El confinamiento quizás no sea la (mejor) solución

Permítaseme dudar de que un confinamiento estricto sea la mejor forma de parar la pandemia en este momento. No creo que sea la mejor forma ni, menos aún, la única.

Conforme empeora la situación, arrecian las voces que piden –en realidad, exigen- medidas más duras de restricción de movilidad y actividades, llegando en muchos casos a proponer o pedir un confinamiento domiciliario estricto, como el que sufrimos en marzo y abril. La exigencia viene avalada, al parecer, por “los expertos”[1], sean ellos quienes sean. Hay razones de diversa índole por las que soy de la opinión de que no es buena idea recurrir a una medida tan extrema.

Tengo la convicción de que un confinamiento estricto tiene efectos devastadores en varias esferas. Agrava la situación de las mujeres e hijos cuyo marido o padre los maltrata. Deteriora la salud mental de la gente. Perjudica su estado físico, por las limitaciones para hacer ejercicio. Induce hábitos de alimentación y un modo de vida cuyos efectos negativos sobre la salud se manifestarán meses o años después. Tiene efectos perniciosos sobre el aprendizaje de los estudiantes todo a lo largo del sistema educativo, probablemente más cuanto más pequeños son y, con toda seguridad, cuanto más pobres son sus familias. Daña la vida social, fragmentando redes de relaciones que son soporte emocional de muchas personas, sobre todo de las más mayores. Perjudica las actividades culturales en nuestras ciudades y pueblos, trastocando un sistema de naturaleza intrínsecamente frágil y comprometiendo proyectos de interés comunitario. Altera o impide el culto religioso, privando a los creyentes practicantes de un elemento esencial en sus vidas. Deteriora el tejido comercial y productivo (no hay más que pasear por los pueblos y ciudades para comprobar la cantidad de locales comerciales que cerraron durante el confinamiento de 2020 y siguen cerrados). Como consecuencia, perjudica seriamente la economía de miles de familias. Por último, merma los ingresos en las arcas públicas, lo que hará disminuir la calidad y cantidad de los servicios que prestan las administraciones, incluidos los de salud, y endeudará de forma severa a las generaciones venideras.

Si no han tenido ocasión aún, les recomiendo que lean un artículo, titulado “El confinamiento como martillo”, publicado por Javier Padilla en Colectivo Silesia. Comenta el eco desproporcionado que tienen las voces que demandan un confinamiento estricto; se refiere a las contrapartidas que tienen las medidas de salud pública, en general, y a lo dañinas que pueden ser las que provoca un confinamiento, en particular; manifiesta sus dudas acerca de la efectividad que tendría ahora una medida como esa; se lamenta de la ausencia de propuestas de medidas intermedias; recuerda que la falta de adherencia a los confinamientos domiciliarios obedece, ante todo, a razones socioeconómicas; y constata que quienes resultan más perjudicadas por un confinamiento son las personas que se encuentran en situación más vulnerable.

Hace unos días, tratando de este asunto en tuiter, Íñigo de Miguel, después de haberme manifestado yo contrario a reproducir un confinamiento como el de los meses de marzo y abril del año pasado, me respondió esto:

Comparto sus deseos. En una línea similar argumentó Íñigo el pasado día 11 en The Conversation.

Sostiene que antes de confinar a la gente en sus hogares y paralizar la actividad económica y gran parte de la vida social, deberían hacerse mayores esfuerzos en mejorar los resultados de la estrategia de test, trazado y aislamiento de contagiados y sospechosos de estarlo. Cree que el principal obstáculo para que esa estrategia tenga éxito radica en la escasa disposición a aislarse de las personas para las que tal medida constituye una losa económica y social. Y piensa que si se ayudase a quienes han de aislarse, estarían mucho más dispuestos a hacerlo y sería más fácil controlar la expansión de la pandemia mediante ese procedimiento. Donde se ha optado por ese proceder, ha resultado exitoso.

