Alegoría de la desposesión

Hemos salido a la calle esta tarde, víspera del día de los difuntos, y nos hemos encontrado la plaza en la que vivimos llena de gente disfrazada. El maquillaje quiere imitar calaveras. Visten túnica negra y llevan guadaña. El Haritzpe, el bar del que somos parroquianos, está atestado de gente. Aunque los carteles municipales nos dicen, en vasco, que hoy es la víspera del día de los muertos, celebran Halloween, la fiesta importada. Han ocupado la plaza en la que vivimos, hacen de la experiencia cotidiana en nuestro local pub un pequeño tormento. Decidimos recogernos enseguida.

Los efectos de la edad son demoledores. Al menos para mí lo están siendo. Me he convertido en un cascarrabias. Veo descomponerse mi mundo, observo cómo se desmorona. Y no lo soporto. Los que eran mis lugares dejan de serlo. Y lo más grave, lo peor, es que no me considero ajeno a este estado de cosas. Es mi entorno humano, mi gente, mi generación, la que ha tomado las decisiones que han hecho que mis paisajes cada vez sean menos míos.

Estoy siendo desposeído de mi mundo, de algo que creía mío. Era una propiedad comunitaria, colectiva. Uno de las pocas facetas de mi vida en la que prescindía de mi individualismo radical. Pero aunque fuera de forma compartida, eso que veo difuminarse, antes era mío. Y siento que lo está dejando de ser. La perspectiva de esa pérdida, la mera idea, se me hace intolerable.

Al bajar de casa a la plaza la visión de toda esa gente con los disfraces grotescos de la muerte me ha resultado tan ajena, que en ella he visto representado de forma alegórica el despojo al que me siento sometido. Difícilmente podía encontrarse una metáfora mejor.

El futuro del pasado

Mi conjetura de hoy es, quizás, una noción manida, pero no por ello parece que debamos dejar de recordarla de vez en cuando. Podría formularse mediante el aforismo atribuido a varios autores que dice que “acertar predicciones es muy difícil, sobre todo las referidas al futuro“.

El aforismo (mi conjetura de hoy) tiene carácter universal pero es especialmente pertinente si la predicción se refiere al futuro desarrollo de la ciencia. De eso trató, precisamente, mi intervención en Naukas Valladolid el pasado 29 de septiembre, que he insertado a continuación (son 25 min).

Agradezco a las organizadoras, del Parque Científico de la Universidad de Valladolid, el gran trabajo realizado, el excelente trato dispensado a los ponentes, y el haber publicado la charla en su canal de youtube. Y a Naukas el haberme propuesto participar en este acto.

Hay una subcultura femenina y una masculina

Es casi una estampa habitual: varios hombres sentados en el exterior de un bar a las diez de la mañana de un domingo mirando una pantalla al otro lado del cristal. En la pantalla, coches o motos, o pilotos en un podio. Más habituales son las escenas en las que un nutrido grupo, hombres en su mayoría, siguen con interés un partido de fútbol, también en una pantalla que se ve desde fuera del bar. No es necesario que sea el equipo local, aunque si los es, los espectadores son más y siguen el partido con mayor atención.

Sí, hay mujeres a las que interesan los deportes televisados, pero los varones son bastantes más.

Es posible que muchas mujeres lean revistas de chicachismes, pero no son menos los hombres que leen prensa deportiva (perdón por el eufemismo).

La mayoría de los aficionados a juegos de rol, o de ordenador, son chicos. También a los juegos de la play o como quiera que se llamen esos aparatitos. Los chicos dedican mucho tiempo a jugar y siguen con interés canales de Youtube dedicados a los juegos.

Ayer vinimos de Bilbao en el último autobús a Leioa. Viajaba poca gente; en su mayoría eran señoras que venían del cine. Al teatro o a la ópera van hombres, sí, pero van más mujeres.

La literatura es, cada vez más, una afición femenina. Es abrumadora la diferencia en hábitos de lectura entre hombres y mujeres.

La cultura elevada (sí, llamémosla así, prefiero errar al utilizar esa expresión antes que caer en la confusión de considerar una carrera de motos un hecho cultural equivalente al bolero de Ravel) es cada vez en mayor medida cosa de mujeres. Los hombres se entretienen cada vez más con juegos y deportes televisados, o con juegos que reproducen deportes televisados.

No sé si la brecha académica entre hombres y mujeres ha aumentado en los últimos años, pero existe y no es pequeña. Las chicas obtienen mejores resultados en los estudios. Sacan mejores notas y van en mayor proporción a la universidad. En las carreras en las que es más difícil entrar hay muchas más chicas, con pocas excepciones; las diferencias en la proporción de mujeres que cursan unas y otras carreras obedecen en parte a eso.

Además, también es más probable que completen con éxito sus estudios.

Creo que esto es el resultado de la existencia de –sin excluir la de otras- dos grandes subculturas en nuestras sociedades, una masculina y otra femenina. Creo que los chicos se aficionan a los deportes y los juegos porque esas son las aficiones que se espera de ellos que cultiven. Son también las de los hombres adultos; los chicos adquieren de sus pares lo mismo que ven en los grupos de varones adultos. Además, ser buen estudiante seguramente cotiza a la baja en sus cuadrillas.

