Inteligencia artificial, llega su botón del pánico

Alphabet, matriz de Google, es con toda seguridad la multinacional con más ganas de cambiar el mundo por completo. De darle un impulso que lo lance hacia el futuro por medio de las nuevas tecnologías y todas sus posibilidades. No obstante, pocas empresas son tan conscientes del riesgo que trae consigo el avance tecnológico gracias a su larga experiencia con el formato prueba-error.

Es por ello que somos muchos los que hemos sentido alivio cuando Deep Mind, su filial/start up dedicada a la inteligencia artificial y el Instituto para el Futuro de la Humanidad de la Universidad de Oxford anunciaron que habían desarrollado un gran «botón rojo» de emergencia para evitar que las máquinas realicen una «secuencia de acciones dañinas» para el entorno, el operador humano o ellas mismas y poder «ser guiadas a un entorno seguro».

Son muchas las voces (entre ellas algunas tan respetadas como la de Stephen Hawking) que han pedido en repetidas ocasiones un sistema de supervisión en el desarrollo de inteligencia artificial. El motivo es sencillo: es inevitable que en algún momento las máquinas superen en inteligencia a los humanos. En ese escenario es improbable que las máquinas se comporten de manera óptima de continuo para con su entorno. Es por ello que es necesario garantizar que el operador humano pueda interrumpir de forma segura e incluso repetida determinados tipos de inteligencia artificial.

De hecho, ante el incremento de capacidades de las máquinas, los investigadores dicen haberse asegurado de que las máquinas puedan aprender a prevenir, impedir o provocar estas interrupciones. Una forma que también se puede entender como un sistema de aprendizaje en el que se podría interrumpir la actividad de un robot cuando deba enfrentarse a una tarea para la que no estaba desarrollado inicialmente.

Sin embargo, son muchos los desarrolladores que dudan de si todos los algoritmos de la inteligencia artificial pueden ser interrumpidos. Es aquí donde juega un papel importante el aprendizaje reforzado, un tipo especial de IA que se basa en el autoajuste de la misma para tener un comportamiento ideal en todo escenario de forma autónoma: básicamente optimiza una función matemática para mejorar su rendimiento o comportamiento sin entender los conceptos sobre los que trabaja: solo entiende las fórmulas, no el objetivo de su trabajo.

Frente a esto existe una corriente que apuesta por un sistema de inteligencia artificial que implemente en los robots el significado de sus tareas para, de esta forma, evitar que por un concepto absolutamente mecanizado se pudiera infringir daño al entorno, los humanos u otras máquinas.

En cualquier caso, la creación de una superinteligencia que no solo superara a la de sus desarrolladores sino que fuera capaz de tomar conciencia de sí misma y fuera capaz de trazar estrategias de funcionamiento anticipándose a la de sus creadores es uno de los grandes peligros que ve parte de la comunidad científica en la apuesta por la inteligencia artificial. Aunque las cifras que se barajan pueden parecer lejanas, expertos como Nick Bostrom, del ya citado instituto de Oxford cree que entre 2075 y 2090 ya habrá inteligencias artificiales tan potentes como la humana.

Universidad, ¿cuidamos la cantera?

Hoy vamos a separarnos del mundo de las empresas tecnológicas y sus gadgets para acercarnos a la cantera de la evolución humana: la universidad. Un modelo pensado hace siglos y que tiene como objetivo formar a los mejores para que sean aún mejores. Una enseñanza mucho más especializada y completa que la de cualquier colegio que tiene como fin dotar al discente de la preparación necesaria para poder desempeñar labores cualificadas con destreza y al permite al docente estar continuamente rodeado de gente dinámica y preparada con ansia de aprender y, sobre todo, tener a mano las herramientas oportunas para seguir formándose y, ante todo, formar a sus alumnos.

 

Toda esta teoría, sin embargo, parece no funcionar del mismo modo en todas las latitudes del planeta. Desde hace casi una década -2003- la Universidad Jiao Tong de Shanghai realiza un ranking internacional de universidades. Con el paso del tiempo se ha convertido en toda una referencia y sirve como baremo para comparar los 500 centros docentes que aparecen en la lista con cierta fiabilidad.

 

Para confeccionar la tabla, la universidad china estudia el impacto de las investigaciones de cada campus y le añade los reconocimientos que ha recibido a lo largo de su historia -tanto premios Nobel de sus estudiantes y profesores, como las prestigiosas medallas Fields-. Los nombres son tan relevantes como las Universidades de Yale, Harvard, Cambridge, Oxford, Chicago, el MIT o Berkeley.

 

Pero, si nos paramos a ver la clasificación y la desgranamos descubriremos datos de lo más interesante. Lo primero que llama la atención es que entre los diez primeros puestos sólo aparecen dos universidades no estadounidenses: se trata de las británicas Cambridge (5) y Oxford (10). La lista continúa con otras nueve de EEUU y las primeras veinte se cierran con una nipona, la Universidad de Tokyo. Sólo una no anglosajona. Sólo tres no americanas. ¿Tienen mejor modelo? ¿Tiene que ver con su mejor posición económica y su dominio científico y tecnológico? Me temo que sí.

 

La primera de la Europa continental es el Instituto Politécnico Federal de Zúrich (23) y la primera de la «zona Euro» es la Universidad París-Sur en el puesto 37. Sí es cierto que hemos de diferenciar también que mientras que las universidades anglosajonas que aparecen en el listado son privadas, las dos primeras que hemos citado del resto de Europa son públicas. Presupuestos estatales bien invertidos.

 

Si nos acercamos un poco más a nuestra tierra descubriremos que entre las 500 primeras sólo nos rodean directamente 10 centros docentes y que la Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea (EHU) se sitúa como la sexta mejor del Estado. En el tramo entre la 201 y la 300 aparecen la Universidad Autónoma de Madrid, la Universidad Complutense y la Universidad de Barcelona. De nuevo tres públicas que, en este caso, o por efecto de la crisis o por falta de investigación e inversión, han caído puestos en la tabla.

 

En el siguiente tramo aparecen en este orden la Universidad Autónoma de Barcelona, la Universidad Politécnica de Valencia y nuestra EHU. Le siguen la de Valencia, Granada, Pompeu Fabra, Vigo, Zaragoza y, se ha caído del Top 500, Santiago.

 

Para cerrar el post me gustaría dar un dato sobre la financiación de algunas de las universidades de las que hemos hablado. Harvard, Princeton o el MIT tienen un presupuesto de unos 150.000 euros por alumno. Oxford y Cambridge, de unos 50.000 por cada discente. España aparece a la cola en financiación universitaria y a duras penas logra en algunos casos llegar a los 10.000 euros por estudiante. ¿Cuidamos la cantera?