Indoor generation, personas encerradas

La nuestra es una generación de etiquetas. Es una generación a la que le encanta ponerlas (vía redes sociales, por ejemplo) y a la que se las han puesto como a pocas antes. Millennials, generación Ygeneración 2.0generación «sandwich», etc. Todas intentan reflejar matices de un grupo humano heterogéneo «esclavo» de sus propias características y de la crisis financiera y social heredada.

La última etiqueta en llegar, sin embargo, es ciertamente preocupante. El 90% de nuestro tiempo, según la Organización Mundial de la Salud, lo pasamos entre cuatro paredes. Esto hace que respiremos un aire hasta cinco veces más contaminado que el del exterior. Es lo que denominan la «Indoor generation» y sufrimos enfermedades derivados de la falta de exposición a la luz solar y de ese aire inmóvil, viciado, en suspenso y, en definitiva, contaminado.

Algunos de los efectos cuantificados son, por ejemplo, un 40% más de probabilidades de desarrollar asma. Además, la estadística indica que el tercer hijo de cada familia tendrá algún tipo de alergia de nacimiento.

En Europa, esta generación está compuesta en un 75% por urbanitas. Lo peor, es que, según YouGov, casi nadie tiene una percepción real del tiempo que permanecemos encerrados en casa -o el trabajo-. En España los ciudadanos piensan que solo están así el 61% del tiempo cuando la cifra llega al 90%. En Italia y en Reino Unido con una cifra de aislamiento similar, las percepciones on muy diferentes (creen que pasan en casa o el trabajo entre el 57 y el 71% del tiempo).

Otro de los problemas de esta encerrado es la alteración del ciclo circadiano: ese sistema biológico que indica a nuestro cuerpo cuándo «apagarse» y cuando «activarse» en función, entre otros, de la luz solar.

Entre los orígenes de este problema reside una vida más sedentaria y solitaria provocada por un mal uso de los dispositivos tecnológicos. Como siempre hemos dicho, la tecnología ha de ser un medio y no un fin. Tiene aplicaciones médicas, medioambientales, laborales, etc. de un valor incalculable. No obstante, cuando nos centramos más en ella que en lo que nos rodea (preferimos, por ejemplo, tener un trato «virtual» con una persona mediante una red social que quedar en persona con ella) todo se deforma y envicia.

Más allá de soluciones como las propuestas por investigadores de la Universidad de Copenhague -abrir las ventanas, limpiar la casa, usar el extractor al cocinar o salir a la calle-, usar de una forma responsable nuestros dispositivos y redes y, sobre todo, usar el sentido común en nuestro día a día son el mejor remedio contra cualquier tipo de problema o etiqueta.

Medio ambiente, cosas que no sabíamos

Aunque todas las generaciones son diferentes entre sí, mucho se ha hablado últimamente -en positivo y en negativo- sobre los millennials. Ese grupo humano nacido entre 1980 y 1999 (aquellos cumplirían su mayoría de edad o que nacieron con el cambio de milenio) y que, antes de la vorágine tecnológica éramos (nací en 1982) conocidos comúnmente como Generación Y.

La primera que se crió sin y con internet. Sin y con smartphones. Sin y con una galopante crisis financiera y de sistema que ha puesto en jaque conceptos sociales (y económicos) que parecían consolidados -la clase media y el estado de bienestar, por ejemplo-. Sin y con un acceso casi ilimitado a información en cualquier lugar y momento. Sin y con una grave amenaza -empírica- para el medio ambiente. Y, sobre todo, sin y con un futuro complejo en materias tan críticas como empleo, política y responsabilidad social.

Y decimos sin y con porque a la ilusionante década de los ’90 le siguió la burbuja de los 2000 y el estallido de la misma en 2008. Esto nos ha convertido en un grupo humano heterogéneo -como cualquier otra generación- que se ha visto abocado a cambiar el concepto de propiedad privada por el de usufructo (algo que existía hasta mediados del siglo XX). Un grupo que ha cambiado por completo la forma en la que nos relacionamos, consumimos, trabajamos y disfrutamos de nuestro ocio respecto a nuestros hermanos mayores. Pero que, cuánto más se acerca la fecha de nacimiento a 1980, más encerrada se encuentra entre dos mundos.

En cualquier caso, una generación que, aunque nos definimos, por ejemplo, por nuestra defensa a ultranza del medio ambiente, estamos dejando una huella de carbono sin precedentes sobre el planeta a causa de esas nuevas formas de consumir y relacionarnos. Por eso, a continuación, os dejo una lista de cosas que seguro no sabíamos sobre contaminación y que deberían cambiar nuestra forma de actuar.

  1. La industria de las telecomunicaciones supondrá el 14% de las emisiones en 2040 (o antes). La cifra que ahora tiene la industria agroalimentaria. Porque los smartphones, esos que cambiamos de media cada año y medio, no emiten gases de forma directa, pero su proceso de construcción es tremendamente contaminante. Hasta el 85% de todo lo que contaminan. La solución es sencilla: tardemos un año más en cambiar de terminal. Porque la mayoría de los cambios se hacen por la influencia que tiene el marketing en nosotros, no por la cacareada obsolescencia programada -qué también existe-.
  2. La guerra de las pantallas grandes en los smartphones ha disparado las emisiones. Un iPhone 6S consume un 60% más de energía que un iPhone 4S. A día de hoy la carga de teléfonos, tabletas, relojes inteligentes, pulseras de monitorización, portátiles, etc. ya supone entre un 5 y un 7% de la factura total anual. Esta cifra se disparará en los próximos años con la llegada de la domótica y el internet de las cosas. Además, en el mundo ya hay 7.600 millones de SIM activadas para «solo» 7.400 millones de habitantes.
  3. Hasta el 85% de nuestros equipos se alimentan con electricidad «no limpia». Aunque hay datos que amparan que es posible perder la dependencia de las energías fósiles y que sabemos qué camino debemos seguir para llevar a cabo la «descarbonización«, lo cierto es que las energías renovables, por el momento, son insuficientes para que el planeta limpio e inteligente que nos vende Silicon Valley está muy lejos de ser real. La vida 2.0 contamina. Mucho.
  4. La nube no es precisamente blanca. Las smart things lo son gracias a la computación en la nube: fotos, mapas, música, series, vídeos, claves, programas, documentos… nada necesita ya una copia física porque servicios como iCloud, Google Drive, Amazon Drive y compañía hacen copias intangibles disponibles cuando se quiera. El complemento perfecto para no tener reparos en actualizar dispositivos y también para agilizar trabajos. La idea de economizar espacio (y papel) es excelente. El problema es que los servidores sobre los que se sustentan estos servicios son enormes monstruos que devoran cantidades enormes de electricidad. Y volvemos al punto 3. Es cierto que los principales actores están trabajando a marchas forzadas para obtener la energía de fuentes exclusivamente limpias pero la huella de carbono sigue siendo enorme.
  5. La persecución del diésel es injusta. Que uno o varios grupos empresariales mintieran no significa que una tecnología sea mala. Los motores diésel se potenciaron, entre otros motivos -uno de ellos minimizar la dependencia del petróleo de Europa- porque sus emisiones de CO2 son menores. Es cierto que emiten los temidos y peligrosos NOx pero también que existen tecnologías para paliarlos. Las sanciones deben ir a los fabricantes que, por cierto, no era solo uno ni solo la industria alemana -aunque es la que se lleva la palma-.
  6. El aplauso a la gasolina es un mito y la moda SUV un grave error. Demonizar el diésel y que todos nos vayamos a la gasolina ya hemos visto que es un error. Pero la moda SUV (modelos caros, con un mantenimiento más costoso, menos espacio, peor conducción, etc.) agrava aún más todo ello. Porque estos pesados y poco aerodinámicos modelos consumen más y eso hace que las emisiones de CO2 se disparen. Por cierto, 2017 es el primer año en más de una década en Europa en la que las emisiones de este gas que provoca el efecto invernadero han subido.
  7. Pero los eléctricos tampoco solucionan gran cosa. Y es que esto no va de ser de A, B o C. Esto va, de una vez por todas, de cambiar nuestras costumbres a la hora de movernos. El coche no debe ser la solución para todo. Ni siquiera en flotas de car sharing (se renuevan muy a menudo y las cifras son claras: mantener bien un modelo de 10 años contamina menos en la siguiente década que cambiarlo por un modelo más limpio porque, de nuevo, la huella de la fabricación es gigante). Hemos de volver a caminar -en la ciudad-, a usar la bicicleta -en entornos seguros-, el transporte público (que requiere que administraciones actualicen y ciudadanos usen) para distancias accesibles, y ajustar las emisiones de los medios de largo alcance (aviones y barcos). El problema no es el coche que conducimos el problema es que conducimos un coche (o una moto).
  8. La moda «democrática» ni es democrática ni es sostenible. Hace pocas semanas la ONU catalogó el fast fashion como emergencia ambiental. El consumo de agua para tintar una sola prenda es gigantesco (mayor que el de conseguir un kilo de carne). ¿Significa esto que debemos todos consumir en marcas «de lujo»? No. Significa solo que debemos consumir con cabeza. No necesitamos 10 pantalones y 30 camisetas en nuestro armario. Es suficiente con ser responsables y asegurarnos de que el origen de las prendas es el adecuado. Empresas como Inditex o Puma ya están trabajando en proyectos de fibras recicladas con impacto cero. Los primeros, de hecho, han lanzado una colección llamada Join Life que espera ocupar el 20% de todos sus productos antes de acabar la década.
  9. ¿Realmente necesitas comer carne en esas cantidades? Si la pesca está acabando con el mar, la ganadería extensiva está destrozando la capa de ozono. Los últimos estudios indican que la industria ganadera contamina ya más que el transporte. Existen formas mucho más sanas y sostenibles que comer una hamburguesa a diario. Todos los sabemos (o intuimos) la duda es, por qué no hacemos nada al respecto.
  10. La única solución es vivir «peor» o conseguir de forma inmediata energía limpia y consumir de forma responsable. Vivir de una forma más sencilla. Más parecida (en lo bueno) a generaciones anteriores. Seguir investigando para crear un mundo más conectado e inteligente con un coste energético menor hasta que seamos capaces de abandonar los combustibles fósiles. Tenemos más potencial que ninguna otra generación anterior gracias a esos «con» de los que hablábamos al principio. Tenemos acceso a más información. Tenemos acceso a más conocimientos y sabemos mejor que las generaciones anteriores qué pasa cuando hacemos algo mal. Tan solo necesitamos ser responsables. ¿Seremos capaces de serlo y de enseñar a las generaciones venideras para que también lo sean? La pelota está en nuestro tejado.

