Programación, ¿nueva piedra angular de la educación?

La última generación EGB solíamos recibir alguna hora a la semana de informática. Una «María» en la que nos sentábamos de dos en dos delante de un compañero a trastear un ordenador mientras el profesor nos enseñaba a usar herramientas como Word o Excel. Un mundo en el que los diskettes todavía se medían en pulgadas, internet era algo que no sabíamos muy bien para qué servía y muchos tenían como referencia las historias de garajes en California que servían para ganar fama y fortuna.
Sin embargo, los alumnos hoy en día están más que familiarizados con los ordenadores y desde la preadolescencia disfrutan de un smartphone en su bolsillo. ¿Significa eso que asignaturas como la anterior carecen de sentido? Para nada. Estar familiarizado con algo no significa saber utilizarlo y, ni mucho menos, dominarlo.
El éxito de jóvenes con vaqueros, camisetas y sudaderas que gracias a unagranidea.com han conquistado el mercado tecnológico ha hecho que las empresas y las carreras tecnológicas sean algunas de las más demandadas. De hecho, en países como Estados Unidos, los campamentos de verano para aprender a programar han multiplicado su demanda y en países nórdicos las clases de lenguaje de programación comparten horario con el inglés y el español.
¿Y qué ocurre en nuestras latitudes? Como bien explican en [Enlace roto.] en solo cinco años el mercado estatal necesitará de 1,4 millones de programadores pero organizaciones como code.org solo habrá unos 400.000 trabajadores cualificados para este desempeño. Y el problema vuelve a residir en la diferencia entre lo que alumnos -y padres de alumnos- demandan y lo que el sistema educativo les ofrece.
La misma ONG explica que el 80% de los padres consideran muy importante que los hijos aprendan a programar; el 60% consideran imprescindible que se imparta una asignatura que les abra este importante nicho del mercado; pero solo el 24% de los alumnos la tienen en su programa. ¿Cuál es la solución?
En otros países se ha llegado a la programación a través de pequeños dispositivos, sencillos para un principiante como Dash&Dot de la empresa estadounidense Wonder Workshop y que se hizo famoso al ser el robot utilizado por Barack Obama para escribir su primera línea de código. En nuestro continente la línea Mindstorms de Lego (diseñada en colaboración con el MIT): una colección de robots modulares programables lanzados por primera vez en 1998 y que a pesar de que estuvieron a punto de cancelarse están en un momento de mucha popularidad.

La bola programable Sphero nació como un juguete que gracias a la demanda del sector educativo ha implementado aplicaciones BASIC que permite a los aprendices a programar rutinas de movimiento. Una forma de unir -a la vieja usanza- diversión y educación.
Más allá de crear código estos dispositivos permiten al alumno ver cómo se traducen a la realidad algo tan abstracto como los lenguajes de programación. Conocer los conceptos lógicos de la informática y reconocer las causas y efectos de la misma.
Dash&Dot permite, incluso, programar desde el smartphone, y cuestan entre 299 (Dash) y 179 (Dot) dólares. El más caro tiene ruedas y puede desplazarse a un metro por segundo. El más pequeños es estático pero tiene altavoz y micrófono. ¿La edad ideal para regalárselos? Entre 5 y 12 años. Y, aunque parezca pronto, la ONG Code asegura que a los siete años un niño tiene capacidad de interiorizar y comprender los principios más complejos de la programación. ¿Se atreverán los educadores? ¿Y los padres?