Parece que sí, que los estereotipos influyen

Es sabido que el porcentaje de chicas que escogen ingenierías o ciertas carreras de ciencias (física) cuando van a la universidad es muy bajo; las chicas representan en torno a un 25 o 30% del número total de matriculados. A cambio, ellas son muy mayoritarias en las carreras de ciencias de la salud, educación y otras; en esas son alrededor de un 75% del total. Pocos son conscientes, sin embargo, de que tampoco los estudios de filosofía se encuentran entre los preferidos por las mujeres o de que los de biología molecular sí lo son.

Ante esas diferencias nos hacemos muchas preguntas: ¿son innatas o son el resultado de la influencia del ambiente en que se crían los chicos y las chicas? ¿nos deben preocupar? ¿debemos animar a las chicas a que consideren la opción de estudiar ingenierías y a los chicos a que sean enfermeros? ¿hacemos bien tratando de corregir esos porcentajes? ¿son efectivas las medidas que se toman para corregirlas? ¿elegirían unas y otros con libertad en caso de que los animásemos en una u otra dirección? Son todas ellas preguntas legítimas, pero adelanto que no tengo una respuesta nítida para todas. Eso sí, conforme pasa el tiempo más me inclino a pensar que las diferencias no son innatas, que no es bueno que sean tan marcadas, y que es posible y conveniente actuar para corregirlas si pensamos que actuando así contribuimos a que chicos y chicas gocen en la vida de las mismas oportunidades.

Son meras opiniones; no voy a tratar de sostenerlas ahora. Habrá ocasión. Sí quiero, no obstante, aportar unos datos para la reflexión. Están extraídos de una investigación y los publicó hace cuatro años la revista Science. Quienes hicieron la investigación se hacían preguntas muy parecidas a estas que me he hecho yo. Partieron de la base de que el talento y la brillantez intelectual son rasgos que se suelen atribuir a los hombres. Y plantearon la hipótesis de que esa asociación puede conducir a que las mujeres descarten optar por disciplinas de las que piensan que exigen grandes dotes intelectuales. Esto es lo que se suele denominar un estereotipo.

Como hipótesis alternativas para explicar las diferencias, consideraron tres posibilidades. La primera fue que hubiese entre hombres y mujeres diferentes disposiciones a o capacidades para trabajar durante horarios laborales más prolongados; esta hipótesis tendría sentido si las mujeres valoran en mayor medida que los hombres una dedicación más equilibrada a otras facetas de la vida, como de hecho se ha sugerido en algunos trabajos. La segunda hipótesis alternativa se basó en la posible existencia de diferencias entre hombres y mujeres en los niveles extremos superiores de ciertas aptitudes, incluso aunque las aptitudes medias no difieran. La tercera concernió a la suposición de que ciertas carreras exigen una mayor capacidad para el pensamiento sistemático y abstracto, mientras que otras requieren o priorizan la capacidad para empatizar; según esta tercera hipótesis, a las mujeres les iría mejor y preferirían las carreras para las que la capacidad para empatizar constituye una ventaja, en perjuicio de las que, supuestamente, exigen más capacidad de abstracción y sistematización.

Los investigadores caracterizaron 30 carreras universitarias con arreglo a esas características diferenciales. Y cuantificaron cada uno de los rasgos considerados como hipótesis posibles (grado de brillantez requerida para cursarla con éxito, grado de dedicación a cursar la carrera, nivel de selectividad de la carrera, y capacidad de abstracción/sistematización vs. capacidad para empatizar).

La conclusión de la investigación fue que el grado de brillantez intelectual necesaria que se atribuye a cada carrera para poderla cursar con éxito resultó ser la única variable que se correlacionaba de forma significativa (y negativa) con el porcentaje de mujeres que obtienen el doctorado en cada campo del saber. El resto de variables consideradas no se correlacionaban de forma significativa con la presencia femenina en los diferentes campos.

Como todos los estudios, este tendrá problemas, estoy seguro; habrá quien esgrima, con razón, que correlación no implica que haya una relación causal entre las variables. Y no dudo de que se le podrán poner otras pegas. Además, como he comentado en alguna ocasión, no hay observación exenta de la influencia de las ideas preconcebidas de quien la hace.

Pero en mi opinión este estudio respalda la idea de que en la base de las diferencias entre chicos y chicas en lo relativo a sus opciones académicas ciertos estereotipos ejercen un efecto importante.

Por hoy, esto es todo; ya habrá más.

Referencia: Sarah-Jane Leslie, Andrei Cimpian, Meredith Meyer, Edward Freeland: Expectations of brilliance underlie gender distributions across academic disciplines Science16 Jan 2015 : 262-265

La agencia SINC publicó un buen resumen en español aquí.

