Protejámoslas

Aunque en algunas comunidades autónomas el ritmo de expansión de la pandemia de Covid19 se ha estabilizado o, incluso, ha descendido en las últimas dos semanas, sigue sin estar controlada. La mayor incidencia (nuevos casos por día y por 100 000 habitantes para la última semana) se concentra en la Comunidad de Madrid (35) y en el núcleo que forman Comunidad Autónoma Vasca (26), Foral Navarra (25) y La Rioja (24). Mejores datos arrojan Aragón (21), Región de Murcia (15), Castilla y León (14), Castilla-La Mancha (13) y Cataluña (13). La información de base la he obtenido de aquí.

Prácticamente todas esas cifras y, sobre todo, las de Madrid y las del centro-norte de la Península, se encuentran, tal y como vimos aquí, por encima de las que se consideran seguras a los efectos del normal desarrollo de la docencia presencial.

No obstante, las autoridades sanitarias y educativas han minimizado la importancia de la incidencia de la pandemia, a la vez que han puesto especial énfasis en la efectividad de las medidas previstas. A modo de ejemplo, el ministro de sanidad ha declarado que “si se cumplen bien” las medidas puestas, se “garantiza que va a haber pocos brotes”, y la ministra de educación, que “no existe el riesgo 0 en ningún ámbito social, pero la escuela tal y como se está preparando es mucho más segura que otros ámbitos de socialización”.

Hay, al menos, dos problemas con esa forma de ver las cosas. Ambos tienen que ver con lo que es, a mi juicio, un análisis sesgado de la cuestión.

Por un lado, se puede aceptar (con ciertas dudas) que las medidas propuestas son efectivas para reducir la probabilidad de contagios, pero otra cosa es que eliminen su posibilidad. El nivel en que disminuyan esa probabilidad dependerá de su grado de cumplimiento. Y mucho me temo que si para un adulto no es fácil mantener la tensión en todo momento, para niños y niñas en grupos de entre 20 y 30 es sencillamente imposible. Quienes trabajan con ellos lo saben bien.

Por otro lado, se diga lo que se diga, muchas de las medidas propuestas no se van a poner en práctica. Por ejemplo, en muchos centros no hay posibilidad material de rebajar los aforos. Habría que rehacer los centros. Y la contratación de más personal, tan demandada, tampoco creo que sea una solución viable con carácter general. Hace falta saber cuánto tiempo se necesita para incorporar a ese personal, cuántos maestros y maestras hay en disposición de acceder a un puesto docente, y si desde el punto de vista logístico, es factible reestructurar horarios y organización escolar para dar satisfacción a las medidas de marras. De la ventilación quizás hablemos en noviembre con más fundamento.

La insistencia en que el cumplimiento de las normas garantiza una escuela segura me parece más un intento de asignar la responsabilidad al centro o al profesorado que una manifestación cabal. Así, si se produce un contagio en el entorno escolar, la responsabilidad será del centro y del maestro o maestra que haya estado al cargo de quien se haya contagiado.

Insisten las autoridades en la idea de que, si ya se contagian en la calle, la escuela no tiene por qué ser un entorno más inseguro. Hay más de un problema con esa idea. Uno es que quienes lo afirman no saben cuánto se contagian en la calle, y ni siquiera saben qué hacen realmente los chavales; cada chiquillo y cada familia es un mundo. Las circunstancias son diversas, pero a la escuela van todos. Otro es que en la calle los niños suelen jugar con otros que ya forman parte de su entorno habitual; pero en muchas escuelas eso no es así, porque se juntan chavales y chavalas procedentes de distintas áreas geográficas. Y por último, porque incluso si los dos puntos anteriores no se cumpliesen, al coincidir en la escuela, se añaden redes adicionales de contagio a la original del barrio o entorno familiar. La dinámica epidémica es un monstruo proteico, desplaza sus protuberancias, con efectos multiplicativos, hacia donde se le da ocasión, y el entorno escolar ofrece una ocasión excelente.

Parece ser que los más pequeños transmiten el Sars-Cov-2 en menor medida que los mayores, aunque a estas alturas no sé muy bien si ello se debe a que se contagian menos o a que contagian menos. Lo cierto es que la mayor parte de los datos al respecto provienen del periodo del confinamiento y ellos fueron los que permanecieron en unas condiciones de aislamiento más severas. Pero aunque, efectivamente, los peques sean vectores menos activos, lo cierto es que no dejan de serlo, por lo que, aunque la probabilidad de que sean transmisores sea baja, no es nula. Que esa probabilidad sea baja es una circunstancia afortunada, sin duda, pero no tanto como para contrarrestar el hecho de que hay zonas con un importante nivel de transmisión comunitaria. Al fin y al cabo, que algo ocurra no solo depende de la probabilidad de que suceda, también depende del número de ocasiones que hay para que suceda. En el caso que nos ocupa, la probabilidad es baja, pero las ocasiones no son pocas. El producto, que es lo que importa, no es despreciable.

Así las cosas, y dado que las autoridades están decididas a seguir adelante con los planes de docencia presencial, creo que hay tres aspectos muy importantes que deben ser motivo de preocupación y de actuación. Voy a incidir en ellos porque en otros empeños (aforos, ratios, medios, y demás) ya hay quien se afana.

El primero, y aunque ya me he ocupado de ello antes, es la contención de la pandemia. Insisto en la idea de la necesidad de umbrales de referencia públicos para tomar medidas progresivamente más restrictivas conforme se eleva el ritmo de contagios en una zona determinada. Nuestras autoridades están funcionando con criterios más laxos que otras, como las británicas, con resultados, desgraciadamente, bien visibles. En pocas materias ostenta España un liderazgo tan destacado en Europa Occidental: a los datos me remito.

El segundo se refiere a la probabilidad de contagio de los estudiantes y su capacidad para contagiar. Es cierto que la posibilidad de que los niños y niñas sufran una enfermedad grave es remotísima; muy probablemente es inferior, incluso, a la de sufrir un accidente doméstico. Pero no es nula. En esas circunstancias, no es de recibo que la opción de algunos progenitores por mantenerlos en sus casas sea demonizada e, incluso, se les amenace con acciones legales. Lo lógico, como ha apuntado con acierto Íñigo de Miguel en tuiter, es que la administración educativa actúe, dada la excepcionalidad de la situación, con flexibilidad, proporcionando a las familias que lo demanden alternativas orientadas al aprendizaje tutorizado desde los centros docentes. Si en marzo, a tenor de las circunstancias, se optó por las soluciones virtuales, no veo razones por las que las actuales circunstancias no justifiquen esa opción.

La posibilidad de contagio de niños y niñas tiene, además, implicaciones que se derivan de su papel como vectores del coronavirus. Muchos de ellos conviven con personas mayores y algunos de sus progenitores sufren patologías que los hacen especialmente vulnerables. La eventualidad de que se produzcan contagios de esas personas a través de los escolares es algo que debería tenerse en cuenta a la hora de arbitrar alternativas al aprendizaje presencial.

Y en tercer lugar me referiré al profesorado. Porque las condiciones que deben cumplir las personas que merecen especial protección son leoninas:

 “… el riesgo del personal docente debe ser considerado similar al riesgo comunitario y clasificarse, por lo tanto, como nivel de riesgo 1 (NR1). Solo en los momentos de atención a un posible caso (descritos en el apartado 2 del epígrafe anterior, de actuación ante una persona que comienza a desarrollar síntomas compatibles con COVID-19), puede ser considerado NR2, en cuyo caso está indicado el uso de mascarilla quirúrgica.”

Ministerio de Sanidad; Ministerio de Educación y Formación Profesional

Por las razones apuntadas antes, no es lógico que se considere que una maestra tiene la misma probabilidad de contagiarse en un aula con 20 jovencitos que cuando pasea por su barrio o va a la librería. Su control de la situación no es el mismo, y la capacidad de las personas con las que va a interactuar en cada circunstancia para mantener las normas de distancia y uso de mascarilla, tampoco. Esa previsión quizás tenía sentido a finales de junio, que es cuando se elaboró el documento y prácticamente no había contagios, pero hoy no lo tiene.

Igualmente es incomprensible que el Ministerio de Sanidad asigne a las personas mayores de 60 años con “patología controlada” un nivel de riesgo 3, nivel que les faculta para:

“Asistencia o intervención directa sobre personas sintomáticas, con EPI adecuado y sin mantener la distancia de seguridad.”

Ministerio de Sanidad

¿De verdad debe alguien en esas condiciones actuar con personas sintomáticas simplemente porque llevan EPI adecuado? ¿Qué es EPI adecuado? Las personas propensas a sufrir ictus, quienes han sufrido un infarto y tienen un 30% de su miocardio dañado, las que tienen una capacidad pulmonar reducida y son propensas a sufrir asma, ¿tienen “patología controlada”? ¿seguirá controlada una vez el virus haya penetrado en sus alveolos pulmonares y en sus vasos sanguíneos? ¿qué broma macabra es esta?

Quien haya leído hasta aquí, se habrá dado cuenta de que en ningún momento he hecho mención a la conveniencia de abrir los centros docentes. No he querido entrar en ese asunto, aunque soy partidario de que se abran. Hay poderosísimas razones de diverso orden para hacerlo. Pero igualmente poderosas son las razones para actuar con energía -adoptando, si es preciso, duras medidas para el control de la pandemia-, flexibilidad -dando opciones a las familias para optar por diferentes modalidades de aprendizaje- y humanidad –ofreciendo a las personas vulnerables alternativas a la exposición al virus-.

Pues bien, si hasta la fecha no hemos sido capaces de generar las condiciones para que el aprendizaje se pueda desarrollar de forma presencial con un riesgo realmente mínimo, tengamos ahora, al menos, la sensibilidad necesaria para con todas las personas que se encuentran en situación de especial vulnerabilidad para ofrecerles la protección debida. ¡Protejámoslas!

Hay que contener la pandemia para proteger las escuelas

El pasado 29 de julio, la revista New England Journal of Medicine, una de las mejores del mundo en medicina, publicaba un artículo cuyos autores, tres importantes académicos de campos diversos (epidemiología, ciencias de la educación y salud global), señalaban que es fundamental abrir las escuelas pero que para poder hacerlo no debe haber transmisión comunitaria del SARS-CoV-2.

El pasado 18 de agosto, Nature, una de las dos revistas científicas más reputadas, publicaba un artículo que incidía en ese aspecto, señalando que los centros docentes solo pueden abrir con garantías si la expansión de la pandemia en la comunidad es baja.

Ayer mismo, Science, otra de esas dos revistas del máximo nivel, repasaba en un editorial dedicado a analizar la apertura de los centros escolares las condiciones que debían cumplirse para poder reabrir las escuelas con seguridad. Decía lo siguiente: “la herramienta más efectiva para minimizar la llegada de infecciones a las escuelas consiste en limitar el aprendizaje presencial a los periodos en que la infección en la comunidad se encuentra controlada. Los países con programas amplios de testado empezaron a abrir las escuelas con rigurosas medidas de seguridad una vez la incidencia comunitaria de la Covid19 se redujo a números inferiores a entre 30 y 50 nuevos contagios semanales por 100 000 habitantes durante un periodo prolongado de tiempo”.