Fintech, llega el relevo a la banca tradicional

Los datos son concluyentes: según un estudio de PricewaterhouseCoopers (PwC) las fintech, start ups que están aprovechando las nuevas tecnologías para innovar en el sector financiero, podrían quedarse a medio plazo con el 25% del sector. Si atendemos a las cifras de las propias empresas, el trozo de pastel podría ser hasta de un tercio.

El empuje disruptivo de las start ups, además, viene acompañado del empuje de los gigantes tecnológicos: Apple, Google, Samsung y compañía quieren su trozo de negocio y tienen los medios -y el capital suficiente- para romper un negocio que durante demasiado tiempo ha estado protegido de agentes externos.

Una regulación que hacía casi imposible entrar y una imagen de entidades fiables hacían poco o nada apetecible el sector para terceros. Sin embargo, la liberalización del sector, la creación de nuevos nichos, nuevas formas de consumir y relacionarnos con las empresas así como la falta de fiabilidad que han demostrado durante la crisis han dejado la puerta de acceso abierta de par en par.

De este modo, los pagos con dispositivos móviles son solo el primer paso para que los clientes se vayan acostumbrando a que hay nuevos actores. Si a eso le unimos que en muchos mercados -por ejemplo el estatal- los bancos han tardado una eternidad en adoptar nuevas tecnologías y acercarse a las nuevas generaciones, la semilla podemos darla por plantada.

En otros mercados más maduros -tecnológicamente- y con una tradición bancaria más consolidada como el Reino Unido, las entidades de crédito tienen que intentar seguir el ritmo de las fintech. Uno de los ejemplos más llamativos es el de Santander UK que desde hace semanas colabora con Kabbage para ofrecer créditos a través de la plataforma.

