Conjeturas cambia de domicilio

Esta es la última anotación en el que hasta ahora ha sido domicilio de Conjeturas. Nos hemos mudado a otra dirección.

El 12 de diciembre de 2016 publiqué la primera anotación aquí. Trump acababa de ganar las elecciones, si no recuerdo mal, y en mi primera entrada defendí la idoneidad del neotérmino posverdad o -a mi juicio, mejor- posthecho, traducciones del inglés postruth y postfact.

Mi anterior bitácora, …un tal Pérez, había llegado a la última estación. La actualidad, sobre todo la política, me había dejado de interesar. Quería escribir sobre otras cosas, más atemporales, más desvinculadas del frenesí político. Por eso nació Conjeturas.

Han sido casi cinco años dándole vueltas a las cosas que en cada momento me han interesado o llamado la atención. Cinco años muy gratificantes por la acogida, nunca multitudinaria pero en general favorable, de mis anotaciones. Estoy muy agradecido a quienes os habéis acercado a este sitio a leer mis cosas. Y por supuesto, también estoy muy agradecido a Deia, por haberme brindado alojamiento y proporcionado visibilidad durante estos años. Pero ha llegado la hora de cambiar de ubicación.

Acabo de publicar un sitio web personal. Llevaba ya unos meses madurando la idea que se acaba de materializar. Mi objetivo ha sido el de centralizar en un sitio personal todos mis escritos. El blog, Conjeturas, pasa a ser el elemento principal, de referencia, de una web en la que se recoge gran parte de lo que he hecho en mi vida profesional y, sobre todo, lo que he escrito.

Al recopilar lo que he escrito, sobre todo en lo que llevamos de siglo, me he dado cuenta de que era mucho y estaba por ahí, desperdigado. Pues bien, lo acabo de reunir en forma de enlaces, principalmente, porque casi todo lo que he escrito lo he hecho en soporte digital. De esta forma lo reúno, lo agrupo para tenerlo a mi disposición y para que quien esté interesado, lo pueda consultar. Hoy no suscribiría mucho de lo que he publicado antes, porque he cambiado de opinión en temas relevantes, pero no me importa que quede de manifiesto. También he incluido mis publicaciones de investigación, ya casi olvidadas, para quede constancia de ellas a título de inventario. Y he recogido también mis libros (aunque falta alguno imposible de localizar hoy); aspiro a que esa página crezca en los próximos años.

No me alargaré. Reitero mi agradecimiento a Deia, donde seguiré publicando una columna quincenal de ciencia y donde, cuando el tema me estimule y mi disponibilidad de tiempo lo permita, espero publicar opinión de vez en cuando.

Adiós y muchas gracias. Nos vemos en juanignacioperez.net.

¿Vivimos mejor o peor que antes?

¿Vivíamos mejor antes que ahora? ¿O es al revés? Quizás se viva ahora mejor que antes. ¿Pero cuándo fue antes? ¿Hace dos años, justo antes de la pandemia? ¿Hace dos décadas? ¿Hace cuarenta años, cuando era estudiante universitario? ¿O hace 250 años, al calor de la Ilustración? Cada vez que oigo a alguien próximo que las cosas van a peor le suelo preguntar cuándo estuvieron bien.

Como quería tener una perspectiva algo más amplia, hace unos días hice una encuesta en tuiter. Mejor dicho, hice dos. En la primera pregunté acerca de diferentes periodos históricos: hace 25 000 (Pleistoceno Superior), 2 500 (Antigüedad Clásica), 250 (Ilustración) y 25 años (Contemporáneo). Los resultados fueron estos:

La inmensa mayoría de la gente prefiere vivir en la actualidad, aunque un 8 % de quienes respondieron se inclinaron por la vida en el Pleistoceno Superior. Es muy probable que en el Paleolítico no fuera determinante el lugar o familia en que se naciese. Y, por otro lado, para quienes superasen una edad de 5 o 10 años, la esperanza de vida no era baja, y mayor a la de casi cualquier momento histórico hasta mediados del siglo pasado. Por lo tanto, la perspectiva de vivir en una sociedad muy igualitaria y en unas condiciones no demasiado severas resulta, para ese 8 %, más atractiva que hacerlo en periodos posteriores, en los que la fortuna podía deparar condiciones de vida verdaderamente malas.

La segunda encuesta la circunscribí a tiempos mucho más próximos, casi estrictamente contemporáneos. Los resultados fueron estos:

Cuatro de cada diez creen que hace 20 años era un mejor momento para vivir que ahora. Y las preferencias por el momento presente o hace 40 años resultaron ser prácticamente iguales.

Cuando hice estas encuestas tuve un olvido: tenía que haber hecho explícito a quien respondiese que tampoco se sabría el sexo con el que nacería o cuál sería su orientación sexual, pero se me pasó. Esto no es en absoluto trivial, porque en estos aspectos la vida está cambiando muy rápidamente. Las condiciones no eran en enero de 2020 las mismas que en enero de 2000 o de 1980. Pero vayamos, siendo conscientes de esa limitación, a interpretar los resultados.

No es fácil atribuir un significado claro a la preferencia por haber vivido hace 20 años con relación al tiempo presente. Se me ocurren tres hipótesis.

Es probable que la mayoría de mis seguidores activos en tuiter sean más jóvenes que yo; estimo que rondan la cincuentena, un momento de la vida en que se suele alcanzar el estado anímico vital más bajo. Los años sesenta no los llegaron a conocer y no es extraño que añoren su veintena o treintena. Así pues, quizás algunas personas se hayan inclinado por el año 2000 por tener un recuerdo relativamente bueno de los años de cambio siglo. Esta es la primera hipótesis.

Por lo que algunas personas me han comentado después, unas cuantas respuestas pudieron estar condicionadas por la pandemia, aunque mi voluntad, al fijar la fecha más reciente en enero de 2020, era eliminar el efecto de la Covid19, porque no me interesaba que se produjera esta interferencia. El caso es que ha habido quienes han manifestado preferir el 2000 porque en enero de 2020 la pandemia estaba al caer o ya la teníamos encima, aunque no lo supiésemos. Esta era la segunda hipótesis.

No obstante, y sin descartar que no pocas respuestas estuviesen condicionadas por esos dos factores, creo que la mayoría de quienes respondieron piensan que, efectivamente, los últimos 20 han sido años de declive, en algún sentido. Razones, desde luego, no faltan para pensarlo. Se me ocurren, sin ánimo de ser exhaustivo, los siguientes factores: (1) el mundo se ha hecho un lugar más antipático, por decirlo de un modo suave, tras los atentados de las torres gemelas de Nueva York y la posterior “guerra contra el terror”, (2) la crisis económica que empezó en 2008 y cuyos efectos se han prolongado durante casi una década, (3) la reciente emergencia de populismos y extremismos peligrosos, quizás como consecuencia de la crisis económica (4) el Brexit y la puesta en cuestión del ideal europeo, y (5) el enrarecimiento del clima político español, con su polarización creciente y un cainismo rampante.

El pasado mes de mayo tuvo mucha repercusión una intervención de la periodista Ana Iris Simón ante el presidente Sánchez y otras personalidades en la Moncloa. Iris Simón empezó diciendo que envidia la vida de sus padres a su edad (28 años); con una hija y otra criatura en camino, tenían confianza en el futuro. Dijo que ahora el paro de los jóvenes es muy alto, sus sueldos muy bajos, y sufren, además, una precariedad muy grande. No envidia a sus padres porque sus condiciones de vida fuesen mejores, sino porque la de ellos era una época de esperanza, en la que las expectativas eran mejores que las actuales para la gente joven. Sus padres vivían peor, sí, pero tenían fundada esperanza en que las cosas irían a mejor. Ese elemento, el de la falta de expectativas, era el que inducía a la periodista a tener una visión negativa del momento presente.

Soy de la generación de los padres de Ana Iris Simón. Nuestro hijo mayor tiene 30 años y la pequeña 26. Y aunque nuestras expectativas no eran nada halagüeñas cuando estábamos en la universidad (entre el 77 y el 82), lo cierto es que sí mejoraron mucho durante los ochenta y comienzos de los 90. A pesar de las crisis (del 86 y el 93, con tasas de paro altísimas, sobre todo para nuestra generación), todo el país había mejorado mucho hacia el fin de siglo.

El 30 de mayo, Enric González, un columnista del que tengo muy buena opinión, publicó, con el título “La gran estafa”, una columna sobre las pullas que Iris había lanzado a la clase política en la persona del presidente Sánchez. González sostiene que, aunque en España y en el mundo se vive mejor que antes, las cosas para la gente joven se han puesto mucho peor. Y basa su interpretación en que “hemos asistido a un formidable desplazamiento de la renta en favor de las personas de edad más avanzada.” Ofrece el siguiente dato: “El gasto español en pensiones era de unos 59000 millones de euros en 2000. Ahora el gasto ronda los 145.000 millones, sin que el crecimiento económico haya compensado ni de lejos este aumento. En conjunto, el coste de las pensiones se acerca al 40% del presupuesto.”

