¿Qué práctica merece más el reproche moral?

En la prensa de este fin de semana había incidentes -algunos, graves- ligados a botellones, concierto de música, valores y jóvenes. Había información y también se pedía opinión a personas expertas en sociología, psicología, filosofía y moral, si la memoria no me falla. Todo esto después de unos meses de verano en que la incidencia de la covid19 en las franjas de edad de 14 a 24 años ha llegado a niveles estratosféricos, los más altos registrados para cualquier grupo durante toda la pandemia.

Y me ha dado por pensar.

Al producirse una incidencia tan alta en ese grupo (recuerdo valores, para la franja etaria de 17-18 de casi 6 casos por cada 100 individuos, acumulados en 14 días, o quizás más altos, incluso), la circulación del virus se dispara y se contagian así muchas otras personas, las más de sus propios entornos familiares o amistades, algunas de las cuales carecen de la protección que ofrece la vacuna. De esa forma, se han producido ingresos hospitalarios y muertes que no se hubiesen producido de no haber circulado el virus de forma tan intensa en los grupos de edad señalados.

Las fiestas, declaradas o encubiertas, los botellones y demás ocasiones de “socializar” han propiciado esa situación. En todas ellas el alcohol es parte de la fórmula. El alcohol baja la guardia frente a cualquier amenaza, máxime cuando nos encontramos al amparo (y bajo la presión) del grupo de pares. Por eso es lógico atribuir a esos eventos una parte importante de la alta incidencia de la pandemia durante este verano.

Las autoridades hacen lo posible para evitar que esas situaciones se produzcan y lo hacen mediante el uso de la palabra y también, si es preciso, de la fuerza. Que a la actuación de la policía se responda de forma violenta es lamentable (y, por supuesto, condenable), pero es algo que no pilla por sorpresa. No en Euskadi, pero tampoco en otros lugares.

Si dejamos al margen la contestación violenta a la actuación policial, que tiene -me parece a mí- raíces diferentes a la práctica del botellón (y que creo que no deben mezclarse en los análisis), es interesante valorar hasta qué punto esta (la práctica del botellón) es rechazable moralmente. Y lo expreso de esta forma porque la participación en botellones, además de no estar permitida con carácter general (creo recordar que es constitutiva de falta), es a menudo descalificada sobre bases morales, por atribuírsele una parte importante de la responsabilidad de la ola de contagios que hemos sufrido este verano. De hecho, no ha sido infrecuente oír o leer apelaciones a los valores de los jóvenes o consideraciones acerca de su carencia.

Al hablar de moral me refiero al ámbito de lo que pensamos que se debe o no se debe hacer. Las cuestiones morales, aunque tienen dimensión comunitaria porque suelen basarse en valores compartidos por una comunidad de individuos, corresponden a la órbita personal. Que haya actitudes o actos que sean reprochables moralmente es algo que corresponde al juicio individual de cada uno. Cuando algo, por ser considerado perjudicial, debe evitarse que ocurra, entonces el reproche pasa de ser moral a ser legal, si no entra en colisión con otros preceptos.

Jesús Zamora Bonilla en Contra Apocalípticos, su último libro, dice que “los juicios, preferencias o valoraciones morales no son verdades objetivas…”, y que “nuestras valoraciones y preferencias morales son nada más que eso: valoraciones y preferencias irreductiblemente fundamentadas (al menos en buena parte) en nuestras emociones, e igual de subjetivas que cualesquiera otras preferencias, como las gastronómicas, deportivas, literarias o musicales, aunque intersubjetivas (como también las otras lo pueden llegar a ser) en el sentido de que generalmente son compartidas por grupos más o menos amplios, y pueden verse reforzadas por la continua interacción entre los miembros de esos grupos.”

Teniendo en cuenta lo anterior, con lo que estoy de acuerdo, nadie puede pretender que sus opciones morales hayan de ser compartidas por el resto de miembros de su comunidad y, menos aún, por los de otras comunidades.

He tratado de comparar la valoración moral que nos merece la participación en botellones (y festejos varios) con otras actitudes que pueden o han podido facilitar los contagios y contribuir así a extender el virus, enfermar a más gente, provocar la muerte de algunos, dañar el sistema de salud, perjudicar la economía y contribuir a mantener el ánimo de la gente bajo mínimos.

Las actitudes que he considerado susceptibles de merecer reproche moral han sido (1) saltarse la cuarentena tras dar positivo en un test o ser contacto estrecho de quien ha dado positivo, (2) participar en botellones (no incluyo algaradas posteriores porque, insisto, esto es de otro orden), (3) negarse a ser vacunado, y (4) haber participado en reuniones familiares navideñas en números superiores a los permitidos legalmente. Las actitudes (1), (2) y (4) están o han estado prohibidas; la (3), no.

Y para conocer la opinión de la gente al respecto, he hecho una encuesta en tuiter. La encuesta no cumple los requisitos para ser considerada científica, pero 24 horas antes de concluir el plazo para darla por finalizada, ya habían respondido más de 5000 personas.

Los resultados están aquí:

La opción que merece menos reproche, a juicio de la gente que ha respondido, es la de la cena, tan solo un 4,8 %; a continuación, está el botellón, con un 7,3 %; le sigue, con un 37,4 %, el incumplimiento de la cuarentena; y la más rechazada, aun siendo la única permitida, resulta ser la negativa a vacunarse, con un 50,4 %.

Esta encuesta tiene el problema de que las respuestas no se matizan y, desde el punto de vista moral, eso es un problema, porque el juicio que merecen unas u otras actuaciones depende de las circunstancias.

La primera opción, la de saltarse la cuarentena me parece, a priori, la más grave. Al fin y al cabo, si alguien se sabe portador del virus o sabe que es muy probable que lo sea, sabe también que su vida social es fuente potencial de contagios. Pero las cosas cambian si quien se la salta deja de percibir los ingresos de los que vive su familia, o si habita una vivienda en la que la convivencia resulta muy difícil por meras razones de espacio. Podríamos añadir otras consideraciones, pero, sea como fuere, no me parece fácil enjuiciar un comportamiento así si no se conocen las circunstancias.

La segunda opción, la participación en botellones, tiene otros problemas. ¿Se comparten vasos o no? ¿En qué se diferencian algunos botellones de la forma en que se conduce mucha gente en las terrazas o en el interior de algunos bares o restaurantes? Quienes hacen botellón han tenido oportunidad de ver más de una vez comportamientos que propician contagios en terrazas y bares, y quizás no acaben de ver la diferencia. O también los han podido ver en casa.

Esto nos conduce a las cenas de Navidad. Pueden haberse celebrado con todo el cuidado del mundo y, seguramente, algunas así se celebraron. Pero también se ha podido perder el control, porque otro clásico navideño es la abundancia de alcohol en la mesa. Aunque seguramente hay muchas excepciones, pocos cuestionarán la preeminencia que tiene el consumo de alcohol en esas fechas, en general, y en comidas y festejos familiares, en particular, de manera que es muy dudoso que en las celebraciones del pasado invierno se mantuvieran medidas de precaución demasiado estrictas.

Miles de personas se desplazaron a otras viviendas, y se juntaron en sus casas y en las de los parientes más próximos. Y como consecuencia, las celebraciones navideñas dejaron secuelas graves en el registro de contagios hacia mediados y finales de enero. Aunque, en sus consecuencias, los botellones seguramente tienen un efecto mayor que los festejos familiares, los hechos, analizados fríamente, no me parecen tan alejados. ¿Cuántos chavales participaron en cenas de Navidad en las que no se cumplió la ley ni se tomaron las debidas precauciones?

Tenemos, por último, la negativa a vacunarse. La mitad de respuestas han señalado esta como la opción más reprochable. Es cierto que mi audiencia en tuiter está sesgada hacia personas con una actitud militante a favor de la ciencia y sus productos. El mundo escéptico, del que formo parte, es muy partidario de la vacunación, por pura racionalidad. Y es muy posible que eso haya movido a muchas personas a adoptar posiciones muy firmes (¿intransigentes?) en relación con este asunto. También es cierto que las autoridades han insistido -a mi juicio con razón- en la gran importancia de la vacunación. Por eso, quizás, se considera muy reprobable que la gente no se vacune, porque se considera una actitud egoísta.

Sin embargo, también en este caso hay que tener en cuenta las circunstancias. Mi propia experiencia con una vacuna, hace décadas, me podría haber llevado a pensármelo dos veces: con diez años de edad caí redondo, sin conocimiento, nada más llegar a casa después de haberme vacunado en unas dependencias municipales frente a las enfermedades víricas de las que nos vacunaban a los críos. Y sé de una persona que dejó de vacunar a su hija hace ya muchos años, porque la primera vacuna le provocó una subida de temperatura que juzgó muy peligrosa. Luego están las creencias. Me resulta muy difícil juzgarlas y, por lo tanto, hacer reproches morales a quienes sencillamente creen que es mejor no vacunarse que hacerlo. En la mayor parte de los casos, quien decide no vacunarse no lo hace pensando que no obra bien. No piensa que lo que hace perjudica a otras personas. No aquí, donde los porcentajes de vacunación parecen estar siendo altísimos.

