Los valores no se enseñan

La Ministra de Educación, mi apreciada Isabel Celaá, se propone implantar en el curriculum de la enseñanza obligatoria una nueva asignatura de “valores cívicos y éticos”. Por sorprendente que me parezca, resulta que muchas personas de mi entorno ven la idea con buenos ojos. Llevan años oyendo una letanía, un lamento por la supuesta pérdida de valores de la sociedad contemporánea y, más concretamente, de la juventud (nada nuevo bajo el sol, por cierto). Y en consecuencia, les parece bien que se enseñen valores en la escuela. Además, creen, como la propia Ministra –así me lo dijo hace unos años-, que muchos chicos y chicas viven en entornos familiares y sociales en los que no se comparten o no se transmiten los valores adecuados. En otras palabras, que no todos han tenido la suerte que he tenido yo o han tenido mis hijos.

El caso es que, para empezar, no está claro qué entendemos por valores. Ninguna de las trece acepciones de la palabra en el diccionario de la RAE nos sirve de ayuda. La wikipedia resulta algo más útil; o no. Vean. Pero si uno piensa un poco en lo quieren decir quienes hablan de valores, se encuentra con que engloban cosas diversas. Pueden ser bienes o virtudes morales, principios, derechos, o normas, quizás, u otras cosas más extrañas.

Si hablamos de valores éticos, entiendo que se trata, en realidad, de virtudes o bienes morales, solo que queda mejor decir valores, quizás porque en el primer cuarto del siglo XXI da corte utilizar palabras, como virtud o bien, tan de los años sesenta y setenta del siglo XX. O a lo mejor es que llamándolos por su nombre, las cosas ya no están tan claras. Porque, ¿de qué se trata? ¿de explicar a los adolescentes que deben ser buenas personas? ¿que no hay que patear mendigos que duermen en cajeros, ni arrojar una camada de gatitos recién nacidos al río? ¿Es eso? ¿O que hay que ceder el asiento a las personas mayores en los autobuses? ¿En serio? ¿Eso debe ser enseñado en la escuela? ¿Ha de formarse a los escolares en honradez, respeto, compasión o generosidad?

O quizás son otros los “valores” en que hay que formar a la juventud. Quizás se trate de impartir principios. Veamos. Si los principios son esos fundamentos que gobiernan el comportamiento personal, no parece muy razonable que deban formar parte del currículo escolar. ¿Hay que enseñar a ser leal a las amigas? ¿O a ser tolerante? Por mucho que uno tenga esos principios en muy alta estima, dudo que la función de la escuela sea instruir a chicos y chicas en lealtad y tolerancia, por ejemplo.

En alguna ocasión, discutiendo de estas cosas, se me ha dicho que debe formarse no en principios para el gobierno personal, sino en principios para la convivencia, aquellos que constituyen el fundamento de las sociedades democráticas contemporáneas. Se trataría de cuestiones tan básicas como que todos los seres humanos nacemos libres e iguales, y que tenemos una serie de derechos fundamentales que no se nos pueden negar o limitar salvo que medie una sentencia judicial dictada con arreglo a normas aprobadas democráticamente. Pero si se trata de elementos de esa naturaleza, en realidad estaríamos hablando de los fundamentos para la convivencia que han dado lugar a derechos y normas aceptadas universalmente (aunque su cumplimiento real deje mucho que desear en buen número de países). No se trataría, en rigor, de valores éticos y cívicos, como predica la Ministra, sino de elementos básicos del entorno social y, por lo tanto, deberían formar parte del currículo en los aspectos relativos al conocimiento del medio. Nada que objetar a ello.

¿Pero se trataba de eso? Lo dudo. La razón por la que unos y otros, cuando llegan al gobierno, se proponen introducir en el curriculum estas cosas, es porque les anima la voluntad, más o menos explícita, de utilizar a la escuela como herramienta de adoctrinamiento. Como dije hace unos meses aquí, “formar en el espíritu nacional, inculcar el respeto al medio ambiente, llevar a las víctimas del terrorismo a las aulas, promover la igualdad, educar en la solidaridad y la diversidad, predicar una moral de inspiración confesional, españolizar a los catalanes” y otras pretensiones de similar cariz no son sino formas de adoctrinamiento. Se me ocurren unas cuantas más que omitiré por no alargar esta anotación en exceso. Pueden ser muy deseables, o no. Pero tengo una objeción. En ese terreno lo que es fundamental para unas personas es rechazable para otras, y a la inversa; y dado que no iba a ser fácil que nos pongamos de acuerdo acerca de quién ha de decidir qué valores se transmiten y cuáles no, habría que aceptar que sean las autoridades educativas las que tomen esa decisión. ¿Sí? ¿Estamos dispuestos a que sea el gobierno de turno el que decida eso? Sospecho que la respuesta a esa pregunta dependerá del grado en que nos identifiquemos con él.

