Su debilidad es su fortaleza

La pandemia nos obliga a vivir momentos difíciles y, para algunos, apasionantes también. Quienes investigan y trabajan en campos tales como virología, inmunología, salud pública o epidemiología, encuentran en estos tiempos razones sobradas para valorar la decisión que tomaron en su día. Es el conocimiento que han producido o adquirido el que, de una manera u otra, acabará ofreciendo las claves que permitan superar la pandemia. Pero, entre tanto, para muchos de ellos, por intensas y apasionantes que resulten estas semanas, también están siendo duras y descorazonadoras. Los epidemiólogos, en concreto, se encuentran en el ojo del huracán. Todos nos dirigimos a ellos en demanda de datos y predicciones. Y están, también por eso, sometidos a un fenomenal escrutinio público.

Los datos, las predicciones, no son elementos neutros. Están cargados de valor o, si se quiere, de significado (o de sentido). Pero en este momento son muy endebles: fragmentarios, de calidad dudosa, incompletos y difíciles de homologar entre países. Por otro lado, es tanto lo que se desconoce acerca de las características del virus SARS-COV-2, de su forma de propagarse, de la susceptibilidad relativa de personas de diferentes colectivos, que nadie sabe, en realidad, cuál puede ser la evolución de la epidemia en las próximas semanas. Ni siquiera se sabe cuántas personas se han contagiado y se encuentran, presumiblemente, inmunizadas. Dicen los epidemiólogos que la evolución de las cifras de personas fallecidas son compatibles con más de un posible escenario relativo al número de contagios y el momento en que se encuentra la evolución de la enfermedad.

Por eso se hallan en medio del fuego cruzado entre diferentes grupos políticos, y también entre instituciones y países. De sus dictámenes podría depender que se decida volver antes o después a la normalidad. No es lo mismo que ya se haya contagiado más de la mitad de la población o que nos encontremos al comienzo de la expansión epidémica. Por otro lado, la situación cambia de día en día. Y no solo son los especialistas quienes ven cómo varían sus estimaciones; políticos, periodistas y público en general también lo ven. El problema es que, como las decisiones relativas a la gestión de la pandemia son, en definitiva, políticas, también son objeto de crítica desde plataformas políticos. El riesgo que corremos es claro: de cara al público y las autoridades podría devaluarse toda una disciplina científica de enorme importancia. Una evaluación de la información, datos y conclusiones a los que llegan los especialistas en epidemiología hecha a la luz de los intereses ideológicos es veneno para la disciplina, en particular, y para el conjunto de la ciencia en general.

Hay que aceptar que las conclusiones a que llegan los científicos son, casi (o sin casi) por definición, provisionales. Ese es un axioma de alcance general pero, además, en el caso de la epidemiología debe aceptarse que esas conclusiones pueden modificarse en virtud, precisamente, del cambio en los datos brutos de los que se va disponiendo conforme pasan los días. Los científicos no estamos exentos del efecto de sesgos, y nuestra visión del mundo puede influir en los dictámenes. Pero también tenemos el hábito de someter a critica lo que creemos saber. Y si no lo tenemos nosotros, lo tienen nuestros compañeros de disciplina. El resultado de las interacciones entre esos elementos suele ser razonablemente bueno y también útil.

Mucha gente piensa que la ciencia consiste en un conjunto de teorías y hechos establecidos de forma definitiva. Según esa idea, las afirmaciones que se hacen desde la esfera científica o las recomendaciones avaladas con su sello se suelen considerar definitivas, inmutables; podrían ser tomadas, de hecho, como verdades absolutas. Pero las cosas son muy diferentes.

La observación, la experimentación y la reflexión dan lugar a la elaboración de modelos. Esos modelos (teorías o hipótesis) ofrecen explicaciones de los fenómenos que estudiamos, y a veces permiten hacer predicciones. Hay áreas en las que las teorías, los modelos, ofrecen resultados excelentes. Sirven para explicar un conjunto muy amplio de fenómenos y, cada vez que se contrastan, vemos que funcionan bien. En Física, por ejemplo, se han desarrollado modelos excelentes; las predicciones que generan las teorías de ese campo alcanzan una precisión asombrosa. Otras veces, sin embargo, los modelos no tienen tal grado de perfección. Eso no ha de extrañar a nadie. Por una parte hay sistemas simples, mientras que otros son más complejos. Y también hay fenómenos de la naturaleza en los que inciden multitud de factores, algunos difíciles de identificar.

La epidemiología es una disciplina científica muy poderosa. Pero eso no es óbice para que las conclusiones de sus especialistas sean, como las del resto de científicos, provisionales. Máxime en una situación como la que vivimos estas semanas. La epidemiología no solo adolece de las mismas limitaciones que otras disciplinas. En este momento tiene la dificultad añadida de que los datos que maneja son, como he apuntado antes, fragmentarios, incompletos y de dudosa calidad. Conviene tener en cuenta esas circunstancias y esperar a que, al cabo de algunos días, su conocimiento de la situación sea más completo y preciso. Las decisiones que deban tomar las autoridades se basarán, entonces, en un buen conocimiento (que no será el mejor posible porque, aquí también, lo mejor es enemigo de lo bueno).

La ciencia progresa a base de mejoras de sus métodos y sus conclusiones. Los modelos que alcanzan amplia aceptación por parte de la comunidad científica son cada vez mejores. Sirven para ofrecer mejores explicaciones de las observaciones, de los datos. Y también sirven para elaborar, cuando ello es posible, mejores predicciones. Esto forma parte del curso normal de la actividad científica. Y es que la ciencia, al ser un producto humano, tiene una debilidad: es imperfecta. Pero es el reconocimiento de esa debilidad, de la falibilidad humana, lo que permite que se corrija constantemente a sí misma. Y gracias, precisamente, a esa capacidad para autocorregirse, la imperfección, que era su debilidad, se convierte en su gran fortaleza.

