No somos, o no se nos considera, responsables

En marzo del año pasado me manifesté escéptico en twitter acerca de la conveniencia del confinamiento domiciliario estricto que se implantó. Mis dudas obedecían a la importancia que concedo al ejercicio físico, sobre todo al que se practica al aire libre, y en especial en parajes naturales. Sabemos que la actividad física, en general, y los paseos por parques y entornos naturales, en particular, tienen efectos salutíferos. Por eso no tenía muy claro que quedarnos en casa fuera una buena idea.

Meses después los estudios científicos no son concluyentes al respecto. Se ha llegado a proponer que, debido a los altísimos costes -también en términos de salud pública- de los confinamientos estrictos, es mejor optar por medidas alternativas que pueden acabar consiguiendo resultados equivalentes.

Con la obligación del uso universal de las mascarillas me ha pasado algo parecido. Cuando se empezó a plantear la posibilidad de hacerla obligatoria también para exteriores, me manifesté crítico con la medida en la red social del pajarito.

A día de hoy desconozco si se ha demostrado que el uso de la mascarilla en exteriores ayude a reducir la transmisión del coronavirus. Supongo que es una medida efectiva en lugares atestados, sitios en los que uno se ve obligado a respirar el aire que acaban de exhalar otras personas. Pero apostaría la mano derecha a que es una medida inútil cuando camino en solitario a trabajar o cuando salgo con Aintzane a pasear a las siete y media de la mañana.

Tengo por costumbre cumplir las normas siempre que puedo, incluso aunque el incumplirlas no tenga ninguna consecuencia. Las cumplo, aunque no me gusten o no esté de acuerdo con ellas. Solo hago excepciones con los semáforos en rojo si no hay niños cerca.

Además, siempre he pensado que las autoridades tienen razones para tomar unas decisiones y no otras. Y aunque yo las desconozca, tiendo a pensar que son buenas razones. Por lo tanto, hay dos motivos por los que me esmero en cumplir las normas. Y no me gusta que la gente las incumpla.

Pero me cabrea que las normas se dicten, se nos diga que han de cumplirse porque así se contendrá la pandemia, y no se diga nada más, o casi no se diga nada más. Me irrita que no se expliquen las razones por las que se hace esto y no se hace aquello. No basta, ni de lejos, con que se diga que las normas son las que dicen los técnicos o los científicos. Porque no es cierto y no tiene que ser así, además. Como ya he dejado dicho por aquí, los responsables políticos han de tener en cuenta el informe científico, pero han de ponderar también otros factores, valores, bienes a preservar, etc. Y tomar la decisión que estimen más conveniente.

Desde el principio de la pandemia la opacidad en relación con las razones que inspiran las decisiones que se toman ha sido palmaria. También con las razones que han conducido a no tomar otras.

Si me paro a pensar en los motivos que subyacen a esa falta de transparencia pienso, en primer lugar, que quien no da las explicaciones evita hacerlo porque cree que no van a ser bien recibidas. Pero cada vez más creo que el motivo verdadero por el que no se ofrecen explicaciones es porque no se considera necesario. En cierto modo es algo parecido a lo que hacen algunos progenitores con sus hijos. Es así como se suele tratar a los menores de edad.

De esa falta de explicaciones se derivan problemas. Uno es que no se entienden y se interpretan como contradictorias medidas que, en realidad, no lo son. Otro es que cuando hay que cambiarlas porque sabemos ahora más de lo que sabíamos antes, se piensa que obedecen a criterios erráticos. También dan pie a pensar en intereses bastardos, motivos espurios y fuerzas ocultas.

Para mí, el efecto más beneficioso, con diferencia, de las explicaciones claras es que es mucho más fácil aceptar hacer algo que cuesta cuando se entienden las razones que avalan ese acto gravoso que cuando no se entienden. En otras palabras, quizás si se nos tomase por personas responsables, el cumplimiento de normas y recomendaciones sería más fácil.

El mero acto de explicar -no contar o relatar, sino explicar- algo tiene efectos poderosos. Cuando explicas algo tienes que entenderlo y el esfuerzo que haces para ello te puede llevar a encontrar los fallos en lo que tratas de explicar. Al explicar algo también lo expones a una crítica más racional y mejor fundada por parte de quienes discrepan. Ofrecer una explicación es una invitación implícita a ser refutada. Pero eso mismo, al obligarte a refinar tus argumentos, puede acabar dándote más fuerza o, por qué no, a cambiar tu propuesta incluso.

Acabamos de saber que el Senado ha aprobado una ley cuyo tenor literal ignoraban sus miembros. Creo que no debemos cebarnos con sus señorías. No debemos cebarnos con nadie, en realidad. Pero el caso es que alguien puso aquello en la ley. Pues bien, si ese alguien hubiese tratado de explicar las razones por las que hay que llevar la mascarilla paseando en soledad a las siete de la mañana, lo más probable es que se hubiera dado cuenta de que no era algo realmente útil. O, por qué no, quizás nos habría convencido. Cualquiera de los dos supuestos habría sido beneficioso.