Muchos analistas coinciden en que el peligro de las fintechs es controlable. Al fin y al cabo, aunque aún no se hayan puesto al día en un modelo que ni comprenden ni creen que subsista a medio plazo, tienen dinero más que suficiente para comprarlas y adoptar sus innovaciones. No obstante, el problema viene cuando la tecnológica es más grande que ellos. Y aquí es donde Apple, Samsung, Google, PayPal y compañía tienen un papel determinante.

Apple Pay ha obtenido un éxito enorme en Estados Unidos y su desembarco en Europa ha sido incluso mejor de lo esperado por las entidades bancarias. Este mismo año debería llegar a nuestro mercado. Lo mismo ocurre con Samsung Pay. Aunque se trata de una forma de cambiar el formato de las tarjetas de crédito, una difusión de los dispositivos móviles tan grande puede hacer «pagar peaje» a las entidades bancarias por entrar en los smartphones.

Es cierto que en muchos casos no se utiliza la aplicación más que dos o tres veces, pero también lo es que el cambio de relación con las entidades bancarias y con las tecnológicas ha cambiado. Hay estudios que indican que los menores de 20 años no pisarán una sucursal bancaria más de media docena de veces en su vida.

La movilidad laboral -que potencia el alquiler-, la decisión de no tener coche hasta más tarde e incluso los distintos hábitos de consumo harán cerrar miles de oficinas a medio plazo (BBVA las estima en más de 2.000 en una década) y cambiará por completo lo que queremos de los bancos y lo que los bancos nos pueden ofrecer.

En definitiva, la llegada de los equipos 2.0, una nueva lista de prioridades (usar o viajar por encima de acumular) y una relación mucho más distante con los bancos que con las tecnológicas harán a buen seguro que nuestro dinero cambie de formato y que las entidades financieras se vean obligadas a saltar del siglo XIX al siglo XXI.

2014, nuestro resumen del año

Entramos en la última semana del año y es hora de recapitular que ha pasado durante los últimos doce meses. Un año en el que las redes sociales han madurado, los hábitos de consumo han evolucionado, los millennials han tomado el relevo como generación dominante (al menos en el apartado tecnológico) y la era digital ha copado los discursos y las portadas más relevantes -algo impensable hace tan sólo un lustro-. Os resumimos las cinco claves que han marcado 2014 y que serán seña de identidad los próximos doce meses.