Lo propio ocurre con las chicas. Solo que ellas leen y son más aplicadas en la escuela. Y de ahí, seguramente, se deriva todo lo demás.

Sí, claro, hay chicas jugonas y aficionadas a los deportes televisados y chicos que leen y estudian. Pero creo que las tendencias generales son las que he descrito antes.

Ya no me asombra que esto sea así. Lo que me asombra es que no parezca preocupar a nadie.

No existe el retorno a un estado armonioso de la naturaleza

El Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha sentenciado que los organismos que se obtengan mediante la técnica de edición de genoma CRISPR/Cas9 -la conocida como bisturí molecular– han de recibir el mismo tratamiento legal que los organismos transgénicos. Esta decisión da la razón a la organización Confédération paysanne y otras, y en general, a los grupos ecologistas y lobbies de organizaciones agrarias. Si se tiene en cuenta las dificultades que han de superar los organismos transgénicos para que se autorice su cultivo en la UE y el valor simbólico de la resolución, esta ha sido una victoria para las organizaciones ecologistas y una derrota inapelable para quienes defienden el valor de las pruebas como fuente de criterio.

Desde el punto de vista científico, la decisión no tiene ningún fundamento. Es un sinsentido. En la actualidad las variedades agrícolas se obtienen al azar, mediante mutagénesis provocada por agentes químicos o físicos. Se desestiman la gran mayoría de mutantes obtenidos de esa forma y solo se comercializan los que tienen propiedades deseables. La técnica CRISPR/Cas9 permitiría obtener variedades igualmente deseables, pero con mucho más control y de forma más dirigida que mediante la mutagénesis indiscriminada. Es de locos. El biotecnólogo Lluis Montoliu ha explicado esto muy bien aquí.

La sentencia invoca el llamado principio de precaución, pero como en su día defendí aquí, ese principio es una trampa insalvable siempre que una organización (normalmente ecologista) lo esgrima para aoponerse a cualquier cosa.

Al ecologismo debemos que la calidad ambiental sea, para la mayoría, un bien a preservar y que, en virtud de tal noción, cada vez tengamos más conciencia de los problemas ambientales a los que nos enfrentamos. Por eso mismo, de esa conciencia se derivan medidas legales de protección del medio que tienen efectos muy importantes y que deberían ser garantía de un entorno saludable y amable para quienes nos sucedan. Sin embargo, el ecologismo contemporáneo, lejos de recurrir a la razón y a las pruebas para identificar las causas que defiende y los proyectos a los que se opone, ha dado un salto en el vacío y se ha convertido en un agente político que trata de dificultar la implantación de tecnologías, algunas de las cuales son de gran valor para la humanidad, aunque para ello tenga que avalar intereses gremiales de la peor especie.

Los ecologistas se oponen a los organismos transgénicos, cuando no hay pruebas de que su cultivo y consumo generen problemas para el medio ni para la salud de las personas (recordemos la carta de los premios Nobel a Greenpeace). Los ecologistas se oponen al uso de técnicas de edición del genoma, aunque no haya ninguna razón para pensar que pueden provocar problemas ambientales o de salud. Los ecologistas se oponen a las antenas de telefonía móvil y de redes wi-fi, cuando no hay pruebas de que las ondas de que se valen esas tecnologías, en las condiciones en que funcionan en la actualidad, causen daño alguno.

Curiosamente nunca se han opuesto a tecnologías equivalentes pero algo más antiguas (irradiación de semillas para obtener variedades mutantes, u ondas electromagnéticas de televisión y radio, por ejemplo), ni a tecnologías mucho más antiguas aún y que han provocado centenares de miles de muertes prematuras (automóviles, trenes, barcos o aviones) o a productos cuyo consumo causa también centenares de miles de muertes prematuras en el mundo (ciertos alimentos, tabaco y alcohol). En virtud del famoso principio de precaución, no se autorizaría hoy la venta de automóviles, las emisiones de radio y televisión, o la venta de güisqui, por ejemplo.

Los ecologistas tampoco hacen campañas contra el ruido, el principal agente contaminante de nuestros pueblos y ciudades, verdadero veneno para la mente. Sus causas más célebres tienen algo en común: se oponen al bienestar de la humanidad.

Es obvio que el progreso no ha de justificar innovaciones peligrosas o dañinas o, mejor dicho, las innovaciones han de causar menos daños que los que deberían evitar. Pero lo que no tiene sentido es oponerse a innovaciones de cuyos efectos adversos no hay constancia alguna ni sospechas bien fundadas.

Entiendo a los pequeños empresarios agrícolas franceses: defienden sus intereses y lo hacen organizándose en grupos de presión con ese fin. No entiendo a los ecologistas, a los realmente existentes hoy. El movimiento ecologista ha adquirido los rasgos propios de una fe, una creencia en las bondades de un pasado prístino (que en realidad nunca existió) que hay que recuperar, un pasado supuestamente “natural” y, por ende, mejor que el artificial presente. Se nutre de un sentimiento agónico por la pérdida del Paraíso Terrenal y de una visión puramente estética de lo que el Mundo debería ser. Creo que ese sentimiento y esa visión es lo que lleva a muchos de sus militantes a oponerse a cualquier innovación que pueda suponer una mejora para la humanidad.

