Cuando todo esto pase…

En mis dos anotaciones anteriores he mirado al pasado. En esta me fijé en cosas de índole personal y en esta otra en lo que la ciencia nos ha proporcionado. Toca ahora volver a dirigir la mirada al futuro, a lo que nos pueda deparar.

“Cuando todo esto pase…” es una de las expresiones que usamos para referirnos a esa situación hipotética que colocamos en un futuro más o menos próximo en el que volveremos a vivir como lo hacíamos antes. Pensamos que un día, no muy lejano, se nos dirá que la pandemia ha sido eliminada y a partir de ese momento podremos frecuentar bares y restaurantes sin limitaciones de aforo, salir de noche si nos apetece, visitar o recibir en nuestras casas a familiares y amigos, ir a donde queramos y dejar de utilizar mascarillas.

Dudo que las cosas vayan a ocurrir así. Me ha resultado instructivo, a ese respecto, un artículo en The Lancet del pasado 16 de febrero. Las ideas principales de lo que digo aquí provienen de ese artículo, aunque como se verá, las he complementado con otras fuentes.

Para empezar, hay muchas incógnitas acerca de la evolución de la pandemia en los próximos meses, incógnitas que tienen que ver con dos factores, principalmente. Uno es la posible emergencia de variantes del SARS-CoV-2 con características diferentes de las actuales. El otro es la respuesta que den las vacunas que ya se están administrando y las que se autoricen en las próximas semanas a las actuales y a las nuevas variantes.

Dada la velocidad a que se replican los virus y la enorme cantidad de virus que circulan por el mundo, es normal que aparezcan, por mutación, numerosas variantes. Cuando hay diferencias entre individuos dentro de una misma población y los rasgos que los distinguen proporcionan mayor capacidad de reproducirse a algunos de ellos y son, además, heredables, esos rasgos se acaban haciendo más frecuentes en la población. Es pura lógica evolutiva. Trasladado esto al virus que nos aflige, eso quiere decir que cada vez que aparece una variante que se contagia con más facilidad, acabará siendo la que más abunda. Es lo que ocurre con algunas, como la conocida como variante británica y también con la conocida como sudafricana (se puede consultar aquí lo que se sabe en este momento sobre las mutaciones del SARS-CoV-2 y variantes en circulación). De esto se derivan dos consecuencias importantes.

La primera: dado que cuanto mayor es el número de variantes que aparecen más probable es que surjan algunas que se contagian con más facilidad, es crucial que se contenga la expansión de la pandemia, esto es, que se dificulten al máximo los contagios. Y eso solo se puede conseguir con medidas no farmacológicas (restricciones a la movilidad y actividades sociales, y rastreo y aislamiento de personas contagiadas) o vacunando a la gente si las vacunas evitan el contagio o reducen la probabilidad de que se produzca. De esa forma se puede limitar la aparición de variantes que se expanden más rápidamente.

La segunda: es posible que las nuevas variantes no respondan a las vacunas en la forma en que lo hacen las que ya existen, por lo que si no se controla la extensión de la pandemia en un corto espacio de tiempo y se permite que proliferen los virus, la eficacia de las vacunas se puede ver comprometida.

Es importante, por tanto, conocer la respuesta de las vacunas a las variantes que vayan surgiendo y, si es el caso y es posible, rediseñarlas para que sean eficaces frente a las nuevas. Al respecto, es muy bueno que en este momento los especialistas sean capaces de seguir en tiempo real la evolución del virus, porque disponen así de información crucial para valorar el efecto de los cambios genéticos que experimenta.

De lo anterior se deriva que no solo importa lo que se haga en un país o una parte del planeta. Importa, sobre todo, cómo evolucione la pandemia en todo el mundo. En otras palabras: a los efectos de la evolución de la pandemia a largo plazo, nuestro país es el mundo entero, porque es impensable que nuevas variantes no nos alcancen, no al menos en un contexto de cierta relajación de las restricciones a la movilidad. Por eso, como ha señalado el Director General de la OMS, no se puede pretender acabar con la pandemia si se da prioridad a los países más ricos y las vacunas no se administran desde el principio en todo el mundo.

Por tanto, salvo que (1) se consiga vacunar a la mayor parte de la población mundial en poco tiempo, (2) las vacunas ofrezcan protección de larga duración, y (3) sean efectivas tanto para evitar la covid19 como la transmisión del SARS-CoV-2, la pandemia no finalizará en los próximos meses y no será posible, en fechas próximas, volver a vivir como lo hacíamos hasta hace un año.

La relajación prematura de las medidas actuales (higiene, distancia, mascarillas) sería catastrófica en tanto no se consigan altos niveles de protección mediante vacunas en todo el mundo. Por esa razón debemos estar preparados para afrontar las demandas y consecuencias a largo plazo de vivir con esas medidas básicas de contención y prevención. Conviene también no generar falsas expectativas porque la frustración subsiguiente podría ser fuerte de problemas de diversa índole.

El curso global de la pandemia dependerá de muchos factores. El chovinismo con las vacunas –ya se ha dicho– constituye un obstáculo que nos perjudicará a todos, también a los países que lo practiquen. La información errónea y la negativa a vacunarse de parte de la población también serán obstáculos importantes, porque frente a variantes muy transmisibles de SARS-CoV-2 será necesario que esté vacunada la gran mayoría de la población para que todos estemos protegidos.

