Protejámoslas

Aunque en algunas comunidades autónomas el ritmo de expansión de la pandemia de Covid19 se ha estabilizado o, incluso, ha descendido en las últimas dos semanas, sigue sin estar controlada. La mayor incidencia (nuevos casos por día y por 100 000 habitantes para la última semana) se concentra en la Comunidad de Madrid (35) y en el núcleo que forman Comunidad Autónoma Vasca (26), Foral Navarra (25) y La Rioja (24). Mejores datos arrojan Aragón (21), Región de Murcia (15), Castilla y León (14), Castilla-La Mancha (13) y Cataluña (13). La información de base la he obtenido de aquí.

Prácticamente todas esas cifras y, sobre todo, las de Madrid y las del centro-norte de la Península, se encuentran, tal y como vimos aquí, por encima de las que se consideran seguras a los efectos del normal desarrollo de la docencia presencial.

No obstante, las autoridades sanitarias y educativas han minimizado la importancia de la incidencia de la pandemia, a la vez que han puesto especial énfasis en la efectividad de las medidas previstas. A modo de ejemplo, el ministro de sanidad ha declarado que “si se cumplen bien” las medidas puestas, se “garantiza que va a haber pocos brotes”, y la ministra de educación, que “no existe el riesgo 0 en ningún ámbito social, pero la escuela tal y como se está preparando es mucho más segura que otros ámbitos de socialización”.

Hay, al menos, dos problemas con esa forma de ver las cosas. Ambos tienen que ver con lo que es, a mi juicio, un análisis sesgado de la cuestión.

Por un lado, se puede aceptar (con ciertas dudas) que las medidas propuestas son efectivas para reducir la probabilidad de contagios, pero otra cosa es que eliminen su posibilidad. El nivel en que disminuyan esa probabilidad dependerá de su grado de cumplimiento. Y mucho me temo que si para un adulto no es fácil mantener la tensión en todo momento, para niños y niñas en grupos de entre 20 y 30 es sencillamente imposible. Quienes trabajan con ellos lo saben bien.

Por otro lado, se diga lo que se diga, muchas de las medidas propuestas no se van a poner en práctica. Por ejemplo, en muchos centros no hay posibilidad material de rebajar los aforos. Habría que rehacer los centros. Y la contratación de más personal, tan demandada, tampoco creo que sea una solución viable con carácter general. Hace falta saber cuánto tiempo se necesita para incorporar a ese personal, cuántos maestros y maestras hay en disposición de acceder a un puesto docente, y si desde el punto de vista logístico, es factible reestructurar horarios y organización escolar para dar satisfacción a las medidas de marras. De la ventilación quizás hablemos en noviembre con más fundamento.

La insistencia en que el cumplimiento de las normas garantiza una escuela segura me parece más un intento de asignar la responsabilidad al centro o al profesorado que una manifestación cabal. Así, si se produce un contagio en el entorno escolar, la responsabilidad será del centro y del maestro o maestra que haya estado al cargo de quien se haya contagiado.

Insisten las autoridades en la idea de que, si ya se contagian en la calle, la escuela no tiene por qué ser un entorno más inseguro. Hay más de un problema con esa idea. Uno es que quienes lo afirman no saben cuánto se contagian en la calle, y ni siquiera saben qué hacen realmente los chavales; cada chiquillo y cada familia es un mundo. Las circunstancias son diversas, pero a la escuela van todos. Otro es que en la calle los niños suelen jugar con otros que ya forman parte de su entorno habitual; pero en muchas escuelas eso no es así, porque se juntan chavales y chavalas procedentes de distintas áreas geográficas. Y por último, porque incluso si los dos puntos anteriores no se cumpliesen, al coincidir en la escuela, se añaden redes adicionales de contagio a la original del barrio o entorno familiar. La dinámica epidémica es un monstruo proteico, desplaza sus protuberancias, con efectos multiplicativos, hacia donde se le da ocasión, y el entorno escolar ofrece una ocasión excelente.

Parece ser que los más pequeños transmiten el Sars-Cov-2 en menor medida que los mayores, aunque a estas alturas no sé muy bien si ello se debe a que se contagian menos o a que contagian menos. Lo cierto es que la mayor parte de los datos al respecto provienen del periodo del confinamiento y ellos fueron los que permanecieron en unas condiciones de aislamiento más severas. Pero aunque, efectivamente, los peques sean vectores menos activos, lo cierto es que no dejan de serlo, por lo que, aunque la probabilidad de que sean transmisores sea baja, no es nula. Que esa probabilidad sea baja es una circunstancia afortunada, sin duda, pero no tanto como para contrarrestar el hecho de que hay zonas con un importante nivel de transmisión comunitaria. Al fin y al cabo, que algo ocurra no solo depende de la probabilidad de que suceda, también depende del número de ocasiones que hay para que suceda. En el caso que nos ocupa, la probabilidad es baja, pero las ocasiones no son pocas. El producto, que es lo que importa, no es despreciable.

Así las cosas, y dado que las autoridades están decididas a seguir adelante con los planes de docencia presencial, creo que hay tres aspectos muy importantes que deben ser motivo de preocupación y de actuación. Voy a incidir en ellos porque en otros empeños (aforos, ratios, medios, y demás) ya hay quien se afana.

El primero, y aunque ya me he ocupado de ello antes, es la contención de la pandemia. Insisto en la idea de la necesidad de umbrales de referencia públicos para tomar medidas progresivamente más restrictivas conforme se eleva el ritmo de contagios en una zona determinada. Nuestras autoridades están funcionando con criterios más laxos que otras, como las británicas, con resultados, desgraciadamente, bien visibles. En pocas materias ostenta España un liderazgo tan destacado en Europa Occidental: a los datos me remito.