De clínica a cliente, pasando por declive y clítoris

Una mañana, mientras dábamos nuestro paseo matutino de los sábados, Aintzane se preguntó en voz alta acerca de si existe alguna diferencia entre los significados de las palabras clínica y hospital. No lo sabía, pero creo que normalmente llamamos clínica a una dependencia sanitaria de tamaño medio, mientras que hospital nos parecía que es una gran instalación. Indagamos, no obstante, acerca de la etimología[1] de las dos palabras.

Vimos que hospital procede del latín hospes, huésped; de ahí deriva hospitalia, lugar para visitas extranjeras, y de hospitalia, hospital, lugar que da auxilio a viejos y enfermos. Hotel, hospedaje, hospedería y hospitalidad tienen la misma procedencia.

Clínica, sin embargo, viene del griego kliniké, que es como llamaban a la práctica médica de atender a los pacientes en la cama, kline. Esta, por su parte, procede del verbo klinein, que significa inclinarse o acostarse, y está, al parecer, relacionada con la raíz indoeuropea klei, que denota inclinación, pendiente o subida.

Hay unas cuantas palabras en español que proceden de ese mismo étimo indoeuropeo. Inclinar (y todas sus derivadas) es quizás la más obvia. Procede del latín inclinare. El prefijo in- (hacia dentro) viene del indoeuropeo en-, el mismo con que empieza encéfalo, por ejemplo (dentro de la cabeza). Y clinare procede también de la indoeuropea klei.

Reclinar es otra de esas palabras. Proviene del latín reclinare, que significa inclinarse hacia atrás. Me sorprende un poco, porque creo recordar que en el reclinatorio, ese pequeño mueble en el que se reza de rodillas, la gente no se inclina hacia atrás. Pero vaya usted a saber por dónde ha pasado esa palabra antes de llegar hasta nosotros.

Declinar, que significa rechazar una invitación a algo, comparte esa misma raíz, aunque lleva el prefijo de-, que indica que algo ocurre de arriba hacia abajo; es el caso de derrumbar, demoler, defenestrar, decaer…, son palabras que indican que algo cae; en el caso de declinar, lo que se viene abajo es la posible participación en ese algo a lo que se invita. No alcanzo a vislumbrar cómo se relaciona esta acepción de declinar con la relativa a la declinación de una lengua, pero seguro que la relación existe.

Declive tiene que ver con la anterior. Proviene del latín declivis, que significa inclinación descendente del terreno y, metafóricamente, decadencia. Como vemos, tanto declive como decadencia, empiezan por de-, por lo que aquí también tenemos esa dirección hacia abajo contenida en el prefijo. La raíz es clivis, adjetivo latino que significa inclinado y que se deriva de clivus, que nombra una pendiente o subida. El origen de ese clivus tiene, de nuevo, que ver con klei.

Proclive tiene un origen similar. Solo cambia el prefijo, pro-, que indica una dirección hacia delante, e implica que el asunto al que se refiere la palabra es fácil de bajar o favorable y, por lo tanto, predispuesto favorablemente a algo.

En una esfera diferente de las anteriores tenemos clímax, el punto culminante de algo. Viene del griego klimax, escala. Y relacionada con la anterior, climaterio, que proviene de klimakter, escalón o peldaño en griego, y también etapa crítica de la vida. Pasó al latín como climacter. En la actualidad es una palabra técnica que expresa el periodo en que ya no se pueden tener hijos. Clímax y climaterio también contienen la indoeuropea klei.

Parecida a la anterior es clima, del latín clima, climatis, y este del griego klima, inclinación del sol y, por extensión, latitud, clima. La raíz de la griega klima es klinein (de nuevo del indoeuropeo klei), y se forma con el sufijo –ma, que indica el resultado de una acción, del mismo modo que lo indica en tema, poema o idioma.

Aunque, al parecer, esta etimología pudiera no ser correcta, el portal Etimologías de Chile incluye clítoris en este grupo de palabras. Procede de la griega kleitoris que significaría pequeña montaña o pequeña elevación, haciendo referencia, de nuevo, a la inclinación que configura esa elevación. Pero repito que esta es más dudosa.

Terminaremos este recorrido por cliente, proveniente del latín cliens, protegido. Al parecer, tiene la misma raíz indoeuropea klei, y se supone que nombra a quien se inclina ante su patrón para apoyarse en él o recibir su protección.

No he incluido aquí sinclinal, anticlinal o clina, porque son palabras técnicas, pero están también relacionadas con la indoeuropea klei. Estoy seguro de que hay más.

Cuando empecé esta indagación no imaginaba los curiosos vericuetos que acabaría recorriendo siguiendo el rastro a todas estas palabras. Sorprende cómo se modifica, extendiéndose y diferenciándose, el significado de las palabras. No podía imaginar que empezando por clínica, pasaría por declive y clítoris, entre otras, para terminar en cliente.

La historia de las palabras es maravillosa. No solo resulta interesante por sí misma. Ayuda, además a conocer mejor la forma en que funciona la mente humana, el modo en que cristalizan significados e, incluso, cómo surgen nociones nuevas.



[1] Suelo consultar la etimología de las palabras en la web etimologías.dechile.net, pero también recurro al Corominas.

La alternativa del diablo

La pandemia ha transformado nuestras vidas. De momento lo ha hecho para unas semanas. Pero es posible que algunas cosas las cambie para siempre o para mucho tiempo. Porque no es posible calibrar hoy las consecuencias de lo que está ocurriendo estos días y de lo que falta por venir.

Estamos abocados a vivir en cuarentena. Los que podemos trabajar desde casa así lo haremos. Veremos la calle desde el balcón y, cuando toque, nos acercaremos al mercado a hacer las compras. Así pasaremos las semanas.

¿Hasta cuándo?

¿Hasta cuándo mantendrán las autoridades a la población recluida en sus hogares? ¿Dos semanas? ¿Cuatro? ¿Ocho?

