Al SARS-Cov2 no has dejado de interesarle

Covid19 sigue su progresión en el mundo. En este momento, la rápida expansión en América es responsable de gran parte de esa progresión. Y lo que pueda ocurrir en África sigue siendo una incógnita. Por otra parte, según una investigación realizada en el MIT cuyas conclusiones han sido recogidas por el semanario británico The Economist, por cada caso registrado de Covid19, doce no se registran, y por cada dos fallecimientos a causa de los daños provocados por el SARS-Cov2, un tercero es atribuido erróneamente a otras causas. Salvo que se produzca alguna innovación médica trascendental, dentro de un año el número de casos habrá ascendido a entre 200 y 600 millones. No conviene hacer predicciones a más largo plazo porque es posible, aunque no sea seguro, que para la próxima primavera ya exista alguna vacuna efectiva.

Por otra parte, a día de hoy ya hay más de medio millón de muertes confirmadas en el mundo a causa del nuevo coronavirus, aunque la cifra real estará, seguramente, más cerca del millón. Y se estima que para la próxima primavera entre 1,4 y 3,7 millones de personas habrán fallecido, lo que implica que el número de muertes ocasionadas por infecciones del sistema respiratorio se duplicará en comparación con las que venían siendo habituales. Dado que en el mundo mueren cada año alrededor de 56 millones de personas, la Covid19 va a contribuir de una manera muy significativa a la cifra total de muertes en el mundo durante los años 2020 y 2021, al menos.

A las cifras anteriores habría que añadir los fallecimientos que se produzcan debido a los efectos colaterales, ese alto precio que la humanidad en su conjunto acabará pagando como consecuencia de los efectos sobre la economía y la salud a causa de las medidas implantadas para hacer frente a la pandemia (a algunos de esos efectos me referí aquí). Y a pesar de todo, transcurridos esos dos años, y salvo que se cuente con una vacuna efectiva, un 90% de la población mundial seguirá siendo potencialmente vulnerable a la infección, o más, incluso, si la inmunidad adquirida resulta ser transitoria.

No son pocos los que hablan de la pandemia en pasado. Otros, sin llegar a tanto, sostienen que lo peor ha pasado ya, porque aunque no cabe hablar aún de inmunidad de grupo, sí cabría pensar que los casos que se registran ahora son más benignos, quizás por contar con cierto nivel de inmunidad no detectable en forma de anticuerpos. En mi opinión son tantas las incógnitas en relación con las características del SARS-Cov2, con su caótica forma de propagación -como chispas que a veces prenden y a veces no (como conté aquí)-, que no es posible hacer predicciones fiables. Mucho de lo que se dice no dejan de ser especulaciones, en algunos casos teñidas de indudable wishful thinking y en otros, de lo contrario, de un insano espíritu agorero».

Lo cierto es que una mirada a nuestro alrededor nos muestra que el SARS-Cov2 no ha detenido su expansión, ni parece tener visos de hacerlo pronto. Cada pocos días surgen brotes. Afortunadamente, hasta ahora, están siendo controlados mediante trazado y aislamiento de contagiados o, en los casos más preocupantes, mediante confinamientos locales. Nos encontramos en la situación que anticipaba a mediados del pasado mes de abril, un mes después del comienzo del confinamiento. Esto es lo que escribí entonces:

Viviremos, por lo tanto, en el filo de la navaja durante meses, con fluctuaciones en las cifras de contagios, hospitalizaciones y fallecimientos. Las autoridades deberán observar con atención el curso de la pandemia; necesitarán datos fiables de personas contagiadas en cada momento y de quienes ya han pasado la enfermedad. Deberán reforzar los servicios de salud y los suministros de material sanitario y de protección. También necesitarán sistemas para trazar los contagios. Y en función de lo que vaya ocurriendo, ajustarán la severidad de las medidas de distanciamiento social y control de movilidad.

Vemos que en unos países y otros se producen brotes que obligan a implantar esas medidas: Guetersloh, Pekín, Lisboa, Lleida, Mariña lucense o Melbourne son ejemplos de localidades o zonas confinadas para prevenir limitaciones de mayor extensión. En Euskadi, un brote en Ordizia ha disparado la alarma y se han realizado centenares de pruebas de ARN viral a quienes han pasado por una zona de bares en días pasados.

La recuperación de la actividad conlleva recuperar también la movilidad y las relaciones sociales. Y no es posible eliminar completamente la posibilidad de contagios. Por un lado, dado el crecimiento de la pandemia en otros países, no dejaremos de importar casos (de la misma forma que los hemos exportado y exportaremos). Y por otro lado, aunque mucha gente ha adquirido hábitos y normas de conducta protectora, bastantes muestran una gran despreocupación, cuya manifestación más extrema son las aglomeraciones que se han producido en algunas localidades con ocasión de sus fiestas patronales «extraoficiales». Cabría hablar de “preocupante despreocupación”.

Uno tiende a pensar que todos procuramos preservar nuestra salud y la de los seres queridos y allegados. Me parece que es lo lógico; pero constato que no todo el mundo entiende esa preocupación del mismo modo. Para mucha gente, no parece haber relación entre los comportamientos sociales y la transmisión del virus. O quizás es que piensan que a ellos no les va a tocar, sin ser conscientes de que su comportamiento tiene consecuencias que van más allá de lo estrictamente personal. La pandemia tiene, como otros fenómenos en los que interactúan múltiples elementos, propiedades emergentes. Parece que bastantes individuos no alcanzan a calibrar los efectos epidémicos de su comportamiento en lo que a esas propiedades se refiere.

Los brotes, por tanto, se seguirán produciendo. Esta misma semana, el semanario británico The Economist expresaba de esta forma la situación en que nos encontramos:

Covid-19 está aquí para una temporada al menos. Los vulnerables tendrán miedo de salir y la innovación se ralentizará, lo que generará una economía al 90% que sistemáticamente se queda sin alcanzar todo su potencial. Mucha gente caerá enferma y algunos morirán. Es posible que la pandemia deje de interesarte. A ella no dejarás de interesarle tú.

El coronavirus no desaparecerá por arte de birlibirloque. Quizás no acabe, entre nosotros, con tantas vidas como hasta ahora pero, si se le deja, no dejará de transmitirse ni de causar muertes. Las consecuencias de todo orden –sanitarias, demográficas, económicas y sociales- son potencialmente devastadoras. Quizás te hayas cansado de la pandemia; es posible, pero aunque así sea, al SARS-Cov2 le sigues interesando.

El confinamiento tenía, al menos, una cosa buena

El mejor indicador de la vuelta a la normalidad es, probablemente, el retorno del ruido.

Este año, además, como no hay festejos patronales, ese elemento no se añade al festival horrísono de cada día, por lo que, efectivamente, podemos atribuir el ruido a las normales actividades cotidianas. No hay coartadas festivas.

Cada día, a las cinco y media de la mañana, empiezo a practicar mi dosis diaria de bicicleta estática. Lo hago con la puerta de la terraza y la ventana abiertas, sea cual sea la temperatura exterior. A esas primeras horas, cuando todavía no ha amanecido ni siquiera en los días próximos al solsticio de verano, ya cantan los mirlos del barrio. Se les oye por encima de un sordo rumor, el del tráfico que circula por la carretera próxima a nuestra casa. Quizás no hayan puesto todavía las aceras a esas impías horas, pero es seguro que las carreteras ya las han instalado.

A las seis en punto de la mañana se dispara un dispositivo automático. Desconozco su función o razón de ser. A partir de ese momento empieza el ruido.

Salimos, después del desayuno, a caminar. Nos saludan, bien las sopladoras de hojas –esos artilugios que cambian de sitio las hojas caídas de los árboles- bien las máquinas que pasan detrás, recogiéndolas, quizás, con sus escobas circulares. Hay pocos artefactos tan ruidosos y, a la vez, tan madrugadores. Te los puedes encontrar a cualquier hora a partir de las siete de la mañana o quizás antes.

Luego viene el tráfico, las taladradoras –siempre hay una zanja que abrir-, las segadoras de jardines y máquinas de podar. Desde que salimos de casa hasta la vuelta, diez kilómetros después, no deja de aumentar el ruido a la vez que disminuye el canto de los pájaros. Es milagroso que insistan tanto, los pájaros.

Ya en casa, ante la pantalla del ordenador, hay que cerrar la ventana. De lo contrario puedes llegar a enloquecer. Pero incluso así, tampoco es raro que cerca de tu vivienda haya, en el mismo vecindario, trabajos de reforma con martilleos y ruidos de máquinas en un frenesí casi permanente.

En ciertos días señalados, normalmente sábados o domingos de la primavera y el verano, plazas y calles acogen la celebración de actividades o pruebas deportivas. Se sabe de lejos que las hay por dos motivos. Suelen instalar estructuras hinchables de colores chillones y formas variopintas. También se oye la música, es un decir. Se oye a kilómetros de distancia dependiendo de la orografía, y de la densidad y altura de los edificios. La hacen sonar –supuestamente para amenizar el evento deportivo- a volúmenes ofensivos. Suelen ser ritmos machacones, repetitivos. Horrendos.

Este es un pequeño muestrario de la galería de los horrores sonoros en que se han convertido nuestras localidades. Podría seguir, pero no es necesario.

Hay ruido por doquier. Lo sufrimos a todas horas. Da la impresión de que nuestra especie ha inventado todo tipo de artilugios cuyo último y verdadero fin no es el declarado, sino hacer ruido.

En consonancia, la gente habla cada vez más alto. En el metro o el autobús puedes oír casi todas las conversaciones, las que mantienen quienes viajan juntos o, en clara demostración de la escasa confianza que tienen muchos usuarios en la eficacia de las telecomunicaciones, las que se producen a través del teléfono móvil. Vivimos, cada vez más, entre sordos.

El ruido es veneno para el alma; con esa certera frase expresa mi amiga Itziar el efecto que causa en nuestras mentes. Es una peligrosísima forma de contaminación en contra de la cual no hay campañas ecologistas dignas de tal nombre. El ruido descompone. Deteriora la mente de forma irreversible. Parece no preocupar a nadie.

Es veneno, el verdadero mal de nuestro tiempo. Acabará, me temo, con la integridad mental de los seres humanos. Y, junto con la burocracia, provocará el fin de nuestra civilización.

El confinamiento tenía, al menos, una cosa buena.