La fuerza de las ideologías cambia con el tiempo, pero no todas cambian igual

Hace unos meses reflexioné aquí acerca de la importancia de las ideas como motores de la humanidad. Los valores que inspiran el ordenamiento jurídico, la forma en que se organizan las sociedades, o el modo en que se articula la actividad económica y las relaciones entre los países se basan en ideas que, aunque pueden tener orígenes diferentes, se debaten en la esfera política.

El tiempo no pasa en balde, tampoco para las ideas. Por una extraña casualidad muy propia de las redes sociales me he encontrado con unas figuras muy interesantes que reflejan cómo han cambiado las preferencias políticas en los países más avanzados del mundo durante el último siglo y medio. Son figuras basadas en resultados agregados de diferentes opciones electorales a lo largo del tiempo. No sé cómo se han elaborado; desconozco qué criterios se han seguido para decidir qué países se consideran los más avanzados, aunque supongo que se refiere a los países democráticos del Occidente (político). Ignoro cuál es la fuente original ni en qué contexto se presentan y se han debatido esos datos. Solo sé que han sido difundidas desde la cuenta de Taylor Mann. (al final del texto está enlazado el hilo en Twitter). Y me ha parecido interesante traerlas aquí. Asumo que, en lo esencial, reflejan una realidad, y por eso las traigo y las comento. No tengo pretensión alguna respecto a su valor empírico. Y lo que haré a continuación no es sino conjeturar, que para eso se llama este blog como se llama.

El repaso empieza en el momento en que surgen las ideologías de lo que hoy llamamos “izquierda” (variantes del socialismo), en una época en la que las opciones mayoritarias eran, aparentemente, liberales, aunque de fuerza muy pareja a la de la agregación de las diferentes “derechas” (conservadores y democristianos, principalmente). A grandes rasgos se podría decir que a mediados del siglo XIX ser liberal era ser progresista y no serlo era ser reaccionario.

Pero entonces surgió el socialismo y en su primer medio siglo de vida llegó a arrebatar al liberalismo la mitad de su electorado. Ya no estaba tan claro qué era ser “progresista”. Ese medio siglo de vida del socialismo es el tiempo en que tardó en aparecer el comunismo. Tuvo este su máxima influencia tras la II guerra mundial en los países aquí considerados, pero desde entonces ha ido perdiendo fuelle para remontar ligeramente coincidiendo con la gran crisis económica que se inició en 2008.  La socialdemocracia alcanzó su máxima relevancia alrededor de 1960 pero desde entonces la ha ido perdiendo poco a poco (lo indica con claridad la siguiente figura), al menos en parte por la aparición del ecologismo político en la década de los setenta.

El liberalismo, entre tanto, ha mantenido un porcentaje relativamente constante durante los últimos 80 años. El declive que experimentó en beneficio del socialismo y otras ideologías de izquierdas, no se prologó tras la II guerra mundial.

El bloque de derechas, considerado en conjunto, se ha mantenido más o menos constante a lo largo de todo el periodo. Esto da que pensar. También la proporción entre conservadores y democristianos se ha mantenido estable. Lo que llama la atención de ese bloque son los tres (o cuatro) episodios de emergencia de opciones de extrema derecha. Y lo más inquietante es el crecimiento, lento pero constante, que ha experimentado esa tendencia política desde entonces. Se produce, sobre todo, desde comienzos de los noventa, y no creo que sea demasiado aventurado relacionarla con la mayoría de edad de las generaciones nacidas unos cuantos años después de la II guerra mundial. Podría ser que la pujanza de la extrema derecha se produzca cuando ya se han olvidado los horrores que nos trajeron los extremismos y las ideologías totalitarias en el pasado o cuando quienes los vivieron han desaparecido. Una visión alternativa de los brotes totalitarios puede leerse aquí, donde traté del efecto de las crisis económicas sobre los extremismos políticos.

 

Conferenciantes, escritores, músicos, artistas

He organizado centenares de conferencias, coloquios o presentaciones públicas de diverso formato y temas variados. La mayoría eran charlas de ciencia, pero no todas. Y he asistido a centenares más, muchas de ellas impartidas en actos en los que yo mismo he sido uno de los participantes. Conozco, por ello, a muchísimos conferenciantes. A veces pienso que no habrá muchas personas que conozcan a tantos conferenciantes como yo.

Entre los centenares de charlistas algunos, aunque muy pocos, me han parecido limitados. La mayoría son buenos: explican con solvencia temas de cierta dificultad. Y algunos son muy buenos. Estos últimos preparan con esmero sus charlas; cuidan hasta el último detalle.