El pasado jueves, el premier británico Boris Johnson, declaró que en el Reino Unido no iban a cerrar escuelas ni a tomar medidas equivalentes a las de otros países. De momento. También dijo que conforme pasasen los días valorarían la situación y podrían aplicar nuevas medidas. No obstante, parece que, en contra de lo afirmado inicialmente, no se podrán celebrar espectáculos deportivos de masas. Y es posible que en los próximos días rectifiquen aún más.

Johnson, en compañía del asesor científico del gobierno, Sir Patrick Vallance, y del Director Médico Jefe de Inglaterra, Chris Whitty, insistieron en la importancia de acompasar las medidas al curso temporal de la pandemia. Según ellos, el número máximo de contagios tardará entre 10 y 14 semanas en llegar. Creen que es demasiado tiempo para que la población mantenga la tensión necesaria para respetar las normas de distanciamiento social y para mantener centros escolares y otras infraestructuras públicas cerradas. Piensan que ya hay miles de personas contagiadas y que la expansión generalizada del virus es inevitable. Por eso, confían en que un gran porcentaje de la población (un 70% quizás) adquiera inmunidad tras superar la enfermedad y se pueda generar así inmunidad de grupo, esa que proporcionan las vacunas, cuando la mayor parte de la población se ha vacunado, frente una enfermedad infecciosa.

Las tesis de las autoridades científicas y políticas británicas son muy discutibles. Y, de hecho, han sido criticadas ya por muchos científicos británicos. Algunos piensan que en realidad el Gobierno de Su Majestad ha optado por evitar causar un gran daño a la economía.

Es una hipótesis verosímil. ¿De qué magnitud será el problema dentro de tres semanas? ¿Durante cuánto tiempo podría sostenerse un país entero en cuarentena y con la actividad económica reducida de forma severa? ¿Cuándo se vería gravemente impedida la producción, tráfico y comercio de bienes y servicios? ¿Cuándo dejaría de haber recursos para mantener a la población? ¿Se puede apagar un país durante dos meses?¿Cuántas vidas humanas se perderían en el supuesto de un colapso económico? ¿Qué alternativa acabaría causando más dolor?

¿Cree usted que estas preguntas son retóricas?

Adam Kucharski, epidemiólogo y autor del libro “The Rules of Contagion” (Las leyes del contagio) en un breve hilo en tuiter hace unos días ponía el dedo en la llaga. Según Kucharski, las medidas de control aplicadas por China en Wuhan (reduciendo el contagio a la mitad en dos semanas) han tenido y tendrán un coste social y psicológico enorme. Pero la gran mayoría de la población sigue siendo susceptible a la enfermedad y, conforme se vayan levantando esas medidas, volverá a producirse un nuevo brote. No cree que, por su enorme coste, puedan mantenerse de forma indefinida. De hecho, parece que en lugares como Hong Kong y Singapur, que han sido capaces de mantener la epidemia bajo control, están sufriendo un aumento en la transmisión del virus tras el éxito inicial. Concluye que no hay una solución fácil y que, entre las dificilísimas alternativas que se puedan tomar, habrá que optar en cada caso por la forma sostenible más efectiva para que sea mínimo el riesgo de colapso del sistema sanitario y el impacto sobre las personas más vulnerables.

En este momento es precisamente la integridad de los servicios de salud lo que más preocupa a nuestras autoridades sanitarias. La perspectiva de tener que atender a miles de personas (cerca de un 20% de las diagnosticadas) en unidades de cuidados intensivos, con las necesidades que conlleva de personal sanitario, infraestructuras y equipamiento (para respiración asistida, en especial), es una verdadera pesadilla. Esa ha sido la experiencia lombarda. Por eso, todos los esfuerzos hoy se dirigen a limitar los contagios, para de esa forma frenar la expansión de la pandemia y posibilitar una evolución más lenta que no ponga en riesgo el sistema de salud.

En el Reino Unido dicen querer conseguir ese mismo objetivo indicando a quienes tengan síntomas que permanezcan en sus hogares, aislados a poder ser, durante una semana. Solo atenderían en los hospitales a los más graves. Pero es muy dudoso que consigan ralentizar así el avance de la pandemia. Y al prescindir de las restricciones a las reuniones y desplazamientos de la gente, los británicos tratan de preservar la integridad del sistema socio-económico. En España, además de lo anterior, se están implantando medidas de control social al estilo de China e Italia, pero las consecuencias económicas serán muy graves.

Boris Johnson reconoció que muchas familias “perderían seres queridos antes de tiempo”. Parecía, al decirlo, que estaba prometiendo “sangre, sudor y lágrimas”, aunque sin la épica y dignidad que exige una declaración tal por parte de un mandatario. Aquí no se dicen esas cosas de forma expresa, pero lo cierto es que morirán (ya están muriendo) también muchas personas.

Aunque, por razones comprensibles, nadie lo quiere expresar con absoluta claridad, parece que nos enfrentamos a una nueva versión de la alternativa del diablo, la de tener que elegir de entre dos grandes males el que se juzga menor. Uno es el colapso económico y el otro la pérdida inmediata de muchas vidas humanas. El problema es que nadie puede asegurar que el optar por el, en apariencia, menos malo, impida que acabe produciéndose el mal mayor. Porque aunque se de prioridad a la integridad del sistema socio-económico a costa de una mayor pérdida de vidas humanas, eso no garantiza que la economía no acabe deteriorándose gravemente. Y lo contrario también es cierto: preservar el sistema de salud salvando más vidas en los próximos meses quizás no evite una mayor pérdida de vidas más adelante. Esto es muy difícil y, se haga lo que se haga, no saldremos indemnes.

Cuanto más tiempo pasa, mayor es la incertidumbre que experimento. Supongo que esto nos pasa a todos. Los responsables tienen el objetivo de salvar el mayor número de vidas posibles y conseguirlo sin provocar un colapso de la economía, porque esa perspectiva es pavorosa. Cuentan con las personas más capacitadas para asesorarles. Y aunque nadie está a salvo de errar, confío en que tomarán las mejores decisiones. Pero hay algo que sí tengo claro: por nada del mundo querría estar en su lugar.

