La maldad

El viernes pasado llevaba puesta la radio mientras conducía de San Sebastián a Leioa. En el informativo del mediodía el periodista, Dani Álvarez, preguntó al psiquiatra forense del caso Bretón, acerca del trastorno o psicopatía de quien, muy probablemente, ha asesinado a sus dos hijas en Tenerife para causar a la madre el mayor daño posible. La respuesta del psquiatra fue contundente: ni psicopatía ni trastorno, ni nada de nada. Pura y simple maldad.

Ante crímenes como los de esas dos niñas, queremos que nos digan que quienes cometen esas atrocidades son personas con mentes patológicas, averiadas, porque no soportamos la idea de que se trate de tipos normales. Pero resulta que no son enfermos. Son malvados.

La bondad y la maldad son categorías morales, y la moral es de naturaleza social. Se refiere a la calidad del comportamiento de una persona en su relación con las demás. Simplificando mucho, la calidad es buena si de ese comportamiento se deriva un beneficio, y es mala si se deriva un perjuicio. Un individuo que viviese aislado en Marte no podría ser calificado de malvado o de bondadoso, porque no tendría ocasión de comportarse de ninguna forma en relación con otros.

El tipo que, según todos los indicios, ha asesinado a sus hijas en Tenerife para hacer daño a su mujer es un malvado. Eso es lo que dijo el forense del caso Bretón. En España, en los últimos 8 años han sido asesinados 39 hijos o hijas por parte de padres (y alguna madre) que han querido de esa forma causar un dolor insoportable a quien fuera su pareja.

El comportamiento de esos asesinos se encuentra en el extremo de un continuo en cuyo otro extremo está la máxima bondad posible, algo que podríamos denominar la santidad. Dentro de ese intervalo la inmensa mayoría se encuentra cerca del centro: dependiendo de su propensión, por un lado, y de las circunstancias, por otro, se comportan de forma moderadamente mala, moderadamente buena, o ni una cosa ni la otra: unos días y en unas circunstancias se portan mejor y en otras ocasiones se portan peor. Supongo que eso es lo que nos pasa a la inmensa mayoría.

El carácter social, o ultrasocial, de nuestra especie nos impele a conjugar de forma equilibrada lo que podríamos denominar de forma genérica (y muy laxa) buenas y malas acciones, pero eso sí, moderadamente buenas y moderadamente malas. La bondad excesiva pone en peligro el bienestar (entendido también en sentido muy laxo) del bondadoso, el de su familia, y la continuidad de su linaje. La maldad excesiva pone en peligro la cooperación en el seno del grupo y su funcionamiento armónico, y compromete su viabilidad. Por esa razón, la selección natural ha reducido a un mínimo los comportamientos extremos. Pero no los ha eliminado. De hecho, los comportamientos extremos, la santidad y la protervia son extraordinariamente infrecuentes. Pero existen. Mientras tanto, los comportamientos moderados son, con mucho, los más frecuentes.

Y luego están las averías. El encéfalo, la máquina de la mente, es la que genera el comportamiento. En ocasiones, esa máquina está averiada. Hay individuos, por ejemplo, a quienes no les funcionan bien los circuitos implicados en los sentimientos morales. Carecen de moralidad, aunque eso no les impida saber que ciertos comportamientos son inaceptables. Y seguramente lo contrario también ocurre. No lo sé. Supongo que a las averías es a lo que se llama trastornos o psicopatías, pero la verdad es que no lo sé. Todo esto que digo aquí no dejan de ser opiniones basadas en mis lecturas y en lo que aprendo de los psicólogos que se ocupan de estas cosas. No me avala ningún título ni estudio especializado. Quede esto claro.

En todo caso, y por lo que entendí en el informativo del mediodía del viernes, que haya personas con la máquina averiada no quiere decir que quienes realizan actuaciones viles o, incluso, extremadamente viles, sufran alguna patología. No tienen por qué sufrirla. Se puede ser un canalla y estar perfectamente sano. Son malvados, simplemente. Su actuación exacerba hasta el último extremo unos comportamientos cuyas versiones más atemperadas forman parte del catálogo de comportamientos cotidianos. Creo que esa es, en el fondo, la razón por la que es tan difícil acabar con esos comportamientos.

De hecho, salvo quizás en plazos de tiempo seculares, no se puede acabar con ellos, eso es lo que creo. Pero también creo que se pueden prevenir y se pueden generar las condiciones que los hagan cada vez más infrecuentes.

Hay malvados que atacan a los pobres que duermen en cajeros automáticos. Otros malvados maltratan a sus parejas (o exparejas) y llegan, incluso, a asesinarlas. Los hay que agreden a quienes pertenecen a un grupo étnico diferente del propio. Otros vapulean y pueden llegara a asesinar a quienes no se conforman a las opciones sexuales mayoritarias. Y también hay quien agrede o termina con la vida de sus oponentes políticos o de quienes profesan un credo diferente.

Distingo, por tanto, lo que interpreto como maldad -o, simplemente, el mal- como manifestación extrema de formas de comportamiento que en la mayoría son, por moderadas, prácticamente inocuas, de la existencia de sentimientos y propensiones tales como el rechazo al diferente, las relaciones de dominación de sustrato patriarcal, o la intolerancia ideológica o religiosa.

La educación y las leyes deberían servir para promover entre nosotros una cultura de la dignidad (por oposición a lo que se denomina cultura del honor) que promueva el respeto a los otros, de manera que sea el sustrato sobre el que se edifique una convivencia que, sin aspirar a convertirnos a todos en buenas personas, reduzca a un mínimo las agresiones, asesinatos, y cualesquiera otros actos malvados.

Notas:

(1) Conviene leer esto, escrito 24 horas después de esta anotación, porque aporta correcciones importantes a lo que digo aquí y añade información.

(2) Me ha parecido de interés esta entrevista a César San Juan, profesor de psicología criminal de la UPV/EHU y miembro del Instituto Vasco de Criminología.

(3) La serie de Eduardo Angulo, Preparados para matar, en el Cuaderno de Cultura Científica de la UPV/EHU, es muy recomendable.

Nos acabarán expulsando del mundo

La pandemia nos ha convertido en usuarios intensivos de herramientas digitales. Porque ahorcan a la fuerza.

No es de ahora, claro. Ya llevábamos unos años transitando desde el mundo “cara a cara” hacia el mundo “mano a teclado” o “cara a pantalla”. Pero la pandemia lo ha acelerado, mucho. Tanto que algunos no podemos seguir el ritmo. Así de triste. Mi experiencia no puede ser más penosa.

Aborrezco los formularios de internet. Me enciende no entender lo que, según el criterio del diseñador o del informático de turno, es fácil, evidentemente fácil. Pero las más de las veces me resultan ininteligibles los mensajes, textos, cuadros de diálogo y artefactos informáticos similares con los que se encuentra uno para hacer cosas tan tontas en apariencia como comprar un billete de tren.

