Apostillas a la disyuntiva «escuelas vs. bares»

La anotación sobre la reapertura de las escuelas ha provocado respuestas muy vivas (valga el eufemismo) en las redes sociales. No me es posible responder puntualmente a todas ellas, ni siquiera a la mayoría, aunque algunas plantean cuestiones de interés. Me ha parecido, no obstante, adecuado redactar unas apostillas para comentar tres asuntos.

Las motivaciones de las decisiones de las autoridades

Empezaré por un asunto que no me parece de especial importancia pero tampoco quiero dejar de comentar brevemente. Muchas observaciones que se me han hecho a la anotación anterior se refieren a las razones por las que los responsables políticos toman o dejan de tomar estas o aquellas decisiones, aplican o dejan de aplicar estas medidas.

Lo confieso: no estoy en condiciones de valorar esas cuestiones. Asumo que el interés y la voluntad que les anima es el de hacer las cosas lo mejor posible. En la mayoría de los casos tratan de resolver problemas de muy difícil solución y para los que no disponen de toda la información relevante ni de los medios necesarios. Pueden ser más o menos competentes. Ahí no entro. Pero no me atrevo a poner en duda sus intenciones ni su buena voluntad, no al menos en tanto no tenga pruebas de lo contrario. Al respecto ya me explayé aquí.

La percepción del riesgo

Varias objeciones a mi postura favorable a la reapertura de las aulas se refieren a los riesgos de salud para el alumnado de los niveles de enseñanza afectados. El artículo publicado a finales de julio en NEJM señala al respecto, lo siguiente: Desde un punto de vista clínico, la mayoría de los niños entre 1 y 18 años sufren una enfermedad leve o no sufren ninguna, y son mucho menos propensos que los adultos a experimentar las consecuencias severas de la infección. Aunque en todo el mundo han sido hospitalizados un pequeño número de chicos con un síndrome inflamatorio multisistémico tras la infección con SARS-CoV-2, parece ser un síndrome raro (afectó a 2 de cada 100 000 jóvenes menores de 21 años entre el 1 de marzo y el 10 de mayo) y con un diagnóstico temprano y tratamiento, su evolución clínica ha sido buena. Por el contrario, los adultos, sobre todo los mayores de 60 años o quienes tienen problemas de salud agravantes, afrontan un riesgo muy superior de enfermar de forma grave, ser hospitalizados y sufrir secuelas. [La traducción es mía.]

En otras palabras, el riesgo que tienen los niños y niñas de contraer la enfermedad es muy bajo, y su evolución clínica, si son diagnosticados de forma temprana, buena. Por lo tanto, el riesgo de sufrir secuelas o fallecer por esa causa parece extraordinariamente bajo. No dispongo de datos comparativos, pero me atrevería a afirmar que hay muchas otras posibles enfermedades o incidentes con riesgos para la salud y la vida de los pequeños mucho más altos. Y esos factores no evitan su escolarización.

Entiendo, no obstante, que el miedo es libre, y que la percepción del riesgo está muy influida por la componente emocional de las historias (reales, pero seleccionadas para causar impacto) que nos llegan a través de los medios de comunicación.

Los bienes a preservar incompatibles

Hay un virus circulando entre la gente y a todos nos interesa, por los efectos que causa sobre la salud, limitar al máximo esa circulación o evitarla por completo. Se transmite cuando las personas interaccionan unas con otras en contextos sociales o familiares: reuniones familiares, centros de trabajo, asistencia a clase en centros docentes, celebraciones diversas (sociales, religiosas, etc.), actividades en coincidencia con otras personas (compras en tiendas y supermercados), transporte colectivo, ocio social (bares, espectáculos, etc.), actos culturales, etc. Por lo tanto, si se trata de reducir la transmisión del virus, la estrategia más efectiva es limitar al máximo las circunstancias que la propician y, por lo tanto, las actividades reseñadas.

Hay, no obstante, actividades esenciales. Hay que producir, distribuir y adquirir alimentos, por ejemplo. Por lo tanto, hay que mantenerlas. También hay que transportar gente en medios colectivos. La actividad económica, en su conjunto, debe mantenerse a medio y largo plazo, de lo contrario la sociedad colapsaría por falta de recursos. Y así podría seguir, con otras cosas (de estas cosas me ocupé aquí). De lo que se trata es de que al desempeñar esas actividades se tomen medidas que eviten, en la medida de lo posible, el contagio; o sea, hay que maximizar la distancia física o las barreras (mascarillas, mamparas, etc.) entre las personas que interactúan. Es lo que se hace en las tiendas, los autobuses, los centros de trabajo, las salas de conciertos, etc.

Pero hay situaciones en las que eso no es tan fácil. Se han producido brotes graves entre trabajadores temporeros (de ahí proceden una parte importante de los brotes en Lleida y Aragón) y eso es algo que debe tratar de evitarse adoptando las medidas oportunas. Pero en mi entorno geográfico próximo (Comunidad Autónoma Vasca) y creo que en buena parte de las comunidades españolas, son las actividades de ocio nocturno y las reuniones y celebraciones familiares lo que, al parecer, está provocando la mayor parte de los contagios. Es verano, la gente se desplaza a lugares de ocio, a visitar a sus familiares o a quedar con los amigos. Hace buen tiempo, se sale a tomar unas cañas, las cuadrillas ocupan las terrazas, los estudiantes celebran el final del curso (selectividad incluida), los jóvenes (y no tan jóvenes) salen de noche a tomar una copa (ya que no hay que madrugar), se celebran fiestas en muchos pueblos (aunque oficialmente se hayan suspendido). Suma y sigue. Pues bien, en esas circunstancias es muy difícil mantener las distancias y llevar (bien puesta) la mascarilla durante parte importante del tiempo. Lo vemos en nuestras calles y terrazas.