Adenda: Íñigo de Miguel (@idemiguelb) me dice en tuiter que la eventualidad de tener que volver a reimplantar restricciones de movilidad y reunión depende de si entre tanto, los ensayos clínicos arrojan resultados positivos o la subida térmica primaveral hace retroceder al virus. Aunque en teoría eso es cierto, lo primero me parece dificilísimo por meras razones técnicas. Y lo segundo es una posibilidad, aunque no sé cuán probable. No obstante, es cierto que son factores a considerar y que socavan los argumentos del PM británico.

Los tártaros del teniente Drogo están aquí

Dicen que los italianos que se encuentran de paso en Lombardía se agolpan en las estaciones para salir antes de que se decrete la cuarentena. También cuentan que en París, Berlín y otras ciudades europeas se vacían las estanterías de los supermercados. La epidemia ha dejado de serlo y se ha convertido ya en pandemia. Es lo más parecido a la gripe española que ha visto el Mundo en más de un siglo. Causará decenas de miles de muertes. Se perderán centenares de miles de años de vida.

Las autoridades sanitarias de medio mundo se afanan por evitar que enferme demasiada gente en un corto espacio de tiempo. Intentan así que no colapsen los hospitales y ganar tiempo para dárselo a la vacuna y, si es posible, antivirales más efectivos.

Las consecuencias económicas serán dramáticas. Ya lo están siendo. Menos actividad traerá más paro. Y con el paro, crecerá la pobreza. Habrá más dolor y más muertes. Las crisis económicas provocan la pérdida de muchos más años de vida de lo que imaginamos.

Microbiólogos, epidemiólogos y especialistas en salud pública habían advertido de que antes o después llegaría una pandemia grave. Habían anticipado que vendría de Oriente. Que causaría muchas muertes. Es lo que está ocurriendo. El descalabro será grande, pero es pronto para saber de su magnitud.

Desde que tuvimos noticia de la existencia del virus y sus efectos, y cada vez más a medida que se expandía por el mundo, he experimentado una sensación extraña. Es como si nos aproximásemos al final de una era y al comienzo de otro tiempo. Un virus que mata a entre una y dos personas de cada cien contagiadas (diez veces más que el de la gripe común) y que se transmite con facilidad es lo más parecido a la llegada de invasores hostiles que podemos vislumbrar en la Europa de nuestro tiempo. Es como si los tártaros del teniente Drogo de Buzzati hubieran llegado por fin. 

Los populismos emergentes en Occidente y la llegada al poder de partidos salidos de otro tiempo fueron quizás las señales que anunciaban una nueva era, el anuncio de los tiempos oscuros que se avecinaban. El ambiente opresivo de estos años se condensa en forma de pandemia, de una amenaza frente a la que contamos con algunas buenas defensas, pero de cuyos embates no saldremos indemnes.

Podemos protegernos de quienes anhelan llegar hasta nosotros a través del Mediterráneo y de las fronteras de Oriente próximo; nos ha bastado, para ello, prescindir de la compasión por los más débiles. Pero no podemos defendernos de esa invasión, la de los “tártaros” del teniente Drogo, de esos que llegan por vía aérea, sin ser vistos, desde los confines del mundo.

¿Virtud de mentes pequeñas?

Si uno mira hacia atrás en la historia del conocimiento no puede por menos que constatar lo lejos que se encuentran las nociones hoy en boga de las que dominaban el panorama intelectual en el pasado. Asuntos que hoy nos parecen palmarios, se veían de forma muy diferente hace un siglo, y mucho más hace dos. La consideración moral de la esclavitud, por ejemplo, ha cambiado de forma radical desde el siglo XVIII; el estatus de las supuestas razas, desde el XIX; y, sin retrotraernos tanto en el tiempo, la opinión de la mayoría de la sociedad acerca de la capacidad de las mujeres y de sus derechos ha cambiado mucho en el último medio siglo. Me refiero a asuntos acerca de los cuales hoy tenemos convicciones firmes y claras.

Lo más probable, por tanto, es que las opiniones mayoritarias en la sociedad dentro de cincuenta años sean diferentes a las de ahora, también en cosas que hoy nos parecen muy evidentes.

Estos días, por razones que no vienen al caso, me ha dado por pensar en eso, a la vez que me he puesto a revisar mis propias ideas y la forma en que pensaba hace cinco, diez, veinte o cuarenta años. Y me asombra hasta qué punto ha cambiado la forma en que veo bastantes cosas. Me refiero a cuestiones ideológicas, por ejemplo; también a la naturaleza y limitaciones del conocimiento científico, o asuntos tan importantes y tan de la vida cotidiana como la crianza de los hijos.

Ha cambiado mi forma de pensar. Es más, ahora me doy cuenta de que en algunos asuntos he hecho un viaje de ida y vuelta: pienso ahora de forma más parecida a como lo hacía hace cuarenta que hace veinte o diez años.

Hay personas -amigos, normalmente, pero no necesariamente- cuyas opiniones me han influido. También mis hijos. Constatarlo me causa sorpresa. Sus opiniones han sido a veces la palanca que me ha hecho cambiar de idea; y también sus vidas, las cosas que valoran, los problemas con que se encuentran, la forma en que los afrontan. No quiero decir con esto que piense las más de las veces que tienen razón o que lo hacen bien (ni tampoco lo contrario), pero su aproximación a los problemas me interesa y resulta muy enriquecedora. Hace diez años no lo hubiese imaginado.

Las lecturas también me hacen ver las cosas de forma distinta. Cada vez leo menos narrativa de ficción y más ensayo o divulgación sobre temas muy variados. Algunos me han ayudado a entender lo que ocurre y comprender a la gente; o eso me parece a mí, al menos. Y en ocasiones esos libros han cambiado mi forma de ver las cosas.

También me influye la reflexión acerca de lo que veo, claro. Constato que algunas nociones que para mí eran básicas ya no se sostienen a la vista de lo que ocurre a mi alrededor o, al menos, de cómo entiendo yo eso que ocurre.