Libertad condicional

Llevamos ya unos días –no recuerdo cuántos son- de libertad; de cierta libertad, para ser precisos, porque no podemos ir a donde queramos. Podemos salir a cualquier hora, viajar por nuestro territorio (a los efectos, provincia) y, esta semana, hasta hemos podido sentarnos en dos o tres ocasiones en la terraza de nuestro local pub. Pero a pesar de mi natural optimista, lo que veo en la calle me preocupa. Me da miedo la actitud que detecto en la mayor parte de convecinos con los que me cruzo o a los que veo en la calle. Quizás no sean, precisamente, los más prudentes; quizás los temerosos ni siquiera salgan de sus casas. Pero los que nos encontramos en nuestros paseos matutino y vespertino exhiben, de forma mayoritaria, un comportamiento imprudente; diría, incluso, que temerario, una actitud que se acentúa con el paso de los días.

Muy poca gente mantiene la distancia, tampoco cuando se encuentran cara a cara. Menos aún en las terrazas, donde se aglomeran jóvenes y mayores sin tomar ninguna precaución. Al principio, las terrazas mantenían la distancia entre mesas y eso limitaba su número; ahora son excepción las de mesas separadas. Lo que en pleno confinamiento era precaución, rayana, a veces, en la obsesión, se ha convertido en temeridad. La afluencia a playas y zonas de esparcimiento que hemos visto estos días refleja la misma actitud imprudente.

La gente le ha perdido el miedo al virus. A la vista de las tendencias de contagios, hospitalizaciones y fallecimientos por covid19, y de la constatación de que solo un 5% ha sido contagiado en el algún momento en los tres meses transcurridos desde finales de febrero, la gente es consciente de que la probabilidad de contagiarse es baja. Según bulos difundidos por uatsap la pandemia se disipará en las próximas semanas.

Las circunstancias que favorecen la propagación del virus son los espacios cerrados, mal ventilados, en los que hay mucha gente. Y también los lugares en los que se producen aglomeraciones. Esas son las condiciones que se dan en residencias de mayores (en Euskadi un tercio de las muertes se ha producido en estas residencias y en otras comunidades autónomas ese porcentaje seguramente es similar) y en hospitales, donde, además, hay áreas con muchos enfermos de covid19 y, por lo tanto, muchos virus en el ambiente.

Considerados en conjunto, probablemente la mitad de los contagios en España se han producido en residencias y hospitales. Los hogares también son focos de contagio importantes, porque allí donde vive una persona infectada puede transmitir con facilidad el virus a quienes viven con ella. Es muy probable que ocurra en la fase anterior a la aparición de síntomas o por personas contagiadas que no llegan casi ni a enterarse de que lo están. En China, la mayoría de los contagios se han producido en los hogares, seguidos de los ocurridos en el transporte público. En todos esos casos confluyen las circunstancias citadas.

¿Quiere decir lo anterior que fuera de esos lugares el riesgo es despreciable? En absoluto. Antonio Martínez Ron ha publicado estos días un artículo que animo a leer. Trata de las peculiaridades de la expansión del SARS-CoV2 y de la importancia de ciertos eventos de superdispersión. El epidemiólogo Adam Kucharski, de la London School of Hygiene & Tropical Medicine, uno de los mayores especialistas en epidemias y autor de The Rules of Contagion, explicaba en un hilo breve en tuiter algunas peculiaridades del brote y expansión del virus en los Estados Unidos, peculiaridades extrapolables a otros lugares:

https://twitter.com/AdamJKucharski/status/1265925029088329736

El epidemiólogo indica que la aparición de nuevos brotes y la expansión del virus no se producen de una forma continua o uniforme, sino que tiene un cierto carácter caótico, aleatorio, como chispas que a veces prenden y a veces no. Puede ocurrir que varias personas contagiadas no transmitan el virus a nadie o lo hagan solo a una persona, pero otros lo contagien a muchas. Se ha utilizado, para denominar a estos últimos, el término “supercontagiadores”. Yo prefiero recurrir a la expresión «eventos de superdispersión». Son contagios que se producen en un acto en el que participan grupos de personas; pueden ser celebraciones, como funerales, ceremonias religiosas, juergas nocturnas, despedidas de trabajo, reuniones de cuadrillas o hasta ensayos o actuaciones del coro. Son reuniones en las que hay contacto físico o, sin llegar a haberlo, cantan o unos se hablan en voz a alta a los otros cara a cara, incluso aunque mantengan una cierta distancia. En esas circunstancias, una persona contagiada puede emitir a la atmósfera, simplemente hablando, numerosísimas partículas virales, y hacerlo a una distancia tal, que propicien el contagio.

Por esa razón es muy importante evitar las situaciones en las que la gente se abraza, se palmea, se besa, habla en voz alta cara a cara y sin mascarilla, canta en grupo, se habla al oído, etc. En resumen, aparte de los lugares cerrados antes dichos, los entornos de cuadrillas, sociedades, txokos, clubs sociales, y hasta las terrazas o espacios al aire libre en los que se produzcan esas prácticas, que son de riesgo, la probabilidad de contagio es alta. Ciertamente la probabilidad es nula si no hay ningún contagiado en el grupo, pero eso nadie puede saberlo. Es cierto, también, que la probabilidad de que haya alguien contagiado es muy baja, pero no es nula. Y, por lo tanto, si esos eventos susceptibles de provocar una superpropagación se repiten sin medida, el contagio múltiple se producirá con toda seguridad, antes o después.

Por lo tanto, si queremos evitar retrocesos en la vuelta a una vida de libertad y de cierta seguridad, es preciso actuar con responsabilidad. Y en lo que a esta actitud se refiere, hay tres niveles, ninguno de los cuales ha de descuidarse.

Un nivel es el de la responsabilidad individual. Es necesario ser conscientes de que el incumplimiento de las normas de higiene, protección y distancia física conducirá, de manera inexorable, a nuevos episodios, que pueden, a su vez, reactivar la pandemia hasta niveles que obliguen a nuevas restricciones de movilidad y actividad.

Muchos piensan que los incumplimientos se producen por comodidad, egoísmo o falta de respeto a los demás. Nadie es perfecto (que se lo digan a Jerry) y es fácil engañarse a uno mismo convenciéndose de que no hace daño a nadie al reunirse con los amigos en una francachela o cuando se acalora en una discusión, máxime cuando vemos en la televisión o en la prensa que cada vez hay menos contagios, hospitalizaciones y muertes. Pero lo cierto es que la gente tiende a comportarse con civismo cuando se les recuerda con claridad que ciertas prácticas entrañan riesgo y que ese riesgo, aunque no lo corran ellos directamente, puede acabar provocando un daño social enorme, tanto por las vidas que pueden perderse como por el deterioro económico que se puede derivar de nuevas restricciones.

La consideración anterior nos conduce al terreno de las responsabilidades institucionales en lo relativo al comportamiento de los ciudadanos. Es el segundo de los tres niveles a que aludía antes. A las instituciones compete la labor, principalmente educativa y persuasiva, de recordar a la ciudadanía que esta crisis no ha terminado, que seguimos estando en situación de alto riesgo, y que las normas deben cumplirse. En mi pueblo el ayuntamiento ha colocado carteles con instrucciones en la calle y en el mercado. Aplaudo la iniciativa, pero no debe quedarse ahí. Esos carteles deben estar en todas partes. Dan Ariely sostiene que es importante dar a la gente instrucciones claras; será así más fácil que las cumpla. Y tal y como leí en uno de sus libros, si vemos textos que nos recuerden nuestras obligaciones, es más probable que las cumplamos. Se reduce así la probabilidad de que el autoengaño encuentre coartada en el desconocimiento o la mala memoria. En otras palabras, si se nos recuerdan las normas una y otra vez, es más difícil que nos engañemos a nosotros mismos. Podremos seguir sin cumplirlas, pero lo haremos con plena (in)consciencia.

En este nivel de responsabilidad institucional hay un escalón adicional. Es posible que la pedagogía en soporte escrito no sea la más eficaz. Pues bien, las instituciones públicas cuentan con empleados, -me refiero a los policías-, que bien pueden advertir de los incumplimientos a quien incurre en ellos, incluidos los dueños de los establecimientos que no respetan las normas de aforo. Es más, la sola presencia de la policía puede ser razón suficiente para refrescar la memoria de los olvidadizos. A lo largo de estas dos semanas de paseos no he visto a ningún agente fuera de su automóvil merodeando por las terrazas, aunque me consta que en alguna ocasión han salido. Y en alguna de ellas, su actuación ha sido providencial. No descarto las sanciones, por supuesto, pero creo que no son necesarias; el mero recordatorio o advertencia pueden obrar, si no milagros, sí efectos. Insisto: esto es responsabilidad institucional; lo que está en juego es demasiado importante como para inhibirse.

Hay más responsabilidades institucionales, aunque estas exceden el nivel municipal. Por un lado, es esencial que se expongan bien, con claridad y orden las medidas que se van adoptando. Los mensajes no pueden ser tan confusos que alguien de inteligencia media, como quien suscribe, tarde en comprender qué puede y qué no puede o debe hacer. Y han de explicarse también las razones de esas medidas. Muchos no entienden, por ejemplo, que se pudiera ir a las terrazas y no se pudiera hacer otras cosas de índole recreativa de riesgo equivalente. Y sin embargo, esa aparente contradicción tiene su razón de ser: dadas dos actividades de riesgo semejante, se han priorizado aquellas que facilitan la reactivación del consumo. No se escandalice nadie: hay puestos de trabajo directos en juego, ingresos para las arcas públicas de las que dependen otros puestos de trabajo, y hasta las pensiones del futuro. Así pues: explíquense las decisiones. Cuando se explican las cosas, mucha gente las entiende, y lo que se entiende se cumple de mejor grado, aunque no guste.

Por último, hay otro nivel de responsabilidades, el tercero en la escala que he citado antes. Las anteriores eran personales o, si institucionales, se referían a asuntos relativos al comportamiento de los individuos, a la forma en que las instituciones pueden influir en ellos, y a la medida en que los incumplimientos pueden ser evitados gracias a la intervención institucional. Las de este tercer nivel se refieren, exclusivamente, al ámbito institucional. Me refiero a las de control del curso de la pandemia.

En lo sucesivo, los poderes públicos han de garantizar (utilizo el término con plena consciencia) que cada caso de covid19 detectado es seguido del consiguiente rastreo de contactos, identificación de contagiados mediante análisis de ARN viral (pruebas PCR) y trazado de la cadena o red de contagios. Hay que cortar de raíz los nuevos brotes que se produzcan. No todos los contagios serán comunitarios. Es inevitable que se importen casos de otros países, pero es esencial identificar y romper las redes de contagio. Y, a la vez, el sistema de salud, que por tantas dificultades ha pasado en los meses anteriores, ha de contar con los medios adecuados para hacer frente a nuevas oleadas; hablo de protección, y de formación del personal sanitario. Esto es esencial, y no es responsabilidad de los individuos, sino de las autoridades.