Acabo la conjetura de hoy reproduciendo un párrafo de sir Karl Popper tomado de la página 216 (y última del I volumen) de “La sociedad abierta y sus enemigos”. Popper se refiere a algo diferente, pero creo que en el fondo hablamos de lo mismo. Dice así:

“No existe el retorno a un estado armonioso de la naturaleza. Si damos vuelta, tendremos que recorrer todo el camino de nuevo y retornar a las bestias. Es este un problema que debemos encarar francamente, por duro que ello nos resulte. Si soñamos con retornar a nuestra infancia, si nos tienta el deseo de confiar en los demás y dejarnos ser felices, si eludimos el deber de llevar nuestra cruz, la cruz del humanitarismo, de la razón, de la reponsabilidad, si nos sentimos desalentados y agobiados por el peso de nuestra carga, entonces deberemos tratar de fortalecernos con la clara comprensión de la simple decisión que tenemos ante nosotros. Siempre nos quedará la posibilidad de regresar a las bestias. Pero si queremos seguir siendo humanos, entonces solo habrá un camino, el de la sociedad abierta. Debemos proseguir hacia lo desconocido, lo incierto y lo inevitable sirviéndonos de la razón de que podamos disponer, para procurarnos la seguridad y libertad a que aspiramos.”

El secreto de la naturaleza

“¿Es la belleza criterio de verdad?” Esa conjetura no es mía; es de un amigo. La formuló como pregunta al comienzo del monólogo que ha quedado recogido en el documental “El secreto de la naturaleza”.

El documental se estrenará el próximo 14 de septiembre en el Palacio Euskalduna de Bilbao. El estreno tendrá lugar en el marco de Naukas18, el acto más multitudinario de la programación del festival Bizkaia Zientzia Plaza, que se celebrará entre el 13 de septiembre y el 1 de octubre en diferentes localidades de Bizkaia.

El secreto de la naturaleza es una producción de la Cátedra de Cultura Científica (1) de la Universidad del País Vasco, Mi Mesa Cojea y K2000, y ha sido dirigido por Jose A Pérez Ledo.

———————————————————————————–

(1) Este proyecto ha sido posible gracias al apoyo de la Diputación Foral de Bizkaia a la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU.

Los valores no se enseñan

La Ministra de Educación, mi apreciada Isabel Celaá, se propone implantar en el curriculum de la enseñanza obligatoria una nueva asignatura de “valores cívicos y éticos”. Por sorprendente que me parezca, resulta que muchas personas de mi entorno ven la idea con buenos ojos. Llevan años oyendo una letanía, un lamento por la supuesta pérdida de valores de la sociedad contemporánea y, más concretamente, de la juventud (nada nuevo bajo el sol, por cierto). Y en consecuencia, les parece bien que se enseñen valores en la escuela. Además, creen, como la propia Ministra –así me lo dijo hace unos años-, que muchos chicos y chicas viven en entornos familiares y sociales en los que no se comparten o no se transmiten los valores adecuados. En otras palabras, que no todos han tenido la suerte que he tenido yo o han tenido mis hijos.

El caso es que, para empezar, no está claro qué entendemos por valores. Ninguna de las trece acepciones de la palabra en el diccionario de la RAE nos sirve de ayuda. La wikipedia resulta algo más útil; o no. Vean. Pero si uno piensa un poco en lo quieren decir quienes hablan de valores, se encuentra con que engloban cosas diversas. Pueden ser bienes o virtudes morales, principios, derechos, o normas, quizás, u otras cosas más extrañas.

Si hablamos de valores éticos, entiendo que se trata, en realidad, de virtudes o bienes morales, solo que queda mejor decir valores, quizás porque en el primer cuarto del siglo XXI da corte utilizar palabras, como virtud o bien, tan de los años sesenta y setenta del siglo XX. O a lo mejor es que llamándolos por su nombre, las cosas ya no están tan claras. Porque, ¿de qué se trata? ¿de explicar a los adolescentes que deben ser buenas personas? ¿que no hay que patear mendigos que duermen en cajeros, ni arrojar una camada de gatitos recién nacidos al río? ¿Es eso? ¿O que hay que ceder el asiento a las personas mayores en los autobuses? ¿En serio? ¿Eso debe ser enseñado en la escuela? ¿Ha de formarse a los escolares en honradez, respeto, compasión o generosidad?

O quizás son otros los “valores” en que hay que formar a la juventud. Quizás se trate de impartir principios. Veamos. Si los principios son esos fundamentos que gobiernan el comportamiento personal, no parece muy razonable que deban formar parte del currículo escolar. ¿Hay que enseñar a ser leal a las amigas? ¿O a ser tolerante? Por mucho que uno tenga esos principios en muy alta estima, dudo que la función de la escuela sea instruir a chicos y chicas en lealtad y tolerancia, por ejemplo.