A todo lo anterior hay que sumar la capacidad asombrosa de convencernos a nosotros mismos de que lo que hacemos no está mal, no hace daño, si eso que hacemos nos gusta o es muy importante para nosotros. Eso es un factor que incide con carácter general, pero lo es aún más cuando las referencias a mano son las actuaciones de otras personas, máxime si se trata de adultos y miembros de la misma familia.

En resumidas cuentas, no me veo capaz de hacer reproches morales, menos aún sin conocer los detalles de los casos. Por otro lado, quienes son tachados de inmorales, de carecer de valores, de ser insolidarios porque adoptan actitudes de riesgo, comportamientos que causan daño a otras personas, no lo ven así. Y al no verlo de esa forma, el reproche puede tener efectos indeseados; en vez de corregir las conductas, puede acabar conduciendo a que arraiguen actitudes nihilistas, de manera que el bienestar de los demás y el bien público se difuminen, como se difumina la verdad y la mentira cuando lo que vemos entra en contradicción con lo que se nos dice. Y si esas personas son jóvenes, convendría recordar lo que ya dije aquí hace unas semanas.

Por otro lado, utilizar argumentos morales tiene el problema de que es muy fácil incurrir en tratamientos asimétricos. No estoy seguro de que todos los comportamientos perjudiciales hayan merecido un reproche similar o, cuando menos, proporcional a su gravedad. Y me parece que los botellones están siendo un foco muy evidente -a la prensa de este verano y de este fin de semana me remito-, aunque quizás no sean los eventos o las actuaciones más peligrosas ni las más irresponsables.

Insistiré una vez más en la importancia crucial de la transparencia, de las explicaciones claras y sinceras. Si, por un lado, decimos que las vacunas van a ser la solución a la pandemia (yo lo he dicho) y que con un alto porcentaje de vacunación se alcanzará la protección para el grupo (también lo he dicho) y, luego, decimos que, a pesar de todo, hay que seguir usando mascarilla, evitar aglomeraciones, no entrar en sitios cerrados mal ventilados y demás recomendaciones, hay que explicar muy bien por qué decíamos antes una cosa y ahora decimos otra. Si se abren los bares y resulta que la mascarilla y demás medidas de precaución -que recomendamos con carácter general- se dejan de usar en el momento que nos sentamos en la mesa, también hay que explicarlo muy bien. Si un contacto estrecho de alguien que se ha contagiado debe guardar cuarentena, pero necesita salir de casa para alimentar a su familia o para poder respirar, hay que ocuparse de ese problema y, si es posible, ofrecer alternativas.

La gran mayoría de la gente, a pesar de los festejos, han tenido y tienen un comportamiento ejemplar. Me impresiona ver a casi todo el mundo con mascarilla por la calle (salvo en las terrazas); me impresiona el grado de cumplimiento de las normas que ha habido en los centros escolares y universitarios durante un curso académico completo. Unos pocos, los más inconscientes, no dan la talla casi nunca; es normal. Muchos, algunas veces, actuamos mal (me quiero incluir en este grupo y no en el primero); también es normal. Unos pocos, los más rigoristas, actúan de forma impecable prácticamente siempre. Pero no se puede pedir que todos actuemos de forma impecable siempre, porque no es fácil y porque, muchas veces, las circunstancias lo hacen más difícil aún.

Lo anterior no debe interpretarse como una llamada a no hacer nada o a no decir nada. Hay que hacer y hay que decir. Soy partidario de explicar, en vez de juzgar. Para juzgar están los tribunales. Lo que se considere peligroso, ha de declararse ilegal. Y lo que incumpla las normas debe perseguirse, al margen de la valoración moral que merezca. Todo lo demás se debe explicar.

Acabo (y perdón por la desmedida extensión) por donde empecé, por los jóvenes. A Sócrates se atribuye haber dicho que “ahora los chicos aman el lujo; tienen malas maneras, desprecian la autoridad; no respetan a los mayores, y prefieren la cháchara al ejercicio.” No sabemos si lo dijo o no, pero sí sabemos que los jóvenes de hoy en día siempre han sido peores que los de antes. Me lo recuerdo cada anochecer a mí mismo cuando salgo después de cenar a dar el último paseo del día y veo a chicos y chicas comportándose como lo que son, chicos y chicas.

Las reglas del juego de la covid19 han cambiado

Supe hace unos días que en los Estados Unidos un buen número de campus, -entre ellos los pertenecientes a la Universidad de California, uno de los mejores sistemas universitarios del mundo-, exigen la vacunación frente a la Covid19 de su plantilla y la del alumnado para quienes desean asistir a clases presenciales.

No solo las universidades, grandes y conocidas corporaciones han tomado decisiones equivalentes. Hay países, como Francia, que ya han aprobado normas en esa dirección o se plantean esa posibilidad. Y otros, como Grecia, las han anunciado. Desconozco si en España tal cosa sería posible, pero creo que no. Ekain Payán Ellakuria, de la UPV/EHU, ha escrito sobre la posible vacunación obligatoria del personal sanitario. No parece fácil. De manera que, si no es fácil en el personal que trabaja con personas en situación de especial vulnerabilidad, más difícil será si se trata de personas que simplemente conviven en un centro de trabajo.

Otro compañero de la UPV/EHU, el investigador Ikerbasque Íñigo de Miguel, sostiene que, aunque la obligatoriedad de la vacuna no deba descartarse sobre la base de criterios éticos, antes deberían agotarse las posibilidades de alcanzar altos porcentajes de población vacunada con otros medios. Íñigo de Miguel lleva tiempo defendiendo la idea de habilitar espacios seguros, pidiendo pruebas diagnósticas negativas (PCR o antígenos) para acceder a dichos espacios. También cree que el uso de certificados de vacunación o de test con resultado negativo debería concebirse y usarse de forma flexible, variando el grado y tipo de exigencia a las características del espacio y de los usuarios a proteger en tal espacio.

Las cosas no son como eran en el verano de 2020 y el invierno pasado. Ahora está vacunada alrededor del 75% de la población y esto ha permitido que, a pesar de la muy superior capacidad de transmisión de las nuevas variantes –también entre personas vacunadas– y la consiguiente altísima incidencia de la pandemia este verano, el número de fallecimientos se haya mantenido en niveles relativamente bajos. Nacho López Goñi ha analizado de forma pormenorizada los datos para España y ha llegado a la conclusión de que hay motivos para la esperanza.

Sea como fuere, hasta que no haya vacunas con efecto esterilizante se seguirán produciendo contagios. De hecho, la carga viral de personas vacunadas puede llegar a ser tan alta como la de las no vacunadas. Y dependiendo de la condición inmunológica y de salud de las personas contagiadas, se podrán producir más fallecimientos. Esto no debería sorprender a nadie, pues las vacunas no son eficaces al 100%, entre otras cosas porque una fracción muy pequeña de las personas vacunadas no llega a desarrollar defensas. Además, aunque las vacunas ofrecen una protección muy importante pocas semanas después de su administración –también frente a la variante delta-, al cabo de unos meses se atenúa esa protección, dejando a las personas vacunadas en una situación de mayor vulnerabilidad frente a un posible contagio.

El periodista científico Kai Kupferschmidt, en un artículo para Science, ha analizado las diferentes posibilidades de evolución del SARS-CoV-2 ponderando las opiniones de varios especialistas. Según su evaluación es posible que las nuevas variantes que surjan sean aún más transmisibles que la delta, puesto que hay miles de millones de personas sin vacunar y para las que las vacunas tardarán aún en llegar. Dado que la probabilidad de que surjan variantes nuevas es mayor cuanta más libertad tenga el coronavirus para circular y, al multiplicarse, mutar, y puesto que las de mayor transmisibilidad se convierten en las hegemónicas, el egoísmo vacunal de los países ricos puede acabar costándonos caro. Los especialistas entrevistados por Kupferschmidt tampoco descartan que futuras nuevas variantes sean más virulentas que las actuales, ni que no consigan evitar las defensas creadas por las vacunas actuales, aunque lo más probable es que eso ocurriese en plazos de tiempo relativamente largos, de manera que sería posible contar con vacunas adaptadas a esas nuevas variantes. En todo caso, la principal conclusión del análisis de Kupferschmidt es que hay una incertidumbre muy alta en este momento con relación a la evolución de la situación en los próximos meses. Hay demasiadas incógnitas.

En otro orden de cosas, la inmunidad de grupo está resultando mucho más elusiva de lo que se suponía en un principio. Se suele afirmar que la mayor transmisibilidad de las cepas mayoritarias tiene parte de la culpa. Si hace unos meses se pensaba que era necesario que se vacunase el 70% de la población, hoy se estima que la protección que ofrece el grupo de inmunes se podrá alcanzar cuando estos lleguen a ser el 90%, un porcentaje prácticamente imposible de conseguir, dadas las reticencias a vacunarse de pequeños pero significativos porcentajes de la población.