Una vez nos damos cuenta, puede parecer obvio (aunque nada lo es, como acertadamente sostiene un buen amigo), pero a mí me ha desconcertado un tanto el constatar que la opinión que me merecen actos e ideas ha dependido de la posición en que me he encontrado, de las responsabilidades de cada momento, del grado de implicación en los asuntos en concreto. El mismo hecho no se valora de igual forma por quien dirige una organización y por quien, simplemente, forma parte de la misma. Y en algunos casos esa diferencia se proyecta a la valoración de otros asuntos de carácter más general o de otra esfera.

En paralelo a todo lo anterior, soy cada vez más consciente de hasta qué punto los intereses y deseos afectan a la visión que tenemos de las cosas. El saberlo hace que me interrogue acerca de las razones por las que pienso algo. Me refiero a las posibles razones espurias, a mis motivos, no las razones genuinas. En alguna ocasión he visto con claridad que pensaba lo que más convenía a mis intereses.

Por eso, porque he comprobado que mis ideas no han dejado de cambiar, sé que las que ahora tengo tampoco serán las que tendré dentro de diez años. Habrán cambiado. Pensaré de forma diferente.

Todo esto me produce una inseguridad enorme, sobre todo a la hora de discutir. No soy capaz de sostener posiciones fuertes en unas cuantas materias. No me atrevo.

Tengo un amigo al que gusta decir que la coherencia es virtud de mentes pequeñas. Consigue enojar a quienes tienen en alta estima ese rasgo. Pero aunque tiene una cierta dosis de provocación, hay algo de cierto en esa afirmación. Por un lado, porque el valor de las ideas no de hacerse depender de su coherencia con ideas anteriores, sino de las razones (argumentos) que las avalan y, si es el caso, de las pruebas a su favor. Y por el otro, porque la coherencia puede ser la mejor coartada para la fosilización de unas ideas.

No se me ocurre mejor consuelo para mis inseguridades. Aunque, bien mirado, quizás piense de esta forma porque es, también, la que más conviene a mis intereses.

Adenda: Antonio Casado ha tenido la amabilidad de pasarme la cita original. Es de Emerson. Dice así: «A foolish consistency is the hobgoblin of little minds, adored by little statesmen and philosophers and divines.» O sea: «Una tonta coherencia es el duendecillo de las mentes pequeñas, adorado por pequeños políticos y filósofos y predicadores.»

El futuro está abierto

Sir Karl Popper

«El futuro está abierto. No está predeterminado y no se puede predecir, salvo accidentalmente. Las posibilidades que encierra el futuro son infinitas. Cuando digo ‘tenéis el deber de seguir siendo optimistas’, no sólo incluyo en ello la naturaleza abierta del futuro, sino también aquello con lo que todos nosotros contribuimos a él con todo lo que hacemos: todos somos responsables de lo que el futuro nos depare. Por tanto, nuestro deber no es profetizar el mal, sino más bien luchar por un mundo mejor. «

Las líneas anteriores las he tomado de la Introducción de «El mito del marco común», de Karl Popper. No se me ocurre mejor forma de desear lo mejor para 2020 a todos los que queremos un mundo mejor y creemos trabajar para conseguirlo.

Reacciones a un vídeo

El 11 de febrero pasado, como viene siendo habitual, se celebró el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. La Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU publicó, como también viene siendo habitual, un vídeo para sumarse a la conmemoración. El vídeo se publicó en los blogs de la cátedra (aquí el de Mujeres con Ciencia) y en su canal de Youtube. Las anotaciones en los blogs consistían en un texto redactado por mí y el vídeo insertado al final. En él se muestra a dos hombres de mediana edad, tomando una copa a altas horas de la noche, y haciéndose confidencias uno al otro en tono de lamento porque sus hijas han decidido cursar sendas carreras tecnológicas. Era una caricatura.

Para mí y para quienes trabajan conmigo, así como para sus creadores, no había duda de que se trataba de una caricatura. En otras palabras, era un vídeo humorístico.

Sabíamos que habría gente a quien no gustaría. Lo valoramos, de hecho. Pero pensamos que era humor blanco y que no tenía por qué suscitar demasiada polémica. Nos equivocamos en la valoración de las posibles reacciones de la gente, aunque no en la decisión de publicarlo.

El vídeo recibió críticas en los blogs en que se publicó, así como en tuiter. Algunos amigos, los de más confianza de entre los críticos, me hicieron llegar su desacuerdo[1] con el contenido del vídeo, incluidos quienes, de entre ellos, se consideran a sí mismos feministas. Ninguna de estas personas pensaron que era un vídeo de humor. Tampoco modificaron su punto de vista al responderles yo recordándoselo. “Es un video de humor, una caricatura; ¿no lo ves?” “Los personajes son ficticios” “Es una astracanada, claro, pero deliberada”. No conseguí nada. Seguían pensando que el contenido del vídeo era incorrecto, impropio o inadecuado.

Las críticas en los blogs y en tuiter no fueron nada al lado de las reacciones que provocó en el canal de Youtube de la Cátedra. En poco tiempo alcanzó más de 3.000 no-me-gusta por poco más de 300 me-gusta. Hubo 800 comentarios, muy críticos en su inmensa mayoría. Fuimos acusados de estar fuera del tiempo, de tener una idea equivocada de cómo son los hombres españoles en el siglo XXI, de no aceptar que las mujeres escojan la carrera que quieran, de despilfarrar el dinero público y de unas cuantas villanías más, incluida la de que gracias a cosas como esta VOX tiene la fuerza que tiene. Hasta hubo un youtuber que nos dedicó una de sus piezas[2].

Han pasado seis meses y sigo sin entenderlo. Quizás estoy incapacitado, lo confieso. Tengo dificultades para entender muchas reacciones y comportamientos de la gente. Es posible que eso tenga que ver con algún rasgo de mi personalidad[3]. No lo sé.