Solo cumpliendo esas normas se conseguirá limitar los contagios, evitando las restricciones al movimiento y la actividad, ganando tiempo de ese modo para posponer contagios hasta contar con vacunas o tratamientos eficaces.

En lo anterior, he tratado de diferenciar niveles individuales e institucionales de responsabilidad. Ni los individuos debemos hacer recaer en las instituciones toda la responsabilidad, ni estas han de hacer lo propio con los individuos. Cada nivel ha de ejercer la parte que le corresponde.

Disfrutamos de una cierta libertad, pero no es completa. Además, sobre nosotros pende la amenaza de nuevas restricciones. Que la acabemos recobrando en su integridad o no depende del comportamiento de todos, personas e instituciones. Es muy importante recordarlo: no disfrutamos de libertad plena, nos encontramos en libertad condicional.

Confinamiento, ideología y moralidad

En esta anotación quiero desarrollar una tesis, que se puede formular de la siguiente forma:

Considerando el espectro ideológico, cuanto más a la izquierda está una persona, más favorable es a las medidas de confinamiento y, en general, a la cautela a la hora de recuperar la actividad normal”.

Pero vamos por partes. Empezaré dando un pequeño rodeo; espero no aburrirles.

Cada vez que se da un paso hacia un régimen más abierto afloran preocupaciones y protestas. Muchos preferirían mantener las medidas restrictivas o, cuando menos, avanzar más lentamente hacia los niveles normales de actividad. Temen que se pierda en poco tiempo lo que “tanto esfuerzo ha costado conseguir”. En los países en que se ha implantado el confinamiento ha salvado muchas vidas, de momento (véase, al respecto de ese «de momento» el comentario de Masgüel). Y en general, cuanto antes se implantó mejores han sido los resultados. Sin duda.

Pero como ya he señalado antes de ahora, las restricciones no se pueden mantener de manera permanente. Antes o después debe recuperarse el ritmo vital de pueblos y ciudades. Quienes se inclinan por un proceso más cauteloso oponen salud a economía y dicen optar por la primera. Pero ya hemos visto que las cosas no son tan sencillas. Limitar la actividad tiene “efectos colaterales”.

Hoy se han hecho públicos los datos de Momo actualizados y corregidos para incorporar miles de muertes que, por retrasos en su comunicación, no habían figurado en los registros civiles. El panorama que emerge de esas cifras es tremendo. Entre el 13 de marzo y el 22 de mayo se han producido en España 120.851 muertes. El número esperable, a partir de los valores medios de años anteriores, era de 77.817. Por lo que se ha producido un exceso de 43.034 muertes. El número oficial de muertes atribuidas a Covid19 es de 27.117, por lo que durante estos meses se han producido 15.917 fallecimientos que, o bien han sido causados por Covid19 pero no han sido contabilizados, o se han debido a otras causas, muy probablemente derivadas de la pandemia o de las medidas de confinamiento.

La línea negra representa el número de muertos diarios tal y como constan en los registros civiles; la azul representa el número de muertes que cabría esperar a partir de los datos de años anteriores. Fuente: Momo.

En España hay médicos que manifiestan su inquietud por la situación de los pacientes que están dejando de acudir a consulta o, incluso, a los servicios de urgencias durante estas semanas. Porque para algunos de ellos, esa situación puede acabar resultando fatal. También en Inglaterra temen que haya pacientes de cáncer que puedan morir por retrasos en el tratamiento. Y una nota publicada en The British Medical Journal advertía de que parte importante del exceso de fallecimientos registrado durante la pandemia en el Reino Unido no era atribuible a covid19, sino que se debía a otras causas.

Me cuesta creer que aquí podamos llegar a vivir situaciones como las que sufren la India o Sudáfrica, o las que pueden darse en países en desarrollo. Pero la diferencia es cuantitativa. En esos países, millones de personas se encuentran a una distancia mínima del hambre y la enfermedad. Nosotros estamos mucho más lejos. Pero no a salvo. Si en esos países los cierres solo han podido mantenerse durante un mes o mes y medio, en el nuestro serían algunos meses más, pero no por tiempo indefinido. Los servicios de salud consumen recursos; y esos recursos solo los puede proporcionar una sociedad económicamente productiva. Aunque no dependa solo de ellos, la esperanza de vida tan larga de que gozamos tiene mucho que ver con la calidad de nuestros sistemas asistenciales.

Según una encuesta en Castilla y León conocida esta semana, cuanto más a la izquierda se encuentra en el espectro ideológico una persona, más partidaria es de las medidas de “desescalada” aprobadas por las autoridades autonómicas. El porcentaje de acuerdo se eleva desde el 38% de los votantes de Vox, hasta el 84% del de los de Podemos.

Dado que en Castilla y León esas medidas retrasan la recuperación de la actividad normal en comparación con otras comunidades, entiendo que el mayor acuerdo de las personas de izquierda se refiere a ese retraso. Ese dato es coherente con la observación personal de que, en general y con las excepciones que nunca faltan, las personas de derechas son menos partidarias que las de izquierdas de las medidas de confinamiento, limitaciones al movimiento y a la actividad económica en general. Y creo que si nos fijamos en los gobiernos del mundo, también los líderes más de derechas han sido más renuentes a poner en práctica esas medidas o, sencillamente, en la medida en que de ellos ha dependido, no las han implantado.

Me pregunto si esa diferencia obedece a que los de izquierdas den mayor valor a la vida o teman más a la muerte que los de derechas. O quizás, a que los de izquierda estén dispuestos a afrontar un futuro de mayor pobreza.

Formulé la pregunta en tuiter a ese respecto, tratando de indagar acerca de las razones posibles de ese fenómeno. En las respuestas identifiqué dos ideas principales. Una es que los de izquierdas valoran más la salud y los de derechas la economía, atribuyendo a estos en algún caso, intereses económicos particulares (por suponérseles más pudientes, entre otras cosas). La otra es la relativa al valor que, supuestamente, la izquierda otorga a lo colectivo, lo comunitario. Creo que las cosas no van por ahí.

Cuando leí en su día The Righteous Mind, de Jonathan Haidt, descubrí un modelo que relaciona la ideología con las fuentes de moralidad; se enmarca en la denominada Teoría de los Fundamentos Morales. Y al constatar la diferencia reseñada, me vino a la cabeza aquel modelo. De acuerdo con los hallazgos de un grupo de investigadores, hay diferencias en lo relativo a la importancia que las personas de distinta adscripción ideológica conceden a diferentes fuentes de moralidad. Los proponentes de la teoría han identificado cinco fuentes, que son las siguientes:

  • Cuidado (opuesta a daño), refleja la importancia que se da al cuidado de los demás.
  • Justicia/proporcionalidad (opuesta a engaño/trampa), referida al acuerdo en relación con las normas de funcionamiento.
  • Lealtad/comunidad (opuesta a traición), relativa a la importancia que se da a la familia, el grupo o la nación.
  • Autoridad (opuesta a subversión/rebeldía), relativa al respeto a la autoridad legítima.
  • Santidad/pureza (opuesta a degradación), relacionada con la aversión a actos, alimentos o hechos desagradables.
  • Jonathan Haidt, a las anteriores, añadió la libertad (opuesta a la opresión).

Lo interesante es que esas fuentes de moralidad, al hacer cuestionarios a miles de personas de múltiples procedencias, se pueden agrupar en dos asociaciones, la de quienes tienen al individuo como referencia, y dan más importancia al cuidado y la justicia, y los que tienen al grupo como referencia, y dan más importancia a la lealtad/comunidad, la autoridad y la pureza. A los primeros los denominaríamos “progresistas” y a los segundos “conservadores”. Entre nosotros prácticamente no hay libertarios (o liberales, en la acepción continental del término); la fuente principal de estos es la libertad.

A la vista de esos agrupamientos de fuentes morales, me atrevo a proponer que la razón por la que los “progresistas” (izquierdas) se muestran favorables a preservar las medidas de protección frente a contagios es por lo importante que es para ellos la primera fuente, la del cuidado. Mientras que los “conservadores”, más proclives a la recuperación de la actividad y al funcionamiento normal de la sociedad, estarían influidos por la importancia que conceden al grupo, a la comunidad, a la nación (que cada uno ponga el nivel donde le parezca).

Este puede parecer un esquema simplista y probablemente lo es. Con toda seguridad no recoge toda la casuística y la diversidad de preferencias y opciones que hay en la sociedad. Pero la teoría de las fuentes de moralidad tiene soporte empírico (aunque por supuesto hay quienes no comparten esa teoría ni sus conclusiones), y desde que lo leí me convenció porque se ajusta bastante a mi propia experiencia.

Para terminar, me gustaría recordar a unos que sin atender el bienestar de las personas ahora no hay grupo ni nación que tal nombre merezca. Y a los otros, que no deben identificar la salud de hoy con la de mañana, y que sin un grupo o comunidad cohesionada, la salud y la vida de sus miembros se encontrará siempre en peligro.

Covid-19: del conocimiento científico a la decisión política

La ciencia está teniendo, para bien y para mal, un papel muy relevante en la crisis que vivimos. Lo que sabemos del virus SARS-CoV2 y de la Covid19 lo sabemos gracias al conocimiento científico, sobre todo. Es la ciencia la que quizás obtenga una vacuna o tratamiento eficaz. Las predicciones relativas al posible curso de la pandemia son también cosa de científicos, así como la definición de escenarios bajo diferentes supuestos. Es tal la autoridad que dicen reconocerles, que las autoridades, para justificar sus decisiones, invocan los informes de los expertos. Han llegado a afirmar, incluso, que hacen lo que les dicen aquellos. Por ello, y dada la trascendencia de las decisiones en cuestión, no debe extrañar que la tarea de los científicos esté sometida al máximo escrutinio y se utilice como arma arrojadiza en una u otra dirección.

Por otro lado, y dado que ha habido contradicciones sobre asuntos tales como la pertinencia de confinar a la población en mayor o menor grado y haberlo hecho antes o después, sobre la conveniencia de hacer estas o aquellas pruebas, sobre la idoneidad del uso de mascarillas, y sobre otras, se acusa a los expertos de estar al servicio de intereses bastardos. A estas alturas a nadie debería sorprender que la refriega política alcance también al mundo de la ciencia. Ni el conocimiento ni quienes lo producen gozan, de hecho, de ningún estatus que los deje al margen de los conflictos de su tiempo.