Además, no es desdeñable la idea de Pedro Tarrafeta de que tan importante como tener un alto porcentaje de la población vacunada, es el tener altos porcentajes de vacunación en todas las franjas de edad. Dado que el virus circula preferentemente a través de los individuos de una misma franja de edad -sobre todo en el caso de los más jóvenes, que son quienes más se contagian ahora-, en tanto no haya un número suficientemente alto de miembros de cada cohorte vacunados, el virus circulará entre ellos libremente y, de vez en cuando, contagiará a las personas de otras franjas de edad con las que conviven o con las que, ocasionalmente, se pueden relacionar.

Se me ocurre una tercera razón, de más peso incluso que las anteriores. Dado que con las las vacunas actuales las personas vacunadas pueden contagiar y contagiarse, la protección que ofrece el grupo es, necesariamente, menor que la que ofrecería si hubiesen sido inmunizadas con vacunas esterilizantes. Dicho lo cual, ello no es óbice para que esa protección sea mayor cuantas más sean las personas vacunadas.

En cierto sentido, estamos mejor que hace unos meses porque, en comparación con el número de personas contagiadas, el de fallecidas es muy bajo ahora. No obstante, conviene detenerse en los datos que ofrece el registro de mortalidad del Instituto de Salud Carlos III. Entre el 19 de julio y el 19 de agosto actuales (2021) en el estado español han muerto un 15% más de personas de las que habrían fallecido en este mismo periodo en un año promedio sin pandemia; son unas 5 400 personas, la mayor parte, mayores de 74 años de edad. El periodo anterior más comparable con el actual es el que MOMO identifica entre el 4 de enero y el 13 de febrero de este año. Los perfiles de las dos olas de incidencia son muy parecidos, y en ambos casos los periodos identificados por MOMO corresponden a fases de la ola equivalentes, de descenso de la incidencia pero aumento del número de fallecimientos. Pues bien, en enero-febrero el exceso de mortalidad fue de un 21%, más alto que el actual pero, dadas las circunstancias -recién iniciada la vacunación entonces, y próxima a completar ahora-, la diferencia (21 % vs. 15 %) no parece muy grande. En otras palabras, un exceso de mortalidad de un 15% en las condiciones actuales debe ser considerado muy alto.

A tenor de (1) la gran incertidumbre que hay con relación a las posibles vías de evolución del virus, (2) el debilitamiento de la inmunidad con el transcurso del tiempo en las personas vacunadas o contagiadas, (3) los excesos de mortalidad tan altos aún, y (4) la tensión a que está sometido el sistema sanitario, todo hace indicar que en los meses próximos se mantendrán las medidas de protección en vigor. Esto quiere decir que, previsiblemente y si no se decide cambiar de estrategia, (1) los aforos (en centros universitarios, locales comerciales, negocios hosteleros, salas de conciertos, cines y teatros, etc.) seguirán siendo reducidos, (2) habrá que seguir utilizando las mascarillas en interiores y en exteriores con mucha gente próxima, (3) deberá mantenerse una vigilancia intensa con rastreos sistemáticos de contagios y (4) el sistema sanitario -y en especial los centros de salud primaria- seguirán sometidos a mucha tensión (esto último es lo peor).

¿Nos podemos permitir eso? ¿Nos lo podemos permitir en términos sanitarios, emocionales, o económicos? ¿Durante cuánto tiempo puede mantenerse el sistema sanitario bajo una tensión tan alta? ¿No se estará abonando el terreno a populismos peligrosos? ¿No se estará dando pábulo a conspiranoias? ¿No se estarán alimentando actitudes negacionistas?

Desconozco los detalles jurídicos de la cuestión, pero creo que ha llegado el momento de pensar en implantar medidas como las que propone Íñigo de Miguel de crear espacios “seguros” (o más seguros) e, incluso, de restringir el acceso presencial de las personas no vacunadas (por voluntad propia) a determinadas instalaciones, centros docentes, servicios o espacios, de la misma forma que se está haciendo en otros países. Además, de esa forma se incentivaría la vacunación voluntaria.

No soy partidario de la vacunación forzosa con carácter general; además, tal y como mostró un estudio en Alemania, no parece que la vacunación obligatoria sea una buena idea. Pero una cosa es obligar a vacunarse a quien no quiere y otra, muy diferente, dejar desprotegidas a muchas personas y al conjunto de la población frente a la amenaza que representa la actitud de quienes renuncian a vacunarse. Lo que está en juego, como sostiene Peter Singer, es la salud colectiva. En otras palabras, si mediante medidas como esas se pueden salvar miles de vidas, deberían poderse implantar. Y aunque el gobierno español ha renunciado de forma contumaz a hacerlo, lo cierto es que las leyes se pueden cambiar.

A la propuesta de habilitar «espacios seguros» mediante pasaportes covid o instrumentos similares se pueden oponer, al menos, dos argumentos. Uno es que, puesto que la vacunación va muy bien en el conjunto del estado español, no serían necesarias medidas específicas para impulsarla. Sin embargo, dado que el coronavirus que circula hoy de forma mayoritaria (delta) es tan contagioso como la varicela y que futuras variantes podrían ser más contagiosas aún, cuantas menos personas desprotegidas haya en la población, mucho menor será el número de las que se contagien y, por lo tanto, puedan enfermar (recordemos la importancia de tener un sistema sanitario sano) o morir. No se olvide, además, que el objetivo de las medidas no sería, solo, el de impulsar la vacunación -aunque tuviesen también ese efecto-, sino proteger a quienes accediesen a los «espacios seguros».

El otro argumento es que las vacunas, al no ser esterilizantes, no garantizan la protección frente a contagios y muerte, por lo que impulsar la vacunación tendría efectos limitados. Es cierto que no garantizan la protección, pero las epidemias son fenómenos poblacionales y, dado que las vacunas reducen de forma importante la transmisión, el efecto neto, en términos poblacionales, se traduce en la salvación de miles de vidas. E insisto, no haría falta obligar a (casi) nadie. Bastaría con restringir la movilidad y ciertos derechos (a veces, ni eso) a quienes no están dispuestos a aceptar ciertas obligaciones que impone la vida en comunidad.

Hasta hace un par de meses el SARS-CoV-2 ha jugado con unas reglas. La emergencia de la variante delta y su mayor transmisibilidad, por un lado, y las incertidumbres que plantea la evolución del virus en los próximos meses, por el otro, suponen un cambio de esas reglas. Quizás es el momento de pensar en cambiar, también, las reglas con las que hacerle frente.

Adenda

(1) Pello Salaburu me ha comentado que ya hace tiempo algunas universidades norteamericanas empezaron a pedir certificados de vacunación. Hoy son muchas, probablemente la mayoría. Y me ha informado de que The Chronicle of Higher Education mantiene actualizada la lista de los campus en que ese requisito está en vigor.

(2) Lluis Montoliu apunta, con razón, que es necesario insistir en los mensajes advirtiendo del riesgo existente en la actualidad, incluso aunque se esté vacunado.

(3) Natxo Arregui Salina me ha hecho ver en twitter que mi comparación inicial del actual exceso de mortalidad con el de un periodo similar el verano pasado no era técnicamente correcta, porque el año pasado nos encontrábamos en el comienzo de la ola (alta incidencia y baja mortalidad) y este año estamos en la fase de descenso (baja incidencia y alta mortalidad). He optado por hacer la comparación con la fase de exceso de mortalidad que identifica MOMO entre el 4 de enero y el 13 de febrero de este año, porque en ambos casos corresponden a fases similares de la ola y son, por tanto, más estrictamente comparables. He editado el texto para reflejar la nueva comparación. La conclusión, no obstante, es similar: el actual exceso de mortalidad es alto; está muriendo demasiada gente.

Responsabilizar a los jóvenes es errar el tiro

Es un error esperar de quienes están en plena adolescencia o se adentran en su primera juventud que se comporten como adultos, que renuncien completamente a recompensas emocionales, que prescindan de la presión que ejerce el grupo al que pertenecen y que, en definitiva, sean tan responsables como se supone que son los adultos. No son adultos. Desde un punto de vista neurológico, su encéfalo no ha madurado aún, por lo que no cabe esperar que adopten comportamientos impropios de su edad.

La corteza cerebral ocupa dos terceras partes del volumen del encéfalo. En ella se produce la percepción, se hacen los juicios morales, se toman las decisiones, se genera el pensamiento, se articula el lenguaje y se elaboran los actos conscientes, entre otras diversas tareas consideradas de orden superior. Las estructuras ubicadas bajo la corteza -llamadas, por ello, subcorticales- se ocupan de regular diversas funciones vitales, e intervienen en fenómenos tales como el deseo, la motivación o las adicciones, entre otros. Son, también, las que generan las emociones.

