El juego y la tribu: el fútbol visto por un cascarrabias

Mi padre me llevaba al fútbol algunos domingos. Era en la década de los sesenta. Íbamos al campo del Calvario a ver jugar al equipo de la Unión Deportiva Salamanca. Mi padre compraba localidades baratas, en uno de los fondos, porque la economía familiar no daba para más. Recuerdo que en cierta ocasión un balón impactó en mi cara tras un lanzamiento errado de falta. El balonazo me dolió. El jugador que la había lanzado se acercó hasta nuestra localidad para interesarse por mí. Tengo un recuerdo nítido del episodio. Nuestro último año en Salamanca, antes de emigrar a Bilbao, se estrenó el Helmántico.

Ya en Santurce, durante varias temporadas entre 1972 y 1976, tuve la suerte de asistir cada domingo a San Mamés. Mi tío paterno me regalaba la entrada para una localidad que, a su vez, le habían regalado a él. Así, aunque nunca supe qué hacer con un balón en los pies, empecé a amar el fútbol. Durante años lo seguí con interés, viendo partidos por televisión y en el estadio en algunas, pocas, ocasiones. Asistí, incluso, a la subida de la gabarra en el 83 y el 84. Desde entonces, desde los años setenta y ochenta del siglo pasado, todo lo que tiene que ver con el fútbol ha cambiado mucho. Era un entretenimiento del fin de semana y, si acaso, algún que otro miércoles. Hoy es algo muy diferente.

Los deportes de equipo que gozan de popularidad han tenido y tienen carácter emblemático. Hay grupos de aficionados que comparten su adhesión a un equipo en concreto, normalmente el de la localidad o territorio, pero no siempre. Esto confiere al grupo de aficionados carácter tribal. Ocurre con varios deportes, pero con el fútbol ese elemento es especialmente importante. Se es del Barça, del Madrid, de la Real o del Athletic Club. No se está a favor de alguno de esos equipos, se es de ellos. Se “aman” los colores; la adhesión es incondicional, como la que se experimenta hacia el ser amado. Uno no se adhiere hoy a la tribu a la que pertenece y mañana deja de adherirse.

El grupo al que se pertenece es fuente de identidad, forma parte de nuestra misma naturaleza. Proporciona cobijo. Con los demás miembros compartimos una cultura. El grupo nos otorga una cierta continuidad en el tiempo, da sentido a nuestra existencia. Configura, incluso, la comunidad moral a la que pertenecemos. Las comunidades, los grupos, las tribus son el marco en que hemos evolucionado los seres humanos; en el grupo nos educamos intelectual y moralmente. Sin el grupo, sin la tribu, dejaríamos de ser lo que somos.

En las sociedades contemporáneas se puede ser miembro de más de un grupo. Se puede pertenecer, simultáneamente, a la comunidad de fieles de una religión, a la asociación de padres y madres de un colegio, a un club deportivo, a una patria, o a la hinchada de un club de fútbol, por ejemplo. Cada uno de esos grupos, en función de lo identificados que nos sintamos con ellos, dejan una impronta en nosotros, en nuestra identidad.

Pero que sepa de la existencia de las tribus, que crea en su inevitabilidad, que la considere necesaria, incluso, no implica que me sienta a gusto en una de ellas, sea la que sea. Me desenvuelvo con torpeza en su seno. No me gusta exhibir sus símbolos. Soy incapaz de sentir orgullo por los logros colectivos en los que no he participado directa y activamente. Menos aún si esos logros se alcanzaron en el pasado. Me resulta difícil compartir la satisfacción por hazañas logradas por el colectivo al que pertenezco antes de formar parte de él.

La adhesión a un club o equipo deportivo es una adhesión tribal. Lo es a unos símbolos (los colores, la camiseta…), a una historia (las gestas del pasado) y a un proyecto (los triunfos por llegar). No suele ser el resultado de una decisión deliberada. La adhesión puede venir de suyo -por razones familiares-, producirse por pertenecer a un mismo grupo de amigos -la cuadrilla-, o por otras causas.

Entiendo que existan esos sentimientos, esas adhesiones. Es más, aunque yo sería incapaz de participar de ellas, me gusta contemplar algunas de sus manifestaciones más conspicuas, como las gradas de un estadio llenas de aficionados que agitan sus bufandas y cantan para animar al equipo. Esa es la cara amable del tribalismo futbolístico. Me alegra que mis amistades sean dichosas los días que gana su equipo y me entristece que sean desdichadas los días que pierde.