En su género, solo hay algo peor que la burocracia: la burocracia digital. Hace más de un lustro me propuse solicitar financiación a una entidad pública de la administración central. Tras una hora combatiendo a brazo partido con la aplicación, me di por derrotado. No lo he vuelto a intentar.

He renunciado, incluso, a solicitar un complemento salarial solo por no tener que pelear con la bestia. He vivido infinidad de episodios de frustración, enfado y tristeza de ese género. Es lamentable. Me doy pena. Y no lo digo con ironía.

Y llegó la pandemia. Todos nos pusimos a hacer cosas por la internet.

Desde que el 14 de marzo de 2020 se apagó el mundo en el que vivo, no he dejado de sufrir como un perro dando clase. Nunca me había pasado. Lo normal es que disfrute en el aula. Pero no este último año.

Primero fue la docencia a un grupo de estudiantes de cuarto de Biología. En todo un cuatrimestre no dejé de sentirme ridículo hablando a la pantallita de mi portátil desde casa. Luego llegó septiembre y como tenía 98 estudiantes en una asignatura contenedor, impartía en el aula a los de Biología las semanas pares, mientras los de Bioquímica y Biotecnología atendían desde casa. Las semanas impares se cambiaban. Digo que atendían desde casa, pero es un supuesto que, por mi falta de destreza, no sé si se cumplía a diario. Además. Tampoco los veía. Y de enero a mayo, con otro grupo de estudiantes de 3º de Biología, la experiencia ha sido similar. Un sufrimiento.

Llevo semanas intentando habilitar la firma digital para poder rubricar documentos desde lejos. Imposible.

La Hacienda Foral de mi territorio, Bizkaia, me ha sometido a una dura prueba de la que, contra todo pronóstico, creo haber salido indemne. Me envió una carta con instrucciones y claves para rematar la declaración del IRPF de 2020 que había tenido la gentileza de elaborar por mí. El problema es que, al principio, no fui capaz de cumplimentarla en el formulario electrónico porque, al parecer, había un error. Quiero decir que, sin llegar a hacer nada de nada, la pantallita me advertía de que en la declaración había un error. No se trataba de un error que hubiese cometido yo, sino que ya estaba en la propuesta foral. Intenté contactar por teléfono, pero tardé semanas en tener éxito. Cuando lo conseguí, la amable funcionaria me pidió que esperase mientras hacía la debida consulta; nunca más se supo. Me di por vencido. Empecé a retocar cosas al azar y, sin acabar de entender como ni por qué, el error despareció y, no solo eso, resultó que la cantidad a pagar era inferior a la estimación que había hecho el Leviatán por su cuenta. Todo esto es un arcano: no sé por qué ocurrieron esas cosas.

La Hacienda Foral me da miedo. Seguramente es porque lo sabe todo sobre mí. O quizás es un miedo irracional, injustificado. El caso es que me lo da. Y no poco. La tele-declaración no ha hecho sino agrandarlo.

El Leviatán es, de suyo, monstruoso, pero cuando transmuta a Leviatán digital el miedo deviene terror.

En marzo de 2020, cuando se cerró el mundo, todos entendimos que las restricciones a la actividad bancaria de cara al público eran lógicas y necesarias. Pero, de la misma forma, también pensamos que, poco a poco, al mejorar la situación, los bancos volverían a prestar el servicio como lo venían haciendo antes de los virus. Eso pensábamos.

No todos los bancos han actuado de la misma forma. En mi entorno, Caja Laboral mantiene una actividad de cara al público similar a la de hace dos años o, al menos, a mí así me lo parece. Kutxabank, sin embargo, quizás por ser el banco público vasco, solo conserva una única ventanilla abierta al público en una zona habitada por no menos de 20000 personas, quizás 25000. En la misma zona en la que hace unos años había tres o cuatro sucursales con varias ventanillas cada una, después de cerrar dos sucursales y quitar de una de ellas ese servicio, solo ha dejado una abierta. Y tiene un puesto de atención en ventanilla.

Dan pena las colas que se forman desde las 7:30h y 8:00h de la mañana ciertos días de la semana en esa sucursal. Alguien me ha dicho que son los días de cobro de los pensionistas. Pero los comerciantes también lo sufren: necesitan cambios. Ya puede llover, hacer un frío del demonio o un calor abrasador, la cola en plena calle puede llegar a congregar cerca de 20 personas, la mayor parte de cierta edad. Unos cuantos, octogenarios.

Que nos instalemos la app, que es fácil, dicen, la app.

Estos son ejemplos de experiencias que me ha tocado sufrir y que recuerdo hoy. Algunas han sido y son inevitables. Muy pocas, por cierto, porque para ciertas entidades ha sido más cómodo recurrir a la internet a destajo que habilitar otras posibilidades.

Creo que la Hacienda Foral vizcaína ha intentado mejorar el servicio (el trato que dispensa el Departamento de Acción Social de la misma institución es impecable y las gestiones para el reconocimiento del grado de dependencia de mi anciano padre, han sido sencillas y fluidas) y no le ha acabado de funcionar. Optimismo digital, quizás.

Pero lo que están haciendo algunos bancos y Kutxabank en particular, es otro nivel.

Esa digitalización, que de forma tan ufana promueven y predican algunos, va a proseguir, caiga quien caiga. Y eso, para los inútiles digitales como yo, es un verdadero drama. Hace unos días me llegó un mensaje de alguna oscura instancia universitaria, en el que se nos advertía de que, en adelante, determinadas gestiones solo se podrían firmar de forma digital. Me eché a temblar.

Y no, por favor, que nadie me diga que es fácil, que es una tontería, que te lo enseño en cinco minutos….   No, no soy un emigrante digital. Soy un inútil digital. Solo aspiro a que en el mundo haya alternativas para que los miles de inútiles digitales dejemos de sufrir las consecuencias de algo que, mucho me temo, nos acabará expulsando del mundo.

El ángel exterminador

En El ángel exterminador, de Luís Buñuel, unos personajes de la alta sociedad que se han reunido para cenar, se ven, sin motivo ni impedimento aparentes, incapaces de abandonar la estancia en la que han cenado. Pasan los días, los comensales se van quedando sin comida, duermen como pueden, enferman y acaban por perder la compostura y modales propios de su condición social. Finalmente, una confluencia de circunstancias propicia su salida de la mansión en la que se habían reunido.

Se dirigen a continuación a la iglesia, asisten a misa y, al acabar la celebración, se vuelven a ver, junto con decenas de feligreses más, incapaces de salir del templo.

La película es de 1962 y está filmada en México. Diez años después, el mismo director hizo una versión (los que entiende de cine la llaman remake) -El discreto encanto de la burguesía- que ganó el Oscar a la mejor película extranjera.

Muchos de nosotros estamos deseando recuperar los hábitos del pasado. Queremos ir con tranquilidad a un restaurante y cenar en su interior, salir de compras como solíamos, viajar en metro y autobús con tranquilidad, reunirnos con familiares y amigos sin reservas, dar las clases en el aula como siempre las hemos dado, poder apear la mascarilla, al menos en la calle, y vivir como vivíamos hace año y medio.

