Esas pequeñas cosas

Volver tras el confinamiento a las calles, sobre todo a las de Bilbao, fue una experiencia extraña. No recordábamos haber pasado nunca tanto tiempo sin pisarlas. Además, otras veces, cuando volvíamos de algún viaje largo, no esperábamos encontrar nada cambiado. Esta vuelta era diferente. Temíamos que ciertas cosas hubiesen cambiado. Y así fue, de hecho. Unas cuantas –no pocas- tiendas habían cerrado; no fueron capaces de resistir el cierre de tres meses y el retraimiento posterior de la clientela.

El constatar, en forma de cierres de comercios, los efectos del confinamiento y el cese de actividad justificó mi preocupación. Las consecuencias más graves e inmediatas fueron las muertes que causó; pero a esas había que añadir las económicas que ha dejado –y dejará- la inactividad. Pensaba –y sigo pensando- que no calibramos el alcance de esas consecuencias, pero que serán muy severas, también, en última instancia, en términos de salud.

Al comienzo del confinamiento no fueron pocos los pronunciamientos que leí a favor de un futuro diferente y –supuestamente- mejor. Muchos quisieron imaginar que la sociedad del futuro se construiría sobre bases nuevas. De la pandemia íbamos a salir –decían- mejores. La sociedad iba a ser más justa; tendríamos un mayor respeto por el medio ambiente; acabaríamos con las desigualdades. O, al menos, nunca antes se nos había ofrecido una oportunidad mejor para esas bendiciones. Ni que decir tiene que las expresiones manifestaban deseos, más que previsiones realistas sobre lo que el futuro nos depararía. Al fin y al cabo, es gratis imaginar y decir que el mundo se acomodará a la imagen de la utopía con la que soñamos.

Desde muy pronto pensé que nos costaría recuperar la normalidad y me lamenté por ello. Algunos me reprocharon que desease volver al pasado. “Volver a la normalidad conocida no merece la pena”, me decían. La pérdida de la sociedad que dejábamos atrás no debía ser, al parecer, motivo de preocupación y, menos aún, de angustia. Debería alegrarnos, porque se daban las condiciones para construir algo mucho mejor. Quienes expresaban esas ideas (cada vez son menos, ya apenas se leen esas cosas) parecen pensar, contra toda evidencia, que la sociedad que conocemos, la nuestra, no es, en gran parte al menos, la obra colectiva de la humanidad, de las aspiraciones, deseos, miserias, intereses, limitaciones, de todos y cada uno de nosotros y de quienes nos antecedieron.

Y así, en medio de diatribas y de futuros deseados, me dio por pensar en cómo quería que fuese la sociedad que nos dejaría el virus.

Me preocupaba, ante todo, lo mal que lo iban a pasar –que lo pasarán- los que peor viven. Las crisis castigan con especial dureza a quienes menos tienen. Por eso, debemos protegerlos, procurarles, al menos, unas condiciones de vida dignas. Soy consciente de que no es fácil expresar con palabras en qué consisten esas condiciones. No es fácil delimitar la noción de “condiciones de vida dignas”; quizás porque es algo que no se puede medir; siempre va a haber una componente arbitraria al intentarlo. Pero también creo que si preguntásemos a mucha gente si le parecen dignas las condiciones de vida de personas en distintas situaciones, seríamos capaces de delimitar el ámbito de lo que consideramos digno. Yo lo cifro en unas pocas condiciones vitales que tienen que ver con la alimentación, un mínimo confort, seguridad física, entorno salubre, acceso a servicios básicos de sanidad, de educación y de cultura. A la vista de lo que nuestra sociedad ha destinado a cumplir otros objetivos, el coste de garantizar esas condiciones para todos no sería prohibitivo.

En lo que se refiere a asuntos más estrictamente personales, durante estos meses he sido muy consciente de las cosas de las que puedo prescindir sin que, por ello, mi vida pierda un ápice de interés o de atractivo. En realidad, ya lo sabía, pero el confinamiento me lo ha confirmado.

Hay cosas, sin embargo, de las que, de ninguna forma quiero prescindir. Son esas que hacen de la vida una experiencia plena. Cada uno de nosotros tenemos las nuestras.

Quiero poder seguir bajando a los dos o tres bares del barrio –nuestras local taverns-, sentarnos en la terraza, en días apacibles, o refugiarnos en su interior, cuando llega el mal tiempo; tomar un vino o, si toca, un vermú con un pincho. Y ver pasar la vida.

Me gusta comer buena comida, aunque no me gustan los restaurantes muy caros; no disfruto. No le saco todo su jugo a la cocina muy elaborada. Además, detesto el lujo. Soy de recetas y platos tradicionales, ya los tome en los restaurantes que me gustan, ya los prepare en casa. Siendo estudiante de primeros cursos en la universidad trabajé de pinche en un buen restaurante de Algorta y aprendí las técnicas básicas; más tarde mi madre fue mi maestra, y los libros. Me gusta cocinar; me relaja.