El segundo se refiere a la probabilidad de contagio de los estudiantes y su capacidad para contagiar. Es cierto que la posibilidad de que los niños y niñas sufran una enfermedad grave es remotísima; muy probablemente es inferior, incluso, a la de sufrir un accidente doméstico. Pero no es nula. En esas circunstancias, no es de recibo que la opción de algunos progenitores por mantenerlos en sus casas sea demonizada e, incluso, se les amenace con acciones legales. Lo lógico, como ha apuntado con acierto Íñigo de Miguel en tuiter, es que la administración educativa actúe, dada la excepcionalidad de la situación, con flexibilidad, proporcionando a las familias que lo demanden alternativas orientadas al aprendizaje tutorizado desde los centros docentes. Si en marzo, a tenor de las circunstancias, se optó por las soluciones virtuales, no veo razones por las que las actuales circunstancias no justifiquen esa opción.

La posibilidad de contagio de niños y niñas tiene, además, implicaciones que se derivan de su papel como vectores del coronavirus. Muchos de ellos conviven con personas mayores y algunos de sus progenitores sufren patologías que los hacen especialmente vulnerables. La eventualidad de que se produzcan contagios de esas personas a través de los escolares es algo que debería tenerse en cuenta a la hora de arbitrar alternativas al aprendizaje presencial.

Y en tercer lugar me referiré al profesorado. Porque las condiciones que deben cumplir las personas que merecen especial protección son leoninas:

 “… el riesgo del personal docente debe ser considerado similar al riesgo comunitario y clasificarse, por lo tanto, como nivel de riesgo 1 (NR1). Solo en los momentos de atención a un posible caso (descritos en el apartado 2 del epígrafe anterior, de actuación ante una persona que comienza a desarrollar síntomas compatibles con COVID-19), puede ser considerado NR2, en cuyo caso está indicado el uso de mascarilla quirúrgica.”

Ministerio de Sanidad; Ministerio de Educación y Formación Profesional

Por las razones apuntadas antes, no es lógico que se considere que una maestra tiene la misma probabilidad de contagiarse en un aula con 20 jovencitos que cuando pasea por su barrio o va a la librería. Su control de la situación no es el mismo, y la capacidad de las personas con las que va a interactuar en cada circunstancia para mantener las normas de distancia y uso de mascarilla, tampoco. Esa previsión quizás tenía sentido a finales de junio, que es cuando se elaboró el documento y prácticamente no había contagios, pero hoy no lo tiene.

Igualmente es incomprensible que el Ministerio de Sanidad asigne a las personas mayores de 60 años con “patología controlada” un nivel de riesgo 3, nivel que les faculta para:

“Asistencia o intervención directa sobre personas sintomáticas, con EPI adecuado y sin mantener la distancia de seguridad.”

Ministerio de Sanidad

¿De verdad debe alguien en esas condiciones actuar con personas sintomáticas simplemente porque llevan EPI adecuado? ¿Qué es EPI adecuado? Las personas propensas a sufrir ictus, quienes han sufrido un infarto y tienen un 30% de su miocardio dañado, las que tienen una capacidad pulmonar reducida y son propensas a sufrir asma, ¿tienen “patología controlada”? ¿seguirá controlada una vez el virus haya penetrado en sus alveolos pulmonares y en sus vasos sanguíneos? ¿qué broma macabra es esta?

Quien haya leído hasta aquí, se habrá dado cuenta de que en ningún momento he hecho mención a la conveniencia de abrir los centros docentes. No he querido entrar en ese asunto, aunque soy partidario de que se abran. Hay poderosísimas razones de diverso orden para hacerlo. Pero igualmente poderosas son las razones para actuar con energía -adoptando, si es preciso, duras medidas para el control de la pandemia-, flexibilidad -dando opciones a las familias para optar por diferentes modalidades de aprendizaje- y humanidad –ofreciendo a las personas vulnerables alternativas a la exposición al virus-.

Pues bien, si hasta la fecha no hemos sido capaces de generar las condiciones para que el aprendizaje se pueda desarrollar de forma presencial con un riesgo realmente mínimo, tengamos ahora, al menos, la sensibilidad necesaria para con todas las personas que se encuentran en situación de especial vulnerabilidad para ofrecerles la protección debida. ¡Protejámoslas!

2 comentarios en «Protejámoslas»

  1. Me parece a mí que los mayores y personas con problemas renales, respiratorios, diabetes, etc., incluida obesidad ya se pueden ir aislando de sus familias, por duro que sea decir esto.
    En cuanto a la ventilación y antes de que llegue noviembre, parece claro que sería necesario instalar un recuperador de calor por cada clase, para poder ventilar d forma continua con aire exterior sin tener que gastar un dineral en calefacción. Ver en:
    https://es.wikipedia.org/wiki/Ventilación_con_recuperación_de_calor
    Pero claro, la inversión necesaria (que no es tan alta) no va a estar disponible. Pues debería saberse que hace muchos años que estos aparatos deberían haber estado instalados en nuestras aulas, por higiene y economía. A ver ahora……señores de la Consejería de Educación…….

  2. Gracias por exponer de forma clara la problemática existente en los centros de educación.
    Entiendo que no hay que meter miedo (o sí), pero lo que están haciendo los políticos con el tema de los colegios es faltar a la verdad, además de vilipendiar a sus trabajadores.
    Unos trabajadores que son los que verdaderamente conocen el día a día de los centros y a los que no se les ha consultado, han preferido tomar las decisiones desde un despacho.
    Unos trabajadores que se preocupan por la seguridad de nuestros hijos y que son denostados por gran parte de la sociedad.
    Muchas gracias.

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