  • Internet de las cosas. Más allá de los programas que ya tienen en marcha gigantes como Intel, Samsung, Siemens o Nokia (sí, la parte que ha quedado «libre» de Microsoft) ya podemos disfrutar de las ventajas del internet de las cosas. La smart TV, esa báscula con WiFi, las compras inteligentes desde el frigorífico, etc son sólo el ejemplo de que casi cualquier cosa que nos rodea puede ser reformulada para pasar de lo analógico a lo digital y de lo digital a la edad 3.0. Éste ha sido el año en el que hemos querido darle una vuelta de tuerca a la conectividad. El año en el que nos hemos separado del hogar y el trabajo como centro de acceso a internet y las operadoras, por fin, han comprendido que internet es «eso» que queremos utilizar en todas partes -para hacer llamadas, comprar entradas, contratar viajes, compartir nuestras fiestas, hobbies, etc.-. Podemos decir que 2014 ha sido el año del despegue (todavía queda mucho por hacer) de internet.
  • Neutralidad en la red. Y como cada vez hay más demanda de conectividad cada vez hay más personas (físicas y jurídicas) dispuestas a hacer negocio con ella. Si hace poco nos hubieran dicho que el cierre de un portal de descargas iba a ser causa de conflicto entre países (Megaupload), que el hackeo a una empresa japonesa iba a ser un asunto de «seguridad nacional» estadounidense o que Obama o la canciller alemana Angela Merkel iban a tratar en un discurso oficial cómo ha de plantearse el acceso a internet hace sólo un lustro no nos lo hubiéramos creído. Pero como en 2020 se espera que haya más de 50.000 millones de dispositivos conectados y varios miles de millones de usuarios que necesitarán un nodo para no caerse en la cada vez mayor brecha digital, el acceso igualitario, barato (en algunos países se plantea gratuito en los espacios públicos) internet se ha convertido en un derecho y en una necesidad primaria para miles de millones de personas. Es la herramienta que nos regaló el siglo XX para desarrollarnos en el siglo XXI.
  • Todo tiene una versión social. Lo del desarrollo no es algo gratuito o friki es que como toda tecnología, internet no sólo es una potente herramienta de trabajo y comunicación sino que es un enorme altavoz que acentúa nuestras características personales. Por eso, los selfies, el pornfood o el boom de algunas redes sociales temáticas han vivido un desarrollo sin precedentes. Todo tiene un valor social. No sólo como recuerdo de lo que hacemos sino como «publicidad» de lo que hacemos. Al final, el ser humano -social- necesita venderse ante sus iguales y aquí radica el éxito de Instagram, el desarrollo enorme de Facebook, la tragedia que significa que WhatsApp se caiga y que el modo en el que nos comunicamos haya cambiado sustancialmente. No sólo colgamos fotos de perfil haciendo lo que más nos gusta sino que las estudiamos y planificamos. Contamos lo que queremos de nuestras vidas y no nos importan demasiado los problemas de privacidad. Por eso es fundamental educarnos para el uso de algo que nos ha cambiado para siempre.
  • Movilidad (y no sólo en el smartphone). Movilidad no sólo entendida como teléfonos inteligentes que hacen todo por nosotros. Tampoco como los wearables que serán los protagonistas de los últimos meses (Apple Watch mediante). Movilidad entendida como una generación que ha cambiado la compra de vehículos privados por plataformas que permiten compartir coches alquilados. La generación que se mueve en metro porque entiende que el seguro, las letras, las revisiones y la financiación son un enorme gasto que tiene destinos más interesantes como viajar, formarse, divertirse y digitalizarse. Con más información y herramientas que nunca no dudan en usar herramientas como Moovit para ir de un punto a otro; de pasar de la era de la acumulación a la era del streaming -de aquí los éxitos de Spotify o Netflix– o de comparar en el momento los precios y servicios de cualquier cosa que quieran comprar en cualquier lugar y a cualquier hora. El mundo en una pantalla.
  • Millennials. Porque más allá de los nativos digitales, ahora ha llegado a la mayoría de edad (y de presencia como fuerza de trabajo y formación) esa generación denominada Millennials. Aquellos nacidos a partir de principios de los ’80 del siglo pasado (también conocida como Generación Y) y que, aunque no lo parezca, ha puesto patas arriba todos los preceptos de la generación del Baby Boom. No consumen igual, no tienen los mismos horarios, no le gustan las mismas pantallas y tienen necesidades muy diferentes. De ellos (nosotros) ha sido este 2014 y de ellos, seguro, será este 2015.

 

2015, retos de movilidad

La evolución de cualquier sociedad ha venido marcada siempre por sus posibilidades de comunicación y transporte. Una ciudad bien conectada es aquella que permite a sus ciudadanos disponer de toda clase de servicios para desarrollarse económica, social y culturalmente. Sin embargo, la crisis económica, la explosión y democratización de las TICs y los cambios de costumbres que estos han traído han provocado que año tras año los retos sean cada vez mayores. ¿Hacia dónde iremos en 2015?

Del coche al smartphone

 

Dejadas atrás varias generaciones que sustituyeron números por nombres, vivimos inmersos en la era de los [Enlace roto.]. Jóvenes nacidos entre 1981 y 1985, herederos de la generación del baby boom que nacieron y vivieron su infancia y adolescencia en una era de prosperidad económica sin precedentes -si no por su crecimiento sí por su duración- y que se criaron en hogares seguros y estables pero que ha vivido su particular vía crucis en una de las crisis económicas, sociales y de valores que han azotado el mundo en casi un siglo.

Una de las diferencias entre esta generación y las anteriores es que es una de las pocas que en vez de vivir su radiografía a posteriori está siendo analizada mientras se desarrolla (el análisis que hace de los casi 80 millones de millennials que viven en Estados Unidos Dan Schawbel en Time es impresionante). Cosas de las nuevas tecnologías, las estadísticas y la necesidad de inmediatez de nuestra sociedad.

Pero más allá del confort en el que se han criado y de su estereotipo de «niños malcriados» esta generación se caracteriza por ser la más formada de la historia (cerca del 60% tiene un título universitario), la que más gasta en relación a sus ingresos -no conciben el ahorro como una necesidad-, la que menos se ha endeudado (no ha tenido acceso al crédito que sí tuvieron sus hermanos mayores para hipotecarse o dedicarse a grandes aventuras profesionales) y la que más ha roto los preceptos con sus antecesores al respecto de lo que consumen y cómo lo hacen.

