HP Deskjet 3720, todo virtudes

Cuando nos propusieron probar la impresora multifunción HP Deskjet 3720 tuvimos nuestras dudas. No es un tipo de dispositivo que testemos a menudo por culpa de la nube. Es cierto que las impresoras, las multicopistas y los escáneres tienen un papel fundamental en muchos ámbitos -tiendas, oficinas, educación, etc.- pero también que poco a poco van perdiendo terreno en la era de las tabletas y los smartphones. ¿Tienen sentido en el hogar?

Después de ver sus especificaciones no tardamos en pedir que nos la enviaran por curiosidad: un equipo con un escáner de 600×600 que permite imprimir hasta 19 páginas por minuto en negro con unas dimensiones máximas de 21,6×29,7 cms y que es compatible con papel fotográfico de hasta 280 g/m para una resolución máxima de 1200×1200 dpi en negros y de 4800×1200 dpi en color con papel HP Premium Plus.

La botonera de la imagen es el verdadero cerebro de un equipo que si bien no destaca por su velocidad (fotocopia hasta cuatro páginas por minuto) tiene un rendimiento notable comparado con cualquier otro equipo de su rango de precio -y tamaño-.

Como es habitual en este tipo de dispositivos, cuenta con conectividad wifi y wifi direct para facilitar la gestión de contenidos desde equipos móviles y cualquier otro que trabaje dentro de nuestra red doméstica. Las instrucciones son un poco liosas, así que recomendamos, sin duda, usar directamente el equipo móvil para vincularla a la red doméstica y seguir nuestro instinto. En cuanto a puertos físicos, solo cuenta con un USB pero si tenemos en cuenta que podemos unirla al ordenador mediante la red inalámbrica, se convierte en un excelente puerto de entrara para los que aún usen pen drives en su día a día.

No es tan habitual la gestión de la tinta. La 3720 permite imprimir unas mil hojas al mes. Un uso intensivo para un hogar. Si tenemos en cuenta que sus cartuchos cuestan 13 euros (tanto el de color como el de tinta negra), un precio bastante más bajo que el de otras impresoras HP, la economía de uso es indiscutible.

En cualquier caso, lo que más nos ha gustado de la multifunción es su tamaño. Con unas dimensiones ultracompactas (141x403x177 milímetros) tan solo pesa 2,33 kilos. Esto la hace la más pequeña y ligera del mercado. Y sin perder sensación de solidez y un diseño colorista -depende como tengamos decorada la habitación podría gustarnos más un equipo menos llamativo pero aún así está diseñada con mucho gusto-.

Esto se consigue gracias a un escáner tipo scroll: introducimos la hoja y esta se desliza hasta ser leída. Es cierto que esto requiere más tiempo pero también que minimiza el tamaño del sistema y lo hace mucho más ligero. Las bandejas -que soportan hasta 60 folios de entrada y 25 de salida- se despliegan fácilmente y permite trabajar con un volumen más que suficiente para el día a día.

Compatible con cualquier sistema operativo actual tanto móvil como de sobremesa (desde Windows XP y OS X 10.9 hasta iOS 7 y Android 4.0.3 pasando por Linux 2.14.19) no será difícil amortizar este dispositivo en poco tiempo.

WiFi pasivo, un nuevo guiño al Internet de las Cosas

Si ayer, recordando a Ray Tomlinson, decíamos que ya no sería posible reconocer el mundo que nos rodea tal y como es sin la red de redes, hoy es momento de hablar de la rápida evolución que están viviendo los soportes de conectividad en la carrera del Internet de las Cosas. A finales de año habrá más de 6.400 millones de dispositivos conectados en todo el mundo. Interconectándose entre sí y creando una nueva forma de relacionarnos con los objetos. Sin embargo, este mundo 2.0 requiere de una enorme cantidad de energía para poder ser «inteligente».