Mientras tanto, el 55% de los menores de 30 años y el 25 % de los que tienen entre 30 y 34 años siguen viviendo con sus padres, porque la precariedad laboral y los precios de la vivienda les impiden irse de casa y organizar su vida. La gran mayoría (700.000) de los 900.000 empleos perdidos durante la pandemia eran precarios, la mayor parte de menores de 35 años.

La natalidad española es bajísima. Que la natalidad en los países con buen nivel de vida sea baja es normal. Que sea tan baja como la nuestra, quizás no lo es tanto. Seguramente obedece a más de una causa, pero los factores citados por Ana Iris Simón y por Enric González y, en general, la falta de expectativas laborales más o menos claras para la gente joven seguro que no ayudan. Como consecuencia, la edad media de la población no deja de aumentar.

Dice González que urge un pacto intergeneracional para poder ofrecer a los jóvenes la posibilidad de desarrollar sus propios proyectos vitales. Y concluye: “Llevamos décadas estafando a una parte de la sociedad. Con alevosía, hasta ahora. No nos extrañemos el día en que los enfadados decidan defenderse.”

No sé si puede decir de esa forma. No sé si cabe hablar de estafa. Pero los jóvenes tienen ante sí un futuro muy incierto en España. No lo es tanto en otros países de nuestro entorno, y eso es algo que deberíamos tener en cuenta al valorar nuestra situación. Las instituciones políticas ya no pueden garantizar a nadie un medio de vida; para mí eso está claro. Pero deberían, al menos, generar las condiciones para que todos disfruten de oportunidades. Esa debería ser la sustancia del pacto al que alude González.

En España hay muchos pensionistas, y son ya una fuerza política importante. Dentro de unos pocos años seremos muchos más aún, porque los que nacimos a partir de 1960 -cuando empezó el boom de nacimientos del «desarrollismo«- empezaremos a jubilarnos de forma masiva en los próximos dos o tres años. La fuerza política de los mayores será mayor aún.

El problema es que no veo en España una clase política con la claridad de ideas necesaria y, sobre todo, con la voluntad para sacar adelante un pacto así. Ni, lo que es peor, tampoco veo una ciudadanía dispuesta a hacer el sacrificio necesario para revertir el desplazamiento de rentas que denuncia González.

El futuro, no obstante, no está escrito. A menudo suelo recordar estas palabras:

El futuro está abierto. No está predeterminado y no se puede predecir, salvo accidentalmente. Las posibilidades que encierra el futuro son infinitas. Cuando digo ‘tenéis el deber de seguir siendo optimistas’, no sólo incluyo en ello la naturaleza abierta del futuro, sino también aquello con lo que todos nosotros contribuimos a él con todo lo que hacemos: todos somos responsables de lo que el futuro nos depare. Por tanto, nuestro deber no es profetizar el mal, sino más bien luchar por un mundo mejor.

Karl Popper (1994): “Introducción”, El mito del marco común.

No sé si tenemos el deber de seguir siendo optimistas o no, pero debemos ser conscientes de que, si bien cualquiera tiempo pasado no fue mejor, tampoco tiene por qué serlo cualquiera por venir. Dependerá, en gran medida, de lo que hagamos todos y cada uno de nosotros.


Nota: He tenido que rehacer la anotación para sustituir los enlaces de tuiter por capturas de pantalla de las encuestas. La razón es que los enlaces no reproducían los tuits, sino las url, de manera que hacían la lectura más difícil.

Donde las dan las toman

Estos días he estado leyendo el libro de Theodor Kallifatides:

Como dije en el tuit, me ha gustado mucho. No conocía a este autor, pero es muy bueno.

Sin embargo, aunque el libro me ha encantado, me encontré con este problema:

Es algo que siempre me ha enojado. No me gusta que se utilice el «deber de» para expresar obligación ni, tampoco, «deber» para expresar suposición.

Pues bien, metí la pata. En primer lugar, resulta que la RAE considera aceptable el «deber» para expresar suposición; o sea, aquello para lo que yo utilizo el «deber de»:

Pero hay más. Parece ser que «enervar» tiene un significado original diferente del que yo le atribuyo. La cuestión la suscitó Claudio Mendicute:

Respondí:

Pues bien, he aquí el desenlace:

En resumidas cuentas, soy de los que, por utilizar de forma incorrecta la palabra «enervar» he actuado, sin querer, favoreciendo que la Real Academia haya aceptado ese uso incorrecto.

Que es, al fin y al cabo, lo mismo de lo que me había quejado con la traducción.

Cazador cazado o, también, donde las dan las toman.

Y es que la lengua la hacemos los hablantes. Hoy utilizamos muchas formas que, cuando se incorporaron, eran incorrectas, en el sentido de que no se ajustaban a la norma de uso anterior. Pero las normas de uso cambian.

En otras palabras: mucho me temo que en unos años la RAE acabará aceptando «mítico» para decir «típico», y si vivo para verlo, me tendré que fastidiar.

¿Qué práctica merece más el reproche moral?

En la prensa de este fin de semana había incidentes -algunos, graves- ligados a botellones, concierto de música, valores y jóvenes. Había información y también se pedía opinión a personas expertas en sociología, psicología, filosofía y moral, si la memoria no me falla. Todo esto después de unos meses de verano en que la incidencia de la covid19 en las franjas de edad de 14 a 24 años ha llegado a niveles estratosféricos, los más altos registrados para cualquier grupo durante toda la pandemia.

Y me ha dado por pensar.

Al producirse una incidencia tan alta en ese grupo (recuerdo valores, para la franja etaria de 17-18 de casi 6 casos por cada 100 individuos, acumulados en 14 días, o quizás más altos, incluso), la circulación del virus se dispara y se contagian así muchas otras personas, las más de sus propios entornos familiares o amistades, algunas de las cuales carecen de la protección que ofrece la vacuna. De esa forma, se han producido ingresos hospitalarios y muertes que no se hubiesen producido de no haber circulado el virus de forma tan intensa en los grupos de edad señalados.

Las fiestas, declaradas o encubiertas, los botellones y demás ocasiones de “socializar” han propiciado esa situación. En todas ellas el alcohol es parte de la fórmula. El alcohol baja la guardia frente a cualquier amenaza, máxime cuando nos encontramos al amparo (y bajo la presión) del grupo de pares. Por eso es lógico atribuir a esos eventos una parte importante de la alta incidencia de la pandemia durante este verano.

Las autoridades hacen lo posible para evitar que esas situaciones se produzcan y lo hacen mediante el uso de la palabra y también, si es preciso, de la fuerza. Que a la actuación de la policía se responda de forma violenta es lamentable (y, por supuesto, condenable), pero es algo que no pilla por sorpresa. No en Euskadi, pero tampoco en otros lugares.

Si dejamos al margen la contestación violenta a la actuación policial, que tiene -me parece a mí- raíces diferentes a la práctica del botellón (y que creo que no deben mezclarse en los análisis), es interesante valorar hasta qué punto esta (la práctica del botellón) es rechazable moralmente. Y lo expreso de esta forma porque la participación en botellones, además de no estar permitida con carácter general (creo recordar que es constitutiva de falta), es a menudo descalificada sobre bases morales, por atribuírsele una parte importante de la responsabilidad de la ola de contagios que hemos sufrido este verano. De hecho, no ha sido infrecuente oír o leer apelaciones a los valores de los jóvenes o consideraciones acerca de su carencia.

Al hablar de moral me refiero al ámbito de lo que pensamos que se debe o no se debe hacer. Las cuestiones morales, aunque tienen dimensión comunitaria porque suelen basarse en valores compartidos por una comunidad de individuos, corresponden a la órbita personal. Que haya actitudes o actos que sean reprochables moralmente es algo que corresponde al juicio individual de cada uno. Cuando algo, por ser considerado perjudicial, debe evitarse que ocurra, entonces el reproche pasa de ser moral a ser legal, si no entra en colisión con otros preceptos.

Jesús Zamora Bonilla en Contra Apocalípticos, su último libro, dice que “los juicios, preferencias o valoraciones morales no son verdades objetivas…”, y que “nuestras valoraciones y preferencias morales son nada más que eso: valoraciones y preferencias irreductiblemente fundamentadas (al menos en buena parte) en nuestras emociones, e igual de subjetivas que cualesquiera otras preferencias, como las gastronómicas, deportivas, literarias o musicales, aunque intersubjetivas (como también las otras lo pueden llegar a ser) en el sentido de que generalmente son compartidas por grupos más o menos amplios, y pueden verse reforzadas por la continua interacción entre los miembros de esos grupos.”

Teniendo en cuenta lo anterior, con lo que estoy de acuerdo, nadie puede pretender que sus opciones morales hayan de ser compartidas por el resto de miembros de su comunidad y, menos aún, por los de otras comunidades.

He tratado de comparar la valoración moral que nos merece la participación en botellones (y festejos varios) con otras actitudes que pueden o han podido facilitar los contagios y contribuir así a extender el virus, enfermar a más gente, provocar la muerte de algunos, dañar el sistema de salud, perjudicar la economía y contribuir a mantener el ánimo de la gente bajo mínimos.

