Stephen Hawking, el genio de nuestro tiempo

El pasado 14 de marzo estaba llamado a ser, una vez más, el aniversario del nacimiento de Albert Einstein. 139 años desde que venía al mundo en esta ciudad mediana del sur de Alemania el, probablemente, científico más popular del siglo pasado. Sin embargo, esa fecha en 2018 quedará reservada como aquella en la que Stephen Hawking, físico teórico, astrofísico, cosmólogo y uno de los divulgadores más activos del último siglo nos abandonaba.

Nacido el 8 de enero de 1942 en Oxford e hijo de Frank e Isobel Hawking, su padre fue un importante biólogo que encabezaba la división de parasitología del National Institute for Medical Research, su primer centro de estudios, hasta los 10 años, fue el instituto para chicas St Albans al que también acudieron sus dos hermanas menores.

Desde joven mostró interés en estudiar matemáticas -dicen que inspirado por un profesor- sin embargo, su padre quiso que estudiara en el University College de Oxford donde no existía esta disciplina al no tener un profesor para ella. De esta forma, Hawking se matriculó en Ciencias Naturales donde consiguió una beca y se especializó en física. Sus intereses en aquella época eran la termodinámica, la relatividad (volvemos a Einstein) y la mecánica cuántica. Para aliviar su “tremendo aburrimiento en la universidad” participaba en el equipo de remo.

Fue en aquella época cuando empezó a destacar. Según dijo Robert Berman, su tutor de física, al The New York Times Magazine, “solo le bastaba con saber que se podía hacer algo para que él fuera capaz de hacerlo sin necesidad de mirar a los demás. Su mente era completamente diferente a la de sus coetáneos”. Sin embargo, no existía un aliciente que le hiciera destacar académicamente. Por eso, en su primer examen final, fue necesario un examen oral para determinar sus “honores”. En ese examen el propio Berman subraya que “los examinadores de aquella época eran los suficientemente inteligentes como para darse cuenta de que estaban hablando con alguien mucho más inteligente que la mayoría de ellos”.

Después de graduarse en Oxford en 1962 realizó su posgrado en el Trinity Hall de Cambridge y obtuvo su doctorado en física en 1966. Al poco de llegar a Cambridge le fue diagnosticada Esclerosis Lateral Amiotrófica, un tipo de enfermedad motoneuronal que le haría perder su control neuromuscular y que tuvo un enorme impacto sobre él los dos primeros años de su posgrado. No obstante, con ayuda de su tutor pudo volver a centrarse en sus estudios después. A finales de esa misma década pudo desarrollar junto a su colega Roger Penrose un nuevo modelo matemático basado en la relatividad general de Einstein que le permitió, en 1970, probar el primero de sus teoremas de la singularidad que proveen una serie de condiciones para asegurar una singularidad espaciotemporal en el espacio-tiempo.

Todo ello le valió para ser uno de los miembros más jóvenes de la Royal Society y le abrió las puertas de otras facultades como el Instituto Tecnológico de California donde pudo trabajar con su Kip Thorne.

Poco después, su trabajo con Brandon Carter, Werner Israel y D. Robinson les permitió confirmar el “teorema de no pelo” de John Archivald Wheeler según el cual todo agujero negro se describe completamente con sus propiedades de masa, momento angular y carga eléctrica.

Su estudio con ellos le permitió postular las cuatro leyes de la termodinámica de los agujeros negros y sentó las bases para otros proyectos que le ayudaron a redefinir los conocimientos (generales y propios) sobre el universo, su origen y su desarrollo.

Durante treinta años fue el profesor Lucasiano de la Universidad de Cambridge, después fue director de investigación del Centro para la Cosmología Teórica de esa misma universidad, miembro del Gonville and Caius College, ostentó la cátedra de investigación de Instituto Perimeter de Física Teórica de Waterloo, Ontario y, sobre todo, ha sido uno de los divulgadores más prolíficos de los últimos cincuenta años junto con Carl Sagan.

Su obra incluye dieciséis libros, algunos de los cuales, como “Una breve Historia del tiempo”, “Agujeros negros y pequeños universos y otros ensayos” o “El gran diseño” fueron best sellers con una gran aceptación entre el público general. Todos ellos pretendieron acercar el conocimiento de la física y el universo de una forma accesible a los amantes de la ciencia.

Su forma de entender la ciencia, de ver con facilidad lo que para la mayoría está vetado y su polémica relación con la religión (incluso en 2014 tuvo que aclarar que cuando hablaba de Dios se refería a cómo entendería las cosas si existiera y que era completamente ateo pues “los milagros no son compatibles con la ciencia”) hicieron de él una persona de referencia. Un genio de nuestro tiempo que ha sido tremendamente activo también en la esfera social, ética (advirtiéndonos sobre los riesgos de la Inteligencia Artificial, por ejemplo) y política -intentando convencer a sus compatriotas de errores como el Brexit-.

Durante su vida recibió más de veinte reconocimientos y fue un referente cultural y un ejemplo a seguir tanto por científicos como por las personas que sufren enfermedades de larga duración. Su humanidad y la forma en la que la imprimió en la ciencia -“este no sería un gran universo si no fuera el hogar de las personas que amas”- así como su sentido del humor (eran habituales explicaciones complejas con dibujos graciosos como imágenes de Homer Simpson buscando donuts en el espacio) y su respeto hacia sus compañeros -participó en reiterados homenajes a Carl Sagan, por ejemplo- son parte de los rasgos de una figura emblemática de nuestro tiempo.

Inteligencia Artificial, Google ya piensa en el botón rojo

Sin duda, la Inteligencia Artificial es una de las áreas con más posibilidades de desarrollo durante los próximos lustros. Y como todo avance científico y técnico trae aparejado un profundo debate ético (aunque alguna mente maestra de nuestro sistema educativo quiera eliminar la filosofía como asignatura troncal en todos los bachilleratos). Precisamente por eso, personalidades como Stephen Hawking, Elon Musk, Bill Gates o Mark Zuckerberg se han posicionado a favor y en contra de su libre desarrollo.

Son muchos los que a día de hoy buscan implementar sistemas de inteligencia artificial y machine learning pero pocos tienen unas bases tan sólidas y un proyecto tan avanzado como DeepMind, adquirido por Google en 2014 por 580 millones de dólares y en el que a día de hoy trabajan científicos de Harvard y Oxford.

Sin embargo, la presión social y de esas esferas científicas ha hecho que los expertos no solo trabajen en su desarrollo sino también en un sistema que nos permita desactivarla en caso de un riesgo potencial para nuestra supervivencia.

Puesto en marcha por el Instituto para el Futuro de la Humanidad de la prestigiosa universidad británica e investigadores de Google -se puede seguir todo el razonamiento del sistema en el documento Safely Interruptible Agents– buscan poner una serie de normas y funciones que eviten que DeepMind pueda tomar el control de sí misma de forma autónoma: dejar de ser controlable por sus creadores.

De esta forma, se puede activar un protocolo ajeno al propio DeepMind para que los humanos puedan volver a retomar el control. Aunque pueda sonar a película de ciencia ficción, el propio Instituto lo define como una suerte de “póliza de seguros” que “garantiza un óptimo funcionamiento de los sistemas” refiriéndose estos a todos aquellos equipos o líneas de fabricación totalmente automatizados en los que no existe posibilidad de intervención humana.

Uno de los retos a los que se están enfrentando los expertos es cómo crear un protocolo que la IA no sea capaz de comprender y, por tanto, desactivar. De ocurrir esto, DeepMind sería absolutamente independiente y sería prácticamente imposible desactivarlo. Aquí es donde aparece Q-learning y Sarsa, dos algoritmos completamente independientes e imposibles de modificar por la propia IA.

El problema reside en que multitud de sistemas de machine learning no está implementando este botón rojo. Y es aquí donde los Hawking y compañía piden que se implementen de forma urgente los módulos de seguridad que no dejen aspectos críticos en manos de una inteligencia imposible de controlar.

DeepMind nació con el objetivo de “tratar de resolver la inteligencia”. El reto, enorme, tiene como daño colateral que en menos de cien años podría ser más astuta que la propia especie humana lo que la convierte en potencialmente peligrosa si es capaz de volverse autónoma, independiente y, sobre todo, gestiona recursos críticos del planeta.