La otra situación en la que es difícil mantener medidas de distancia o aislamiento es la asistencia a clase, sobre todo por parte de los más pequeños. En niveles universitarios, bachillerato e, incluso, enseñanza secundaria obligatoria, se puede mantener un cierto grado de distanciamiento reduciendo aforos y recurriendo a aprendizaje (en parte) presencial y (en parte) telemático. Pero en primaria e infantil, eso no es posible.

Por lo tanto, de no aplicarse medidas adicionales, en septiembre nos encontraremos con dos focos importantes de contagios. Estarán, por un lado, las actividades de ocio social y familiar, y las escolares, por el otro. Las primeras ya vienen echando leña al fuego desde comienzo de julio y nos han conducido a una situación muy problemática: España presenta el nivel más alto de contagios en Europa hoy y la CAV no le va a la zaga.

En un mundo ideal (haciendo millones de pruebas de ARN viral cada semana en España) sería quizás posible contener una pandemia aunque el ocio y la escuela fuesen fuentes de contagio intensas. Pero en la realidad eso no es posible. Debe aceptarse un cierto nivel de contagios, porque anularlos completamente no es posible, y para hacer frente a las consecuencias de esos contagios se necesita un buen dispositivo de rastreo de contactos. Pero no podemos aceptar contagios en todas las esferas en que es difícil mantener las distancias o el aislamiento. Debemos aceptar contagios (los menos posibles) en determinadas actividades productivas (ya citadas antes) y en los centros docentes, porque esas actividades y la formación de chicos y chicas son esenciales.

Una sociedad no puede funcionar sin mantener sus actividades productivas en un cierto nivel. Una sociedad no se puede permitir el lujo de que sus chicos y chicas no se formen o lo hagan de mala manera durante varios cursos académicos. La herencia que les quedaría sería ruinosa, y no me refiero solo a la vertiente económica.

Pero una sociedad sí se puede permitir limitar al máximo las actividades puramente de ocio o lúdicas. Aunque no nos guste, aunque esas actividades formen parte de nuestras vidas, de nuestra cultura. Como decía en el artículo anterior, es cuestión de prioridades.

Y por esa razón nos encontramos frente a una disyuntiva entre la actividad hostelera (lúdica, principalmente) y la enseñanza. No podemos suprimir actividades económicas esenciales; el transporte público es insustituible; no debemos limitar aquellas que se practican minimizando el riesgo (compras en tiendas, representaciones teatrales u otras); y no es posible monitorizar la vida de familias y cuadrillas, ni reglamentar la forma en que se relacionen. Por lo tanto, las únicas actividades que son fuente de contagio y sobre las que se puede actuar, limitándolas parcial o completamente, son aquellas en las que no es posible minimizar el riesgo. Esas actividades son las educativas y las hosteleras. Si se permiten ambas sin restricciones, será muy difícil controlar la extensión de la pandemia.

Por lo tanto, y si pensamos que la formación de las generaciones jóvenes tiene carácter prioritario, la conclusión es clara: hay dos bienes que no pueden ser preservados simultáneamente. Es cuestión de prioridades.

4 comentarios en «Apostillas a la disyuntiva «escuelas vs. bares»»

  1. Según dicen, en la CAV el mayor número de contagios se produce en el ocio nocturno… ¿ será cierto?, ¿ controlamos tan bien nuestras relaciones en el ámbito laboral?

    Con respecto al tema de la escuela, en un centro escolar no solamente hay niños-as, también hay adultos-as, por lo que el argumento de la supuesta inocuidad del virus para los/las más pequeños-as no es tampoco admisible.

    1. Sobre las cuestiones de orden epistemológico, pienso esto:
      1. Varias afirmaciones que hace no se sostienen a la luz de la literatura científica (los datos disponibles). En concreto, se equivoca con los cnceptos e implicaciones de la condición asintomática, presintomática y sintomática.
      2. Lo que dice de la fiabilidad de las pruebas PCR es falso.
      3. En las regresiones elimina los datos que contradicen su tesis.
      4. Confunde correlación con causalidad.
      Y en lo relativo a un asunto de orden diferente, pero importantísimo, no es ético valerse de su condición de decano del COB de Euskadi, que es una entidad para la defensa de los intereses profesionales de sus miembros, para emitir opinión sobre un asunto relativo a la salud pública. Ha sido elegido por los colegiados para cumplir el fin fundacional del COB, no para opinar acerca de ese tema. Puede opinar, por supuesto, pero a título personal, nunca involucrando a una entidad cuyos miembros no han sido consultados. Dos miembros del colegio me han dicho que lo que ha hecho es contrario a los Estatutos del Colegio y que pedirán responsabilidades.
      Esto pienso.

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