Pero los habrá, y no serán pocos, que tarden en recuperar esos hábitos. Sufrirán el síndrome del ángel exterminador.

¡Ni un día más encerradas en las mazmorras frigoríficas!

Hace unos días puse este tuit:

Me parecía un escándalo que el Ministerio de Sanidad mantuviese almacenadas centenares de miles de dosis de vacuna de Astra Zeneca en contra del criterio de los técnicos del propio Ministerio y del conjunto de la comunidad científica.

Me respondió Gaspar Llamazares, señalando que no había garantía de que fuera a haber suficientes dosis para vacunar a los miles de personas (trabajadores esenciales) menores de 60 años que habían recibido la primera.

No acepté su argumento porque la Ministra de Sanidad, en todas las ocasiones en que se ha pronunciado al respecto, ha invocado razones de seguridad, no de disponibilidad de dosis. Ha declarado que se trataba de garantizar que las vacunas que se administran sean seguras. Se refería a la decisión de paralizar la campaña de vacunación con Astra Zeneca a cuenta de las muertes por trombo vinculadas a esa vacuna. Me referí a ese asunto los pasados 23 de marzo y 8 de abril.

Luego ha llegado la decisión del Ministerio de Sanidad que se inclina definitivamente por administrar una segunda dosis de Pfizer a los menores de 60 años a quienes se ha administrado la primera de Astra Zeneca, pero admitiendo la posibilidad de que puedan optar, si así lo desean, por recibir la segunda de esta misma marca. Merece la pena, por cierto, conocer las dudas de Íñigo de Miguel en relación con esa decisión.

Mi visión sobre este asunto ha cambiado en los últimos días. El departamento de Salud del Gobierno Vasco comunicó el viernes que ofrecería la posibilidad de mantener la inoculación con Astra Zeneca si se firmaba el consentimiento informado y -aquí llega el dato relevante- si había dosis disponibles.

De repente, el argumento de Llamazares adquirió, a mis ojos, total credibilidad. Y llegué a la conclusión de que, desde un primer momento, la cuestión de los trombos había sido, en realidad, un argumento útil, pero no la razón de fondo. Los datos que aporta hoy El País relativos al incumplimiento de Astra Zeneca son palmarios. En otras palabras, con independencia de cuñales fueran las razones por las que se paralizó en su día la vacunación con Astra Zeneca, lo cierto es que los incumplimientos de esta empresa en la entrega de las dosis acordadas hacen muy difícil, si no imposible, garantizar que se puedan cumplir las previsiones de vacunación con su fórmula.

Lo que no entiendo es por qué no se ha explicado esa dificultad con claridad a la opinión pública. Detesto la opacidad, y que se nos trate como a menores de edad y no como a ciudadanos. Por eso, esta mañana he puesto este tuit:

Hay quienes, ante la decisión de Sanidad, piden que su vacunación se complete con la segunda dosis de Astra Zeneca. Yo mismo lo he aconsejado respondiendo a una consulta que se me ha hecho. Ahora no lo veo de la misma forma.

Por un lado, Javier Armentia, tanto en tuiter como en una conversación entre amigos me preguntaba, días atrás, que qué más me daba, que lo que había que hacer es vacunarse con la que nos den porque, sea cual sea, contaría con todas las garantías, como ocurre con el resto de fármacos que consumimos sin prestarles mayor atención. Tenía razón. El asunto de las vacunas nos ha llegado a obsesionar tanto que reaccionamos en exceso a cualquier estímulo que tenga relación con él.

Mi problema, en realidad, no tiene demasiado que ver con que se ofrezca una u otra vacuna, sino con el descrédito que ha arrojado el Ministerio a las vacunas, en general, y con la poca consideración que nos ha demostrado al no hablar claro en todo momento.

Mi tuit ha tenido numerosas respuestas de diferente cariz, que no voy a valorar. Me interesa ahora un aspecto concreto de esta cuestión. Ha habido algunas respuestas en las que se afirmaba que debían reservarse las dosis necesarias para garantizar que se completaba la inmunización con la misma vacuna. De hecho, algunos han echado de menos, incluso, que el Gobierno Vasco no haya mantenido la política inicial de guardar parte de las dosis recibidas para garantizar la segunda.

Y de repente, en medio de todo este lío, me ha venido a la cabeza este tuit de Ugo Mayor:

Sí, la primera dosis está provocando un efecto que ya se había visto en otros países. Está salvando vidas, porque la tasa de mortalidad por infección (fatality rate) está cayendo de forma acusada por efecto de la vacunación; en dos o tres meses se ha reducido a la mitad, ha caído de un 1,5%, aproximadamente, a 0,7%. Lo que esas cifras indican es que en diciembre pasado, por cada 1000 casos de covid que se detectaban (mediante PCR o test de antígenos), morían alrededor de 15 personas, mientras que a primeros de mayo, solo han fallecido 7, aproximadamente.

Además, aunque no la evite completamente, lo más probable es que la vacunación, incluso con una única dosis, reduzca la transmisión del virus. Por lo tanto, las vacunas administradas estarían salvando vidas por dos vías diferentes, reduciendo la transmisión en un cierto porcentaje, por un lado, y evitando la muerte de las personas vacunadas que se contagian, por el otro.

Se plantea así un interesante dilema ético. ¿Debe favorecerse la pauta de vacunación de la forma en que preveía el fabricante, guardando dosis para completar la inmunización y seguir así el criterio de la EMA, por si la combinación de dos fórmulas no tuviese las garantías de eficacia o seguridad que tiene la fórmula única? ¿O se deben administrar todas las disponibles y salvar así cuantas más vidas mejor, aunque haya que completar la inmunización con otras vacunas?

Hay que tener en cuenta, además, que el suministro de vacunas aumentará y que, conforme pase el tiempo, nuevas marcas llegarán y serán administradas.

Tengo 60 años; hace tres semanas me dieron la primera dosis de Astra Zeneca. Hasta ahora había pensado que me debían dar la segunda de la misma marca. Hoy ya no lo pienso. No me importaría que me dieran cualquier otra para completar la inmunización. Prefiero que mi segunda dosis no la guarden hasta que me corresponda a final de julio, porque esa segunda dosis podría salvar una vida.

Por esa razón, retomo un tuit que había puesto, en otro contexto, hace unas semanas:

Pues eso.

Nota: He modificado el texto en la línea de lo que apunto en mi respuesta al segundo comentario de Uxune M. Creo que ahora el dilema aparece con más claridad. Es lo bueno de tener lectoras críticas y perspicaces.

El cuadrado de la distancia

El pasado día 17 el Diputado General de Gipuzkoa, Markel Olano, en una breve alocución a los estudiantes que han participado este curso en el programa Jakin-mina les dirigió esta pregunta: “¿Imagináis cómo estaríamos ahora si no hubiese vacunas contra la covid19?” A continuación, se refirió al papel crucial que está jugando la ciencia para superar el trance en que nos encontramos.

