No existe el retorno a un estado armonioso de la naturaleza

El Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha sentenciado que los organismos que se obtengan mediante la técnica de edición de genoma CRISPR/Cas9 -la conocida como bisturí molecular– han de recibir el mismo tratamiento legal que los organismos transgénicos. Esta decisión da la razón a la organización Confédération paysanne y otras, y en general, a los grupos ecologistas y lobbies de organizaciones agrarias. Si se tiene en cuenta las dificultades que han de superar los organismos transgénicos para que se autorice su cultivo en la UE y el valor simbólico de la resolución, esta ha sido una victoria para las organizaciones ecologistas y una derrota inapelable para quienes defienden el valor de las pruebas como fuente de criterio.

Desde el punto de vista científico, la decisión no tiene ningún fundamento. Es un sinsentido. En la actualidad las variedades agrícolas se obtienen al azar, mediante mutagénesis provocada por agentes químicos o físicos. Se desestiman la gran mayoría de mutantes obtenidos de esa forma y solo se comercializan los que tienen propiedades deseables. La técnica CRISPR/Cas9 permitiría obtener variedades igualmente deseables, pero con mucho más control y de forma más dirigida que mediante la mutagénesis indiscriminada. Es de locos. El biotecnólogo Lluis Montoliu ha explicado esto muy bien aquí.

La sentencia invoca el llamado principio de precaución, pero como en su día defendí aquí, ese principio es una trampa insalvable siempre que una organización (normalmente ecologista) lo esgrima para aoponerse a cualquier cosa.

Al ecologismo debemos que la calidad ambiental sea, para la mayoría, un bien a preservar y que, en virtud de tal noción, cada vez tengamos más conciencia de los problemas ambientales a los que nos enfrentamos. Por eso mismo, de esa conciencia se derivan medidas legales de protección del medio que tienen efectos muy importantes y que deberían ser garantía de un entorno saludable y amable para quienes nos sucedan. Sin embargo, el ecologismo contemporáneo, lejos de recurrir a la razón y a las pruebas para identificar las causas que defiende y los proyectos a los que se opone, ha dado un salto en el vacío y se ha convertido en un agente político que trata de dificultar la implantación de tecnologías, algunas de las cuales son de gran valor para la humanidad, aunque para ello tenga que avalar intereses gremiales de la peor especie.

Los ecologistas se oponen a los organismos transgénicos, cuando no hay pruebas de que su cultivo y consumo generen problemas para el medio ni para la salud de las personas (recordemos la carta de los premios Nobel a Greenpeace). Los ecologistas se oponen al uso de técnicas de edición del genoma, aunque no haya ninguna razón para pensar que pueden provocar problemas ambientales o de salud. Los ecologistas se oponen a las antenas de telefonía móvil y de redes wi-fi, cuando no hay pruebas de que las ondas de que se valen esas tecnologías, en las condiciones en que funcionan en la actualidad, causen daño alguno.

Curiosamente nunca se han opuesto a tecnologías equivalentes pero algo más antiguas (irradiación de semillas para obtener variedades mutantes, u ondas electromagnéticas de televisión y radio, por ejemplo), ni a tecnologías mucho más antiguas aún y que han provocado centenares de miles de muertes prematuras (automóviles, trenes, barcos o aviones) o a productos cuyo consumo causa también centenares de miles de muertes prematuras en el mundo (ciertos alimentos, tabaco y alcohol). En virtud del famoso principio de precaución, no se autorizaría hoy la venta de automóviles, las emisiones de radio y televisión, o la venta de güisqui, por ejemplo.

Los ecologistas tampoco hacen campañas contra el ruido, el principal agente contaminante de nuestros pueblos y ciudades, verdadero veneno para la mente. Sus causas más célebres tienen algo en común: se oponen al bienestar de la humanidad.

Es obvio que el progreso no ha de justificar innovaciones peligrosas o dañinas o, mejor dicho, las innovaciones han de causar menos daños que los que deberían evitar. Pero lo que no tiene sentido es oponerse a innovaciones de cuyos efectos adversos no hay constancia alguna ni sospechas bien fundadas.

Entiendo a los pequeños empresarios agrícolas franceses: defienden sus intereses y lo hacen organizándose en grupos de presión con ese fin. No entiendo a los ecologistas, a los realmente existentes hoy. El movimiento ecologista ha adquirido los rasgos propios de una fe, una creencia en las bondades de un pasado prístino (que en realidad nunca existió) que hay que recuperar, un pasado supuestamente “natural” y, por ende, mejor que el artificial presente. Se nutre de un sentimiento agónico por la pérdida del Paraíso Terrenal y de una visión puramente estética de lo que el Mundo debería ser. Creo que ese sentimiento y esa visión es lo que lleva a muchos de sus militantes a oponerse a cualquier innovación que pueda suponer una mejora para la humanidad.

Acabo la conjetura de hoy reproduciendo un párrafo de sir Karl Popper tomado de la página 216 (y última del I volumen) de «La sociedad abierta y sus enemigos». Popper se refiere a algo diferente, pero creo que en el fondo hablamos de lo mismo. Dice así:

“No existe el retorno a un estado armonioso de la naturaleza. Si damos vuelta, tendremos que recorrer todo el camino de nuevo y retornar a las bestias. Es este un problema que debemos encarar francamente, por duro que ello nos resulte. Si soñamos con retornar a nuestra infancia, si nos tienta el deseo de confiar en los demás y dejarnos ser felices, si eludimos el deber de llevar nuestra cruz, la cruz del humanitarismo, de la razón, de la reponsabilidad, si nos sentimos desalentados y agobiados por el peso de nuestra carga, entonces deberemos tratar de fortalecernos con la clara comprensión de la simple decisión que tenemos ante nosotros. Siempre nos quedará la posibilidad de regresar a las bestias. Pero si queremos seguir siendo humanos, entonces solo habrá un camino, el de la sociedad abierta. Debemos proseguir hacia lo desconocido, lo incierto y lo inevitable sirviéndonos de la razón de que podamos disponer, para procurarnos la seguridad y libertad a que aspiramos.»

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