Las actitudes que he considerado susceptibles de merecer reproche moral han sido (1) saltarse la cuarentena tras dar positivo en un test o ser contacto estrecho de quien ha dado positivo, (2) participar en botellones (no incluyo algaradas posteriores porque, insisto, esto es de otro orden), (3) negarse a ser vacunado, y (4) haber participado en reuniones familiares navideñas en números superiores a los permitidos legalmente. Las actitudes (1), (2) y (4) están o han estado prohibidas; la (3), no.

Y para conocer la opinión de la gente al respecto, he hecho una encuesta en tuiter. La encuesta no cumple los requisitos para ser considerada científica, pero 24 horas antes de concluir el plazo para darla por finalizada, ya habían respondido más de 5000 personas.

Los resultados están aquí:

La opción que merece menos reproche, a juicio de la gente que ha respondido, es la de la cena, tan solo un 4,8 %; a continuación, está el botellón, con un 7,3 %; le sigue, con un 37,4 %, el incumplimiento de la cuarentena; y la más rechazada, aun siendo la única permitida, resulta ser la negativa a vacunarse, con un 50,4 %.

Esta encuesta tiene el problema de que las respuestas no se matizan y, desde el punto de vista moral, eso es un problema, porque el juicio que merecen unas u otras actuaciones depende de las circunstancias.

La primera opción, la de saltarse la cuarentena me parece, a priori, la más grave. Al fin y al cabo, si alguien se sabe portador del virus o sabe que es muy probable que lo sea, sabe también que su vida social es fuente potencial de contagios. Pero las cosas cambian si quien se la salta deja de percibir los ingresos de los que vive su familia, o si habita una vivienda en la que la convivencia resulta muy difícil por meras razones de espacio. Podríamos añadir otras consideraciones, pero, sea como fuere, no me parece fácil enjuiciar un comportamiento así si no se conocen las circunstancias.

La segunda opción, la participación en botellones, tiene otros problemas. ¿Se comparten vasos o no? ¿En qué se diferencian algunos botellones de la forma en que se conduce mucha gente en las terrazas o en el interior de algunos bares o restaurantes? Quienes hacen botellón han tenido oportunidad de ver más de una vez comportamientos que propician contagios en terrazas y bares, y quizás no acaben de ver la diferencia. O también los han podido ver en casa.

Esto nos conduce a las cenas de Navidad. Pueden haberse celebrado con todo el cuidado del mundo y, seguramente, algunas así se celebraron. Pero también se ha podido perder el control, porque otro clásico navideño es la abundancia de alcohol en la mesa. Aunque seguramente hay muchas excepciones, pocos cuestionarán la preeminencia que tiene el consumo de alcohol en esas fechas, en general, y en comidas y festejos familiares, en particular, de manera que es muy dudoso que en las celebraciones del pasado invierno se mantuvieran medidas de precaución demasiado estrictas.

Miles de personas se desplazaron a otras viviendas, y se juntaron en sus casas y en las de los parientes más próximos. Y como consecuencia, las celebraciones navideñas dejaron secuelas graves en el registro de contagios hacia mediados y finales de enero. Aunque, en sus consecuencias, los botellones seguramente tienen un efecto mayor que los festejos familiares, los hechos, analizados fríamente, no me parecen tan alejados. ¿Cuántos chavales participaron en cenas de Navidad en las que no se cumplió la ley ni se tomaron las debidas precauciones?

Tenemos, por último, la negativa a vacunarse. La mitad de respuestas han señalado esta como la opción más reprochable. Es cierto que mi audiencia en tuiter está sesgada hacia personas con una actitud militante a favor de la ciencia y sus productos. El mundo escéptico, del que formo parte, es muy partidario de la vacunación, por pura racionalidad. Y es muy posible que eso haya movido a muchas personas a adoptar posiciones muy firmes (¿intransigentes?) en relación con este asunto. También es cierto que las autoridades han insistido -a mi juicio con razón- en la gran importancia de la vacunación. Por eso, quizás, se considera muy reprobable que la gente no se vacune, porque se considera una actitud egoísta.

Sin embargo, también en este caso hay que tener en cuenta las circunstancias. Mi propia experiencia con una vacuna, hace décadas, me podría haber llevado a pensármelo dos veces: con diez años de edad caí redondo, sin conocimiento, nada más llegar a casa después de haberme vacunado en unas dependencias municipales frente a las enfermedades víricas de las que nos vacunaban a los críos. Y sé de una persona que dejó de vacunar a su hija hace ya muchos años, porque la primera vacuna le provocó una subida de temperatura que juzgó muy peligrosa. Luego están las creencias. Me resulta muy difícil juzgarlas y, por lo tanto, hacer reproches morales a quienes sencillamente creen que es mejor no vacunarse que hacerlo. En la mayor parte de los casos, quien decide no vacunarse no lo hace pensando que no obra bien. No piensa que lo que hace perjudica a otras personas. No aquí, donde los porcentajes de vacunación parecen estar siendo altísimos.

A todo lo anterior hay que sumar la capacidad asombrosa de convencernos a nosotros mismos de que lo que hacemos no está mal, no hace daño, si eso que hacemos nos gusta o es muy importante para nosotros. Eso es un factor que incide con carácter general, pero lo es aún más cuando las referencias a mano son las actuaciones de otras personas, máxime si se trata de adultos y miembros de la misma familia.

En resumidas cuentas, no me veo capaz de hacer reproches morales, menos aún sin conocer los detalles de los casos. Por otro lado, quienes son tachados de inmorales, de carecer de valores, de ser insolidarios porque adoptan actitudes de riesgo, comportamientos que causan daño a otras personas, no lo ven así. Y al no verlo de esa forma, el reproche puede tener efectos indeseados; en vez de corregir las conductas, puede acabar conduciendo a que arraiguen actitudes nihilistas, de manera que el bienestar de los demás y el bien público se difuminen, como se difumina la verdad y la mentira cuando lo que vemos entra en contradicción con lo que se nos dice. Y si esas personas son jóvenes, convendría recordar lo que ya dije aquí hace unas semanas.

Por otro lado, utilizar argumentos morales tiene el problema de que es muy fácil incurrir en tratamientos asimétricos. No estoy seguro de que todos los comportamientos perjudiciales hayan merecido un reproche similar o, cuando menos, proporcional a su gravedad. Y me parece que los botellones están siendo un foco muy evidente -a la prensa de este verano y de este fin de semana me remito-, aunque quizás no sean los eventos o las actuaciones más peligrosas ni las más irresponsables.

Insistiré una vez más en la importancia crucial de la transparencia, de las explicaciones claras y sinceras. Si, por un lado, decimos que las vacunas van a ser la solución a la pandemia (yo lo he dicho) y que con un alto porcentaje de vacunación se alcanzará la protección para el grupo (también lo he dicho) y, luego, decimos que, a pesar de todo, hay que seguir usando mascarilla, evitar aglomeraciones, no entrar en sitios cerrados mal ventilados y demás recomendaciones, hay que explicar muy bien por qué decíamos antes una cosa y ahora decimos otra. Si se abren los bares y resulta que la mascarilla y demás medidas de precaución -que recomendamos con carácter general- se dejan de usar en el momento que nos sentamos en la mesa, también hay que explicarlo muy bien. Si un contacto estrecho de alguien que se ha contagiado debe guardar cuarentena, pero necesita salir de casa para alimentar a su familia o para poder respirar, hay que ocuparse de ese problema y, si es posible, ofrecer alternativas.

La gran mayoría de la gente, a pesar de los festejos, han tenido y tienen un comportamiento ejemplar. Me impresiona ver a casi todo el mundo con mascarilla por la calle (salvo en las terrazas); me impresiona el grado de cumplimiento de las normas que ha habido en los centros escolares y universitarios durante un curso académico completo. Unos pocos, los más inconscientes, no dan la talla casi nunca; es normal. Muchos, algunas veces, actuamos mal (me quiero incluir en este grupo y no en el primero); también es normal. Unos pocos, los más rigoristas, actúan de forma impecable prácticamente siempre. Pero no se puede pedir que todos actuemos de forma impecable siempre, porque no es fácil y porque, muchas veces, las circunstancias lo hacen más difícil aún.

Lo anterior no debe interpretarse como una llamada a no hacer nada o a no decir nada. Hay que hacer y hay que decir. Soy partidario de explicar, en vez de juzgar. Para juzgar están los tribunales. Lo que se considere peligroso, ha de declararse ilegal. Y lo que incumpla las normas debe perseguirse, al margen de la valoración moral que merezca. Todo lo demás se debe explicar.

Acabo (y perdón por la desmedida extensión) por donde empecé, por los jóvenes. A Sócrates se atribuye haber dicho que “ahora los chicos aman el lujo; tienen malas maneras, desprecian la autoridad; no respetan a los mayores, y prefieren la cháchara al ejercicio.” No sabemos si lo dijo o no, pero sí sabemos que los jóvenes de hoy en día siempre han sido peores que los de antes. Me lo recuerdo cada anochecer a mí mismo cuando salgo después de cenar a dar el último paseo del día y veo a chicos y chicas comportándose como lo que son, chicos y chicas.