La región encefálica que más tarda en madurar es la corteza prefrontal, un área ubicada en su parte más anterior. Su maduración no se completa hasta los 25 años de edad, aproximadamente. Desempeña las llamadas funciones ejecutivas, que son las relativas a la valoración de las consecuencias de los actos, los juicios morales y de otra índole, la planificación de acciones, la generación de expectativas y, lo que es de gran importancia, el control y, en su caso, inhibición de comportamientos impulsivos. Por lo tanto, dado que la corteza prefrontal no completa su desarrollo hasta mediada la tercera década de la vida, esas funciones no son desempeñadas con la eficiencia propia de los adultos. Sin embargo, las zonas subcorticales antes mencionadas, implicadas en la generación de emociones y, de forma especial, las que producen las expectativas y sensaciones de recompensa, son ya muy activas desde el final de la niñez y la pubertad.

Que las áreas responsables de la valoración de las consecuencias de los actos y del autocontrol maduren mucho más tarde que las encargadas de generar las sensaciones de placer y promover su búsqueda tiene, como es lógico, consecuencias de mucho calado para quienes se encuentran en el periodo vital al que denominamos adolescencia y primera juventud. Entre ellas, es bien conocida la tendencia de adolescentes y jóvenes a buscar nuevas sensaciones y vivir nuevas experiencias, sin evaluar las posibles consecuencias de esa búsqueda. En otras palabras, la tendencia a adoptar comportamientos de riesgo. Y no son las únicas.

Para jóvenes y adolescentes, la aceptación por el grupo del que se consideran parte es de importancia capital. Sufren más que niños y adultos al sentirse excluidos de un grupo, y ese sufrimiento tiene un correlato neurológico.  Cuando un adulto se siente excluido, se activan las áreas del encéfalo implicadas en la percepción del dolor, el enfado y el disgusto, sí, pero a continuación se activa una zona de la corteza cerebral que relativiza la importancia de la exclusión. En adolescentes, sin embargo, esta última zona apenas se activa, y las anteriores lo hacen en mayor medida que en niños y adultos. Por tanto, no debe extrañar que los amigos tengan un gran ascendiente sobre ellos.

En ninguna otra etapa de la vida importan tanto las amistades como en la adolescencia, ni se otorga tanta importancia a sus opiniones como en esos años. Por eso, jóvenes y adolescentes asumen más riesgos en presencia de amigos que cuando están solos. Es más, el circuito de recompensa encefálico se activa más y las regiones cerebrales implicadas en el autocontrol responden en menor medida cuando están en compañía de amigos. Experimentan una fuerte necesidad de pertenencia al grupo, y por esa razón sus decisiones se ven muy afectadas por la presencia de sus “colegas”.

Los párrafos anteriores los he entresacado de dos anotaciones que dediqué a describir el encéfalo de los adolescentes. Son esta y esta. Hace ya un tiempo, Ana Galarraga, publicó en euskera un reportaje bastante completo sobre esta misma cuestión en la revista Elhuyar, hablando con la doctora en psicología Naiara Ozaniz Etxebarria y conmigo.

Las emociones tienen una potencia fabulosa. El psicólogo Jonathan Haidt, en “The Righteous Mind”, sostiene, metafóricamente, que “el elefante (las emociones) manda sobre el jinete (la razón)” con carácter general, con independencia de la edad. La metáfora es un trasunto de los sistemas 1 y 2 que Daniel Kahneman expone en Thinking, Fast and Slow. Otro psicólogo, Dan Ariely, en Predictably Irrational, sostiene que es inútil pedir castidad a jóvenes y adolescentes si se quiere evitar embarazos no deseados o enfermedades de transmisión sexual; es mucho más efectivo aconsejarles que lleven siempre encima un preservativo. Por razones similares, es iluso pensar que por pedir responsabilidad a jóvenes y adolescentes se va a conseguir que su comportamiento en cuadrilla se atenga a las normas establecidas para evitar contagios.

A lo anterior muchos alegarán que hay muchos jóvenes que sí se comportan como se les pide. No dudo de que así sea. Por un lado, hay una gran variabilidad en los ritmos de maduración encefálica en los mismos segmentos de edad. Y por el otro, no todos se encuentran en situación de comportarse “bien” o “mal”. Ellos mismos, sus progenitores o las autoridades han evitado la tentación que, como es sabido, es la mejor forma de impedir que caigan en ella.

Lo que nos conduce a la última consideración. No se puede pretender todo y todo a la vez. No se puede pretender que se abran las discotecas, se permitan las fiestas y los desplazamientos, y que, a la vez, los jóvenes a quienes esas fiestas y atracciones están destinadas se abstengan, motu proprio, de asistir. Hay fiestas porque hay jóvenes que las desean y empresas que las organizan, y hay viajes por la misma razón. Y una vez en la fiesta, la neuropsicología juvenil opera como cabía prever.

Algunos jóvenes cuentan con recursos económicos para permitírselo, pero sospecho que muchos dependen de los posibles y generosidad de su familia. Padres y madres podrían, al respecto, hacer un ejercicio muy simple: recuerden qué hacían cuando tenían la edad de sus hijos e hijas. Y extraigan consecuencias.

En última instancia, están las autoridades. ¿Cuántas no-fiestas se han celebrado por la actitud (proclive) de las autoridades municipales? ¿Cuántas se han dejado de celebrar? Tenemos ejemplos en los dos sentidos. Las celebraciones de San Juan no han cursado de idéntica forma en diferentes localidades. ¿Casualidad? Es posible.

Por último: cuando el gobierno español ha tomado las decisiones que han conducido a la permisividad prácticamente total en relación con todo tipo de actividades, ¿no sabía cuáles serían las consecuencias? Las sabíamos todos. Como sabemos, también, que hay miles de familias que viven de esas actividades. Esas familias votan. Y los ingresos que fiestas, viajes y demás representan para las arcas públicas no han dejado de estar en las preocupaciones de los responsables políticos.

Afortunadamente, mucha gente está ya vacunada con pauta completa y cada día son más. Ese factor está, por ahora, conteniendo contagios e ingresos hospitalarios. Veremos si seguimos así. Tengo la desdicha de pertenecer al colectivo de sesentones que quizás acabemos siendo de los últimos en estar inmunizados y procuro andarme con cuidado. Pero incluso así, no siempre he obrado con la prudencia que mi edad y supuesto estado inmunológico aconsejan. ¿Quienes acusan a jóvenes y adolescentes de irresponsabilidad están libres de comportamientos imprudentes? Me temo que no.

Acabo. The Conversation España publica hoy una excelente reflexión de Salvador Peiró, de Fundació Fisabio, acerca de la responsabilidad individual y colectiva. No minimiza la importancia de la responsabilidad individual, pero expone con claridad la noción de que una enfermedad contagiosa es un problema de salud pública, un problema colectivo, con todo lo que ello implica. Y termina con una sentencia que no puedo sino suscribir: “Pedir prudencia no está mal. Pero no exime de actuar para proteger la salud de todos”.

No parece buena idea obligar a la gente a vacunarse

Parece que es mejor no obligar a la gente a vacunarse. Al menos si se trata de alemanes, aunque creo que esto vale para (casi) todos. Digo esto porque un grupo de la Universidad de Constanza ha investigado cómo responde la gente a la posibilidad de que la vacunación contra el coronavirus sea obligatoria, y la principal conclusión es la que reza el título que encabeza esta anotación.

La investigación se basó en encuestas a varios miles de alemanes en dos periodos. En el primero, entre el 29 de abril y el 8 de mayo, encuestaron a 4700 personas. Y en el segundo, entre el 28 de octubre y el 6 de noviembre, al 60% de los encuestados en el periodo anterior. Además, a los participantes se les preguntaban más cosas acerca de la pandemia, de manera que no eran conscientes de cuál era el contexto, ni cuál el objeto de la encuesta en su conjunto.

En ambos periodos, la pregunta clave era esta: “Si se aprueba una vacuna contra el coronavirus, en qué medida estarías de acuerdo con vacunarte si la vacunación es: … muy recomendada por el gobierno, pero se mantiene voluntaria?   … obligatoria y controlada por el gobierno?” Veamos algunos de los resultados.

En la disposición de la gente a ser vacunada influyen, según el estudio, factores diversos. Por un lado, están las circunstancias propias de cada persona. Así, el acuerdo con la vacunación forzosa es mayor en quienes creen que la situación de la pandemia es grave en la zona donde viven. El miedo es una emoción poderosa.

Por otro lado, resulta que también el sexo influye. Las mujeres rechazan la administración obligatoria de la vacuna más que los hombres. Esto me intriga.  