No pretendo debatir de nuevo acerca del contenido del vídeo. Acabé literalmente harto en febrero y no estoy dispuesto. Pero últimamente le doy muchas vueltas a las razones por las que pensamos lo que pensamos. Y no he dejado de rumiar que lo que ocurrió en febrero indica, en el fondo, hasta qué punto estamos condicionados por nuestro universo de creencias, valores e ideas, no ya al interpretar la realidad, sino, incluso, al percibirla. Porque me parece extraordinario que algo sea considerado una caricatura por unas personas y otras, de similar formación, extracción social y edad, lo vean como un retrato que pretende representar a unos tipos estándar de su generación. No habría tenido ninguna dificultad para aceptar que no se le viera la gracia; el humor tiene esas cosas. A mí no me hacen gracia la mayor parte de las cosas que hacen gracia. Pero la discrepancia con los críticos no obedecía a eso; era algo previo, más básico. Porque no se le podía ver la gracia a algo a lo que se atribuía la intención de retratar fielmente a dos tipos detestables. No la podía tener, de hecho; efectivamente, visto así solo podía producir rechazo. Lo asombroso, para mí, era que se viera así.

Y todo esto me conduce a una preocupante conclusión: si gentes tan próximas discrepamos de forma tan radical en la manera en que percibimos la realidad, la probabilidad de alcanzar acuerdos en asuntos importantes acerca de los cuales hay profundas discrepancias en la sociedad es bajísima. Habría alguna posibilidad si percibiésemos las cosas de la misma forma aunque la interpretación o la valoración difiera, pero a poco podemos aspirar si ni siquiera vemos lo mismo al contemplar una misma cosa.

Notas:

  1. Esta anotación quiere ser la primera de una serie en la que quiero reflexionar acerca de la manera en que vemos y entendemos la realidad. Quiero tratar de la honestidad intelectual, por ejemplo, o de la gran divisoria ideológica, de sus orígenes y sus bases morales.

Los comentarios de este blog están moderados. No aceptaré ningún comentario acerca del contenido del vídeo. Solo publicaré los que se refieran a las percepciones discrepantes de la realidad y a sus consecuencias. En las redes sociales tampoco responderé a ningún comentario o crítica al vídeo. Nada nuevo puede decirse ya al respecto.


[1] Aun no compartiéndolas, agradezco sus críticas; solo así podemos calibrar el acierto de lo que hacemos.

[2] Muchas de las visitas a nuestro canal vinieron desde el suyo.

[3] Doy 37 (sobre 50 ptos máximos) en un test diagnóstico de espectro Asperger en el que se considera que puntuaciones superiores a 35 se consideran positivos; al parecer no es inhabitual entre quienes hemos tenido adiestramiento en la profesión científica.

Cuídate de los estúpidos y trabajadores

Kurt von Hammerstein-Equord

“Siempre divido a mis oficiales en cuatro grupos. Hay oficiales inteligentes, trabajadores, estúpidos y vagos. Normalmente suelen coincidir dos de esas características en una misma persona. Algunos son inteligentes y trabajadores; su lugar está en el Mando General. Otros son estúpidos y vagos; en todos los ejércitos representan el 90% y son adecuados para desarrollar tareas rutinarias. Cualquiera que sea a la vez inteligente y vago está cualificado para ocupar los puestos de más alto liderazgo, porque posee la claridad intelectual y la compostura necesarias para tomar decisiones difíciles. Pero debemos tener mucho cuidado con los que sean, a la vez, estúpidos y trabajadores; no debe confiárseles ninguna responsabilidad porque no dejarán de causar problemas.“

Hans Magnus Enzensberg atribuye esta cita al general Kurt von Hammerstein-Equord[1].

Hammerstein-Equord llegó a ser comandante en jefe del ejército alemán en 1930, pero fue obligado a renunciar a su cargo el 31 de enero de 1934, un años después del acceso de Hitler al poder. Murió de cáncer en Berlín en 1943. Su familia rehusó los honores militares para que el ataúd no fuese envuelto en la bandera con la esvástica. Hitler envió una corona de flores al funeral en Steinhorst pero ésta nunca fue exhibida porque la familia se la «olvidó» en el tren.


[1] Aunque hay quien la atribuye a otro general, Erich von Manstein.

Rechazamos a los emigrantes, aunque no deberíamos hacerlo

Centenares de personas, quizás miles –me temo que esa macabra contabilidad no es practicable con garantías – mueren cada año intentando llegar a las costas meridionales de Europa.

En 2018 alrededor de 260 millones de personas vivían en países distintos de los que nacieron; nunca en la historia de la humanidad había ido tanta gente a vivir lejos de su lugar de nacimiento. De esos 260, más de 70 millones han tenido que abandonar su lugar de origen huyendo de conflictos, violencia o vulneraciones de derechos humanos. Según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) hay 26 millones de refugiados (el 10% del total de emigrantes). Y 3,5 millones de los desplazados son solicitantes de asilo.

Esas cifras no han dejado de crecer ni dejarán de hacerlo en las próximas décadas. Los emigrantes soportan el rechazo, más o menos intenso, de los naturales de los lugares en que se asientan. Por eso es conveniente caracterizar las razones de la hostilidad, las ideas que anidan en la mente de las personas, que hacen que se produzca y que lleguen a convertirlo en un factor decisivo en la vida social y política.

Existe una causa primordial, básica, para el rechazo. Como indiqué en una conjetura anterior, experimentamos un sentimiento “que nos conduce a rechazar al otro, al que no forma parte de nuestro grupo. Es un sentimiento universal; es parte de nuestra naturaleza y tiene hondas raíces evolutivas. Las mismas tendencias prosociales que favorecen la cohesión del grupo al que pertenecemos provocan el rechazo de quienes no forman parte de él. En nuestra historia los otros han sido normalmente fuente de peligros más que de beneficios. Y hemos generado mecanismos de rechazo.”Tendemos a justificar ese rechazo de formas diversas. Los psicólogos que lo han estudiado han encontrado que, por norma, los grupos socialmente dominantes tienden a creer que el suyo es un grupo superior y con derecho, por lo tanto, a disfrutar de ciertos privilegios. Por esa razón, si creen que han de sacrificar parte de sus recursos o si ven peligrar su forma de vida, reaccionan rechazando a quienes ven como una amenaza.