Son de estilos muy diferentes, pero todos consiguen atrapar la atención del público, ese bien tan escaso y difícil de conseguir, y te mantienen en vilo hasta el final, haciendo que el tiempo no transcurra. Hacen comprensible lo difícil. Unos son reposados y reflexivos, van desgranando sus argumentos con una cierta morosidad; pero no aburren: lo que cuentan es muy interesante y de vez en cuando sorprenden con argumentos o relaciones inesperadas. Otros son brillantes; despliegan sus conocimientos mediante expresiones afortunadas y recurren con frecuencia a la paradoja y otras figuras expresivas de resultados sorprendentes; a menudo recurren al humor y a veces provocan. Otros son enérgicos, se entusiasman en su desempeño y consiguen que nada fuera de su discurso merezca la atención de los oyentes. Y otros tienen un sentido muy acusado del carácter escénico de su actuación: deciden con antelación qué dirán en cada minuto; la ensayan hasta el aburrimiento, y elaboran y estudian sus movimientos en el escenario, la tarima o el atril con todo detalle.

Hay un último grupo diferente. No sería de justicia decir que son mejores, porque esos a los que he hecho referencia en el párrafo anterior son verdaderamente  buenos y están a un nivel que no admite comparaciones. Estos son especiales. No son enérgicos, no recurren al humor, no destacan por el uso de figuras expresivas efectistas; tampoco son de discurso moroso; ni se preparan para la interpretación como lo hacen actores y actrices, y si lo hacen, no lo parece. Estos destacan por su prosodia elegante, ritmo medido, entonación adecuada al ritmo, vocalización precisa y, muy especialmente, por el cuidado de la palabra, por el mimo con que la tratan. No son iguales: alguno es más proclive a la narración, otros parecen recitar y hay, incluso, quien declama, pero sus estilos no son puros. A veces al contenido expresado se superpone una sugerencia no declarada que complementa a aquel. Oírles, verlos en acción, es también una experiencia estética.

Me refiero a Ricardo Hueso, José Ramón Alonso, Deborah García Bello, Carlos Briones, Almudena M. Castro e Iñaki Úcar. Todos ellos tienen algo en común: practican alguna de las bellas artes a un nivel muy alto. Ricardo Hueso ha interpretado teatro; José Ramón, Deborah y Carlos son, además de excelentes conferenciantes, muy buenos escritores: da gusto leer sus textos. Los dos últimos escriben poesía y han visto publicada parte de su obra; Carlos, además, ha sido premiado por ello. Y tengo la sospecha, no la certeza, de que José Ramón también escribe (o ha escrito) poesía. Seguramente no es casual que Deborah, Carlos y José Ramón hayan recibido el premio Prismas por su obra de divulgación literaria. Y Almudena e Iñaki son excelentes músicos y tienen, ambos, un exquisito dominio del lenguaje.

Con esta anotación he querido esbozar una tesis, solo esbozarla. No pretendo demostrar nada, ni elevar a los citados a ninguna categoría especial a la que otros no tendrían (tendríamos) acceso; hay además muchos rasgos que diferencian a unos de otros. Simplemente he querido poner de manifiesto algo que no me parece casual, y es que el cultivo de (al menos) las expresiones artísticas citadas promueven una prosodia elegante y un discurso bello. La transmisión de conocimiento de esa forma adquiere una cualidad diferente, y a mí me gusta.

Para muestras, algunos botones:

Carlos Briones (1993): De donde estás ausente. Poesía Hiperión, Madrid (VIII premio de poesía Hiperión)

Carlos Briones (2002): Memoria de la luz. DVD ediciones, Madrid.

Deborah García Bello (2003): Megalomanía. Ediciones Vitruvio, Madrid.

 

Vendepeines, soplapollas, cantamañanas, aguafiestas… me encantan esas palabras

Ayer se me cruzaron los cables y puse este tuit:

La respuesta de la concurrencia no se hizo esperar y en 24 horas respondieron con más de 150 palabras compuestas como esas; casi una semana después la colección ha crecido aún más.

No todas correspondían a la misma categoría. Unas pocas eran nombres de animales, como correlimos, correcaminos, cortapichas, papamoscas, saltamontes o tumbatoros.

Otras denominaban objetos como abrebotellas, abrecartas, abrelatas, alzacuellos, cazamoscas, cortafiambres, cubrecamas, cueceleches, engañabobos, esbarizaculos (en Aragón), espantapájaros, limpiaparabrisas, matarratas, matasuegras, mondadientes, montacargas, parabrisas, paracaídas, paraguas, pararrayos, pisapapeles, portaestandarte, portafolios, portamaletas, quitamiedos, rompecabezas, sacacorchos, sacaleches, saltaparapetos, salvamanteles, salvapantallas, salvavidas, tapacubos, tapaculos, taparrabos, tirachinas.

Otras, como besamanos o soplamocos, no son objetos.

También hay nombres de lugares, como Ganapanes o Despeñaperros.

Y el meteorólogo Miguel Ángel Viñas, nos regaló cuatro palabras para denominar el frío viento del norte: descuernacabras, descuernavacas, matacabras y pelacañas.