A las razones dadas por Javier Padilla e Íñigo de Miguel habría que añadir las conclusiones de un estudio publicado el pasado mes de noviembre en la revista Nature Human Behaviour, que resumí en castellano en este artículo en el Cuaderno de Cultura Científica. Los investigadores concluyeron que (reproduzco entrecomillado un párrafo del Cuaderno) “las (medidas) que de forma más eficaz contribuyen a reducir la expansión del SARS-Cov2 son las que evitan que las personas se junten y las que limitan sus movimientos. A esos propósitos obedecen la suspensión de reuniones de no demasiada gente (menos de 50 personas) durante mucho tiempo (en tiendas, restaurantes, bares, centros de trabajo), el cierre de centros docentes (principalmente de estudiantes de entre 10 y 19 años), los toques de queda, las limitaciones a viajar entre países, los confinamientos, y la suspensión de actos multitudinarios.”

Tras analizar con detalle la efectividad de cada medida, los autores de la investigación cuestionaron la del confinamiento porque entendían que sus efectos podían, en realidad, obedecer (se podían confundir en lenguaje estadístico) a los de otras medidas que van emparejas o se implantan a la vez.

Es comprensible que mucha gente desee un confinamiento estricto y así lo demande, puesto que la experiencia nos dice que cuando se puso en práctica, funcionó. Y para algunos responsables políticos puede resultar la salida más sencilla hoy. Pero no me parece que sea la mejor solución acudir, cada vez que se ponen mal las cosas, al que debería ser el último recurso. Se suele decir que medidas como esa deben ser implantadas en su momento y no más tarde, pero ¿se sabe cuál es el momento idóneo?

Se utilizan como modelos de referencia las estrategias de otros países que están solventando con éxito la situación. Pero en Europa ya no nos queda ninguno, y los que de verdad están teniendo éxito son los que han vivido situaciones similares en ocasiones anteriores. Son países bien pertrechados para afrontar crisis como la que vivimos ahora. Me refiero a los del área de Extremo Oriente, Sudeste asiático y Oceanía. Pero ningún país es similar a otro, ni cuenta con las mismas herramientas ni, lo que es más importante, con la misma cultura.

Hay todavía medidas intermedias que se pueden ensayar para cortar la expansión de la pandemia: restricciones adicionales de la movilidad y la actividad; ayuda y facilidades a quienes han de aislarse, promoción real del teletrabajo, mejoras en las condiciones de ventilación y aforo de locales y transporte público, pedagogía social y buenas campañas de comunicación (que expliquen la lógica subyacente a las medidas que se toman), y seguramente algunas más.

También debería abandonarse la idea, injustificada a mi parecer, de que han de aplicarse las mismas medidas en toda la geografía peninsular. El control de la pandemia bien puede basarse en un sistema acordado de medidas de rigor variable en función de la incidencia de la Covid en cada zona. Tampoco en este caso el «café para todos» es la mejor solución.

Y por supuesto, debe hacerse lo posible (pero no lo imposible) por vacunar a la gente cuanto antes. Porque como escribí hace unos días, hay que acercar la meta de la carrera que sostenemos con el SARS-CoV-2, a la vez que se hace lo posible por impedir que el virus avance. Se trata de que no nos alcance.

Cuando llevábamos un mes confinados anticipé que nos quedaban meses de dificultades y que hasta 2022, las autoridades se verían obligadas, en función de la situación de la pandemia, a relajar y endurecer las condiciones de movilidad y actividad. Pero que había que tratar de preservar, en la medida de los posible, un cierto nivel de actividad económica y social. En lo sustancial, sigo pensando lo mismo.


[1] Yo no lo soy, ni de lejos, porque lo mío es la biología animal y tampoco de eso es que sepa demasiado.

Adenda:

(1) Dos días después de publicar esta anotación, Javier Yanes ha publicado un artículo en Ciencias Mixtas en el que abunda en algunos argumentos dados aquí y aporta otros no considerados por mí.