Las reglas del juego de la covid19 han cambiado

Supe hace unos días que en los Estados Unidos un buen número de campus, -entre ellos los pertenecientes a la Universidad de California, uno de los mejores sistemas universitarios del mundo-, exigen la vacunación frente a la Covid19 de su plantilla y la del alumnado para quienes desean asistir a clases presenciales.

No solo las universidades, grandes y conocidas corporaciones han tomado decisiones equivalentes. Hay países, como Francia, que ya han aprobado normas en esa dirección o se plantean esa posibilidad. Y otros, como Grecia, las han anunciado. Desconozco si en España tal cosa sería posible, pero creo que no. Ekain Payán Ellakuria, de la UPV/EHU, ha escrito sobre la posible vacunación obligatoria del personal sanitario. No parece fácil. De manera que, si no es fácil en el personal que trabaja con personas en situación de especial vulnerabilidad, más difícil será si se trata de personas que simplemente conviven en un centro de trabajo.

Otro compañero de la UPV/EHU, el investigador Ikerbasque Íñigo de Miguel, sostiene que, aunque la obligatoriedad de la vacuna no deba descartarse sobre la base de criterios éticos, antes deberían agotarse las posibilidades de alcanzar altos porcentajes de población vacunada con otros medios. Íñigo de Miguel lleva tiempo defendiendo la idea de habilitar espacios seguros, pidiendo pruebas diagnósticas negativas (PCR o antígenos) para acceder a dichos espacios. También cree que el uso de certificados de vacunación o de test con resultado negativo debería concebirse y usarse de forma flexible, variando el grado y tipo de exigencia a las características del espacio y de los usuarios a proteger en tal espacio.

Las cosas no son como eran en el verano de 2020 y el invierno pasado. Ahora está vacunada alrededor del 75% de la población y esto ha permitido que, a pesar de la muy superior capacidad de transmisión de las nuevas variantes –también entre personas vacunadas– y la consiguiente altísima incidencia de la pandemia este verano, el número de fallecimientos se haya mantenido en niveles relativamente bajos. Nacho López Goñi ha analizado de forma pormenorizada los datos para España y ha llegado a la conclusión de que hay motivos para la esperanza.

Sea como fuere, hasta que no haya vacunas con efecto esterilizante se seguirán produciendo contagios. De hecho, la carga viral de personas vacunadas puede llegar a ser tan alta como la de las no vacunadas. Y dependiendo de la condición inmunológica y de salud de las personas contagiadas, se podrán producir más fallecimientos. Esto no debería sorprender a nadie, pues las vacunas no son eficaces al 100%, entre otras cosas porque una fracción muy pequeña de las personas vacunadas no llega a desarrollar defensas. Además, aunque las vacunas ofrecen una protección muy importante pocas semanas después de su administración –también frente a la variante delta-, al cabo de unos meses se atenúa esa protección, dejando a las personas vacunadas en una situación de mayor vulnerabilidad frente a un posible contagio.

El periodista científico Kai Kupferschmidt, en un artículo para Science, ha analizado las diferentes posibilidades de evolución del SARS-CoV-2 ponderando las opiniones de varios especialistas. Según su evaluación es posible que las nuevas variantes que surjan sean aún más transmisibles que la delta, puesto que hay miles de millones de personas sin vacunar y para las que las vacunas tardarán aún en llegar. Dado que la probabilidad de que surjan variantes nuevas es mayor cuanta más libertad tenga el coronavirus para circular y, al multiplicarse, mutar, y puesto que las de mayor transmisibilidad se convierten en las hegemónicas, el egoísmo vacunal de los países ricos puede acabar costándonos caro. Los especialistas entrevistados por Kupferschmidt tampoco descartan que futuras nuevas variantes sean más virulentas que las actuales, ni que no consigan evitar las defensas creadas por las vacunas actuales, aunque lo más probable es que eso ocurriese en plazos de tiempo relativamente largos, de manera que sería posible contar con vacunas adaptadas a esas nuevas variantes. En todo caso, la principal conclusión del análisis de Kupferschmidt es que hay una incertidumbre muy alta en este momento con relación a la evolución de la situación en los próximos meses. Hay demasiadas incógnitas.

En otro orden de cosas, la inmunidad de grupo está resultando mucho más elusiva de lo que se suponía en un principio. Se suele afirmar que la mayor transmisibilidad de las cepas mayoritarias tiene parte de la culpa. Si hace unos meses se pensaba que era necesario que se vacunase el 70% de la población, hoy se estima que la protección que ofrece el grupo de inmunes se podrá alcanzar cuando estos lleguen a ser el 90%, un porcentaje prácticamente imposible de conseguir, dadas las reticencias a vacunarse de pequeños pero significativos porcentajes de la población.

Además, no es desdeñable la idea de Pedro Tarrafeta de que tan importante como tener un alto porcentaje de la población vacunada, es el tener altos porcentajes de vacunación en todas las franjas de edad. Dado que el virus circula preferentemente a través de los individuos de una misma franja de edad -sobre todo en el caso de los más jóvenes, que son quienes más se contagian ahora-, en tanto no haya un número suficientemente alto de miembros de cada cohorte vacunados, el virus circulará entre ellos libremente y, de vez en cuando, contagiará a las personas de otras franjas de edad con las que conviven o con las que, ocasionalmente, se pueden relacionar.

Se me ocurre una tercera razón, de más peso incluso que las anteriores. Dado que con las las vacunas actuales las personas vacunadas pueden contagiar y contagiarse, la protección que ofrece el grupo es, necesariamente, menor que la que ofrecería si hubiesen sido inmunizadas con vacunas esterilizantes. Dicho lo cual, ello no es óbice para que esa protección sea mayor cuantas más sean las personas vacunadas.

En cierto sentido, estamos mejor que hace unos meses porque, en comparación con el número de personas contagiadas, el de fallecidas es muy bajo ahora. No obstante, conviene detenerse en los datos que ofrece el registro de mortalidad del Instituto de Salud Carlos III. Entre el 19 de julio y el 19 de agosto actuales (2021) en el estado español han muerto un 15% más de personas de las que habrían fallecido en este mismo periodo en un año promedio sin pandemia; son unas 5 400 personas, la mayor parte, mayores de 74 años de edad. El periodo anterior más comparable con el actual es el que MOMO identifica entre el 4 de enero y el 13 de febrero de este año. Los perfiles de las dos olas de incidencia son muy parecidos, y en ambos casos los periodos identificados por MOMO corresponden a fases de la ola equivalentes, de descenso de la incidencia pero aumento del número de fallecimientos. Pues bien, en enero-febrero el exceso de mortalidad fue de un 21%, más alto que el actual pero, dadas las circunstancias -recién iniciada la vacunación entonces, y próxima a completar ahora-, la diferencia (21 % vs. 15 %) no parece muy grande. En otras palabras, un exceso de mortalidad de un 15% en las condiciones actuales debe ser considerado muy alto.

A tenor de (1) la gran incertidumbre que hay con relación a las posibles vías de evolución del virus, (2) el debilitamiento de la inmunidad con el transcurso del tiempo en las personas vacunadas o contagiadas, (3) los excesos de mortalidad tan altos aún, y (4) la tensión a que está sometido el sistema sanitario, todo hace indicar que en los meses próximos se mantendrán las medidas de protección en vigor. Esto quiere decir que, previsiblemente y si no se decide cambiar de estrategia, (1) los aforos (en centros universitarios, locales comerciales, negocios hosteleros, salas de conciertos, cines y teatros, etc.) seguirán siendo reducidos, (2) habrá que seguir utilizando las mascarillas en interiores y en exteriores con mucha gente próxima, (3) deberá mantenerse una vigilancia intensa con rastreos sistemáticos de contagios y (4) el sistema sanitario -y en especial los centros de salud primaria- seguirán sometidos a mucha tensión (esto último es lo peor).

¿Nos podemos permitir eso? ¿Nos lo podemos permitir en términos sanitarios, emocionales, o económicos? ¿Durante cuánto tiempo puede mantenerse el sistema sanitario bajo una tensión tan alta? ¿No se estará abonando el terreno a populismos peligrosos? ¿No se estará dando pábulo a conspiranoias? ¿No se estarán alimentando actitudes negacionistas?

Desconozco los detalles jurídicos de la cuestión, pero creo que ha llegado el momento de pensar en implantar medidas como las que propone Íñigo de Miguel de crear espacios “seguros” (o más seguros) e, incluso, de restringir el acceso presencial de las personas no vacunadas (por voluntad propia) a determinadas instalaciones, centros docentes, servicios o espacios, de la misma forma que se está haciendo en otros países. Además, de esa forma se incentivaría la vacunación voluntaria.

No soy partidario de la vacunación forzosa con carácter general; además, tal y como mostró un estudio en Alemania, no parece que la vacunación obligatoria sea una buena idea. Pero una cosa es obligar a vacunarse a quien no quiere y otra, muy diferente, dejar desprotegidas a muchas personas y al conjunto de la población frente a la amenaza que representa la actitud de quienes renuncian a vacunarse. Lo que está en juego, como sostiene Peter Singer, es la salud colectiva. En otras palabras, si mediante medidas como esas se pueden salvar miles de vidas, deberían poderse implantar. Y aunque el gobierno español ha renunciado de forma contumaz a hacerlo, lo cierto es que las leyes se pueden cambiar.