Pero las cifras -por muy grandes que parezcan- no se acaban aquí: a finales de década el número de objetos conectados superará los 20.000 millones lo que supone un titánico reto en materia energética y en el campo ambiental. Precisamente por eso un equipo de ingenieros e informáticos se ha puesto manos a la obra para mejorar la eficiencia de un dispositivo que en poco tiempo será central en hogares y trabajos: los router WiFi.

Así, dos doctorandos de la Universidad de Washington que se propusieron demostrar que se puede transmitir datos de forma inalámbrica sin casi gastar energía han conseguir desarrollar un sistema que solo emplea la diezmilésima parte de la que emplea el sistema más ahorrador actual. Lo han llamado WiFi pasivo porque han cambiado las reglas. El router en vez de emitir continuamente señal aprovecha las ondas de radio que en determinadas ocasiones tienen la capacidad de reflejarse y «rebotar». De este modo el equipo solo rebota la señal y ahorra energía.

Vamsi Talla, uno de los estudiantes, explica que durante más de 100 años hemos estado utilizando técnicas basadas en la generación activa de señal. Cambiar este concepto puede suponer un ahorro energético titánico a corto plazo. Aunque por el momento se han centrado en un estándar muy común, el 802.11b, que emplean muchas redes inalámbricas públicas pero no permite mucho ancho de banda, los investigadores creen que se podía aplicar el mismo sistema a otros tipos de WiFi más «capaces».

Estos especialistas en retrodispersión han conseguido tasas de transferencia de 11 megabits por segundo, menos que un WiFi convencional pero bastante más rápido que un Bluetooth LE que también es mucho más gastón en comparación: mil veces más. Además, el rango de la señal oscila entre los 9 y los 30 metros sin importar que haya paredes de por medio, mucho más de lo que puede necesitar cualquier dispositivo doméstico.

El descubrimiento permitiría que las pilas de termostatos, sistemas de incendios, alarmas de seguridad, etc. pasaran a durar entre diez y quince años con el ahorro energético y económico que esto supondrá a los hogares.

De momento se ocurren algunos problemas al sistema -además del ancho de banda-. El más importante es que estos chips pasivos no tienen, aún, la capacidad para decir a otros routers que están operativos y listos para rebotar la señal. Sin embargo, tanto los investigadores como otros expertos concluyen en que es una idea con una gran capacidad de desarrollo que realmente podría cambiar la forma de entender la comunicación.

Baterías, ¿adiós a los cables?

Del mismo modo que ya no se nos hace raro buscar la ubicación o información de un establecimiento en el teléfono móvil o que los smartphones sustituyan a otros dispositivos como cámaras de fotos, reproductores musicales o navegadores, hay escenas que son cada vez más habituales: gente buscando enchufes en una cafetería o una maraña de cables en nuestras maletas cada vez que llegamos a nuestro destino. Algo que, además de incómodo, es poco eficiciente y ecológico -¿cuántos cargadores compatibles con nuestro último teléfono o tableta tenemos en casa y pasarán al fondo del cajón con la nueva adquisición?-.

Parece que, de momento, el futuro libre de cables que imaginó Tesla todavía está atado a un presente dependiente de los enchufes. Y decimos de momento porque, si bien es cierto que la televisión, la radio e internet ha conseguido que nos liberemos de la longitud de los cables para comunicarnos, la recarga energética sin cables está reducido a pequeños equipos que permiten pequeñas cargas. Hasta ahora.

Hace pocos días investigadores de la Universidad de Washington en Seattle ha conseguido utilizar un router wifi para cargar baterías a distancia. Por el momento han conseguido recargar equipos que incorporan baterías de níquel-metal hidruro (las de los mandos de la televisión) y pequeños soportes de ion de litio (pilas de botón de relojes). Así, el estudio, según MIT Technological Review podría ser la primera piedra de un proyecto que está pensado para acabar alimentando miles de millones de dispositivos aprovechando las infraestructuras wifi.