(2) Se suele invocar el caso chino y la supuesta efectividad de los confinamientos estrictos puestos en vigor en aquel país como prueba que avala la conveniencia de aplicar en España la misma receta. Pero ese argumento tiene dos problemas. (1) Por mucho que se insista en la efectividad de sus medidas, lo cierto es cada cierto tiempo surgen brotes que han de ser controlados. (2) Las autoridades chinas nunca han confinado a toda su población a la vez; precisamente ese es uno de mis argumentos, que las medidas han de ser zonificadas. Hubei tiene una población que representa el 5% de la de toda China, lo que equivale a la CAV en el estado español.

(3) También hay quien aboga por la estrategia de Covid 0, la que consistiría en suprimir la circulación del virus de forma completa para pasar, a continuación, a una de seguimiento cercano y estricto de cada caso (test, trazado y aislamiento). Se trata de una estrategia aplicada con éxito en países que han experimentado de cerca la amenaza de pandemias con origen en el sudeste asiático y que han ido perfeccionando los métodos de control. Pero tienen otra característica: son islas, lo que facilita mucho los controles fronterizos, algo esencial para llevara adelante esa estrategia con efectividad. A lo anterior, mi amigo Pedro Tarrafeta añade una consideración importante que no había tenido en cuenta:

5 comentarios en «El confinamiento quizás no sea la (mejor) solución»

  1. Penso q o q fixeron de deixar facer á xente baixo a sua soa responsabilidade para «salvar o nadal»foi moi negativo…os resultados son claros…

  2. Totalmente de acuerdo contigo, Juan Ignacio. Este país no se puede permitir otros dos meses de confinamiento total. La gente, en vez de aplaudir desde los balcones, igual empezaría a tirarse de ellos. Ahora bien, eso implica que tenemos que “ponernos las pilas”, empezando obviamente por las autoridades competentes (sic). Ya sé que no somos japoneses o coreanos, pero deberíamos empezar a parecernos a ellos. De nada sirve dictar normas si luego no estamos dispuestos a hacerlas cumplir, con implicación de toda la ciudadanía pero insisto, empezando por las variopintas administraciones que nos administran. Y parece que no es por falta de dinero, ósea que si hay que habilitar “rastreadores” o enfermeros o lo que sea, pues sin regatear, que en esto, como en casi todo, lo barato sale caro. Y si como se ha llegado a decir, esto es una “guerra” contra el virus, pues nada: MOVILIZACIÓN GENERAL, sin distinción de sanidad pública o privada o medio pensionista y como la Republica en 1938, se moviliza a la “quinta del chupete” y se envía a alumnos de medicina o enfermería a vacunar o a rastrear o a hacer PCR,s., que tampoco es ir a “dejar la cuchara” en Sierra Caballs o Pandols.
    Por cierto, hablando de vacunas, aquí somos un poco aldeanos y las polémicas no llegan más allá del ministro, como mucho Sanchez, pero en Europa, sobre todo en Alemania existe un cabreo más que regular con la UE respecto a la compra y distribución de vacunas. Parece que EEUU, Israel, GB, etc han estado más “argi” en asegurarse un abastecimiento suficiente de vacunas y achacan a la UE actuar tarde y funcionarialmente en este asunto. Es un rumor bastante extendido que hay países que están recurriendo al “mercado secundario”, no digamos “negro”, para abastecerse. Se comenta que Chipre aprovechando sus lazos y proximidad con Israel, que va de “sobrado”, la propia Alemania, Portugal,… O sea, ¡sálvese quien pueda! Aquí lo dicho, Sagarduy se pelea con Illa ¿para qué?

  3. Perdón, debería haber escrito “quinta del biberón “, no del chupete. Artilugios infantiles los dos, pero a cada cual…

  4. Es curioso cómo nos olvidamos del lenguaje inclusivo cuando tenemos que preocuparnos de los menores maltratados. En torno al 70% de los agresores son mujeres, la madre o una mujer que ocupa una posición similar: P. e. La acusada de estrangular al hijo de su pareja en Elda llega al juicio entre gritos de «asesina». https://www.abc.es/espana/comunidad-valenciana/abci-acusada-estrangular-hijo-pareja-elda-llega-juicio-entre-gritos-asesina-202011161116_noticia.html

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