En alguna ocasión, discutiendo de estas cosas, se me ha dicho que debe formarse no en principios para el gobierno personal, sino en principios para la convivencia, aquellos que constituyen el fundamento de las sociedades democráticas contemporáneas. Se trataría de cuestiones tan básicas como que todos los seres humanos nacemos libres e iguales, y que tenemos una serie de derechos fundamentales que no se nos pueden negar o limitar salvo que medie una sentencia judicial dictada con arreglo a normas aprobadas democráticamente. Pero si se trata de elementos de esa naturaleza, en realidad estaríamos hablando de los fundamentos para la convivencia que han dado lugar a derechos y normas aceptadas universalmente (aunque su cumplimiento real deje mucho que desear en buen número de países). No se trataría, en rigor, de valores éticos y cívicos, como predica la Ministra, sino de elementos básicos del entorno social y, por lo tanto, deberían formar parte del currículo en los aspectos relativos al conocimiento del medio. Nada que objetar a ello.

¿Pero se trataba de eso? Lo dudo. La razón por la que unos y otros, cuando llegan al gobierno, se proponen introducir en el curriculum estas cosas, es porque les anima la voluntad, más o menos explícita, de utilizar a la escuela como herramienta de adoctrinamiento. Como dije hace unos meses aquí, “formar en el espíritu nacional, inculcar el respeto al medio ambiente, llevar a las víctimas del terrorismo a las aulas, promover la igualdad, educar en la solidaridad y la diversidad, predicar una moral de inspiración confesional, españolizar a los catalanes” y otras pretensiones de similar cariz no son sino formas de adoctrinamiento. Se me ocurren unas cuantas más que omitiré por no alargar esta anotación en exceso. Pueden ser muy deseables, o no. Pero tengo una objeción. En ese terreno lo que es fundamental para unas personas es rechazable para otras, y a la inversa; y dado que no iba a ser fácil que nos pongamos de acuerdo acerca de quién ha de decidir qué valores se transmiten y cuáles no, habría que aceptar que sean las autoridades educativas las que tomen esa decisión. ¿Sí? ¿Estamos dispuestos a que sea el gobierno de turno el que decida eso? Sospecho que la respuesta a esa pregunta dependerá del grado en que nos identifiquemos con él.

Pero hay más. Eso que llaman valores son a veces rasgos de carácter y suelen basarse en predisposiciones heredadas. Dudo que se pueda enseñar a ser amable, por ejemplo. Y cuando se trata realmente de virtudes o bienes morales, estoy convencido de que no se enseñan sino que, simplemente, se practican o no se practican. Y al practicarse, se pueden transmitir. Por esa razón, la escuela, como institución, tiene muchas limitaciones para desempeñar esa función. Es muy posible que haya profesoras o maestros que sean capaces de transmitir virtudes morales pero, si lo hacen, ello no será consecuencia de la inclusión en el curriculum de los contenidos correspondientes, sino de su ejercicio real en la práctica cotidiana.

Por lo mismo, son la familia y la cuadrilla los entornos en que se adquieren los principios, virtudes y bienes morales que se ejercitarán a lo largo de la vida. La primacía de la familia, el valor del esfuerzo y de la responsabilidad, la honradez, la compasión, y otras, son virtudes que, si las adquirí o la medida en que las adquirí, es algo que debo a mis padres. La camaradería, la lealtad, la reputación, el respeto a los otros, la libertad, son bienes que valoro gracias a mis amigos, porque con ellos los practiqué y, en la medida en que lo hago, los practico. Y nada acerca de lo que fui aleccionado en las aulas escolares dejó, en esa esfera, la más mínima huella en mi ánimo. No creo ser ninguna excepción.

Llegados a este punto, habrá quien piense que si tratar de formar en valores es una tarea inútil, no debería preocuparnos la pretensión de la Ministra, puesto que implantar la asignatura en cuestión no tendrá efecto alguno. Dice Alberto Cifuentes (@cifuito), que ese afán por encomendar al sistema educativo ciertas funciones que, como la formación en valores, no le son propias, obedece al deseo de desviar hacia la escuela responsabilidades que pertenecen a los ámbitos social y familiar. Es posible que así sea. En todo caso, cada vez que se asigna una nueva tarea al sistema educativo, se hace en detrimento de las funciones más genuinamente formativas; me refiero a la instrucción en materias tales como las lenguas, incluídas las matemáticas; el conocimiento del medio en todas sus dimensiones, y los elementos más sobresalientes de la cultura humana: ciencias, artes y letras. Y eso es algo que no deberíanos permitirnos.

Carta abierta a la alcaldesa de Leioa sobre la prohibición de llevar perros sueltos

Sra. alcaldesa:

Le presento mis respetos y le dirijo esta carta para manifestarle mi enojo y protestar por la permisividad de la autoridad municipal para con los dueños de los perros que campan a sus anchas por el parque de Artaza.

Soy incapaz de decir si me gustan los perros o si me disgustan. Unos me resultan simpáticos y otros antipáticos, no puedo generalizar al respecto. He tenido, eso sí, experiencias traumáticas con algunos aunque, en el fondo, esto es irrelevante a los efectos del asunto que me ocupa hoy.

