No parece buena idea obligar a la gente a vacunarse

Parece que es mejor no obligar a la gente a vacunarse. Al menos si se trata de alemanes, aunque creo que esto vale para (casi) todos. Digo esto porque un grupo de la Universidad de Constanza ha investigado cómo responde la gente a la posibilidad de que la vacunación contra el coronavirus sea obligatoria, y la principal conclusión es la que reza el título que encabeza esta anotación.

La investigación se basó en encuestas a varios miles de alemanes en dos periodos. En el primero, entre el 29 de abril y el 8 de mayo, encuestaron a 4700 personas. Y en el segundo, entre el 28 de octubre y el 6 de noviembre, al 60% de los encuestados en el periodo anterior. Además, a los participantes se les preguntaban más cosas acerca de la pandemia, de manera que no eran conscientes de cuál era el contexto, ni cuál el objeto de la encuesta en su conjunto.

En ambos periodos, la pregunta clave era esta: “Si se aprueba una vacuna contra el coronavirus, en qué medida estarías de acuerdo con vacunarte si la vacunación es: … muy recomendada por el gobierno, pero se mantiene voluntaria?   … obligatoria y controlada por el gobierno?” Veamos algunos de los resultados.

En la disposición de la gente a ser vacunada influyen, según el estudio, factores diversos. Por un lado, están las circunstancias propias de cada persona. Así, el acuerdo con la vacunación forzosa es mayor en quienes creen que la situación de la pandemia es grave en la zona donde viven. El miedo es una emoción poderosa.

Por otro lado, resulta que también el sexo influye. Las mujeres rechazan la administración obligatoria de la vacuna más que los hombres. Esto me intriga.  

La cultura política también es importante. Quienes han nacido en Alemania Oriental es más probable que apoyen la vacunación obligatoria que los originarios del Oeste. En otras palabras, si te has criado en un entorno en el que muchas cosas hay que hacerlas porque así lo han ordenado las autoridades, es más probable que aceptes lo que se te ordena, sin llegar quizás a cuestionarte sus razones.

A nadie sorprenderá que la confianza en las instituciones públicas, los medios de comunicación y la ciencia, tenga mucha influencia en la disposición a vacunarse. En general, cuanta más confianza hay en esas instituciones, menores son las reticencias. Es, de hecho, el factor que más influye.

Otro elemento importante es la confianza de la gente en la efectividad de la vacuna para contener el virus. Cuanto mayor es esa confianza, mayor es el apoyo a la vacunación obligatoria y también, aunque en menor medida, a la voluntaria. Esto también parece lógico, porque la confianza en la efectividad de la vacunación está relacionada con la confianza en las autoridades, y ambas confianzas van ligadas al grado de apoyo a la obligatoriedad de la vacuna.

Quienes creen que la vacunación obligatoria supone una limitación a su libertad tienden a oponerse a ella, pero no a la voluntaria. Y, por otro lado, la falta de confianza en las instituciones públicas suele estar asociada a la idea de que la vacuna no es efectiva y que, si son obligados a vacunarse, ello supondría una restricción a su libertad. Por lo tanto, falta de confianza pública, oposición a las limitaciones a la libertad y rechazo a la vacunación son actitudes o disposiciones ligadas unas a otras.

Los factores anteriores ejercen efectos en un sentido o en el otro, pero hay un elemento que puede actuar en ambas direcciones: la conformidad. El sesgo de conformidad o de conformismo es la tendencia a hacer lo que hace la mayoría. Es un heurístico muy valioso (aunque puede también ser muy peligroso), ya que nos permite adoptar comportamientos útiles sin esfuerzo, simplemente por imitación y confianza implícita en el acierto de la mayoría. Es común en las especies sociales y la nuestra no es una excepción. En el caso que nos ocupa, la conformidad actúa de manera que, si la mayoría decide vacunarse, muchas personas también lo hacen sin necesidad de indagar al respecto. Y lo contrario ocurre si la mayoría no se vacuna. Es un elemento que tiende a acentuar las tendencias mayoritarias.

De las observaciones anteriores y otras que, por razones de brevedad, no he recogido aquí se pueden extraer consecuencias útiles de cara a las actuaciones políticas que puedan resultar más efectivas para combatir la pandemia o ante otras crisis o catástrofes.

En general, parece que el obligar a vacunar a la gente puede ser contraproducente. Para empezar, puede no resultar efectivo. Además, la obligación alejaría a la ciudadanía de los gobernantes, reduciendo su confianza en ellos y acentuando el rechazo a sus decisiones. Y, por si esto fuera poco, podría provocar conflictos sociales.

Por otra parte, la obligatoriedad puede muy bien ser innecesaria, incluso aunque al principio haya mucha gente reticente, porque esa reticencia inicial, haciendo un uso inteligente de la comunicación y dejando actuar a los automatismos comentados aquí puede revertirse y generar una tendencia proclive a la vacunación.