Hace un año y un mes, en El filo de la navaja, expresaba mi convicción de que pasaría mucho tiempo antes de que una vacuna pudiese frenar el desarrollo de la pandemia. Daba por seguro que muchos se acabarían contagiando y muchos también morirían. Sin embargo, un año y un mes después me parece normal que pensemos en el verano próximo como el momento de la relajación y la recuperación de una parte importante de nuestra vida. He interiorizado el impacto de la vacuna sin apenas valorar el abismo que nos separa de una hipotética (mala) vida sin vacunas. Y como yo, creo que muchas otras personas. Es curioso lo endebles que son a veces nuestras elaboraciones mentales.

La pregunta del señor Olano reveló con claridad lo que significa la ciencia en nuestra sociedad. Y permite atisbar el infierno al que habríamos tenido que enfrentarnos si las vacunas contra la covid hubiesen tardado en llegar. Es al que se enfrentan en muchos países a los que las vacunas llegan con cuentagotas, países en los que morirán miles de personas.

A día de hoy, y según el tablero de la John Hopkins University, se han contabilizado en el mundo más de 165 millones de casos de Covid19 y más de 3,4 millones de muertos. Son cifras oficiales; las reales son muy superiores, y solo pueden llegar a atisbarse a partir de los datos de mortalidad -para ser precisos, del exceso de mortalidad con relación a un año típico- que recogen los registros civiles. De acuerdo con un modelo publicado por el semanario The Economist, bien podrían ser 10 millones los fallecidos por culpa del SARS-CoV-2. Las cifras están todavía lejos de la devastación que causó la gripe de 1918, pero pronto serán del mismo orden de magnitud. Para valorar lo que significa esa cifra, téngase en cuenta que en el mundo mueren cada año del orden de 56 millones de personas.

El conocimiento científico, lo decía al principio, ha sido la palanca que, por ahora, parece que puede sacarnos de la debacle sanitaria, el hundimiento económico y el caos social que me preocupaban hace un año. Digo que parece porque, a riesgo de ser tildado de aguafiestas, sigo sin tener tan claro que el final de este desastre esté tan cerca como muchos creen.

En todo caso, los efectos benéficos del conocimiento científico no alcanzan, por ahora, a toda la población mundial, ni mucho menos. La India, el país que sufre ahora los efectos más dramáticos de la pandemia, se enfrenta a la situación con mínimas posibilidades de vacunar a su población. Con más de 1300 millones de personas, si se llega a contagiar, como en España, el 15% de la población, habría 200 millones de contagiados, más que el total de los contabilizados oficialmente a día de hoy en todo el mundo. Y estaríamos hablando, al menos, de 2 millones de muertos más. En realidad, bien podrían ser el doble de esa cantidad. Ese panorama, por las razones dadas aquí, entraña grave riesgos para todos, pero no es eso lo que me interesa destacar ahora, sino la forma en que nos afecta desde otro punto de vista.

El impacto emocional que causa una catástrofe no es directamente proporcional al número de víctimas que provoca. Mil muertes no duelen diez veces más que cien; ni cien que diez; ni diez que uno. Si acaso, y si esto es algo que pudiese medirse, mil muertes quizás causen el doble de dolor que cien; cien, el doble que diez; diez, el doble que uno. Por eso, según esa regla, los 600 mil muertos en los Estados Unidos deberían, quizás, causarnos el doble de dolor que los 80 mil muertos en España.

Pero, en realidad, nos causa mucho menos, porque más que el número, o a la vez que el número, nos impresiona la proximidad, ya sea física, nacional o cultural. El impacto emocional disminuye con la distancia que nos separa de ella. Por eso, los 600 mil norteamericanos muertos, los 500 mil brasileños o los 300 mil indios, nos conmueven mucho menos que los fallecidos en nuestro entorno próximo.

Casi podría enunciarse una segunda regla -aunque, en realidad, no pase de ser una conjetura- según la cual el impacto que nos causa una catástrofe humana es inversamente proporcional al cuadrado de la distancia, física o cultural, que nos separa de sus víctimas.

Pongamos que hablo de Madrid

Isabel Díaz Ayuso ha obtenido una gran victoria porque ha ofrecido a los madrileños una vida normal.

No quiero decir con esto que esa sea la razón que ha movido a todos sus votantes. No es eso, ni mucho menos. Las elecciones las ha ganado gracias, principalmente, a votantes de derecha, como es natural. Lo que he querido decir es que el plus obtenido se debe a que ha sido capaz de atraer a muchos abstencionistas y anteriores votantes socialistas, y creo que la razón de esa atracción radica en esa promesa, la de poder vivir una vida normal.

Más de un año de restricciones han cansado a mucha gente. Y, más importante aún, más de un año de restricciones ha cabreado a muchos, ha deteriorado la salud mental de otros, ha empeorado la calidad de los servicios públicos, ha complicado la vida a la mayoría y, sobre todo, ha empobrecido a muchas familias y comprometido las expectativas de muchas más. La gente teme por su futuro. La incertidumbre socava el ánimo y eso tiene consecuencias de todo orden. Quien puede, ahorra, pero quien ahorra no gasta, y si no se gasta, muchos no trabajan. Esos ni siquiera pueden ahorrar.

Díaz Ayuso ha conectado muy bien con esos damnificados. Y lo ha hecho utilizando a Sánchez y al gobierno central como contrapunto, como la referencia de lo que se hace mal o no hay que hacer. El gobierno español ha colaborado entusiasta con decisiones mal explicadas o no explicadas, y con actuaciones tan difíciles de entender como las idas y venidas con las vacunas. Es significativo que la única izquierda que sale bien parada sea la que no gobierna España, aunque sé que en ese fenómeno inciden otros factores no menores.

Me dirán ustedes: “Sí, pero ha muerto mucha gente; y si no se hubiesen tomado esas medidas, habría muerto mucha más.”

Es cierto, si no se hubiesen tomado muchas medidas contra la pandemia, habrían enfermado muchas más personas y muerto por decenas de miles. El sistema de salud habría colapsado y viviríamos una catástrofe total.

Pero por muy cierto que eso sea, si las explicaciones que se dan no se acaban de entender, y si percibimos opacidad y decisiones contradictorias, no es difícil pensar que quizás no están tan justificadas. Unamos ese escepticismo o incredulidad a la extraordinaria capacidad que tenemos los seres humanos de creer (de creer de verdad, no de hacer como que creemos) lo que nos interesa, y la mezcla puede fácilmente dar lugar a pensar que quienes nos están complicando la vida quizás no tengan razón. Es más, yo también creo que hay algunas cosas en las que no tienen razón.

Además, como comentó en petit comité un alto cargo de la administración sanitaria hace unos meses, los números, a esos efectos, no ayudan. Hagamos, para la Comunidad de Madrid, las cuentas (utilizo los porcentajes de memoria, por haberlos leído en fuentes de confianza).

Pongamos que de los 6,65 millones de madrileños se han contagiado por covid un 25%. Creo que es una suposición razonable, porque a finales del pasado año eran del orden del 18%. Serían, por tanto, 1,66 millones las personas contagiadas (¡ojo! contagiadas no quiere decir que los contagios hayan sido verificados mediante análisis).