El sistema PoWiFi (alimentación a través de wifi) tiene un alcance de 8,5 metros y consigue la recarga gracias a un sistema que recolecta la energía a través de la wifi y, simultáneamente, suministra sin interrupciones a los equipos conectados al sistema. ¿Afecta esto al rendimiento para el que se concibieron las redes inalámbricas? Sí, pero no significativamente como para que los usuarios estándar lo notemos.

El problema, sin embargo, es que tal y como está desarrollado hasta ahora -y repetimos que es un proyecto muy esperanzador pero que aún está en una fase embrionaria- parece que tiene más sentido en viviendas separadas entre sí (como ocurre en grandes zonas de Estados Unidos) y que en zonas con mayor densidad -en grandes ciudades- donde podrían darse interferencias entre los wifis de los vecinos.

La clave es que cuando no estamos usando internet -explica en El País José Manuel Riera, profesor de Radiocomunicaciones de la Universidad Politécnica de Madrid- el router solo utiliza el 1% del tiempo de transmisión. Son desconexiones de milésimas de segundo que aprovechan otras redes inalámbricas para transmitir. Sin embargo, la carga necesita que se de un proceso de comunicación continuo sin interrupciones. Esto hace que en puntos de acceso con mucha carga como universidades o empresas no se pueda utilizar.

Por el rango de frecuencia que se emplea, no hay ningún problema para su implantación. Se emplea la banda ISMC (la misma que el Bluetooth, por ejemplo) y ninguna legislación continental o estadounidense limita su uso. No obstante, las limitaciones de potencia a ambos lados del Atlántico (100 milivatios en Europa y 1 vatio en EEUU) dejan aún lejos la posibilidad de cargar un smartphone ya que necesitan 4 o 5 voltios. Si a esto le unimos que los router difunden las ondas en todas direcciones -lo que hace que podamos conectar dispositivos a internet sea cual sea su ubicación en una casa- hace que la energía que transfieren se disperse mucho más y se necesite mucha más energía para la carga de los equipos.

En cualquier caso, el proyecto se nos antoja como un primer paso excepcional para conseguir el suministro de energía de dispositivos de bajo consumo. Parece que una vida sin cables está cada vez más cerca.

Li-Fi, un nuevo paso en las comunicaciones

La enorme expansión de los smartphones y las tabletas durante el último lustro ha hecho que nos convirtamos en seres comunicados. Estos pequeños equipos que nos acompañan a todas partes (sobre todo los primeros) no sólo nos han creado la necesidad de estar conectados sino que han llevado más allá de lo que las redes pueden soportar. No es difícil encontrar problemas para conectarse a una aplicación de mensajería en una gran aglomeración -probad en un estadio de fútbol repleto- a pesar de que nuestros flamantes terminales cuenten con 3G, 4G o WiFi.

Es precisamente aquí donde entran en juego los sistemas de comunicaciones inalámbricos tipo Li-Fi, el equivalente óptico al WiFi y una de las próximas soluciones de conectividad gracias a su capacidad. Pero, ¿qué es exactamente el LiFi y cómo funciona?

Presentado por primera vez en el CES de Las Vegas de 2012,  permitió intercambiar datos entre dos smartphones Casio siempre que estos estuvieran a menos de 10 metros de distancia. Previamente, en un conferencia del TED sobre comunicación con luz visible, Harald Haas -Presidente de Comunicaciones Móviles de la Universidad de Edimburgo- empleó por primera vez esta denominación.

 

 

Esta tecnología emplea las frecuencias ubicadas entre 400 y 800 THz (el espectro visible por el ojo humano) en espacios abiertos para compartir contenidos entre dispositivos. Se sirve de elementos de iluminación comunes -como las bombillas LED o la propia pantalla del smartphone como en la demostración del CES- modificados con unos pocos elementos básicos que le permiten el traspaso de información.