Pero la gran mayoría fueron del estilo de las que puse en primer tuit. Todas resultan de la combinación de un verbo y un sustantivo en plural. La mayoría, aunque no todas, sirven para descalificar e, incluso, insultar. Desconozco el significado de muchas de ellas, y unas cuantas son definitivamente groseras.

Dos de las sugeridas (follapoquitos y meapoquitos), aunque muy expresivas, no las he incluido en la lista principal porque no se ajustan al formato estándar de verbo + sustantivo plural, sino que resultan de la unión de un verbo y un abverbio, aunque en ese contexto ni siquiera sé si esos “poquitos” desempeñan función adverbial o qué puñetas hacen.

En fin, el grueso de las recopiladas las pongo a continuación en orden alfabético:

A

Abrazafarolas, abrepuertas, aburreovejas, aburrevacas, aguafiestas, amarravacas, asaltacunas, asustaviejas, atracatrenes, atrapasueños.

B

Bailabotes, bailafiestas, bebecharcos, brincacequias, buscarruidos, buscavidas.

C

Cagabandurrias, cagaguisantes, cagalindes, cagapatios, cagaprisas, cagarranas, calientabragas, calientabraguetas, calientahielos, calientapollas, cansaliebres, cansalmas, cansasuelos, cantamañanas, chocatrenes, chupacabras, chupacandados, chupacharcos, chupacirios, chuparruedas, chupasotanas, chupatintas, chupatuercas, chuscasardinas, cierrabares, comeflores, comehostias, comenenas, comerroscas, cortapedos, cortarrollos.

D

Descalzaputas, desgarramantas, destripaterrones.

E

Echacuervos, escarbapapas, escuchapedos, escuernacabras, escurabutxaques (cat.), espulgaperros.

F

Follacabras, follaovejas, furtapollastres (cat.) (robapollos).

G

Guardabosques, guardaespaldas.

H

Hinchapelotas, huelebraguetas, huelecucas, huelepedos.

J

Jalabolas, jodechinchos (en Galicia), juntaletras.

L

Lameculos, lametraserillos, limpiabotas, llenavasos, llevapeos.

M

Mamahostias, mamavergas, mascachapas, mascachicles, mascasopas, matagatos, matamoros, matasanos, meaesquinas, meapilas, meaplayas, metepatas, mierenneuker (follahormigas en holandés).

P

Pagafantas, papahostias, papanatas, pegaviejas, peinacabras, peinafarolas, peinaovejas, peinavacas, peinarranas, pelacañas, pelagatos, pelamangos, pelarrodillas, pelavainas, perdonavidas, piantavotos, picaflores, picapleitos, pinchaculos, pinchaglobos, pinchatrenes, pinchatripas, pinchauvas, pintamonas, pisamierdas, pisaverdes, planchabragas, pudrecolchones.

Q

Quitagustos.

R

Rajamantas, rascanalgas, raspamonedas, rebañacondones, recogetortas, remiendavirgos, robamaridos, robaperas, robapinzas, robaviejas, robasetas, rompecorazones, rompeculos, rompehuevos, rompetallas, rompetechos.

S

Sacacuartos, sacamantecas, sacamuelas, saltabalates, saltabancales, saltabardales, saltagavias, saltamatos, saltapozos, saltaviñas, somiatruites (cat.) (sueñatortillas), soplagaitas, soplanucas, soplapollas, sorbesopas, sujetavelas.

T

Tiralevitas, tiravinos, tocahuevos, tocapelotas, tocacojones, tragaldabas, tragallantas, trinchapeones, tronchaberzas, tronchajabas, tronchástiles, tronzapanes, tronzapeas, trotaconventos, trotamundos, tuercebotas, tuerceperros, tumbafarolas.

V

Vendehumos, vendebiblias, vendeceniceros, vendemotos, vendepatrias, vendepeines.

Z

Zampabollos, zurcefrenillos.

La creatividad humana es inagotable.


Nota: he actualizado la anotación el 10 de diciembre incorporando muchas de las palabras que se me han sugerido a través de tuiter y las que ha citado José Ramón Alonso en su comentario a esta anotación.

Alegoría de la desposesión

Hemos salido a la calle esta tarde, víspera del día de los difuntos, y nos hemos encontrado la plaza en la que vivimos llena de gente disfrazada. El maquillaje quiere imitar calaveras. Visten túnica negra y llevan guadaña. El Haritzpe, el bar del que somos parroquianos, está atestado de gente. Aunque los carteles municipales nos dicen, en vasco, que hoy es la víspera del día de los muertos, celebran Halloween, la fiesta importada. Han ocupado la plaza en la que vivimos, hacen de la experiencia cotidiana en nuestro local pub un pequeño tormento. Decidimos recogernos enseguida.