Para mejor entender el papel de la ciencia en la crisis conviene saber de sus fortalezas y debilidades. Está, en primer lugar, el hecho de que no ofrezca certezas. El carácter provisional del conocimiento científico es percibido como una debilidad, pero en realidad en ello radica su fortaleza.

Por otro lado, la incertidumbre no afecta por igual a todas las disciplinas. En la física y la química es relativamente sencillo fijar variables y seleccionar los factores cuyos efectos se quieren estudiar; sus predicciones tienen altísimo grado de fiabilidad. En sistemas complejos o azarosos, como los biológicos o los sociales, no es fácil, o ni siquiera posible, fijar variables o aislar sus efectos. En el tema que nos ocupa es muy difícil, porque en el estudio de las epidemias confluyen el conocimiento del patógeno, el de sus víctimas potenciales, y las interacciones entre ellas y dinámica social de la que depende su propagación. La dificultad para generar conocimiento válido en un sistema tan complejo es enorme. Por eso no es extraño que las predicciones epidemiológicas tengan mucha incertidumbre. Tienen la dificultad añadida de que las medidas basadas en sus recomendaciones tienen el efecto potencial (buscado) de alterar el curso de la pandemia, de manera que, a veces, su éxito puede ser interpretado socialmente como un fracaso.

En tercer lugar, el comportamiento de los científicos puede tener consecuencias perjudiciales también. Todos tenemos principios, preferencias e intereses, y nadie está a salvo del efecto de ciertos sesgos. En una crisis como esta actúan fuertes incentivos sobre la comunidad científica para generar rápidamente conocimiento y darlo a conocer. El deseo genuino de contribuir a encontrar soluciones, el prestigio y otras recompensas empujan a adelantarse a la hora de publicar resultados y proponer soluciones. Se ha generado así mucha información que resulta, en primer lugar, difícil de dar a conocer y, por lo tanto, de valorar, asimilar y utilizar. Lo malo es que, a la vez, parte de ese conocimiento que no sido sometido a contraste circula hacia el público sin intermediación cualificada, dando lugar a bulos e ideas sobre falsas soluciones. En un contexto normal, esos problemas tienen su tratamiento ya que la comunidad científica cuenta con mecanismos de autocorrección que, aunque no garanticen un funcionamiento impecable, sí evitan desviaciones peligrosas. Pero en una emergencia las cosas no funcionan igual, porque hay urgencia por encontrar soluciones.

Y luego están los sesgos, tanto de carácter cognitivo como ideológico. La ciencia, como sistema, actúa autocorrigiéndose cuando funciona bien. Pero eso no quiere decir que quienes la hacen se autocorrijan, sino que unos corrigen lo que otros proponen. En el contexto de la crisis Covid19 y por sus implicaciones políticas, los sesgos ideológicos pueden tener una mayor proyección y consecuencias. Un repaso por la historia de la ciencia nos permitiría conocer más de un ejemplo en el que la cosmovisión, creencias religiosas o ideología política han conducido a la formulación de hipótesis o teorías que más adelante se han demostrado erróneas. Como he dicho antes, eso es algo que antes o después se acaba corrigiendo, porque la comunidad científica somete los postulados y modelos de sus miembros a contraste. El problema es que eso requiere tiempo. Y en una crisis sanitaria, social y económica como la que vivimos, el tiempo es un bien escasísimo y las correcciones tardan en llegar.

Por último, las decisiones políticas deben tomar en consideración el conocimiento experto, sí, pero ese conocimiento no debe ser el único criterio. A las autoridades los expertos han de proporcionarles modelos con las consecuencias más probables de cursos alternativos de actuación. Pero a partir de ahí, los responsables políticos han de considerar otros elementos y, ante todo, una definición de los bienes a preservar. Porque en última instancia, todas las decisiones son políticas.

Como bien ha formulado Joaquín Sevilla, el itinerario que va del conocimiento científico a la decisión política admite destinos alternativos. Merece la pena detenerse en su hilo argumental. Dice Joaquín que para tomar una decisión política basada en la ciencia hay que recorrer un camino; en el trayecto, partiendo de un enunciado científico bien establecido, hay que agregar conocimiento de diferentes disciplinas y también hay que tener en cuenta valores culturales o ideológicos, así como intereses económicos. Cuanto más largo es ese camino, más incertidumbre hay acerca de la naturaleza de la decisión que se ha de tomar, porque hay más margen para que intereses y valores incidan en la decisión final. Esta consideración es especialmente pertinente en el contexto de la crisis actual.

Parece obvio que en esta crisis, el bien a preservar es la vida humana; esto es, el objetivo prioritario ha de ser el de salvar el máximo número de vidas posible. Pero lo que no es obvio es la estrategia óptima para conseguirlo. Porque los responsables pueden verse obligados a optar por salvar vidas hoy a costa de sufrir una quiebra económica de tal calibre que comprometa la integridad social -incluida la de sus sistemas sanitario y de protección- hasta el punto de acarrear una mayor pérdida de vidas humanas un tiempo después.

Me ocupé de ese asunto en La alternativa del diablo y El filo de la navaja, en esta misma bitácora. Pero cuando traté sobre ese dilema, no había habido aún casuística suficiente como para ilustrar la magnitud de las contrapartidas de la que era la opción moralmente más aceptada, la del confinamiento masivo y consiguiente suspensión de todas las actividades económicas y formativas no esenciales a corto plazo. Ahora contamos con más datos. El confinamiento ha salvado, seguramente, millones de vidas humanas. Pero también se han perdido y se perderán otras; a modo de ejemplo, pueden consultarse esta, esta y esta referencias para hacerse una idea de lo que ocurre lejos de nosotros. Y también esta para comprobar que también en los países occidentales se paga un alto precio por la opción tomada.

Por lo tanto, y como conclusión, a la incertidumbre inherente a los informes de los especialistas, que es la que corresponde a la esfera del conocimiento científico, hay que añadir la consideración de bienes a preservar alternativos, así como de los costes, propios y ajenos, que han de pagarse por las opciones tomadas. No es fácil.

Tengan cuidado ahí fuera

El 5% de los españoles han desarrollado anticuerpos IgG anti-SARSCov2 (en la Comunidad Autónoma Vasca, algo menos, el 4% de la población). La lectura positiva es que las medidas de confinamiento han tenido éxito. Lo no tan positivo es que un 95% de los españoles (un 96% de los vascos) tiene por delante una larga convivencia con un virus que, hasta la fecha, ha acabado con la vida de un 1’5% de los que ha contagiado (un 2’1% de los vascos). Esos porcentajes son algo más altos de los estimados en otros lugares; en el anexo[1] explico de dónde salen.

Muchos pensaban que la pandemia acabaría si conseguíamos doblegar (aplanar) la curva de contagios. Pero en realidad, lejos de acabar la pesadilla y salvo que se desarrolle antes una vacuna o tratamiento efectivos, quizás solo estemos al principio. Ya se había anticipado que hasta 2024 podríamos estar obligados a mantener la vigilancia; y hace unos días la científica jefa de la OMS ha confirmado que seguramente hasta 2025 no podrán relajarse las medidas de vigilancia y control. Vayamos haciéndonos a la idea.

Ha habido que pagar un alto precio, también en salud y en vidas humanas, por los dos meses pasados en régimen de confinamiento, aquí y en gran parte del mundo. El sistema de distribución mundial de alimentos ha resistido los primeros embates, pero es un sistema complejo, que interconecta muchos países y que depende de la correcta provisión de bienes (maquinaria, combustible, fertilizantes) y de que el tráfico de mercancías y los hábitos de consumo no cambien de forma brusca. De hecho, el economista jefe de la FAO ha advertido de que las medidas de limitación de movimientos y de actividad puestas en práctica por muchos países pueden tener consecuencias dramáticas porque pueden alterar seriamente el suministro mundial de alimentos.

Centenares de miles de niños y niñas (y decenas de miles de madres) morirán por culpa del deterioro de los sistemas de salud y de las posibilidades de conseguir alimento. Y es posible que una parte significativa del exceso de muertes detectada en Europa a partir de los datos recogidos en registros civiles, se deba, en realidad a fallecimientos de personas que han dejado de acudir al hospital cuando debían haberlo hecho.

A lo anterior hay que sumar los riesgos para la salud mental que provocan el temor a la muerte propia o de un ser querido, la situación de confinamiento y el difícil futuro que se percibe. La propia OMS se ha referido de forma específica a este problema. Y yo no descartaría otros problemas derivados de la tensión a que se ha sometido a los sistemas de salud con carácter general.

La perspectiva de seguir así durante los próximos meses no es asumible. Por el precio tan alto que se está pagando y porque de mantenerse la situación actual u otra equivalente, el precio sería aún mayor. La sociedad no sería viable. No podría funcionar.

Las actividades que ahora se desempeñan o servicios que se prestan de manera precaria no se pueden sostener así durante mucho tiempo. Las actividades productivas y comerciales son interdependientes, y se relacionan mediante canales múltiples, a veces sutiles. La quiebra de algunos de esos canales podría conducir a inhabilitar el sistema en su conjunto.

Además, no se generarían los recursos necesarios para sostener innumerables actividades. Dejaría de haberlos para los servicios de asistencia social, sanidad, educación, seguridad o justicia, tampoco para que la administración pudiese funcionar o para infraestructuras.

Hay que mantener las actividades productivas y comerciales, y los servicios deben prestarse en niveles de desempeño lo más próximos posibles a los habituales. Es importante entender esto. Es importante entender que no hay plan B, que no es concebible mantener grados de confinamiento y restricciones a la movilidad similares a los que hemos experimentado desde mediados de marzo. Que lo primero es la salud o las vidas humanas no deja de ser, por obvio, un bonito eslogan. Tan obvio como que sin una actividad próxima a la normal tampoco habría salud y se acabarían perdiendo muchas vidas también. En esos términos se plantea, precisamente, la alternativa del diablo.

Por lo tanto, hay que asumir que debe recuperarse la actividad. Pero, a la vez, debe hacerse con las mayores garantías posibles. A esto me refería cuando decía aquí que las autoridades tendrán que moverse en el filo de la navaja, aplicando restricciones a la movilidad en función de la situación sanitaria y de la evolución de la pandemia.

Al objeto de favorecer la actividad sin que ello dé lugar a brotes epidémicos, deben aplicarse medidas que minimicen la probabilidad de que se produzcan contagios. Unas son de índole higiénica o sanitaria. Y otras, de índole social u organizativa. Y tanto en uno como en otro caso, deben venir acompañadas de fuertes campañas de información y propaganda (sí, de propaganda).