New Scientist, por su parte, también afirmaba en un reportaje de anteayer que la transmisión comunitaria debe mantenerse baja para poder recuperar el aprendizaje presencial en las escuelas. Añadía lo siguiente: “No hay criterios establecidos acerca de cuán baja ha de ser, pero normalmente se suelen considerar niveles bajos de transmisión cuando en un área se alcanzan menos de 10 casos por 100 000 habitantes  o cuando menos del 5% de las personas a las que se les analiza mediante PCR arrojan un resultado positivo en el test.” Quédense con este último indicador.

Por último, recordemos lo que escribí aquí hace unas semanas con relación a la escala que había publicado meses atrás el Harvard Global Health Institute, junto con el Edmond J. Safra Center for Ethics, de la misma universidad, para clasificar el nivel de riesgo en función del número de casos. De acuerdo con esa clasificación han definido cuatro niveles, verde, amarillo, naranja y rojo, en orden de riesgo creciente. Y para cada uno de los niveles proponen una batería concreta de actuaciones. Pues bien, el máximo nivel corresponde a una incidencia de más de 25 nuevos casos diarios por cada 100 000 habitantes y en esas condiciones proponen el aprendizaje a distancia y la permanencia de estudiantes y docentes en los hogares.

Medidas propuestas en el ámbito educativo por el Harvard Global Health Institute y el Edmond J. Safra Center for Ethics, en función del nivel de riesgo de la zona concernida.

De acuerdo con los criterios manejados por la comunidad científica internacional, tal y como quedan reflejados en las publicaciones citadas, en varias comunidades autónomas no se cumplen las condiciones para reiniciar el curso escolar en modo presencial el próximo lunes (tampoco en España si se considera en su conjunto). Los datos que publica el Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades no pueden ser más claros. España es, tras Bulgaria y Rumanía, el tercer país europeo con más muertos por Covid19 por cien mil habitantes en las últimas dos semanas. Y el porcentaje de test PCR que dan resultado positivo se encuentra por encima del 5% en muchas zonas.

Variación geográfica de la incidencia de la Covid19, de acuerdo con el Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades

No obstante, y tal y como expuse aquí, los responsables políticos no deben decidir solo en función de los dictámenes de la ciencia. Han de tomar en consideración criterios extracientíficos también, que sopesen más elementos en juego. Y a partir de un análisis de pros y contras de unas y otras decisiones, tomar la que consideran que mejores resultados ofrece para la comunidad y las generaciones futuras.

La decisión, como es sabido, ha sido la de iniciar el curso de forma presencial, a la vez que se implantan (o se propone implantar) medidas para limitar en lo posible los contagios en las escuelas. También se han hecho previsiones acerca de las circunstancias que deberían darse (número de casos en aulas y centros docentes) para decidir el eventual cierre de grupos, cursos o centros docentes y la consiguiente suspensión de la actividad presencial.

Llegados a este punto, no obstante, es importante pensar en lo que pueda ocurrir en las próximas semanas y meses. Me parece que es un error seguir actuando como hasta ahora. Las autoridades ha tratado de contener la pandemia en niveles tales que se evite someter al sistema sanitario a una tensión insoportable, sin penalizar demasiado las actividades económicas y sociales. Atribuyo a esa intención la timidez con que han actuado a la hora de tomar medidas tales como limitar el ocio nocturno y, más aún, de restringir la movilidad en las áreas más afectadas por la pandemia. Pero por lo que vamos viendo, el nivel de incidencia de la Covid19 permisible para evitar el colapso sanitario puede propiciar que se produzcan brotes difíciles de controlar. Es lo que ocurre con fenómenos azarosos que fácilmente pueden adquirir carácter explosivo.

El problema es que si se mantiene una alta incidencia de la pandemia en la comunidad, las escuelas pueden convertirse, de hecho, en la redoma en la que se reactiven los contagios, y pasar a cumplir el papel que hasta hace dos semanas cumplían el ocio nocturno. No es nada fácil mantener la disciplina de higiene y aislamiento en niños y niñas de corta edad. Por esa razón, el normal funcionamiento del sistema educativo y el de otros importantes sectores de actividad se puede resentir de forma grave.

Una información publicada en el New York Times hoy, seis de septiembre (ver nota al final), da cuenta del impacto que ha tenido sobre la incidencia de Covid19 la reapertura de los campus universitarios norteamericanos para empezar el cuatrimestre de verano-otoño. El reportaje informa de que los estudiantes universitarios de esos campus no son muy cuidadosos con las medidas de distancia y uso de mascarilla. Quizás no deba extrapolarse la experiencia estadounidense al curso escolar y universitario en nuestras longitudes geográficas. Quizás no, pero la lógica subyacente es la misma.

La líneas representan la evolución de la incidencia de la covid19 (valores acumulados para siete días; aunque la figura no lo indica, los máximos se encuentran en torno a los 20 casos por cada 100 000 habitantes). La línea gris representa la incidencia en los condados norteamericanos en los que los estudiantes universitarios son menos del 10% de la población; la negra representa la de los condados en los que ese porcentaje es superior al 10%. Fuente: The New York Times.

Pronto llega el otoño y las temperaturas más bajas y peor tiempo llevará a la gente a ocupar espacios cerrados en mayor medida, a la vez que disminuye la posibilidad de ventilarlos. Las condiciones para limitar la transmisión serán peores. Es imprescindible, por ello, reducir en gran medida y cuanto antes la expansión de la pandemia. Y para conseguirlo hacen falta medidas, quizás parciales, pero más contundentes y frecuentes que las tomadas hasta ahora. Hay unos cuantos países que las han aplicado con éxito.

Con ese propósito, tanto en lo relativo al tratamiento que debe darse a las escuelas como a otros aspectos de la vida económica y social, la mejor opción consiste, seguramente, en establecer un sistema de alertas transparente y con indicadores objetivos que permita tomar medidas de diferente intensidad de una forma prácticamente automática. Ello contribuiría a objetivar las decisiones y corresponsabilizar a la ciudadanía y los agentes económicos y sociales de la gestión de la pandemia. Es necesario fijar umbrales de transmisión del virus en virtud de los cuales se adopten medidas graduales y hacerlo de forma flexible, tanto geográfica como temporalmente. Quizás no tienen por qué ser los umbrales que he presentado más arriba pero, sean cuales sean, deberían existir.

Hace unos días me referí aquí a la espada de Damocles que pendía sobre el curso escolar. En realidad, no es solo el curso escolar el que está en riesgo. Otros ámbitos de la vida comunitaria se encuentran, como consecuencia, también en peligro, porque en este momento el sistema educativo es el eslabón más débil de todo el entramado social. No basta con poner el foco de las medidas en las escuelas, hay que ponerlo, también y sobre todo, en la transmisión comunitaria de la pandemia. Limitando la expansión del virus se protege a la comunidad en su conjunto y, de esa forma, a los centros docentes. Pero no debe perderse de vista, a su vez, que la seguridad de estos es condición necesaria (aunque no sea suficiente) de la del conjunto de la sociedad.

Nota: el párrafo que antecede a la gráfica de los campus se ha añadido dos días después de la publicación original de la anotación.

Ojos que no ven… la muerte

El de mi abuela paterna fue el primer cadáver que vi. Estábamos en su casa, pasando las vacaciones de verano. Ella estaba muy enferma, y después de una noche muy ajetreada, con mucho movimiento alrededor de su alcoba, al amanecer nos dijeron que había muerto. Creo que, por entonces, yo ya había cumplido los diez años, pero no estoy seguro.

Colocaron el ataúd, sin la tapa, en el centro de un gran salón en la planta baja, y nos colocaron en la fila de quienes iban a rendirle sus últimos respetos. Debíamos verla antes de celebrar el funeral y enterrarla en el cementerio. Y la vimos. La recuerdo como una experiencia desagradable en extremo, pero estábamos obligados; así se nos dijo.

Aunque desde entonces –principios de los setenta- otros familiares cercanos han fallecido, hasta hace dos años y medio esa había sido la experiencia más intensa que había tenido en relación con la muerte.

Hace algo más de tres años diagnosticaron a mi madre un linfoma. El pronóstico era muy malo. La acompañé durante seis meses en su peregrinaje a recibir la (a la postre, inútil) quimioterapia. A primeros de diciembre su estado era tan precario que la ingresaron en el hospital de Gorliz, en la unidad de paliativos (¡qué gran recuerdo guardo de su personal!). Tres semanas después, tal y como había pronosticado el responsable de la unidad, falleció. Permanecí a su lado durante esas tres semanas; asistí a su declive, hasta que en los tres últimos días perdió completamente la consciencia y dejó de comunicarse con su entorno. Ese ha sido, sin duda, el trance más duro por la que he pasado en mi vida.

Me di cuenta entonces de que, con la salvedad del fallecimiento de la abuela y el desfile previo a las exequias, nunca antes había tenido una experiencia de la muerte. Con una excepción, los fallecimientos de otros familiares y seres queridos se habían producido en la distancia, y como mucho, me había limitado a asistir al funeral y transmitir a los más allegados mis condolencias. Las muertes de los periódicos, por lejanas la mayoría, se viven como si fueran acontecimientos de otros mundos, no del propio. Era como si, en realidad, hubiese vivido casi medio siglo en un mundo sin muerte.

La agonía y fallecimiento de mi madre, a pesar del dolor, no fue una experiencia estéril. Desde entonces pienso más en la muerte y en la necesidad de incorporarla -sobre todo la propia- a la normal secuencia del ciclo de la vida. Creo que es importante ser plenamente consciente de nuestra condición efímera. Lo es porque nos ayuda a relativizar y poner en sus justos términos nuestra (mínima y, a la vez, enorme) importancia. También porque –así lo espero, al menos- quizás nos ayude a afrontar nuestro final con dignidad y presencia de ánimo cuando llegue. Además, la consciencia de nuestra finitud nos debería ayudar a disfrutar más de la vida, de sus pequeñas cosas, de los placeres humildes a los que podemos aspirar; en definitiva, a celebrar el amor, la amistad y la vida.

Vivimos, sin embargo, en un mundo en el que la muerte se oculta o, si se muestra, se enseña convertida en espectáculo o al servicio de fines bastardos.

Según datos tomados de Our World in Data, la pandemia Covid19 ha dejado en España 28 000 fallecidos oficiales en la primera ola, y en la segunda ya se han sumado unos 400. Y según los datos procedentes de los registros civiles, entre el 10 de marzo y el 9 de mayo se produjeron 43 556 muertes más de las que se habrían producido en un año normal, y entre el 20 de julio y el 15 de agosto, 2 650 más. Hablando de muertos por una enfermedad, son cifras inconmensurables, en realidad.