Los efectos de la edad son demoledores. Al menos para mí lo están siendo. Me he convertido en un cascarrabias. Veo descomponerse mi mundo, observo cómo se desmorona. Y no lo soporto. Los que eran mis lugares dejan de serlo. Y lo más grave, lo peor, es que no me considero ajeno a este estado de cosas. Es mi entorno humano, mi gente, mi generación, la que ha tomado las decisiones que han hecho que mis paisajes cada vez sean menos míos.

Estoy siendo desposeído de mi mundo, de algo que creía mío. Era una propiedad comunitaria, colectiva. Uno de las pocas facetas de mi vida en la que prescindía de mi individualismo radical. Pero aunque fuera de forma compartida, eso que veo difuminarse, antes era mío. Y siento que lo está dejando de ser. La perspectiva de esa pérdida, la mera idea, se me hace intolerable.

Al bajar de casa a la plaza la visión de toda esa gente con los disfraces grotescos de la muerte me ha resultado tan ajena, que en ella he visto representado de forma alegórica el despojo al que me siento sometido. Difícilmente podía encontrarse una metáfora mejor.

El futuro del pasado

Mi conjetura de hoy es, quizás, una noción manida, pero no por ello parece que debamos dejar de recordarla de vez en cuando. Podría formularse mediante el aforismo atribuido a varios autores que dice que “acertar predicciones es muy difícil, sobre todo las referidas al futuro“.

El aforismo (mi conjetura de hoy) tiene carácter universal pero es especialmente pertinente si la predicción se refiere al futuro desarrollo de la ciencia. De eso trató, precisamente, mi intervención en Naukas Valladolid el pasado 29 de septiembre, que he insertado a continuación (son 25 min).

Agradezco a las organizadoras, del Parque Científico de la Universidad de Valladolid, el gran trabajo realizado, el excelente trato dispensado a los ponentes, y el haber publicado la charla en su canal de youtube. Y a Naukas el haberme propuesto participar en este acto.

Hay una subcultura femenina y una masculina

Es casi una estampa habitual: varios hombres sentados en el exterior de un bar a las diez de la mañana de un domingo mirando una pantalla al otro lado del cristal. En la pantalla, coches o motos, o pilotos en un podio. Más habituales son las escenas en las que un nutrido grupo, hombres en su mayoría, siguen con interés un partido de fútbol, también en una pantalla que se ve desde fuera del bar. No es necesario que sea el equipo local, aunque si los es, los espectadores son más y siguen el partido con mayor atención.

Sí, hay mujeres a las que interesan los deportes televisados, pero los varones son bastantes más.

Es posible que muchas mujeres lean revistas de chicachismes, pero no son menos los hombres que leen prensa deportiva (perdón por el eufemismo).

La mayoría de los aficionados a juegos de rol, o de ordenador, son chicos. También a los juegos de la play o como quiera que se llamen esos aparatitos. Los chicos dedican mucho tiempo a jugar y siguen con interés canales de Youtube dedicados a los juegos.

Ayer vinimos de Bilbao en el último autobús a Leioa. Viajaba poca gente; en su mayoría eran señoras que venían del cine. Al teatro o a la ópera van hombres, sí, pero van más mujeres.

La literatura es, cada vez más, una afición femenina. Es abrumadora la diferencia en hábitos de lectura entre hombres y mujeres.

La cultura elevada (sí, llamémosla así, prefiero errar al utilizar esa expresión antes que caer en la confusión de considerar una carrera de motos un hecho cultural equivalente al bolero de Ravel) es cada vez en mayor medida cosa de mujeres. Los hombres se entretienen cada vez más con juegos y deportes televisados, o con juegos que reproducen deportes televisados.

No sé si la brecha académica entre hombres y mujeres ha aumentado en los últimos años, pero existe y no es pequeña. Las chicas obtienen mejores resultados en los estudios. Sacan mejores notas y van en mayor proporción a la universidad. En las carreras en las que es más difícil entrar hay muchas más chicas, con pocas excepciones; las diferencias en la proporción de mujeres que cursan unas y otras carreras obedecen en parte a eso.

Además, también es más probable que completen con éxito sus estudios.

Creo que esto es el resultado de la existencia de –sin excluir la de otras- dos grandes subculturas en nuestras sociedades, una masculina y otra femenina. Creo que los chicos se aficionan a los deportes y los juegos porque esas son las aficiones que se espera de ellos que cultiven. Son también las de los hombres adultos; los chicos adquieren de sus pares lo mismo que ven en los grupos de varones adultos. Además, ser buen estudiante seguramente cotiza a la baja en sus cuadrillas.

Lo propio ocurre con las chicas. Solo que ellas leen y son más aplicadas en la escuela. Y de ahí, seguramente, se deriva todo lo demás.