De esos contagiados, probablemente un 10% han pasado una mala enfermedad; esto es, han podido enfermar de gravedad unos 166000 madrileños.

Si ha fallecido un 10% de quienes han enfermado de gravedad, serían del orden de 16600 las personas fallecidas por covid. Los registros civiles han estimado que el exceso de mortalidad en Madrid ha sido, desde el comienzo de la pandemia, de 18257 personas. Creo que las cifras son muy razonables, porque la diferencia -unas 1600- se puede deber a fallecimientos provocados indirectamente por las demoras en diagnósticos y tratamientos de otras enfermedades.

Si a eso añadimos que de los 18257 muertos de más que ha habido en Madrid por comparación con los que habría habido en tiempos normales, 14354 son personas mayores de 75 años, no es difícil darse cuenta, por cruel que esta observación nos pueda resultar, de que los enfermos graves y muertos por covid no han sido percibidos como desgracias propias por mucha gente.

Para bastantes personas, la pandemia no ha sido una experiencia traumática por los enfermos y muertos que ha ocasionado. Pero sí lo ha sido por el destrozo que las restricciones a la movilidad y a la actividad han causado en su modo de vida y en sus expectativas. Los altercados callejeros y las manifestaciones de trabajadores y pequeños empresarios hosteleros han sido la punta del iceberg del descontento profundo de sectores significativos de la población.

Ideología al margen, quienes han apoyado a Díaz Ayuso porque les ha prometido una vida normal no son personas egoístas, despiadadas, inmorales. Son personas como usted o como yo, que han visto en su discurso y su actitud una luz de esperanza ante un panorama que arruinaba su vida o la de los suyos, y que no han creído que lo que el gobierno español (la izquierda gobernante) ha hecho para combatir la pandemia estuviese justificado. Sánchez, anunciando que dejaba sin prorrogar el estado de alarma, reaccionó, pero lo hizo tarde y mal.

Esta -creo- es una enseñanza que nos deja la pandemia. Es una enseñanza amarga. Al menos para mí lo es. Pero no viene sino a reforzar los argumentos que expuse hace más de un año en el sentido de que los dilemas a los que nos abocaba esta situación eran muy difíciles, y que no se solventaban, sin más, con el simple y contundente “quédate en casa” con que fuimos bombardeados entonces.

Las elecciones a las que me he referido en esta anotación han sido las autonómicas madrileñas, claro. Madrid, seguramente, es diferente de otras comunidades autónomas y quizás no sea prudente extrapolar lo ocurrido allí a esas otras. Quizás no lo sea, pero no estoy seguro de que, hasta cierto punto, en otras comunidades no vayan a ocurrir fenómenos similares. Por el momento, no obstante, pongamos que hablo de Madrid.

No, no todos habéis tirado la toalla

En efecto, muchísimos de vosotros no habéis tirado la toalla y cumplís de manera ejemplar las normas que limitan nuestras libertades y nos obligan a mantenernos a distancia de los demás y a utilizar mascarilla.

Algunos de mis lectores (y amigos) me lo han hecho ver el mismo viernes y también ayer. Creo, incluso, que el título que puse a la anotación anterior y algunas de las afirmaciones que hice en el texto les resultaron molestos. No los inserto a continuación porque no estoy seguro de que a sus autores les parezca una buena idea; si no, lo haría. Otros amigos me lo han comentado también en privado.

Voy a tratar de justificarme y a pedir perdón.

Efectivamente hay muchísimas personas que siguen respetando las normas. Justo y necesario es reconocerlo. Muchas de esas personas se sienten muy molestas con la actitud de sus conciudadanos y, a veces también, desamparadas, por lo que consideran una dejación de las autoridades, o desconcertadas por decisiones que perciben como arbitrarias y fruto de la improvisación.

Pero que haya muchas personas que sigan respetando las normas no quiere decir que no se esté produciendo un cambio en la actitud de muchas otras. Confieso que esto no es más que una percepción personal; no dispongo de pruebas fehacientes. Pero es como lo percibo, y tampoco soy el único, a tenor de otros comentarios vertidos también en tuiter.

Creo que actitudes de precaución normales en muchas personas hace unos meses, ya no lo son. Y creo que hay más gente ahora que incumple las normas que la que había antes. Puede que eso no me autorice a expresarme con carácter tan general como para abarcar a la sociedad en su conjunto, pero en el curso de una pandemia, incluso números de personas relativamente bajos pueden provocar efectos importantes.

Parte de los reproches que se me han hecho han incidido en la responsabilidad de las autoridades, en su dejación, como he dicho antes. También aludí a eso en mi anotación. Porque es cierto, percibo menor disposición por parte de las autoridades a la hora de hacer cumplir las normas ahora que hace unos meses.

Y luego están las cosas que nadie entiende, como que en las vacaciones de Semana Santa se levantasen las limitaciones para acudir a establecimientos hoteleros, que las novias de los futbolistas del Athletic Club pudiesen asistir a la final de Copa en Sevilla o que se permita la venta de mascarillas que no deberían estar permitidas bajo ningún concepto. Sí, creo que la administración merece reproche por cosas como esas.

Pero soy muy cauteloso a la hora de criticar a los que mandan. Y más en situaciones tan difíciles como esta. Hay dos razones por las que me resisto a criticar a las autoridades o por las que tiendo a asignar las responsabilidades de forma más amplia. La experiencia me dice que la responsabilidad de que haya determinados problemas o comportamientos sociales nunca recae en exclusiva en quienes administran; a los administrados también nos suele tocar una parte.

Hubo un tiempo –mi periodo como rector, para quien no esté al tanto- en que un servidor era de los que administran. Pues bien, en no pocas ocasiones fui muy consciente de lo injusto que resulta la atribución del error, la responsabilidad o la culpa de un mal o supuesto mal. Desde entonces procuro ser cauto con esas atribuciones.

Y si me parece que la responsabilidad es compartida, difícilmente me puedo colocar fuera del terreno de juego. Sinceramente, no puedo asignar una responsabilidad al conjunto de la sociedad y situarme yo mismo al margen, como si no tuviese arte ni parte.

La semana de Pascua tuve que pernoctar en San Sebastián. Lo hice en un hotel. Cené en su restaurante. Había muchos comensales que permanecieron durante toda la cena sin mascarilla. Pude haberme ido y saltarme la cena; no lo hice.

En las dos últimas semanas he asistido a tres o cuatro reuniones presenciales en sendos despachos; podía haber pedido hacerlo de forma telemática; no lo pedí. El viernes presidí una asamblea en la que estaban presentes unas veinte personas, mientras el doble de ese número participaba desde su despacho o vivienda; opté por estar presente, cuando podía haberlo hecho a distancia.

