La maldad

El viernes pasado llevaba puesta la radio mientras conducía de San Sebastián a Leioa. En el informativo del mediodía el periodista, Dani Álvarez, preguntó al psiquiatra forense del caso Bretón, acerca del trastorno o psicopatía de quien, muy probablemente, ha asesinado a sus dos hijas en Tenerife para causar a la madre el mayor daño posible. La respuesta del psquiatra fue contundente: ni psicopatía ni trastorno, ni nada de nada. Pura y simple maldad.

Ante crímenes como los de esas dos niñas, queremos que nos digan que quienes cometen esas atrocidades son personas con mentes patológicas, averiadas, porque no soportamos la idea de que se trate de tipos normales. Pero resulta que no son enfermos. Son malvados.

La bondad y la maldad son categorías morales, y la moral es de naturaleza social. Se refiere a la calidad del comportamiento de una persona en su relación con las demás. Simplificando mucho, la calidad es buena si de ese comportamiento se deriva un beneficio, y es mala si se deriva un perjuicio. Un individuo que viviese aislado en Marte no podría ser calificado de malvado o de bondadoso, porque no tendría ocasión de comportarse de ninguna forma en relación con otros.

El tipo que, según todos los indicios, ha asesinado a sus hijas en Tenerife para hacer daño a su mujer es un malvado. Eso es lo que dijo el forense del caso Bretón. En España, en los últimos 8 años han sido asesinados 39 hijos o hijas por parte de padres (y alguna madre) que han querido de esa forma causar un dolor insoportable a quien fuera su pareja.

El comportamiento de esos asesinos se encuentra en el extremo de un continuo en cuyo otro extremo está la máxima bondad posible, algo que podríamos denominar la santidad. Dentro de ese intervalo la inmensa mayoría se encuentra cerca del centro: dependiendo de su propensión, por un lado, y de las circunstancias, por otro, se comportan de forma moderadamente mala, moderadamente buena, o ni una cosa ni la otra: unos días y en unas circunstancias se portan mejor y en otras ocasiones se portan peor. Supongo que eso es lo que nos pasa a la inmensa mayoría.

El carácter social, o ultrasocial, de nuestra especie nos impele a conjugar de forma equilibrada lo que podríamos denominar de forma genérica (y muy laxa) buenas y malas acciones, pero eso sí, moderadamente buenas y moderadamente malas. La bondad excesiva pone en peligro el bienestar (entendido también en sentido muy laxo) del bondadoso, el de su familia, y la continuidad de su linaje. La maldad excesiva pone en peligro la cooperación en el seno del grupo y su funcionamiento armónico, y compromete su viabilidad. Por esa razón, la selección natural ha reducido a un mínimo los comportamientos extremos. Pero no los ha eliminado. De hecho, los comportamientos extremos, la santidad y la protervia son extraordinariamente infrecuentes. Pero existen. Mientras tanto, los comportamientos moderados son, con mucho, los más frecuentes.

Y luego están las averías. El encéfalo, la máquina de la mente, es la que genera el comportamiento. En ocasiones, esa máquina está averiada. Hay individuos, por ejemplo, a quienes no les funcionan bien los circuitos implicados en los sentimientos morales. Carecen de moralidad, aunque eso no les impida saber que ciertos comportamientos son inaceptables. Y seguramente lo contrario también ocurre. No lo sé. Supongo que a las averías es a lo que se llama trastornos o psicopatías, pero la verdad es que no lo sé. Todo esto que digo aquí no dejan de ser opiniones basadas en mis lecturas y en lo que aprendo de los psicólogos que se ocupan de estas cosas. No me avala ningún título ni estudio especializado. Quede esto claro.

En todo caso, y por lo que entendí en el informativo del mediodía del viernes, que haya personas con la máquina averiada no quiere decir que quienes realizan actuaciones viles o, incluso, extremadamente viles, sufran alguna patología. No tienen por qué sufrirla. Se puede ser un canalla y estar perfectamente sano. Son malvados, simplemente. Su actuación exacerba hasta el último extremo unos comportamientos cuyas versiones más atemperadas forman parte del catálogo de comportamientos cotidianos. Creo que esa es, en el fondo, la razón por la que es tan difícil acabar con esos comportamientos.

De hecho, salvo quizás en plazos de tiempo seculares, no se puede acabar con ellos, eso es lo que creo. Pero también creo que se pueden prevenir y se pueden generar las condiciones que los hagan cada vez más infrecuentes.

Hay malvados que atacan a los pobres que duermen en cajeros automáticos. Otros malvados maltratan a sus parejas (o exparejas) y llegan, incluso, a asesinarlas. Los hay que agreden a quienes pertenecen a un grupo étnico diferente del propio. Otros vapulean y pueden llegara a asesinar a quienes no se conforman a las opciones sexuales mayoritarias. Y también hay quien agrede o termina con la vida de sus oponentes políticos o de quienes profesan un credo diferente.