Siendo un crío un perro gigantesco (con cinco o seis años casi todos lo son) me persiguió con saña hasta que mi padre consiguió, corriendo tras él y valiéndose de un sombrero, alejarlo de mi estela. Cuando era ya adolescente, uno de grandes dimensiones que participaba en una feria canina que se celebraba en Portugalete me lanzó un bocado; lo hizo sin inmutarse ni haber emitido antes señal intimidatoria alguna, como si su intento fuese la mera demostración de su talento o su casta. Solo me rozó la mano, pero el incidente dejó huella indeleble en mi ánimo. Desde entonces trato a los perros con prevención o, mejor dicho, mantengo una actitud de prevención ante ellos porque, de hecho, me abstengo de cualquier trato. El último trago lo pasamos cuando dos canes de gran tamaño salieron, en una zona rural de Asturias, al camino por el acabábamos de pasar y permanecieron allí impidiéndonos regresar a pie al lugar en el que residíamos; tuvimos que llamar a un taxi para que fuera a recogernos a la aldea en la que habíamos hallado refugio de la lluvia intensa que caía sobre nosotros.

Paseamos a menudo. Nos gusta hacerlo por lugares agradables: parques, jardines e itinerarios al borde del mar, a poder ser. Confieso que no somos en esto muy originales. O sea, no nos gusta caminar junto a carreteras; pasan coches y desprenden gases desagradables, además de nocivos; no es la actividad más saludable que hay. Tampoco nos gusta andar a paso rápido entre calles; hay mucha gente y semáforos que entorpecen la marcha. Y es que andamos por placer y también porque el médico así nos lo ha recomendado. La plaza peatonal de nuestro bloque se nos queda pequeña; recorrer todo su perímetro no nos lleva más de tres o cuatro minutos. Y el pasillo de nuestro hogar no es una opción.

Así que salimos de casa, subimos por la calle Estartetxe, accedemos a Basañese, atravesamos Neguri y llegamos a Ereaga. Al llegar al final de la explanada del Puerto Viejo de Algorta damos la vuelta y regresamos. Volvemos por el Antiguo Golf y entramos en Artaza. Como he dicho antes, no nos gusta caminar junto a la carretera y la de la Avanzada es una de las más transitadas del territorio. Pero en Artaza, en el parque de Artaza, hay perros. Perros sueltos, quiero decir. Lo digo porque en las entradas sendos letreros indican en vasco y en castellano que está prohibido tenerlos sueltos en el parque.

La prohibición existe desde hace tiempo. Supongo que desde que el parque es público. Hace unos años, sin embargo, unos cuantos dueños de perros se organizaron y protestaron contra la prohibición. Llegaron a manifestarse tras una pancarta. Pedían que se les dejase tener sueltas a sus mascotas en el parque. Tras unos tiras y aflojas el ayuntamiento accedió a que pudiesen soltar a sus perros en una zona delimitada a tal fin. De hecho, en diferentes lugares ajardinados del pueblo aparecieron, de un día para otro, unos postes de pequeña altura pintados de azul. Marcaban, al parecer, las zonas en que se podía soltar a los perros. También en Artaza aparecieron los postes, en una parte de su zona alta, para ser precisos. Un espacio amplio, despejado, y de fácil acceso. La consecuencia de aquel acto permisivo fue la que cabía esperar: desde entonces, corretean a su antojo por el parque, por todo el parque, casi todos los perros que entran en él. Son excepción los que van atados. Y no los hay en mayor número en la zona habilitada para su solaz; se distribuyen de forma uniforme por todo el recinto.

En cierta ocasión, en un paseo de madrugada se me abalanzó un perro y posó sus extremidades anteriores en mi camiseta, a la altura de mis pectorales. Increpé a los dueños, pero la discusión se saldó con amenazas por su parte. Nos ha ocurrido más veces en Artaza; hace un par de años, en otro paseo matutino, el dueño de un gran perro a quien recriminamos que lo llevara suelto nos ofreció (literalmente) “unas hostias”; declinamos el ofrecimiento, por supuesto, y nos largamos raudos de allí. Pero el susto no nos lo quitó nadie; se puso muy agresivo.

Hemos sufrido más episodios desagradables. Los perros sueltos no siempre saben con quién pueden jugar y con quién no. Tampoco suelen tener demasiado cuidado cuando se lanzan a la carrera a por la rama de turno. Y los dueños no suelen reaccionar con mesura cuando se les recuerda que no está permitido hacer lo que hacen. Si llegan a ofrecer alguna justificación para su comportamiento, lo primero que dicen es que su perro es inofensivo, que solo quiere jugar o que no molesta a nadie. Pero al insistir y señalar que si no es aconsejable confiar en el criterio de un homínido, menos lo es confiar en el de un cánido, suelen reaccionar con enojo, defendiendo la calidad “cuasi-humana” o bondad de su animal de compañía y acusándonos de intolerantes e incomprensivos. No sirve de nada recordarles que hay una norma, que las normas suelen existir por buenas razones, y que están para ser cumplidas.