Por extraño que parezca, en los medios de comunicación apenas ha habido imágenes de féretros, como vimos en Italia y, menos aún, de fallecidos. Una posible explicación compasiva de esa ausencia podría ser que se nos ha querido ahorrar la contemplación de imágenes dolorosas, quizás también buscando que el desánimo no hiciese mella en nosotros en momentos especialmente difíciles. Una explicación menos compasiva, quizás, es que no se nos han querido mostrar unas imágenes que podrían ser vistas como el reflejo de una mala gestión de la pandemia por las instituciones.

No me interesa ahondar en esas visiones alternativas. Solo quiero poner de manifiesto que, a pasar de los números apabullantes de fallecidos a causa de la Covid-19, apenas hemos visto imágenes que reflejasen esas muertes. Y de hecho, quizás no haya que buscar una intencionalidad compasiva o artera en el ocultamiento. Lo más probable –a mí así me lo parece- es que quienes han decidido en cada ocasión y momento lo que se mostraba y lo que no, han preferido ocultar el hecho de la muerte sencillamente porque es algo a lo que somos cada vez más ajenos.

Hoy sería difícil que se produjera un velatorio como el de la abuela, en el que era inconcebible que alguno de los asistentes se quedase sin contemplar su cadáver. La muerte próxima nos resulta desagradable; es algo que no queremos ver, de la que no querríamos ni siquiera saber. Casi un engorro. Y sin embargo, como ya he dicho, la muerte es un hito más en la secuencia de la vida, el último y definitivo; algo que deberemos afrontar y para lo que –así lo creo- nos conviene hacerlo preparados.

Sostengo que habría sido mejor haber visto, como vieron los italianos, las consecuencias mortales de la pandemia. También eso es transparencia. De otra forma nos quedamos, como así ocurrió, con una imagen estadística, casi meramente contable, de la catástrofe. Para muchas personas, para todos los que no perdieron algún allegado, eso fue casi todo: la contabilidad diaria y la opresión provocada por el confinamiento.

Creo que la ocultación de los muertos ha contribuido a alimentar tanto la temprana llegada de la segunda ola, como el negacionismo que parece haber surgido con fuerza en las últimas semanas. Es lo que he querido expresar hoy mediante este tuit:

No quiero decir que el no haber tenido una constancia visual de la catástrofe sea el causante de esos dos fenómenos. Ni mucho menos. En el rápido repunte de la pandemia en España seguramente han intervenido factores diversos; no me interesa tratar de ello ahora. Pero estoy íntimamente convencido –lo confieso, lo digo sin disponer de pruebas al respecto, salvo la diferencia con Italia- de que el no haber contemplado el macabro paisaje que sí contemplaron en Italia, ha influido. Lo dice el refrán: ojos que no ven…

Y no, la imagen de los féretros no tiene nada de morbosa. Morbosa es la imagen que se regodea en la muerte, en el deterioro físico, o en los daños que sufre quien pierde la vida. O la del moribundo o fallecido a quien se exhibe sin ocultar su identidad, máxime si ofrece una imagen penosa. Pero ilustrar una hecatombe (lo es, porque se han producido entre 28 000 y 43 000 muertes, dependiendo del modo en que se han registrado) con imágenes de los féretros de algunos de ellos, no tiene nada de morboso ni conlleva indignidad ni falta de respeto para con los fallecidos o sus familiares.

Para mucha gente –y no me limito a los jóvenes, ni muchísimo menos- lo único que ha pasado es que no han podido salir de casa en unas semanas o se han quedado sin tomar unas copas con los amigos. Porque la mera contabilidad no transmite la verdadera naturaleza del drama.

Por esa razón, no me parece en absoluto descabellado que gran parte de quienes dejan de cumplir las recomendaciones lo hagan porque, en el fondo, no acaban de creer que las consecuencias puedan llegar a ser dramáticas, también para su familia o para sí mismos. De la misma forma, aquél a quien se le ha hurtado la visión de la muerte es más fácil que niegue la misma existencia de la enfermedad o la del virus que la causa. Una cosa y la otra se ven alimentadas por otros factores, por supuesto, pero sostengo que la lejanía con la que nos relacionamos con la muerte, y su plasmación en el tristísimo trance en que nos encontramos, es uno de los rastrojos con los que se han alimentado los fuegos de una segunda ola de la pandemia tan temprana, por un lado, y del negacionismo rampante, por el otro.

Anexo:

Hubo dos vídeos que me produjeron una impresión muy grande en marzo. Uno lo publicó el periodista italiano David Carreta:

Y el otro fueron las imágenes de los camiones militares trasladando féretros a otras localidades para ser incinerados:

Quizás aquí se publicaros vídeos similares. Lo desconozco; yo no los vi.

Adenda: Un amigo me ha hecho llegar este trabajo que, en ciertos aspectos, contradice mi punto de vista: https://psycnet.apa.org/fulltext/2020-20168-001.html


Para abrir las escuelas hay que tomar la delantera al virus

En Auckland, la ciudad más poblada de Nueva Zelanda (más de millón y medio de habitantes) la semana pasada se produjo un brote de unos 70 casos de Covid-19. El gobierno de ese país se apresuró a decretar medidas de restricción de la movilidad y los contactos entre personas. En Nueva Zelanda llevaban 102 días sin contagios producidos dentro del país, y desconocen aún el origen del brote. Además de las medidas de aislamiento y restricciones a la movilidad, allí hacen muchísimas pruebas. De esa forma localizan a los contactos de las personas contagiadas, les hacen análisis y las aíslan. Consiguen así, combinando medidas sociales y analíticas, cortar la cadena de transmisión del virus. Le toman la delantera.

Tras realizar cerca de 3 000 pruebas de ARN viral (PCRs), en Azpeitia (Gipuzkoa) se han detectado alrededor de 100 casos de Covid19 en la última semana, muchos de ellos relacionados, al parecer, con una calle de bares. Este brote, por su magnitud, se asemeja a otros producidos en la Comunidad Autónoma Vasca (CAV) y en otras comunidades. La diferencia con la mayoría de esas otras, quizás, es que en la CAV se está haciendo un gran esfuerzo en la búsqueda de contagios, llegando a practicarse un 70% de las pruebas a individuos que no tienen síntomas de la enfermedad (en lo que llevamos de agosto, por cada 1 000 pruebas se detectan unos 63 contagios). Por contraste con Nueva Zelanda, en el estado español no se han empezado a implantar medidas de carácter social (restricciones a la actividad hostelera, principalmente la nocturna) hasta que el crecimiento de los casos se ha mostrado intratable y hay constancia de una importante transmisión comunitaria.

Según el médico y sociólogo Nicholas Christakis, el contagio del SARS-CoV-2 tiene cuatro diferencias con respecto al SARS-CoV-1 que lo hacen especialmente peligroso.

Por un lado, como a muchas personas la infección no les provoca síntomas o estos son similares a una gripe o resfriado fuerte, a bastante gente, incluidos algunos gobernantes, les ha costado o está costando asimilar que se trata de una enfermedad potencialmente muy grave.

En segundo lugar, aunque el índice de letalidad (probabilidad de que una persona enferma fallezca) es bajo, el de mortalidad (probabilidad de que fallezca una persona de la población) potencialmente no lo es tanto, dada la facilidad con que se puede contagiar en ausencia de medidas para evitarlo (su ritmo reproductivo básico es relativamente alto, solo inferior a los del sarampión y la varicela, similar al de la tosferina, y muy superior a los del ébola y la gripe de 1918). Además, aunque es cierto que la letalidad es baja, muchos enfermos sobreviven con secuelas de cierta gravedad.

En tercer lugar, el periodo de latencia (tiempo que transcurre desde el contagio hasta que la persona contagiada puede, a su vez, contagiar) de la enfermedad es más corto que el periodo de incubación (tiempo que transcurre desde el contagio hasta la aparición de síntomas). Parece que esa diferencia puede ser de unos dos o tres días y durante ese tiempo, personas que no presentan síntomas, pueden contagiar a otras sin ser conscientes de ello.

Y en cuarto lugar, aunque se producen eventos de superpropagación (los de discotecas, bodas o funerales son paradigmáticos al respecto), una gran parte de la expansión del virus se produce por contagio de grupos pequeños, la mayor parte en los hogares. Por esa razón, no basta con fijarse en los eventos de superpropagación para contener la expansión del virus.

De esas características, Christakis concluye que hasta que haya vacunas efectivas para (casi) todo el mundo va a ser muy importante minimizar las interacciones sociales, guardar la distancia física (2 m) con las demás personas, utilizar mascarilla y hacer pruebas diagnósticas de ARN viral a gran escala para detectar contagiados sin síntomas. En realidad esto ya lo sabíamos, pero es importante incidir en la importancia de esas medidas.

En pocas semanas comienza el curso académico. Hace unos días me ocupé de la dificultad para preservar varios bienes simultáneamente. Me referí, en concreto, a la educación y a ciertas formas de ocio. Esta semana se han adoptado medidas diversas en diferentes comunidades autónomas, incluida la vasca, para tratar de ralentizar la expansión del SARS-CoV-2 y llegar al comienzo del curso en unas condiciones que permitan abrir las aulas sin tener que volver a cerrarlas una semana después. La mayoría tienen que ver con el ocio nocturno, pero también las hay de otra naturaleza (uso de mascarilla, tabaco, limitaciones al número de personas en reuniones diversas, etc.).

Las medidas que se han aprobado habrían sido mucho más efectivas hace un mes, cuando empezó a crecer el número de contagios de forma exponencial. Hoy serán de ayuda y seguramente permitirán aliviar la presión sobre el dispositivo de análisis y de rastreo. Al fin y al cabo, las autoridades sanitarias están lógicamente preocupadas por la situación que se puede producir en hospitales y UCIs. No en vano el registro de fallecimientos MOMO ya detecta un exceso de 2 650 muertes a partir del 20 de julio para el conjunto de comunidades autónomas españolas (las más afectadas son las de Aragón y Madrid). Para poner la cifra anterior en su contexto, téngase en cuenta que en el periodo comprendido entre el 10 de marzo al 9 de mayo, el exceso registrado fue de 43 556 muertes.

Lo que ocurre es que esas medidas, aunque consigan aliviar la presión sobre el sistema sanitario, no creo que sean suficientes para empezar las clases con garantías. De cara al comienzo del curso escolar también se han diseñado protocolos siguiendo modelos implantados en otros países. Incluyen medidas tales como el mantenimiento de la distancia en las aulas, ventilación sistemática, rebaja de las ratios de alumnos por aula, medidas higiénicas, horarios adaptados para evitar aglomeraciones, uso de mascarillas por parte de los más mayores, y otras. Todas ellas son perfectamente razonables y seguro que contribuyen a limitar contagios, pero no creo que vayan a ser suficientes.

