Responsabilizar a los jóvenes es errar el tiro

Es un error esperar de quienes están en plena adolescencia o se adentran en su primera juventud que se comporten como adultos, que renuncien completamente a recompensas emocionales, que prescindan de la presión que ejerce el grupo al que pertenecen y que, en definitiva, sean tan responsables como se supone que son los adultos. No son adultos. Desde un punto de vista neurológico, su encéfalo no ha madurado aún, por lo que no cabe esperar que adopten comportamientos impropios de su edad.

La corteza cerebral ocupa dos terceras partes del volumen del encéfalo. En ella se produce la percepción, se hacen los juicios morales, se toman las decisiones, se genera el pensamiento, se articula el lenguaje y se elaboran los actos conscientes, entre otras diversas tareas consideradas de orden superior. Las estructuras ubicadas bajo la corteza -llamadas, por ello, subcorticales- se ocupan de regular diversas funciones vitales, e intervienen en fenómenos tales como el deseo, la motivación o las adicciones, entre otros. Son, también, las que generan las emociones.

La región encefálica que más tarda en madurar de forma completa es la corteza prefrontal, un área ubicada en su parte más anterior. Su maduración no se completa hasta los 25 años de edad, aproximadamente. Desempeña las llamadas funciones ejecutivas, que son las relativas a la valoración de las consecuencias de los actos, los juicios morales y de otra índole, la planificación de acciones, la generación de expectativas y, lo que es de gran importancia, el control y, en su caso, inhibición de comportamientos impulsivos. Por lo tanto, dado que la corteza prefrontal no completa su desarrollo hasta mediada la tercera década de la vida, esas funciones no son desempeñadas con la eficiencia propia de los adultos. Sin embargo, las zonas subcorticales antes mencionadas, implicadas en la generación de emociones y, de forma especial, las que producen las expectativas y sensaciones de recompensa, son ya muy activas desde el final de la niñez y la pubertad.

Que las áreas responsables de la valoración de las consecuencias de los actos y del autocontrol maduren mucho más tarde que las encargadas de generar las sensaciones de placer y promover su búsqueda tiene, como es lógico, consecuencias de mucho calado para quienes se encuentran en el periodo vital al que denominamos adolescencia y primera juventud. Entre ellas, es bien conocida la tendencia de adolescentes y jóvenes a buscar nuevas sensaciones y vivir nuevas experiencias, sin evaluar las posibles consecuencias de esa búsqueda. En otras palabras, la tendencia a adoptar comportamientos de riesgo. Y no son las únicas.

Para jóvenes y adolescentes, la aceptación por el grupo del que se consideran parte es de importancia capital. Sufren más que niños y adultos al sentirse excluidos de un grupo, y ese sufrimiento tiene un correlato neurológico.  Cuando un adulto se siente excluido, se activan las áreas del encéfalo implicadas en la percepción del dolor, el enfado y el disgusto, sí, pero a continuación se activa una zona de la corteza cerebral que relativiza la importancia de la exclusión. En adolescentes, sin embargo, esta última zona apenas se activa, y las anteriores lo hacen en mayor medida que en niños y adultos. Por tanto, no debe extrañar que los amigos tengan un gran ascendiente sobre ellos.

En ninguna otra etapa de la vida importan tanto las amistades como en la adolescencia, ni se otorga tanta importancia a sus opiniones como en esos años. Por eso, jóvenes y adolescentes asumen más riesgos en presencia de amigos que cuando están solos. Es más, el circuito de recompensa encefálico se activa más y las regiones cerebrales implicadas en el autocontrol responden en menor medida cuando están en compañía de amigos. Experimentan una fuerte necesidad de pertenencia al grupo, y por esa razón sus decisiones se ven muy afectadas por la presencia de sus “colegas”.

Los párrafos anteriores los he entresacado de dos anotaciones que dediqué a describir el encéfalo de los adolescentes. Son esta y esta. Hace ya un tiempo, Ana Galarraga, publicó en euskera un reportaje bastante completo sobre esta misma cuestión en la revista Elhuyar, hablando con la doctora en psicología Naiara Ozaniz Etxebarria y conmigo.

Las emociones tienen una potencia fabulosa. El psicólogo Jonathan Haidt, en “The Righteous Mind”, sostiene, metafóricamente, que “el elefante (las emociones) manda sobre el jinete (la razón)” con carácter general, con independencia de la edad. La metáfora es un trasunto de los sistemas 1 y 2 que Daniel Kahneman expone en Thinking, Fast and Slow. Otro psicólogo, Dan Ariely, en Predictably Irrational, sostiene que es inútil pedir castidad a jóvenes y adolescentes si se quiere evitar embarazos no deseados o enfermedades de transmisión sexual; es mucho más efectivo aconsejarles que lleven siempre encima un preservativo. Por razones similares, es iluso pensar que por pedir responsabilidad a jóvenes y adolescentes se va a conseguir que su comportamiento en cuadrilla se atenga a las normas establecidas para evitar contagios.

A lo anterior muchos alegarán que hay muchos jóvenes que sí se comportan como se les pide. No dudo de que así sea. Por un lado, hay una gran variabilidad en los ritmos de maduración encefálica en los mismos segmentos de edad. Y por el otro, no todos se encuentran en situación de comportarse “bien” o “mal”. Ellos mismos, sus progenitores o las autoridades han evitado la tentación que, como es sabido, es la mejor forma de impedir que caigan en ella.

Lo que nos conduce a la última consideración. No se puede pretender todo y todo a la vez. No se puede pretender que se abran las discotecas, se permitan las fiestas y los desplazamientos, y que, a la vez, los jóvenes a quienes esas fiestas y atracciones están destinadas se abstengan, motu proprio, de asistir. Hay fiestas porque hay jóvenes que las desean y empresas que las organizan, y hay viajes por la misma razón. Y una vez en la fiesta, la neuropsicología juvenil opera como cabía prever.

