La alternativa del diablo

La pandemia ha transformado nuestras vidas. De momento lo ha hecho para unas semanas. Pero es posible que algunas cosas las cambie para siempre o para mucho tiempo. Porque no es posible calibrar hoy las consecuencias de lo que está ocurriendo estos días y de lo que falta por venir.

Estamos abocados a vivir en cuarentena. Los que podemos trabajar desde casa así lo haremos. Veremos la calle desde el balcón y, cuando toque, nos acercaremos al mercado a hacer las compras. Así pasaremos las semanas.

¿Hasta cuándo?

¿Hasta cuándo mantendrán las autoridades a la población recluida en sus hogares? ¿Dos semanas? ¿Cuatro? ¿Ocho?

El pasado jueves, el premier británico Boris Johnson, declaró que en el Reino Unido no iban a cerrar escuelas ni a tomar medidas equivalentes a las de otros países. De momento. También dijo que conforme pasasen los días valorarían la situación y podrían aplicar nuevas medidas. No obstante, parece que, en contra de lo afirmado inicialmente, no se podrán celebrar espectáculos deportivos de masas. Y es posible que en los próximos días rectifiquen aún más.

Johnson, en compañía del asesor científico del gobierno, Sir Patrick Vallance, y del Director Médico Jefe de Inglaterra, Chris Whitty, insistieron en la importancia de acompasar las medidas al curso temporal de la pandemia. Según ellos, el número máximo de contagios tardará entre 10 y 14 semanas en llegar. Creen que es demasiado tiempo para que la población mantenga la tensión necesaria para respetar las normas de distanciamiento social y para mantener centros escolares y otras infraestructuras públicas cerradas. Piensan que ya hay miles de personas contagiadas y que la expansión generalizada del virus es inevitable. Por eso, confían en que un gran porcentaje de la población (un 70% quizás) adquiera inmunidad tras superar la enfermedad y se pueda generar así inmunidad de grupo, esa que proporcionan las vacunas, cuando la mayor parte de la población se ha vacunado, frente una enfermedad infecciosa.

Las tesis de las autoridades científicas y políticas británicas son muy discutibles. Y, de hecho, han sido criticadas ya por muchos científicos británicos. Algunos piensan que en realidad el Gobierno de Su Majestad ha optado por evitar causar un gran daño a la economía.

Es una hipótesis verosímil. ¿De qué magnitud será el problema dentro de tres semanas? ¿Durante cuánto tiempo podría sostenerse un país entero en cuarentena y con la actividad económica reducida de forma severa? ¿Cuándo se vería gravemente impedida la producción, tráfico y comercio de bienes y servicios? ¿Cuándo dejaría de haber recursos para mantener a la población? ¿Se puede apagar un país durante dos meses?¿Cuántas vidas humanas se perderían en el supuesto de un colapso económico? ¿Qué alternativa acabaría causando más dolor?

¿Cree usted que estas preguntas son retóricas?

Adam Kucharski, epidemiólogo y autor del libro “The Rules of Contagion” (Las leyes del contagio) en un breve hilo en tuiter hace unos días ponía el dedo en la llaga. Según Kucharski, las medidas de control aplicadas por China en Wuhan (reduciendo el contagio a la mitad en dos semanas) han tenido y tendrán un coste social y psicológico enorme. Pero la gran mayoría de la población sigue siendo susceptible a la enfermedad y, conforme se vayan levantando esas medidas, volverá a producirse un nuevo brote. No cree que, por su enorme coste, puedan mantenerse de forma indefinida. De hecho, parece que en lugares como Hong Kong y Singapur, que han sido capaces de mantener la epidemia bajo control, están sufriendo un aumento en la transmisión del virus tras el éxito inicial. Concluye que no hay una solución fácil y que, entre las dificilísimas alternativas que se puedan tomar, habrá que optar en cada caso por la forma sostenible más efectiva para que sea mínimo el riesgo de colapso del sistema sanitario y el impacto sobre las personas más vulnerables.

En este momento es precisamente la integridad de los servicios de salud lo que más preocupa a nuestras autoridades sanitarias. La perspectiva de tener que atender a miles de personas (cerca de un 20% de las diagnosticadas) en unidades de cuidados intensivos, con las necesidades que conlleva de personal sanitario, infraestructuras y equipamiento (para respiración asistida, en especial), es una verdadera pesadilla. Esa ha sido la experiencia lombarda. Por eso, todos los esfuerzos hoy se dirigen a limitar los contagios, para de esa forma frenar la expansión de la pandemia y posibilitar una evolución más lenta que no ponga en riesgo el sistema de salud.