En esas actitudes tiene mucha importancia la creencia generalizada en la noción de la “suma cero”. Los que creen en esa noción piensan que el volumen de recursos disponibles es constante y que, por lo tanto, un aumento en el número de personas que compiten por ellos, conlleva necesariamente el riesgo de ver disminuir “su” parte. El argumento de “suma cero” carece de justificación, porque los recursos no se encuentran en cantidades fijas y constantes. Pero es una idea muy extendida en las sociedades occidentales y muy promocionada, por cierto, por las organizaciones de izquierda. Por esa razón, los extranjeros pobres se enfrentan al dilema de “maldito si lo logra, maldito si no”: cuando les va bien, se les acusa de haber reducido los trabajos y oportunidades a que tienen acceso los naturales; pero si les va mal, se les reprocha el aprovecharse de los recursos de todos para el socorro social.

Los juicios erróneos en relación con los recursos disponibles, así como sobre la amenaza que suponen los emigrantes, se exacerban en tiempo de recesión económica o cuando aumenta la incertidumbre acerca de lo que deparará el futuro. Bajo esas circunstancias, la demanda de igualdad de derechos para todos actúa, incluso, aumentando la hostilidad hacia los foráneos por parte de los naturales más reacios a su aceptación.

No es solo el factor económico. Las violaciones que sufrió la pasada semana en Bilbao una joven de 18 años han provocado, como es natural, una indignación comprensible, la exigencia de que los violadores sean castigados por las atrocidades cometidas, y que se tomen medidas para minimizar el riesgo de que atentados como esos se repitan. Pero ha habido más. En ciertos medios de prensa (no los enlazo para no alimentar a la bestia) y en redes sociales de internet (muy especialmente el estercolero que es la red de redes), se pone el foco en el origen étnico de los presuntos violadores.

Es ese un camino muy peligroso. No sé si hay estadísticas fiables al respecto. Pero no me extrañaría que jóvenes de procedencia magrebí cometan, por comparación a su proporción en la población, más delitos, en general, y más agresiones sexuales y violaciones, en particular, que los naturales del país. Pero si así fuese, eso no anularía el hecho de que entre nosotros viven en paz y trabajan honradamente miles de emigrantes magrebíes, y que su contribución enriquece nuestra sociedad de diferentes formas. Y tampoco anularía el hecho de que las razones por las que unos u otros cometen delitos nada tiene que ver con su pertenencia a un grupo étnico determinado y mucho con factores que igualmente pueden afectar a jóvenes -y no tan jóvenes- compatriotas.

Se engaña –en algunos casos creo que conscientemente, incluso- quien pretende justificar su rechazo a los emigrantes pobres sobre la base de factores económicos o sociales como los citados. Los rechazamos porque estamos programados para ello y los consideramos una amenaza a nuestro estatus y modo de vida. Pero merece la pena hacer el esfuerzo de racionalizar esos sentimientos y someterlos al cedazo de la prueba. Nos va mucho en ello, tanto en el orden moral como en el social y económico.

Dicho lo anterior, no hay recetas simples para neutralizar o minimizar la hostilidad hacia los emigrantes pobres. Pero está claro que la mera reivindicación de igualdad de derechos para todos no es suficiente. Es preciso implantar políticas de inmigración que tengan en cuenta la capacidad de la sociedades para integrar gentes procedentes de otros países, evitando el riesgo de formación de guetos marginales. Pero eso es difícil.

Es necesario, también, reconocer a los extranjeros los mismos derechos que a los nacionales en cuestiones básicas, como salud y educación. Pero eso tiene costes y hay que saber explicar a la gente que esos costes se ven de sobra compensados por beneficios sociales y económicos muy superiores.

Y por último, es muy importante hacer pedagogía: el argumento de la “suma cero” es peligrosamente falaz. La llegada de personas con empuje y determinación, como suelen ser los emigrantes, puede ser motor de progreso económico. Pero eso deja de ser cierto si el fenómeno migratorio propicia la formación de guetos, con los problemas de marginación social y de alteración de la convivencia que comportan. También eso ha de ser tenido en cuenta y evitarse.

Y por supuesto, hay que hacer lo posible para evitar los centenares o miles de muertes a los que me he referido al comienzo de esta nota. Por compasión.

Nota: Esta es, muy retocada, la anotación El rechazo al inmigrante que publiqué hace exactamente cuatro años en mi blog personal de entonces Un tal Pérez.

Somos herederos de la Ilustración

[Texto de mi intervención en la ceremonia de entrega del premio Eusko Ikaskuntza-Caja Laboral; he omitido el apartado de agradecimientos del comienzo y traducido al castellano los fragmentos en euskera.]

Txomin García (Laboral Kutxa), servidor e Iñaki Dorronsoro (Eusko Ikaskuntza) (Foto: Iker Azurmendi)

En la carta en que me comunicaron formalmente la concesión del premio, Txomin García (presidente de Caja Laboral) e Iñaki Dorronsoro (presidente de Eusko Ikaskuntza) decían –citando literalmente la resolución del jurado- lo siguiente: “El jurado ha querido subrayar su trabajo de promoción de la cultura científica, también en euskera, y la difusión del conocimiento y la ciencia, en especial a la sociedad vasca.”

Ha llegado, pues, el momento de hablar de ciencia, pero no solo de ciencia.

Cuatro siglos atrás la revolución científica abrió el camino a la Ilustración. Isaac Newton y John Locke, cada uno en su ámbito, fueron protagonistas principales de aquella Ilustración temprana. Cada uno de ellos influyó en las ideas del otro. Newton puso orden en la imagen que teníamos del universo. Locke, por su parte, tomando como punto de partida las leyes de la naturaleza –las de Newton, por supuesto-, llegó a la conclusión de que no hay derechos divinos. Defendió, por el contrario, que hay derechos naturales y declaró que de acuerdo con esos derechos, los seres humanos hemos nacido libres e iguales. Por cierto, tanto el principio de la división de poderes como el sistema de equilibrios conocido como checks and balances que implantaron más adelante los fundadores de los Estados Unidos en su ordenamiento jurídico, tienen similar inspiración.