En algunas de estas tesituras hemos llamado por teléfono a la policía local. Con efectos nulos, he de decir. La última ocasión en que lo hice, hace cosa de un mes, la persona que respondió al teléfono me dijo que tomaba nota y que enviaría un coche cuando quedase libre alguno. Debe de ser la respuesta estándar para tales demandas. Lo cierto es que estuvimos cerca de una hora en la terraza del bar (la casa del guardia en la puerta principal) y no apareció ningún coche. Ni nadie. Los perros siguieron corriendo a su antojo.

Sra. alcaldesa, mi queja no es banal. Lo más probable es que en la vida de un ayuntamiento haya grandes asuntos por abordar: planes urbanísticos, lucha contra la exclusión social (es un suponer), mantenimiento de las infraestructuras viarias, ordenanzas varias y otros de similar o mayor calado. Al lado de esas cosas, que los perros anden sueltos o atados quizás le parezca baladí o, si acaso, algo menor.

Para mí no lo es. Por dos razones. La primera es que me hago mayor y con la edad –nos pasa a muchos- cada vez soy más cascarrabias. Y el caso es que este asunto de los perros sueltos hace que me ponga como una hiena cada vez que paseo por los parques o que me acuerdo de ello. Porque el incumplimiento de la norma, en la práctica, me expulsa de ciertas zonas a cuyo acceso no tengo por qué renunciar: limita injustificadamente mi libertad y mis derechos. Y la segunda es más importante: una norma cuyo incumplimiento se tolera no solo es inútil sino que, además, constituye un mal ejemplo. ¿Por qué habría de respetar otras normas quien sabe que puede vulnerarlas impunemente? ¿Por qué habría yo de respetar las que me desagradan? ¿Por qué habría de bajar la basura a las horas establecidas? ¿Por qué habría de abstenerme de tirar peladuras de plátano en las aceras? En fin, no hace falta que siga: si no se cumplen, las normas están para hacer que se cumplan[1]. O al menos, a mí así me lo parece.

Respetuosamente, se despide su convecino.

Juan Ignacio Pérez

[1] Aunque pueda parecer absurda como conjetura, no lo es; esta proposición de tan simple enunciado es la conjetura de hoy.

La crisis de los emigrantes plantea dilemas difíciles

Apruebo la conducta del presidente del gobierno español en relación con la situación del barco Aquarius y la suerte de sus ocupantes. Y me sobrecoge el drama de quienes queriendo llegar a las costas de Europa se arriesgan a dejar su vida en el intento. Mueren muchas personas procedentes del África Subsahariana, demasiadas. Es inmoral dejar morir a nuestros semejantes si está en nuestra mano salvarlos. Y creo que esto mismo piensan todas las personas para quienes las vidas humanas son el bien más valioso, el mayor a preservar. También creo que esto es lo que piensa o siente la mayoría. Y sin embargo, esos sentimientos no sirven para resolver el problema de la emigración a Europa de personas procedentes del África Subsahariana (los sentimientos no resuelven ningún problema).

Pero dicho lo anterior, creo que no somos conscientes de la verdadera naturaleza del problema de los inmigrantes y de los refugiados. Lo que ocurre en el Mediterráneo y también en otros lugares –recordemos lo que está pasando en los Estados Unidos con los hijos que están siendo separados de sus madres- nos coloca ante dilemas morales de muy difícil solución. Por un lado, nos compadecemos de quienes se encuentran en peligro de muerte; también nos conmueve la situación de quienes fracasan en su intento por llegar a nuestros países. Pero por el otro, la experiencia muestra que cada vez que se agudiza (o se nos presenta como más agudo) el fenómeno de la migración masiva, mejores resultados electorales cosechan las opciones políticas más frontalmente opuestas a aceptar emigrantes. Algunos incluso ganan las elecciones (como en Italia) o llegan a provocar una crisis seria en gobiernos proclives a aceptar extranjeros (como en Alemania). ¿Qué nos pasa? ¿Somos insensibles ante este drama? ¿Somos acaso unos desalmados? ¿Lo son la mayoría de nuestros conciudadanos europeos?

La respuesta no es sencilla. Ante estos dilemas actúan mecanismos morales complejos. Y como suele ocurrir, los problemas complejos no admiten respuestas sencillas. Operan en estos casos dos sentimientos en conflicto.

Uno es el que nos conduce a rechazar al otro, al que no forma parte de nuestro grupo. Es un sentimiento universal; es parte de nuestra naturaleza y tiene hondas raíces evolutivas. Las mismas tendencias prosociales que favorecen la cohesión del grupo al que pertenecemos provocan el rechazo de quienes no forman parte de él. En nuestra historia los otros han sido normalmente fuente de peligros más que de beneficios. Y hemos generado mecanismos de rechazo. Esos mecanismos siguen operando hoy: son los que han permitido a las opciones xenófobas ganar las elecciones en Italia y, eventualmente, propiciarán el mismo resultado en otros países. No debemos engañarnos al respecto. Los discursos que pretenden justificar la oposición a los emigrantes invocando efectos llamada, competencia por los puestos de trabajo, dilapidación de los recursos públicos, su peligrosidad y otros similares son justificaciones post hoc, elaboraciones que buscan racionalizar una tendencia innata, muy básica, a rechazar a los otros, que carece de base racional.