Las medidas higiénicas son conocidas: limpieza de manos, distancia de dos metros con los demás (si no son las personas con que se convive), uso correcto de mascarillas donde sean indicadas, etc. Estas medidas deben ser objeto de una campaña informativa intensa y permanente, apelando a la responsabilidad de todos. Las instituciones, empresas y organizaciones, cada una en su ámbito de competencia, deberían difundir esas normas en todo momento y con todas las herramientas y soportes a su disposición.

Las medidas sanitarias escapan a la responsabilidad individual, porque corresponden a la esfera de las responsabilidades políticas, principalmente. Son las medidas para proteger al personal sanitario, a quienes cuidan a personas mayores, a las personas que trabajan ante el público o en entornos con muchas otras personas (enseñanza, por ejemplo). Y también las orientadas a identificar personas contagiadas y sus contactos, y a aislarlas para romper la cadena de contagios. Los dispositivos de protección para personal sanitario y el recurso a pruebas de ARN viral son elementos esenciales.

Pero hay otras iniciativas de las que se ha hablado mucho menos o no se ha dicho nada. Me refiero a las de carácter organizativo en las esferas social y laboral.

Ya traté aquí de las medidas que podrían adoptarse en el mundo educativo. No tienen por qué ser esas necesariamente; pueden ser otras. Pero se trata de que se diseñen bien y se comuniquen aún mejor. Esta misma semana se ha celebrado ya alguna reunión de alto nivel para preparar el próximo curso. En otro ámbito, y en la Comunidad Autónoma Vasca al menos, ya se han dado los primeros pasos para acordar las condiciones bajo las que se celebrarán los actos culturales a lo largo del verano.

Pero estoy seguro de que hay muchas más cosas que se pueden hacer. Lo que sigue son solo algunos ejemplos del tipo de medidas que podrían, al menos, valorarse:

  • La posibilidad de adoptar calendarios laborales basados en ciclos de 4 días de trabajo y diez de descanso (y casi reclusión), como el que proponen Ron Milo y Uri Alon aquí. Está pensado para minimizar los contagios en el trabajo.
  • El trabajo desde el hogar se ha extendido mucho durante estos meses y debería seguir siendo la opción preferente, aunque es importante introducir limitaciones a la disponibilidad. El teletrabajo no puede convertirse en trabajo o disponibilidad permanente.
  • La transferencia de personas que pertenecen a grupos de riesgo a actividades en que no haya contacto directo con otras personas o, en general, en que se minimicen las posibilidades de contagio. Por ejemplo, hace falta mucha gente para rastrear personas contagiadas, contactarlas e instruirlas para que se aíslen, y parece lógico que el personal sanitario se dedique principalmente a tareas estrictamente asistenciales. Así, podría transferirse personal actividades que implican relación intensa con personas a desempeñar ese tipo de tareas. Es solo un ejemplo, pero es seguro que hay muchos más.
  • Igualmente, y dado que el virus hace más daño a los mayores, podrían promoverse jubilaciones anticipadas de personas pertenecientes a grupos de riesgo a partir de, por ejemplo, los sesenta años de edad. La crisis va a crear grandes bolsas de parados, por lo que sería más inteligente y más humanitario dejar de exponer a las personas mayores y sustituirlas por jóvenes. Los costes no serían muy diferentes.
  • En otro orden de cosas, es sabido que los contagios se producen, preferentemente, en la familia, hospitales, lugares cerrados en general, sitios poco ventilados, donde conviven grupos de personas durante mucho tiempo y en lugares donde se forman aglomeraciones humanas (más datos, aquí). Pues bien, dado que el transporte público reúne varias de esas condiciones y tampoco es conveniente que muchas personas lo sustituyan por sus vehículos particulares, deberían darse las máximas facilidades, en infraestructuras viarias y organización del tráfico para promover los desplazamientos caminando, en bicicleta y (quizás) en patines eléctricos.
  • Del mismo modo, deberían determinarse sentidos de circulación de peatones en la calle y en el interior de edificios, de manera que se eviten aglomeraciones. También deben ventilarse concienzudamente.
  • Los bares y restaurantes son elementos esenciales en la vida social de muchas personas y de la comunidad. Su pervivencia depende que puedan funcionar con una mínima normalidad. Es cierto que en muchos casos son entornos problemáticos, de difícil ventilación y en los que se pueden reunir muchas personas; por ello, es preciso buscar soluciones de compromiso que permitan compaginar el disfrute de los locales y la máxima seguridad posible. No será fácil encontrar las soluciones que requieran, pero es importante mantenerlos con vida.
  • De la misma forma, debe diseñarse soluciones para que la gente pueda acceder a los productos de cultura y que quienes viven de ella, lo puedan seguir haciendo. 

Esto no es más que un ramillete de ideas surgidas a partir de la experiencia en mi propio trabajo y los entornos que conozco. Estoy seguro de que para cada ámbito de la vida social, docente, comercial, productiva o asistencial hay medidas diversas de índole organizativo que se pueden tomar para minimizar la probabilidad de que se produzcan contagios y, por lo tanto, mantener en los mínimos posibles los números de contagiados, enfermos, ingresos hospitalarios y fallecimientos. El riesgo 0 no existe, pero es mucho lo que se puede hacer para minimizarlo.

Es muy importante que todas las medidas que se tomen cuenten con el soporte de los correspondientes dictámenes a cargo de los especialistas de las ramas del saber que corresponda. Esto no quiere decir que las decisiones que tomen los responsables deban basarse solo en consideraciones de orden científico o técnico. Pero sí que esas decisiones deben tenerlas en cuenta. Y tanto las decisiones, como las razones para tomarlas, deben ser explicadas con claridad, y los informes utilizados ser públicos. La transparencia es especialmente importante en momentos como este, porque de ella depende la confianza que los ciudadanos podemos depositar en quienes nos gobiernan y nuestra disposición a cumplir las normas que aquellos dicten.

El curso de la pandemia dependerá del acierto de los responsables políticos y de decisiones y actitudes personales. A los responsables hay que exigirles rigor, responsabilidad y transparencia. Y a nosotros mismos debemos exigirnos responsabilidad y consideración para con todos los demás, porque en circunstancias como las que vivimos, las actitudes personales tienen consecuencias para la comunidad. Por eso, termino esta entrada recordando la legendaria recomendación con que el sargento Esterhaus despedía cada mañana a los policías de la comisaría de Hill Street antes de salir a patrullar: «Let’s be careful out there».


[1] Anexo cuantitativo: Solo el 5% de los españoles tiene anticuerpos IgG anti SARS-CoV2. En España, a 14 de mayo, hay registradas 27.000 muertes por COVID19. Los muertos, en realidad, son más, porque los registros civiles informan de un exceso de muertes (durante el periodo de la ola de la pandemia entre marzo y abril) del 56% con relación a las esperables en ese periodo. Haciendo cuentas se estima que, aproximadamente, los muertos que, por efecto directo o indirecto, cabe atribuir a COVID19 han sido un 30% más de los que indican los registros oficiales. En otras palabras: habrían sido unos 35.000. Por otro lado, si el total de personas con anticuerpos han sido unas 2.350.000, querría decir que el virus ha acabado con la vida de un 1,48% de quienes se contagiaron. Para hacernos una idea, la gripe mata del orden de un 0’1% de quienes la sufren.

En la Comunidad Autónoma Vasca, el 4% presenta anticuerpos, por lo que han desarrollado inmunidad una 87.000 personas y la cifra oficial de muertes por Covid19, 1.454. En el periodo en que se registró un exceso de muertes en los registros civiles, entre el 25 de marzo y el 22 de abril, este fue de 1.281, y el de muertes registradas, de 969. Por lo tanto, también en Euskadi las cifras reales de muertos han sido superiores a las registradas, seguramente de unas 312 personas, por lo que también aquí la cifra real habría sido un 28% más alta. Habrían muerto, por tanto, unas 1.861 personas. El virus habría acabado con la vida de 2,14% de quienes se contagiaron.

Milenarismo al calor de la pandemia

No es extraño que las epidemias y otras catástrofes alimenten tendencias milenaristas. En el pasado era Dios quien, tras sucesivas advertencias en forma de epidemias, huracanes o inundaciones, provocaría el cataclismo que acabaría con el Mundo tal y como se conocía. Pero la modernidad acabó con Dios, y la edad contemporánea, en su lugar, ha entronizado a la Naturaleza. “El planeta se está curando; nosotros somos el virus” y expresiones de similar tenor proliferan estas semanas. La Tierra se venga, al parecer, de los daños que los seres humanos le hemos infligido. O nos encierra en nuestras habitaciones, como criaturas malcriadas que no han hecho caso de las advertencias. Es lo que nos dice la sra. Sarah Ferguson:

Durante las últimas décadas parecen haber aumentado los brotes de enfermedades infecciosas. Según un estudio publicado en Nature, en la década de los 80 se registró un máximo en la incidencia de ese tipo de enfermedades, asociado, quizás, a los efectos del VIH; pero ese máximo se superponía a una tendencia creciente que venía de décadas anteriores hasta la de los 90, última que abarcaba el estudio. El calentamiento global parece estar en la raíz de la extensión que alcanzan en la actualidad algunas enfermedades, como ocurre con la borreliasis de Lyme en las zonas templadas del hemisferio Norte.

En 2010 se publicó otro estudio en la revista Journal of Experimental Biology, que atribuía a la pérdida de la biodiversidad la mayor incidencia de enfermedades infecciosas y, más concretamente, de zoonosis (enfermedades en que el agente causante es un patógeno procedente de otra especie animal). Según los autores, las comunidades muy diversas ofrecen protección frente a la posible expansión de epidemias zoonóticas a través de lo que denominan un efecto de dilución. La simplificación de las comunidades que se produce con la pérdida de especies provocaría una más rápida transición de los patógenos desde las especies de las que proceden hasta los seres humanos. Y este mismo año, otro estudio propone que la pérdida de fauna salvaje puede facilitar la transmisión de virus animales a seres humanos. La pérdida de diversidad sería consecuencia del efecto de los monocultivos de plantas para consumo humano.

Más problemática resulta la atribución del origen de las pandemias a las condiciones propiciadas por el hacinamiento de animales en granjas. Se suele invocar en apoyo de esa tesis la conocida como gripe A o gripe porcina. Aunque quizás ese sea el único caso documentado en que tal cosa ha ocurrido desde que existe la ganadería industrial.

Pero aunque exista una relación entre la probabilidad de que se produzcan epidemias zoonóticas y el deterioro del medio ambiente, ello no autoriza a atribuir a ese deterioro la emergencia de Covid19 ni su peligrosidad. Salvo que hagamos lo propio con la gran mayoría de enfermedades infecciosas que padecen y han padecido los seres humanos desde la invención de la agricultura y la ganadería.

