La crisis de los emigrantes plantea dilemas difíciles

Me sobrecoge el drama de quienes queriendo llegar a las costas de Europa se arriesgan a dejar su vida en el intento. Mueren muchas personas procedentes del África Subsahariana, demasiadas. Es inmoral dejar morir a nuestros semejantes si está en nuestra mano salvarlos. Y creo que esto mismo piensan todas las personas para quienes las vidas humanas son el bien más valioso, el mayor a preservar. También creo que esto es lo que piensa o siente la mayoría. Y sin embargo, esos sentimientos no sirven para resolver el problema de la emigración a Europa de personas procedentes del África Subsahariana (los sentimientos no resuelven ningún problema).

Pero dicho lo anterior, creo que no somos conscientes de la verdadera naturaleza del problema de los inmigrantes y de los refugiados. Lo que ocurre en el Mediterráneo y también en otros lugares –recordemos lo que está pasando en los Estados Unidos con los hijos que están siendo separados de sus madres- nos coloca ante dilemas morales de muy difícil solución. Por un lado, nos compadecemos de quienes se encuentran en peligro de muerte; también nos conmueve la situación de quienes fracasan en su intento por llegar a nuestros países. Pero por el otro, la experiencia muestra que cada vez que se agudiza (o se nos presenta como más agudo) el fenómeno de la migración masiva, mejores resultados electorales cosechan las opciones políticas más frontalmente opuestas a aceptar emigrantes. Algunos incluso ganan las elecciones (como en Italia) o llegan a provocar una crisis seria en gobiernos proclives a aceptar extranjeros (como en Alemania). ¿Qué nos pasa? ¿Somos insensibles ante este drama? ¿Somos acaso unos desalmados? ¿Lo son la mayoría de nuestros conciudadanos europeos?

La respuesta no es sencilla. Ante estos dilemas actúan mecanismos morales complejos. Y como suele ocurrir, los problemas complejos no admiten respuestas sencillas. Operan en estos casos dos sentimientos en conflicto.

Uno es el que nos conduce a rechazar al otro, al que no forma parte de nuestro grupo. Es un sentimiento universal; es parte de nuestra naturaleza y tiene hondas raíces evolutivas. Las mismas tendencias prosociales que favorecen la cohesión del grupo al que pertenecemos provocan el rechazo de quienes no forman parte de él. En nuestra historia los otros han sido normalmente fuente de peligros más que de beneficios. Y hemos generado mecanismos de rechazo. Esos mecanismos siguen operando hoy: son los que han permitido a las opciones xenófobas ganar las elecciones en Italia y, eventualmente, propiciarán el mismo resultado en otros países. No debemos engañarnos al respecto. Los discursos que pretenden justificar la oposición a los emigrantes invocando efectos llamada, competencia por los puestos de trabajo, dilapidación de los recursos públicos, su peligrosidad y otros similares son justificaciones post hoc, elaboraciones que buscan racionalizar una tendencia innata, muy básica, a rechazar a los otros, que carece de base racional.

Y también hay sentimientos contrarios al de rechazo. Son sentimientos de compasión por quienes sufren o se arriesgan a perder sus vidas. La compasión puede tener un origen puramente emocional, basado en la empatía que se experimenta cuando nos ponemos en el lugar del otro (en sus zapatos, que diría un anglohablante). Y también puede tener un origen racional, basado en la consideración de que todos los seres humanos deberíamos tener los mismos derechos y poder acceder a las mismas oportunidades.

Esos sentimientos, aunque nos parezca extraño, pueden anidar en las mismas mentes. En ciertos momentos podemos inclinarnos por la compasión y en otros por el rechazo. Y cuando llega la ocasión en que debemos ejercitar una opción concreta (al opinar en una tertulia de bar, responder a una encuesta, votar en unas elecciones, por ejemplo) nos inclinamos por una u otra solución al dilema dependiendo de factores diversos y, en general, azarosos. Pero lo que nos indica la experiencia es que, en términos netos (agregados), tendemos en mayor medida a optar por el rechazo que por la aceptación. De no ser así, la llegada de extranjeros no ejercería los efectos electorales que de hecho ejerce.

Por eso, hay que hacer uso de mucha inteligencia a la hora de adoptar medidas relacionadas con este asunto. Hay, sí, que salvar cuantas vidas humanas sea posible. Pero también hay que aplicar políticas migratorias que tengan en cuenta que los dilemas a los que nos enfrentamos no son eludibles; están ahí y surten efectos. No basta con desear que las cosas sean de una manera. Tampoco es posible actuar como si esos dilemas no existiesen. Actuando así no solo no se resuelve nada; se puede empeorar mucho más.

Dicho lo anterior, si alguien siente curiosidad por saber cuáles creo yo que serían esas medidas inteligentes que permitirían una gestión moralmente aceptable y políticamente útil de crisis migratorias como la que vivimos, lo siento, no podré satisfacer esa curiosidad. Porque las desconozco.

3 comentarios sobre “La crisis de los emigrantes plantea dilemas difíciles”

  1. El discurso progre, políticamente correcto de “ongi etorri errefuxiatuak”, de dar cobertura social y ayudas a todo quisqui están haciendo un daño gravisimo a la cohesión social, a la identidad y cultura vasca. Los pequeños avances que se han hecho para la normalización del euskara se están viendo en peligro si seguimos metiendo a Euskadi más y más extranjeros. Somos un país pequeño, con una lengua y cultura en peligro de extinción y si atraemos cada vez a más gente foránea veremos el peligro de perder nuestra identidad y cultura. Pero esto al PNV, por ejemplo, parece NO importarle una mierda.Solo le importa aparentar ser progre y políticamente correcto. Euskadi necesita un partido político verdaderamente abertzale y que esté en contra de la globalización.

  2. Creo que este tema nos está desbordando. Y el buenismo nos va a llevar a situaciones complejas a corto plazo. El efecto llamada de ayudas sociales de por vida sin contrapartidas , las mafias que traen a miles de menores marroquíes a Euskadi (cuando en La Rioja solo hay uno tutelado) o el autobus fletado por la Cruz Roja de Almería que acaba de abandonar a medio centenar de inmigrantes en Donosti, no es más que la punta del iceberg. Muchos votantes del PNV nos sentimos huerfanos ante tal avalancha. ¿Ya no hay nadie que defienda los intereses de los cascos?. Somos capaces de financiar 25.000 RGIs vitalicias a extranjeros, pero se puede seguir alargando el chicle?. Hay un creciente malestar en la ciudadanía vasca que puede reventar y superar a los actuales partidos. De momento, muchos de nuestros barrios se están convirtiendo en guetos de gente que no trabaja pero vive de nuestras ayudas sociales, desplazándo o sustituyendo a la población autóctona. Acogida sí, pero para el que quiera trabajar y aportar. El buenismo va a acabar con Euskadi y con el PNV………

  3. No sé si es discurso progre, ni si es buenista, ni entiendo nada… Estamos, muchos ciudadanos sorprendidos por la avalancha de emigrantes, no refugiados, que buscan un vida mejor, y no la encuentran. Cual es el límite de absorción de mano de obra ignorante, analfabeta, aculturizada y de difícil o imposible integración?Trabajan en B, no hay controles, viven en pisos pateras…. Es eso un futuro?….O nuestra futura industria va a ser la ” integración”???…Nadie contesta, y con la pena no se come.

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