Se supone que en todas esas reuniones y en la asamblea se mantuvieron todas las medidas de seguridad, pero he sido muy consciente en todo momento de que, por pequeño que sea, siempre hay algún riesgo; si hubiese hecho todas esas cosas por vía telématica, no hubiera corrido ninguno. Asumí un cierto riesgo. ¿Cómo no voy a incluirme entre quienes se han relajado? Hace unos meses, en las mismas circunstancias, me habría conducido de otra forma. Así pues, he de utilizar la primera persona del plural; no hacerlo habría sido hipócrita. Creo que los Evangelios tienen una máxima para eso.

Que me perdonen, pues, quienes se hayan sentido injustamente incluidos entre quienes han tirado la toalla. No era mi intención asignarles ninguna responsabilidad, pero al generalizar sin matices, erré.

¿Hemos tirado la toalla?

Las Comunidades Autónoma Vasca (522), Foral Navarra (420) y de Madrid (401) lideran destacadas la incidencia de la covid19 (las cifras entre paréntesis expresan, como es habitual, la incidencia acumulada en 14 días por cada 100000 habitantes).

En Navarra han muerto 9 personas en la última semana (13,7 por millón), en Madrid han sido 86 (12,7 por millón) y en la CAV, 27 (12,3 por millón). En la CAV, además, los ingresos hospitalarios, la ocupación de las UCIs y los fallecimientos seguirán subiendo, porque la incidencia diaria ha superado el millar de casos en varias ocasiones estos días y sus consecuencias las veremos dentro de tres semanas. No me atrevo a comentar la situación de Navarra y Madrid, porque no veo lo que ocurre en esas comunidades, así que solo me referiré a la mía, a la CAV.

El LABI, el organismo que valora la situación y recomienda al gobierno las medidas que se deben tomar, prevé que durante los próximos días la incidencia de la pandemia se mantendrá en una meseta y luego descenderá lentamente. Interpreto que el LABI renuncia a recurrir a medidas más rigurosas para cortar la cadena de contagios y confía la evolución de la pandemia en las próximas semanas y meses a los efectos de la vacunación. La meseta sería la consecuencia del funcionamiento del semáforo automático, tal y como funciona en este momento, y el descenso lento posterior obedecería al efecto de las vacunas.

El LABI, de hecho, ha recomendado mantener las normas vigentes porque, según ha declarado, son suficientes y lo que hace falta es que se cumplan.

El auto de la Sala de lo Contencioso Administrativo del TSJPV que permitió la reapertura de los bares tuvo dos efectos nocivos. Uno es que frenó el ritmo de descenso de la incidencia de la covid19 y dejó a la CAV en situación precaria para afrontar la siguiente ola. Y el otro es que limitó mucho el margen de actuación de las autoridades, lo que merma su capacidad para contener la pandemia.

Ahora bien, por muy adecuadas y rigurosas que se consideren las actuales, sigue habiendo margen para tomar medidas adicionales; y si la situación fuera más grave, no dudo de que se tomarían. Pero se ha optado por no hacerlo porque se ha decidido que lo que hace falta es que se cumplan las normas que ya hay.

Pero eso no va a pasar.

Conforme han ido pasando los meses, el cumplimiento ha sido cada vez más laxo o, en algunos casos, se han dejado de cumplir de forma evidente. No hay trabas a la movilidad como las hubo durante olas anteriores; autobuses, metro y carreteras no parecen sufrir los efectos de la pandemia. Hay locales de hostelería que llevan el reloj muy atrasado. Lo cierto es que nunca he visto muchos agentes de la ley por las calles o patrullando en automóvil, pero durante los últimos dos meses no he vuelto a ver policías municipales en la calle, ni uno solo; si acaso, algún coche de la Ertzaintza.

No, diga el LABI lo que diga, las normas no se van a cumplir. Por dos razones que quizás sean una en el fondo.

Una es que no se hacen cumplir. Es verdad que no se puede poner un policía detrás de cada persona. Pero de ahí a no poner casi ninguno en la calle va un trecho.

Y la otra razón es que mucha gente ya no está por la labor de cumplir las normas. No sé si es más que la que sí está dispuesta a cumplirlas, pero lo que percibo es que es más, bastante más, que la que no lo estaba antes. La actitud de la gente ha cambiado y ya no actuamos con la prudencia con la que solíamos hacerlo.

Muy probablemente la expectativa de una pronta vacunación ha influido en ese cambio de actitud. La vacuna nos ha podido anestesiar; la promesa de una próxima inmunización nos habría insensibilizado ante las consecuencias y riesgos inherentes a los comportamientos imprudentes. Quizás hayamos bajado la guardia por verla tan próxima.

Por último, creo también que hemos llegado a una situación acerca de la que ya escribí; es posible que hayamos llegado a esa cifra de muertos que es socialmente aceptable. Es posible que estemos dispuestos a convivir con esa cifra, confiando nuestro futuro y el de otras muchas personas a la suerte y una próxima vacunación. Y algo parecido deben de pensar quienes han renunciado a intentar que se cumplan las normas o a aplicar normas más restrictivas.

He dicho antes que quizás no sean dos, sino una única la razón por la que no se cumplen las normas y nos encontramos en la situación que sufrimos en este momento. Esa razón es que la sociedad vasca, en sus diferentes niveles de responsabilidad, parece haber renunciado a esforzarse, parece haber tirado la toalla. Y si no fuera por la enorme tensión a que estamos sometiendo al sistema sanitario, quizás viviríamos más despreocupados aún, inconscientes del riesgo individual, familiar y social que corremos, e insensibles al drama que todas esas muertes representa.

Adenda:

Más de una persona ha respondido en tuiter a la pregunta que sirve de título a esta anotación negando que, al menos ellos y sus allegados, hayan tirado la toalla. Si tengo ocasión mañana mismo trataré de comentar sus respuestas aunque, por supuesto, no tengo la más mínima duda de ello.

De otro tenor fue la respuesta de Ugo Mayor:

Él me decía después que si se compara el repunte actual con los dos anteriores, la velocidad de expansión de contagio de este es más lenta, a pesar de que la variante británica se considera más contagiosa. Por esa razón, deberíamos observar una expansión más explosiva si un porcentaje más alto de la población hubiese tirado la toalla. Como le señalé en tuiter, en mi opinión hay factores que explicarían esa aparente discordancia. Creo que son dos.

Por un lado, el porcentaje de población inmunizada ha crecido a lo largo del tiempo, tanto por haberse contagiado más personas, como por haberse vacunado ya un porcentaje significativo. Sabemos que en las vacunadas la protección, sobre todo frente a covid severa, es alta. Y además, es muy probable que las vacunas reduzcan la transmisión del virus, aunque no sabemos en qué medida. Ugo respondió a mis argumentos con datos (le alabo el gusto) y una cuestión adicional.

Los porcentajes insertados en la figura indican la proporción de personas inmunizadas al comienzo de cada ola. Y como puede leerse en el tuit, Ugo se pregunta si ese 14,5% puede justificar el carácter menos explosivo (subida más gradual) de los contagios en este repunte.

Mi opinión es que sí. Aunque la diferencia de 9,5% a 14,5% puede parecer pequeña, dado que la progresión de una pandemia tiende a cursar exponencialmente (se trata de un fenómeno multiplicativo), diferencias pequeñas de partida tienen efectos grandes.

