Raspeberry Pi 2, el motivo de su éxito

Si hay algo en lo que el negocio tecnológico ha cambiado profundamente desde principios de siglo es en su componente de industria-espectáculo. Lo que durante años fue un nicho reservado a geeks y a profesionales ahora copa portadas de medios generalistas y abre telediarios (cualquier lanzamiento de Apple es noticia e incluso eventos como el CES de Las Vegas o el inminente Mobile World Congress le roban protagonismo a los salones del automóvil). Precisamente por eso tiene doble mérito lo que ha conseguido Raspberry Pi, una fundación británica que ha conseguido que sus productos -verdaderamente democráticos- lleguen a todos los medios de comunicación sin una enorme campaña publicitaria.

Si hace casi dos años presentábamos la primera versión de su placa base (que permitía construir a su alrededor un competente ordenador por muy poco dinero), a principios de este mes los británicos han presentado ahora la versión 2.0 que está mucho más cerca de ser un PC de tamaño francamente reducido.

En esa fantástica caja transparente late un procesador Broadcom BCM2836 de cuatro núcleos a 900 MHz que trabaja con una RAM de 1 GB para conseguir un producto mucho más potente que el anterior B+ y convertirse, en palabras de Eben Upton, fundador de Raspberry Pi, en un PC usable. Y es que los benchmarks indican que es hasta seis veces más potente y rápido que la hasta ahora referencia del catálogo de la Fundación.

¿En qué se traduce esta mejora? Para dar una respuesta rápida, en que incluso soporta Windows 10. Además, y a pesar de lo que muchos podríamos pensar, esto no implica una subida de precio. El 2 Model B costará 35 dólares mientras que la versión A+ se quedará en 20 dólares (una inversión insignificante pero que viendo la potencia de la novedad no tiene mucho sentido).

Ni este mini PC ni sus alternativas (la comparativa de Xataka es, como siempre, sobresaliente) son un producto para todos los públicos. La ausencia de un sistema operativo preinstalado o de cualquier tipo de periférico lo hace una herramienta excepcional para aprender, divertirse y entrar en el universo del hardware. Nos retorna a una época en la que los usuarios querían meter mano y configurar a medida sus dispositivos (tan bueno o legítimo como sólo querer encenderlo y que funcione).

Pero si echamos la vista atrás a su lanzamiento allá por febrero de 2012 y vemos que se han vendido más de un millón de placas y que un gran porcentaje han sido más allá de la educación vemos que el motivo es otro. Permite divertirnos, ser los dueños del dispositivo y configurarlo como queramos. Sólo nosotros sabemos qué periféricos queremos instalar y cuánto queremos gastarnos en cada uno de ellos. Cuánto tiempo queremos dedicarle al juguete y, sobre todo, sentirnos como aquellos pioneros de garaje -sólo que en este caso Google nos lo pone muy fácil-.

Hasta ahora el universo colaborativo, Linux y las ganas de hacer algo único y compartirlo han sido el pilar sobre el que se ha cimentado su crecimiento. Nos preguntamos que querrán hacer ahora los compradores al poder escoger Windows 10 (¿montar su propio universo al modo Dell o una máquina legendaria como hicieron Hewlett y Packard?). Dos universos completamente distantes que ahora se «soportan».

Sin duda, desde aquí lo recomendamos como una forma de aprender informática. De comprender mejor de dónde vienen todos estos dispositivos geniales que tenemos en nuestro hogar y oficina (y también por qué a veces fallan) y hacia dónde van y, si se tiene tiempo y paciencia -más que habilidad- quizá podamos adelantarnos a nuestro propio futuro. ¿Os atrevéis?

 

Raspberry Pi, tecnología básica

Sólo cuesta 35 dólares. Se han producido y vendido más de un millón de unidades desde su concepción  en febrero de 2012 y se ha convertido en la computadora de moda entre la comunidad de educadores de medio mundo. Es el Raspberry Pi, uno de los ordenadores más baratos y pequeños del mercado. Todo un éxito por concepto y funcionalidad.