A la propuesta de habilitar «espacios seguros» mediante pasaportes covid o instrumentos similares se pueden oponer, al menos, dos argumentos. Uno es que, puesto que la vacunación va muy bien en el conjunto del estado español, no serían necesarias medidas específicas para impulsarla. Sin embargo, dado que el coronavirus que circula hoy de forma mayoritaria (delta) es tan contagioso como la varicela y que futuras variantes podrían ser más contagiosas aún, cuantas menos personas desprotegidas haya en la población, mucho menor será el número de las que se contagien y, por lo tanto, puedan enfermar (recordemos la importancia de tener un sistema sanitario sano) o morir. No se olvide, además, que el objetivo de las medidas no sería, solo, el de impulsar la vacunación -aunque tuviesen también ese efecto-, sino proteger a quienes accediesen a los «espacios seguros».

El otro argumento es que las vacunas, al no ser esterilizantes, no garantizan la protección frente a contagios y muerte, por lo que impulsar la vacunación tendría efectos limitados. Es cierto que no garantizan la protección, pero las epidemias son fenómenos poblacionales y, dado que las vacunas reducen de forma importante la transmisión, el efecto neto, en términos poblacionales, se traduce en la salvación de miles de vidas. E insisto, no haría falta obligar a (casi) nadie. Bastaría con restringir la movilidad y ciertos derechos (a veces, ni eso) a quienes no están dispuestos a aceptar ciertas obligaciones que impone la vida en comunidad.

Hasta hace un par de meses el SARS-CoV-2 ha jugado con unas reglas. La emergencia de la variante delta y su mayor transmisibilidad, por un lado, y las incertidumbres que plantea la evolución del virus en los próximos meses, por el otro, suponen un cambio de esas reglas. Quizás es el momento de pensar en cambiar, también, las reglas con las que hacerle frente.

Adenda

(1) Pello Salaburu me ha comentado que ya hace tiempo algunas universidades norteamericanas empezaron a pedir certificados de vacunación. Hoy son muchas, probablemente la mayoría. Y me ha informado de que The Chronicle of Higher Education mantiene actualizada la lista de los campus en que ese requisito está en vigor.

(2) Lluis Montoliu apunta, con razón, que es necesario insistir en los mensajes advirtiendo del riesgo existente en la actualidad, incluso aunque se esté vacunado.

(3) Natxo Arregui Salina me ha hecho ver en twitter que mi comparación inicial del actual exceso de mortalidad con el de un periodo similar el verano pasado no era técnicamente correcta, porque el año pasado nos encontrábamos en el comienzo de la ola (alta incidencia y baja mortalidad) y este año estamos en la fase de descenso (baja incidencia y alta mortalidad). He optado por hacer la comparación con la fase de exceso de mortalidad que identifica MOMO entre el 4 de enero y el 13 de febrero de este año, porque en ambos casos corresponden a fases similares de la ola y son, por tanto, más estrictamente comparables. He editado el texto para reflejar la nueva comparación. La conclusión, no obstante, es similar: el actual exceso de mortalidad es alto; está muriendo demasiada gente.

No me atrevo a decir que necesito vacaciones

Hoy empiezo, por fin el periodo más largo de inactividad laboral de que he podido disfrutar en, al menos, los dos últimos años. Si no hay imprevistos, las próximas dos semanas no daré un palo al agua, al margen, lógicamente, de las tareas del hogar. Durante los dos o tres últimos años no he pasado más de cinco días seguidos sin trabajar. Nunca había trabajado tanto ni tan de seguido, ni siquiera en los años de la tesis o los inmediatos siguientes. No me ufano por esto; lo digo con pesar. Preferiría trabajar menos; mejor dicho, preferiría no tener que trabajar.

Como esto no tiene por qué interesar a nadie, se preguntarán ustedes a qué viene. Pues bien, tiene que ver con algo que, cada vez que oigo, me suscita la misma incógnita. Se trata de eso de que “necesito unas vacaciones” (antes de cogerlas), o “ya era hora, necesitaba unas vacaciones” (después). La última vez que se lo oí a una amiga se lo pregunté: “¿De verdad? ¿Necesitas unas vacaciones de verdad? ¿Y si no las tuvieses nunca?”

Cuando oigo hablar de esa necesidad me acuerdo de los padres. Durante bastantes años no cogieron vacaciones. Era cuando vivíamos en Salamanca. Al llegar los meses de verano, cuando el hermano y yo acabábamos el curso escolar, los padres nos enviaban al pueblo de la madre, al del padre o alternábamos la estancia en ambos; allí qudábamos, al cuidado de las abuelas. Eran los días más felices del año. Pero ellos se quedaban trabajando en casa, confeccionando prendas de punto con máquinas de tejer. Se las encargaban vecinos y familiares, y les aportaban unos ingresos extra, a añadir al sueldo del padre.

Las primeras vacaciones las cogieron cuando nos trasladamos a Bilbao y luego a Santurce. Todos los meses de agosto viajaban a Vega de Tirados, Salamanca, donde acabaron construyendo una pequeña vivienda para veranear, primero, y pasar allí la parte más cálida y seca del año, después.

También recuerdo al abuelo materno. Nunca se fue de vacaciones. Salvo los años de soldado en África, de los que nunca contó nada, vivió toda su vida, hasta poco después de jubilarse, atado a las cuatro reses que tenía y a una huerta de dimensiones más bien modestas, pero bastante productiva. También cultivaba pequeñas parcelas de cereal. Del abuelo paterno -sastre en Villar de Peralonso, Salamanca- no me acuerdo apenas, porque murió siendo yo muy pequeño. Las abuelas, ambas, se dedicaron a las tareas domésticas y, una de ellas, la paterna, al cuidado de un pequeño huerto. Ninguno de ellos supo en qué consistían unas vacaciones.

He leído hoy un artículo en The Conversation en el que se explica con todo detalle fisiológico -dopamina incluida- por qué son necesarias las vacaciones. Conforme lo leía no dejaba de recordar a los padres y los abuelos. Es cierto que nosotros -yo, al menos, sí- vivimos al límite, dilatando el tiempo al máximo, aprovechando casi cada minuto, y que el abuelo materno, sobre todo en invierno, se tomaba las cosas con otra parsimonia. No así el padre y la madre -sobre todo la madre- cuando los plazos de entrega de las prendas estaban a punto de vencer y había que tejer a horas impías.

Claro que me hace feliz poder coger unos días de asueto, y dedicarme a pasear y a leer. Me gustaría, como ya he dicho, no tener que trabajar. Si, por las razones que fuere, tuviese que prescindir de las vacaciones, me llevaría un disgusto, desde luego, pero se me ocurren desgracias bastante peores; esa es la verdad. No me atrevo a decir que las necesito.

Responsabilizar a los jóvenes es errar el tiro

Es un error esperar de quienes están en plena adolescencia o se adentran en su primera juventud que se comporten como adultos, que renuncien completamente a recompensas emocionales, que prescindan de la presión que ejerce el grupo al que pertenecen y que, en definitiva, sean tan responsables como se supone que son los adultos. No son adultos. Desde un punto de vista neurológico, su encéfalo no ha madurado aún, por lo que no cabe esperar que adopten comportamientos impropios de su edad.

La corteza cerebral ocupa dos terceras partes del volumen del encéfalo. En ella se produce la percepción, se hacen los juicios morales, se toman las decisiones, se genera el pensamiento, se articula el lenguaje y se elaboran los actos conscientes, entre otras diversas tareas consideradas de orden superior. Las estructuras ubicadas bajo la corteza -llamadas, por ello, subcorticales- se ocupan de regular diversas funciones vitales, e intervienen en fenómenos tales como el deseo, la motivación o las adicciones, entre otros. Son, también, las que generan las emociones.

La región encefálica que más tarda en madurar es la corteza prefrontal, un área ubicada en su parte más anterior. Su maduración no se completa hasta los 25 años de edad, aproximadamente. Desempeña las llamadas funciones ejecutivas, que son las relativas a la valoración de las consecuencias de los actos, los juicios morales y de otra índole, la planificación de acciones, la generación de expectativas y, lo que es de gran importancia, el control y, en su caso, inhibición de comportamientos impulsivos. Por lo tanto, dado que la corteza prefrontal no completa su desarrollo hasta mediada la tercera década de la vida, esas funciones no son desempeñadas con la eficiencia propia de los adultos. Sin embargo, las zonas subcorticales antes mencionadas, implicadas en la generación de emociones y, de forma especial, las que producen las expectativas y sensaciones de recompensa, son ya muy activas desde el final de la niñez y la pubertad.

Que las áreas responsables de la valoración de las consecuencias de los actos y del autocontrol maduren mucho más tarde que las encargadas de generar las sensaciones de placer y promover su búsqueda tiene, como es lógico, consecuencias de mucho calado para quienes se encuentran en el periodo vital al que denominamos adolescencia y primera juventud. Entre ellas, es bien conocida la tendencia de adolescentes y jóvenes a buscar nuevas sensaciones y vivir nuevas experiencias, sin evaluar las posibles consecuencias de esa búsqueda. En otras palabras, la tendencia a adoptar comportamientos de riesgo. Y no son las únicas.