Nos gusta viajar a un paraje natural en Asturias y pasear a la vera de un río salmonero. Es otra experiencia relajante. Son días de andar, descansar, leer y comer. Y también de ver la vida pasar.

Me gusta la música. Hubo un tiempo en que íbamos a la ópera y a conciertos de estilos variados. Ahora nos conformamos con la música por internet, pero me gustaría recuperar la experiencia del espectáculo musical en directo.

Y sobre todo, me gustan los libros. No solo para leerlos; también quiero tenerlos, poder hojearlos de vez en cuando, contemplarlos en las estanterías. Me gusta estar rodeado de libros; de hecho vivimos rodeados de ellos, por miles.

Eso es lo que no quiero perder. Todas esas cosas y esas experiencias definen lo que soy (lo que somos), configuran el mundo en que nuestra vida, con la compañía imprescindible de la familia y amigos, adquiere sentido.

Hace unos días un amigo con el que compartía estas ideas me dijo: todo eso es la cultura. Así es. Los paseos a la vera del río asturiano o hasta la playa de Ereaga, los atardeceres en la terraza del bar de abajo, la comida, ciertos restaurantes, algunos temas musicales, los libros, los libros, los libros, es lo que, más allá de los quehaceres obligados, hace de la vida, como decía antes, una experiencia plena.

Por eso, cuando acabó el confinamiento quería, sobre todo, que nada de eso, tal y como lo he conocido, me faltase. No deseaba otra cosa en lo que a mí se refería. Nada de nuevas normalidades. Nada de mundos felices, sin problemas. Nada de utopías, ambientales, políticas, sociales, o del tipo que sean. En cuanto tuvimos ocasión, bajamos a las terrazas del barrio, visitamos nuestras librerías, compramos libros y fuimos a los dos o tres restaurantes donde nos encontramos más a gusto. No tardamos en acercamos al río asturiano y paseamos, bien acompañados, por su ribera; fuimos a comer en nuestros restaurantes preferidos; y a tomar el vermú en el bar en la plaza del pueblo que nunca dejamos de visitar.

Lo que somos, lo que seremos, el lugar que ocupamos en el mundo; eso que da sentido a la vida, lo construimos nosotros en realidad. Lo hacemos con decisiones sencillas: salir de paseo, comprar un libro, escuchar una canción, quedar con un amigo, comer aquí o allí; preparar este plato. Hay personas que viven y se ganan su vida, en parte, gracias a esas decisiones. De ellas depende que esas personas puedan seguir viviendo haciendo lo que hacen: cocinando, sirviendo un vermú, escribiendo un libro o publicándolo, atendiendo un hotel. Una vez satisfechas las necesidades básicas, esas que delimitan un vida humana digna de tal nombre, son nuestras decisiones las que construyen un mundo a nuestra medida; ese al que pertenecemos y en el que, con algo de suerte, podemos llegar a disfrutar de un pedazo de felicidad.

Por eso, en tiempos de zozobra, y cuando todavía no sabemos qué será de nosotros y de todas esas cosas, esos pequeños abalorios me han dado que pensar, no tanto como el riesgo de enfermar de mis seres queridos, pero mucho más de lo que hubiera podido imaginar. Quiero seguir viviendo en mi mundo; no es un mundo feliz, no es idílico, no es Utopía. Es el que hemos ido construyendo nosotros, año tras año, durante toda una vida.

5 comentarios en «Esas pequeñas cosas»

  1. Estoy totalmente de acuerdo con su artículo. Yo también quiero seguir viviendo en el mundo que he ido construyendo año tras año, década tras década. Mi familia, mis libros, mis libros, mis libros, los paseos, un café o un vinito en mis terrazas preferidas, un viaje sin lujos pero con la ilusión en los ojos y en el alma.

    1. Veo que somos bastante parecidos, tenemos los mismos anhelos, las mismas preocupaciones. Así de simple es la vida :saborear un buen libro por su lectura, tacto y olor, comer bien sin sofisticaciones, la buena música, esos paseos, ¡ojalá podamos disfrutarlos durante largo tiempo!

  2. Coincido con lo que dice, y en especial con detestar el lujo.
    Como científicos habría que explicar a las Corinnas y los Juan Carlos del mundo que los diamantes no son mas que pedacitos de carbón, muy puros y con los átomos bien ordenados, pero carbón al fin y al cabo, y que la hora es la misma en un Casio de 30 euros que en un Rolex de 5000.

  3. Iñako, como sabes, soy una fiel seguidora de tu blog porque siempre me lleva a reflexionar y me hace compañía. Pero este artículo me ha conmovido, me ha recordado cuánto añoro la que era mi vida.
    Gracias por estos escritos que son otra de esas pequeñas cosas que forman parte de la vida que no quiero perder.
    Un beso,
    Laura

    1. Muchas gracias, Laura.
      No sabes cuánto me alegra que te haya gustado.
      Le doy muchas vueltas a las cosas y nunca tengo claro si lo que se me ocurre son obviedades o tiene alguna enjundia y merecen ser publicadas. Opiniones como la tuya me animan a escribir.
      Un beso.
      I

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