La obligatoriedad podría incluso provocar una cascada negativa de desconfianza pública, lo que alimentaría la reticencia a la vacunación; obligaría, a su vez, a un mayor esfuerzo de las autoridades para hacerla obligatoria, lo que provocaría una mayor erosión de la confianza en ellas. De hecho, la gente, si se ve obligada a vacunarse, puede pensar con facilidad que es obligada precisamente porque las autoridades no tienen confianza en la efectividad de las vacunas. Nos encontraríamos en un círculo vicioso muy peligroso.

La política anti-covid más efectiva quizás consista en mejorar la confianza pública, posiblemente a través de la transparencia y dación de cuentas de las élites políticas y profesionales. A tenor de los resultados de este estudio y de otros, la adopción de medidas efectivas para mejorar la confianza reduciría la fracción de la población que se solo se vacunaría obligada. Se trataría, por lo tanto, de evitar la activación del círculo vicioso descrito antes o, incluso, de activar un círculo virtuoso de sentido contrario.

También es importante proporcionar información que aumente la confianza en la efectividad de las vacunas. No es algo particularmente difícil cuando se constata con facilidad que la incidencia de la pandemia se reduce conforme avanza la vacunación. Ello ayuda a desmontar los argumentos de quienes se oponen. También es importante dar a conocer los porcentajes de vacunación alcanzados, porque esa información, en virtud del fenómeno del conformismo, actúa reduciendo las reticencias a la vacunación.

Por las mismas razones, es especialmente dañina la preferencia de muchos medios de comunicación por las informaciones alarmistas relacionadas con las vacunas. Últimamente, lo más socorrido en alarmismo es el recurso a la variante delta -aunque no parece que haya pruebas sólidas de la peligrosidad de dicha variante– y a la eliminación de la obligatoriedad del uso de mascarillas en exteriores que, de hecho, no debería haber sido obligatorio antes tampoco.

La mayor parte de las conclusiones del estudio de Constanza refuerza ideas que han circulado por los medios de comunicación y redes sociales; no constituyen, de hecho, ninguna novedad. En anotaciones anteriores me he referido a la importancia de la transparencia[1] y al efecto tan pernicioso que causan las decisiones que minan la confianza pública en la efectividad de las vacunas o la (aparente) incoherencia de las decisiones que toman las autoridades sanitarias. Pero está bien que un estudio a gran escala confirme estas intuiciones.

Este estudio, supongo que como otros que desconozco, sirve, entre otras cosas, para poner de relieve la importancia de los elementos psicosociales y políticos para hacer frente a una catástrofe. La ciencia es muy importante; sin ciencia no sabríamos de la efectividad de las medidas -de contención o mitigación- que se implantan. Sin ciencia no habría vacunas efectivas. Pero no todo debe descansar en las medidas -basadas en la ciencia- farmacológicas y no farmacológicas que se pueden adoptar. La transparencia y la confianza en la ciudadanía son elementos claves en la gestión exitosa de una crisis sanitaria como la que hemos vivido y vivimos aún.

Nunca es tarde.


[1] Como en el párrafo final de mi anotación del 18 de abril del pasado año.

3 comentarios en «No parece buena idea obligar a la gente a vacunarse»

  1. No sé, la libertad individual debe garantizarse por encima de todo. Pero lo mismo que tú eres libre de no vacunarte, una empresa, o la la administración deben velar por la salud de los ciudadanos. Tu eres libre de nos vacunarte, pero una empresa o la propia administración es libre de no contratarte en beneficio de la salud pública. Difícil compaginación de derechos.

  2. Es que se nos están yendo las cosas de las manos. No se puede dejar en manos de la voluntad de los individuos si se tienen que vacunar o no porque no tienen conocimientos suficientes para tomar esa decisión. Vacunamos a los perros sin preguntarles. ¿por qué tenemos que preguntar a la gente de la calle?¿saben más que los perros acerca de las vacunas y las enfermedades? La Humanidad sobrevive gracias a la tecnología, si nos dejaran sin ella, no sobreviviríamos. Desprovistos de tecnología, cualquier animal nos supera y la tecnología es creada por la mente de uno entre mil, el resto no es capaz.

  3. ¿Por qué hemos de exigir sólo preparación técnica y profesional para un puesto en la Administración Pública? Creo que se debería exigir aptitud sanitaria. Si el Estado cree bueno, en su obligación de proteger a la población, el vacunar a los ciudadanos, debería exigirlo como parte de la idoneidad requerida para desarrollar un puesto en la Administración.
    No concibo a un funcionario de cualquier dependencia del Estado que se le exija conocer la materia de su puesto y no se le exija estar vacunado. Si es libre para no estarlo, es libre para dejar su puesto.
    Esto, en el caso de personal sanitario, es todavía más flagrante. ¿Se le permitiría a un/a profesional médico, a su puesto de trabajo de sucio y maloliente, o borracho, en virtud de su libertad?
    Pues sin vacunar, tampoco.

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