Sí, claro, hay chicas jugonas y aficionadas a los deportes televisados y chicos que leen y estudian. Pero creo que las tendencias generales son las que he descrito antes.

Ya no me asombra que esto sea así. Lo que me asombra es que no parezca preocupar a nadie.

No existe el retorno a un estado armonioso de la naturaleza

El Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha sentenciado que los organismos que se obtengan mediante la técnica de edición de genoma CRISPR/Cas9 -la conocida como bisturí molecular– han de recibir el mismo tratamiento legal que los organismos transgénicos. Esta decisión da la razón a la organización Confédération paysanne y otras, y en general, a los grupos ecologistas y lobbies de organizaciones agrarias. Si se tiene en cuenta las dificultades que han de superar los organismos transgénicos para que se autorice su cultivo en la UE y el valor simbólico de la resolución, esta ha sido una victoria para las organizaciones ecologistas y una derrota inapelable para quienes defienden el valor de las pruebas como fuente de criterio.

Desde el punto de vista científico, la decisión no tiene ningún fundamento. Es un sinsentido. En la actualidad las variedades agrícolas se obtienen al azar, mediante mutagénesis provocada por agentes químicos o físicos. Se desestiman la gran mayoría de mutantes obtenidos de esa forma y solo se comercializan los que tienen propiedades deseables. La técnica CRISPR/Cas9 permitiría obtener variedades igualmente deseables, pero con mucho más control y de forma más dirigida que mediante la mutagénesis indiscriminada. Es de locos. El biotecnólogo Lluis Montoliu ha explicado esto muy bien aquí.

La sentencia invoca el llamado principio de precaución, pero como en su día defendí aquí, ese principio es una trampa insalvable siempre que una organización (normalmente ecologista) lo esgrima para aoponerse a cualquier cosa.

Al ecologismo debemos que la calidad ambiental sea, para la mayoría, un bien a preservar y que, en virtud de tal noción, cada vez tengamos más conciencia de los problemas ambientales a los que nos enfrentamos. Por eso mismo, de esa conciencia se derivan medidas legales de protección del medio que tienen efectos muy importantes y que deberían ser garantía de un entorno saludable y amable para quienes nos sucedan. Sin embargo, el ecologismo contemporáneo, lejos de recurrir a la razón y a las pruebas para identificar las causas que defiende y los proyectos a los que se opone, ha dado un salto en el vacío y se ha convertido en un agente político que trata de dificultar la implantación de tecnologías, algunas de las cuales son de gran valor para la humanidad, aunque para ello tenga que avalar intereses gremiales de la peor especie.

Los ecologistas se oponen a los organismos transgénicos, cuando no hay pruebas de que su cultivo y consumo generen problemas para el medio ni para la salud de las personas (recordemos la carta de los premios Nobel a Greenpeace). Los ecologistas se oponen al uso de técnicas de edición del genoma, aunque no haya ninguna razón para pensar que pueden provocar problemas ambientales o de salud. Los ecologistas se oponen a las antenas de telefonía móvil y de redes wi-fi, cuando no hay pruebas de que las ondas de que se valen esas tecnologías, en las condiciones en que funcionan en la actualidad, causen daño alguno.

Curiosamente nunca se han opuesto a tecnologías equivalentes pero algo más antiguas (irradiación de semillas para obtener variedades mutantes, u ondas electromagnéticas de televisión y radio, por ejemplo), ni a tecnologías mucho más antiguas aún y que han provocado centenares de miles de muertes prematuras (automóviles, trenes, barcos o aviones) o a productos cuyo consumo causa también centenares de miles de muertes prematuras en el mundo (ciertos alimentos, tabaco y alcohol). En virtud del famoso principio de precaución, no se autorizaría hoy la venta de automóviles, las emisiones de radio y televisión, o la venta de güisqui, por ejemplo.

Los ecologistas tampoco hacen campañas contra el ruido, el principal agente contaminante de nuestros pueblos y ciudades, verdadero veneno para la mente. Sus causas más célebres tienen algo en común: se oponen al bienestar de la humanidad.

Es obvio que el progreso no ha de justificar innovaciones peligrosas o dañinas o, mejor dicho, las innovaciones han de causar menos daños que los que deberían evitar. Pero lo que no tiene sentido es oponerse a innovaciones de cuyos efectos adversos no hay constancia alguna ni sospechas bien fundadas.

Entiendo a los pequeños empresarios agrícolas franceses: defienden sus intereses y lo hacen organizándose en grupos de presión con ese fin. No entiendo a los ecologistas, a los realmente existentes hoy. El movimiento ecologista ha adquirido los rasgos propios de una fe, una creencia en las bondades de un pasado prístino (que en realidad nunca existió) que hay que recuperar, un pasado supuestamente “natural” y, por ende, mejor que el artificial presente. Se nutre de un sentimiento agónico por la pérdida del Paraíso Terrenal y de una visión puramente estética de lo que el Mundo debería ser. Creo que ese sentimiento y esa visión es lo que lleva a muchos de sus militantes a oponerse a cualquier innovación que pueda suponer una mejora para la humanidad.