Para jóvenes y adolescentes, la aceptación por el grupo del que se consideran parte es de importancia capital. Sufren más que niños y adultos al sentirse excluidos de un grupo, y ese sufrimiento tiene un correlato neurológico.  Cuando un adulto se siente excluido, se activan las áreas del encéfalo implicadas en la percepción del dolor, el enfado y el disgusto, sí, pero a continuación se activa una zona de la corteza cerebral que relativiza la importancia de la exclusión. En adolescentes, sin embargo, esta última zona apenas se activa, y las anteriores lo hacen en mayor medida que en niños y adultos. Por tanto, no debe extrañar que los amigos tengan un gran ascendiente sobre ellos.

En ninguna otra etapa de la vida importan tanto las amistades como en la adolescencia, ni se otorga tanta importancia a sus opiniones como en esos años. Por eso, jóvenes y adolescentes asumen más riesgos en presencia de amigos que cuando están solos. Es más, el circuito de recompensa encefálico se activa más y las regiones cerebrales implicadas en el autocontrol responden en menor medida cuando están en compañía de amigos. Experimentan una fuerte necesidad de pertenencia al grupo, y por esa razón sus decisiones se ven muy afectadas por la presencia de sus “colegas”.

Los párrafos anteriores los he entresacado de dos anotaciones que dediqué a describir el encéfalo de los adolescentes. Son esta y esta. Hace ya un tiempo, Ana Galarraga, publicó en euskera un reportaje bastante completo sobre esta misma cuestión en la revista Elhuyar, hablando con la doctora en psicología Naiara Ozaniz Etxebarria y conmigo.

Las emociones tienen una potencia fabulosa. El psicólogo Jonathan Haidt, en “The Righteous Mind”, sostiene, metafóricamente, que “el elefante (las emociones) manda sobre el jinete (la razón)” con carácter general, con independencia de la edad. La metáfora es un trasunto de los sistemas 1 y 2 que Daniel Kahneman expone en Thinking, Fast and Slow. Otro psicólogo, Dan Ariely, en Predictably Irrational, sostiene que es inútil pedir castidad a jóvenes y adolescentes si se quiere evitar embarazos no deseados o enfermedades de transmisión sexual; es mucho más efectivo aconsejarles que lleven siempre encima un preservativo. Por razones similares, es iluso pensar que por pedir responsabilidad a jóvenes y adolescentes se va a conseguir que su comportamiento en cuadrilla se atenga a las normas establecidas para evitar contagios.

A lo anterior muchos alegarán que hay muchos jóvenes que sí se comportan como se les pide. No dudo de que así sea. Por un lado, hay una gran variabilidad en los ritmos de maduración encefálica en los mismos segmentos de edad. Y por el otro, no todos se encuentran en situación de comportarse “bien” o “mal”. Ellos mismos, sus progenitores o las autoridades han evitado la tentación que, como es sabido, es la mejor forma de impedir que caigan en ella.

Lo que nos conduce a la última consideración. No se puede pretender todo y todo a la vez. No se puede pretender que se abran las discotecas, se permitan las fiestas y los desplazamientos, y que, a la vez, los jóvenes a quienes esas fiestas y atracciones están destinadas se abstengan, motu proprio, de asistir. Hay fiestas porque hay jóvenes que las desean y empresas que las organizan, y hay viajes por la misma razón. Y una vez en la fiesta, la neuropsicología juvenil opera como cabía prever.

Algunos jóvenes cuentan con recursos económicos para permitírselo, pero sospecho que muchos dependen de los posibles y generosidad de su familia. Padres y madres podrían, al respecto, hacer un ejercicio muy simple: recuerden qué hacían cuando tenían la edad de sus hijos e hijas. Y extraigan consecuencias.

En última instancia, están las autoridades. ¿Cuántas no-fiestas se han celebrado por la actitud (proclive) de las autoridades municipales? ¿Cuántas se han dejado de celebrar? Tenemos ejemplos en los dos sentidos. Las celebraciones de San Juan no han cursado de idéntica forma en diferentes localidades. ¿Casualidad? Es posible.

Por último: cuando el gobierno español ha tomado las decisiones que han conducido a la permisividad prácticamente total en relación con todo tipo de actividades, ¿no sabía cuáles serían las consecuencias? Las sabíamos todos. Como sabemos, también, que hay miles de familias que viven de esas actividades. Esas familias votan. Y los ingresos que fiestas, viajes y demás representan para las arcas públicas no han dejado de estar en las preocupaciones de los responsables políticos.

Afortunadamente, mucha gente está ya vacunada con pauta completa y cada día son más. Ese factor está, por ahora, conteniendo contagios e ingresos hospitalarios. Veremos si seguimos así. Tengo la desdicha de pertenecer al colectivo de sesentones que quizás acabemos siendo de los últimos en estar inmunizados y procuro andarme con cuidado. Pero incluso así, no siempre he obrado con la prudencia que mi edad y supuesto estado inmunológico aconsejan. ¿Quienes acusan a jóvenes y adolescentes de irresponsabilidad están libres de comportamientos imprudentes? Me temo que no.

Acabo. The Conversation España publica hoy una excelente reflexión de Salvador Peiró, de Fundació Fisabio, acerca de la responsabilidad individual y colectiva. No minimiza la importancia de la responsabilidad individual, pero expone con claridad la noción de que una enfermedad contagiosa es un problema de salud pública, un problema colectivo, con todo lo que ello implica. Y termina con una sentencia que no puedo sino suscribir: “Pedir prudencia no está mal. Pero no exime de actuar para proteger la salud de todos”.

No parece buena idea obligar a la gente a vacunarse

Parece que es mejor no obligar a la gente a vacunarse. Al menos si se trata de alemanes, aunque creo que esto vale para (casi) todos. Digo esto porque un grupo de la Universidad de Constanza ha investigado cómo responde la gente a la posibilidad de que la vacunación contra el coronavirus sea obligatoria, y la principal conclusión es la que reza el título que encabeza esta anotación.

La investigación se basó en encuestas a varios miles de alemanes en dos periodos. En el primero, entre el 29 de abril y el 8 de mayo, encuestaron a 4700 personas. Y en el segundo, entre el 28 de octubre y el 6 de noviembre, al 60% de los encuestados en el periodo anterior. Además, a los participantes se les preguntaban más cosas acerca de la pandemia, de manera que no eran conscientes de cuál era el contexto, ni cuál el objeto de la encuesta en su conjunto.

En ambos periodos, la pregunta clave era esta: “Si se aprueba una vacuna contra el coronavirus, en qué medida estarías de acuerdo con vacunarte si la vacunación es: … muy recomendada por el gobierno, pero se mantiene voluntaria?   … obligatoria y controlada por el gobierno?” Veamos algunos de los resultados.

En la disposición de la gente a ser vacunada influyen, según el estudio, factores diversos. Por un lado, están las circunstancias propias de cada persona. Así, el acuerdo con la vacunación forzosa es mayor en quienes creen que la situación de la pandemia es grave en la zona donde viven. El miedo es una emoción poderosa.

Por otro lado, resulta que también el sexo influye. Las mujeres rechazan la administración obligatoria de la vacuna más que los hombres. Esto me intriga.  

La cultura política también es importante. Quienes han nacido en Alemania Oriental es más probable que apoyen la vacunación obligatoria que los originarios del Oeste. En otras palabras, si te has criado en un entorno en el que muchas cosas hay que hacerlas porque así lo han ordenado las autoridades, es más probable que aceptes lo que se te ordena, sin llegar quizás a cuestionarte sus razones.

A nadie sorprenderá que la confianza en las instituciones públicas, los medios de comunicación y la ciencia, tenga mucha influencia en la disposición a vacunarse. En general, cuanta más confianza hay en esas instituciones, menores son las reticencias. Es, de hecho, el factor que más influye.

Otro elemento importante es la confianza de la gente en la efectividad de la vacuna para contener el virus. Cuanto mayor es esa confianza, mayor es el apoyo a la vacunación obligatoria y también, aunque en menor medida, a la voluntaria. Esto también parece lógico, porque la confianza en la efectividad de la vacunación está relacionada con la confianza en las autoridades, y ambas confianzas van ligadas al grado de apoyo a la obligatoriedad de la vacuna.

Quienes creen que la vacunación obligatoria supone una limitación a su libertad tienden a oponerse a ella, pero no a la voluntaria. Y, por otro lado, la falta de confianza en las instituciones públicas suele estar asociada a la idea de que la vacuna no es efectiva y que, si son obligados a vacunarse, ello supondría una restricción a su libertad. Por lo tanto, falta de confianza pública, oposición a las limitaciones a la libertad y rechazo a la vacunación son actitudes o disposiciones ligadas unas a otras.