Entre los aditamentos que son necesarios consta un modulador en el transmisor que se encarga de encender y apagar el foco (lo hace lo suficientemente rápido como para que no sea perceptible por el hombre) y que permite crear el código binario de unos y ceros y que es recibids por un fotodiodo en el otro extremo del canal de comunicación y que se encargará de volver a convertirlo al «lenguaje eléctrico».

Aunque al principio el propio Haas dijo que no tardaría llegar al tope de velocidad del LiFi, 500 Mbps, investigadores alemanes no tardaron en superar los 800 Mbps y las últimas investigaciones hablan de superar el umbral de los 15 Gbps. Su configuración en espacios abiertos y el empleo de «luz» para la transmisión de datos, además, permite optimizar las conexiones ya que el usuario puede configurar la habitación con un haz disperso que cubra todo el habitáculo o bien puede iluminar con un haz fino solo determinadas zonas con lo que, por fin, podremos controlar quién y dónde accede a la conexión.

Además, permite, de una forma rápida y barata, compartir contenidos entre diferentes dispositivos electrónicos (podemos pasar un vídeo del smartphone a la televisión o a un disco duro con el mismo gesto que hacemos al emplear un mando a distancia). ¿Significa esto que todo son ventajas? Para nada. El LiFi deja de funcionar cuando cualquier objeto corta el haz de luz y está penalizado por el corto alcance que tiene.

La gran ventaja, sin duda, consiste en las posibilidades de conexión que da a cualquier dispositivo tanto fijo como móvil y esto ha hecho que en algunas ciudades del mundo se esté trabajando con las operadoras eléctricas y las empresas encargadas del mantenimiento lumínico de las ciudades para implementar esta tecnología en zonas de gran afluencia. Es por ello que el nuevo reto para los ingenieros que diseñan nuestros teléfonos inteligentes es incluir sensores compatibles con este sistema de comunicación para potenciar aún más su conectividad.

2015, retos de movilidad

La evolución de cualquier sociedad ha venido marcada siempre por sus posibilidades de comunicación y transporte. Una ciudad bien conectada es aquella que permite a sus ciudadanos disponer de toda clase de servicios para desarrollarse económica, social y culturalmente. Sin embargo, la crisis económica, la explosión y democratización de las TICs y los cambios de costumbres que estos han traído han provocado que año tras año los retos sean cada vez mayores. ¿Hacia dónde iremos en 2015?

Del coche al smartphone

 

Dejadas atrás varias generaciones que sustituyeron números por nombres, vivimos inmersos en la era de los [Enlace roto.]. Jóvenes nacidos entre 1981 y 1985, herederos de la generación del baby boom que nacieron y vivieron su infancia y adolescencia en una era de prosperidad económica sin precedentes -si no por su crecimiento sí por su duración- y que se criaron en hogares seguros y estables pero que ha vivido su particular vía crucis en una de las crisis económicas, sociales y de valores que han azotado el mundo en casi un siglo.

Una de las diferencias entre esta generación y las anteriores es que es una de las pocas que en vez de vivir su radiografía a posteriori está siendo analizada mientras se desarrolla (el análisis que hace de los casi 80 millones de millennials que viven en Estados Unidos Dan Schawbel en Time es impresionante). Cosas de las nuevas tecnologías, las estadísticas y la necesidad de inmediatez de nuestra sociedad.

Pero más allá del confort en el que se han criado y de su estereotipo de «niños malcriados» esta generación se caracteriza por ser la más formada de la historia (cerca del 60% tiene un título universitario), la que más gasta en relación a sus ingresos -no conciben el ahorro como una necesidad-, la que menos se ha endeudado (no ha tenido acceso al crédito que sí tuvieron sus hermanos mayores para hipotecarse o dedicarse a grandes aventuras profesionales) y la que más ha roto los preceptos con sus antecesores al respecto de lo que consumen y cómo lo hacen.

Estudios realizados por todo lo ancho del planeta por consultoras como KPMG redundan en que son la primera generación en décadas que ha abandonado el concepto de acumulación por el de movilidad.