Quien haya leído “Armas, gérmenes y acero”, de Jared Diamond, recordará que la invención de la agricultura y la ganadería, por la convivencia próxima entre animales domésticos y seres humanos, provocó la extensión a estos de enfermedades de origen animal y que el hacinamiento de unos y otros en los asentamientos ganaderos y en las ciudades propició la rápida expansión de aquellas. Con el tiempo, esas condiciones se han mantenido o se han acentuado. Y a lo largo de la historia no han sido pocas las ocasiones en que una epidemia grave o una pandemia han causado destrozos sin medida. En 431 a.e.c. una grave epidemia acabó provocando la derrota de Atenas frente a Esparta en la guerra del Peloponeso y el posterior declive del imperio marítimo ateniense. La tuberculosis, una enfermedad que surgió en el Oeste de África hace unos cinco mil años y a la que se atribuye la mayor pérdida de vidas humanas en la historia, experimentó una gran expansión hace unos dos mil años, con el máximo auge del Imperio Romano, debido al gran número de habitantes de su capital y a la gran movilidad que propiciaron sus calzadas por toda la cuenca del mediterráneo. Y la pandemia más terrible que ha existido en Europa, la peste negra, llegó en el siglo XIV a través de las rutas comerciales provenientes de Asia. La conquista y colonización de América por los europeos conllevó también la llegada al continente recién descubierto de patógenos para los que los americanos carecían de defensas inmunitarias; en ninguna otra ocasión se han perdido tantas vidas humanas por efecto de las enfermedades transmitidas en poco tiempo a tan gran distancia. También lo cuenta Jared Diamond en su libro.

Lo anterior no es para negar los efectos de las actividades humanas sobre el medio ambiente, y las consecuencias que esos efectos pueden acabar teniendo en la salud de las personas, en general, y en la expansión rápida de epidemias peligrosas en particular. Pero conviene no perder la perspectiva. El Neolítico trajo una mayor producción de alimentos y un crecimiento importante de las poblaciones humanas, así como la aparición de grandes entidades políticas. Pero también trajo enfermedades, desigualdades y unas vidas probablemente más miserables que las de los cazadores-recolectores del Pleistoceno. Si los fenómenos zoonóticos que vemos ahora son achacables, al menos en parte, a la acción humana sobre el medio ambiente, no debemos perder de vista que el mundo actual no es sino la prolongación en el tiempo y acentuación de unos modos de vida que tienen su origen en la invención de la agricultura y la ganadería, y que se han intensificado como consecuencia de la presión creciente de la superpoblación del planeta y de la enorme movilidad que propician viajes intercontinentales asequibles a la gran mayoría. En otras palabras, lo que ocurre hoy es más de lo mismo, solo que a mayor escala. Y si tenemos en cuenta la magnitud de las actividades productivas de hoy, la gran movilidad humana y, sobre todo, el tamaño de nuestra población, esa mayor escala no es tan grande en términos relativos.

Pero el mundo actual no es solo ese en el que surgen y se expanden más rápidamente enfermedades procedentes de animales. También es el que atesora conocimiento útil para prevenir (mediante la higiene, asepsia, hábitos saludables y vacunas) y curar (antibióticos y antivirales) muchas de esas enfermedades. Y ese conocimiento ha podido crearse y transmitirse gracias a la riqueza que ha generado la humanidad, sobre todo durante los tres últimos siglos, en un proceso que ha venido acompañado por el deterioro ambiental a que me he referido antes.

La tentación de reclamar ahora una transformación de las bases económicas de nuestras sociedades es grande. Parece el momento adecuado, sobre todo si creemos firmemente que esa transformación nos proporcionará un mundo más sano en todos los sentidos. Es lo que connotan memes como el de la entrada a este texto, el de que el planeta se está curando. Y es lo que se expresa en manifiestos y peticiones de corte ecologista.

Es difícil oponerse a la pretensión de salir de esta crisis sanitaria y económica tratando, a la vez, de disfrutar de un medio ambiente más sano, rico y diverso. Ocurre, sin embargo, que las cosas no son tan sencillas. Lo expresaba hace unos días mediante un tuit de formulación muy simple, simplista, incluso.

Nuestras sociedades consumen muchos recursos. Mucha gente viaja a lugares muy lejanos. Se adquieren muchos objetos, a mi parecer más de los necesarios. Y el consumo cumple, en demasiadas ocasiones, más una función de señalización social (consumo conspicuo) que de satisfacción de necesidades básicas. Todo ello es causa de problemas ambientales serios, sí. Pero también es el modo de subsistencia de millones de personas. Todos esos millones pasarían hambre si dejasen de producir esos bienes o de comerciar con ellos. La economía de todo el planeta se resentiría. La de cada uno de nosotros, por supuesto, y también la de los sistemas públicos que proporcionan bienes y servicios valiosos (salud, educación, infraestructuras, urbanismo, etc.).

Por no hablar de la necesidad de alimentar a siete mil millones de personas ahora y alrededor de nueve mil millones dentro de unas pocas décadas. Me temo que hoy no hay alternativas viables a las grandes explotaciones agrícolas y sus consecuencias sobre la biodiversidad. Salvo que estemos dispuestos a que millones de personas (además de los ochocientos o novecientos millones que pasan hambre hoy) no tengan qué llevarse a la boca.

Me gustaría pensar que una transición hacia una economía más austera y más respetuosa con el entorno natural es posible sin que ello implique causar daños. Pero dudo que sea posible en un plazo de tiempo breve. Eso sí, de serlo, vendría como consecuencia de la voluntad de la gente, expresada a través de sus opciones políticas y, sobre todo, de sus decisiones de consumo.

El anterior es también uno de los dilemas de nuestro tiempo. Aunque se haya expresado con fuerza al calor del desasosiego que provoca una tragedia como la que vivimos, no es un dilema vinculado a la pandemia. Tampoco lo es bajo la fórmula milenarista en que se acostumbra a expresar. Dios no castigó a la humanidad con la maldición de la peste negra en el siglo XIV, ni la Naturaleza nos castiga ahora con una pandemia por nuestros desmanes.

Soluciones claras, factibles y… equivocadas

“¿Cuántas veces más va a costar esta epidemia que lo que hubiese costado estar preparados para afrontarla?” Esta es la pregunta clave que, a juicio de un comentarista a mi anterior anotación, debemos hacernos en relación con las cosas que se podían haber hecho antes para mitigar los efectos de la pandemia de Covid19.

No me parece mal planteamiento; es, de hecho, la mejor forma de argumentar a favor de adoptar medidas para afrontar futuras catástrofes. Aunque me temo que esas son cuentas nada fáciles de hacer.

Hay catástrofes imaginables que quizás no lleguen a producirse nunca, pero hay otras que no solo son relativamente probables, sino que, además, estábamos advertidos de que lo eran. Véase, por cierto, lo que al respecto escribí en El precipicio. Sin embargo, parece estar en la naturaleza humana el no protegernos frente a posibles peligros o daños que no hayamos experimentado antes en primera persona. Los países de Extremo Oriente han actuado en esta pandemia en virtud de lo que habían aprendido en epidemias anteriores y no les está yendo mal, pero a nosotros las gripes de 1918 y 1957 nos quedan demasiado lejos, y como es bien sabido, no se suele escarmentar en cabeza ajena. Dicho lo cual, tampoco es tarea fácil calibrar la medida de lo que se debe hacer, de hasta dónde se debe prever, de la magnitud del problema a abordar cuando de lo que se trata es de defenderse de una amenaza que, por verosímil que sea, no deja de ser una amenaza fantasma.

La observación anterior, no obstante, venía acompañada de otras consideraciones, que coincidían, en lo sustancial, con otros comentarios en tuiter. Se refieren a una cuestión acerca de la cual había preferido no profundizar porque creo, de verdad, que es otro tema. Me refiero a la idea de que podría haberse destinado más gasto a la salud y menos a otras cosas o, también, que se podría haber recaudado más impuestos. El tuit insertado a continuación contiene una de esas observaciones.

Quienes han utilizado este argumento, en mi opinión, yerran el tiro. Trataré de explicarme a continuación. Cuando elegimos unos representantes para legislar, asignar recursos a fines alternativos y dirigir el país, lo hacemos guiándonos por unos principios relativos a cómo creemos que debe funcionar la sociedad y por unos intereses. Y, en todo caso, entiendo que todos aspiramos a que quienes nos gobiernen lo hagan tratando de generar mediante sus decisiones las condiciones que propicien el máximo bienestar posible (defínase bienestar como se defina) y de la forma más eficaz posible.

Por lo tanto, al elegir a nuestros representantes, tenemos, en primer lugar, la disyuntiva entre poner en manos del estado muchos recursos, de manera que se ocupe prácticamente de todo lo que nos afecta o, por el contrario, ser nosotros quienes decidimos en qué gastamos nuestro dinero. Es la alternativa socialdemocracia vs. liberalismo, en una escala que puede ser todo lo amplia que se quiera.

Y luego está el destino de los recursos que maneja el estado. Unos prefieren dedicar más a construir vías de tren de alta velocidad o a subvencionar clubs de fútbol, porque piensan que eso será lo mejor para nosotros (o, al menos, para ellos), mejor que a prevenir pandemias o dotar de ordenadores personales a todo el mundo. Por si sirve de algo, aclaro que no soy partidario ni del TAV ni de subvencionar a clubes de fútbol, pero otros muchos conciudadanos sí lo son. Podríamos reprochar al vecino de al lado que prefiera que le subvencionen la entrada al campo de fútbol a que le salga más barata la medicina que debe tomar cada día, o la que debo tomar yo cuando me duele el pie, pero el vecino está en su derecho de preferir lo que prefiere y en actuar políticamente para conseguirlo.

Pues bien, es en ese terreno en el que debe jugar el responsable político que toma decisiones, es el terreno que le marca la ciudadanía a través del voto. En resumidas cuentas, nos movemos en el ámbito de la política, por lo que las responsabilidades de quienes toman esas decisiones son responsabilidades políticas. No cabe, a mi juicio, el reproche moral.