Los factores anteriores ejercen efectos en un sentido o en el otro, pero hay un elemento que puede actuar en ambas direcciones: la conformidad. El sesgo de conformidad o de conformismo es la tendencia a hacer lo que hace la mayoría. Es un heurístico muy valioso (aunque puede también ser muy peligroso), ya que nos permite adoptar comportamientos útiles sin esfuerzo, simplemente por imitación y confianza implícita en el acierto de la mayoría. Es común en las especies sociales y la nuestra no es una excepción. En el caso que nos ocupa, la conformidad actúa de manera que, si la mayoría decide vacunarse, muchas personas también lo hacen sin necesidad de indagar al respecto. Y lo contrario ocurre si la mayoría no se vacuna. Es un elemento que tiende a acentuar las tendencias mayoritarias.

De las observaciones anteriores y otras que, por razones de brevedad, no he recogido aquí se pueden extraer consecuencias útiles de cara a las actuaciones políticas que puedan resultar más efectivas para combatir la pandemia o ante otras crisis o catástrofes.

En general, parece que el obligar a vacunar a la gente puede ser contraproducente. Para empezar, puede no resultar efectivo. Además, la obligación alejaría a la ciudadanía de los gobernantes, reduciendo su confianza en ellos y acentuando el rechazo a sus decisiones. Y, por si esto fuera poco, podría provocar conflictos sociales.

Por otra parte, la obligatoriedad puede muy bien ser innecesaria, incluso aunque al principio haya mucha gente reticente, porque esa reticencia inicial, haciendo un uso inteligente de la comunicación y dejando actuar a los automatismos comentados aquí puede revertirse y generar una tendencia proclive a la vacunación.

La obligatoriedad podría incluso provocar una cascada negativa de desconfianza pública, lo que alimentaría la reticencia a la vacunación; obligaría, a su vez, a un mayor esfuerzo de las autoridades para hacerla obligatoria, lo que provocaría una mayor erosión de la confianza en ellas. De hecho, la gente, si se ve obligada a vacunarse, puede pensar con facilidad que es obligada precisamente porque las autoridades no tienen confianza en la efectividad de las vacunas. Nos encontraríamos en un círculo vicioso muy peligroso.

La política anti-covid más efectiva quizás consista en mejorar la confianza pública, posiblemente a través de la transparencia y dación de cuentas de las élites políticas y profesionales. A tenor de los resultados de este estudio y de otros, la adopción de medidas efectivas para mejorar la confianza reduciría la fracción de la población que se solo se vacunaría obligada. Se trataría, por lo tanto, de evitar la activación del círculo vicioso descrito antes o, incluso, de activar un círculo virtuoso de sentido contrario.

También es importante proporcionar información que aumente la confianza en la efectividad de las vacunas. No es algo particularmente difícil cuando se constata con facilidad que la incidencia de la pandemia se reduce conforme avanza la vacunación. Ello ayuda a desmontar los argumentos de quienes se oponen. También es importante dar a conocer los porcentajes de vacunación alcanzados, porque esa información, en virtud del fenómeno del conformismo, actúa reduciendo las reticencias a la vacunación.

Por las mismas razones, es especialmente dañina la preferencia de muchos medios de comunicación por las informaciones alarmistas relacionadas con las vacunas. Últimamente, lo más socorrido en alarmismo es el recurso a la variante delta -aunque no parece que haya pruebas sólidas de la peligrosidad de dicha variante– y a la eliminación de la obligatoriedad del uso de mascarillas en exteriores que, de hecho, no debería haber sido obligatorio antes tampoco.

La mayor parte de las conclusiones del estudio de Constanza refuerza ideas que han circulado por los medios de comunicación y redes sociales; no constituyen, de hecho, ninguna novedad. En anotaciones anteriores me he referido a la importancia de la transparencia[1] y al efecto tan pernicioso que causan las decisiones que minan la confianza pública en la efectividad de las vacunas o la (aparente) incoherencia de las decisiones que toman las autoridades sanitarias. Pero está bien que un estudio a gran escala confirme estas intuiciones.

Este estudio, supongo que como otros que desconozco, sirve, entre otras cosas, para poner de relieve la importancia de los elementos psicosociales y políticos para hacer frente a una catástrofe. La ciencia es muy importante; sin ciencia no sabríamos de la efectividad de las medidas -de contención o mitigación- que se implantan. Sin ciencia no habría vacunas efectivas. Pero no todo debe descansar en las medidas -basadas en la ciencia- farmacológicas y no farmacológicas que se pueden adoptar. La transparencia y la confianza en la ciudadanía son elementos claves en la gestión exitosa de una crisis sanitaria como la que hemos vivido y vivimos aún.

Nunca es tarde.


[1] Como en el párrafo final de mi anotación del 18 de abril del pasado año.

Sobre el progreso moral

Como propuse aquí hace unos días, la maldad y la bondad son cualidades relativas. No hay un baremo absoluto de maldad o bondad independiente de la referencia que suponen los demás. Son categorías morales, y la moral es de naturaleza social. La moral está al servicio del grupo. En todos los grupos humanos se produce una tensión entre las tendencias egoístas, que buscan el beneficio propio, y las altruistas o prosociales, que propician un funcionamiento social armónico.  

Los estándares morales varían entre culturas y periodos históricos. Hay actos que hoy consideramos neutros y que hace tan solo unas décadas eran moralmente reprobables. Pero que haya variaciones de origen cultural en las intuiciones morales no quiere decir que estas carezcan de bases objetivas. Jonathan Haidt, por ejemplo, sostiene -en The Righteous Mind, en especial- que las fuentes de moralidad son innatas y universales, porque tienen valor adaptativo. Las diferencias entre individuos, culturas y épocas obedecerían, por tanto, a la importancia relativa que cada una de esas fuentes tiene en función de las circunstancias o, incluso, del carácter de cada individuo.

¿Hay cambios a lo largo de la historia en los principios morales? ¿Es posible el progreso moral? ¿Puede, incluso, cambiar con el tiempo la calidad moral de la gente?

Si nos remontamos lo suficientemente atrás en la historia humana, parece bastante claro que ha habido cambios profundos, cambios que cursaron a lo largo de generaciones. Durante el Pleistoceno y comienzos del Holoceno, cuando el sedentarismo no había dado lugar a la creación de estados con una fuerte estratificación social, los grupos habrían sido eminentemente igualitarios, de forma similar a como lo son los pocos grupos humanos actuales que viven de la caza y la recolección.

Sin embargo, la aparición de los primeros estados, ligados a la agricultura de cereales y la ganadería acompañante, tuvo como consecuencia, según autores como Jared Diamond (en Guns, Germs and Steel y The World Until Yesterday) o James C. Scott (en Against the Grain), una transformación radical en la forma en que se organizaban los grupos y ocasionó, además, un empeoramiento severo de las condiciones de vida y la salud de la gente. Una parte importante del trabajo pasó a ser realizado por el grupo de personas más numeroso y de inferior condición, esclavos en muchos casos. Como consecuencia, surgieron grandes diferencias entre unas personas y otras en todos los órdenes de la vida.

Según Karen Armstrong (en A History of God), la reacción frente ese estado de cosas llegó en diferentes etapas a lo largo del primer milenio a.e.c., durante la denominada Era Axial, cuando las grandes figuras espirituales de Oriente y los profetas bíblicos empiezan a promover la compasión por los desamparados. El que todas las personas fuesen dignas de compasión habría sido la semilla de la que germinaría la noción, formulada de modo explícito en el Nuevo Testamento, de la igualdad esencial de todos los seres humanos.

Hubo que esperar a la Ilustración para que se dotase a ese principio de significado político. A partir de entonces, a todos los seres humanos se les empieza a considerar sujetos de iguales derechos y así ha venido siendo reconocido en la legislación de un número creciente de estados. Ese estatus ha tenido consecuencias nítidas sobre la vida de la gente.

Desde una perspectiva diferente, otros autores han defendido la idea de que las sociedades humanas, al menos desde la Ilustración, progresan en varias dimensiones, incluida la moral. Michael Shermer (en The Moral Arc) argumenta que el comercio y la alfabetización que ocurrieron en paralelo a la Revolución Industrial generaron un efecto Flynn moral. Añade que el progreso de la democracia en el mundo, combinado con la extensión de los derechos humanos y las libertades civiles ha conducido al mayor grado de florecimiento humano de la historia. Shermer, no obstante, no descarta que no pueda tener vuelta atrás.

El psicólogo Paul Bloom también atribuye al progreso intelectual un efecto positivo sobre la moral. En Just Babies: The Origins of Good and Evil, propone la existencia de dos fuentes básicas de moralidad. Afirma, por un lado, que los bebés son animales morales, dotados por naturaleza de empatía y compasión, capacidad para juzgar la acción de otros e, incluso, una comprensión rudimentaria de la justicia y la ecuanimidad. Y por el otro, sostiene que una segunda parte de nuestra moralidad surge en el curso de la historia humana y del desarrollo individual. Es el producto de la compasión, la imaginación y la capacidad para razonar. Por lo tanto, atribuye a la historia humana y la personal un papel en la mejora moral gracias, entre otras cosas, a la razón.