Son la generación que más se ha involucrado -hasta el momento- con la explosión de las TICs y también es la que más ha cambiado con la llegada de los dispositivos móviles hasta el punto que son vistos como la herramienta de libertad que necesitan mucho más allá del coche, abanderado de esa libertad para los nacidos en la década de los ’70.

Y esto ha hecho que el sector se encuentre frente a un enorme reto: hasta un 40% de los menores de 25 años en Estados Unidos y Europa consideran comprar un coche como un gasto innecesario ya que existen alternativas de movilidad como la bicicleta, el transporte público, compartir un vehículo o alquilarlo que son mucho más baratas y eficientes y que, además, liberan sus ingresos para poder invertirlos en otros bienes y servicios que consideran mucho más interesantes.

La cifra no es mucho mejor en el caso de la franja entre los 26 y los 35 años. Entre 2001 y 2009 hasta un 23% de éstos dejaron de comprar o renovar sus vehículos y los suplantaron por el transporte colectivo, el taxi, el alquiler o la bicicleta. Y parece que el concepto de smart car no consigue atraerles. Quieren movilidad, pero la quieren responsable y sin ataduras.

Para que no nos resulte tan ajeno -parece que hablar de Estados Unidos u otros países europeos nos hace ajenos a esta evolución- os presentamos el gráfico que hizo El País en enero de este año en base a datos de la DGT.

Y este cambio y el bajón de clientes jóvenes en las autoescuelas no es algo que se pueda achacar sólo a la crisis. De vuelta a Estados Unidos, durante el último lustro la cifra de jóvenes que se han sacado el carnet o comprado un coche provenientes de familias con unos ingresos anuales de más de 70.000 dólares (acomodadas) ha bajado un 30% mientras se ha duplicado el uso del transporte público y la compra de bicicletas.

Una simple aplicación que permita gestionar los diversos horarios del transporte público y sus conexiones intermodales parece ser mucho más que suficiente para una generación que entiende que el dinero puede tener muchos más usos que dárselos a una aseguradora, banco, petrolera, el gobierno -en forma de impuestos- o un fabricante de automóviles. Además, la mayoría dicen que su conciencia  medioambiental está mucho más tranquila.

El reto para las Administraciones

 

Pero el problema no recae solamente en el sector automovilístico y su gigantesca industria auxiliar. También en una Administración que tendrá que gestionar una creciente demanda de usuarios de transporte público que no sólo pedirán más frecuencias sino también mejores conexiones entre puntos y nuevos sistemas de comunicación dentro del mismo transporte público.

En el caso que nos atañe por cercanía, Bilbao, el reto será poner las bases para un metropolitano con una estructura mucho más compleja y una mayor cobertura diaria. Si bien la Línea 3 avanza a buen ritmo -está prevista su puesta en servicio para 2016- se tendrá que trabajar en la implementación de un mejor servicio de conexiones (no sólo en momentos puntuales) y en la incorporación de [Enlace roto.] como muy bien ha comprendido Bizkaibus, otro de los grandes servicios de transporte público que funcionan en el área metropolitana más importante del Territorio.

Construir un tejido completo en el que se vinculen autobuses urbanos, extraurbanos, trenes de cercanías, metro, tranvía, estaciones intermodal y conexiones con el aeropuerto no sólo redundará en una mejor salud económica de la región (pedir una ciudad comercial moderna 365 días al año también requiere de una infraestructura óptima para que tanto consumidores como trabajadores lleguen a la zona metropolitana) sino que reducirá ostensiblemente la factura energética y las emisiones de la región.

En definitiva, parece que hay una generación dispuesta a cambiar las reglas. A cambiar las carreteras por los raíles y los carriles bici. A cambiar las enormes emisiones contaminantes derivadas de los automóviles actuales y sustituirlas por medios de transporte más responsables con el medio. ¿Estamos preparados para esta demanda?