Aunque la casuística es diversa y los estudios realizados arrojan conclusiones contradictorias, lo más probable es que la vuelta a las aulas, por muchas medidas que se tomen para prevenirlos, ocasione un repunte de los contagios. A la vista del curso de la pandemia, hoy soy más pesimista que hace unas semanas. Si el nivel de transmisión del virus fuese menor del que es, los repuntes podrían controlarse por el procedimiento de prueba, trazado de contactos y aislamiento. Pero hay una circulación del virus demasiado intensa y muchos niños y niñas irán a clase contagiados aunque no presenten síntomas. Será muy difícil evitar que las aulas y los patios, sobre todo de los más pequeños, no se conviertan en el equivalente a las discotecas o las bodas. Podrán ser, de permanecer abiertas, los nodos de dispersión de la pandemia durante los meses de otoño e invierno.

Y sin embargo, las clases no se deberían suspender. Hay tres razones para tratar de evitarlo a toda costa. Aunque ya me referí a ellas en la anotación anterior, las recuerdo aquí: Por un lado porque constituiría una catástrofe para las generaciones de estudiantes que lo sufran; no olvidemos que ya pasamos por esto entre marzo y junio. Por el otro, porque serían los niños y niñas de extracción social más humilde quienes más lo sufrirían. Y por último, porque generaría un problema irresoluble para muchos padres y madres, que no podrían compatibilizar su trabajo con la permanencia de los hijos en casa.

No soy especialista en epidemiología, salud pública, virología, ni nada de todo esto. Lo que escribo es el resultado de lecturas fragmentarias y mucho tiempo dándole vueltas a las cosas. Pero tengo la impresión de que la solución, a corto y medio plazo, pasa por cambiar la manera de pensar y, por una vez, tratar de tomarle la delantera al virus. Y es que hasta ahora hemos ido siempre por detrás. Esa es la diferencia entre lo que se ha hecho en Auckland y lo que (no) se ha hecho en Azpetia, por recurrir al ejemplo inicial. En Nueva Zelanda y otros países han tomado la delantera al virus con medidas contundentes y rápidas. Aquí no.

Y para tomarle la delantera al virus, recurriré a la insistencia de Christakis en la importancia de las pruebas diagnósticas. Creo que los centros docentes deberían ser sede semipermanente de equipos de recogidas de muestras para practicar análisis masivos de ARN viral. Se trata de atrapar al virus en estudiantes y docentes sin síntomas, minimizando así el riesgo de que contagien al resto de miembros de su grupo o de la comunidad educativa del centro.

Sospecho que la gran demanda permitirá pronto poner en el mercado dispositivos de análisis rápidos. Pero no podemos esperar a eso. La solución podría venir de analizar muestras conjuntas de todos los niños, niñas de cada grupo, y de sus docentes (pool testing). En los grupos en que se detectase la presencia de virus, habría que practicar análisis individuales, pero solo a esos. Así se podría rastrear contagios de forma efectiva y con un esfuerzo moderado.

En una comunidad como la vasca, calculo que hay del orden de 12 000 grupos en infantil, primaria y secundaria obligatoria. Pues bien, si se practicasen 2 500 pruebas diarias, se podría mantener bajo control el alcance de la pandemia, porque esos análisis no solo servirían para valorar la situación de cada grupo, serían los indicadores de la presencia del virus en barrios, pueblos y ciudades, y servirían para tomar medidas adicionales en las zonas de más incidencia. La misma lógica cabría aplicar al resto de comunidades autónomas.

Los estudiantes de formación profesional y bachillerato e, incluso, los de 3º y 4º de ESO, están en mejores condiciones para, llegado el caso, pasar a modalidades de aprendizaje semipresencial. Por su edad, además, debería ser más fácil para ellos atenerse a las medidas de distancia e higiene. Todas las cifras anteriores se pueden revisar en función de la posibilidades reales y la viabilidad y, en todo caso, deberían recibir atención preferente los grupos de cursos más bajos.

Estoy seguro de que hay posibilidades alternativas y de que, con el tiempo, se irán desarrollando métodos que permitan hacer pruebas a una escala bastante mayor que la actual (como, por ejemplo, esta u otra similar).

No quiero terminar sin hacer referencia a un aspecto que no he visto recogido en los medios de comunicación que se han ocupado de los protocolos que han elaborado en las diferentes comunidades autónomas. Me refiero a la situación en la que se encuentran muchos docentes que, por edad, por su historial médico o por ambas circunstancias, se encuentran en situación de especial riesgo. Tal y como recogió The Economist en un reportaje hace unas semanas, en varios países que reiniciaron las clases tras la primera ola (China, Dinamarca, Francia y Nueva Zelanda), se han tomado medidas específicas para proteger al profesorado de más edad y/o con patologías previas. En concreto, se les ha sacado de las aulas para realizar tareas de apoyo desde sus hogares. También en Austria se ha incluido esa medida en el protocolo que acaba de comunicar su ministro de Educación. Nada de eso he visto citado por aquí, pero debería hacerse lo propio.

En definitiva, no sé si las ideas contenidas en esta anotación son buenas o son meras ocurrencias. Pero si estas no valen, creo que es ineludible adoptar una estrategia que permita tomarle la delantera al virus. Es posible que nos acabemos contagiando cerca de la mitad de la población mundial, pero esta es una carrera de resistencia; cuanto más tiempo demoremos el contagio, más posibilidades tendremos de llegar a disponer de vacunas, antivirales o, en todo caso, salir con bien del trance de una infección.

Desde el comienzo de la pandemia vamos por detrás del virus. Es hora de pensar de otra forma y tomarle la delantera.

Adenda 1:

El pasado mes de julio el Harvard Global Health Institute y el Edmond J Safra Center for Ethics, de la Universidad de Harvard publicaron un documento con propuestas específicas acerca de las condiciones bajo las que deberían operar los centros docentes en cinco niveles alternativos de riesgo. Los niveles son los que se muestran en la tabla de acuerdo con un código de color, desde el máximo (rojo) al mínimo (verde) riesgo.

Cada uno de esos niveles corresponde a un determinado grado de incidencia de Covid-19. El nivel de mínimo riesgo, bajo el que las escuelas pueden operar con normalidad es el que corresponde a menos de un caso diario por cada cien mil habitantes. El máximo, por su parte, a más de veinticinco casos por cada cien mil habitantes. La incidencia no es el único criterio, pero es el principal. A tenor de ese esquema, en un buen número de zonas de la geografía española los centros docentes deberían permanecer cerrados y todos los esfuerzos dirigirse al aprendizaje a distancia.

Nota: Esta adenda la he añadido el 22 de agosto y me he basado en una referencia proporcionada por Gabriela Jorquera.

Adenda 2:

Este hilo en tuiter es muy informativo, y avala lo expuesto en esta anotación. Los efectos de la apertura de las escuelas dependen mucho del contexto epidemiológico en que se realizan:

https://twitter.com/apsmunro/status/1298978413185703937

Apostillas a la disyuntiva «escuelas vs. bares»

La anotación sobre la reapertura de las escuelas ha provocado respuestas muy vivas (valga el eufemismo) en las redes sociales. No me es posible responder puntualmente a todas ellas, ni siquiera a la mayoría, aunque algunas plantean cuestiones de interés. Me ha parecido, no obstante, adecuado redactar unas apostillas para comentar tres asuntos.

Las motivaciones de las decisiones de las autoridades

Empezaré por un asunto que no me parece de especial importancia pero tampoco quiero dejar de comentar brevemente. Muchas observaciones que se me han hecho a la anotación anterior se refieren a las razones por las que los responsables políticos toman o dejan de tomar estas o aquellas decisiones, aplican o dejan de aplicar estas medidas.

Lo confieso: no estoy en condiciones de valorar esas cuestiones. Asumo que el interés y la voluntad que les anima es el de hacer las cosas lo mejor posible. En la mayoría de los casos tratan de resolver problemas de muy difícil solución y para los que no disponen de toda la información relevante ni de los medios necesarios. Pueden ser más o menos competentes. Ahí no entro. Pero no me atrevo a poner en duda sus intenciones ni su buena voluntad, no al menos en tanto no tenga pruebas de lo contrario. Al respecto ya me explayé aquí.

La percepción del riesgo

Varias objeciones a mi postura favorable a la reapertura de las aulas se refieren a los riesgos de salud para el alumnado de los niveles de enseñanza afectados. El artículo publicado a finales de julio en NEJM señala al respecto, lo siguiente: Desde un punto de vista clínico, la mayoría de los niños entre 1 y 18 años sufren una enfermedad leve o no sufren ninguna, y son mucho menos propensos que los adultos a experimentar las consecuencias severas de la infección. Aunque en todo el mundo han sido hospitalizados un pequeño número de chicos con un síndrome inflamatorio multisistémico tras la infección con SARS-CoV-2, parece ser un síndrome raro (afectó a 2 de cada 100 000 jóvenes menores de 21 años entre el 1 de marzo y el 10 de mayo) y con un diagnóstico temprano y tratamiento, su evolución clínica ha sido buena. Por el contrario, los adultos, sobre todo los mayores de 60 años o quienes tienen problemas de salud agravantes, afrontan un riesgo muy superior de enfermar de forma grave, ser hospitalizados y sufrir secuelas. [La traducción es mía.]

En otras palabras, el riesgo que tienen los niños y niñas de contraer la enfermedad es muy bajo, y su evolución clínica, si son diagnosticados de forma temprana, buena. Por lo tanto, el riesgo de sufrir secuelas o fallecer por esa causa parece extraordinariamente bajo. No dispongo de datos comparativos, pero me atrevería a afirmar que hay muchas otras posibles enfermedades o incidentes con riesgos para la salud y la vida de los pequeños mucho más altos. Y esos factores no evitan su escolarización.

Entiendo, no obstante, que el miedo es libre, y que la percepción del riesgo está muy influida por la componente emocional de las historias (reales, pero seleccionadas para causar impacto) que nos llegan a través de los medios de comunicación.

Los bienes a preservar incompatibles

Hay un virus circulando entre la gente y a todos nos interesa, por los efectos que causa sobre la salud, limitar al máximo esa circulación o evitarla por completo. Se transmite cuando las personas interaccionan unas con otras en contextos sociales o familiares: reuniones familiares, centros de trabajo, asistencia a clase en centros docentes, celebraciones diversas (sociales, religiosas, etc.), actividades en coincidencia con otras personas (compras en tiendas y supermercados), transporte colectivo, ocio social (bares, espectáculos, etc.), actos culturales, etc. Por lo tanto, si se trata de reducir la transmisión del virus, la estrategia más efectiva es limitar al máximo las circunstancias que la propician y, por lo tanto, las actividades reseñadas.