El confinamiento domiciliario estricto, el uso obligatorio de mascarillas bajo cualquier circunstancia y la ausencia de explicaciones tienen, para mí, una cosa en común. Las interpreto como muestra de la desconfianza de los gobernantes en la responsabilidad de los gobernados.

Es la misma falta de confianza que denota la imposibilidad, para los particulares (no así para las empresas), de adquirir test para diagnosticarnos a nosotros mismos. Y sí, soy sabedor de su menor fiabilidad o su falibilidad en asintomáticos, y de las consecuencias que pueden derivarse de ello. Pero incluso así, creo que buenas explicaciones por parte del personal farmacéutico podrían paliar parte de esas consecuencias. Y los beneficios serían considerables. Nacho López Goñi ha dado buenos argumentos a favor de la disponibilidad amplia de esos test.

Termino. Que no digo yo que todos seamos responsables, ojo. Pero resulta un tanto contradictorio que se nos pida responsabilidad a la hora de cumplir las normas que se dictan si, a la vez, no se nos supone la misma responsabilidad a otros efectos.

6 comentarios en «No somos, o no se nos considera, responsables»

  1. Vengo diciendo exactamente lo mismo desde hace un año y sigo teniendo la impresión de que estoy/estamos predicando en el desierto.

  2. pues no puedo estar más de acuerdo. Burocratizar la vida es necesario, pero la burocratización que se ha hecho de la pandemia me parece excesiva a todas luces. Desde que vi la bronca que una patrulla de la policía local, le estaba echando a una señora a las 8:30 de la mañana, en una calle enorme y totalmente vacía del extraradio de mi ciudad, Vitoria-Gasteiz, por el hecho no ya de no llevar mascarilla, sino de tenerla medio bajada, algo en mi cabeza me dijo que el tema se son estaba escurriendo entre las manos. Luego ves las despedidas a Athletic y Real de ayer mismo y piensas que todo empieza a ser una tomadura de pelo. Muy decepcionado con burócratas y administrados.

  3. Estoy totalmente de acuerdo con que es necesario explicar las razones detrás de las normas y dejar de tratarnos como imbéciles. El problema es que algunas normas son difícilmente explicables sin caer en el ridículo. Ejemplo: en hostelería, las mascarillas sólo se pueden quitar en el momento de la ingesta, cosa que casi nadie respeta, claro. Pero si esa norma hubiese especificado claramente que, además, mientras se tenga la mascarilla quitada, no se debe hablar (y menos gritar o cantar) *para minimizar la posibilidad de emitir partículas víricas al ambiente*, se podría explicar que ello se debe a la transmisión aérea del virus. Pero claro, si la transmisión predominante es la aérea, ¿por qué se permite la consumición (que implica quitarse la mascarilla) en interiores de bares y restaurantes? ¿Por qué no se obliga a la instalación de medidores de CO2 y se señala un límite a su concentración, en lugar de aplicar sólo limitación de aforo?

    En cuanto al uso de mascarillas en el exterior: claro que es absurdo que se obligue a llevarla *en cualquier circunstancia*. Sé de una persona que fue sancionada por ir sin mascarilla paseando a las 7 de la mañana siguiendo la Avanzada. Ridículo. Pero demos la vuelta al asunto y supongamos que se permite no llevar mascarilla en ciertas circunstancias. ¿Cuáles? ¿En que situaciones sería sancionable *no* llevar la mascarilla? ¿Por horarios? ¿Por densidad de gente en la zona? Entonces, ¿qué densidad? ¿Cómo se mide? ¿Quién lo hace? Por tanto, se opta por lo simple: se prohíbe en toda circunstancia y ya está.

    Otro ejemplo: mi empleada de hogar reside en otro municipio. Yo siempre la acerco a su casa en mi coche para evitar que tenga que usar el transporte público (tanto ella como yo ya tenemos una edad peligrosa en caso de pillar el Bicho). Pero cuando hay confinamiento municipal no puedo llevarla porque está prohibido (para mí), aunque yo tan sólo la deje en su portal sin bajar de mi coche ni entrar en contacto con nadie más. Pero la prohibición de desplazamientos no tiene en cuenta este tipo de casos porque así se facilita la labor de la policía, y se evita que «listos» y caraduras se aprovechen. Total, que cuando hay confinamiento municipal prescindo de los servicios de mi empleada de hogar, con el consiguiente perjuicio para ambos, antes que ponerla en peligro a ella, a su marido, y a mí mismo. Como siempre, por un % de «listos» y caraduras pagamos el pato todos los demás.

    Y así son las cosas. Entre la incompetencia de algunos dirigentes (he sido muy suave con lo de «algunos»), la irresponsabilidad y cara dura de una parte significativa de la población, y la ignorancia de muchos (en gran parte debida a la falta de explicaciones que denuncias), estamos como estamos.

    Sólo nos queda la esperanza de las vacunas, pero tal como va la cosa, y con la más que probable aparición futura de variantes del Bicho resistentes a las vacunas (si es que no las hay ya), lo veo muy oscuro.

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