Algunos jóvenes cuentan con recursos económicos para permitírselo, pero sospecho que muchos dependen de los posibles y generosidad de su familia. Padres y madres podrían, al respecto, hacer un ejercicio muy simple: recuerden qué hacían cuando tenían la edad de sus hijos e hijas. Y extraigan consecuencias.

En última instancia, están las autoridades. ¿Cuántas no-fiestas se han celebrado por la actitud (proclive) de las autoridades municipales? ¿Cuántas se han dejado de celebrar? Tenemos ejemplos en los dos sentidos. Las celebraciones de San Juan no han cursado de idéntica forma en diferentes localidades. ¿Casualidad? Es posible.

Por último: cuando el gobierno español ha tomado las decisiones que han conducido a la permisividad prácticamente total en relación con todo tipo de actividades, ¿no sabía cuáles serían las consecuencias? Las sabíamos todos. Como sabemos, también, que hay miles de familias que viven de esas actividades. Esas familias votan. Y los ingresos que fiestas, viajes y demás representan para las arcas públicas no han dejado de estar en las preocupaciones de los responsables políticos.

Afortunadamente, mucha gente está ya vacunada con pauta completa y cada día son más. Ese factor está, por ahora, conteniendo contagios e ingresos hospitalarios. Veremos si seguimos así. Tengo la desdicha de pertenecer al colectivo de sesentones que quizás acabemos siendo de los últimos en estar inmunizados y procuro andarme con cuidado. Pero incluso así, no siempre he obrado con la prudencia que mi edad y supuesto estado inmunológico aconsejan. ¿Quienes acusan a jóvenes y adolescentes de irresponsabilidad están libres de comportamientos imprudentes? Me temo que no.

Acabo. The Conversation España publica hoy una excelente reflexión de Salvador Peiró, de Fundació Fisabio, acerca de la responsabilidad individual y colectiva. No minimiza la importancia de la responsabilidad individual, pero expone con claridad la noción de que una enfermedad contagiosa es un problema de salud pública, un problema colectivo, con todo lo que ello implica. Y termina con una sentencia que no puedo sino suscribir: “Pedir prudencia no está mal. Pero no exime de actuar para proteger la salud de todos”.

6 comentarios en «Responsabilizar a los jóvenes es errar el tiro»

  1. Responsabilizar a los jóvenes de su conducta es lo mismo que responsabilizar a la lluvia de que te mojes dentro de tu casa: Pon tejado a tu casa, bobo, pon tejado. Los poderes públicos están para tomar las medidas coercitivas y organizativas necesarias en este tipo de situaciones, no vale que el lehendakari salga con cara de pena dando sermones pidiendo a la gente que se porte bien porque la naturaleza humana prevalece. Que los jóvenes no van a hacer ni caso hay que tomarlo como un imponderable. Que este gobierno no sabe ni gestionar ni sabe nada, lo debemos tomar como un imponderable, también.

  2. He leído antes de este comentario el artículo de Peiró en The Conversation y creo q modula mucho mejor la doble vertiente entre la responsabilidad individual y colectiva de lo q manifiesta usted en estas líneas. Ser tan condescendiente con conductas impropias y barnizar estos hechos con una base fisiológica sostenida en datos anatómicos y de neuropsicología aplicada me parece, cuanto menos, muy discutible. Estamos en tiempo de pandemia y no cabe duda q hay responsabilidad pública , pero también individual y de grupo en saltarse las normas q se aplican en beneficio de la comunidad. El no hacerlo puede llevar, como muy bien sabe usted, a situaciones no deseadas para muchas personas e incluso para el propio sistema de salud

  3. Pues parece que cada vez tardan más en desarrollarse .
    No será que sus progenitores les dan de comer a la boca y cada día se atolondran más ?

  4. Argumentos científicos de peso, Sr. Pérez Iglesias! Como no soy experto en la materia, si duda, será como dice.
    Me gradué en Economía, por tanto en una ciencia social. Mucho se ha escrito del egoísmo en las teorías económicas. Y en este ámbito podemos circunscribir su artículo.
    Tomo como fuente a Patricia Calvo de la Universitat Jaume I (Correo electrónico: calvop@uji.es). Así, el autointerés constituye el principal postulado de la teoría económica ortodoxa. Sin embargo, la teoría de juegos, en su versión tradicional, evolutiva y neuronal, lleva décadas mostrando una realidad comportamental del agente económico motivacionalmente heterogénea y moralmente comprometida.
    Está claro que la ciencia explica los comportamientos actuales de ciertos colectivos en la pandemia.
    Llegados a este punto creo que interviene otra teoría psicosocial relativa a la educación y la socialización de las personas más jóvenes de nuestra sociedad y es en este punto donde radica el problema.
    Mi hijo ha sido un joven al que el lóbulo frontal se le ha desarrollado a los 25 años, pero tanto su madre como yo hemos procurado referenciarle con actitudes éticas, justas, solidarias… Ese camino con 31 años ya lo hemos recorrido con éxito.
    ¿Pueden decir las madres y los padres de los adolescentes actuales que lo están recorriendo cargando en su mochila valores que necesitamos no solo en esta pandemia sino con vocación de permanencia? Yo creo que todas y todos, no. Hagamos una reflexión…

  5. Así como antes se llegaba a la «tercera edad»con 65 años, más o menos, y ahora se habla ya de una «cuarta edad,» pues….en la adolescencia debe pasar algo parecido…… se debe prolongar hasta una década más.
    ¿ La culpa? Pues estoy en la línea de ITZI

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