Hay, no obstante, actividades esenciales. Hay que producir, distribuir y adquirir alimentos, por ejemplo. Por lo tanto, hay que mantenerlas. También hay que transportar gente en medios colectivos. La actividad económica, en su conjunto, debe mantenerse a medio y largo plazo, de lo contrario la sociedad colapsaría por falta de recursos. Y así podría seguir, con otras cosas (de estas cosas me ocupé aquí). De lo que se trata es de que al desempeñar esas actividades se tomen medidas que eviten, en la medida de lo posible, el contagio; o sea, hay que maximizar la distancia física o las barreras (mascarillas, mamparas, etc.) entre las personas que interactúan. Es lo que se hace en las tiendas, los autobuses, los centros de trabajo, las salas de conciertos, etc.

Pero hay situaciones en las que eso no es tan fácil. Se han producido brotes graves entre trabajadores temporeros (de ahí proceden una parte importante de los brotes en Lleida y Aragón) y eso es algo que debe tratar de evitarse adoptando las medidas oportunas. Pero en mi entorno geográfico próximo (Comunidad Autónoma Vasca) y creo que en buena parte de las comunidades españolas, son las actividades de ocio nocturno y las reuniones y celebraciones familiares lo que, al parecer, está provocando la mayor parte de los contagios. Es verano, la gente se desplaza a lugares de ocio, a visitar a sus familiares o a quedar con los amigos. Hace buen tiempo, se sale a tomar unas cañas, las cuadrillas ocupan las terrazas, los estudiantes celebran el final del curso (selectividad incluida), los jóvenes (y no tan jóvenes) salen de noche a tomar una copa (ya que no hay que madrugar), se celebran fiestas en muchos pueblos (aunque oficialmente se hayan suspendido). Suma y sigue. Pues bien, en esas circunstancias es muy difícil mantener las distancias y llevar (bien puesta) la mascarilla durante parte importante del tiempo. Lo vemos en nuestras calles y terrazas.

La otra situación en la que es difícil mantener medidas de distancia o aislamiento es la asistencia a clase, sobre todo por parte de los más pequeños. En niveles universitarios, bachillerato e, incluso, enseñanza secundaria obligatoria, se puede mantener un cierto grado de distanciamiento reduciendo aforos y recurriendo a aprendizaje (en parte) presencial y (en parte) telemático. Pero en primaria e infantil, eso no es posible.

Por lo tanto, de no aplicarse medidas adicionales, en septiembre nos encontraremos con dos focos importantes de contagios. Estarán, por un lado, las actividades de ocio social y familiar, y las escolares, por el otro. Las primeras ya vienen echando leña al fuego desde comienzo de julio y nos han conducido a una situación muy problemática: España presenta el nivel más alto de contagios en Europa hoy y la CAV no le va a la zaga.

En un mundo ideal (haciendo millones de pruebas de ARN viral cada semana en España) sería quizás posible contener una pandemia aunque el ocio y la escuela fuesen fuentes de contagio intensas. Pero en la realidad eso no es posible. Debe aceptarse un cierto nivel de contagios, porque anularlos completamente no es posible, y para hacer frente a las consecuencias de esos contagios se necesita un buen dispositivo de rastreo de contactos. Pero no podemos aceptar contagios en todas las esferas en que es difícil mantener las distancias o el aislamiento. Debemos aceptar contagios (los menos posibles) en determinadas actividades productivas (ya citadas antes) y en los centros docentes, porque esas actividades y la formación de chicos y chicas son esenciales.

Una sociedad no puede funcionar sin mantener sus actividades productivas en un cierto nivel. Una sociedad no se puede permitir el lujo de que sus chicos y chicas no se formen o lo hagan de mala manera durante varios cursos académicos. La herencia que les quedaría sería ruinosa, y no me refiero solo a la vertiente económica.

Pero una sociedad sí se puede permitir limitar al máximo las actividades puramente de ocio o lúdicas. Aunque no nos guste, aunque esas actividades formen parte de nuestras vidas, de nuestra cultura. Como decía en el artículo anterior, es cuestión de prioridades.

Y por esa razón nos encontramos frente a una disyuntiva entre la actividad hostelera (lúdica, principalmente) y la enseñanza. No podemos suprimir actividades económicas esenciales; el transporte público es insustituible; no debemos limitar aquellas que se practican minimizando el riesgo (compras en tiendas, representaciones teatrales u otras); y no es posible monitorizar la vida de familias y cuadrillas, ni reglamentar la forma en que se relacionen. Por lo tanto, las únicas actividades que son fuente de contagio y sobre las que se puede actuar, limitándolas parcial o completamente, son aquellas en las que no es posible minimizar el riesgo. Esas actividades son las educativas y las hosteleras. Si se permiten ambas sin restricciones, será muy difícil controlar la extensión de la pandemia.

Por lo tanto, y si pensamos que la formación de las generaciones jóvenes tiene carácter prioritario, la conclusión es clara: hay dos bienes que no pueden ser preservados simultáneamente. Es cuestión de prioridades.

Han de abrirse las escuelas, aunque haya que cerrar los bares

Dentro de un mes empezará el nuevo curso. Abrirán escuelas, colegios, ikastolas, institutos y universidades. Salvo que las cosas se compliquen de mala manera en las semanas que faltan, abrirán, sí; no parece haber demasiadas dudas al respecto. Lo que sí suscita dudas es si se podrán mantener abiertas o habrá que volver a cerrarlas o, según algunos, cuánto tardarán en tener que cerrarse de nuevo.

Para tomar decisiones bien fundadas hace falta conocimiento fiable. Llamo fiable al conocimiento basado en pruebas. Pero hay muy pocos estudios acerca del comportamiento del SARS-CoV2 en las interacciones entre niños y niñas de corta edad. Sabemos que a ellos les afecta menos que a los adultos. Enferman en proporción muy inferior. El problema es que aunque puedan ser menos vulnerables a los efectos del virus, sí son vectores de transmisión, por lo que una escuela puede ser el enclave en el que entran en contacto estudiantes de diferentes hogares, barrios y localidades, ayudando de esa forma a expandir el virus por toda una región. Como, además, en los más pequeños es más fácil que el contagio pase desapercibido, pueden ser transmisores durante mucho tiempo antes de ser detectados.

No obstante lo anterior, y tal y como recoge The Economist, hay indicios de que los más pequeños contagian menos que los mayores. En Suecia, el personal de guarderías y escuelas de primaria que no se cerraron durante los peores meses de la pandemia no se contagió en mayor medida que el de otras actividades. Un estudio en Alemania ha mostrado que de 1 500 estudiantes y 500 docentes que volvieron a clase en mayo, solo el 0,6% presentaba anticuerpos contra el virus, menos de la mitad del conjunto de la población. Conclusiones similares ha arrojado un estudio realizado con 15 centros escolares australianos durante la primera ola de la pandemia; los resultados, publicados este mismo lunes indican, según sus autores, que los escolares no contribuyeron de forma significativa a la transmisión del virus en la población.

Por el contrario, cuando a finales de mayo, el gobierno de Israel, tras un control muy exitoso de la pandemia, decidió reabrir el país, escuelas incluidas, un brote en un centro de secundaria provocó el contagio de 180 (estudiantes y personal). Y a partir de ahí, se extendió a otros centros, familias y barrios. La consecuencia que han extraído las autoridades israelíes y los especialistas, es que la reapertura se produjo de forma precipitada y sin garantizar que se cumplieran las condiciones necesarias de aislamiento y distancia entre personas. Además, a causa de una ola de calor se levantó la obligación de usar mascarillas.

Tras la experiencia de ese primer brote, las autoridades decidieron cerrar todos los colegios en los que se detectó al menos un contagio, de manera que se han acabado cerrando 240 centros de enseñanza y 22 520 estudiantes y docentes han tenido que someterse a cuarentena. Al terminar el curso a finales de junio, casi 1 000 estudiantes y docentes dieron positivo en las pruebas de ARN viral que se les practicaron.

Para muchos, el caso de las escuelas israelíes muestra bien a las claras los riesgos de abrir los centros docentes en septiembre, pero otros se oponen a esa conclusión porque estiman que el problema no fue la rápida apertura de las escuelas, sino la del país en su conjunto y la despreocupación por parte de la población, al dar por superada la crisis pandémica.

De cara al curso próximo, los israelíes se proponen reducir el tamaño de los grupos (10 a 15 estudiantes) y dotarles de funcionamiento autónomo y separado de los demás grupos, mantener metro y medio de distancia entre cada estudiante, obligar al uso de la mascarilla, y mantener las instalaciones ventiladas. De ninguna forma consideran la posibilidad de no abrir las escuelas tras el verano.

Las razones para abrir son muy poderosas. De no volver a las aulas, los estudiantes aprenderían menos y perderían los hábitos de estudio. Y las consecuencias serían mucho peores para los niños y niñas de familias en peor situación económica, pues es menos probable que sus padres cuenten con formación superior y dispongan de conexión a internet de calidad. Los estudiantes de familias pobres tienen, además, peores condiciones para estudiar y, en algunos casos, mayores dificultades para que sus progenitores puedan atenderlos y atenderlos bien. Creo que nadie duda de lo importante que es que las escuelas abran de nuevo en septiembre.

La cuestión, no obstante, es si se abrirán para tener que volver a cerrarse enseguida, como ocurrió en Israel. Y al respecto, de lo que se trata es de poner los medios, tanto materiales, como de organización que hagan posible la apertura bajo condiciones de una cierta seguridad, siendo muy conscientes de que el riesgo 0 no existe.

Cuando hace unos meses, escribí acerca de la necesidad de planificar el próximo curso sabiendo que las clases no se podrían impartir de forma normal, ya adelanté algunas ideas. Me centré, sobre todo, en la subdivisión de los grupos en subgrupos menores, de forma que se pudiera reducir el aforo de las aulas a la mitad o a un tercio de su capacidad normal. Sigo pensando que eso es necesario, incluso si conlleva que una parte de la actividad docente y, sobre todo, discente, se realiza en y desde casa. Y por esa razón, sigo pensando también que, para chicos y chicas de enseñanza secundaria, bachillerato y universidad, sería de desear que el aprendizaje se base, en gran parte, en el trabajo personal guiado, así como el aprovechamiento de los recursos de calidad disponibles en internet.

Pero además de esos recursos, los países que han abierto sus centros de enseñanza tras la primera ola de la pandemia han optado también por aplicar medidas que tienden a minimizar los riesgos. Y las medidas son de muy diferente carácter.

En esos países, al personal más vulnerable se le mantiene en casa, desempeñando funciones de apoyo a través de internet u otras tareas. En ese sentido, y en función de otras medidas, como sería la incorporación de profesorado joven, a los más mayores podría ofrecérseles la posibilidad de retiros anticipados o retiros parciales con trabajo desde el hogar. Las fórmulas pueden ser variadas. Hay que asumir que, se haga lo que se haga, el coste de la adaptación será enorme, por lo que esa medidas tendrían costes ínfimos, a la vez que reportarían claros beneficios.