Y luego hay otra razón a la que no he hecho mención antes. Si no me equivoco, en el actual sistema de semáforos el rojo se alcanza con una incidencia de 400, cuando en los anteriores se alcanzaba con 500. Y esa diferencia, de nuevo por el carácter exponencial del crecimiento de una epidemia, puede tener un efecto significativo, ayudando a mitigar el crecimiento. Creo que ambos elementos actuando a la vez pueden perfectamente ralentizar el crecimiento de la incidencia de la covid en la población.

Confieso que mi conjetura es eso, una conjetura, y que se basa, en parte, en lo que observo a mi alrededor. Pero respondiendo a Ugo, creo que sí es compatible con la trayectoria que muestran los datos de incidencia a lo largo del último año.

Las cifras son tercas: hay que seguir vacunando

Parece que se ha vuelto a liar. Con las vacunas, quiero decir.

Oí ayer en Radio Euskadi a una mujer que decía que le parecía bien que se suspendiese la administración de la vacuna de Oxford/Astra Zeneca. Decía que si la vacuna provoca muertes era mejor esperar hasta disponer de otras que no las provoque. Me temo que esta es la noción que predomina en el público y me temo que es el motivo por el que los responsables del Ministerio de Sanidad y de las consejerías de salud de algunas comunidades autónomas barajan restringir al máximo el uso de esas vacunas.

No voy a reiterar argumentos que ya di hace unas semanas. Después del informe que ayer publicó la Agencia Europea del Medicamento (EMA, por sus siglas en inglés), solo me queda reafirmarme en las ideas que expuse entonces, porque su valoración no ha variado.

La EMA ha examinado los casos de 18 fallecimientos por trombosis venosa de senos cerebrales y trombosis venosa abdominal correspondientes a una población de 25 millones de personas inoculadas con la vacuna de Oxford/Astra Zeneca. El riesgo de fallecimiento por esa causa es, por lo tanto, de 0,7 por millón. Dejémoslo en 1 por millón, por redondear y por si hubiese pasado algún caso desapercibido (lo dudo muchísimo).

En España, el máximo número de casos de Covid19 registrados en los últimos meses ha sido de 37000 por día, y el mínimo, de 4000 (según Our World in Data). Son cifras aproximadas y redondeadas.

Y en lo que a los fallecimientos se refiere, el máximo ha sido de unas 490 muertes por día y el mínimo, de 90. En proporción a la población, las cifras de mortalidad por Covid19 han variado entre un máximo de 10 y un mínimo de 2 muertes por día y por millón de habitantes en España.

Por lo tanto, y considerando el conjunto de la población española, la vacuna de Oxford Astra Zeneca podría provocar la muerte de una por cada millón de personas vacunadas. A cambio, por cada millón de personas no vacunadas, morirán en los próximos meses no menos de dos personas CADA DÍA (en un escenario de contención y reducción progresiva después de la subida posvacacional). Insisto en que las muertes por dejar de vacunar se producirán cada día.

Es cierto que la mortalidad de las personas contagiadas es muy dependiente de la edad, porque quien se contagie de Covid19 con 45 años tiene una probabilidad de morir de 0,13%, mientras que con 75 años ese valor sube al 6,6% (estos datos son de la CAV, pero supongo que no diferirán mucho de los de otras CCAA). En otras palabras, una vez contagiada, la probabilidad de morir de una persona se multiplica por 50 entre los 45 y los 75 años de edad. Esa diferencia tan grande obliga a tomar en consideración la edad a la hora de estimar la probabilidad de muerte de quienes no estén vacunados, por supuesto.

Ahora bien, la edad no solo afecta a la probabilidad de morir de una persona contagiada, también influye en la probabilidad de contagiarse, que es muy alta alrededor de los 16-18 años de edad, y muy baja a partir de los 60 años. Las diferencias en incidencia, no obstante, son muy inferiores a las de letalidad.

Aunque no he hecho las cuentas para cada intervalo de edad, se puede estimar la edad por debajo de la cual es menor el riesgo de no vacunarse que el de hacerlo. Pero eso depende, a su vez, de la incidencia global. Cuanto menor es la incidencia mayor es la edad por debajo de la cual sería mejor no vacunar, y lo contrario en caso de alta incidencia. Eso explica que los países con baja incidencia de Covid19, como Noruega, sean proclives a suspender la vacunación al tener conocimiento de las muertes causadas por los trombos. Pero también debería ser motivo más que suficiente para que no se suspenda en los países con alta incidencia. En estos países habría de reducirse mucho la incidencia de la pandemia para que sea más peligroso vacunarse que no hacerlo.

Con los datos disponibles deberían vacunar a las personas mayores de 70 años cuanto antes, porque son esas personas las que corren un mayor riesgo. Entre tanto, y como cada día que pase habrá más datos y mejor información, se podrán hacer las cuentas que permitan establecer edades límite para vacunar con más seguridad dependiendo de la marcha de la pandemia. Y después actuar en consecuencia.

Tengo entendido que en este momento no hay vacunas de Astra Zeneca disponibles para administrar o, si acaso, quedan unas pocas, por lo que la decisión que se tome ahora al respecto, no va a causar demoras en la vacunación. Pero llegarán y entonces habrá que tomar una decisión.

Vacunas quizás no haya, pero lo que sí hay es un desconcierto enorme en la ciudadanía a causa de estas idas y venidas. La gente está harta de cambios mal explicados o no explicados, está harta de que la Covid19 se haya convertido en un campo de batalla entre unas fuerzas políticas y otras, está harta de la pandemia y de cómo le ha cambiado la vida. Y no entiende nada; hay que estar muy bien informado para tener una idea cabal de lo que ocurre, pero es muy difícil.

Y por si todo lo anterior fuese poco, estas idas y venidas están socavando gravemente la confianza que se habían ganado las vacunas por su inesperada eficacia. Esa desconfianza también causará enfermedad y muertes.

El juego y la tribu: el fútbol visto por un cascarrabias

Mi padre me llevaba al fútbol algunos domingos. Era en la década de los sesenta. Íbamos al campo del Calvario a ver jugar al equipo de la Unión Deportiva Salamanca. Mi padre compraba localidades baratas, en uno de los fondos, porque la economía familiar no daba para más. Recuerdo que en cierta ocasión un balón impactó en mi cara tras un lanzamiento errado de falta. El balonazo me dolió. El jugador que la había lanzado se acercó hasta nuestra localidad para interesarse por mí. Tengo un recuerdo nítido del episodio. Nuestro último año en Salamanca, antes de emigrar a Bilbao, se estrenó el Helmántico.