Pero hay más. Eso que llaman valores son a veces rasgos de carácter y suelen basarse en predisposiciones heredadas. Dudo que se pueda enseñar a ser amable, por ejemplo. Y cuando se trata realmente de virtudes o bienes morales, estoy convencido de que no se enseñan sino que, simplemente, se practican o no se practican. Y al practicarse, se pueden transmitir. Por esa razón, la escuela, como institución, tiene muchas limitaciones para desempeñar esa función. Es muy posible que haya profesoras o maestros que sean capaces de transmitir virtudes morales pero, si lo hacen, ello no será consecuencia de la inclusión en el curriculum de los contenidos correspondientes, sino de su ejercicio real en la práctica cotidiana.

Por lo mismo, son la familia y la cuadrilla los entornos en que se adquieren los principios, virtudes y bienes morales que se ejercitarán a lo largo de la vida. La primacía de la familia, el valor del esfuerzo y de la responsabilidad, la honradez, la compasión, y otras, son virtudes que, si las adquirí o la medida en que las adquirí, es algo que debo a mis padres. La camaradería, la lealtad, la reputación, el respeto a los otros, la libertad, son bienes que valoro gracias a mis amigos, porque con ellos los practiqué y, en la medida en que lo hago, los practico. Y nada acerca de lo que fui aleccionado en las aulas escolares dejó, en esa esfera, la más mínima huella en mi ánimo. No creo ser ninguna excepción.

Llegados a este punto, habrá quien piense que si tratar de formar en valores es una tarea inútil, no debería preocuparnos la pretensión de la Ministra, puesto que implantar la asignatura en cuestión no tendrá efecto alguno. Dice Alberto Cifuentes (@cifuito), que ese afán por encomendar al sistema educativo ciertas funciones que, como la formación en valores, no le son propias, obedece al deseo de desviar hacia la escuela responsabilidades que pertenecen a los ámbitos social y familiar. Es posible que así sea. En todo caso, cada vez que se asigna una nueva tarea al sistema educativo, se hace en detrimento de las funciones más genuinamente formativas; me refiero a la instrucción en materias tales como las lenguas, incluídas las matemáticas; el conocimiento del medio en todas sus dimensiones, y los elementos más sobresalientes de la cultura humana: ciencias, artes y letras. Y eso es algo que no deberíanos permitirnos.

5 comentarios sobre “Los valores no se enseñan”

  1. Sobre el titulo.
    Arriesgada afirmación que habrá de anclar en algún elemento fiable para constatar su certeza.
    Como me ha sorprendido, quiero dejar constancia de ello antes de leer la entrada.

    Rotundo titulo, para empezar.
    En una entrada de este hombre, que no suele dedicarse a juntar palabras por juntarlas, me extraña y mucho.

    Veamos cómo lo argumenta y qué justificaciones aporta.

    Quedarse con el lector intrigado ya es mérito, pero sólo mérito periodístico o destreza de publicista. Lo sustancial ha de estar en el desarrollo y responder a las expectativas generadas para no ser fuente de desengaño para el lector y de descrédito para el autor.

    Veremos.