En coincidencia con mis propuestas del pasado 25 de abril, esos países también han reducido el tamaño de los grupos docentes, aún a costa de limitar la docencia presencial. Han escalonado los horarios para evitar aglomeraciones en los pasillos. Y exigen el uso de mascarillas.

Y, muy importante, han impulsado las pruebas de ARN viral y trazado de contagios en las mismas escuelas. Este punto es fundamental y exige un gran esfuerzo por parte de las autoridades educativas y sanitarias, pero en un correcto seguimiento de los contagios en los centros escolares puede estar la clave para propiciar un desarrollo mínimamente normal del próximo curso.

En todo caso, con carácter general, los esfuerzos para detectar contagios, trazar sus contactos y aislar a las personas contagiadas deben seguir aumentando. De acuerdo con un estudio que se acaba de publicar en The Lancet, en el Reino Unido podría evitarse un rebrote epidémico (2ª ola) al reabrir las escuelas en septiembre si se consigue practicar las pruebas a un porcentaje entre el 59% y el 87% de los contagiados con síntomas y se rastrea y aísla de forma efectiva a los contactos de esas personas. Si se consigue identificar y aislar al 68% de los contactos, sería necesario hacer las pruebas al 75% de los contagiados con síntomas, pero si solo se consigue aislar al 40% de los contactos, para evitar la segunda ola sería necesario hacer pruebas al 87% de los contagiados con síntomas. Este estudio ilustra bien a las claras la importancia tanto de identificar (mediante pruebas de ARN) a los contagiados, como de aislar a la mayor cantidad posible de sus contactos.

Durante las últimas semanas hemos asistido a una subida constante y acelerada de los contagios en varias comunidades autónomas españolas. Aragón es la comunidad con más prevalencia, pero Cataluña, Madrid, Navarra y la CAV también presentan cifras muy altas. Estas zonas, que se localizan en un área geográfica relativamente bien definida –el noreste peninsular, si exceptuamos a Madrid-, son las que presentan una mayor incidencia de la Covid19 en Europa en este momento. Corresponde a las autoridades adoptar las medidas que permitan contener la expansión de la pandemia y el desarrollo explosivo de una segunda ola en España. Y para eso hacen falta más pruebas, muchas más. De no elevarse el número de pruebas PCRs y subsiguiente trazado y aislamiento de los contactos, la pandemia no se podrá contener y la vuelta a las aulas en septiembre será impensable.

La revista Nature ha publicado hoy un reportaje con las opiniones de un escogido grupo de epidemiólogos y un análisis de los modelos con los que trabajan. Sus conclusiones no son nada complacientes. Todo hace pensar que tendremos coronavirus para unos años. Solo bajo los mejores supuestos podemos aspirar a recuperar hábitos y formas de vida como los que teníamos antes de este año. En otras palabras, y como ya señalé en su día: aunque nos hayamos aburrido de él, al virus seguimos interesándole.

Es impensable que se produzcan confinamientos masivos de la población como durante la primavera de este año; es impensable que mantengamos los centros escolares cerrados o bajo mínimos durante varios cursos académicos; y es impensable también que se vuelva a someter al sistema sanitario y a su personal al estrés al que se le sometió durante la primavera.

Por todo ello, es imperativo tomar las medidas necesarias para contener la expansión de la pandemia y evitar el colapso social. Ya me he referido a la importancia de las pruebas de ARN viral, pero no deberían descartarse otras medidas. En el Reino Unido las autoridades ya han advertido de que, llegado el caso, las escuelas tienen prioridad frente a los pubs. Esa advertencia puede considerarse anecdótica, pero encierra un profundo significado, porque quizás ha llegado el momento de cambiar la forma de abordar el problema y plantear abiertamente que hay bienes a preservar incompatibles entre sí y que hay que priorizar los que verdaderamente importan. Solo se trata de tener claro cuáles son.

Adenda 1 (6 de agosto): Un amigo me ha pasado un artículo pubicado el 29 de julio en la revista New England Journal of Medicine. El título, Reopening the Primary Schools during the Pandemic, expresa bien a las claras el tema que aborda. Resumiendo, sus autores, argumentan de forma muy convincente a favor de abrir las escuelas, por razones de variada índole, pero teniendo en cuenta, ante todo, los intereses de los niños y niñas afectados por la situación. Ahora bien, también señalan que para poder abrirlas, no debe haber transmisión comunitaria del virus en las áreas en que se encuentren, por lo que proponen que se tomen ya medidas de eficacia probada para reducir la transmisión al mínimo. Opinan que en los EEUU está a tiempo de conseguirlo. Si trasladamos la misma lógica a nuestro contexto, es muy probable que, de no tomarse medidas adicionales, dentro de un mes no se den las condiciones que permitan la apertura de los centros docentes. A partir de ahora, los eslabones más débiles de la cadena social son los sistemas de salud y educativo; las cadenas se rompen por sus puntos más débiles.

Adenda 2 (7 de agosto): Mi compañera de la Facultad de Ciencias Económicas de la UPV/EHU, Vicky Ateca, me ha indicado a través de un tuit que la Royal Society elabora un informe sobre esta misma cuestión. Sus conclusiones no difieren de las comentadas en el texto y la adenda 1. Se puede consultar aquí.

Grotesco

Cuenta Rutger Bregman, en Humankind, que lo que Hitler esperaba del bombardeo de Londres por la aviación alemana era sembrar el caos. Generar desorden social. Provocar protestas. Socavar de ese modo la confianza de los londinenses en sus autoridades. Y convertir la metrópoli en un sálvese quien pueda. Pensaba que así desmoralizaría a los británicos y les haría perder la confianza en sí mismos. No funcionó. Las gentes de Londres respondieron con un elevado sentido cívico; en ningún momento se produjeron desórdenes, ni reinó el caos. Lo curioso es que, más tarde, los británicos cometieron el mismo error. Aconsejado por sus militares, Churchill ordenó bombardeos masivos sobre objetivos civiles. Los de Dresde han pasado a la historia por su dureza. Tampoco lograron su objetivo.

Esos y otros casos en circunstancias muy diversas son, según Bregman, ejemplos de la respuesta comunitaria que se produce ante situaciones de crisis general.

Aunque hubo excepciones –siempre las hay-, también nuestros conciudadanos respondieron con civismo a la orden de confinamiento en los hogares. Los contagios y de fallecimientos bajaron rápidamente, hasta cifras inferiores a las de casi todos los demás países de nuestro entorno.

Dos meses después del final del confinamiento y uno del levantamiento de la mayor parte de las restricciones, no podemos decir lo mismo. Es imposible estimar en qué medida ocurre, pero una parte de la ciudadanía no está respondiendo como lo hizo entonces. O bien no es consciente de la gravedad de la situación o, si lo es, entiende que resolverlo es cosa de los demás.

No soy optimista con la pandemia. Sospecho que, antes o después, la mayoría de quienes sean (seamos) susceptibles se (nos) acabarán (acabaremos) contagiando(nos) de Covid19. Me gustaría que esto fuese una predicción errada, pero me da la impresión de que nuestra relación con el Sars-Cov2 se acabará pareciendo a la que tenemos con los virus de la gripe, solo que con una letalidad más alta por unos años. Ojalá me equivoque.

No obstante, y a pesar de ese escepticismo, estoy convencido de la necesidad de cumplir las normas de higiene, distancia entre personas, uso de mascarillas y moderación en las efusiones propias del ocio. Porque, cumpliéndolas en su conjunto, el virus se expandirá a menor velocidad, de manera que el número de afectados crecerá más lentamente, los hospitales no se saturarán, el personal sanitario hará su trabajo en las debidas condiciones, dará más tiempo para disponer de mejores tratamientos y, con suerte, también para contar con algunas vacunas más o menos efectivas. Además, si no hay riesgo de que el sistema sanitario se tensione en exceso, las restricciones a la movilidad y la actividad que se implanten no serán tan frecuentes ni tan severas como lo fueron en los meses de marzo y abril. Y es, precisamente, mi miedo a que vuelvan las hospitalizaciones masivas, las muertes y las restricciones duras, lo que me lleva a desear que la gente cumpla las normas. Incluso aunque alguna de ellas sea de efectividad dudosa.

El virus sigue estando interesado en nosotros; por eso, los brotes de Covid19 se multiplican. Algunos tienen su origen en actividades laborales en las que se dan las condiciones propicias para que haya contagios. Es el caso de los temporeros o el de los mataderos. Un tercio de los contagios se han producido en esas circunstancias. También los hay fortuitos, debidos al simple hecho de que el virus no había desaparecido y, si bien, entre muy pocas personas, seguía circulando en la población.

Pero muchos otros brotes están vinculados al ocio, en especial a festejos a los que acuden muchos jóvenes. Al parecer un tercio de los contagios tienen su origen en esos festejos. Hay en los comportamientos que los propician rasgos adolescentes, propios de esa etapa vital. Pero el incumplimiento de las medidas preventivas no se limita a la adolescencia; se produce en todas las edades. No hay más que pasear por las calles, sobre todo las de bares y terrazas, para comprobarlo.

Quienes no respetan las normas, sean de la edad que sean, y salvo que tengan una justificación –que también los hay- no parecen estar dispuestos a hacer un esfuerzo del que quizás crean que no van a obtener ningún beneficio. Quizás se consideran invulnerables; o a lo mejor creen que, si las cosas se complican, a ellos no les va a tocar, porque para cuando percibiesen ese riesgo como real, tomarían las medidas adecuadas. Creo que no son conscientes del riesgo al que se exponen y exponen a los demás. Su actitud es una suprema falta de respeto.

Con independencia, incluso, de la efectividad de la medida, el uso (sí o no) de la mascarilla y la forma (correcta o incorrecta) en que se usa, se ha convertido para mí en el termómetro del cumplimiento de las normas. Puede parecer trivial no usarla, llevarla por debajo de la nariz o en la barbilla. A mí no me lo parece y, de hecho, me resultan grotescas esas actitudes. Me producen, incluso, repulsión física y, desde luego, estética. Por eso las califico de ese modo.

Si todo el problema consistiese en usar o no mascarilla, no me preocuparía. El problema es que esos comportamientos dan cuenta de una despreocupación más general. Transmiten, además, un mensaje peligroso, el de que se puede hacer prácticamente cualquier cosa (como, de hecho, se hace) y, por lo tanto, que se pueden incumplir las normas. Y de esa impúdica (en sentido estético y ético) exhibición, quienes asisten a locales de ocio nocturno, a bares atestados, a terrazas abarrotadas, a celebraciones familiares masivas o a grandes fiestas extraen la conclusión, quizás no del todo consciente pero sí acertada, de que las normas no se dictan para ser cumplidas.