Ya en Santurce, durante varias temporadas entre 1972 y 1976, tuve la suerte de asistir cada domingo a San Mamés. Mi tío paterno me regalaba la entrada para una localidad que, a su vez, le habían regalado a él. Así, aunque nunca supe qué hacer con un balón en los pies, empecé a amar el fútbol. Durante años lo seguí con interés, viendo partidos por televisión y en el estadio en algunas, pocas, ocasiones. Asistí, incluso, a la subida de la gabarra en el 83 y el 84. Desde entonces, desde los años setenta y ochenta del siglo pasado, todo lo que tiene que ver con el fútbol ha cambiado mucho. Era un entretenimiento del fin de semana y, si acaso, algún que otro miércoles. Hoy es algo muy diferente.

Los deportes de equipo que gozan de popularidad han tenido y tienen carácter emblemático. Hay grupos de aficionados que comparten su adhesión a un equipo en concreto, normalmente el de la localidad o territorio, pero no siempre. Esto confiere al grupo de aficionados carácter tribal. Ocurre con varios deportes, pero con el fútbol ese elemento es especialmente importante. Se es del Barça, del Madrid, de la Real o del Athletic Club. No se está a favor de alguno de esos equipos, se es de ellos. Se “aman” los colores; la adhesión es incondicional, como la que se experimenta hacia el ser amado. Uno no se adhiere hoy a la tribu a la que pertenece y mañana deja de adherirse.

El grupo al que se pertenece es fuente de identidad, forma parte de nuestra misma naturaleza. Proporciona cobijo. Con los demás miembros compartimos una cultura. El grupo nos otorga una cierta continuidad en el tiempo, da sentido a nuestra existencia. Configura, incluso, la comunidad moral a la que pertenecemos. Las comunidades, los grupos, las tribus son el marco en que hemos evolucionado los seres humanos; en el grupo nos educamos intelectual y moralmente. Sin el grupo, sin la tribu, dejaríamos de ser lo que somos.

En las sociedades contemporáneas se puede ser miembro de más de un grupo. Se puede pertenecer, simultáneamente, a la comunidad de fieles de una religión, a la asociación de padres y madres de un colegio, a un club deportivo, a una patria, o a la hinchada de un club de fútbol, por ejemplo. Cada uno de esos grupos, en función de lo identificados que nos sintamos con ellos, dejan una impronta en nosotros, en nuestra identidad.

Pero que sepa de la existencia de las tribus, que crea en su inevitabilidad, que la considere necesaria, incluso, no implica que me sienta a gusto en una de ellas, sea la que sea. Me desenvuelvo con torpeza en su seno. No me gusta exhibir sus símbolos. Soy incapaz de sentir orgullo por los logros colectivos en los que no he participado directa y activamente. Menos aún si esos logros se alcanzaron en el pasado. Me resulta difícil compartir la satisfacción por hazañas logradas por el colectivo al que pertenezco antes de formar parte de él.

La adhesión a un club o equipo deportivo es una adhesión tribal. Lo es a unos símbolos (los colores, la camiseta…), a una historia (las gestas del pasado) y a un proyecto (los triunfos por llegar). No suele ser el resultado de una decisión deliberada. La adhesión puede venir de suyo -por razones familiares-, producirse por pertenecer a un mismo grupo de amigos -la cuadrilla-, o por otras causas.

Entiendo que existan esos sentimientos, esas adhesiones. Es más, aunque yo sería incapaz de participar de ellas, me gusta contemplar algunas de sus manifestaciones más conspicuas, como las gradas de un estadio llenas de aficionados que agitan sus bufandas y cantan para animar al equipo. Esa es la cara amable del tribalismo futbolístico. Me alegra que mis amistades sean dichosas los días que gana su equipo y me entristece que sean desdichadas los días que pierde.

Durante las décadas que han transcurrido desde que iba al Calvario, a ver a la UD Salamanca, o a San Mamés, a ver jugar al Athletic Club, el fútbol, sus tribus y sus estrellas han ganado relevancia social, presencia en el espacio público. Tengo la impresión de que todo cambió con la llegada de las cadenas privadas de televisión. Es solo una impresión; no tengo datos. Creo que las cadenas comerciales han inyectado mucho dinero y han hecho que las televisiones públicas también lo hagan. De esa forma, hay una mayor presencia del fútbol en los medios de comunicación y, por tanto, en las vidas de la gente.

Todo eso ha hecho que el fútbol sea hoy un fenómeno intrusivo en grado sumo. Está en todas partes.

De los quince periódicos más leídos en España, el primero, con diferencia, es un medio deportivo, también lo son el tercero, el octavo y el decimoprimero. Si contamos solo esos quinces medios más leídos, un 38% de los ejemplares que se leen son deportivos. No olvidemos que todos los periódicos generalistas ofrecen, además, una buena ración de deportes. Y cuando aquí escribo “deporte”, sabemos que la mayor parte de la información corresponde a fútbol.

En la radio, las retransmisiones de los partidos alteran la programación una semana sí y otra también. El fútbol tiene prioridad casi absoluta. Y en la televisión, aparte del tiempo que se le dedica en cada informativo, está el de las retransmisiones en directo. Prácticamente no hay día en que no se programe un partido de fútbol en esta o aquella cadena. Y esa mayor presencia social se ha traducido en un tribalismo más intenso, especialmente en sus aspectos más oscuros.

Es muy posible que mi percepción esté sesgada, pero me parece que ahora el fútbol está mucho más presente en las conversaciones de la gente. Antes era tema propio de los días en torno al partido de la semana. Ahora es cotidiano. Los exteriores de muchos bares se han convertido en pequeños patios de butacas, ante los que pantallas de gran tamaño ofrecen las imágenes de los encuentros a los parroquianos que se arraciman a su alrededor. Los días de partido dejan huella sucia y maloliente en los aledaños del estadio.

Alrededor del fútbol se mueven cantidades de dinero extravagantes. Las estrellas del espectáculo ganan sumas obscenas, sumas que las aficiones dan por bien gastadas, aunque en otras facetas de la vida social se consideren impensables dispendios semejantes. A esas mismas estrellas se les perdonan o disculpan actitudes que se reprueban en cualquier otro ámbito de la vida social.

El grado de irracionalidad que supone la condición de aficionado ha crecido hasta niveles que no hubiera podido anticipar hace unas décadas. La afición o adhesión a un equipo ha sido motivo para exculpar presuntos maltratos a la pareja de un futbolista[1], justificar delitos de evasión fiscal, insultar a un jugador del equipo contrario por el color de su piel, y otras vilezas que no estoy en situación de documentar ahora.

Soy consciente de que, para muchísima gente, el fútbol y la afición a ese bello juego no son lo que he descrito en los últimos párrafos. Son algo lúdico y placentero. El lado oscuro que me provoca rechazo lo tienen por un mal menor, algo inevitable, que sí, estaría bien mitigar, pero que no deja de ser un subproducto, pequeños daños colaterales, de una de las facetas más intensas y satisfactorias de sus vidas. Para ellos mis diatribas no son sino las protestas de un señor que se hace cada vez más mayor y más cascarrabias. Lo malo es que quizás tengan razón.


[1] El futbolista en cuestión fue finalmente absuelto pero la gravedad de la exculpación o justificación radicaba en el hecho de que el apoyo que recibió de una parte de la afición era independiente de la posible comisión del delito.