  2. Los más pequeños, cuando acuden a la escuela suponemos que van todos alimentados y vacunados, porque eso ya lo hace la familia. Sin embargo lo preguntamos porque ahora YA no están en casa, están en un espacio común. Obviamente a los cuatro o cinco años no parece el momento adecuado para hablarles de los beneficios personales pero también, por contexto, de los beneficios sociales de la vacunación. A los adolescentes que poco después fueron los padres de estos pequeños no habría estado mal comentar algo al respecto, creo. Unos pocos, tú no xD, lo llamarían adoctrinamiento.
    Sin duda respondería afirmativamente a todas las preguntas que haces en el tercer párrafo, por obvias que parezcan y algunas más. Un ejemplo que se me ocurre porque conozco personalmente un par de casos es cómo responder cuando el infante esta siendo acosado o incluso agredido en la escuela, algunos padres dirán (lo dicen) que le respondas de la misma manera. ¿Qué ocurrirá cuando siendo adultos se enfrenten a una situación como un roce entre dos coches, una diferencia por unos metros de tierra, una pared molesta…? ¿Llamará a la policía, a quien hemos dado por acuerdo el monopolio de la fuerza o lo solucionará a guantazos o algo peor?
    Quizá el problema sea el vocablo “adoctrinamiento”, pero al fin y al cabo adoctrinar no es más que inculcar unas ideas. A no ser que todas las ideas nos parezcan igual de válidas para vivir en familia o, sobre todo, en comunidad, no encuentro ningún problema en primar unas sobre otras.
    Me dirás que hago trampa, que te refieres al tipo de enunciados que expones tras la mención, pero es que eso es algo con lo que hay que convivir, exactamente igual que con las elecciones, es más, como bien sabes de una cosa sale la otra. Quiero decir con esto que evidentemente el gobierno de turno influye en los contenidos de la educación, con o sin “educación para la ciudadanía”, de la misma forma que influye la familia de turno, algo que los chavales tampoco han elegido. Podría decirte que si se trata de españolizar a los catalanes, o a los gallegos o vascos, tendré muchas ganas de escaparme del país, pero es mi reacción. En fin, todo esto que comento es muy bruto y poco elaborado, pero mi cabeza no da para mucho más.
    Antes de acabar, aquello con lo que estoy de acuerdo: todo lo anterior probablemente podría encajarse en “conocimiento del medio” pero tengo entendido que solamente se da en primaria. Con toda mi ignorancia respecto a pedagogía, creo que buena parte de lo que mencionas en el artículo tiene sentido, al menos una dosis de recuerdo, en la ESO.

    1. Muchas gracias por el esfuerzo y por la aportación.
      (1) Informar sobre los efectos y bondades de la vacunación a los adolescentes no es adoctrinar ni «formar en valores». En mi opinión.
      (2) Queda claro que mis respuestas a las preguntas del tercer párrafo son negativas. Opino que eso se adquiere en otros entornos.
      (3) El acoso escolar ha de ser abordado mediante medidas disciplinarias, no promoviendo el enfrentamiento con los agresores. La dialéctica de la relación de la gente con el mal comportamiento, la falta o el delito no es sencilla. Supongo que más o menos y en diferentes esferas, todos hemos bordeado lo permisible de lo que no lo es y está castigado. Es algo que debemos aprender por nosotros mismos. Es lo que nos hace, o no, personas responsables. Los adultos, padres y profesores, han de informar y, en algunos casos, recurrir a medidas disciplinarias.
      (4) ¿Quién decide cuáles son las mejores ideas, las que han de primarse? Me han llegado a decir que grupos de expertos asesorando al gobierno, como si los expertos no tuvieran sesgos.
      (5) Quizás la diferencia de criterio radica en que yo preferiría que el gobierno que sale de las elecciones tuviera una influencia mínima en la vida y conciencia de la gente. Que no hemos elegido a la familia es obvio, pero puestos a elegir lo que no hemos elegido (bonita paradoja), prefiero a mi familia que a la de mi vecino o, lo que es peor, a un gobierno cuyos intereses ideologicos pueden estar en las antípodas de mi visión del mundo.
      (6) He utilizado la expresión «conocimiento del medio» de forma genérica. Me vale el conjunto de materias de la secundaria que abarcan el mismo ámbito. O sea, no tengo reparos a asignaturas que den cuenta de derechos y deberes recogidos en las leyes, siempre que se incida en que son leyes humanas y, por lo tanto mutables.

