Milenarismo al calor de la pandemia

No es extraño que las epidemias y otras catástrofes alimenten tendencias milenaristas. En el pasado era Dios quien, tras sucesivas advertencias en forma de epidemias, huracanes o inundaciones, provocaría el cataclismo que acabaría con el Mundo tal y como se conocía. Pero la modernidad acabó con Dios, y la edad contemporánea, en su lugar, ha entronizado a la Naturaleza. “El planeta se está curando; nosotros somos el virus” y expresiones de similar tenor proliferan estas semanas. La Tierra se venga, al parecer, de los daños que los seres humanos le hemos infligido. O nos encierra en nuestras habitaciones, como criaturas malcriadas que no han hecho caso de las advertencias. Es lo que nos dice la sra. Sarah Ferguson:

Durante las últimas décadas parecen haber aumentado los brotes de enfermedades infecciosas. Según un estudio publicado en Nature, en la década de los 80 se registró un máximo en la incidencia de ese tipo de enfermedades, asociado, quizás, a los efectos del VIH; pero ese máximo se superponía a una tendencia creciente que venía de décadas anteriores hasta la de los 90, última que abarcaba el estudio. El calentamiento global parece estar en la raíz de la extensión que alcanzan en la actualidad algunas enfermedades, como ocurre con la borreliasis de Lyme en las zonas templadas del hemisferio Norte.

En 2010 se publicó otro estudio en la revista Journal of Experimental Biology, que atribuía a la pérdida de la biodiversidad la mayor incidencia de enfermedades infecciosas y, más concretamente, de zoonosis (enfermedades en que el agente causante es un patógeno procedente de otra especie animal). Según los autores, las comunidades muy diversas ofrecen protección frente a la posible expansión de epidemias zoonóticas a través de lo que denominan un efecto de dilución. La simplificación de las comunidades que se produce con la pérdida de especies provocaría una más rápida transición de los patógenos desde las especies de las que proceden hasta los seres humanos. Y este mismo año, otro estudio propone que la pérdida de fauna salvaje puede facilitar la transmisión de virus animales a seres humanos. La pérdida de diversidad sería consecuencia del efecto de los monocultivos de plantas para consumo humano.

Más problemática resulta la atribución del origen de las pandemias a las condiciones propiciadas por el hacinamiento de animales en granjas. Se suele invocar en apoyo de esa tesis la conocida como gripe A o gripe porcina. Aunque quizás ese sea el único caso documentado en que tal cosa ha ocurrido desde que existe la ganadería industrial.

Pero aunque exista una relación entre la probabilidad de que se produzcan epidemias zoonóticas y el deterioro del medio ambiente, ello no autoriza a atribuir a ese deterioro la emergencia de Covid19 ni su peligrosidad. Salvo que hagamos lo propio con la gran mayoría de enfermedades infecciosas que padecen y han padecido los seres humanos desde la invención de la agricultura y la ganadería.

Quien haya leído “Armas, gérmenes y acero”, de Jared Diamond, recordará que la invención de la agricultura y la ganadería, por la convivencia próxima entre animales domésticos y seres humanos, provocó la extensión a estos de enfermedades de origen animal y que el hacinamiento de unos y otros en los asentamientos ganaderos y en las ciudades propició la rápida expansión de aquellas. Con el tiempo, esas condiciones se han mantenido o se han acentuado. Y a lo largo de la historia no han sido pocas las ocasiones en que una epidemia grave o una pandemia han causado destrozos sin medida. En 431 a.e.c. una grave epidemia acabó provocando la derrota de Atenas frente a Esparta en la guerra del Peloponeso y el posterior declive del imperio marítimo ateniense. La tuberculosis, una enfermedad que surgió en el Oeste de África hace unos cinco mil años y a la que se atribuye la mayor pérdida de vidas humanas en la historia, experimentó una gran expansión hace unos dos mil años, con el máximo auge del Imperio Romano, debido al gran número de habitantes de su capital y a la gran movilidad que propiciaron sus calzadas por toda la cuenca del mediterráneo. Y la pandemia más terrible que ha existido en Europa, la peste negra, llegó en el siglo XIV a través de las rutas comerciales provenientes de Asia. La conquista y colonización de América por los europeos conllevó también la llegada al continente recién descubierto de patógenos para los que los americanos carecían de defensas inmunitarias; en ninguna otra ocasión se han perdido tantas vidas humanas por efecto de las enfermedades transmitidas en poco tiempo a tan gran distancia. También lo cuenta Jared Diamond en su libro.

Lo anterior no es para negar los efectos de las actividades humanas sobre el medio ambiente, y las consecuencias que esos efectos pueden acabar teniendo en la salud de las personas, en general, y en la expansión rápida de epidemias peligrosas en particular. Pero conviene no perder la perspectiva. El Neolítico trajo una mayor producción de alimentos y un crecimiento importante de las poblaciones humanas, así como la aparición de grandes entidades políticas. Pero también trajo enfermedades, desigualdades y unas vidas probablemente más miserables que las de los cazadores-recolectores del Pleistoceno. Si los fenómenos zoonóticos que vemos ahora son achacables, al menos en parte, a la acción humana sobre el medio ambiente, no debemos perder de vista que el mundo actual no es sino la prolongación en el tiempo y acentuación de unos modos de vida que tienen su origen en la invención de la agricultura y la ganadería, y que se han intensificado como consecuencia de la presión creciente de la superpoblación del planeta y de la enorme movilidad que propician viajes intercontinentales asequibles a la gran mayoría. En otras palabras, lo que ocurre hoy es más de lo mismo, solo que a mayor escala. Y si tenemos en cuenta la magnitud de las actividades productivas de hoy, la gran movilidad humana y, sobre todo, el tamaño de nuestra población, esa mayor escala no es tan grande en términos relativos.

Pero el mundo actual no es solo ese en el que surgen y se expanden más rápidamente enfermedades procedentes de animales. También es el que atesora conocimiento útil para prevenir (mediante la higiene, asepsia, hábitos saludables y vacunas) y curar (antibióticos y antivirales) muchas de esas enfermedades. Y ese conocimiento ha podido crearse y transmitirse gracias a la riqueza que ha generado la humanidad, sobre todo durante los tres últimos siglos, en un proceso que ha venido acompañado por el deterioro ambiental a que me he referido antes.

La tentación de reclamar ahora una transformación de las bases económicas de nuestras sociedades es grande. Parece el momento adecuado, sobre todo si creemos firmemente que esa transformación nos proporcionará un mundo más sano en todos los sentidos. Es lo que connotan memes como el de la entrada a este texto, el de que el planeta se está curando. Y es lo que se expresa en manifiestos y peticiones de corte ecologista.

Es difícil oponerse a la pretensión de salir de esta crisis sanitaria y económica tratando, a la vez, de disfrutar de un medio ambiente más sano, rico y diverso. Ocurre, sin embargo, que las cosas no son tan sencillas. Lo expresaba hace unos días mediante un tuit de formulación muy simple, simplista, incluso.

Nuestras sociedades consumen muchos recursos. Mucha gente viaja a lugares muy lejanos. Se adquieren muchos objetos, a mi parecer más de los necesarios. Y el consumo cumple, en demasiadas ocasiones, más una función de señalización social (consumo conspicuo) que de satisfacción de necesidades básicas. Todo ello es causa de problemas ambientales serios, sí. Pero también es el modo de subsistencia de millones de personas. Todos esos millones pasarían hambre si dejasen de producir esos bienes o de comerciar con ellos. La economía de todo el planeta se resentiría. La de cada uno de nosotros, por supuesto, y también la de los sistemas públicos que proporcionan bienes y servicios valiosos (salud, educación, infraestructuras, urbanismo, etc.).

Por no hablar de la necesidad de alimentar a siete mil millones de personas ahora y alrededor de nueve mil millones dentro de unas pocas décadas. Me temo que hoy no hay alternativas viables a las grandes explotaciones agrícolas y sus consecuencias sobre la biodiversidad. Salvo que estemos dispuestos a que millones de personas (además de los ochocientos o novecientos millones que pasan hambre hoy) no tengan qué llevarse a la boca.

Me gustaría pensar que una transición hacia una economía más austera y más respetuosa con el entorno natural es posible sin que ello implique causar daños. Pero dudo que sea posible en un plazo de tiempo breve. Eso sí, de serlo, vendría como consecuencia de la voluntad de la gente, expresada a través de sus opciones políticas y, sobre todo, de sus decisiones de consumo.

El anterior es también uno de los dilemas de nuestro tiempo. Aunque se haya expresado con fuerza al calor del desasosiego que provoca una tragedia como la que vivimos, no es un dilema vinculado a la pandemia. Tampoco lo es bajo la fórmula milenarista en que se acostumbra a expresar. Dios no castigó a la humanidad con la maldición de la peste negra en el siglo XIV, ni la Naturaleza nos castiga ahora con una pandemia por nuestros desmanes.

Sobreformación, una noción absurda

Según el INE, un 28,2 % de la población española (mayor de 16 años) ha completado estudios superiores. Si nos circunscribimos a la población activa, quienes cuentan con formación superior representan el 38,6 %; y entre quienes están trabajando, los de nivel de formación superior son el 42,3 %. Lógicamente, eso quiere decir que las personas que cuentan con estudios superiores están menos representadas entre quienes se encuentran en paro: son el 22,4 %.

Si nos circunscribimos a la Comunidad Autónoma Vasca, los correspondientes porcentajes de personas con nivel de formación superior en cada uno de esos colectivos son los siguientes: En población general (mayor de 16 años), el 37 %; en las personas que se encuentran activas, el 53,3 %; entre quienes están ocupados, el 56,1 %, y entre los parados, el 32,6 %.

Que una persona con estudios superiores esté ocupada no quiere decir que lo esté en un puesto cuyo perfil y nivel sea acorde a su formación. Esto es una obviedad, pero la formulo de modo expreso porque estoy seguro de que, en otro caso, sería el primer y más frecuente comentario que se haría a este texto. Pero a pesar de lo anterior, lo que indican esos datos es que es más probable que tengan empleo quienes tienen estudios superiores que quienes no los tienen.

Viene esto a cuenta de una cantinela que oímos y leemos con frecuencia en los medios de comunicación, normalmente a algunos políticos, representantes del mundo empresarial y columnistas de opinión. Me refiero a esa idea de que en el País Vasco la gente tiene un nivel de formación más alto de que se requiere para ocupar los puestos de trabajo disponibles y que el acceso a estudios superiores debería ser menor del que es para no “malgastar” los recursos que invertimos en esos estudios y para no generar frustración en quienes se ven a obligados a trabajar en puestos de perfil formativo inferiores a los de quienes los ocupan. Utilizan el término “sobreformación” para referirse a ese fenómeno.

La primera idea que me viene a la cabeza cada vez que leo u oigo mensajes en ese sentido es que dudo que quienes los expresan estén pensando en sus hijos. Pero dejando al margen esa consideración, lo cierto es que ante datos como los que he presentado al comienzo, y que se repiten una y otra vez, es muy difícil convencer a nadie de que es mejor que no curse estudios superiores.

Por otro lado, si observamos esta cuestión con una perspectiva más amplia, social, sabemos que la productividad tiende a ser más alta en países y regiones con más años de escolarización; esa norma se cumple si comparamos los datos relativos a la Comunidad Autónoma Vasca y la Foral Navarra (las de más alta productividad) con los del resto de comunidades autónomas, por ejemplo.

En otro orden de cosas, hay una consideración de índole práctica que debe tenerse en cuenta, y es que ninguna sociedad se puede permitir el lujo de que no haya gente con niveles de formación superiores a los que demanda en cada momento su tejido productivo; porque si así fuera, no podría responder en tiempos razonables a necesidades de más formación que puedan surgir en plazos cortos de tiempo. Es una pura cuestión de flexibilidad. Si se buscase y consiguiese una ajustada correspondencia entre el número y perfiles de los puestos de trabajo y el número y perfiles de titulados superiores, ¿qué ocurriría si en un periodo relativamente breve de tiempo (unos pocos años) aumenta la necesidad de titulados superiores? ¿cuánto tiempo haría falta para reajustar la oferta y la demanda? De conseguirse, esa correspondencia ajustada sería un muy mal negocio.

Creo que lo dicho hasta aquí es correcto incluso si pensamos algo con lo que no estoy de acuerdo pero que subyace a todas las afirmaciones en el sentido de que hay sobreformación: que el nivel formativo ha de ajustarse a las demandas sociales y/o empresariales. No estoy de acuerdo porque a esa última idea cabe oponer dos argumentos adicionales. El primero es que una población con más formación genera de suyo más actividad económica y más oportunidades. Eso ocurre porque las personas formadas tienen la posibilidad de intentar hacer uso de las competencias adquiridas para ofrecer productos y servicios que no se ofrecen en el momento. Los llaman emprendedores y se supone que queremos que los haya.

Y el segundo es que la formación cumple variadas funciones. No ha de concebirse únicamente como una vía para adquirir y desempeñar un trabajo; sirve también para satisfacer las aspiraciones de desarrollo intelectual o creativo de las personas. Y, en general, las personas mejor formadas son personas más exigentes, más críticas y por esa razón, son verdaderos agentes de progreso.

Hablar de sobreformación no es que sea erróneo, es absurdo, porque la noción de sobreformación es una contradicción en sí misma.

El mundo al revés, o quizás no tanto

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Me ha interesado mucho lo que se ha publicado acerca del discurso de la señora May. Si las crónicas son fieles a lo expresado por la premier británica, la postura negociadora del Reino Unido se va a basar en la posibilidad de aceptar una relación con la Unión Europea que no conlleve acceso libre a los mercados de ambos espacios económicos. Básicamente lo que viene a decir es que para ellos es fundamental mantener el control sobre sus fronteras y no estar sometidos a jurisdicciones ajenas al Reino. Y que si la Unión Europea no acepta esas pretensiones y, como consecuencia de ello, niega a los británicos que puedan comerciar con el resto de Europa sin aranceles u otras barreras y sin restricciones al movimiento de capitales, entonces no habrá acuerdo. Están dispuestos a aceptar las consecuencias. Llega, incluso, a decir que si es preciso, aceptarán comerciar al amparo de los acuerdos suscritos en el marco de la Organización Mundial del Comercio.

Hasta hace unos pocos años el mundo parecía avanzar hacia la desaparición de las barreras al comercio. Ahora las cosas no están claras. Si la tendencia se mantuviese (cosa que me gustaría pero acerca de la cual no tengo demasiadas esperanzas hoy), la postura británica se entendería perfectamente. Puesto que el mantenimiento de su soberanía (así lo expresó ella en su intervención) sería compatible con la posibilidad de comerciar sin barreras con todo el mundo, incluido el resto de Europa. ¿Para qué quieren los británicos ligar su destino al del resto del continente si siempre han preferido ir por libre? Una vez desaparecidas las barreras comerciales, la Unión Europea tiene mucho menos interés para ellos.

Pero si la tendencia a desaparecer los aranceles y demás medidas proteccionistas se trunca o, incluso, se invierte, las cosas son algo diferentes. En ese caso, la postura británica, de mantenerse, tendría importantes consecuencias comerciales, las tendría para todos y serían negativas. Esta no es una hipótesis descabellada. Los mensajes de Donald Trump, antes en campaña y ahora ya en el poder, parecen indicar que los Estados Unidos también se van a dirigir por la vía proteccionista. Nadie sabe a ciencia cierta si esa es la voluntad de los nuevos mandatarios norteamericanos, pero no debería extrañarnos. Al fin y al cabo, muchos opinan que ese tipo de mensajes son, entre otras cosas, los que han llevado a Trump a ganar las elecciones, y que algo parecido, al parecer, ha ocurrido también en el Reino Unido. Y si eso es cierto, la postura británica va a tener, pase lo que pase, bastante respaldo interno.

Al otro lado del mundo, la China, un país comunista precisamente, da la voz de alarma por los riesgos a que nos pueden llevar las limitaciones al comercio, y lo hace frente a los países que históricamente han abanderado la causa del libre comercio internacional: es, en apariencia, el mundo al revés.

Pero el caso es que, si lo pensamos detenidamente, es posible que todo, aunque suene raro, tenga sentido. Los occidentales han abanderado el libre comercio cuando pensaban que era muy beneficioso, sobre todo para ellos, pero al percibir ahora que quizás son otros los que más se van a beneficiar, ya no lo ven tan claro. Están convencidos de que la riqueza del mundo es una cantidad fija, de manera que si los chinos tocan a más, lo supuestamente lógico es que ellos toquen a menos. Las cosas no son así, claro, pero la noción de la suma cero es muy difícil de combatir, porque es la que se ajusta al «sentido común», ese sentido que, como en esta ocasión, tantas veces se equivoca.

Conjetura:

Aunque las desigualdades económicas entre compatriotas nos gustan poco o nada (de hecho, nos gustan menos que la pobreza plana), las desigualdades con los extranjeros no nos desagradan tanto, porque entre compatriotas los “desiguales” somos nosotros: la mayoría; pero en la segunda modalidad los verdaderamente “desiguales” son ellos: también la mayoría.