Alan Turing, el hombre que resolvió el Enigma

Febrero es el mes de los Oscars. Mes en el que -con mayor o menor acierto, no lo debatiremos aquí por falta de conocimientos- la Academia más importante de la industria del cine premia las historias, efectos, actores, etc. más relevantes de los últimos meses. A nosotros, por cercanía, nos ha llamado la atención especialmente una de las obras más nominadas: The Imitation Game, que narra parte de la vida de uno de los mayores genios del siglo XX, Alan Turing y de cómo él y su equipo consiguieron descifrar Enigma, la máquina de encriptación modificada por los nazis que trajo de cabeza a los aliados durante más de la mitad del conflicto bélico.

Turing, el padre de la computación

A veces la persona que nadie imagina capaz de nada es la que hace cosas que nadie imagina. Este mantra se repite tres veces a lo largo del metraje y resume a la perfección la corta vida de Alan Turing. Hijo de Julius Mathison Turing (del cuerpo de funcionarios británicos en la India) y Ethel Turing, nació por expreso deseo de sus padres en Paddington, Londres, en 1912.

Pasó gran parte de su infancia acompañado sólo de su hermano y criado por amigos de sus padres que tenían que volver a la colonia del Imperio para cubrir sus obligaciones laborales. Ya desde su más tierna infancia dejó muestras de su enorme capacidad: aprendió a leer solo en tres semanas y comenzó a demostrar habilidades numéricas impropias de un niño de su edad.

Con 14 años (en la foto aparece con 16) sus padres lo ingresaron en el internado de Sherborne en Dorset donde entabló amistad con Christopher Morcom, primer amor de Turing y, sin duda, una de las personas que más le influyó en su vida. La muerte de Morcom a causa de la tuberculosis bovina supuso un golpe al joven Turing que se volvió ateo y, aunque siguió creyendo en la supervivencia del alma tras la muerte, su concepción de la vida y el universo se volvió mucho más materialista y cientificista.

A los 15 años Turing se desmarcó de sus profesores siendo capaz de resolver problemas muy avanzados sin ni siquiera haber estudiado cálculo elemental en Sherborne y sólo un año más tarde, no sólo descubrió y entendió a Einstein sino que fue capaz de cruzar las críticas de Einstein a las teorías de Newton dos de los mayores genios de la Historia.

Sin embargo, su falta de interés en los estudios clásicos hizo que suspendiera repetidamente algunos exámenes finales y que Turing tuviera que decantarse por el King’s College de Cambridge en vez del Trinity Church, la universidad que deseaba como alma mater. En 1935, con sólo 23 años, y tras recibir la formación de Godfrey Harold Hardy, Turing fue nombrado profesor del College.

Fue solo un año más tarde cuando Alan Turing asombró al mundo. De forma independiente (y a la vez que Alonzo Church, profesor, matemático y lógico de Princeton) el británico resolvió el Entscheidungsproblem, un «reto» de lógica simbólica propuesto en el siglo XVII por Gottfried Leibniz y que busca encontrar un algoritmo general que decida si una fórmula de cálculo de primer orden es un teorema.

Este momento de su vida fue crítico pues a partir de aquel momento el estadounidense se convirtió en el director de tesis de Turing y gracias a sus trabajos conjuntos (que redundaron en su Doctorado en 1938) vieron la luz la máquina de Turing (un dispositivo que manipula símbolos sobre una tira de cinta de acuerdo a unas tablas programables y que puede ser adaptada para simular la lógica de cualquier algoritmo de computador y que es fundamental para explicar las funciones de cualquier CPU actual) y las más complejas máquinas Oracle (hipercomputación), abuelo y padre de La Bombe, una máquina electromecánica que podía romper los códigos de las máquinas Enigma empleadas por los nazis y desencriptar los mensajes de sus operaciones militares.

Al acabar la Segunda Guerra Mundial, aunque la tecnología empleada fue supuestamente destruida (los Gobiernos de Londres y Washington cedieron máquinas Enigma a otros gobiernos de todo el mundo sin decirles que podían desencriptarlas) Turing siguió trabajando con el Laboratorio Nacional del Física en el diseño del primer Motor de Computación Automático. Sin embargo, la falta de recursos y el secretismo que reinaban en las instituciones después de la guerra hizo que Turing se tomara 1947 como año sabático en Cambridge. Durante este tiempo realizó gran parte de su obra sobre inteligencia artificial (se presentó tras su muerte).