Durante las décadas que han transcurrido desde que iba al Calvario, a ver a la UD Salamanca, o a San Mamés, a ver jugar al Athletic Club, el fútbol, sus tribus y sus estrellas han ganado relevancia social, presencia en el espacio público. Tengo la impresión de que todo cambió con la llegada de las cadenas privadas de televisión. Es solo una impresión; no tengo datos. Creo que las cadenas comerciales han inyectado mucho dinero y han hecho que las televisiones públicas también lo hagan. De esa forma, hay una mayor presencia del fútbol en los medios de comunicación y, por tanto, en las vidas de la gente.

Todo eso ha hecho que el fútbol sea hoy un fenómeno intrusivo en grado sumo. Está en todas partes.

De los quince periódicos más leídos en España, el primero, con diferencia, es un medio deportivo, también lo son el tercero, el octavo y el decimoprimero. Si contamos solo esos quinces medios más leídos, un 38% de los ejemplares que se leen son deportivos. No olvidemos que todos los periódicos generalistas ofrecen, además, una buena ración de deportes. Y cuando aquí escribo “deporte”, sabemos que la mayor parte de la información corresponde a fútbol.

En la radio, las retransmisiones de los partidos alteran la programación una semana sí y otra también. El fútbol tiene prioridad casi absoluta. Y en la televisión, aparte del tiempo que se le dedica en cada informativo, está el de las retransmisiones en directo. Prácticamente no hay día en que no se programe un partido de fútbol en esta o aquella cadena. Y esa mayor presencia social se ha traducido en un tribalismo más intenso, especialmente en sus aspectos más oscuros.

Es muy posible que mi percepción esté sesgada, pero me parece que ahora el fútbol está mucho más presente en las conversaciones de la gente. Antes era tema propio de los días en torno al partido de la semana. Ahora es cotidiano. Los exteriores de muchos bares se han convertido en pequeños patios de butacas, ante los que pantallas de gran tamaño ofrecen las imágenes de los encuentros a los parroquianos que se arraciman a su alrededor. Los días de partido dejan huella sucia y maloliente en los aledaños del estadio.

Alrededor del fútbol se mueven cantidades de dinero extravagantes. Las estrellas del espectáculo ganan sumas obscenas, sumas que las aficiones dan por bien gastadas, aunque en otras facetas de la vida social se consideren impensables dispendios semejantes. A esas mismas estrellas se les perdonan o disculpan actitudes que se reprueban en cualquier otro ámbito de la vida social.

El grado de irracionalidad que supone la condición de aficionado ha crecido hasta niveles que no hubiera podido anticipar hace unas décadas. La afición o adhesión a un equipo ha sido motivo para exculpar presuntos maltratos a la pareja de un futbolista[1], justificar delitos de evasión fiscal, insultar a un jugador del equipo contrario por el color de su piel, y otras vilezas que no estoy en situación de documentar ahora.

Soy consciente de que, para muchísima gente, el fútbol y la afición a ese bello juego no son lo que he descrito en los últimos párrafos. Son algo lúdico y placentero. El lado oscuro que me provoca rechazo lo tienen por un mal menor, algo inevitable, que sí, estaría bien mitigar, pero que no deja de ser un subproducto, pequeños daños colaterales, de una de las facetas más intensas y satisfactorias de sus vidas. Para ellos mis diatribas no son sino las protestas de un señor que se hace cada vez más mayor y más cascarrabias. Lo malo es que quizás tengan razón.


[1] El futbolista en cuestión fue finalmente absuelto pero la gravedad de la exculpación o justificación radicaba en el hecho de que el apoyo que recibió de una parte de la afición era independiente de la posible comisión del delito.

2 comentarios en «El juego y la tribu: el fútbol visto por un cascarrabias»

  1. Casi todo ser humano, quieren ser triunfador en algo, y los más débiles sueñan con tener súper-poderes.

    Y como con el sexo, hay que buscar paliativos como el chocolate, para sustituir en lo posible su ansiada carencia.

    Así que el futbol es el paliativo, como escape de frustración humanoide, y para otros la supremacía, que les facilita los ansiados momentos de desahogo para sentirse libres y sin ridículo publico, de expresarse de manera más desatada y salvaje, dependiendo del nivel de sus complejos psíquicos.

    Los futboleros más débiles tienden a ser seguidores de los equipos más Poderos y renombrados.

    Y para otros como los del ATHLETIC, prioriza el valor humano deportivo, más al alcance por frescura y economicista ,.. por ser Producto Kilometro Cero, es decir cultivado en pocos cientos a la redonda.

    Lo mejor de no haber alcanzo el triunfo es que, el virus del futbol podría haberse hermanado con maldito virus covid-19, pero la derrota ante los Txuri-Urdin ha evitado cientos o miles de contagios y hasta muertes humanas de inocentes y fiesteros Bilbaínos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *