Conferenciantes, escritores, músicos, artistas

He organizado centenares de conferencias, coloquios o presentaciones públicas de diverso formato y temas variados. La mayoría eran charlas de ciencia, pero no todas. Y he asistido a centenares más, muchas de ellas impartidas en actos en los que yo mismo he sido uno de los participantes. Conozco, por ello, a muchísimos conferenciantes. A veces pienso que no habrá muchas personas que conozcan a tantos conferenciantes como yo.

Entre los centenares de charlistas algunos, aunque muy pocos, me han parecido limitados. La mayoría son buenos: explican con solvencia temas de cierta dificultad. Y algunos son muy buenos. Estos últimos preparan con esmero sus charlas; cuidan hasta el último detalle.

Son de estilos muy diferentes, pero todos consiguen atrapar la atención del público, ese bien tan escaso y difícil de conseguir, y te mantienen en vilo hasta el final, haciendo que el tiempo no transcurra. Hacen comprensible lo difícil. Unos son reposados y reflexivos, van desgranando sus argumentos con una cierta morosidad; pero no aburren: lo que cuentan es muy interesante y de vez en cuando sorprenden con argumentos o relaciones inesperadas. Otros son brillantes; despliegan sus conocimientos mediante expresiones afortunadas y recurren con frecuencia a la paradoja y otras figuras expresivas de resultados sorprendentes; a menudo recurren al humor y a veces provocan. Otros son enérgicos, se entusiasman en su desempeño y consiguen que nada fuera de su discurso merezca la atención de los oyentes. Y otros tienen un sentido muy acusado del carácter escénico de su actuación: deciden con antelación qué dirán en cada minuto; la ensayan hasta el aburrimiento, y elaboran y estudian sus movimientos en el escenario, la tarima o el atril con todo detalle.

Hay un último grupo diferente. No sería de justicia decir que son mejores, porque esos a los que he hecho referencia en el párrafo anterior son verdaderamente  buenos y están a un nivel que no admite comparaciones. Estos son especiales. No son enérgicos, no recurren al humor, no destacan por el uso de figuras expresivas efectistas; tampoco son de discurso moroso; ni se preparan para la interpretación como lo hacen actores y actrices, y si lo hacen, no lo parece. Estos destacan por su prosodia elegante, ritmo medido, entonación adecuada al ritmo, vocalización precisa y, muy especialmente, por el cuidado de la palabra, por el mimo con que la tratan. No son iguales: alguno es más proclive a la narración, otros parecen recitar y hay, incluso, quien declama, pero sus estilos no son puros. A veces al contenido expresado se superpone una sugerencia no declarada que complementa a aquel. Oírles, verlos en acción, es también una experiencia estética.

Me refiero a Ricardo Hueso, José Ramón Alonso, Deborah García Bello, Carlos Briones, Almudena M. Castro e Iñaki Úcar. Todos ellos tienen algo en común: practican alguna de las bellas artes a un nivel muy alto. Ricardo Hueso ha interpretado teatro; José Ramón, Deborah y Carlos son, además de excelentes conferenciantes, muy buenos escritores: da gusto leer sus textos. Los dos últimos escriben poesía y han visto publicada parte de su obra; Carlos, además, ha sido premiado por ello. Y tengo la sospecha, no la certeza, de que José Ramón también escribe (o ha escrito) poesía. Seguramente no es casual que Deborah, Carlos y José Ramón hayan recibido el premio Prismas por su obra de divulgación literaria. Y Almudena e Iñaki son excelentes músicos y tienen, ambos, un exquisito dominio del lenguaje.

Con esta anotación he querido esbozar una tesis, solo esbozarla. No pretendo demostrar nada, ni elevar a los citados a ninguna categoría especial a la que otros no tendrían (tendríamos) acceso; hay además muchos rasgos que diferencian a unos de otros. Simplemente he querido poner de manifiesto algo que no me parece casual, y es que el cultivo de (al menos) las expresiones artísticas citadas promueven una prosodia elegante y un discurso bello. La transmisión de conocimiento de esa forma adquiere una cualidad diferente, y a mí me gusta.

Para muestras, algunos botones:

Carlos Briones (1993): De donde estás ausente. Poesía Hiperión, Madrid (VIII premio de poesía Hiperión)

Carlos Briones (2002): Memoria de la luz. DVD ediciones, Madrid.

Deborah García Bello (2003): Megalomanía. Ediciones Vitruvio, Madrid.

 

El futuro del pasado

Mi conjetura de hoy es, quizás, una noción manida, pero no por ello parece que debamos dejar de recordarla de vez en cuando. Podría formularse mediante el aforismo atribuido a varios autores que dice que “acertar predicciones es muy difícil, sobre todo las referidas al futuro“.

El aforismo (mi conjetura de hoy) tiene carácter universal pero es especialmente pertinente si la predicción se refiere al futuro desarrollo de la ciencia. De eso trató, precisamente, mi intervención en Naukas Valladolid el pasado 29 de septiembre, que he insertado a continuación (son 25 min).

Agradezco a las organizadoras, del Parque Científico de la Universidad de Valladolid, el gran trabajo realizado, el excelente trato dispensado a los ponentes, y el haber publicado la charla en su canal de youtube. Y a Naukas el haberme propuesto participar en este acto.

Hay una subcultura femenina y una masculina

Es casi una estampa habitual: varios hombres sentados en el exterior de un bar a las diez de la mañana de un domingo mirando una pantalla al otro lado del cristal. En la pantalla, coches o motos, o pilotos en un podio. Más habituales son las escenas en las que un nutrido grupo, hombres en su mayoría, siguen con interés un partido de fútbol, también en una pantalla que se ve desde fuera del bar. No es necesario que sea el equipo local, aunque si los es, los espectadores son más y siguen el partido con mayor atención.

Sí, hay mujeres a las que interesan los deportes televisados, pero los varones son bastantes más.

Es posible que muchas mujeres lean revistas de chicachismes, pero no son menos los hombres que leen prensa deportiva (perdón por el eufemismo).

La mayoría de los aficionados a juegos de rol, o de ordenador, son chicos. También a los juegos de la play o como quiera que se llamen esos aparatitos. Los chicos dedican mucho tiempo a jugar y siguen con interés canales de Youtube dedicados a los juegos.

Ayer vinimos de Bilbao en el último autobús a Leioa. Viajaba poca gente; en su mayoría eran señoras que venían del cine. Al teatro o a la ópera van hombres, sí, pero van más mujeres.

La literatura es, cada vez más, una afición femenina. Es abrumadora la diferencia en hábitos de lectura entre hombres y mujeres.

La cultura elevada (sí, llamémosla así, prefiero errar al utilizar esa expresión antes que caer en la confusión de considerar una carrera de motos un hecho cultural equivalente al bolero de Ravel) es cada vez en mayor medida cosa de mujeres. Los hombres se entretienen cada vez más con juegos y deportes televisados, o con juegos que reproducen deportes televisados.

No sé si la brecha académica entre hombres y mujeres ha aumentado en los últimos años, pero existe y no es pequeña. Las chicas obtienen mejores resultados en los estudios. Sacan mejores notas y van en mayor proporción a la universidad. En las carreras en las que es más difícil entrar hay muchas más chicas, con pocas excepciones; las diferencias en la proporción de mujeres que cursan unas y otras carreras obedecen en parte a eso.

Además, también es más probable que completen con éxito sus estudios.

Creo que esto es el resultado de la existencia de –sin excluir la de otras- dos grandes subculturas en nuestras sociedades, una masculina y otra femenina. Creo que los chicos se aficionan a los deportes y los juegos porque esas son las aficiones que se espera de ellos que cultiven. Son también las de los hombres adultos; los chicos adquieren de sus pares lo mismo que ven en los grupos de varones adultos. Además, ser buen estudiante seguramente cotiza a la baja en sus cuadrillas.

Lo propio ocurre con las chicas. Solo que ellas leen y son más aplicadas en la escuela. Y de ahí, seguramente, se deriva todo lo demás.

Sí, claro, hay chicas jugonas y aficionadas a los deportes televisados y chicos que leen y estudian. Pero creo que las tendencias generales son las que he descrito antes.

Ya no me asombra que esto sea así. Lo que me asombra es que no parezca preocupar a nadie.

El secreto de la naturaleza

“¿Es la belleza criterio de verdad?” Esa conjetura no es mía; es de un amigo. La formuló como pregunta al comienzo del monólogo que ha quedado recogido en el documental “El secreto de la naturaleza”.

El documental se estrenará el próximo 14 de septiembre en el Palacio Euskalduna de Bilbao. El estreno tendrá lugar en el marco de Naukas18, el acto más multitudinario de la programación del festival Bizkaia Zientzia Plaza, que se celebrará entre el 13 de septiembre y el 1 de octubre en diferentes localidades de Bizkaia.

El secreto de la naturaleza es una producción de la Cátedra de Cultura Científica (1) de la Universidad del País Vasco, Mi Mesa Cojea y K2000, y ha sido dirigido por Jose A Pérez Ledo.

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(1) Este proyecto ha sido posible gracias al apoyo de la Diputación Foral de Bizkaia a la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU.

Periandro, Trasíbulo y las espigas

Javier Murcia Ortuño ha escrito un libro que leí hace unos meses con verdadero placer. Adjunto a continuación un pasaje tomado de la página 106 del libro.

Hacia el año 625 un hombre llamado Cípselo arrebató el poder a los aristócratas y condujo a Corinto a la cima de su prosperidad. Heródoto resume la vida de Cípselo con estas palabras:

“Persiguió a muchos corintios, y a muchos les robó sus bienes, y a la gran mayoría también sus vidas. Gobernó durante treinta años y trenzó bien su vida”.

Pero se complace particularmente en la historia de Periandrio, su hijo. Al principio fue más benigno que su padre, pero luego recibió sabios y crueles consejos de Trasíbulo con el fin de preguntarle cómo podía administrar más firmemente las cosas. Trasíbulo hizo salir al heraldo fuera de la ciudad hasta un campo de trigo y, allá donde veía una espiga más alta que las otras, la cortaba. Luego despidió al mensajero sin decirle una palabra. Periandrio entendió lo que Trasíbulo había hecho: le aconsejaba que asesinara a los más destacados de los ciudadanos. De modo que todo cuanto su padre Cípselo había omitido en sus persecuciones y matanzas, Periandrio lo llevó a cumplido término.

Aunque es un pasaje instructivo, dudo mucho que quienes practican la enseñanza de Trasíbulo hayan tenido que leerlo. Muchas personas lo llevan de serie. O quizás lo llevamos. Vaya usted a saber.

 

Fuente: Javier Murcia Ortuño (2007): De banquetes y batallas: La antigua Grecia a través de sus anécdotas. Alianza Editorial (3ª edición 2014)

Las ideas mueven el mundo

Hace unas semanas asistí a una charla de Mikel Mancisidor que impartió a un grupo de unos cuarenta jóvenes de 16 años. La charla tenía por título “¿Quién manda en el mundo?” Y en ella repasó de forma somera las diferentes instancias, políticas, sociales, económicas e ideológicas que tienen, o pueden tener, alguna incidencia en la marcha del mundo. Mikel es una persona muy cualificada para tratar ese tema: es doctor en derecho internacional, ha presidido durante años la UNESCO Etxea del País Vasco, y es miembro, desde 2013, del Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de Naciones Unidas.

Planteó la charla como un ejercicio socrático, preguntando a los chavales su opinión acerca de diferentes aspectos de la cuestión para, a partir de las respuestas que le daban, ir desbrozando el camino hasta disponer de una visión que, sin ser exhaustiva, fue de gran amplitud. De hecho, para presentar gráficamente los resultados de su indagación, se valió de un esquema en el encerado que representaba una tupida red de relaciones e influencias entre diferentes elementos.

Los jóvenes se inclinaban, ante todo, por explicaciones que incidían en los ámbitos políticos y, sobre todo, económicos. Más de uno aludió directa o indirectamente a los intereses y conflictos de intereses, y al papel de ciertos organismos internacionales y compañías multinacionales en el control de la marcha del mundo. Pero la vista de la red resultaba, por sí sola, ilustrativa: ningún agente gobierna el mundo en todas sus dimensiones, pero aunque los hay muy poderosos e influyentes, todos, también los más pequeños, tienen cierta capacidad de incidir en la marcha de las cosas.

Al terminar compartí mis conclusiones con Mikel. No me interesaba tanto la identidad de los agentes más poderosos, sino el impulso que motiva las decisiones. Y mi conclusión -quizás demasiado simple o, si se quiere, simplista- es que los impulsos pueden ser de naturaleza política (poder), económica (intereses) o ideológica (ideas), pero lo verdaderamente importante es (1) que el ámbito temporal durante el que se extienden los efectos de esos impulsos es diferente en cada caso, y (2) que en última instancia, son las ideas las que acaban teniendo una mayor importancia a largo plazo.

De hecho, creo que las decisiones de los agentes políticos y, concretamente, de los parlamentos y gobiernos pueden tener mucha influencia en entornos no muy amplios y durante periodos de tiempos no demasiado extensos. Los intereses, si son de agentes con mucho poder, pueden tener efectos a más largo plazo y en ámbitos geográficos más amplios; condicionan, de hecho, las decisiones políticas. En el capítulo de intereses entran los de grandes corporaciones multinacionales, los de estados-empresa, como China o Arabia Saudí, o los de los jubilados que se manifiestan y presionan a los gobiernos amenazando con retirarles el voto. Pero si se observa la marcha del mundo con la suficiente perspectiva, es evidente que las ideas acaban teniendo una gran influencia a largo plazo. Líderes religiosos, filósofos y científicos, cada uno a su manera, han ejercido una influencia decisiva en la marcha del mundo y en cómo está configurado en la actualidad.

No he incluido a los científicos por las consecuencias prácticas de sus ideas, sino porque esas ideas han ejercido una influencia decisiva en la forma en que entendemos el mundo y, por ello, también en la forma en que pensamos que nos debemos relacionar con el resto de elementos que lo conforman y también entre nosotros. Todas las ideas que han provocado un cambio de visión o de perspectiva (ahora se diría “de paradigma”) han tenido gran influencia en ámbitos muy diferentes del propio. Las ideas de Locke, por ejemplo, o ciertos elementos clave que los padres fundadores de los Estados Unidos introdujeron en su Constitución -el sistema de checks and balances-, no se entenderían sin la formulación por Newton de las leyes de la mecánica. Y la idea ilustrada de la igualdad esencial de todos los seres humanos tampoco se entendería sin la aportación del cristianismo. Son solo dos ejemplos, pero podrían ponerse otros.

Sí, las ideas son muy importantes. Hay quienes las desprecian y defienden que los intereses están por encima, y que frente a los poderosos, a los grandes poderes políticos (militares) y económicos del mundo las ideas apenas valen. No es cierto. Las ideas necesitan mucho tiempo para surtir sus efectos y muchas se quedan en el camino. Pero no entenderíamos hoy la realidad que nos rodea al margen de las grandes ideas que han ido jalonando la historia de la humanidad.

Son los motores del mundo.

No quiero ciencia divertida

Ayer estrené los 280 caracteres de tuiter con este tuit

Mi intención -creía que estaba claro- era provocar debate.

Sergio, a su manera, me pidió una aclaración

Sergio es uno de los mejores divulgadores. Sus charlas son muy buenas, y muy divertidas. Me gustan mucho y él lo sabe.

Hay quien pensó que mi tuit era una declaración de mi incompetencia

Quizás no le falte razón. Algo parecido pensó don Umberto:

Javier, otro docente y excelente divulgador -con una muy original disposición para con su actividad en este terreno, por cierto- también me interpeló a su manera:

Mi respuesta:

Si no me equivoco, para Javier no hay distinción entre divertido y entretenido, cosa en la que, por cierto, el diccionario de la RAE le da la razón.
Yo, sin embargo, asocio “divertido” con “gracioso” o “humorístico” y pienso que entretener es lo contrario de aburrir. Es posible que esté equivocado, pero me parece que esa distinción es útil. Conozco excelentes divulgadores que no hacen gracia, pero que son muy entretenidos. Y aprovecho para aclarar que contra lo que pueda deducirse de mi tuit inicial, sí me gusta la ciencia divertida, por supuesto, o quizás debería decir, para ser precisos, que me gusta la divulgación divertida. Sigamos, no obstante, con la secuencia.
Esto es lo que quise decir con mis dos siguientes respuestas a Javier:

Y

Carlos Pazos pide aclaraciones también

Aunque Javier no lo ve

Antonio terció en el debate con una consideración terminológica

Aunque confieso que Antonio no me acabó de convencer.

También tomó la palabra Joaquín

Joaquín se declaró partidario de la ciencia cercana (género en el que es un verdadero maestro, por cierto) y debo decir que estoy muy de acuerdo con lo que dijo.

Yo, no obstante, soy más de las buenas historias, quizás porque siempre me ha gustado la narrativa. Por eso me identifiqué con María (sobre todo en lo relativo a Joaquín, JR y Xurxo, narradores extraordinarios; ya me gustaría a mí….)

Mi colega César también intervino pidiéndome aclarar un punto, y esto es lo que le respondí:

Molinos acierta al señalar que es importante el soporte (y le agradezco que diga de mí que soy divertido en persona, afirmación que atribuyo a su amistad y buen talante):

Y Aitor, muy razonable también, se declara amigo de la diversidad de géneros:

A Elena, por su parte, los 280 caracteres de tuiter le parecen pocos y amenaza con tratar este tema en Córdoba, en el Congreso de Comunicación Social de la Ciencia

De repente reaparece Javier y dice que mi madre es una cabra (mejor no se lo chivo a mi madre, la pobre)

Y Juan Antonio, en coherencia con lo dicho por Javier, confiesa que le parecen divertidas las operaciones quirúrgicas complejas

Jose R lleva el asunto al terreno educativo

Y aunque al principio prefiero no añadir complicaciones, lo cierto es que Eugenio tiene razón:

A lo que Jose R responde

Y Eugenio

No puedo estar más de acuerdo.

Hubo otras intervenciones

Y aunque traté de justificarme:

Mi intento resultó vano

(gracias Mónica, por cierto, por tu intervención)
Añado, de postre, una breve consideración de Irreductible que me ha parecido oportuna

Acabo esta secuencia con un tuit de mi admirado y querido Jose, que suscribo:

Creo que a estas alturas está claro lo que pienso. Pero por si acaso me esforzaré un poco más.
El conocimiento no tiene por qué ser divertido, pero casi siempre es apasionante. A veces el problema para percibirlo de esa forma es que no somos capaces de transmitirlo de la manera adecuada. Es, pues, importante, saber comunicarlo, y para ello, lo ideal es cautivar a la audiencia. Algunos recurren al humor, otros hacen cosas muy entretenidas, hay quien busca lo cercano, también se puede recurrir a otras disciplinas para servirte de apoyo: el arte, la música, la literatura…Otros cuentan historias maravillosas, narraciones de aventuras, de intriga, de amor. Y también los hay que, simplemente, son capaces de conseguir entusiasmar con la esencia de lo que cuentan.
Claro que quiero ciencia divertida, lo que no quiero es que solo se dé por buena la ciencia que divierte, o que por tratar de divertir los buenos divulgadores dejen de hacer uso de sus cualidades. Y no quiero dejar de lado lo que dice Eugenio en relación con la enseñanza: aprender cuesta esfuerzo.

Y un estrambote:

¡Qué bien me conoce Xurxo! 😉

Eskerrik asko, EiTB!

A veces me quejo del poco caso que hacen los grandes medios de comunicación a lo que hacemos quienes nos dedicamos a las ciencias, las actividades relacionadas con ellas, ya sean hallazgos, congresos, o divulgación. Con algunas honrosas excepciones, “nuestras cosas”, esas sin cuyo conocimiento todo lo que nos rodea sería incomprensible, no merecen la atención de los grandes medios.

Por eso, porque a veces me quejo, sería imperdonable que no reconociese y agradeciese la gran apuesta que siempre ha hecho el grupo EiTB, la radiotelevisión pública vasca, por las actividades desarrolladas por la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU. Y no me refiero solo a la atención, que siempre he agradecido, que nos prestan los programas de ciencia en sus emisoras de radio.

Me refiero a otra cosa. Desde que existe EiTB a la carta, su canal Kosmos emite por internet en directo prácticamente todas las conferencias y actos que organizamos. Nuestras actividades, tanto en euskera como en castellano, pueden ser seguidas desde cualquier lugar del Planeta. Y además, como las deposita en su canal a la carta, quien lo desee las puede ver cuando mejor le convenga, y las puede insertar en los medios digitales para ofrecerlas a sus lectores habituales. Esto ha sido así desde que nació la Cátedra.

Pero este año EiTB se ha superado. No solamente ha retransmitido y grabado las muchas sesiones de divulgación que hemos organizado (Zientziateka, Arte y Ciencia, Las pruebas de la educación y Ciencia a presión), sino que con Bizkaia Zientzia Plaza ha echado el resto. ETB incluyó reportajes dedicados a #Naukas17 en sus informativos habituales de fin de semana, tanto el sábado por la noche como el domingo al mediodía. En el lugar preferente de su web figura un banner de Bizkaia Zientzia Plaza que conduce directamente a un sitio específico con las charlas grabadas desde que empezó esta secuencia de actos de divulgación: Naukas, Scenio y el especial de Eva Caballero en La mecánica del caracol.

Sin el apoyo constante de EiTB, la Cátedra de Cultura Científica que coordino no habría alcanzado la proyección internacional de que hoy goza; y sin su compromiso en favor de la difusión de actividades como Naukas Bilbao y, este año, Bizkaia Zientzia Plaza, estas no tendrían el éxito y repercusión social que han conseguido.

Esto es SERVICIO PÚBLICO y es de justicia decirlo, proclamarlo y agradecerlo.

Eskerrik asko, EiTB!

No hay especies más antiguas, ni lenguas tampoco

En biología tenemos a veces la debilidad de referirnos a unas especies como antiguas, de considerarlas más antiguas que otras. Decimos, por ejemplo, que las esponjas son muy antiguas. Con las lenguas hacemos algo parecido. Así, decimos del castellano que es una lengua joven, mientras el vasco, por ejemplo, es antigua. Pero lo cierto es que no hay especies antiguas y nuevas, o viejas y jóvenes. Tampoco lenguas. Todas, especies y lenguas, remontan su existencia a los orígenes, a los de la vida en un caso y a los del lenguaje, en el otro.

Todos los seres vivos retrotraemos nuestro linaje hasta las primeras formas de vida que aparecieron sobre la faz de la Tierra y fueron capaces de dejar descendencia tras de sí generación tras generación. Todos somos herederos de aquellas formas y, por lo tanto, todos los linajes, sean del reino que sean, del filo que sean o de la familia o género que sean, tienen la misma antigüedad, tanta como la vida terrestre tiene.

Lo mismo ocurre con las lenguas. Es cierto que la lengua vasca se diferenció de otra u otras lenguas en la noche de los tiempos. No creo que sepamos cuándo ocurrió eso porque desconocemos cuál es su procedencia; su parentesco con otras lenguas o grupos de lenguas es un misterio. Pero eso no la hace más antigua que las demás. El castellano se diferenció hace unos pocos siglos de otras lenguas romances, pero sigue siendo, como ellas, un latín modificado. Y el latín, a su vez, hace algunos milenios se diferenció de otras lenguas preindoeuropeas, pero siguió siendo un preindoeuropeo modificado. Y así podemos seguir hacia atrás, hacia esa noche de los tiempos a la que antes me he referido.

Es cierto que en esta forma de expresarnos subyace una cierta convención. Damos por buena la identificación entre antigüedad y tiempo transcurrido desde que se diferenció de otros linajes, sean biológicos o lingüísticos. Pero aunque sea una convención, en biología no es una práctica recomendable porque contribuye a alimentar equívocos acerca de la evolución. Seres humanos y chimpancés procedemos de un mono que vivió en África hace unos ocho millones de años, pero ninguno de los dos somos más antiguos que el otro; nuestros respectivos linajes se separaron hace unos seis o siete millones de años, pero ambos tienen la misma antigüedad. Ambos linajes han experimentado cambios por deriva genética y por selección natural; quizás uno de los dos ha experimentado más cambios que el otro, pero si así fuera, eso no haría a uno más antiguo que el otro.

En relación con las lenguas tampoco me parece una práctica recomendable esa imputación de antigüedades. No hay jerarquías –no debiera haberlas- entre lenguas. Ninguna lengua es mejor o peor, más o menos útil, más o menos valiosa, más o menos merecedora de cultivo y protección por el hecho de que diferenciara antes o después de otras lenguas. Todas hunden sus raíces en los albores de la humanidad. Todas proceden de los primeros balbuceos de unos homininos que se esforzaron por comunicarse con sus vecinos mediante señales vocálicas. Somos, por ahora, los últimos eslabones de esa cadena. Todos hablamos lenguas que, de una u otra forma, a través de unos u otros vericuetos biológicos, geográficos, sociales y económicos, han llegado hasta aquí transformándose de forma continua, pero procedentes de un mismo código de señales vocálicas; en definitiva, de una misma lengua o protolengua. Todas las lenguas del mundo tienen la misma antigüedad.

Metáforas

John Higgs, en Stranger than We Can Imagine: Making Sense of the Twentieth Century (2015), pone en relación fenómenos aparentemente inconexos. Según su tesis, la Teoría de la Relatividad supuso una revolución intelectual de tal carácter que afectó de manera profunda al conjunto del pensamiento y la creación a lo largo de todo el siglo XX. Vincula de esa forma, ciencia, arte, economía, vida personal, música y otros ámbitos sociales e intelectuales, y lo hace recurriendo a elementos sorprendentes. El pasado siglo se habría caracterizado por ser el del punto de vista del individuo y del individualismo; esa es la idea central del texto. Recomiendo leer el libro, merece la pena.

A lo largo del siglo XX se produjo una curiosa divergencia: mientras la física se fue quedando sin metáforas –salvo, como es normal, las de carácter estrictamente matemático- la literatura ensayaba las más arriesgadas y las artes plásticas se adentraban, más allá de la metáfora incluso (si tal cosa es etimológica y lógicamente posible), por los terrenos de la abstracción. En todos los casos, eso sí, se produjo un alejamiento cada vez más acentuado de la experiencia cotidiana, de la figuración, entendida esta en un sentido muy amplio. La Teoría de la Relatividad y, sobre todo, la mecánica cuántica, en la física, el surrealismo, en todas sus manifestaciones artísticas, y el arte abstracto son, en apariencia al menos, del todo ajenos a la experiencia cotidiana.

Eric Kandel es un neurofisiólogo norteamericano de origen austriaco formado inicialmente como psicólogo. En 2000 le fue concedido el premio Nobel de Fisiología por sus trabajos sobre las bases fisiológicas de la memoria. A Kandel le interesa el psicoanálisis y le apasiona el arte abstracto, y esta afición le ha llevado a publicar dos obras muy interesantes, The Age of Insight (2012) y Reductionism in Art and Brain Science (2016). Por cierto, salvando las distancias, Siri Hustvedt, en su reciente libro de ensayos A Woman Looking at Men Looking at Women (2016), también se ocupa de las relaciones entre ciencia y arte de una forma no muy diferente a como lo hace Kandel.

Una de las conclusiones más interesantes que he extraído de esas obras se refiere al modo en que el cerebro procesa la información que recibe procedente de los órganos receptores. Dado que el observador trata de atribuir un sentido a la información sensorial, al tratar la información y convertirla en una percepción, incorpora el denominado procesamiento top-down (de arriba a abajo), que implica influencias cognitivas y funciones mentales de orden superior tales como la atención, el simbolismo, las expectativas y las asociaciones visuales aprendidas. Recurre no sólo a recuerdos, a experiencias anteriores propias, sino también, y de forma muy intensa, a emociones. La percepción es así un fenómeno complejo, que consiste, de hecho, en un acto creativo por parte del observador.

Lo dicho vale para todos los fenómenos de percepción, dado que la generación de imágenes o de nociones de otro orden es siempre un acto creativo o, si se quiere, re-creativo, pero lo es en mayor medida en el arte abstracto y otras formas artísticas en las que la obra no intenta reflejar la realidad de forma fiel. En esos casos, en el procesamiento de las formas más básicas y los colores se produce una intensa interacción top-down con las áreas encefálicas implicadas de una u otra forma en el gobierno de las emociones: la amígdala, el hipotálamo, y los sistemas moduladores dopaminérgicos. Al reducir las imágenes a formas, líneas, colores o luz, el arte abstracto depende mucho más de las emociones, imaginación y creatividad. Eso es lo que hace que la observación de una obra de arte abstracta pueda resultar muy gratificante.

Y esto me ha conducido a la literatura. Las metáforas empezaron cumpliendo en el lenguaje y en la literatura la función de ayudar a comprender el texto, recurriendo a términos bien conocidos para representar nociones menos conocidas. Sin embargo, ya en el Barroco (es posible que algo parecido ocurriese incluso antes) las metáforas cumplen un papel diferente: dificultan, de hecho, la comprensión, en vez de facilitarla. Exigen un mayor esfuerzo pero, a la vez, suponen un estímulo para que el lector adquiera protagonismo re-creando las nociones o la historia que se quieren expresar. Cumplirían así una función similar a al que juegan los elementos de una obra de arte abstracta, en mayor medida cuanto más se alejan del objeto que quieren representar, cuanto más arriesgadas son, en definitiva. Gran parte de la literatura del siglo XX se ha adentrado por esa vía, y no solo en la poesía. La literatura surrealista alcanza, en ese aspecto, niveles de alejamiento máximos. Y sin llegar a los extremos de la literatura más “difícil”, las mejores obras literarias del siglo XX exigen al lector un importante esfuerzo de re-creación.

Supongo que los mismos fenómenos neurológicos que dan cuenta de la gratificación que proporciona el arte abstracto estarían en la base de la recompensa que produce la literatura que exige un cierto nivel de esfuerzo. Y seguramente el mismo mecanismo es aplicable en el resto de manifestaciones artísticas.

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Por una de esas casualidades de la vida estos días he escuchado bastante a Leonard Cohen, un cantautor y poeta de lenguaje metafórico en grado sumo. Quizás por eso puso música al poema de Lorca Pequeño vals vienés, en una de sus canciones más conocidas: Take this waltz. He escogido esta versión sobrecogedora de Silvia Pérez Cruz y Raúl Fernández para ilustrar esta anotación. Cada vez me interesan más las metáforas.