La cultura política también es importante. Quienes han nacido en Alemania Oriental es más probable que apoyen la vacunación obligatoria que los originarios del Oeste. En otras palabras, si te has criado en un entorno en el que muchas cosas hay que hacerlas porque así lo han ordenado las autoridades, es más probable que aceptes lo que se te ordena, sin llegar quizás a cuestionarte sus razones.

A nadie sorprenderá que la confianza en las instituciones públicas, los medios de comunicación y la ciencia, tenga mucha influencia en la disposición a vacunarse. En general, cuanta más confianza hay en esas instituciones, menores son las reticencias. Es, de hecho, el factor que más influye.

Otro elemento importante es la confianza de la gente en la efectividad de la vacuna para contener el virus. Cuanto mayor es esa confianza, mayor es el apoyo a la vacunación obligatoria y también, aunque en menor medida, a la voluntaria. Esto también parece lógico, porque la confianza en la efectividad de la vacunación está relacionada con la confianza en las autoridades, y ambas confianzas van ligadas al grado de apoyo a la obligatoriedad de la vacuna.

Quienes creen que la vacunación obligatoria supone una limitación a su libertad tienden a oponerse a ella, pero no a la voluntaria. Y, por otro lado, la falta de confianza en las instituciones públicas suele estar asociada a la idea de que la vacuna no es efectiva y que, si son obligados a vacunarse, ello supondría una restricción a su libertad. Por lo tanto, falta de confianza pública, oposición a las limitaciones a la libertad y rechazo a la vacunación son actitudes o disposiciones ligadas unas a otras.

Los factores anteriores ejercen efectos en un sentido o en el otro, pero hay un elemento que puede actuar en ambas direcciones: la conformidad. El sesgo de conformidad o de conformismo es la tendencia a hacer lo que hace la mayoría. Es un heurístico muy valioso (aunque puede también ser muy peligroso), ya que nos permite adoptar comportamientos útiles sin esfuerzo, simplemente por imitación y confianza implícita en el acierto de la mayoría. Es común en las especies sociales y la nuestra no es una excepción. En el caso que nos ocupa, la conformidad actúa de manera que, si la mayoría decide vacunarse, muchas personas también lo hacen sin necesidad de indagar al respecto. Y lo contrario ocurre si la mayoría no se vacuna. Es un elemento que tiende a acentuar las tendencias mayoritarias.

De las observaciones anteriores y otras que, por razones de brevedad, no he recogido aquí se pueden extraer consecuencias útiles de cara a las actuaciones políticas que puedan resultar más efectivas para combatir la pandemia o ante otras crisis o catástrofes.

En general, parece que el obligar a vacunar a la gente puede ser contraproducente. Para empezar, puede no resultar efectivo. Además, la obligación alejaría a la ciudadanía de los gobernantes, reduciendo su confianza en ellos y acentuando el rechazo a sus decisiones. Y, por si esto fuera poco, podría provocar conflictos sociales.

Por otra parte, la obligatoriedad puede muy bien ser innecesaria, incluso aunque al principio haya mucha gente reticente, porque esa reticencia inicial, haciendo un uso inteligente de la comunicación y dejando actuar a los automatismos comentados aquí puede revertirse y generar una tendencia proclive a la vacunación.

La obligatoriedad podría incluso provocar una cascada negativa de desconfianza pública, lo que alimentaría la reticencia a la vacunación; obligaría, a su vez, a un mayor esfuerzo de las autoridades para hacerla obligatoria, lo que provocaría una mayor erosión de la confianza en ellas. De hecho, la gente, si se ve obligada a vacunarse, puede pensar con facilidad que es obligada precisamente porque las autoridades no tienen confianza en la efectividad de las vacunas. Nos encontraríamos en un círculo vicioso muy peligroso.

La política anti-covid más efectiva quizás consista en mejorar la confianza pública, posiblemente a través de la transparencia y dación de cuentas de las élites políticas y profesionales. A tenor de los resultados de este estudio y de otros, la adopción de medidas efectivas para mejorar la confianza reduciría la fracción de la población que se solo se vacunaría obligada. Se trataría, por lo tanto, de evitar la activación del círculo vicioso descrito antes o, incluso, de activar un círculo virtuoso de sentido contrario.

También es importante proporcionar información que aumente la confianza en la efectividad de las vacunas. No es algo particularmente difícil cuando se constata con facilidad que la incidencia de la pandemia se reduce conforme avanza la vacunación. Ello ayuda a desmontar los argumentos de quienes se oponen. También es importante dar a conocer los porcentajes de vacunación alcanzados, porque esa información, en virtud del fenómeno del conformismo, actúa reduciendo las reticencias a la vacunación.

Por las mismas razones, es especialmente dañina la preferencia de muchos medios de comunicación por las informaciones alarmistas relacionadas con las vacunas. Últimamente, lo más socorrido en alarmismo es el recurso a la variante delta -aunque no parece que haya pruebas sólidas de la peligrosidad de dicha variante– y a la eliminación de la obligatoriedad del uso de mascarillas en exteriores que, de hecho, no debería haber sido obligatorio antes tampoco.

La mayor parte de las conclusiones del estudio de Constanza refuerza ideas que han circulado por los medios de comunicación y redes sociales; no constituyen, de hecho, ninguna novedad. En anotaciones anteriores me he referido a la importancia de la transparencia[1] y al efecto tan pernicioso que causan las decisiones que minan la confianza pública en la efectividad de las vacunas o la (aparente) incoherencia de las decisiones que toman las autoridades sanitarias. Pero está bien que un estudio a gran escala confirme estas intuiciones.

Este estudio, supongo que como otros que desconozco, sirve, entre otras cosas, para poner de relieve la importancia de los elementos psicosociales y políticos para hacer frente a una catástrofe. La ciencia es muy importante; sin ciencia no sabríamos de la efectividad de las medidas -de contención o mitigación- que se implantan. Sin ciencia no habría vacunas efectivas. Pero no todo debe descansar en las medidas -basadas en la ciencia- farmacológicas y no farmacológicas que se pueden adoptar. La transparencia y la confianza en la ciudadanía son elementos claves en la gestión exitosa de una crisis sanitaria como la que hemos vivido y vivimos aún.

Nunca es tarde.


[1] Como en el párrafo final de mi anotación del 18 de abril del pasado año.

Nos acabarán expulsando del mundo

La pandemia nos ha convertido en usuarios intensivos de herramientas digitales. Porque ahorcan a la fuerza.

No es de ahora, claro. Ya llevábamos unos años transitando desde el mundo “cara a cara” hacia el mundo “mano a teclado” o “cara a pantalla”. Pero la pandemia lo ha acelerado, mucho. Tanto que algunos no podemos seguir el ritmo. Así de triste. Mi experiencia no puede ser más penosa.

Aborrezco los formularios de internet. Me enciende no entender lo que, según el criterio del diseñador o del informático de turno, es fácil, evidentemente fácil. Pero las más de las veces me resultan ininteligibles los mensajes, textos, cuadros de diálogo y artefactos informáticos similares con los que se encuentra uno para hacer cosas tan tontas en apariencia como comprar un billete de tren.

En su género, solo hay algo peor que la burocracia: la burocracia digital. Hace más de un lustro me propuse solicitar financiación a una entidad pública de la administración central. Tras una hora combatiendo a brazo partido con la aplicación, me di por derrotado. No lo he vuelto a intentar.

He renunciado, incluso, a solicitar un complemento salarial solo por no tener que pelear con la bestia. He vivido infinidad de episodios de frustración, enfado y tristeza de ese género. Es lamentable. Me doy pena. Y no lo digo con ironía.

Y llegó la pandemia. Todos nos pusimos a hacer cosas por la internet.

Desde que el 14 de marzo de 2020 se apagó el mundo en el que vivo, no he dejado de sufrir como un perro dando clase. Nunca me había pasado. Lo normal es que disfrute en el aula. Pero no este último año.

Primero fue la docencia a un grupo de estudiantes de cuarto de Biología. En todo un cuatrimestre no dejé de sentirme ridículo hablando a la pantallita de mi portátil desde casa. Luego llegó septiembre y como tenía 98 estudiantes en una asignatura contenedor, impartía en el aula a los de Biología las semanas pares, mientras los de Bioquímica y Biotecnología atendían desde casa. Las semanas impares se cambiaban. Digo que atendían desde casa, pero es un supuesto que, por mi falta de destreza, no sé si se cumplía a diario. Además. Tampoco los veía. Y de enero a mayo, con otro grupo de estudiantes de 3º de Biología, la experiencia ha sido similar. Un sufrimiento.

Llevo semanas intentando habilitar la firma digital para poder rubricar documentos desde lejos. Imposible.

La Hacienda Foral de mi territorio, Bizkaia, me ha sometido a una dura prueba de la que, contra todo pronóstico, creo haber salido indemne. Me envió una carta con instrucciones y claves para rematar la declaración del IRPF de 2020 que había tenido la gentileza de elaborar por mí. El problema es que, al principio, no fui capaz de cumplimentarla en el formulario electrónico porque, al parecer, había un error. Quiero decir que, sin llegar a hacer nada de nada, la pantallita me advertía de que en la declaración había un error. No se trataba de un error que hubiese cometido yo, sino que ya estaba en la propuesta foral. Intenté contactar por teléfono, pero tardé semanas en tener éxito. Cuando lo conseguí, la amable funcionaria me pidió que esperase mientras hacía la debida consulta; nunca más se supo. Me di por vencido. Empecé a retocar cosas al azar y, sin acabar de entender como ni por qué, el error despareció y, no solo eso, resultó que la cantidad a pagar era inferior a la estimación que había hecho el Leviatán por su cuenta. Todo esto es un arcano: no sé por qué ocurrieron esas cosas.

La Hacienda Foral me da miedo. Seguramente es porque lo sabe todo sobre mí. O quizás es un miedo irracional, injustificado. El caso es que me lo da. Y no poco. La tele-declaración no ha hecho sino agrandarlo.

El Leviatán es, de suyo, monstruoso, pero cuando transmuta a Leviatán digital el miedo deviene terror.

En marzo de 2020, cuando se cerró el mundo, todos entendimos que las restricciones a la actividad bancaria de cara al público eran lógicas y necesarias. Pero, de la misma forma, también pensamos que, poco a poco, al mejorar la situación, los bancos volverían a prestar el servicio como lo venían haciendo antes de los virus. Eso pensábamos.

No todos los bancos han actuado de la misma forma. En mi entorno, Caja Laboral mantiene una actividad de cara al público similar a la de hace dos años o, al menos, a mí así me lo parece. Kutxabank, sin embargo, quizás por ser el banco público vasco, solo conserva una única ventanilla abierta al público en una zona habitada por no menos de 20000 personas, quizás 25000. En la misma zona en la que hace unos años había tres o cuatro sucursales con varias ventanillas cada una, después de cerrar dos sucursales y quitar de una de ellas ese servicio, solo ha dejado una abierta. Y tiene un puesto de atención en ventanilla.

Dan pena las colas que se forman desde las 7:30h y 8:00h de la mañana ciertos días de la semana en esa sucursal. Alguien me ha dicho que son los días de cobro de los pensionistas. Pero los comerciantes también lo sufren: necesitan cambios. Ya puede llover, hacer un frío del demonio o un calor abrasador, la cola en plena calle puede llegar a congregar cerca de 20 personas, la mayor parte de cierta edad. Unos cuantos, octogenarios.

Que nos instalemos la app, que es fácil, dicen, la app.

Estos son ejemplos de experiencias que me ha tocado sufrir y que recuerdo hoy. Algunas han sido y son inevitables. Muy pocas, por cierto, porque para ciertas entidades ha sido más cómodo recurrir a la internet a destajo que habilitar otras posibilidades.

Creo que la Hacienda Foral vizcaína ha intentado mejorar el servicio (el trato que dispensa el Departamento de Acción Social de la misma institución es impecable y las gestiones para el reconocimiento del grado de dependencia de mi anciano padre, han sido sencillas y fluidas) y no le ha acabado de funcionar. Optimismo digital, quizás.

Pero lo que están haciendo algunos bancos y Kutxabank en particular, es otro nivel.

Esa digitalización, que de forma tan ufana promueven y predican algunos, va a proseguir, caiga quien caiga. Y eso, para los inútiles digitales como yo, es un verdadero drama. Hace unos días me llegó un mensaje de alguna oscura instancia universitaria, en el que se nos advertía de que, en adelante, determinadas gestiones solo se podrían firmar de forma digital. Me eché a temblar.

Y no, por favor, que nadie me diga que es fácil, que es una tontería, que te lo enseño en cinco minutos….   No, no soy un emigrante digital. Soy un inútil digital. Solo aspiro a que en el mundo haya alternativas para que los miles de inútiles digitales dejemos de sufrir las consecuencias de algo que, mucho me temo, nos acabará expulsando del mundo.

El ángel exterminador

En El ángel exterminador, de Luís Buñuel, unos personajes de la alta sociedad que se han reunido para cenar, se ven, sin motivo ni impedimento aparentes, incapaces de abandonar la estancia en la que han cenado. Pasan los días, los comensales se van quedando sin comida, duermen como pueden, enferman y acaban por perder la compostura y modales propios de su condición social. Finalmente, una confluencia de circunstancias propicia su salida de la mansión en la que se habían reunido.

Se dirigen a continuación a la iglesia, asisten a misa y, al acabar la celebración, se vuelven a ver, junto con decenas de feligreses más, incapaces de salir del templo.

La película es de 1962 y está filmada en México. Diez años después, el mismo director hizo una versión (los que entiende de cine la llaman remake) -El discreto encanto de la burguesía- que ganó el Oscar a la mejor película extranjera.

Muchos de nosotros estamos deseando recuperar los hábitos del pasado. Queremos ir con tranquilidad a un restaurante y cenar en su interior, salir de compras como solíamos, viajar en metro y autobús con tranquilidad, reunirnos con familiares y amigos sin reservas, dar las clases en el aula como siempre las hemos dado, poder apear la mascarilla, al menos en la calle, y vivir como vivíamos hace año y medio.

Pero los habrá, y no serán pocos, que tarden en recuperar esos hábitos. Sufrirán el síndrome del ángel exterminador.

¡Ni un día más encerradas en las mazmorras frigoríficas!

Hace unos días puse este tuit:

Me parecía un escándalo que el Ministerio de Sanidad mantuviese almacenadas centenares de miles de dosis de vacuna de Astra Zeneca en contra del criterio de los técnicos del propio Ministerio y del conjunto de la comunidad científica.

Me respondió Gaspar Llamazares, señalando que no había garantía de que fuera a haber suficientes dosis para vacunar a los miles de personas (trabajadores esenciales) menores de 60 años que habían recibido la primera.

No acepté su argumento porque la Ministra de Sanidad, en todas las ocasiones en que se ha pronunciado al respecto, ha invocado razones de seguridad, no de disponibilidad de dosis. Ha declarado que se trataba de garantizar que las vacunas que se administran sean seguras. Se refería a la decisión de paralizar la campaña de vacunación con Astra Zeneca a cuenta de las muertes por trombo vinculadas a esa vacuna. Me referí a ese asunto los pasados 23 de marzo y 8 de abril.

Luego ha llegado la decisión del Ministerio de Sanidad que se inclina definitivamente por administrar una segunda dosis de Pfizer a los menores de 60 años a quienes se ha administrado la primera de Astra Zeneca, pero admitiendo la posibilidad de que puedan optar, si así lo desean, por recibir la segunda de esta misma marca. Merece la pena, por cierto, conocer las dudas de Íñigo de Miguel en relación con esa decisión.

Mi visión sobre este asunto ha cambiado en los últimos días. El departamento de Salud del Gobierno Vasco comunicó el viernes que ofrecería la posibilidad de mantener la inoculación con Astra Zeneca si se firmaba el consentimiento informado y -aquí llega el dato relevante- si había dosis disponibles.

De repente, el argumento de Llamazares adquirió, a mis ojos, total credibilidad. Y llegué a la conclusión de que, desde un primer momento, la cuestión de los trombos había sido, en realidad, un argumento útil, pero no la razón de fondo. Los datos que aporta hoy El País relativos al incumplimiento de Astra Zeneca son palmarios. En otras palabras, con independencia de cuñales fueran las razones por las que se paralizó en su día la vacunación con Astra Zeneca, lo cierto es que los incumplimientos de esta empresa en la entrega de las dosis acordadas hacen muy difícil, si no imposible, garantizar que se puedan cumplir las previsiones de vacunación con su fórmula.

Lo que no entiendo es por qué no se ha explicado esa dificultad con claridad a la opinión pública. Detesto la opacidad, y que se nos trate como a menores de edad y no como a ciudadanos. Por eso, esta mañana he puesto este tuit:

Hay quienes, ante la decisión de Sanidad, piden que su vacunación se complete con la segunda dosis de Astra Zeneca. Yo mismo lo he aconsejado respondiendo a una consulta que se me ha hecho. Ahora no lo veo de la misma forma.

Por un lado, Javier Armentia, tanto en tuiter como en una conversación entre amigos me preguntaba, días atrás, que qué más me daba, que lo que había que hacer es vacunarse con la que nos den porque, sea cual sea, contaría con todas las garantías, como ocurre con el resto de fármacos que consumimos sin prestarles mayor atención. Tenía razón. El asunto de las vacunas nos ha llegado a obsesionar tanto que reaccionamos en exceso a cualquier estímulo que tenga relación con él.

Mi problema, en realidad, no tiene demasiado que ver con que se ofrezca una u otra vacuna, sino con el descrédito que ha arrojado el Ministerio a las vacunas, en general, y con la poca consideración que nos ha demostrado al no hablar claro en todo momento.

Mi tuit ha tenido numerosas respuestas de diferente cariz, que no voy a valorar. Me interesa ahora un aspecto concreto de esta cuestión. Ha habido algunas respuestas en las que se afirmaba que debían reservarse las dosis necesarias para garantizar que se completaba la inmunización con la misma vacuna. De hecho, algunos han echado de menos, incluso, que el Gobierno Vasco no haya mantenido la política inicial de guardar parte de las dosis recibidas para garantizar la segunda.

Y de repente, en medio de todo este lío, me ha venido a la cabeza este tuit de Ugo Mayor:

Sí, la primera dosis está provocando un efecto que ya se había visto en otros países. Está salvando vidas, porque la tasa de mortalidad por infección (fatality rate) está cayendo de forma acusada por efecto de la vacunación; en dos o tres meses se ha reducido a la mitad, ha caído de un 1,5%, aproximadamente, a 0,7%. Lo que esas cifras indican es que en diciembre pasado, por cada 1000 casos de covid que se detectaban (mediante PCR o test de antígenos), morían alrededor de 15 personas, mientras que a primeros de mayo, solo han fallecido 7, aproximadamente.

Además, aunque no la evite completamente, lo más probable es que la vacunación, incluso con una única dosis, reduzca la transmisión del virus. Por lo tanto, las vacunas administradas estarían salvando vidas por dos vías diferentes, reduciendo la transmisión en un cierto porcentaje, por un lado, y evitando la muerte de las personas vacunadas que se contagian, por el otro.

Se plantea así un interesante dilema ético. ¿Debe favorecerse la pauta de vacunación de la forma en que preveía el fabricante, guardando dosis para completar la inmunización y seguir así el criterio de la EMA, por si la combinación de dos fórmulas no tuviese las garantías de eficacia o seguridad que tiene la fórmula única? ¿O se deben administrar todas las disponibles y salvar así cuantas más vidas mejor, aunque haya que completar la inmunización con otras vacunas?

Hay que tener en cuenta, además, que el suministro de vacunas aumentará y que, conforme pase el tiempo, nuevas marcas llegarán y serán administradas.

Tengo 60 años; hace tres semanas me dieron la primera dosis de Astra Zeneca. Hasta ahora había pensado que me debían dar la segunda de la misma marca. Hoy ya no lo pienso. No me importaría que me dieran cualquier otra para completar la inmunización. Prefiero que mi segunda dosis no la guarden hasta que me corresponda a final de julio, porque esa segunda dosis podría salvar una vida.

Por esa razón, retomo un tuit que había puesto, en otro contexto, hace unas semanas:

Pues eso.

Nota: He modificado el texto en la línea de lo que apunto en mi respuesta al segundo comentario de Uxune M. Creo que ahora el dilema aparece con más claridad. Es lo bueno de tener lectoras críticas y perspicaces.

El cuadrado de la distancia

El pasado día 17 el Diputado General de Gipuzkoa, Markel Olano, en una breve alocución a los estudiantes que han participado este curso en el programa Jakin-mina les dirigió esta pregunta: “¿Imagináis cómo estaríamos ahora si no hubiese vacunas contra la covid19?” A continuación, se refirió al papel crucial que está jugando la ciencia para superar el trance en que nos encontramos.

Hace un año y un mes, en El filo de la navaja, expresaba mi convicción de que pasaría mucho tiempo antes de que una vacuna pudiese frenar el desarrollo de la pandemia. Daba por seguro que muchos se acabarían contagiando y muchos también morirían. Sin embargo, un año y un mes después me parece normal que pensemos en el verano próximo como el momento de la relajación y la recuperación de una parte importante de nuestra vida. He interiorizado el impacto de la vacuna sin apenas valorar el abismo que nos separa de una hipotética (mala) vida sin vacunas. Y como yo, creo que muchas otras personas. Es curioso lo endebles que son a veces nuestras elaboraciones mentales.

La pregunta del señor Olano reveló con claridad lo que significa la ciencia en nuestra sociedad. Y permite atisbar el infierno al que habríamos tenido que enfrentarnos si las vacunas contra la covid hubiesen tardado en llegar. Es al que se enfrentan en muchos países a los que las vacunas llegan con cuentagotas, países en los que morirán miles de personas.

A día de hoy, y según el tablero de la John Hopkins University, se han contabilizado en el mundo más de 165 millones de casos de Covid19 y más de 3,4 millones de muertos. Son cifras oficiales; las reales son muy superiores, y solo pueden llegar a atisbarse a partir de los datos de mortalidad -para ser precisos, del exceso de mortalidad con relación a un año típico- que recogen los registros civiles. De acuerdo con un modelo publicado por el semanario The Economist, bien podrían ser 10 millones los fallecidos por culpa del SARS-CoV-2. Las cifras están todavía lejos de la devastación que causó la gripe de 1918, pero pronto serán del mismo orden de magnitud. Para valorar lo que significa esa cifra, téngase en cuenta que en el mundo mueren cada año del orden de 56 millones de personas.

El conocimiento científico, lo decía al principio, ha sido la palanca que, por ahora, parece que puede sacarnos de la debacle sanitaria, el hundimiento económico y el caos social que me preocupaban hace un año. Digo que parece porque, a riesgo de ser tildado de aguafiestas, sigo sin tener tan claro que el final de este desastre esté tan cerca como muchos creen.

En todo caso, los efectos benéficos del conocimiento científico no alcanzan, por ahora, a toda la población mundial, ni mucho menos. La India, el país que sufre ahora los efectos más dramáticos de la pandemia, se enfrenta a la situación con mínimas posibilidades de vacunar a su población. Con más de 1300 millones de personas, si se llega a contagiar, como en España, el 15% de la población, habría 200 millones de contagiados, más que el total de los contabilizados oficialmente a día de hoy en todo el mundo. Y estaríamos hablando, al menos, de 2 millones de muertos más. En realidad, bien podrían ser el doble de esa cantidad. Ese panorama, por las razones dadas aquí, entraña grave riesgos para todos, pero no es eso lo que me interesa destacar ahora, sino la forma en que nos afecta desde otro punto de vista.

El impacto emocional que causa una catástrofe no es directamente proporcional al número de víctimas que provoca. Mil muertes no duelen diez veces más que cien; ni cien que diez; ni diez que uno. Si acaso, y si esto es algo que pudiese medirse, mil muertes quizás causen el doble de dolor que cien; cien, el doble que diez; diez, el doble que uno. Por eso, según esa regla, los 600 mil muertos en los Estados Unidos deberían, quizás, causarnos el doble de dolor que los 80 mil muertos en España.

Pero, en realidad, nos causa mucho menos, porque más que el número, o a la vez que el número, nos impresiona la proximidad, ya sea física, nacional o cultural. El impacto emocional disminuye con la distancia que nos separa de ella. Por eso, los 600 mil norteamericanos muertos, los 500 mil brasileños o los 300 mil indios, nos conmueven mucho menos que los fallecidos en nuestro entorno próximo.

Casi podría enunciarse una segunda regla -aunque, en realidad, no pase de ser una conjetura- según la cual el impacto que nos causa una catástrofe humana es inversamente proporcional al cuadrado de la distancia, física o cultural, que nos separa de sus víctimas.

Pongamos que hablo de Madrid

Isabel Díaz Ayuso ha obtenido una gran victoria porque ha ofrecido a los madrileños una vida normal.

No quiero decir con esto que esa sea la razón que ha movido a todos sus votantes. No es eso, ni mucho menos. Las elecciones las ha ganado gracias, principalmente, a votantes de derecha, como es natural. Lo que he querido decir es que el plus obtenido se debe a que ha sido capaz de atraer a muchos abstencionistas y anteriores votantes socialistas, y creo que la razón de esa atracción radica en esa promesa, la de poder vivir una vida normal.

Más de un año de restricciones han cansado a mucha gente. Y, más importante aún, más de un año de restricciones ha cabreado a muchos, ha deteriorado la salud mental de otros, ha empeorado la calidad de los servicios públicos, ha complicado la vida a la mayoría y, sobre todo, ha empobrecido a muchas familias y comprometido las expectativas de muchas más. La gente teme por su futuro. La incertidumbre socava el ánimo y eso tiene consecuencias de todo orden. Quien puede, ahorra, pero quien ahorra no gasta, y si no se gasta, muchos no trabajan. Esos ni siquiera pueden ahorrar.

Díaz Ayuso ha conectado muy bien con esos damnificados. Y lo ha hecho utilizando a Sánchez y al gobierno central como contrapunto, como la referencia de lo que se hace mal o no hay que hacer. El gobierno español ha colaborado entusiasta con decisiones mal explicadas o no explicadas, y con actuaciones tan difíciles de entender como las idas y venidas con las vacunas. Es significativo que la única izquierda que sale bien parada sea la que no gobierna España, aunque sé que en ese fenómeno inciden otros factores no menores.

Me dirán ustedes: “Sí, pero ha muerto mucha gente; y si no se hubiesen tomado esas medidas, habría muerto mucha más.”

Es cierto, si no se hubiesen tomado muchas medidas contra la pandemia, habrían enfermado muchas más personas y muerto por decenas de miles. El sistema de salud habría colapsado y viviríamos una catástrofe total.

Pero por muy cierto que eso sea, si las explicaciones que se dan no se acaban de entender, y si percibimos opacidad y decisiones contradictorias, no es difícil pensar que quizás no están tan justificadas. Unamos ese escepticismo o incredulidad a la extraordinaria capacidad que tenemos los seres humanos de creer (de creer de verdad, no de hacer como que creemos) lo que nos interesa, y la mezcla puede fácilmente dar lugar a pensar que quienes nos están complicando la vida quizás no tengan razón. Es más, yo también creo que hay algunas cosas en las que no tienen razón.

Además, como comentó en petit comité un alto cargo de la administración sanitaria hace unos meses, los números, a esos efectos, no ayudan. Hagamos, para la Comunidad de Madrid, las cuentas (utilizo los porcentajes de memoria, por haberlos leído en fuentes de confianza).

Pongamos que de los 6,65 millones de madrileños se han contagiado por covid un 25%. Creo que es una suposición razonable, porque a finales del pasado año eran del orden del 18%. Serían, por tanto, 1,66 millones las personas contagiadas (¡ojo! contagiadas no quiere decir que los contagios hayan sido verificados mediante análisis).

De esos contagiados, probablemente un 10% han pasado una mala enfermedad; esto es, han podido enfermar de gravedad unos 166000 madrileños.

Si ha fallecido un 10% de quienes han enfermado de gravedad, serían del orden de 16600 las personas fallecidas por covid. Los registros civiles han estimado que el exceso de mortalidad en Madrid ha sido, desde el comienzo de la pandemia, de 18257 personas. Creo que las cifras son muy razonables, porque la diferencia -unas 1600- se puede deber a fallecimientos provocados indirectamente por las demoras en diagnósticos y tratamientos de otras enfermedades.

Si a eso añadimos que de los 18257 muertos de más que ha habido en Madrid por comparación con los que habría habido en tiempos normales, 14354 son personas mayores de 75 años, no es difícil darse cuenta, por cruel que esta observación nos pueda resultar, de que los enfermos graves y muertos por covid no han sido percibidos como desgracias propias por mucha gente.

Para bastantes personas, la pandemia no ha sido una experiencia traumática por los enfermos y muertos que ha ocasionado. Pero sí lo ha sido por el destrozo que las restricciones a la movilidad y a la actividad han causado en su modo de vida y en sus expectativas. Los altercados callejeros y las manifestaciones de trabajadores y pequeños empresarios hosteleros han sido la punta del iceberg del descontento profundo de sectores significativos de la población.

Ideología al margen, quienes han apoyado a Díaz Ayuso porque les ha prometido una vida normal no son personas egoístas, despiadadas, inmorales. Son personas como usted o como yo, que han visto en su discurso y su actitud una luz de esperanza ante un panorama que arruinaba su vida o la de los suyos, y que no han creído que lo que el gobierno español (la izquierda gobernante) ha hecho para combatir la pandemia estuviese justificado. Sánchez, anunciando que dejaba sin prorrogar el estado de alarma, reaccionó, pero lo hizo tarde y mal.

Esta -creo- es una enseñanza que nos deja la pandemia. Es una enseñanza amarga. Al menos para mí lo es. Pero no viene sino a reforzar los argumentos que expuse hace más de un año en el sentido de que los dilemas a los que nos abocaba esta situación eran muy difíciles, y que no se solventaban, sin más, con el simple y contundente “quédate en casa” con que fuimos bombardeados entonces.

Las elecciones a las que me he referido en esta anotación han sido las autonómicas madrileñas, claro. Madrid, seguramente, es diferente de otras comunidades autónomas y quizás no sea prudente extrapolar lo ocurrido allí a esas otras. Quizás no lo sea, pero no estoy seguro de que, hasta cierto punto, en otras comunidades no vayan a ocurrir fenómenos similares. Por el momento, no obstante, pongamos que hablo de Madrid.

No, no todos habéis tirado la toalla

En efecto, muchísimos de vosotros no habéis tirado la toalla y cumplís de manera ejemplar las normas que limitan nuestras libertades y nos obligan a mantenernos a distancia de los demás y a utilizar mascarilla.

Algunos de mis lectores (y amigos) me lo han hecho ver el mismo viernes y también ayer. Creo, incluso, que el título que puse a la anotación anterior y algunas de las afirmaciones que hice en el texto les resultaron molestos. No los inserto a continuación porque no estoy seguro de que a sus autores les parezca una buena idea; si no, lo haría. Otros amigos me lo han comentado también en privado.

Voy a tratar de justificarme y a pedir perdón.

Efectivamente hay muchísimas personas que siguen respetando las normas. Justo y necesario es reconocerlo. Muchas de esas personas se sienten muy molestas con la actitud de sus conciudadanos y, a veces también, desamparadas, por lo que consideran una dejación de las autoridades, o desconcertadas por decisiones que perciben como arbitrarias y fruto de la improvisación.

Pero que haya muchas personas que sigan respetando las normas no quiere decir que no se esté produciendo un cambio en la actitud de muchas otras. Confieso que esto no es más que una percepción personal; no dispongo de pruebas fehacientes. Pero es como lo percibo, y tampoco soy el único, a tenor de otros comentarios vertidos también en tuiter.

Creo que actitudes de precaución normales en muchas personas hace unos meses, ya no lo son. Y creo que hay más gente ahora que incumple las normas que la que había antes. Puede que eso no me autorice a expresarme con carácter tan general como para abarcar a la sociedad en su conjunto, pero en el curso de una pandemia, incluso números de personas relativamente bajos pueden provocar efectos importantes.

Parte de los reproches que se me han hecho han incidido en la responsabilidad de las autoridades, en su dejación, como he dicho antes. También aludí a eso en mi anotación. Porque es cierto, percibo menor disposición por parte de las autoridades a la hora de hacer cumplir las normas ahora que hace unos meses.

Y luego están las cosas que nadie entiende, como que en las vacaciones de Semana Santa se levantasen las limitaciones para acudir a establecimientos hoteleros, que las novias de los futbolistas del Athletic Club pudiesen asistir a la final de Copa en Sevilla o que se permita la venta de mascarillas que no deberían estar permitidas bajo ningún concepto. Sí, creo que la administración merece reproche por cosas como esas.

Pero soy muy cauteloso a la hora de criticar a los que mandan. Y más en situaciones tan difíciles como esta. Hay dos razones por las que me resisto a criticar a las autoridades o por las que tiendo a asignar las responsabilidades de forma más amplia. La experiencia me dice que la responsabilidad de que haya determinados problemas o comportamientos sociales nunca recae en exclusiva en quienes administran; a los administrados también nos suele tocar una parte.

Hubo un tiempo –mi periodo como rector, para quien no esté al tanto- en que un servidor era de los que administran. Pues bien, en no pocas ocasiones fui muy consciente de lo injusto que resulta la atribución del error, la responsabilidad o la culpa de un mal o supuesto mal. Desde entonces procuro ser cauto con esas atribuciones.

Y si me parece que la responsabilidad es compartida, difícilmente me puedo colocar fuera del terreno de juego. Sinceramente, no puedo asignar una responsabilidad al conjunto de la sociedad y situarme yo mismo al margen, como si no tuviese arte ni parte.

La semana de Pascua tuve que pernoctar en San Sebastián. Lo hice en un hotel. Cené en su restaurante. Había muchos comensales que permanecieron durante toda la cena sin mascarilla. Pude haberme ido y saltarme la cena; no lo hice.

En las dos últimas semanas he asistido a tres o cuatro reuniones presenciales en sendos despachos; podía haber pedido hacerlo de forma telemática; no lo pedí. El viernes presidí una asamblea en la que estaban presentes unas veinte personas, mientras el doble de ese número participaba desde su despacho o vivienda; opté por estar presente, cuando podía haberlo hecho a distancia.

Se supone que en todas esas reuniones y en la asamblea se mantuvieron todas las medidas de seguridad, pero he sido muy consciente en todo momento de que, por pequeño que sea, siempre hay algún riesgo; si hubiese hecho todas esas cosas por vía telématica, no hubiera corrido ninguno. Asumí un cierto riesgo. ¿Cómo no voy a incluirme entre quienes se han relajado? Hace unos meses, en las mismas circunstancias, me habría conducido de otra forma. Así pues, he de utilizar la primera persona del plural; no hacerlo habría sido hipócrita. Creo que los Evangelios tienen una máxima para eso.

Que me perdonen, pues, quienes se hayan sentido injustamente incluidos entre quienes han tirado la toalla. No era mi intención asignarles ninguna responsabilidad, pero al generalizar sin matices, erré.