La ciencia, como la entendemos hoy, y las ideas en que se sustenta la democracia nacen en el siglo XVII. Surgen en el espacio público en que se produce el contraste de ideas consustancial a esas dos esferas. Ciencia y democracia tienen carácter tentativo, porque ambas están basadas en la consciencia de la imperfección humana. Sin posibilidad de crítica, ni ciencia ni democracia son posibles.

Los países más libres son los que más y mejor ciencia hacen; los más desarrollados científicamente son los más prósperos; y también los más democráticos. Progreso, conocimiento y libertad conforman una triada virtuosa. Somos herederos de la Ilustración.

De los ilustrados proviene también el proyecto de emancipación de la humanidad basado en la razón. En eso consiste el ideal cosmopolita, un ideal con contradicciones que tienen su origen en rasgos fundamentales de la naturaleza humana y que están en la base de las amenazas que pueden comprometer su realización.

Somos seres grupales. En el grupo compartimos una cultura y el grupo conforma nuestra comunidad moral básica. Porque las normas morales y sociales se heredan y transmiten en el marco de tradiciones que son las narraciones mediante las que damos sentido a nuestra relación con el mundo. Por ello, la pertenencia a la comunidad es parte de nuestra naturaleza íntima.

Todos los seres humanos compartimos una estructura racional común; sobre ella se articulan las diferencias personales y culturales. Pero no hay una razón única que sea patrimonio de una persona, cultura o proyecto de convivencia. En demasiadas ocasiones, sin embargo, se ha utilizado el ideal cosmopolita para tratar de imponer esa supuesta única razón. Cuando se ha pretendido, sobre esa base, eliminar la pluralidad en el seno de una sociedad o asimilar comunidades diferentes, el ideario ilustrado se ha encontrado con la resistencia de quienes lo han visto, con razón, como parte de un proyecto uniformizador.

Por otra parte, nuestro carácter grupal tiene un lado oscuro: la xenofobia. El rechazo a los otros es casi consustancial a la querencia por los nuestros. En la historia humana, los individuos ajenos a la comunidad propia han quedado, casi siempre, fuera de la esfera moral.

Pero frente a las tendencias que propician la xenofobia, la ciencia ha reafirmado la igualdad esencial de todos los seres humanos. El germen de esta idea, según Karen Anderson, surgió en la Era Axial, cuando las grandes figuras espirituales de Oriente y los profetas bíblicos empiezan a promover la compasión por los desamparados. En el Nuevo Testamento esa igualdad se formula de modo explícito. Pero hasta la Ilustración no se dotó a ese principio de significado político. A partir de entonces a todos los seres humanos se les empieza a considerar sujetos de iguales derechos. El círculo moral se ha ampliado, y las intuiciones han dejado paso, si bien de forma incompleta y con retrocesos ocasionales, a razonamientos morales en beneficio también de los otros, de los extraños.

Es preciso, pues, estar en guardia frente a esas dos amenazas –la pretensión de uniformidad y la xenofobia-, dos peligros vinculados, ya que ambos se justifican en una supuesta superioridad de lo propio. Los ideales ilustrados para ser realizables han de ser compatibles con la esencial igualdad de todos los seres humanos y con el pluralismo, tanto en el interior de los grupos humanos como entre las comunidades.

Podemos condensar en dos datos el progreso de los últimos siglos: Todos los países tienen hoy mayor esperanza de vida que la que tenía en 1800 el país con la esperanza más alta. Y nunca había habido menos regímenes autoritarios en la comunidad de naciones.

Pero eso no es suficiente. La región en que nace una persona condiciona demasiado la vida que tendrá. Las mujeres no tienen los mismos derechos y oportunidades que los hombres. Los recursos naturales puede estar siendo víctima de una tragedia de los comunes de alcance planetario. Y, también entre nosotros, la calidad y esperanza de vida depende más del código postal que de la información del ADN cifrada mediante el código genético.

Para encontrar solución a estos problemas es esencial seguir ampliando el círculo moral, hemos de sentirnos cada vez más concernidos por la suerte de nuestros semejantes.

Ciencia y democracia han experimentado avances grandes, sí, pero se encuentran en peligro. Los populismos emergentes en América y Europa, las potencias petroleras del Golfo Pérsico, el fundamentalismo islámico y la China comunista, por citar las más poderosas, son hoy sus principales amenazas. Hechos y razones retroceden frente a deseos y emociones. Y queda mucho para ejercitar un cosmopolitismo respetuoso con las diferencias y que ayude a extender la democracia y el bienestar hasta los últimos rincones del planeta.

Necesitamos más ciencia, más libertad, y altas dosis de benevolencia, generosidad y compasión.

Se me ha concedido este premio –son palabras del jurado– por mi trabajo de promoción de la cultura científica, también en euskera, especialmente a la sociedad vasca. He dedicado mi vida a crear y transmitir conocimiento, en el laboratorio, en el aula, en el despacho y también en la esfera pública, presencial y virtual. Lo he hecho en castellano, en euskera y en inglés. Siempre he pensado que lo hacía al servicio de la sociedad vasca, pero sin limitar a esta el ámbito de actuación. La ciencia no tiene fronteras y su extensión tampoco debe tenerlas. La difusión social del conocimiento científico promueve una sociedad culta, con criterio bien fundado para tomar decisiones. El ejercicio de la ciudadanía es así más responsable y, por lo tanto, más libre. Pues bien, se me concede este premio por trabajar, desde mi posición modesta, para hacer realidad los ideales que he desgranado aquí. Pocas cosas pueden proporcionarme mayor satisfacción. Pocas cosas pueden suscitar una gratitud como la que siento. Estoy emocionado y profundamente agradecido.