En el Reino Unido dicen querer conseguir ese mismo objetivo indicando a quienes tengan síntomas que permanezcan en sus hogares, aislados a poder ser, durante una semana. Solo atenderían en los hospitales a los más graves. Pero es muy dudoso que consigan ralentizar así el avance de la pandemia. Y al prescindir de las restricciones a las reuniones y desplazamientos de la gente, los británicos tratan de preservar la integridad del sistema socio-económico. En España, además de lo anterior, se están implantando medidas de control social al estilo de China e Italia, pero las consecuencias económicas serán muy graves.

Boris Johnson reconoció que muchas familias “perderían seres queridos antes de tiempo”. Parecía, al decirlo, que estaba prometiendo “sangre, sudor y lágrimas”, aunque sin la épica y dignidad que exige una declaración tal por parte de un mandatario. Aquí no se dicen esas cosas de forma expresa, pero lo cierto es que morirán (ya están muriendo) también muchas personas.

Aunque, por razones comprensibles, nadie lo quiere expresar con absoluta claridad, parece que nos enfrentamos a una nueva versión de la alternativa del diablo, la de tener que elegir de entre dos grandes males el que se juzga menor. Uno es el colapso económico y el otro la pérdida inmediata de muchas vidas humanas. El problema es que nadie puede asegurar que el optar por el, en apariencia, menos malo, impida que acabe produciéndose el mal mayor. Porque aunque se de prioridad a la integridad del sistema socio-económico a costa de una mayor pérdida de vidas humanas, eso no garantiza que la economía no acabe deteriorándose gravemente. Y lo contrario también es cierto: preservar el sistema de salud salvando más vidas en los próximos meses quizás no evite una mayor pérdida de vidas más adelante. Esto es muy difícil y, se haga lo que se haga, no saldremos indemnes.

Cuanto más tiempo pasa, mayor es la incertidumbre que experimento. Supongo que esto nos pasa a todos. Los responsables tienen el objetivo de salvar el mayor número de vidas posibles y conseguirlo sin provocar un colapso de la economía, porque esa perspectiva es pavorosa. Cuentan con las personas más capacitadas para asesorarles. Y aunque nadie está a salvo de errar, confío en que tomarán las mejores decisiones. Pero hay algo que sí tengo claro: por nada del mundo querría estar en su lugar.

Adenda: Íñigo de Miguel (@idemiguelb) me dice en tuiter que la eventualidad de tener que volver a reimplantar restricciones de movilidad y reunión depende de si entre tanto, los ensayos clínicos arrojan resultados positivos o la subida térmica primaveral hace retroceder al virus. Aunque en teoría eso es cierto, lo primero me parece dificilísimo por meras razones técnicas. Y lo segundo es una posibilidad, aunque no sé cuán probable. No obstante, es cierto que son factores a considerar y que socavan los argumentos del PM británico.

Nota: Sobre la pandemia he escrito antes Los tártaros del teniente Drogo ya están aquí.


2 comentarios en «La alternativa del diablo»

  1. Una buena reflexión, ciertamente es la alternativa del diablo. No obstante, el carácter mutante del virus hace palidecer la alternativa de la inmunidad de grupo. Las barreras son efectivas para reducir la tasa de contagio por debajo de 1. A partir de ese momento las epidemias se autoestinguen, pero hay que mantenerlas.

    Mientras tanto ¿Donde están las mascarillas? Si todos sin excepción las usáramos, incluso las más baratas, las más básicas hechas en casa con cualquier papel o gasa, serían al menos efectivas para que se contaminaran menos superficies.
    No entiendo como esta simple norma no se ha aplicado, sobre todo cuando será absolutamente necesaria al salir de la cuarentena y quizás tendremos que llevarlas hasta que se desarrolle una vacuna. Podrian ser años …

  2. Creo que lo de que se contagie el 70% de la población es inevitable, a no ser que aparezca a tiempo esa vacuna milagrosa, en España eso supondrá unos 150.000 muertos, en USA, unos 1 millón.

    Poco a poco nos acostumbraremos a ignorar el problema y la vida seguirá.

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