Y también hay sentimientos contrarios al de rechazo. Son sentimientos de compasión por quienes sufren o se arriesgan a perder sus vidas. La compasión puede tener un origen puramente emocional, basado en la empatía que se experimenta cuando nos ponemos en el lugar del otro (en sus zapatos, que diría un anglohablante). Y también puede tener un origen racional, basado en la consideración de que todos los seres humanos deberíamos tener los mismos derechos y poder acceder a las mismas oportunidades.

Esos sentimientos, aunque nos parezca extraño, pueden anidar en las mismas mentes. En ciertos momentos podemos inclinarnos por la compasión y en otros por el rechazo. Y cuando llega la ocasión en que debemos ejercitar una opción concreta (al opinar en una tertulia de bar, responder a una encuesta, votar en unas elecciones, por ejemplo) nos inclinamos por una u otra solución al dilema dependiendo de factores diversos y, en general, azarosos. Pero lo que nos indica la experiencia es que, en términos netos (agregados), tendemos en mayor medida a optar por el rechazo que por la aceptación. De no ser así, la llegada de extranjeros no ejercería los efectos electorales que de hecho ejerce.

Por eso, hay que hacer uso de mucha inteligencia a la hora de adoptar medidas relacionadas con este asunto. Hay, sí, que salvar cuantas vidas humanas sea posible. Pero también hay que aplicar políticas migratorias que tengan en cuenta que los dilemas a los que nos enfrentamos no son eludibles; están ahí y surten efectos. No basta con desear que las cosas sean de una manera. Tampoco es posible actuar como si esos dilemas no existiesen. Actuando así no solo no se resuelve nada; se puede empeorar mucho más.

Dicho lo anterior, si alguien siente curiosidad por saber cuáles creo yo que serían esas medidas inteligentes que permitirían una gestión moralmente aceptable y políticamente útil de crisis migratorias como la que vivimos, lo siento, no podré satisfacer esa curiosidad. Porque las desconozco.

Periandro, Trasíbulo y las espigas

Javier Murcia Ortuño ha escrito un libro que leí hace unos meses con verdadero placer. Adjunto a continuación un pasaje tomado de la página 106 del libro.

Hacia el año 625 un hombre llamado Cípselo arrebató el poder a los aristócratas y condujo a Corinto a la cima de su prosperidad. Heródoto resume la vida de Cípselo con estas palabras:

“Persiguió a muchos corintios, y a muchos les robó sus bienes, y a la gran mayoría también sus vidas. Gobernó durante treinta años y trenzó bien su vida”.

Pero se complace particularmente en la historia de Periandrio, su hijo. Al principio fue más benigno que su padre, pero luego recibió sabios y crueles consejos de Trasíbulo con el fin de preguntarle cómo podía administrar más firmemente las cosas. Trasíbulo hizo salir al heraldo fuera de la ciudad hasta un campo de trigo y, allá donde veía una espiga más alta que las otras, la cortaba. Luego despidió al mensajero sin decirle una palabra. Periandrio entendió lo que Trasíbulo había hecho: le aconsejaba que asesinara a los más destacados de los ciudadanos. De modo que todo cuanto su padre Cípselo había omitido en sus persecuciones y matanzas, Periandrio lo llevó a cumplido término.

Aunque es un pasaje instructivo, dudo mucho que quienes practican la enseñanza de Trasíbulo hayan tenido que leerlo. Muchas personas lo llevan de serie. O quizás lo llevamos. Vaya usted a saber.

 

Fuente: Javier Murcia Ortuño (2007): De banquetes y batallas: La antigua Grecia a través de sus anécdotas. Alianza Editorial (3ª edición 2014)

No aceptan que les contradigan, disgusten, enojen u ofendan

En la reseña editorial del libro de próxima aparición de Greg Lukianoff y Jonathan Haidt, The Coddling of the American Mind: How Good Intentions and Bad Ideas Are Setting up a Generation for Failure, se dice que a la generación que viene le han sido enseñadas tres grandes falsedades: que sus sentimientos siempre están bien; que deben evitar el dolor y la incomodidad, y que deben buscar los errores que cometen los demás pero no los que cometen ellos. Estas tres Grandes Falsedades serían parte de una forma de pensar más general que ve a los jóvenes como criaturas frágiles que deben ser protegidas y supervisadas por adultos.

Esas falsas nociones estarían haciendo mucho daño a adolescentes y jóvenes al enseñarles lo contrario a lo que nos dice tanto la sabiduría antigua, como los modernos hallazgos psicológicos sobre el coraje, el crecimiento personal y la antifragilidad[1]. Como consecuencia de esas enseñanzas, ha crecido la incidencia de la depresión y la ansiedad entre los jóvenes, a la vez que se producen de forma permanentes conflictos en los campus motivados por discrepancias morales y recriminaciones mutuas. Sostienen Lukianoff y Haidt que se ha extendido una cultura de la “seguridad” y que la intolerancia a puntos de vista diferentes ha dejado a muchos jóvenes sin preparar para la vida adulta.