Acabo la conjetura de hoy reproduciendo un párrafo de sir Karl Popper tomado de la página 216 (y última del I volumen) de “La sociedad abierta y sus enemigos”. Popper se refiere a algo diferente, pero creo que en el fondo hablamos de lo mismo. Dice así:

“No existe el retorno a un estado armonioso de la naturaleza. Si damos vuelta, tendremos que recorrer todo el camino de nuevo y retornar a las bestias. Es este un problema que debemos encarar francamente, por duro que ello nos resulte. Si soñamos con retornar a nuestra infancia, si nos tienta el deseo de confiar en los demás y dejarnos ser felices, si eludimos el deber de llevar nuestra cruz, la cruz del humanitarismo, de la razón, de la reponsabilidad, si nos sentimos desalentados y agobiados por el peso de nuestra carga, entonces deberemos tratar de fortalecernos con la clara comprensión de la simple decisión que tenemos ante nosotros. Siempre nos quedará la posibilidad de regresar a las bestias. Pero si queremos seguir siendo humanos, entonces solo habrá un camino, el de la sociedad abierta. Debemos proseguir hacia lo desconocido, lo incierto y lo inevitable sirviéndonos de la razón de que podamos disponer, para procurarnos la seguridad y libertad a que aspiramos.”

El secreto de la naturaleza

“¿Es la belleza criterio de verdad?” Esa conjetura no es mía; es de un amigo. La formuló como pregunta al comienzo del monólogo que ha quedado recogido en el documental “El secreto de la naturaleza”.

El documental se estrenará el próximo 14 de septiembre en el Palacio Euskalduna de Bilbao. El estreno tendrá lugar en el marco de Naukas18, el acto más multitudinario de la programación del festival Bizkaia Zientzia Plaza, que se celebrará entre el 13 de septiembre y el 1 de octubre en diferentes localidades de Bizkaia.

El secreto de la naturaleza es una producción de la Cátedra de Cultura Científica (1) de la Universidad del País Vasco, Mi Mesa Cojea y K2000, y ha sido dirigido por Jose A Pérez Ledo.

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(1) Este proyecto ha sido posible gracias al apoyo de la Diputación Foral de Bizkaia a la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU.

Los valores no se enseñan

La Ministra de Educación, mi apreciada Isabel Celaá, se propone implantar en el curriculum de la enseñanza obligatoria una nueva asignatura de “valores cívicos y éticos”. Por sorprendente que me parezca, resulta que muchas personas de mi entorno ven la idea con buenos ojos. Llevan años oyendo una letanía, un lamento por la supuesta pérdida de valores de la sociedad contemporánea y, más concretamente, de la juventud (nada nuevo bajo el sol, por cierto). Y en consecuencia, les parece bien que se enseñen valores en la escuela. Además, creen, como la propia Ministra –así me lo dijo hace unos años-, que muchos chicos y chicas viven en entornos familiares y sociales en los que no se comparten o no se transmiten los valores adecuados. En otras palabras, que no todos han tenido la suerte que he tenido yo o han tenido mis hijos.

El caso es que, para empezar, no está claro qué entendemos por valores. Ninguna de las trece acepciones de la palabra en el diccionario de la RAE nos sirve de ayuda. La wikipedia resulta algo más útil; o no. Vean. Pero si uno piensa un poco en lo quieren decir quienes hablan de valores, se encuentra con que engloban cosas diversas. Pueden ser bienes o virtudes morales, principios, derechos, o normas, quizás, u otras cosas más extrañas.

Si hablamos de valores éticos, entiendo que se trata, en realidad, de virtudes o bienes morales, solo que queda mejor decir valores, quizás porque en el primer cuarto del siglo XXI da corte utilizar palabras, como virtud o bien, tan de los años sesenta y setenta del siglo XX. O a lo mejor es que llamándolos por su nombre, las cosas ya no están tan claras. Porque, ¿de qué se trata? ¿de explicar a los adolescentes que deben ser buenas personas? ¿que no hay que patear mendigos que duermen en cajeros, ni arrojar una camada de gatitos recién nacidos al río? ¿Es eso? ¿O que hay que ceder el asiento a las personas mayores en los autobuses? ¿En serio? ¿Eso debe ser enseñado en la escuela? ¿Ha de formarse a los escolares en honradez, respeto, compasión o generosidad?

O quizás son otros los “valores” en que hay que formar a la juventud. Quizás se trate de impartir principios. Veamos. Si los principios son esos fundamentos que gobiernan el comportamiento personal, no parece muy razonable que deban formar parte del currículo escolar. ¿Hay que enseñar a ser leal a las amigas? ¿O a ser tolerante? Por mucho que uno tenga esos principios en muy alta estima, dudo que la función de la escuela sea instruir a chicos y chicas en lealtad y tolerancia, por ejemplo.