Mi argumento original trataba de esquivar el punto anterior porque la clave estaba en otro elemento. Supongamos que no gastamos ni un euro en esas cosas que a muchos no nos resultan gratas (ejército, Casa Real, TAV, etc.). Pues bien, una vez eliminadas esas partidas, seguiría habiendo usos alternativos de los recursos y llegaría un momento en que, por mucho que destinemos a prevenir muertes (de la manera que sea), sería posible seguir aumentando esa cantidad a costa de otros bienes, como pueden ser medios públicos de comunicación, escuelas mejor dotadas, jardines llenos de hermosas flores o excelentes pistas deportivas para todos. El abanico de posibilidades es amplísimo. Pero en algún momento dejaríamos de salvar alguna vida porque preferiríamos, por ejemplo, tener más bibliotecas. En otras palabras, en algún momento valoraríamos menos esa vida humana que dejamos de salvar que lo que cuesta tener una buena biblioteca en el pueblo. Quizás el valor de esa vida humana sea desorbitado, pero existe en la medida en que su pérdida se produce porque hemos dejado de dedicar recursos a prevenirla. En resumidas cuentas, siempre hay un límite al volumen de recursos que destinamos a salvar vidas, lo que equivale a decir que las vidas humanas tienen un valor que puede cifrarse en términos económicos, aunque, afortunadamente, no sea la vida de esta o aquella persona concreta, sino una vida “estadística”.

Pues bien, resulta que todo lo anterior puede que sea una reflexión gratuita a los efectos que nos ocupan. A sabiendas de que no todos los países cuentan las muertes debidas a Covid19 de la misma forma y con esa salvaguarda siempre presente, merece la pena detenerse a mirar los datos. El país del mundo donde más muertes (por millón habitantes) se han producido es Bélgica, con 665 (a día de ayer, 2 de mayo); su gasto en salud por habitante en 2015 fue de 4.228 $ (PPP); está por encima de la media de la OCDE. Uno de los países europeos con menor mortalidad ha sido Grecia, con 13 muertos por millón habitantes (a Portugal, con 99, tampoco le está yendo tan mal), mientras que el gasto sanitario griego en 2015 fue de 1.505 $ (PPP), uno de los más bajos de la OCDE (el de Portugal fue de 1.722 $). El de España fue de 2.354 $ (531 muertes por millón), algo inferior a la media OCDE, y el de Italia, de 2.700 $ (467 muertes por millón).

Lo que esos datos muestran es que no hay relación evidente y directa entre la magnitud de la catástrofe en términos de pérdidas de vidas humanas y el esfuerzo que los diferentes países han hecho en salud en los últimos años. Esto no quiere decir que no haya influido, por supuesto, pero el elemento económico no parece haber sido determinante. Otros factores han incidido: el azar, la estructura de edades de la población (España e Italia con poblaciones muy envejecidas), el tipo de atención y de servicios sociosanitarios para mayores, las decisiones políticas relativas al momento en que debía confinarse la población, las medidas de distancia entre personas implantadas, las costumbres sociales (como, por ejemplo, la de frecuentar lugares de ocio cerrados o abiertos, o buscar o rehuir el contacto corporal), la celebración de grandes eventos (partidos de fútbol, por ejemplo), grandes aglomeraciones, y otras. Demasiadas como para solventarlo todo con apelaciones a más o menos gasto sanitario, a aplicar unas u otras políticas fiscales o razones de esa índole.

En definitiva, cuando en la anotación anterior citaba la máxima de H. L. Mencken (“There is always a well-known solution to every human problem –neat, plausible, and wrong”) me refería precisamente a este tipo de consideraciones. Pretender resolver mediante el expeditivo procedimiento de anatemizar ciertos gastos para priorizar los destinados a la salud o a prevenir la pérdida de vidas humanas puede resultarnos muy satisfactorio intelectual y éticamente hablando, pero las inspiradas en ese tipo de consideraciones, son esas soluciones a las que Mencken se refería como claras, factibles y…    equivocadas.

Las lágrimas de la consejera

Esta misma semana, en la comparecencia para informar de la situación de la pandemia de Covid19, Verónica Casado, consejera de salud de Castilla y León leyó, uno por uno, los nombres del personal sanitario de su comunidad que habían fallecido. Quería que esa lectura fuese un homenaje a cada una de esas personas. En varias ocasiones tuvo que dejar de leer porque no fue capaz de articular palabra a causa de la emoción. En el vídeo se recoge el momento.

Hubo quienes, ante las imágenes de la consejera emocionada, señalaron que no debería llorar quien era, en parte, responsable de las condiciones que habían conducido a que se produjeran aquellas muertes. En un contexto diferente, en Euskadi, un periodista llegó a preguntar a la consejera de salud del Gobierno Vasco en qué medida se sentía responsable de las más de 1.000 víctimas mortales (a día de hoy son 1.300) que había dejado la pandemia en nuestra comunidad en el momento que hizo la pregunta.

Más o menos por esos días, una campaña denunciaba que la falta de suficientes medidas de protección había colocado al personal sanitario en una situación de alto riesgo de contagio y que muchos habían muerto por esa causa. En España el número de sanitarios contagiados ha sido muy alto (más de 40.000 a día de hoy), y es más que probable que esa triste contabilidad obedezca a la insuficiencia de material de protección a disposición del personal y, en general, a las condiciones bajo las que han tenido que trabajar. Al calor de la campaña, hubo muchos reproches, la mayoría formulados de manera genérica, a los “responsables” de que se hubiese llegado a esa situación.

Nos preguntamos también ahora por el estado en que se encuentran las personas mayores en las residencias. No es una preocupación repentina, que haya surgido a cuenta de la crisis provocada por Covid19, porque cada cierto tiempo se formula alguna queja o denuncia sobre las condiciones de vida en alguna residencia. Pero el hecho de que muchos fallecimientos como consecuencia de esta pandemia hayan ocurrido en residencias nos ha hecho dirigir la mirada hacia esa parte de nuestra sociedad. No es tan fácil en este caso atribuir la responsabilidad a un agente concreto, personal o institucional, porque la casuística en el caso de las residencias es muy diversa; su dependencia, su gestión o, incluso, la misma aceptación por los familiares de quienes allí pasan los últimos años de sus vidas de las condiciones de la institución a la que los confían, puede entrañar un cierto grado de responsabilidad.

Estoy seguro de que a lo largo de estas largas semanas de confinamiento a muchos nos han asaltado dudas similares. ¿Qué se ha hecho mal? ¿Cómo se podían haber hecho mejor las cosas? ¿Hay responsabilidades concretas? ¿Quién o quiénes habrían de responder por la magnitud del desastre?

Puestos a identificar actuaciones que pueden valorarse, podemos empezar por las decisiones que ha tomado el gobierno español: ¿Pudo haber actuado antes? ¿Pudo haber parado antes el país? ¿Pudo haber adquirido más equipos de protección? También nos podemos hacer preguntas similares sobre las decisiones de las autoridades autonómicas: ¿Deberían hacer más pruebas de ARN viral de las que hacen? ¿Debían haber dotado a sus hospitales de más equipamiento? ¿Debían haber dotado de más personal médico y sanitario, en general, a sus centros de salud y hospitales? ¿Deberían tener más camas en cuidados intensivos? ¿Cuáles de esas decisiones las han tomado los actuales gestores? ¿Qué decidieron los anteriores? ¿Hasta cuándo habría de remontarse? Son cuestiones que se refieren tanto a decisiones de pura gestión como de gasto.

Tenemos una tendencia, seguramente lógica, a buscar culpables de las desgracias; en parte se debe a la forma en que entendemos elmundo, tratamos de atribuir agencia incluso a objetos inanimados. Hasta cuando se cae una grúa por un vendaval nos preguntamos si había pasado la correspondiente inspección, si algún responsable había hecho dejación de la responsabilidad, si ha habido negligencia. Nos cuesta aceptar que las desgracias pueden ser inevitables o dificilmente evitables. Por eso nos interrogamos e interpelamos a las autoridades.

Hace años se produjo en la Comunidad Autónoma Vasca un debate muy vivo acerca de la conveniencia de introducir un vacuna contra una variedad de meningitis bacteriana en el calendario de vacunación de niños y niñas de nuestra comunidad. Se habían producido dos o tres muertes infantiles. La vacuna se acabó incorporando a ese calendario, pero recuerdo bien que el consejero de salud de aquella época, hablando de esto, me dijo: ¿De donde te parece que debemos quitar el dinero? ¿Sustituimos una de las vacunas que están en el calendario? ¿Anulamos un tratamiento antitumoral? ¿Dejamos de comprar un aparato de resonancia magnética? ¿Cuántos muertos debemos poner a cada lado de la balanza? ¿Qué otros bienes sanitarios sacrificamos? No supe qué decirle.

Puede que no lo parezca, pero estas cuestiones y las preguntas que nos hacemos sobre las posibles responsabilidades que he dejado antes dichas tienen mucho que ver unas con otras. En todos los casos nos preguntamos acerca de la conveniencia de las decisiones que, por acción u omisión, han podido condicionar el balance de enfermos y muertos por la pandemia. Por no hablar de los efectos catastróficos de esta situación sobre la economía y sobre nuestras vidas en los próximos meses y años.

A la pregunta del consejero vasco muchos responderían que lo que habría que haber hecho era haber destinado más recursos a sanidad y menos a otras cosas. Dejo a quien esto lea que escoja entre gastar menos en el ejército, en la Casa Real o en los sueldos de los políticos a la hora de concretar por qué optaría cada uno. Pero me temo que esas son respuestas de las que H L Mencken diría aquello de que “there is always a well-known solution to every human problem –neat, plausible, and wrong[1]”. Dejaré una explicación detallada de esto para mejor ocasión, si es preciso.

En última instancia, se supone que todas las decisiones, presupuestarias o de gestión, se toman con el objetivo de que la gente tenga, en la medida en que tal cosa dependa de ellas, la mejor vida posible. Y concretando aún más, las instituciones acaban dedicando muchos recursos a salvar vidas: lo hacen al financiar la formación de personal sanitario, al invertir en infraestructuras de salud, al prevenir enfermedades conocidas, al mantener servicios e infraestructuras para o apagar incendios, al prevenir la comisión de delitos, al aprobar regulaciones para que los alimentos y otros productos sean seguros o al poner límites de velocidad en las autopistas. La lista podría alargarse más, porque, por ejemplo, una ciudadanía culta y bien formada tiene una mejor condición física y, normalmente, hábitos más saludables; de esa condición y de esos hábitos depende el estado de salud, por lo que las inversiones en educación también salvan vidas; de la misma forma que, por otras razones, lo hace la investigación médica, en particular, y científica en general.

Pero siempre llega un momento en que decidimos que no se debe gastar más dinero. Aún sabiendo que si se gasta más se conseguirían salvar más vidas, siempre llega ese momento en que se deja de gastar y, por lo tanto, se renuncia a salvar las vidas que hubiera ocasionado ese gasto adicional al que se renuncia. Cuando los efectos de esta pandemia se hayan atenuado, seguramente decidiremos dedicar más recursos a protegernos de futuras pandemias. ¿A costa de qué? ¿Qué otras partidas de gasto sanitario se suprimirán? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Y si la próxima pandemia grave llega dentro de otros 102 años?