Claro que en esta historia -que ya es trágica, no se olvide- no toda la responsabilidad es individual. Como apunté ya hace unos meses, la vuelta a una vida más o menos normal exigía que en diferentes niveles se ejerciesen y asumiesen las responsabilidades que corresponden a cada nivel. Las autoridades sanitarias apelan, con razón, a la responsabilidad personal. Pero hay otras. Esas mismas autoridades han tenido varios meses para organizar y adiestrar suficientes equipos de rastreo de contagios. Pero ahora los recursos con los que cuentan parecen mostrarse insuficientes.

Y qué decir de la intervención de agentes de la autoridad para recordar que ciertas actitudes son inaceptables porque ponen en peligro el bienestar, la salud y la vida de tantos. Se han permitido festejos en la calle a altas horas de la noche. En el interior de muchos establecimientos no se cumplen las normas de aforo y de uso de mascarilla. Chicos y chicas se reúnan en grandes cuadrillas sin guardar ninguna precaución. En algunos casos se les ha recordado que eso es muy peligroso; pero en la mayoría, no.

Nada de lo anterior obedece a una lógica, salvo la que dicta la indolencia. Cuando las autoridades tienen claro que ciertas normas se aprueban para ser cumplidas, ponen los medios para ello. A cualquiera que se le “olvide” pagar algún impuesto le sería recordado con carácter inmediato. Pero otras vulneraciones de la normativa no se persiguen. Quiero creer que esto ocurre en unos sitios y no en otros, y que las cosas no son en todas partes como las percibo en mi entorno inmediato.

A lo mejor es que en el fondo pocos nos creemos que la situación puede devolvernos a momentos ya superados. Quizás algunas autoridades piensen que con cierres parciales, limitaciones de movimientos y medidas similares puede controlarse la magnitud y velocidad de propagación de los nuevos brotes. En el peor de los casos quizás ya han asumido que volverán las hospitalizaciones y los muertos, pero que los hospitales esta vez podrán atenderlos sin la presión y la angustia de los meses de marzo y abril.

Por cierto, en septiembre reabrirán las escuelas, los centros de secundaria y la universidad.

No dejo de pensar que, por sus dimensiones, el contraste entre la (pequeña) magnitud del esfuerzo y coste necesarios para contener el avance de la pandemia ahora y la (enorme, quizás inasumible) magnitud del desastre que puede llegar a ocurrir es grotesco. Mucho más incluso que la visión obscena de la mascarilla en la papada. Esa imagen es, de hecho, epítome de la insumisión ante las normas o de la irresponsabilidad; a los efectos, lo mismo da.

Una pandemia tiene -como otros fenómenos en los que intervienen, interactuando, multitud de elementos- propiedades emergentes; son características que trascienden el nivel individual y que no tienen por qué ser predecibles por cada sujeto que interactúa; a veces tampoco por quienes los estudian. Pero lo cierto es que en virtud de esa condición, quien no ve venir el problema porque su actitud no tiene consecuencias inmediatas sobre él, lo acabará viendo antes o después, quizás demasiado tarde.

El bien aparente (la comodidad o el disfrute) de unos cuantos puede acabar poniendo en grave peligro las vidas de muchos y el bienestar de la mayoría. Es otro ejemplo magnífico, aunque triste, de la “tragedia de los bienes comunes”, porque lo que está en juego es la salud pública, un enorme bien común. Y las consecuencias de ponerlo en grave riesgo serían, potencialmente, dramáticas para todos.

Esas pequeñas cosas

Volver tras el confinamiento a las calles, sobre todo a las de Bilbao, fue una experiencia extraña. No recordábamos haber pasado nunca tanto tiempo sin pisarlas. Además, otras veces, cuando volvíamos de algún viaje largo, no esperábamos encontrar nada cambiado. Esta vuelta era diferente. Temíamos que ciertas cosas hubiesen cambiado. Y así fue, de hecho. Unas cuantas –no pocas- tiendas habían cerrado; no fueron capaces de resistir el cierre de tres meses y el retraimiento posterior de la clientela.

El constatar, en forma de cierres de comercios, los efectos del confinamiento y el cese de actividad justificó mi preocupación. Las consecuencias más graves e inmediatas fueron las muertes que causó; pero a esas había que añadir las económicas que ha dejado –y dejará- la inactividad. Pensaba –y sigo pensando- que no calibramos el alcance de esas consecuencias, pero que serán muy severas, también, en última instancia, en términos de salud.

Al comienzo del confinamiento no fueron pocos los pronunciamientos que leí a favor de un futuro diferente y –supuestamente- mejor. Muchos quisieron imaginar que la sociedad del futuro se construiría sobre bases nuevas. De la pandemia íbamos a salir –decían- mejores. La sociedad iba a ser más justa; tendríamos un mayor respeto por el medio ambiente; acabaríamos con las desigualdades. O, al menos, nunca antes se nos había ofrecido una oportunidad mejor para esas bendiciones. Ni que decir tiene que las expresiones manifestaban deseos, más que previsiones realistas sobre lo que el futuro nos depararía. Al fin y al cabo, es gratis imaginar y decir que el mundo se acomodará a la imagen de la utopía con la que soñamos.

Desde muy pronto pensé que nos costaría recuperar la normalidad y me lamenté por ello. Algunos me reprocharon que desease volver al pasado. “Volver a la normalidad conocida no merece la pena”, me decían. La pérdida de la sociedad que dejábamos atrás no debía ser, al parecer, motivo de preocupación y, menos aún, de angustia. Debería alegrarnos, porque se daban las condiciones para construir algo mucho mejor. Quienes expresaban esas ideas (cada vez son menos, ya apenas se leen esas cosas) parecen pensar, contra toda evidencia, que la sociedad que conocemos, la nuestra, no es, en gran parte al menos, la obra colectiva de la humanidad, de las aspiraciones, deseos, miserias, intereses, limitaciones, de todos y cada uno de nosotros y de quienes nos antecedieron.

Y así, en medio de diatribas y de futuros deseados, me dio por pensar en cómo quería que fuese la sociedad que nos dejaría el virus.

Me preocupaba, ante todo, lo mal que lo iban a pasar –que lo pasarán- los que peor viven. Las crisis castigan con especial dureza a quienes menos tienen. Por eso, debemos protegerlos, procurarles, al menos, unas condiciones de vida dignas. Soy consciente de que no es fácil expresar con palabras en qué consisten esas condiciones. No es fácil delimitar la noción de “condiciones de vida dignas”; quizás porque es algo que no se puede medir; siempre va a haber una componente arbitraria al intentarlo. Pero también creo que si preguntásemos a mucha gente si le parecen dignas las condiciones de vida de personas en distintas situaciones, seríamos capaces de delimitar el ámbito de lo que consideramos digno. Yo lo cifro en unas pocas condiciones vitales que tienen que ver con la alimentación, un mínimo confort, seguridad física, entorno salubre, acceso a servicios básicos de sanidad, de educación y de cultura. A la vista de lo que nuestra sociedad ha destinado a cumplir otros objetivos, el coste de garantizar esas condiciones para todos no sería prohibitivo.

En lo que se refiere a asuntos más estrictamente personales, durante estos meses he sido muy consciente de las cosas de las que puedo prescindir sin que, por ello, mi vida pierda un ápice de interés o de atractivo. En realidad, ya lo sabía, pero el confinamiento me lo ha confirmado.

Hay cosas, sin embargo, de las que, de ninguna forma quiero prescindir. Son esas que hacen de la vida una experiencia plena. Cada uno de nosotros tenemos las nuestras.

Quiero poder seguir bajando a los dos o tres bares del barrio –nuestras local taverns-, sentarnos en la terraza, en días apacibles, o refugiarnos en su interior, cuando llega el mal tiempo; tomar un vino o, si toca, un vermú con un pincho. Y ver pasar la vida.

Me gusta comer buena comida, aunque no me gustan los restaurantes muy caros; no disfruto. No le saco todo su jugo a la cocina muy elaborada. Además, detesto el lujo. Soy de recetas y platos tradicionales, ya los tome en los restaurantes que me gustan, ya los prepare en casa. Siendo estudiante de primeros cursos en la universidad trabajé de pinche en un buen restaurante de Algorta y aprendí las técnicas básicas; más tarde mi madre fue mi maestra, y los libros. Me gusta cocinar; me relaja.

Nos gusta viajar a un paraje natural en Asturias y pasear a la vera de un río salmonero. Es otra experiencia relajante. Son días de andar, descansar, leer y comer. Y también de ver la vida pasar.

Me gusta la música. Hubo un tiempo en que íbamos a la ópera y a conciertos de estilos variados. Ahora nos conformamos con la música por internet, pero me gustaría recuperar la experiencia del espectáculo musical en directo.

Y sobre todo, me gustan los libros. No solo para leerlos; también quiero tenerlos, poder hojearlos de vez en cuando, contemplarlos en las estanterías. Me gusta estar rodeado de libros; de hecho vivimos rodeados de ellos, por miles.

Eso es lo que no quiero perder. Todas esas cosas y esas experiencias definen lo que soy (lo que somos), configuran el mundo en que nuestra vida, con la compañía imprescindible de la familia y amigos, adquiere sentido.

Hace unos días un amigo con el que compartía estas ideas me dijo: todo eso es la cultura. Así es. Los paseos a la vera del río asturiano o hasta la playa de Ereaga, los atardeceres en la terraza del bar de abajo, la comida, ciertos restaurantes, algunos temas musicales, los libros, los libros, los libros, es lo que, más allá de los quehaceres obligados, hace de la vida, como decía antes, una experiencia plena.

Por eso, cuando acabó el confinamiento quería, sobre todo, que nada de eso, tal y como lo he conocido, me faltase. No deseaba otra cosa en lo que a mí se refería. Nada de nuevas normalidades. Nada de mundos felices, sin problemas. Nada de utopías, ambientales, políticas, sociales, o del tipo que sean. En cuanto tuvimos ocasión, bajamos a las terrazas del barrio, visitamos nuestras librerías, compramos libros y fuimos a los dos o tres restaurantes donde nos encontramos más a gusto. No tardamos en acercamos al río asturiano y paseamos, bien acompañados, por su ribera; fuimos a comer en nuestros restaurantes preferidos; y a tomar el vermú en el bar en la plaza del pueblo que nunca dejamos de visitar.

Lo que somos, lo que seremos, el lugar que ocupamos en el mundo; eso que da sentido a la vida, lo construimos nosotros en realidad. Lo hacemos con decisiones sencillas: salir de paseo, comprar un libro, escuchar una canción, quedar con un amigo, comer aquí o allí; preparar este plato. Hay personas que viven y se ganan su vida, en parte, gracias a esas decisiones. De ellas depende que esas personas puedan seguir viviendo haciendo lo que hacen: cocinando, sirviendo un vermú, escribiendo un libro o publicándolo, atendiendo un hotel. Una vez satisfechas las necesidades básicas, esas que delimitan un vida humana digna de tal nombre, son nuestras decisiones las que construyen un mundo a nuestra medida; ese al que pertenecemos y en el que, con algo de suerte, podemos llegar a disfrutar de un pedazo de felicidad.