Haidt, en concreto, está muy preocupado con la creciente ola de intolerancia en los campus norteamericanos hacia la expresión de opiniones que resultan incómodas o que van en contra de los valores y posturas ideológicas dominantes. Y está muy comprometido con la promoción de la libertad de expresión en los ámbitos académicos. Por esa razón es uno de los promotores de la Heterodox Academy, una asociación de docentes de universidades norteamericanas que se ha propuesto promover la diversidad de puntos de vista en los campus.

[En el vídeo aparece Christina Hoff Sommers, filósofa y votante inscrita en el Partido Demócrata (habría sido exactamente igual si hubiese estado inscrita en el Partido Republicano o en ninguno de los dos), a quien no se permite dar una conferencia siendo tildada de fascista por las activistas que boicotearon su intervención.]

Hasta hoy pensaba que se trataba de un fenómeno estrictamente anglosajón[2] y que, incluso, su magnitud podría haberse exagerado, pero he vivido hoy una experiencia que me ha hecho pensar lo contrario. La experiencia en cuestión, algo más adelante; entre tanto un breve intermezzo aclaratorio.

Hasta hace unos pocos años las limitaciones a la libertad de expresión en los campus universitarios vascos han consistido, sobre todo, en algaradas y boicots de grupos de estudiantes a conferenciantes a los que rechazaban por razones estrictamente ideológicas, y también contra actos institucionales en los que los responsables académicos debían intervenir[3]. Lo que está ocurriendo en el mundo anglosajón tiene otro cariz: no solo se rechaza aquello que se asocia con posturas ideológicas opuestas, sino también lo que ofende o atenta contra la sensibilidad de los jóvenes estudiantes.

He tenido ocasión de vivir en primera persona una experiencia desconcertante que me ha hecho pensar que algo parecido puede que acabe pasando entre nosotros. He impartido una charla que trataba sobre las adaptaciones humanas a la carrera de fondo ligada a la caza por persistencia. Y como suelo hacer cuando trato ese tema, he incluido al final de la charla un vídeo en el que se muestra a una partida de Koi San que persiguen durante nueve horas a un kudú y, tras la persecución, uno de ellos lo abate de un lanzazo. Durante los últimos minutos, aproximadamente la mitad de los asistentes, estudiantes de alrededor de 16 años, se han tapado los ojos y han evitado contemplar la escena de la muerte del kudú. Tras las preguntas les he interpelado al respecto de su actitud, preguntándoles si a su juicio esa escena debía evitar ser mostrada. Los que se han tapado los ojos han dicho que sí, que hubiesen preferido no haberla visto y que habría sido mejor no haberla proyectado. Alguno de los interpelados, literalmente, me lo ha espetado. Se puede ver la secuencia de la caza completa en el vídeo (es el que he proyectado), pero basta con los últimos tres minutos, que es cuando se han tapado los ojos.

Cuando hablo de estas cosas con las maestras de primaria que conozco me dicen que cada vez más progenitores evitan activamente exponer a sus retoños a escenas “duras” o experiencias vitales difíciles o traumáticas, llegando en algún caso a ocultar la muerte de algún familiar muy próximo y querido.

Y he empezado a pensar que Haidt no exagera y que, igual que ocurrió con el tabaco rubio y el rocanrol, a nuestros campus también llegarán tiempos de ortodoxia política y uniformidad moral y, sobre todo, de jóvenes ofendidos e impresionables que no quieren exponerse a los rigores de la diversidad, la diferencia o, simplemente, el lado menos edulcorado de la vida.

Post Scriptum:

No me gusta opinar acerca de los jóvenes, sobre todo si las opiniones son negativas. Como dice Sergio Parra en esta anotación (me la ha recordado un usuario de tuiter), criticar a los jóvenes y compararlos desfavorablemente con las generaciones anteriores es un clásico en la historia de la humanidad. De hecho, tengo buena opinión de los jóvenes en diferentes aspectos: creo que, en general, tienen actitudes más prosociales y están mejor formados que lo estábamos los de mi generación; también creo que son más creativos, por ejemplo. Pero de la misma forma que tengo esas buenas opiniones, percibo las señales a que me he referido en esta ocasión y, sobre todo: (1) en rigor no son los jóvenes los criticados, sino sus progenitores, y (2) en este texto se aportan datos -creo que objetivos- como la mayor incidencia de depresión y ansiedad (que psicólogos profesionales relacionan con los problemas citados) y la mayor frecuencia de casos de intolerancia hacia opiniones contrarias y, sobre todo, hacia aquello que creen ofensivo o hiere su sensibilidad.

Pero ciertamente, puedo estar incurriendo en el viejo vicio de Platón o Cicerón. Nadie es perfecto.

Notas:

[1] He optado por traducir así antifragility, aunque dependiendo del contexto quizás podría valer resistencia o, mejor incluso, resiliencia.

[2] New Scientist se ha hecho eco en el editorial de su último número de ese mismo fenómeno en el Reino Unido.

[3] Grupos relacionados, principal pero no exclusivamente, con la corriente política que dio cobertura ideológica y sigue justificando la violencia terrorista que se practicó en Euskadi durante medio siglo.