Razones (demasiado humanas) para interrumpir una vacunación

Ayer, después de que doce estados europeos suspendiesen la administración de la vacuna de Astra Zeneca (AZ), la Agencia Europea del Medicamento (AEM) volvió a manifestar que con los datos disponibles, los beneficios de la vacuna al prevenir la covid-19, con sus riesgos asociados de hospitalización y muerte, superan los riesgos derivados de efectos colaterales. Seguirá recabando datos y el jueves celebrará una reunión extraordinaria para valorar si se toman otras decisiones.

La AEM vela por la efectividad y seguridad de los medicamentos que se administran en Europa. Si ese es su cometido, reconocido así por la UE ¿a qué obedece la decisión de doce estados de no seguir su recomendación?

A mi juicio son, al menos, tres los factores que subyacen a la decisión de los estados.

La ilusión de causalidad es uno de ellos, el más profundo. La mente humana busca relaciones de causalidad entre los fenómenos que observa. Lo hace porque representa la realidad en forma de narraciones, las consume y las genera. Explicamos y nos explicamos el mundo y a nosotros mismos elaborando narraciones que permiten ubicar los acontecimientos que observamos en una secuencia con sentido. Esas narraciones se articulan concatenando una serie de relaciones causales (causa-efecto).

La realidad, sin embargo, no tiene por qué estar así estructurada; hay niveles de la realidad en los que no existen relaciones causales. Y en los niveles en los que las hay (o así nos lo parece), a veces no son fácilmente identificables. Los seres humanos, sin embargo, atribuimos causalidad a secuencias de fenómenos que, aunque no tienen relación entre sí, ocurren uno detrás del otro. Este es una falacia lógica muy conocida, a la que llamamos post hoc ergo propter hoc.

En el caso que nos ocupa y dado que los trombos que han provocado la suspensión de la campaña de vacunación con AZ se han producido tras la administración de la vacuna, muchas personas, gobernantes incluidos, piensan que la causa de los trombos ha sido, precisamente, la vacuna. Y podría ser así…, como podría no serlo. Para quien esté interesado, el asunto es complejo. Aquí y aquí se abordan con claridad los aspectos científicos de la cuestión a pesar de lo poco que se sabe aún.

Ahora bien, sea o no la vacuna el agente causal de los trombos, lo cierto es que con la información disponible, la AEM estima que el daño que causará la suspensión es mayor que el riesgo que implicaría mantener la vacunación. Para entender la postura de la AEM, veamos unos datos muy simples. Suponiendo que el riesgo de sufrir un trombo como los descritos en los episodios registrados alcanzase la improbable cifra de 5 o más casos por millón de personas vacunadas (se ha informado de un total de 37 casos para 17 millones, esto es, unas 2 personas por millón), las vidas perdidas por esa causa serían muchas menos que las que se llevaría por delante el coronavirus. Aunque para estimar las consecuencias precisas de las diferentes opciones habría que considerar diferentes escenarios (basados sobre todo en dos variables: la tasa diaria de contagios y el producto nº de personas x días sin vacunar), debe tenerse en cuenta que la tasa de letalidad de la covid19 para personas en torno a los 40 años de edad es del 0,1% de las infectadas (en otras palabras: mil muertes por millón).

El segundo factor es, como el anterior, un rasgo muy humano. En general, ante dos posibilidades alternativas de causar un daño, preferimos equivocarnos dejando de hacer algo que haciéndolo. Porque al hacerlo, el daño que causamos es activo y otorgamos mayor responsabilidad a quien actúa que a quien no lo hace. Eso es así, incluso, cuando es mayor el daño que se puede derivar de no hacer algo que de hacerlo. En otras palabras, preferimos equivocarnos por omisión que por comisión. Y eso es más claro aún si se puede evaluar el daño de una acción que se comete y no se pueden evaluar -o se pueden evaluar, pero con mucha mayor incertidumbre- las consecuencias negativas de un acto que se omite.

En el caso que nos ocupa, dado que los episodios adversos (trombos entre ellos) son relativamente pocos, son fáciles de cuantificar. No es igual de fácil estimar el número de vidas que se perderá por dejar de vacunar a miles de personas durante dos semanas (porque depende, como se ha dicho antes, del escenario considerado). En esas condiciones pesan más los primeros que los segundos.

Para quien gobierna, la solución a esa alternativa se traduce en valorar las responsabilidades a que debería hacer frente por cada una de las dos posibles líneas de comportamiento, la comisión de un acto o su omisión (bajo las circunstancias antedichas).

Es demasiado fácil caer en la tentación de atribuir al gobernante toda la responsabilidad y exonerar a los gobernados de la misma. Pero sería un error. La experiencia muestra que es mucho más fácil provocar en la ciudadanía respuestas reactivas frente a actuaciones o decisiones gubernamentales que respuestas proactivas a su inacción e indecisión. En contra de lo que se suele decir, los políticos (gobierno y oposición) tienen un conocimiento razonable de los que desea la gente y, de hecho, intentan satisfacer sus deseos. Sospecho que en el caso que nos ocupa, quienes han tomado las decisiones lo han hecho convencidos de que eso es lo que el electorado favorecerá. Y seguramente habrán acertado.

Y llegamos así al tercer factor. No olvidemos que los primeros países en los que se ha paralizado la vacunación son aquellos en los que los movimientos que se oponen a las vacunas son más fuertes y tienen mayor predicamento. Estoy convencido de que ese factor ha sido muy importante, sobre todo en el caso de Francia y Alemania, y seguramente también en otros países.

Como dice Jose Luís Ferreira en tuiter, en España la decisión se ha tomado tarde y, seguramente, empujada por las decisiones de otros estados. Han perdido así los gobernantes españoles una oportunidad magnífica para explicar una decisión (la de no suspender la vacunación con AZ) contra corriente aunque seguramente correcta, y mantener, a la vez, la confianza de la población.

Se han manejado otras hipótesis -como las malas relaciones entre los estados europeos y la compañía anglosueca (derivadas de los incumplimientos de esta), una concepción errónea del principio de precaución, la existencia de datos ocultos no hechos públicos aún o, incluso, una posible guerra comercial- para explicar la decisión de parar las vacunaciones. Ninguna de ellas es descartable, por supuesto, pero creo que en el fondo hay razones -las apuntadas antes- de más enjundia y, por ello, más difçiciles de neutralizar.

En ninguno de los tres factores que he considerado de mayor importancia, los ciudadanos de a pie somos “inocentes”. Los tres nos son de aplicación. Pero a quienes nos gobiernan hay que demandarles liderazgo y el liderazgo conlleva la capacidad para tomar decisiones difíciles y de explicárselas a la población.

Adenda (17/3/2021):

La Agencia Europea del Medicamento se ha pronunciado: no encuentra relación entre los episodios de trombosis y la administración de la vacuna, pero seguirá investigando. ¿Tendrá consecuencias prácticas? ¿Vacunarán los estados que han dejado de hacerlo con AstraZeneca? ¿Querrá el personal ser vacunado con ella? ¿Querrá ser vacunado con otras?

5 comentarios en «Razones (demasiado humanas) para interrumpir una vacunación»

      1. Ocurre q si existe otro medio de prevención q tiene menores colateralidades la ecuación es evidente :se debiera usar la de menor riesgo aunque el riesgo de la primera fuese de 0.2 x millon

  1. Estoy de acuerdo completamente con el razonamiento. Lo que me sorprende es que con tanta población vacunada, no haya ocurrido lo mismo con las otras vacunas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *