El confinamiento tenía, al menos, una cosa buena

El mejor indicador de la vuelta a la normalidad es, probablemente, el retorno del ruido.

Este año, además, como no hay festejos patronales, ese elemento no se añade al festival horrísono de cada día, por lo que, efectivamente, podemos atribuir el ruido a las normales actividades cotidianas. No hay coartadas festivas.

Cada día, a las cinco y media de la mañana, empiezo a practicar mi dosis diaria de bicicleta estática. Lo hago con la puerta de la terraza y la ventana abiertas, sea cual sea la temperatura exterior. A esas primeras horas, cuando todavía no ha amanecido ni siquiera en los días próximos al solsticio de verano, ya cantan los mirlos del barrio. Se les oye por encima de un sordo rumor, el del tráfico que circula por la carretera próxima a nuestra casa. Quizás no hayan puesto todavía las aceras a esas impías horas, pero es seguro que las carreteras ya las han instalado.

A las seis en punto de la mañana se dispara un dispositivo automático. Desconozco su función o razón de ser. A partir de ese momento empieza el ruido.

Salimos, después del desayuno, a caminar. Nos saludan, bien las sopladoras de hojas –esos artilugios que cambian de sitio las hojas caídas de los árboles- bien las máquinas que pasan detrás, recogiéndolas, quizás, con sus escobas circulares. Hay pocos artefactos tan ruidosos y, a la vez, tan madrugadores. Te los puedes encontrar a cualquier hora a partir de las siete de la mañana o quizás antes.

Luego viene el tráfico, las taladradoras –siempre hay una zanja que abrir-, las segadoras de jardines y máquinas de podar. Desde que salimos de casa hasta la vuelta, diez kilómetros después, no deja de aumentar el ruido a la vez que disminuye el canto de los pájaros. Es milagroso que insistan tanto, los pájaros.

Ya en casa, ante la pantalla del ordenador, hay que cerrar la ventana. De lo contrario puedes llegar a enloquecer. Pero incluso así, tampoco es raro que cerca de tu vivienda haya, en el mismo vecindario, trabajos de reforma con martilleos y ruidos de máquinas en un frenesí casi permanente.

En ciertos días señalados, normalmente sábados o domingos de la primavera y el verano, plazas y calles acogen la celebración de actividades o pruebas deportivas. Se sabe de lejos que las hay por dos motivos. Suelen instalar estructuras hinchables de colores chillones y formas variopintas. También se oye la música, es un decir. Se oye a kilómetros de distancia dependiendo de la orografía, y de la densidad y altura de los edificios. La hacen sonar –supuestamente para amenizar el evento deportivo- a volúmenes ofensivos. Suelen ser ritmos machacones, repetitivos. Horrendos.

Este es un pequeño muestrario de la galería de los horrores sonoros en que se han convertido nuestras localidades. Podría seguir, pero no es necesario.

Hay ruido por doquier. Lo sufrimos a todas horas. Da la impresión de que nuestra especie ha inventado todo tipo de artilugios cuyo último y verdadero fin no es el declarado, sino hacer ruido.

En consonancia, la gente habla cada vez más alto. En el metro o el autobús puedes oír casi todas las conversaciones, las que mantienen quienes viajan juntos o, en clara demostración de la escasa confianza que tienen muchos usuarios en la eficacia de las telecomunicaciones, las que se producen a través del teléfono móvil. Vivimos, cada vez más, entre sordos.

El ruido es veneno para el alma; con esa certera frase expresa mi amiga Itziar el efecto que causa en nuestras mentes. Es una peligrosísima forma de contaminación en contra de la cual no hay campañas ecologistas dignas de tal nombre. El ruido descompone. Deteriora la mente de forma irreversible. Parece no preocupar a nadie.

Es veneno, el verdadero mal de nuestro tiempo. Acabará, me temo, con la integridad mental de los seres humanos. Y, junto con la burocracia, provocará el fin de nuestra civilización.

El confinamiento tenía, al menos, una cosa buena.

8 comentarios en «El confinamiento tenía, al menos, una cosa buena»

  1. Parece ser que, al menos los urbanitas, estamos abocados a convivir con ruido pues, al parecer, va asociado a la modernidad de las sociedades desarrolladas y/o en vías de desarrollo.

    En mi humilde opinión, lo más grave de esta afirmación no es el hecho de que debamos asumirlo como peaje a pagar por el progreso, sino el hecho constatado de que muchos te miran como si fueses un marciano si mencionas las palabras «contaminación acústica» y utilizas para describirlo los mismos ejemplos de Juan Ignacio (por ejemplo, que te hagan partícipe involuntario de conversaciones ajenas cuando usas el transporte público).

  2. Estoy totalmente de acuerdo con el relato de ruido que haces,con la barredora, la sopladora obras y otros eventos que aparecen en el dia a dia,pero a esto hay que añadir si vives en una plaza en la que se organizan verbenas el ruido ensordecedor hasta las 3-4 de la mañana,aunque haya cuatro es suficiente para que con la sordera que produce el alcohol tengan la musica para ellos y para los del pueblo vecino,u no digamos para los vecinos de la plaza.
    Y protestas a los responsables del ayunatamiento y la respuesta es siempre la misma,»ES EL PROBLEMA DE VIVIR EN EL CENTRO»
    como que todos debemos vivir en la periferia,y en un chalet de medio millos de euros,es una locura de sociedad sin rumbo.

  3. No estoy de acuerdo en que el ruido tenga una relación directa del progreso, por motivos de trabajo visitaba Olten, una mediana ciudad industrial y nudo ferroviario de Suiza, y me sorprendía agradablemente la falta de ruido ambiental que había. En mi opinión somos un país ruidoso en el que la contaminación acústica es la menor de nuestras preocupaciones ecológicas, una cuestión educativa creo.

  4. No me explico como has podido olvidar al animador de la prueba deportiva que desgrana megáfono en mano y colores fucsia los sucedidos de concurso y participantes.

  5. Es curioso que, en una zona habitada de este primer mundo, uno de los oficios más ruidosos sea el de jardinero, siempre con esos auriculares defensivos contra el ruido puestos, y utilizando un montón de cacharros, todos diferentes y con motores escandalosos.

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