Distingo, por tanto, lo que interpreto como maldad -o, simplemente, el mal- como manifestación extrema de formas de comportamiento que en la mayoría son, por moderadas, prácticamente inocuas, de la existencia de sentimientos y propensiones tales como el rechazo al diferente, las relaciones de dominación de sustrato patriarcal, o la intolerancia ideológica o religiosa.

La educación y las leyes deberían servir para promover entre nosotros una cultura de la dignidad (por oposición a lo que se denomina cultura del honor) que promueva el respeto a los otros, de manera que sea el sustrato sobre el que se edifique una convivencia que, sin aspirar a convertirnos a todos en buenas personas, reduzca a un mínimo las agresiones, asesinatos, y cualesquiera otros actos malvados.

Notas:

(1) Conviene leer esto, escrito 24 horas después de esta anotación, porque aporta correcciones importantes a lo que digo aquí y añade información.

(2) Me ha parecido de interés esta entrevista a César San Juan, profesor de psicología criminal de la UPV/EHU y miembro del Instituto Vasco de Criminología.

(3) La serie de Eduardo Angulo, Preparados para matar, en el Cuaderno de Cultura Científica de la UPV/EHU, es muy recomendable.

4 comentarios en «La maldad»

  1. No entiendo muy bien el querer establecer una diferenciación entre la patología y la maldad o la bondad. Debe llevarle a ello, me parece a mi, la indignación que le impulsa a tratar de quitar toda eximente al protagonista de este crimen. La persona que mata a unos niños inocentes para hacer daño a un tercero, muy «normal» no puede ser. Entenderíamos más que la matara a ella, si tanto daño le ha hecho, pero, ¿qué culpa tendrán los niños? Las patologías psiquiátricas no son más que clasificaciones de formas extremas de comportamientos que son mucho más generalizados pero que si no traspasan cierto punto, no llevan a la categorización. En otras palabras, si a usted no tiene empatía por una mosca y no le da pena matarla, tiene usted un rasgo psicopático que entra dentro de lo normal y el anormal sería el que no tuviera ese rasgo. Otra cosa sería que no tuviera empatía por las personas.

  2. “En España, en los últimos 8 años han sido asesinados 39 hijos o hijas por parte de padres (y alguna madre)”. No sé, creo que no es muy correcta la afirmación. Más allá de horror que supone el asesinato de las dos niñas en cuestión a manos de su padre y de los intentos de arrimar el ascua a la sardina del feminismo radical, hablando de crimen machista etc, el hecho real es que la mayor parte de los filicidios son cometidos por mujeres. Aunque por razones “obvias” las autoridades no proporcionan datos desglosados al respecto, cuando tan aficionadlas son a hacerlo cuando dichas estadísticas corroboran sus teorías, todos los informes al respecto avalan esta realidad. Sirva como ejemplo el estudio elaborado por la revista “El Confidencial “, publicado en enero de 2020, firmado por Ana Sharife y referente al año 2019; en el se detectaban “22 filicidios (matar al hijo), … de los que 12 son a manos de la madre, un menor muere a manos de ambos progenitores y otro menor a manos de su madre y su pareja”. “A estas cifras hay que sumar los neonaticidios (cometidos en las primeras 24 horas de vida). De la docena de bebés arrojados con vida a contenedores, la mayoría fueron hallados muertos”.
    De todo ello se puede colegir que en modo alguno se puede despachar el tema como un problema masculino y machista, como si las mujeres (feministas o no) solamente tuvieran una participación marginal. No es así. Ahora bien, como soy una persona moderada, no se me ocurre culpar al “feminismo criminal” o a las mujeres en general de los infanticidios cometidos por personas del sexo femenino.

  3. … «Este reportaje, que comenzó a redactarse el 1 de enero de 2019, con un rastreo diario sobre la violencia que en España se ejerce sobre los menores, desvela una realidad amarga. De los 22 filicidios (matar al hijo), el año se salda con 12 asesinatos a manos de la madre, cinco a manos del padre, un menor a manos de ambos progenitores y otro menor a manos de su madre y su pareja. En casi todos los casos, hablamos de ‘presuntamente’, al estar a la espera de que se dicte sentencia.

    A estas cifras hay que sumar los neonaticidios (cometidos en las primeras 24 horas de vida). De la docena de bebés arrojados con vida a contenedores, la mayoría fueron hallaron muertos. En muchos de los casos, no hay datos judiciales, de momento, que indiquen si la acción por parte de la madre fue dolosa (intencionada) o imprudente. Por tanto, las cifras totales de homicidio pueden ser engañosas.»…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.