WiFi pasivo, un nuevo guiño al Internet de las Cosas

Si ayer, recordando a Ray Tomlinson, decíamos que ya no sería posible reconocer el mundo que nos rodea tal y como es sin la red de redes, hoy es momento de hablar de la rápida evolución que están viviendo los soportes de conectividad en la carrera del Internet de las Cosas. A finales de año habrá más de 6.400 millones de dispositivos conectados en todo el mundo. Interconectándose entre sí y creando una nueva forma de relacionarnos con los objetos. Sin embargo, este mundo 2.0 requiere de una enorme cantidad de energía para poder ser «inteligente».

Pero las cifras -por muy grandes que parezcan- no se acaban aquí: a finales de década el número de objetos conectados superará los 20.000 millones lo que supone un titánico reto en materia energética y en el campo ambiental. Precisamente por eso un equipo de ingenieros e informáticos se ha puesto manos a la obra para mejorar la eficiencia de un dispositivo que en poco tiempo será central en hogares y trabajos: los router WiFi.

Así, dos doctorandos de la Universidad de Washington que se propusieron demostrar que se puede transmitir datos de forma inalámbrica sin casi gastar energía han conseguir desarrollar un sistema que solo emplea la diezmilésima parte de la que emplea el sistema más ahorrador actual. Lo han llamado WiFi pasivo porque han cambiado las reglas. El router en vez de emitir continuamente señal aprovecha las ondas de radio que en determinadas ocasiones tienen la capacidad de reflejarse y «rebotar». De este modo el equipo solo rebota la señal y ahorra energía.

Vamsi Talla, uno de los estudiantes, explica que durante más de 100 años hemos estado utilizando técnicas basadas en la generación activa de señal. Cambiar este concepto puede suponer un ahorro energético titánico a corto plazo. Aunque por el momento se han centrado en un estándar muy común, el 802.11b, que emplean muchas redes inalámbricas públicas pero no permite mucho ancho de banda, los investigadores creen que se podía aplicar el mismo sistema a otros tipos de WiFi más «capaces».

Estos especialistas en retrodispersión han conseguido tasas de transferencia de 11 megabits por segundo, menos que un WiFi convencional pero bastante más rápido que un Bluetooth LE que también es mucho más gastón en comparación: mil veces más. Además, el rango de la señal oscila entre los 9 y los 30 metros sin importar que haya paredes de por medio, mucho más de lo que puede necesitar cualquier dispositivo doméstico.

El descubrimiento permitiría que las pilas de termostatos, sistemas de incendios, alarmas de seguridad, etc. pasaran a durar entre diez y quince años con el ahorro energético y económico que esto supondrá a los hogares.

De momento se ocurren algunos problemas al sistema -además del ancho de banda-. El más importante es que estos chips pasivos no tienen, aún, la capacidad para decir a otros routers que están operativos y listos para rebotar la señal. Sin embargo, tanto los investigadores como otros expertos concluyen en que es una idea con una gran capacidad de desarrollo que realmente podría cambiar la forma de entender la comunicación.