Por eso, en tiempos de zozobra, y cuando todavía no sabemos qué será de nosotros y de todas esas cosas, esos pequeños abalorios me han dado que pensar, no tanto como el riesgo de enfermar de mis seres queridos, pero mucho más de lo que hubiera podido imaginar. Quiero seguir viviendo en mi mundo; no es un mundo feliz, no es idílico, no es Utopía. Es el que hemos ido construyendo nosotros, año tras año, durante toda una vida.

Al SARS-Cov2 no has dejado de interesarle

Covid19 sigue su progresión en el mundo. En este momento, la rápida expansión en América es responsable de gran parte de esa progresión. Y lo que pueda ocurrir en África sigue siendo una incógnita. Por otra parte, según una investigación realizada en el MIT cuyas conclusiones han sido recogidas por el semanario británico The Economist, por cada caso registrado de Covid19, doce no se registran, y por cada dos fallecimientos a causa de los daños provocados por el SARS-Cov2, un tercero es atribuido erróneamente a otras causas. Salvo que se produzca alguna innovación médica trascendental, dentro de un año el número de casos habrá ascendido a entre 200 y 600 millones. No conviene hacer predicciones a más largo plazo porque es posible, aunque no sea seguro, que para la próxima primavera ya exista alguna vacuna efectiva.

Por otra parte, a día de hoy ya hay más de medio millón de muertes confirmadas en el mundo a causa del nuevo coronavirus, aunque la cifra real estará, seguramente, más cerca del millón. Y se estima que para la próxima primavera entre 1,4 y 3,7 millones de personas habrán fallecido, lo que implica que el número de muertes ocasionadas por infecciones del sistema respiratorio se duplicará en comparación con las que venían siendo habituales. Dado que en el mundo mueren cada año alrededor de 56 millones de personas, la Covid19 va a contribuir de una manera muy significativa a la cifra total de muertes en el mundo durante los años 2020 y 2021, al menos.

A las cifras anteriores habría que añadir los fallecimientos que se produzcan debido a los efectos colaterales, ese alto precio que la humanidad en su conjunto acabará pagando como consecuencia de los efectos sobre la economía y la salud a causa de las medidas implantadas para hacer frente a la pandemia (a algunos de esos efectos me referí aquí). Y a pesar de todo, transcurridos esos dos años, y salvo que se cuente con una vacuna efectiva, un 90% de la población mundial seguirá siendo potencialmente vulnerable a la infección, o más, incluso, si la inmunidad adquirida resulta ser transitoria.

No son pocos los que hablan de la pandemia en pasado. Otros, sin llegar a tanto, sostienen que lo peor ha pasado ya, porque aunque no cabe hablar aún de inmunidad de grupo, sí cabría pensar que los casos que se registran ahora son más benignos, quizás por contar con cierto nivel de inmunidad no detectable en forma de anticuerpos. En mi opinión son tantas las incógnitas en relación con las características del SARS-Cov2, con su caótica forma de propagación -como chispas que a veces prenden y a veces no (como conté aquí)-, que no es posible hacer predicciones fiables. Mucho de lo que se dice no dejan de ser especulaciones, en algunos casos teñidas de indudable wishful thinking y en otros, de lo contrario, de un insano espíritu agorero».

Lo cierto es que una mirada a nuestro alrededor nos muestra que el SARS-Cov2 no ha detenido su expansión, ni parece tener visos de hacerlo pronto. Cada pocos días surgen brotes. Afortunadamente, hasta ahora, están siendo controlados mediante trazado y aislamiento de contagiados o, en los casos más preocupantes, mediante confinamientos locales. Nos encontramos en la situación que anticipaba a mediados del pasado mes de abril, un mes después del comienzo del confinamiento. Esto es lo que escribí entonces:

Viviremos, por lo tanto, en el filo de la navaja durante meses, con fluctuaciones en las cifras de contagios, hospitalizaciones y fallecimientos. Las autoridades deberán observar con atención el curso de la pandemia; necesitarán datos fiables de personas contagiadas en cada momento y de quienes ya han pasado la enfermedad. Deberán reforzar los servicios de salud y los suministros de material sanitario y de protección. También necesitarán sistemas para trazar los contagios. Y en función de lo que vaya ocurriendo, ajustarán la severidad de las medidas de distanciamiento social y control de movilidad.

Vemos que en unos países y otros se producen brotes que obligan a implantar esas medidas: Guetersloh, Pekín, Lisboa, Lleida, Mariña lucense o Melbourne son ejemplos de localidades o zonas confinadas para prevenir limitaciones de mayor extensión. En Euskadi, un brote en Ordizia ha disparado la alarma y se han realizado centenares de pruebas de ARN viral a quienes han pasado por una zona de bares en días pasados.

La recuperación de la actividad conlleva recuperar también la movilidad y las relaciones sociales. Y no es posible eliminar completamente la posibilidad de contagios. Por un lado, dado el crecimiento de la pandemia en otros países, no dejaremos de importar casos (de la misma forma que los hemos exportado y exportaremos). Y por otro lado, aunque mucha gente ha adquirido hábitos y normas de conducta protectora, bastantes muestran una gran despreocupación, cuya manifestación más extrema son las aglomeraciones que se han producido en algunas localidades con ocasión de sus fiestas patronales «extraoficiales». Cabría hablar de “preocupante despreocupación”.

Uno tiende a pensar que todos procuramos preservar nuestra salud y la de los seres queridos y allegados. Me parece que es lo lógico; pero constato que no todo el mundo entiende esa preocupación del mismo modo. Para mucha gente, no parece haber relación entre los comportamientos sociales y la transmisión del virus. O quizás es que piensan que a ellos no les va a tocar, sin ser conscientes de que su comportamiento tiene consecuencias que van más allá de lo estrictamente personal. La pandemia tiene, como otros fenómenos en los que interactúan múltiples elementos, propiedades emergentes. Parece que bastantes individuos no alcanzan a calibrar los efectos epidémicos de su comportamiento en lo que a esas propiedades se refiere.

Los brotes, por tanto, se seguirán produciendo. Esta misma semana, el semanario británico The Economist expresaba de esta forma la situación en que nos encontramos:

Covid-19 está aquí para una temporada al menos. Los vulnerables tendrán miedo de salir y la innovación se ralentizará, lo que generará una economía al 90% que sistemáticamente se queda sin alcanzar todo su potencial. Mucha gente caerá enferma y algunos morirán. Es posible que la pandemia deje de interesarte. A ella no dejarás de interesarle tú.

El coronavirus no desaparecerá por arte de birlibirloque. Quizás no acabe, entre nosotros, con tantas vidas como hasta ahora pero, si se le deja, no dejará de transmitirse ni de causar muertes. Las consecuencias de todo orden –sanitarias, demográficas, económicas y sociales- son potencialmente devastadoras. Quizás te hayas cansado de la pandemia; es posible, pero aunque así sea, al SARS-Cov2 le sigues interesando.

El confinamiento tenía, al menos, una cosa buena

El mejor indicador de la vuelta a la normalidad es, probablemente, el retorno del ruido.

Este año, además, como no hay festejos patronales, ese elemento no se añade al festival horrísono de cada día, por lo que, efectivamente, podemos atribuir el ruido a las normales actividades cotidianas. No hay coartadas festivas.

Cada día, a las cinco y media de la mañana, empiezo a practicar mi dosis diaria de bicicleta estática. Lo hago con la puerta de la terraza y la ventana abiertas, sea cual sea la temperatura exterior. A esas primeras horas, cuando todavía no ha amanecido ni siquiera en los días próximos al solsticio de verano, ya cantan los mirlos del barrio. Se les oye por encima de un sordo rumor, el del tráfico que circula por la carretera próxima a nuestra casa. Quizás no hayan puesto todavía las aceras a esas impías horas, pero es seguro que las carreteras ya las han instalado.

A las seis en punto de la mañana se dispara un dispositivo automático. Desconozco su función o razón de ser. A partir de ese momento empieza el ruido.

Salimos, después del desayuno, a caminar. Nos saludan, bien las sopladoras de hojas –esos artilugios que cambian de sitio las hojas caídas de los árboles- bien las máquinas que pasan detrás, recogiéndolas, quizás, con sus escobas circulares. Hay pocos artefactos tan ruidosos y, a la vez, tan madrugadores. Te los puedes encontrar a cualquier hora a partir de las siete de la mañana o quizás antes.

Luego viene el tráfico, las taladradoras –siempre hay una zanja que abrir-, las segadoras de jardines y máquinas de podar. Desde que salimos de casa hasta la vuelta, diez kilómetros después, no deja de aumentar el ruido a la vez que disminuye el canto de los pájaros. Es milagroso que insistan tanto, los pájaros.

Ya en casa, ante la pantalla del ordenador, hay que cerrar la ventana. De lo contrario puedes llegar a enloquecer. Pero incluso así, tampoco es raro que cerca de tu vivienda haya, en el mismo vecindario, trabajos de reforma con martilleos y ruidos de máquinas en un frenesí casi permanente.

En ciertos días señalados, normalmente sábados o domingos de la primavera y el verano, plazas y calles acogen la celebración de actividades o pruebas deportivas. Se sabe de lejos que las hay por dos motivos. Suelen instalar estructuras hinchables de colores chillones y formas variopintas. También se oye la música, es un decir. Se oye a kilómetros de distancia dependiendo de la orografía, y de la densidad y altura de los edificios. La hacen sonar –supuestamente para amenizar el evento deportivo- a volúmenes ofensivos. Suelen ser ritmos machacones, repetitivos. Horrendos.

Este es un pequeño muestrario de la galería de los horrores sonoros en que se han convertido nuestras localidades. Podría seguir, pero no es necesario.

Hay ruido por doquier. Lo sufrimos a todas horas. Da la impresión de que nuestra especie ha inventado todo tipo de artilugios cuyo último y verdadero fin no es el declarado, sino hacer ruido.

En consonancia, la gente habla cada vez más alto. En el metro o el autobús puedes oír casi todas las conversaciones, las que mantienen quienes viajan juntos o, en clara demostración de la escasa confianza que tienen muchos usuarios en la eficacia de las telecomunicaciones, las que se producen a través del teléfono móvil. Vivimos, cada vez más, entre sordos.

El ruido es veneno para el alma; con esa certera frase expresa mi amiga Itziar el efecto que causa en nuestras mentes. Es una peligrosísima forma de contaminación en contra de la cual no hay campañas ecologistas dignas de tal nombre. El ruido descompone. Deteriora la mente de forma irreversible. Parece no preocupar a nadie.

Es veneno, el verdadero mal de nuestro tiempo. Acabará, me temo, con la integridad mental de los seres humanos. Y, junto con la burocracia, provocará el fin de nuestra civilización.

El confinamiento tenía, al menos, una cosa buena.