  3. Hola Juan Ignacio:

    Disfruto de las aportaciones que realizas sobre asuntos políticos en los medios de comunicación desde hace años y admiro tu habilidad para comunicar.
    Hay algunos aspectos que comparto al leer este artículo. Entiendo que desde tus convicciones personales tratas de evitar la manipulación que se realiza al ciudadano/a y por ello agradezco todas las reflexiones sobre educación en valores que suscitas, esté o no siempre de acuerdo con tu opinión. Hablas de adoctrinamiento y de intencionalidad política y en muchos casos lo comparto. Considero que son características del comportamiento de diversos políticos/as, no siempre acordes con su propia ideología y no descarto que también en este caso pueda ser así. Coincido también contigo en que no se puede dejar en manos del gobierno de turno el adoctrinamiento en cuestiones como “espíritu nacional” y creo que la declaración de los derechos humanos debe formar parte de los contenidos del currículo. De hecho la “Educación para la ciudadanía y los derechos humanos” hace tiempo que forma parte de las materias de la educación obligatoria. Estoy también de acuerdo en que mediante la práctica y el modelaje es como se enseñan los valores.
    Lo que no comparto contigo es que se haya de “instruir” en materias como lenguas, matemáticas y conocimiento del medio y que en la escuela no se haya de incidir sobre aspectos como igualdad, diversidad o respeto al medio ambiente. Por un lado, estos últimos componentes del currículo también son esenciales para la educación integral de la persona, por lo que el sistema educativo no puede delegar por completo en la familia esa parte tan importante de la educación. Lo que se plantea en el actual sistema educativo es la corresponsabilidad familia-escuela en la educación integral. Por otro, y de acuerdo con las personas de tu entorno, no todos tenemos la suerte de contar con una familia capaz de atender a nuestras necesidades formativas, por lo que la sociedad y como parte de la misma la escuela, debe complementar esta función; tanto más con quien más lo necesita.
    Tampoco coincido en que educar en “valores” (entiendo por tales, en este caso, aquellos que están recogidos en el currículo oficial) sea sinónimo de adoctrinamiento. Por supuesto que no se trata de explicar que se ha de ser buena persona o que hay que ceder el asiento, como planteas con cierta ironía. Se trata de enseñar a hacer uso del espíritu crítico y de la reflexión, pero no solo en relación a estos “valores” sino también a los elementos disciplinares del currículo. La metodología del aprendizaje ha de estar basada en el razonamiento, no en el dogma y el profesorado ha de estar formado sobre lo que ha de enseñar pero, sobre todo, acerca del modo de llevarlo a cabo. Son de gran utilidad, por ejemplo, metodologías como el aprendizaje cooperativo, pues mejoran el aprendizaje de las materias tanto para el alumnado que recibe ayuda como para el que ayuda a aprender, puesto que quien enseña consigue así afianzar mejor el conocimiento. Al mismo tiempo, mediante el trabajo en equipo cooperativo, se propician vivencias que ayudan a conocerse a uno mismo y a vivir con los demás, contribuyendo a desarrollar valores como el respeto mutuo o la solidaridad y a tener en cuenta la diversidad. La motivación que despiertan en el alumnado las buenas metodologías inciden en el aprovechamiento y posibilitan que tanto lo disciplinar como la educación en valores tengan cabida en el período escolar.
    Nuevamente de acuerdo contigo, el profesorado está integrado por personas con una forma de ser y con unos valores propios y de modo consciente o involuntario influye en el alumnado en una u otra medida. Considero que éste es otro motivo por el que la escuela y la familia han de conocer los valores expresados en el currículo y han de colaborar con criterios comunes en su desarrollo.

    Un saludo

    1. Gracias por tu comentario, Jon.
      No puedo entrar a comentar todos los asuntos que tratas, pero no dejaré de darte mi opinión sobre un par de asuntos para que sirvan de ejemplo.
      Dices «Lo que no comparto contigo es que se haya de “instruir” en materias como lenguas, matemáticas y conocimiento del medio y que en la escuela no se haya de incidir sobre aspectos como igualdad, diversidad o respeto al medio ambiente.» Pero resulta que igualdad, diversidad y respeto al medio ambiente son materias de gran calado político, y el diablo, como suele decirse, está en los detalles. De la concepción que uno tenga de «igualdad» dependerá lo que «enseñe»; yo no soy partidario de la igualdad, así a secas, y las leyes básicas tampoco abogan por ella, que yo sepa. Yo me quedo con igualdad de derechos y de oportunidades, no de la igualdad que produce mismo status y mismas condiciones para individuos que, habiendo gozado de igualdad de oportunidades, no han hecho un uso adecuado de las mismas. Sin embargo, si se considera un valor a inculcar, no sé qué será lo que se inculque. Con la «diversidad» tampoco sé qué se quiere decir; si se trata de respetar la diversidad cultural, religiosa, de opciones sexuales, etc. nada que objetar; si la diversidad es coartada para que se vulneren o ongan en peligro otros bienes, habría que discutirlo. Y con el medio ambiente tengo más problema aún. No objeto el principio, sino las implicaciones que ese principio tiene para personas de diversas ideologías. Lo que se les «enseñó» a mis hijos en esa materia me parecía inaceptable, por ejemplo. No es fácil y porque no es fácil y no tengo por qué confiar en criterios que no comparto, prefiero que no se enseñen.
      La cuestión del cómo enseñar me llevaría mucho espacio y un tiempo del que carezco, y además, no era el asunto que me llevó a escribir el artículo, pero estoy básicamente en desacuerdo con la mayoría de lo que oigo y leo al respecto y, lo que es peor, lo que he visto que se hace en algunos centros. Para hablar de «buenas metodologías» hay que contar con el respaldo de las pruebas, y desgraciadamente, de muy pocas prácticas de enseñanza hay pruebas de su eficacia más allá del «a-mí-me-funcionan» que, como es bien sabido, no tienen credibilidad alguna.
      Salud.

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