A partir de 1948 Turing trabajó para la Universidad de Machester y vio como sus estudios sobre ACE (el proyecto para el LNF) comenzaba a dar sus frutos -aunque nunca se llegó a construir por completo su modelo-. Durante esa época Turing comenzó a crear multitud de programas y estudios en los que analizaba el comportamiento de las computadoras, su concepto de inteligencia y sus posibilidades de desarrollarlas (en vez de crear un computador que simulara la inteligencia de un adulto propuso crear uno que simulara la de un niño y educarlo).

Sus estudios en el campo de la cibernética y la biología matemática no sólo fueron absolutamente revolucionarios para su época sino que pusieron los cimientos de las matemáticas, informática, programación y lógica actuales así como se convirtieron en herramientas fundamentales para la construcción de patrones.

Sin embargo, esta privilegiada mente fue condenada por su homosexualidad (descubierta cuando acudió a la policía porque dos hombres habían entrado en su vivienda, uno resultó ser su amante). Se le imputaron los cargos de «indecencia grave y perversión sexual» (los mismos que a Oscar Wilde medio siglo antes) y se le dio a escoger entre ir a la cárcel o la castración química. Turing, que no se defendió porque consideraba -acertadamente- que no debía disculparse por nada, fue sometido a un tratamiento de hormonas durante un año.

Pocos meses más tarde de ese infierno (que se prolongó algo más de un año) el genio apareció muerto en su vivienda por comer parte de una manzana envenenada con cianuro. Aunque su madre aludió su muerte a lo desordenado que era su hijo cuando almacenaba sustancias químicas, el contexto indicó que se trataba de un suicidio.

El caso, una de las mayores vergüenzas de Gran Bretaña (y de Occidente) durante los últimos siglos ha sido en parte enmendado. En 2001 se descubrió una estatua del matemático en Sackville Park, cerca de la Manchester University. En 2004, cuando se celebraba medio siglo de su muerte, se inauguró el Instituto Alan Turing en la misma universidad así como otros monumentos que conmemoran la vida y obra de una de las mentes más brillantes del último siglo. Desde 1966 la Asociación de Maquinaria Computacional otorga el Premio Turing (considerado el Nobel de su rama) a quienes hayan contribuido de forma trascendental a la computación.

La monarca británica Isabel II, a título póstumo le otorgó el perdón póstumo a propuesta del Ministro de Justicia Chris Grayling después de que 100 eminencias científicas lo solicitaran por escrito en The Daily Telegraph con motivo del primer siglo de su nacimiento.

Los esfuerzos de Turing y su equipo por descifrar enigma y aprender a utilizar (los nazis nunca supieron que habían sido descubiertos) permitieron que la Guerra acabara dos años antes y, según los historiadores, se salvaran más de 14 millones de vidas. Todo un héroe.

 

NSA, mucho más que Prisma

 

 

El caso de ciberespionaje hecho público por Eric Snowden está cada día más cerca de un capítulo de SHIELD que de la realidad. Después de conocer cómo funciona el programa Immersion y en qué consistía Prisma -grandes empresas de Silicon Valley crearon puertas traseras en sus servidores para que la NSA accediera a ellos para captar toda la información que quisieran a cambio de sufragar los costes de la operación y que ésta quedara «blindada» por la justicia mediante juicios secretos que dictaban órdenes de acceso a los metadatos de estas empresas-, el mayor caso de espionaje civil de la Historia da un paso más con XKeyscore.

 

Según han publicado The New York Times y The Guardian, tanto la Agencia de Seguridad Nacional americana como el Cuartel General de Comunicaciones utilizaron todos estos datos para crear perfiles de particulares, instituciones y empresas que más tarde se cruzaban para mostrar gráficos con las interrelaciones de cada uno de esos perfiles.

 

Además, The Washington Post mostró que los agentes de las agencias estatales tenían capacidad de conseguir información directamente de líneas telefónicas y fibra óptica y, de hecho, en ciertas diapositivas que se publicaron de instituciones como la CIA o la NSA, se recomendaba alternar los tres sistemas para conseguir información más eficaz y fehaciente.

 

Cuando esto salió a la luz mucho analistas respiraron. Era imposible que ninguna agencia, ni siquiera estadounidense, cruzara semejante cantidad de datos como para que nuestra privacidad corriera peligro (desinformación por sobreinformación). Sin embargo, la publicación por The Guardian de información sobre el sistema XKeyscore ha vuelto a hacer que salten todas las alarmas.