 

Su historia es bastante corta. En 2006 varios profesores de la Universidad de Cambridge -destaca el papel de Eben Upton- se dieron cuenta de que la mayoría de sus alumnos de informática carecía de los conocimientos necesarios para sus clases de alta tecnología. En pocos años los estudiantes habían pasado de ser aficionados a la electrónica (fundamental para construir un equipo) a buenos diseñadores de webs. Insuficiente a todas luces para convertirse en un «nuevo Bill Gates».

 

Del mismo modo que ha ocurrido con los motores de los automóviles, los nuevos ordenadores ocultan al usuario toda su ingeniería. Son sencillos de utilizar, tienen un interfaz atractiva y son bastante caros. Eso, resume Upton, es el motivo por el que «los padres no querían que sus hijos destruyeran los equipos para experimentar sus entresijos». Una máquina más barata y menos secretista era necesaria e ideal para que los alumnos trastearan.

 

 

De esta forma nació Pi. Un ordenador con el tamaño de una tarjeta de crédito que permitía conectar los periféricos clásicos de cualquier dispositivo de un modo totalmente funcional y que como tenía un precio inferior al de un teclado nuevo, era ideal para perderle el miedo a los circuitos y el silicio. Además, equiparlo con Linux arquearía y completaría aún más la curva de aprendizaje de los futuros informáticos.

 

 

Pi es una sencilla placa base. Desnuda. De hecho, recomendamos comprar una barata carcasa de plástico que la proteja para aumentar su vida útil. (No son pocas las empresas externas al proyecto que ya han empezado a comercializarlas con un éxito sorprendente gracias a su bajo precio). Sólo necesitamos un monitor con entrada HDMI (también vale con USB pero el «do de pecho» lo da con los de última generación), un teclado USB y un ratón.

 

Su funcionamiento es sencillo. Para apagarlo basta con desenchufarlo ya que se alimenta con un simple cable USB como los de los smartphones. El secreto de esta sencillez reside en que no tiene ni memoria ni sistema operativo preinstalado. Todo se debe cargar en una memoria externa de alta capacidad -con una de 4 GB es más que suficiente-. Sus creadores, incluso, recomiendan Raspbian, una versión de Debian, que incluye herramientas para principiantes y al que han dotado de un interfaz a medio camino entre Windows y Linux.

 

Hay otras versiones como Raspberry Pi Education Linux Destro, desarrollado por Adafruit y que tiene un navegador especialmente seguro para niños. Además, todas las versiones permiten añadir funcionalidades como el WiFi o controladores a otros periféricos. Por cierto, según explica Upton, muchos han decidido convertir Pi en su centro multimedia doméstico gracias a su potente tarjeta gráfica y, sobre todo, a su compatibilidad con todo tipo de equipos.

 

El éxito desde el principio fue enorme. «Al principio pensábamos que sería un negocio de entre 1.000 y 5.000 unidades», resume Upton, «lo que no contábamos era todo un mercado de adultos técnicamente competentes que querría utilizarlo», de modo que los aficionados se convirtieron en su principal fuente de pedidos.

 

Su versatilidad y su calado en la comunidad científica y educativa ha sido tal que un propietario de Pi, Dave Akerman, envió uno a la estratosfera mediante un globo meteorológico para que flotara a 40.000 metros y realizara vídeos, mediciones y sacara fotografías. «Cuando se le da acceso a una herramienta así a la gente, puede hacer cosas fantásticas», explica el profesor de Cambridge.

 

El éxito está siendo tal que la empresa está empezando a tener problemas para el montaje y la distribución. Adafruit Industries, la distribuidora del Pi, dice que han vendido 10.000 en pocas semanas y que su éxito está siendo tal que es difícil encontrarlo en Internet. De momento, la fundación ya ha lanzado en Europa el Model A, un modelo evolucionado que cuesta 18€ y, si todo sigue así, podrían bajar más el precio. ¿Quién dijo que la tecnología tiene que ser cara si tenemos imaginación?