En su alegato en contra de la empatía, Against Empathy: The Case for Rational Compassion, Bloom abunda en lo anterior. Afirma que la inteligencia no solo está relacionada con el éxito, sino que también lo está con el buen comportamiento, quizás porque las personas más inteligentes tienden a ser más cooperativas, probablemente porque la inteligencia ayuda a valorar los beneficios de la coordinación a largo plazo y a considerar el punto de vista de los demás. Dice que, aunque la razón y la racionalidad no son suficientes para ser una persona capaz y buena, cuanta más razón y racionalidad, mejor persona se tiende a ser.

Más compleja, y quizás más interesante, es la propuesta de Joseph Heinrich y colaboradores. Según ellos, ciertas normas dictadas por la Iglesia Católica a partir del siglo VI para evitar el incesto generaron las condiciones que han propiciado una prosocialidad que tiene al individuo, y no al clan, como destinatario. Como consecuencia de esas normas, en las sociedades occidentales se difuminó la estructura social basada en los vínculos de parentesco, por lo que la gente tiende a ser más individualista, independiente y prosocial de una forma impersonal, a la vez que muestra menor conformidad y lealtad para con el grupo al que pertenecen. Lo importante, a los efectos que aquí nos interesan, es que esa prosocialidad impersonal ha conllevado unas normas morales centradas en el individuo y su dignidad, y menos orientadas a preservar la lealtad y cohesión del clan familiar. Esa diferencia estaría en la base de la distinción entre las llamadas culturas de la dignidad, centradas en el individuo, y culturas del honor, centradas en el clan.

Pero no todos los autores comparten esos puntos de vista. Según el filósofo británico John N. Gray (si mal no recuerdo, en Straw Dogs: Thoughts on Humans and Other Animals y The Silence of Animals: On Progress and Other Modern Myths), el humanismo -la corriente de pensamiento dominante desde la Ilustración- se basa en el meliorismo, una creencia utópica según la cual los seres humanos no estamos limitados por nuestra naturaleza biológica, sino que estamos convencidos de que los avances en ética y política son acumulativos, y que pueden alterar y mejorar la condición humana, de la misma forma en que los avances en ciencia y tecnología han mejorado las condiciones de vida. Gray sostiene, por el contrario, que la historia no es progresiva sino cíclica y que la naturaleza humana constituye un obstáculo al progreso ético y político.

Tengo sensaciones encontradas en relación con esta disyuntiva. Durante gran parte de mi vida he sido un firme defensor de la idea del progreso, del meliorismo, de hecho. Pero leyendo a Gray no puedo evitar que me venga a la cabeza el caso, por ejemplo, de la antigua Yugoslavia, un país que había alcanzado un notable nivel de progreso pero que se precipitó en unas pocas semanas en una serie de guerras a finales del siglo XX que mostraron la peor versión de nuestra especie. Y si repasásemos la hemeroteca reciente, encontraríamos no pocos episodios en los que ciudadanos occidentales de diversas extracciones sociales y profesiones adoptan comportamientos morales que juzgaríamos absolutamente impropios del siglo XXI. Da la impresión de que la civilidad y ética que parecen adornar a nuestras sociedades no son sino un barniz que salta descascarillado en cuanto algún conflicto a causa de factores económicos o identitarios no encuentran el cauce debido para su gestión y eventual resolución.

Al fin, también es cierto que, si dirigimos la mirada al pasado, tengo muy claro que no preferiría haber vivido en ningún momento anterior en la historia de la humanidad.

El complejo de Medea

Tras publicar ayer mi conjetura sobre la maldad, tuve dos respuestas críticas en twitter con algunos aspectos del texto. Yo había escrito esto: “En España, en los últimos 8 años han sido asesinados 39 hijos o hijas por parte de padres (y alguna madre) que han querido de esa forma causar un dolor insoportable a quien fuera su pareja.” Los dos lectores coincidieron en criticar la referencia a las madres, porque pensaban que esa forma de expresarlo no reflejaba la realidad. Pensaban que el número de mujeres que habían asesinado a sus hijos para hacer daño a su pareja podía, de hecho, ser lo suficientemente alto como para merecer un tratamiento más equilibrado en la expresión. Ambos pensaban que al decir “alguna madre” se daba a entender que se trataba de excepciones.

Efectivamente, eso es lo que yo pensaba, que se trataba de un comportamiento sobre todo masculino, y que en las mujeres era excepcional. Había llegado a esa conclusión tras hacer un repaso por noticias de prensa y hallar un único caso de mujer homicida, mientras que había encontrado seis o siete homicidios cometidos por hombres.

Uno de los lectores críticos con mi artículo de ayer me proporcionó una referencia reciente. Se trata de una publicación de febrero de este mismo año en la que se ofrecen los datos del estudio de 62 casos procedentes de 9 países, de los que se dispone de suficiente información. Más adelante haré una síntesis de ese estudio, pero déjenme, primero, poner el fenómeno en su contexto.

Los filicidios -así se llaman en la literatura especializada los homicidios de hijos o hijas- representan porcentajes pequeños del total de homicidios, aunque cualquier porcentaje ya nos parezca altísimo, dado el tipo de crimen que es. En los Estados Unidos son un 2,5%, mientras que en Australia representan un 7%. No creo que los padres australianos sean más crueles, sino que en los Estados Unidos se producen muchos más homicidios de otra índole y de ahí los diferentes porcentajes. En todos esos casos hombres y mujeres cometen filicidios en proporciones similares, según las referencias enlazadas.

De los once motivos de filicidio identificados, uno era el cometido por venganza del padre o la madre del hijo asesinado. Se trata, en todo caso, de un motivo muy infrecuente; dependiendo del país, representa un 4% (EEUU) o un 9% (Australia). El motivo es infrecuente, pero lo cierto es que cualquier frecuencia me parece altísima.

En la investigación publicada el pasado mes de febrero, como antes he dicho, se analizaron en detalle 62 casos procedentes de 9 países. Y la documentación analizada consistió en registros psiquiátricos y judiciales. Del total de los casos, 33 homicidas (53%) fueron hombres y 29, mujeres (47%). Por lo tanto, y dado que no creo que en este aspecto España sea sustancialmente diferente de los países incluidos en el estudio citado, yo estaba equivocado, porque el número de hombres y mujeres que cometen filicidio por venganza es similar. Sospecho que no soy el único.

En mi descargo debo aclarar que los 39 casos a que hice referencia en mi escrito de ayer son los que recogen las estadísticas de violencia contra las mujeres, por lo que corresponden a homicidios cometidos por padres para hacer daño a la madre. No son un censo del total de casos en los que padres y madres han acabado con la vida de sus hijos para hacer daño al otro miembro de la pareja. Desconocía que se trataba de una estadística que no recoge los casos en los que la homicida es la madre, porque esos casos, sencillamente, no se recogen o, hasta donde alcanzan mis averiguaciones, no se publican. Mis dos lectores críticos tenían razón.

No solo estaba equivocado en ese aspecto de la cuestión, porque sin desestimar como causa del filicidio la maldad, entendida esta en los términos en que la expresé en la anotación anterior (como la manifestación extrema de comportamientos malvados que en sus formas moderadas son normales), del orden de la mitad o algo más de los homicidas sufrían algún desorden mental.

De todos los casos analizados en el estudio publicado en febrero, en diez alegaron los defensores trastorno o enfermedad mental (aunque solo en uno se rebajó la pena por responsabilidad disminuida). Sin embargo, a 35 filicidas (56%) se les diagnosticó un desorden mental de algún tipo. Los más comunes lo fueron de personalidad (21 casos), pero también se diagnosticó depresión a 13 filicidas, y desorden por consumo de estupefacientes a 6. Además, 22 tenían historial por violencia física hacia su pareja, 18 hombres y 4 mujeres.

En los textos especializados, a esa forma de homicidio se la denomina filicidio en venganza, lo que aquí se ha venido en llamar homicidio vicario o violencia vicaria. Y se han identificado cuatro motivos principales que impulsan a los homicidas: rechazo (de la pareja), disputa sobre la custodia o régimen de visitas, infidelidad o celos, y discusiones y peleas. Tras cometer el crimen, 39 (un 63%) intentaron quitarse la vida, y 20 (un 32%) lo consiguieron. No hay apenas diferencias entre hombres y mujeres en esto.

Resumo: los filicidios en venganza los cometen en proporciones similares hombres y mujeres, y alrededor de la mitad de los perpetradores sufren algún trastorno mental, aunque no sea considerado atenuante en los tribunales. ¿Cómo diferenciar la maldad del trastorno? ¿Dónde termina una manifestación extrema, por criminal, de comportamientos inmorales y empieza el trastorno? Supongo que la respuesta está en el conocimiento acumulado por psicólogos y psiquiatras. Yo la desconozco.

Estas tragedias no son de ahora. A lo largo de la historia han quedado recogidos casos de filicidio. Es más, en la mitología hay frecuentes alusiones a la venganza como motivo de filicidio, hasta el punto de que a esta forma de homicidio se la ha denominado “complejo de Medea” (por la tragedia de Eurípides). Medea asesinó a dos de sus hijos para vengarse de su esposo, Jasón, por querer abandonarla para casarse con Glauce, la hija del rey Creonte.

Los griegos, siempre los griegos.