 

XKeyscore absorve todos los metadatos (quién, cuándo y dónde accede a una línea de información y a quién envía el mensaje) para extraer la información básica, filtrarla y clasificarla. Así, la información «ruido», la más abundante, se desecha en 24 horas mientras que la importante: los historiales de navegación, las cuentas de correo y ciertas conversaciones digitales pueden ser almacenadas hasta cinco años. Todo ello permite el filtrado de miles de millones de contenidos por IP, número de teléfono, nombre de usuario o por el idioma de una conversación.

 

Y como esto es un sistema que requiere de muchos recursos, se ha sabido que ambas agencias destinan, de promedio, unos 250 millones de dólares anuales en tenernos vigilados. El uso de la «fuerza bruta» -potentes servidores que analizan todas las posibles combinaciones de una contraseña hasta dar con ella- parece ahora algo realmente antiguo y obsoleto teniendo en cuenta que las puertas traseras de los servidores hacen que todo sea aún más rápido.

 

La crisis ha aumentado cuando Francia ha llamado al embajador estadounidense para preguntarle por los más de 70 millones de conversaciones de ciudadanos galos que han sido espiadas en el plazo de 30 días. Alemania, España, Bélgica, Brasil, México y Venezuela también guardan cola en Naciones Unidas para pedir explicaciones en un caso que ni americanos ni británicos han desmentido. La Seguridad Nacional -la suya- está por encima de cualquier conflicto diplomático.

 

Sólo Canadá, Nueva Zelanda, Australia han quedado al margen de esta vigilancia de forma declarada. El motivo es sencillo. Ellos también forman parte de un entramado que se autodenomina Los Cinco Ojos y que han decidido ser protectores del mundo. Al menos del suyo.

Silicon Valley, no solo hay uno

El post de hoy va dedicado a todos aquellos lectores (casi 20.000) que os habéis acercado hasta el post que trata la historia de Silicon Valley. La capital mundial de las nuevas tecnologías resume casi mejor que cualquier otro emplazamiento la economía y la sociedad de Estados Unidos: una oportunidad, un nicho de mercado, un mecenazgo desde las instituciones más respetables del país -en este caso la prestigiosa Universidad de Stanford- y un buen puñado de emprendedores.

 

Sin embargo, este oasis en mitad de la crisis que azota una buena parte del mundo (por lo menos del occidental) tiene réplicas repartidas por toda la geografía. Centros donde la innovación y la apuesta por las nuevas tecnologías tiene su recompensa. De la mano de El País os presentamos los más relevantes.

 

Canadá, Australia, Reino Unido (¿casualidad lingüística o cultura?) son sólo los cabeza de cartel en proyectos de futuro a los que se suman iniciativas en Latinoamérica, como es el caso de Chile. Canadá ofrece el visado que permite disfrutar de la residencia indefinida -y el sistema universal de sanidad- a todo aquel emprendedor que les preste sus ideas.

 

El Reino Unido tiene claro que, a pesar de la terca Merkel, el futuro de Europa no pasa por la industria clásica. Un entramado donde los costes de producción y personal no pueden competir cara a cara con las grandes fábricas del mundo en el sudeste asiático. Londres es el punto de encuentro para la mayoría de los emprendedores a este lado del Atlántico que, aunque sueñan con Silicon Valley, tienen que quedarse cerca de Buckingham Palace.

 

Chile ha ido más allá y está dispuesta a financiar casi a fondo perdido cualquier iniciativa nacional o extranjera que se traduzca en un proyecto socioeconómico viable para el país andino. Pero la zona sur del campus de Stanford no sólo es famosa por sus garajes y sus imperios levantados, literalmente, de la nada. También lo es por su capacidad de reciclarse. Programas como 500 Startups siguen atrayendo a las mejores cabezas de todo el mundo a la soleada California.

 

La receta es sencilla: quieren crear un visado para que cualquier emprendedor o empresario que haya logrado una inversión de 100.000 dólares tenga plenas facultades para instalarse en cualquier región de Estados Unidos. Especialmente las zonas más idóneas para el desarrollo de su proyecto.

 

Si a esta estrategia (parece que por aquí alguno no se ha dado cuenta de que el recurso más valioso es el humano) le sumamos el gigante imán que supone trabajar a pocos metros de Facebook, Apple, Google, etc. la batalla está complicada para los nuevos centros de innovación. Como explican el periódico, Silicon Valley es la «nueva Florencia del Renacimiento». Un lugar en la que «si haces algo realmente bueno, en dos años te lo compran o se encargan de que funcione».

 

La opción más cercana por formato y dinamismo es la propuesta canadiense. «Sólo» se necesita un año de universidad en el currículo y 75.000 dólares o un inversor dispuesto a poner hasta 200.000 para acceder a la residencia y tener vía libra para construir el proyecto. Existe riesgo de que la empresa no funcione, pero no sólo es algo que están dispuestos a aceptar, sino que lo bajaran como todo proceso lógico de aprendizaje.

