La alienación de la tecnología

Esta mañana leía en el número de diciembre de la genial revista TechStyle una noticia que me ha resultado sorprendente. Un estudio llevado a cabo por la consultora Nielsen con niños estadounidenses de entre 6 y 12 años ha concluido que el regalo que prefieren estas Navidades es el iPad de Apple. Un 31% lo han colocado por delante del iPod Touch -con un 29% de electores- y la Play Station 3 -muy atrás ya con un 21%-. La Xbox o la Wii aparecen por detrás con un porcentaje mucho más bajo. Todo ello me hace formularme una pregunta: ¿cómo podemos hacer para que la tecnología no nos aliene?

En primer lugar me gustaría definir tecnología. Es el conjunto de conocimientos técnicos, ordenados científicamente, que permiten diseñar y crear bienes o servicios que facilitan la adaptación al medio y satisfacen las necesidades de las personas. El origen de esta palabra viene del griego techne logos: el estudio de un arte, técnica u oficio.

Históricamente, la tecnología ha sido usada para satisfacer las necesidades esenciales tanto de los individuos como de la sociedad (alimentación, vestimenta, vivienda, protección personal, relaciones sociales, comprensión del mundo natural y social, etc.), aunque también se ha usado para obtener réditos estéticos y como medio de satisfacción de deseos (simbolizar estatus o fabricar armas).

Sin embargo, hace ya unas cuántas décadas algunos pensadores -entre ellos Marx- entablaron el debate sobre si la tecnología es «buena o mala». Su conclusión fue sencilla, los juicios de valor han de aplicarse al uso que damos a la tecnología, no a la tecnología en sí.

Otros investigadores como McLuhan, estudiaron los impactos de la tecnología en la sociedad. Os recomiendo su estudio. No obstante, en una época en el que el desarrollo científico y tecnológico va más rápido que nunca antes, hemos de preguntarnos cuál es el impacto cultural, social y medioambiental del uso que hacemos de las innovaciones de nuestro tiempo.

La tecnología: un medio o un fin


Como todos sabréis soy un amante de la tecnología. Pero, ante todo, creo ser un humanista. Creo que los avances tecnológicos demuestran la capacidad del hombre para prosperar y mejorar. Para hacer la vida de la comunidad más sencilla y fácil. Los avances en sanidad, por ejemplo, nos denotan que los esfuerzos por mejorar nuestra vida dan fruto.

Sin embargo, en una época en la que las empresas tecnológicas de medio mundo recogen beneficios sin precedentes -tanto Apple como Google han batido sus propios récords este año- y algunos países se proponen volver a la Luna o colonizar Marte, la población de la otra mitad  muere de hambre o de sed ante la incapacidad de controlar la naturaleza que nos rodea.

Mientras los niños de un país sueñan con el iPad -que ni está pensado ni diseñado ni tiene contenidos para ellos-, los de otro continente sueñan con llevarse algo a la boca y nunca han oído hablar de la Navidad. ¿Le damos un buen uso a nuestra tecnología?

Un buen uso no es sólo que nuestros coches contaminen menos, que los navegadores hagan que no nos perdamos, que la energía eólica o hidráulica sustituya a la nuclear. No es sólo que los ordenadores corran más y nos permitan estar más cerca de familiares y amigos que tenemos lejos.

Un buen uso es aquel que nos acerca a los problemas de todos y que nos permite solucionarlos. Como en el caso de las zapatillas que hemos visto antes, los ingenieros, técnicos, investigadores e innovadores hacen su trabajo. Perfectamente, ahora nuestra obligación es procurar que todos -políticos, ciudadanos, todos- hagamos lo posible porque esta mejora de nuestras vidas llegue a todo el mundo. Por delante de la economía, de nuestros intereses.

No hemos de flagelarnos porque nos gusten los gadgets. Tampoco porque disfrutemos con las películas en formato BluRay en nuestros Home Cinemas. Ni por correr con un iPod. Sólo hemos de preocuparnos porque la tecnología sea un medio para que todos vivamos mejor. Para que los niños sean niños y todos seamos un poco más… humanos.