Estudios realizados por todo lo ancho del planeta por consultoras como KPMG redundan en que son la primera generación en décadas que ha abandonado el concepto de acumulación por el de movilidad.

Son la generación que más se ha involucrado -hasta el momento- con la explosión de las TICs y también es la que más ha cambiado con la llegada de los dispositivos móviles hasta el punto que son vistos como la herramienta de libertad que necesitan mucho más allá del coche, abanderado de esa libertad para los nacidos en la década de los ’70.

Y esto ha hecho que el sector se encuentre frente a un enorme reto: hasta un 40% de los menores de 25 años en Estados Unidos y Europa consideran comprar un coche como un gasto innecesario ya que existen alternativas de movilidad como la bicicleta, el transporte público, compartir un vehículo o alquilarlo que son mucho más baratas y eficientes y que, además, liberan sus ingresos para poder invertirlos en otros bienes y servicios que consideran mucho más interesantes.

La cifra no es mucho mejor en el caso de la franja entre los 26 y los 35 años. Entre 2001 y 2009 hasta un 23% de éstos dejaron de comprar o renovar sus vehículos y los suplantaron por el transporte colectivo, el taxi, el alquiler o la bicicleta. Y parece que el concepto de smart car no consigue atraerles. Quieren movilidad, pero la quieren responsable y sin ataduras.

Para que no nos resulte tan ajeno -parece que hablar de Estados Unidos u otros países europeos nos hace ajenos a esta evolución- os presentamos el gráfico que hizo El País en enero de este año en base a datos de la DGT.

Y este cambio y el bajón de clientes jóvenes en las autoescuelas no es algo que se pueda achacar sólo a la crisis. De vuelta a Estados Unidos, durante el último lustro la cifra de jóvenes que se han sacado el carnet o comprado un coche provenientes de familias con unos ingresos anuales de más de 70.000 dólares (acomodadas) ha bajado un 30% mientras se ha duplicado el uso del transporte público y la compra de bicicletas.

Una simple aplicación que permita gestionar los diversos horarios del transporte público y sus conexiones intermodales parece ser mucho más que suficiente para una generación que entiende que el dinero puede tener muchos más usos que dárselos a una aseguradora, banco, petrolera, el gobierno -en forma de impuestos- o un fabricante de automóviles. Además, la mayoría dicen que su conciencia  medioambiental está mucho más tranquila.

El reto para las Administraciones

 

Pero el problema no recae solamente en el sector automovilístico y su gigantesca industria auxiliar. También en una Administración que tendrá que gestionar una creciente demanda de usuarios de transporte público que no sólo pedirán más frecuencias sino también mejores conexiones entre puntos y nuevos sistemas de comunicación dentro del mismo transporte público.

En el caso que nos atañe por cercanía, Bilbao, el reto será poner las bases para un metropolitano con una estructura mucho más compleja y una mayor cobertura diaria. Si bien la Línea 3 avanza a buen ritmo -está prevista su puesta en servicio para 2016- se tendrá que trabajar en la implementación de un mejor servicio de conexiones (no sólo en momentos puntuales) y en la incorporación de [Enlace roto.] como muy bien ha comprendido Bizkaibus, otro de los grandes servicios de transporte público que funcionan en el área metropolitana más importante del Territorio.

Construir un tejido completo en el que se vinculen autobuses urbanos, extraurbanos, trenes de cercanías, metro, tranvía, estaciones intermodal y conexiones con el aeropuerto no sólo redundará en una mejor salud económica de la región (pedir una ciudad comercial moderna 365 días al año también requiere de una infraestructura óptima para que tanto consumidores como trabajadores lleguen a la zona metropolitana) sino que reducirá ostensiblemente la factura energética y las emisiones de la región.

En definitiva, parece que hay una generación dispuesta a cambiar las reglas. A cambiar las carreteras por los raíles y los carriles bici. A cambiar las enormes emisiones contaminantes derivadas de los automóviles actuales y sustituirlas por medios de transporte más responsables con el medio. ¿Estamos preparados para esta demanda?