En una crisis como la que vivimos, los responsables sanitarios de diferentes niveles han de tomar decisiones en circunstancias muy difíciles. Ahora ya no me refiero solo a decisiones económicas. Cada medida puede salvar unas vidas a la vez que provoca la pérdida de otras. Es como si se hiciesen triajes a gran escala, solo que se hacen en condiciones de mucha confusión, con escasas y dudosas evidencias científicas, y bajo una presión enorme. Es lógico que la labor de los responsables políticos se someta al escrutinio público. Es lógico que se valoren y enjuicien sus decisiones. Es lógico que se les exija la máxima diligencia y que decidan lo que decidan lo hagan basándose en la información de la que disponen y en buenas evidencias científicas. Y han de dar cuenta de las razones por las que toman unas decisiones y no toman otras. Esto es, han de actuar de forma transparente.

Los responsables unas veces aciertan y otras se equivocan; y otras veces es cuestión de grados o depende del bien que, cada uno de nosotros, pensemos que debe preservarse. De la valoración que hagamos se derivarán, o no, responsabilidades políticas. Lo que me cuesta es pensar que no actuan buscando el mayor bien posible, con independencia de su color ideológico. De hecho, la pandemia no parece haber dado la razón a los gobernantes de una u otra orientación política. Las cosas no han ido mejor o peor en esta o aquella comunidad autónoma. Ni parece que el color político de los gobiernos del mundo ha condicionado la macabra contabilidad de víctimas.

En la política y de la política viven algunos personajes detestables; pero con más o menos acierto, y sin descartar otras (no necesariamente egoístas) motivaciones, la mayor parte son personas movidas por la voluntad de mejorar las vidas de sus conciudadanos. Las lágrimas de la consejera de salud de Castilla y León son muestra de un dolor genuino, sincero. Salvo los familiares, amigos y compañeros fallecidos, dudo que nadie sienta más que ella la muerte de sus sanitarios. Creo que es de justicia reconocérselo.

Post scriptum: En una coyuntura como esta no solo cuentan las decisiones que buscan salvar vidas en este momento; como vimos antes, también nos debemos sentir concernidos por las que se puedan perder en el futuro, lo que complica mucho más las cosas. Eso por no extender el abanico de opciones a dilemas de otra naturaleza, como el que plantea el presidente del Banco Central de Alemania entre la vida y la dignidad.


[1] Para todos y cada uno de los problemas humanos siempre hay una solución que es clara, factible y equivocada.

Decálogo para un curso académico en año de pandemia

La pandemia COVID19 ha llegado al mundo de la enseñanza como una gran ola. No hemos podido huir de ella ni, menos aún, saltar por encima. Nos ha sobrepasado. A decenas de miles de docentes y centenares de miles de estudiantes nos ha obligado a enseñar y aprender de una forma diferente durante el segundo cuatrimestre del curso; y todo ha ocurrido de repente. La ola nos ha cubierto y ahí seguimos, bajo el agua, sacando la cabeza como buenamente podemos para respirar, y tratar de no ahogarnos. En casa convivimos una maestra de primaria, un graduado en ciencias cursando el máster de secundaria y un servidor, profesor universitario; y tengo la percepción de que en todos los niveles educativos experimentamos la misma sensación de desconcierto, en unos casos, o incluso de ahogo, en otros, porque nunca nos habíamos enfrentado a nada similar.

Pero el curso académico 2019/2020 se dirige a término y aunque seguiremos impartiendo docencia como mejor sabemos, tratando de completar los programas, y evaluando incluso (o sea, tratando de sacar la cabeza para respirar), debemos pensar ya en el curso próximo. Lo tenemos que empezar a preparar ya, sabiendo que el 2020/2021 tampoco será normal. Debemos evitar la improvisación a que nos hemos visto obligados este curso.

Hemos de partir de dos premisas. Por un lado, hay que contar con que no será posible hacer vida normal, al menos, hasta la próxima primavera. Las previsiones epidemiológicas dicen que el virus no solo no va a desaparecer en los próximos meses, sino que circulará por la población e irá alcanzando a quienes aún no han sido contagiados. Sólo unas condiciones de aislamiento extremo lo podrían evitar, pero eso es impensable; como vimos aquí. La presencia permanente del SARS-Cov-2 entre nosotros durante los próximos meses obligará a las autoridades a mantener durante largo tiempo algunas medidas de aislamiento relativo, una cierta distancia física entre las personas y el uso de normas y dispositivos de protección.

Por otro lado, es preciso mantener la actividad académica de la mejor forma posible. No será fácil, pero tampoco tiene por qué ser tan difícil. Para enseñar y aprender en condiciones idóneas, me parece clave establecer el principio de que no debe trasladarse de manera automática la experiencia docente/discente del aula o seminario al entorno virtual. La pretensión de hacerlo así, que ha predominado en muchos responsables del mundo de la enseñanza durante estos meses, ha sido una fuente de problemas. Por un lado, no en todos los hogares hay el equipamiento informático necesario. Por otro, tampoco se dan en todos los casos las condiciones necesarias para permitir a los miembros de una familia conectarse con la calidad suficiente como para asistir a una clase virtual o impartirla. Y, por qué no decirlo, algunos profesores carecemos de habilidades para relacionarnos con la utilería informática o movernos con agilidad en el mundo virtual.

Pero, por encima de cualesquiera otras consideraciones, no es lo mismo una clase presencial en un aula (menos aún en un laboratorio) que una sesión mediante videoconferencia en la que ni el docente ve a los estudiantes que asisten a clase ni, lo que es más importante, puede hacer uso de los recursos propios del aula. Me refiero a la prosodia, la teatralización, o el uso de sistemas alternativos de presentación de imágenes. No, por mucho que nos empeñemos, el aula es una cosa y la plataforma virtual es otra. Esto no quiere decir que no se pueda impartir docencia por internet. Por supuesto que se puede, pero ha de ser preparada a tal efecto, no una que pretenda llevar a la plataforma de video lo que se explica en el aula.

Expuestas las premisas, deberíamos empezar a trabajar de cara al curso que viene con arreglo a las siguientes medidas y pautas:

  1. Si la situación de la pandemia así lo aconseja y dependiendo del nivel educativo, solo una fracción de las clases serían presenciales. Esa fracción sería mayor o total en los niveles de enseñanza más básica y podría ser menor conforme se acerca a la universitaria. La asistencia regular a clase no debería ser un problema para los estudiantes de infantil y primaria, dado que no parecen verse afectados por el virus. Y en el otro extremo, en la universidad y bachillerato, buena parte de las clases presenciales podrían ser sustituidas por otras modalidades discentes. De esa forma solo circularían por los centros una fracción del total de estudiantes. Y eso facilitaría el poder mantener la distancia adecuada entre las personas dentro de los recintos.
  2. Es muy improbable que en julio se puedan hacer convocatorias que reúnan a grandes números de personas. Por ello, no creo que se den las condiciones para realizar las pruebas de acceso a la universidad antes del verano salvo que se habiliten espacios de grandes dimensiones y se organicen los accesos de forma exquisitamente ordenada. No tendría por qué haber problemas en posponer las pruebas de acceso a septiembre, después de la época más cálida del año, dado que parece que la transmisión del virus disminuye con la temperatura y la humedad.
  3. En consecuencia, el curso debería empezar entre mediados de septiembre (en los niveles educativos niveles más básicos) y primeros de octubre, lo que tendría la ventaja añadida de que nos daría más tiempo para preparar las tareas a realizar.
  4. En aquellos casos en que hubiese que restringir el acceso del alumnado a los centros, las clases presenciales servirían para instruir acerca de la forma de trabajar y para la docencia práctica, dejando la transmisión de contenidos de teoría para las modalidades virtuales.
  5. Las plataformas de vídeo se destinarían, sobre todo, a la labor tutorial: asesoramiento, resolución de dudas, etc.
  6. Una parte importante de la actividad discente debería consistir en aprendizaje basado en el trabajo personal de los estudiantes dirigido por el docente. Los estudiantes serían así verdaderamente protagonistas de su aprendizaje.
  7. El profesorado podría (y a mi juicio debería) hacer un uso intensivo de los recursos que ofrece internet de forma gratuita: vídeos, artículos escritos en medios de divulgación, artículos científicos, etc. Su papel aquí sería esencial, pues es quien debe velar por el rigor de la información que se pone a disposición del alumnado.
  8. El profesorado con dotes y disposición para ello podría grabar archivos de audio y de vídeo con explicaciones breves acerca de cuestiones claves de sus materias. Ese material quedaría depositado en el aula virtual para uso del alumnado. En ausencia de textos o como complemento de lo anterior, el profesorado puede redactar los suyos propios (breves) con los contenidos que considere esenciales y que no cabe obtener por otros medios.
  9. La conexión a internet con buena calidad se ha convertido en una necesidad equivalente a la de las infraestructuras y equipamientos educativos tradicionales. Por ello, los responsables educativos deberían poner los medios necesarios para que todos los estudiantes dispongan de una conexión a internet de calidad, así como del equipamiento informático necesario. De lo contrario, la brecha digital se manifestaría en una brecha educativa muy profunda.
  10. La evaluación debe huir del mimetismo de las pruebas presenciales. Entiendo que debería optarse, preferentemente, por la evaluación continua basada en trabajos y tareas no muy gravosas, aunque dependiendo del número de alumnos a evaluar, eso podría ser muy difícil de llevar a la práctica. En todo caso, la exposición y discusión de problemas prácticos concretos (disponiendo de una gama amplia de opciones) sería, a mi juicio, la forma más idónea de evaluar. Soy partidario de recordar al alumnado que este sistema descansa en la confianza en la honradez de todos sus integrantes y en el ejercicio de la responsabilidad personal. La evidencia empírica muestra que los recordatorios de esta naturaleza reducen los comportamientos fraudulentos de forma significativa.

La situación que vivimos es absolutamente excepcional. No podemos actuar como si estuviésemos en circunstancias normales. Y es necesario adaptarse a ellas. Además, aunque debemos cambiar los esquemas de trabajo y en algunos casos pueden surgir dificultades especiales o, incluso, insalvables, debemos evitar aferrarnos a hábitos y formas de trabajo de toda la vida. Se trata de pensar de forma diferente. Tenemos cinco meses por delante y los debemos aprovechar para transitar a un modelo transformado. Antes o después volverá la normalidad conocida o nos habremos adaptado a una nueva. Todo lo que aprendamos estos meses nos valdrá. Hagamos, por tanto, virtud de la necesidad.