso el investigador «saltará» a otros dispositivos?

 

La legislación también pretende que para poder poner en marcha este sistema las empresas proveedoras de internet, los desarrolladores de los sistemas operativos, antivirus, etc. se vean obligados por ley a colaborar con la policía en la investigación. Una acción tremendamente invasiva en el terreno de los Derechos Fundamentales sobre todo cuando se rastreen conversaciones en redes sociales o programas como Skype donde el presunto delincuente puede estar en chats o grupos con personas totalmente ajenas a la investigación.

 

Por cierto, en Alemania ya ha precedentes de Tribunales de Estados Federales -como Renania del Norte-Westfalia- que han declarado inconstitucionales estas prácticas. Veremos que ocurre aquí.

PayPal, reciclando el comercio electrónico

La revolución del comercio electrónico es un hecho en casi todos los mercados. No sólo por las compras web realizas directamente sino por el porcentaje de compras (web o no) directamente influenciadas por la web: desde opiniones hasta precio o características técnicas.

Pero ahora que la web es movilidad, el porcentaje de compras que se realizan directamente desde smartphones (y en menor medida tabletas) avanza rápidamente. Y no sólo en cuanto a aplicaciones infomáticas. John Lunn, de PayPal explicó la enorme importancia de internet para cambiar, para siempre, el modo en el que compramos. Desde la publicidad hasta los datos que se acumulan en los servidores sobre lo que compramos, lo que nos gusta y cómo lo compramos.

En todo esto (de nuevo los big data y los small data) tiene un papel fundamental la identidad. Desde los datos que se unen a cada persona hasta los verificadores de identidad. No sólo de quien compra sino también de quien nos vende. Un 1,65% de los pedidos online son fraudulentos pero se rechazan el 5,6% de las compras. El sistema no es eficaz porque no sabemos quién está detrás de cada transacción.

Para ello existen proyectos como Bitcoin u Opencoin. Sistemas de pagos (monedas virtuales) que parecen ventajosos porque permiten el anonimato. El problema es que deja al comprador completamente desprotegido: no es moneda de cambio «legal» y su precio fluctúa demasiado.

PayPal aboga por un sistema donde nuestra información esté tan actualizada como segura. Por eso abogan por el Login with PayPal. Un producto que funciona similar a las conexiones con redes sociales pero que a la otra parte de la transacción le da la seguridad de que los datos son ciertos y seguros. El servicio, por cierto, está disponible también en aplicaciones móviles.

Frente a conexiones como los Logins de Facebook u otras redes sociales presentan mucha más seguridad puesto que los datos sólo se dan una vez y no son públicas en los demás servicios. Lunn de pregunta por qué servicios como Skype nos piden decenas de datos para acceder a su servicio de un modo completamente gratuito (el valor económico de los small data).

El representante de PayPal no dudó en hablar del precio de los datos de las personas (habló del modo en el que empresas como Google usan los datos de los usuarios para su propio beneficio y el modo en el que Europa se protege la identidad y la privacidad de los usuarios) y del modo en el que su empresa está comprometida en valorarlos.

De nuevo, en la era de las TICs, la información es el nuevo oro negro.