En alguna ocasión, discutiendo de estas cosas, se me ha dicho que debe formarse no en principios para el gobierno personal, sino en principios para la convivencia, aquellos que constituyen el fundamento de las sociedades democráticas contemporáneas. Se trataría de cuestiones tan básicas como que todos los seres humanos nacemos libres e iguales, y que tenemos una serie de derechos fundamentales que no se nos pueden negar o limitar salvo que medie una sentencia judicial dictada con arreglo a normas aprobadas democráticamente. Pero si se trata de elementos de esa naturaleza, en realidad estaríamos hablando de los fundamentos para la convivencia que han dado lugar a derechos y normas aceptadas universalmente (aunque su cumplimiento real deje mucho que desear en buen número de países). No se trataría, en rigor, de valores éticos y cívicos, como predica la Ministra, sino de elementos básicos del entorno social y, por lo tanto, deberían formar parte del currículo en los aspectos relativos al conocimiento del medio. Nada que objetar a ello.

¿Pero se trataba de eso? Lo dudo. La razón por la que unos y otros, cuando llegan al gobierno, se proponen introducir en el curriculum estas cosas, es porque les anima la voluntad, más o menos explícita, de utilizar a la escuela como herramienta de adoctrinamiento. Como dije hace unos meses aquí, “formar en el espíritu nacional, inculcar el respeto al medio ambiente, llevar a las víctimas del terrorismo a las aulas, promover la igualdad, educar en la solidaridad y la diversidad, predicar una moral de inspiración confesional, españolizar a los catalanes” y otras pretensiones de similar cariz no son sino formas de adoctrinamiento. Se me ocurren unas cuantas más que omitiré por no alargar esta anotación en exceso. Pueden ser muy deseables, o no. Pero tengo una objeción. En ese terreno lo que es fundamental para unas personas es rechazable para otras, y a la inversa; y dado que no iba a ser fácil que nos pongamos de acuerdo acerca de quién ha de decidir qué valores se transmiten y cuáles no, habría que aceptar que sean las autoridades educativas las que tomen esa decisión. ¿Sí? ¿Estamos dispuestos a que sea el gobierno de turno el que decida eso? Sospecho que la respuesta a esa pregunta dependerá del grado en que nos identifiquemos con él.

Pero hay más. Eso que llaman valores son a veces rasgos de carácter y suelen basarse en predisposiciones heredadas. Dudo que se pueda enseñar a ser amable, por ejemplo. Y cuando se trata realmente de virtudes o bienes morales, estoy convencido de que no se enseñan sino que, simplemente, se practican o no se practican. Y al practicarse, se pueden transmitir. Por esa razón, la escuela, como institución, tiene muchas limitaciones para desempeñar esa función. Es muy posible que haya profesoras o maestros que sean capaces de transmitir virtudes morales pero, si lo hacen, ello no será consecuencia de la inclusión en el curriculum de los contenidos correspondientes, sino de su ejercicio real en la práctica cotidiana.

Por lo mismo, son la familia y la cuadrilla los entornos en que se adquieren los principios, virtudes y bienes morales que se ejercitarán a lo largo de la vida. La primacía de la familia, el valor del esfuerzo y de la responsabilidad, la honradez, la compasión, y otras, son virtudes que, si las adquirí o la medida en que las adquirí, es algo que debo a mis padres. La camaradería, la lealtad, la reputación, el respeto a los otros, la libertad, son bienes que valoro gracias a mis amigos, porque con ellos los practiqué y, en la medida en que lo hago, los practico. Y nada acerca de lo que fui aleccionado en las aulas escolares dejó, en esa esfera, la más mínima huella en mi ánimo. No creo ser ninguna excepción.

Llegados a este punto, habrá quien piense que si tratar de formar en valores es una tarea inútil, no debería preocuparnos la pretensión de la Ministra, puesto que implantar la asignatura en cuestión no tendrá efecto alguno. Dice Alberto Cifuentes (@cifuito), que ese afán por encomendar al sistema educativo ciertas funciones que, como la formación en valores, no le son propias, obedece al deseo de desviar hacia la escuela responsabilidades que pertenecen a los ámbitos social y familiar. Es posible que así sea. En todo caso, cada vez que se asigna una nueva tarea al sistema educativo, se hace en detrimento de las funciones más genuinamente formativas; me refiero a la instrucción en materias tales como las lenguas, incluídas las matemáticas; el conocimiento del medio en todas sus dimensiones, y los elementos más sobresalientes de la cultura humana: ciencias, artes y letras. Y eso es algo que no deberíanos permitirnos.