 

Australia es más exigente (está rodeada de rivales tan magníficos como Taiwán, Corea o Japón) y pide un millón de dólares australianos para acceder a un mercado que aunque tiene poca población es una puerta de primera al Pacífico -y a Estados Unidos-. Gran Bretaña exige sólo 50.000 libras y Chile, más radical está dispuesta a regalar 30.000 dólares a cualquier proyecto tecnológico extranjero que parezca viable.

 

El Congreso debate ahora una ley de inmigración que no sólo multiplique la fuerza de trabajo de la primera potencia mundial ante la emergente China, sino que se prepara para potenciar una tercera revolución tecnológica que esté, como siempre, guiada desde San Francisco. En Europa… debatimos sobre pensiones.

Reino Unido, coto al fraude fiscal

La alarma social se disparó con la publicación de la memoria oficial de Amazon en el Reino Unido esta misma semana. La filial británica de los de Jeff Bezos facturaron más de 5.000 millones de euros durante el último año fiscal pero tan sólo tributaron 2,8 millones. Si a eso le sumamos que recibieron en subvenciones más de 4 millones por parte del Gobierno británico, la polémica está servida.

 

Hasta ahora Estados de la Unión como Francia o Alemania se había sumado a las quejas de Washington sobre la ingeniería fiscal de las grandes tecnológicas de Silicon Valley que se las ingenian para desviar miles de millones de dólares en impuestos hasta paraísos fiscales para eludir sus obligaciones sociales. Ahora es Londres la que pide poner en el primer punto de la agenda continental esta sangría de millones para las arcas públicas.

 

Es cierto que estas son prácticas clásicas en las grandes multinacionales pero ninguna lo había hecho hasta ahora con tanto descaro como Apple, Google, Microsoft o Amazon, las cuatro grandes del sector tecnológico que, cada poco tiempo, se jactan de su potencial económico y de su papel como motores económicos. Las empresas dicen que cumplen la ley a rajatabla -y estrictamente así es puesto que la legislación deja siempre «salidas» a quienes saben aprovecharlas-, aún así, David Cameron ha pedido una acción conjunta internacional que bloquee estas posibilidades para que estos titanes tributen en consonancia a sus ingresos como cualquier otra persona jurídica.

 

La filial británica de Amazon contrata directamente a unas 4.200 personas e, indirectamente, a algunos miles más. Sin embargo, a efectos tributarios está configurada como una proveedora de servicios con sede en Luxemburgo. La mala noticia para la librería online es que la Agencia Reuters compiló información en la que buscaban «vendedores» para el Reino Unido lo que es soporte legal suficiente para que los legisladores puedan pedirles un buen puñado de millones.

 

Son varios los parlamentarios londinenses los que han explicado que urge un cambio de una legislación que va mucho más despacio que las grandes empresas que operan en internet y, por primera vez en mucho tiempo, tanto liberales como laboristas parecen dispuestos a arrimar el hombro para acabar con unas prácticas que, para algunos son «patéticas».

 

Otras plataformas, como las asociaciones de libreros, pretenden atacar al gigante demostrando que sus prácticas fiscales se convierten, directamente, en competencia desleal al contar con ventajas a las que otras empresas más pequeñas no pueden acceder.

 

 

Google y Apple, investigadas


Pero la empresa de Jeff Bezos no es la única a la que los legisladores quieren echarle el lazo. Esta misma semana los representantes de Google en las Islas Británicas han tenido que enfrentarse a los legisladores quienes espetaron a Matt Brittin (responsable en Europa del buscador) el motivo por el que Reuters había podido demostrar que contrataron a «vendedores» en el Reino Unido cuando su excusa fiscal es que «no venden a nadie en el Reino Unido» -la estrategia de Amazon se repite-.

 

Brittin explicó que su empresa cumple «plenamente» con la legislación vigente -sonó a reto sobre si se atreven a cambiarla- y, además, dijo que el motivo por el que en noviembre dijo que no vendían a nadie y en la actualidad sí es que la actividad de la multinacional estadounidense se ha diversificado.

 

Aún así, dijo que la plantilla de Google Irlanda y Google Reino Unido están vinculadas en su estrategia empresarial y que los británicos tan sólo comienzan operaciones de venta que «no están cerrando» lo que minimiza su impacto comercial -y obligación de pagar impuestos-.