Las concepciones simplistas de la inmunidad de rebaño, que propician la existencia de grandes bolsas de personas contagiadas, pueden facilitar la reaparición de brotes esporádicos provocados por variantes de características desconocidas. Además, hay que contar con que la erradicación del coronavirus no llegue a ser posible de forma total. Por un lado, hay personas que no lleguarán a vacunarse nunca o han sido vacunadas con fórmulas que acaben resultando ineficaces. Y por el otro, el SARS-CoV-2 se encuentra ya muy extendido en otras especies animales, mascotas incluidas, de las que puede transmitirse a la nuestra de forma recurrente. Teniendo en cuenta todos esos elementos, hay especialistas que piensan hoy que lo más probable es que queden unos cuantos años por delante de convivencia con la covid19 e, incluso, que llegue a convertirse en una enfermedad estacional recurrente.

El curso de las cosas dependerá del acierto de gobiernos y agencias globales, así como del comportamiento de la gente. Las mejores perspectivas, las que se derivarían de poder contar con vacunas efectivas para contener la expansión de todas las variantes de SARS-CoV-2 y de la existencia de un control efectivo en todos los países, exigirían todavía meses de vigencia de las medidas de higiene, distancia entre personas y uso de mascarillas. Las peores se producirán si aparecen con frecuencia nuevas variantes del virus y varias de ellas se muestran refractarias a la acción de las vacunas existentes. Bajo esas circunstancias, los países ricos se podrían proteger con rapidez mediante vacunas rediseñadas, pero los pobres seguirían siendo un caldo de cultivo propicio para la aparición de más variantes nuevas.

Hay, no obstante, razones para el optimismo. El 2 de marzo ya había cerca de 300 proyectos de vacunas en marcha, se están realizando ensayos clínicos con 70 candidatas, y 20 se encuentran ya en la fase III. Las vacunas ya disponibles ofrecen buenos resultados al administrarse en el mundo real. Las defensas celulares del sistema inmunitario, por ahora, son efectivas frente a las nuevas variantes más transmisibles que se conocen. Además, reducen mucho la carga viral de las personas vacunadas que se contagian, lo que ayuda a reducir la transmisión a otras en un porcentaje alto.

Ahora bien, que haya razones para ser optimista no permite ubicar en el tiempo, en un futuro muy próximo, un momento en el que podamos afirmar con confianza y seguridad que la pandemia ha quedado atrás. No se producirá tal singularidad. Pienso, más bien, que iremos poco a poco recuperando formas de comportamiento y de vida similares a la que teníamos antes, pero tendrá que pasar mucho tiempo para que la expresión “cuando todo esto pase…” adquiera todo su sentido. E incluso entonces, quizás hayamos, en algunos aspectos al menos, cambiado para siempre nuestra forma de vivir.

5 comentarios en «Cuando todo esto pase…»

  1. La decisión del juez Garrido iba a ser terrible y bla, bla, bla. Por el contrario, la tasa de incidencia ha caído exactamente igual, y se ha evitado la ruina de todo un sector.
    Pero ninguno de los especialistas del LABI ni del Gobierno Vasco ha pedido perdón a toda la gente a la que iba a arruinar con una medida absurda, que se ha demostrado innecesaria gracias a la valentía del juez Garrido.
    Texas ha levantado ayer todas las medidas restrictivas referidas al Covid. California, por el contrario, mantiene medidas represivas radicales.
    Ambas tienen un número parecido de casos -mejor en Texas- y una evolución similar.
    Madrid ve caer sus contagios con todo abierto, y Euskadi ve caer sus contagios con todo cerrado.
    Aquí no hay nada científico, es más bien ideológico.
    Los republicanos-conservadores queremos abrir todo lo posible, y los democratas-izquierdistas preferís cerrar todo lo posible.
    Los resultados son muy similares, así que me quedo con los «expertos» que avalan las tesis republicanas-conservadoras, y no con las tuyas.

    1. Le supongo a usted tantos conocimientos en epidemiología como al juez Garrido. Son, seguramente, similares a los míos, por lo que no me pondré a su nivel argumentando en sentido contrario. Baste con dejar constancia de que el curso de la pandemia no demuestra nada de lo que usted dice. De hecho, es igualmente defendible la idea de que de no haber sido por la «valentía del juez Garrido», hoy tendríamos la mitad de contagiados y el valor de Rt no estaría tan cerca de 1 como de hecho está. Ni sus juicios epidemiológicos ni los del valiente juez cambiarán el hecho bien establecido de que, del conjunto de establecimientos comerciales y similares, los locales de hostelería son los enclaves en que más contagios se producen.

  2. En los países ricos, donde la mayoría de la población adulta estará vacunada antes de que acabe el año, el número de ingresos en UCI y de muertes se reducirá drásticamente. Nos sentiremos mucho más seguros. Las autoridades dirán que la guerra ha terminado, para recuperar la actividad económica. La situación volverá a la vieja normalidad y la pandemia parecerá un mal sueño. En pocos meses los pasaportes de vacunación perderán cualquier utilidad. Bastará con saber de qué país procede un turista para suponerlo vacunado.

    Mientras tanto, en los países pobres, sin vacunas, con pirámides poblacionales de base juvenil muy ancha, el virus terminará infectando a todos. Durante un tiempo los ancianos agonizarán y morirán en sus casas, como hasta ahora. Pero entre la enorme masa de jóvenes asintomáticos las variantes proliferarán. Es posible que alguna sea más letal, resistente a las vacunas o mate a cualquiera, sin distinción de edad. Si esto ocurre, será como una peste medieval. No habrá suficientes vivos para enterrar tanto muerto. Lo veremos en las noticias, lo leeremos en los periódicos. Nos entrará el pánico. Cerraremos las fronteras a cal y canto. Y antes de darnos cuenta, tendremos la variante en nuestra calle.

    Esperemos que no suceda. Los virus tienden a volverse más infecciosos y menos letales. Y los laboratorios afirman ser capaces de modificar las vacunas en poco tiempo. Pero, mientras no sean rápidamente accesibles para toda la población mundial, nada impide un escenario mucho peor que el actual.

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