 

Todo este revuelo fiscal llega la misma semana que Tim Cook, sucesor de Steve Jobs como CEO de Apple, anunció que este mismo martes solicitará al Congreso de Estados Unidos que hagan una excepción -o modifiquen la Ley- para que repatriar los cientos de miles de millones de dólares que los de la manzana han desviado a paraísos fiscales cueste menos que ese 35% que exige la normativa americana -se calcula que superan los 100.000 millones de dólares-.

 

Cook dijo que «no dicen que sea cero pero una tasa más razonable se traduciría en una mayor capacidad de inversión de las compañías» en suelo estadounidense «en puestos de trabajo e investigación». Todo un chantaje velado. De momento, los intentos de Microsoft y HP de rebajar la tasa no sólo han fracasado sino que podrían acabar con un cambio de legislación histórico a ambos lados del Atlántico.

Huawei, el gigante que vino de oriente

Una vez más la visión sobre una gran empresa oriental suscita un gran debate a ambos lados del Atlántico. Se trata de Huawei, el gigante chino que controla las telecomunicaciones de una tercera parte de la población mundial. Millones de personas -y empresas- en todo el planeta usan sus soluciones: antenas, armarios de conexiones, cableados, etc. Lo mismo ocurre con ZTE, otra empresa de telecomunicaciones nacida en los años ’80 y que colecciona clientes en 135 mercados.  Precisamente por eso, los gobiernos europeos -sobre todo el británico- ven en ambas corporaciones un maná de ingresos y empleo… y el estadounidense (y desde hace unas horas el canadiense) los han catalogado como una amenaza para la ciberseguridad del país.

 

Hace pocas semanas David Cameron comparecía en los medios con el CEO de Huawei para anunciar una inversión que superaba los 1.500 millones de euros en territorio británico y la alianza con una empresa local para proporcionar empleo durante mucho tiempo.

 

Al otro lado del Atlántico, Cisco sigue con su eterna batalla contra el proveedor de servicios chino al que acusa -lleva décadas sin poder probarlo- de copiar su tecnología. Su principal acusación es que el software de los orientales reproduce sistemática los mismos errores que el suyo propio… y que las soluciones siempre llegan después de las que aplica Cisco.

 

En cualquier caso, 45 de las 50 principales operadoras de telecomunicaciones en todo el mundo emplea tecnología de los chinos. Sus imbatibles precios así como un incremento exponencial en la calidad de sus productos (aunque todavía tienen un servicio preventa y postventa que dejan mucho que desear) se han llevado por delante a otras empresas emblemáticas como Nokia Siemens Networks y Alcatel-Lucent. Además, Huawei fue la primera que se presentó como voluntaria a la hora de compartir riesgos con las operadoras cuando éstas necesitaban expandir una red de telecomunicaciones en una región «cara».

 

Esto no significa que la Comisión Europea no haya puesto la lupa sobre Huawei y ZTE. Consideran que las ayudas que reciben del Gobierno Chino para su expansión van en contra de la normativa internacional puesto que les permiten vender sus productos y servicios por debajo del coste en mercados saturados como el europeo.

 

La realidad es que Huawei emplea a 7.000 personas en el Viejo Continente donde logra (y tributa por ello) más de 2.800 millones de euros al año. Un gran cliente para el sistema impositivo europeo. Por su parte, los Comites de Inteligencia de Estados Unidos y Canadá consideran que son dos empresas que no se pueden considerar independientes del Gobierno Chino y que por lo tanto pueden ser utilizadas como herramientas de espionaje por parte de Pekín.

 

No es la primera vez que esto ocurre. El año pasado Australia no permitió a Huawei concursar para la implantación de banda ancha en una vasta región de su territorio. Todo ello, unido a una investigación que ha durado más de un año, tiene como conclusión que mientras que Huawei no colabore con los gobiernos de estos tres países y explique claramente su relación con el ejecutivo chino, estará vetada.

 

El problema es que Washington tiene gran experiencia en estas lides. Sólo hay que recordar cómo él y sus aliados (Israel) utilizaron las herramientas tecnológicas (Google) para convertir una empresa privada en un arma de espionaje. Sólo hay que recordar el programa Stuxnet que bloqueó el programa nuclear iraní, como explica el The Washington Post.

 

Parece que esta guerra (que esconde la protección de empresas nacionales que facturan miles de millones de dólares) está sólo en sus comienzos. Hace meses India prohibió la comercialización de ciertas BlackBerrys al considerar que su sistema de mensajería podría ser empleado por terroristas… o simplemente comprado por millones de indios que prefieran a los canadienses por encima de los teléfonos de los fabricantes locales.