¿Vivimos mejor o peor que antes?

¿Vivíamos mejor antes que ahora? ¿O es al revés? Quizás se viva ahora mejor que antes. ¿Pero cuándo fue antes? ¿Hace dos años, justo antes de la pandemia? ¿Hace dos décadas? ¿Hace cuarenta años, cuando era estudiante universitario? ¿O hace 250 años, al calor de la Ilustración? Cada vez que oigo a alguien próximo que las cosas van a peor le suelo preguntar cuándo estuvieron bien.

Como quería tener una perspectiva algo más amplia, hace unos días hice una encuesta en tuiter. Mejor dicho, hice dos. En la primera pregunté acerca de diferentes periodos históricos: hace 25 000 (Pleistoceno Superior), 2 500 (Antigüedad Clásica), 250 (Ilustración) y 25 años (Contemporáneo). Los resultados fueron estos:

La inmensa mayoría de la gente prefiere vivir en la actualidad, aunque un 8 % de quienes respondieron se inclinaron por la vida en el Pleistoceno Superior. Es muy probable que en el Paleolítico no fuera determinante el lugar o familia en que se naciese. Y, por otro lado, para quienes superasen una edad de 5 o 10 años, la esperanza de vida no era baja, y mayor a la de casi cualquier momento histórico hasta mediados del siglo pasado. Por lo tanto, la perspectiva de vivir en una sociedad muy igualitaria y en unas condiciones no demasiado severas resulta, para ese 8 %, más atractiva que hacerlo en periodos posteriores, en los que la fortuna podía deparar condiciones de vida verdaderamente malas.

La segunda encuesta la circunscribí a tiempos mucho más próximos, casi estrictamente contemporáneos. Los resultados fueron estos:

Cuatro de cada diez creen que hace 20 años era un mejor momento para vivir que ahora. Y las preferencias por el momento presente o hace 40 años resultaron ser prácticamente iguales.

Cuando hice estas encuestas tuve un olvido: tenía que haber hecho explícito a quien respondiese que tampoco se sabría el sexo con el que nacería o cuál sería su orientación sexual, pero se me pasó. Esto no es en absoluto trivial, porque en estos aspectos la vida está cambiando muy rápidamente. Las condiciones no eran en enero de 2020 las mismas que en enero de 2000 o de 1980. Pero vayamos, siendo conscientes de esa limitación, a interpretar los resultados.

No es fácil atribuir un significado claro a la preferencia por haber vivido hace 20 años con relación al tiempo presente. Se me ocurren tres hipótesis.

Es probable que la mayoría de mis seguidores activos en tuiter sean más jóvenes que yo; estimo que rondan la cincuentena, un momento de la vida en que se suele alcanzar el estado anímico vital más bajo. Los años sesenta no los llegaron a conocer y no es extraño que añoren su veintena o treintena. Así pues, quizás algunas personas se hayan inclinado por el año 2000 por tener un recuerdo relativamente bueno de los años de cambio siglo. Esta es la primera hipótesis.

Por lo que algunas personas me han comentado después, unas cuantas respuestas pudieron estar condicionadas por la pandemia, aunque mi voluntad, al fijar la fecha más reciente en enero de 2020, era eliminar el efecto de la Covid19, porque no me interesaba que se produjera esta interferencia. El caso es que ha habido quienes han manifestado preferir el 2000 porque en enero de 2020 la pandemia estaba al caer o ya la teníamos encima, aunque no lo supiésemos. Esta era la segunda hipótesis.

No obstante, y sin descartar que no pocas respuestas estuviesen condicionadas por esos dos factores, creo que la mayoría de quienes respondieron piensan que, efectivamente, los últimos 20 han sido años de declive, en algún sentido. Razones, desde luego, no faltan para pensarlo. Se me ocurren, sin ánimo de ser exhaustivo, los siguientes factores: (1) el mundo se ha hecho un lugar más antipático, por decirlo de un modo suave, tras los atentados de las torres gemelas de Nueva York y la posterior “guerra contra el terror”, (2) la crisis económica que empezó en 2008 y cuyos efectos se han prolongado durante casi una década, (3) la reciente emergencia de populismos y extremismos peligrosos, quizás como consecuencia de la crisis económica (4) el Brexit y la puesta en cuestión del ideal europeo, y (5) el enrarecimiento del clima político español, con su polarización creciente y un cainismo rampante.

El pasado mes de mayo tuvo mucha repercusión una intervención de la periodista Ana Iris Simón ante el presidente Sánchez y otras personalidades en la Moncloa. Iris Simón empezó diciendo que envidia la vida de sus padres a su edad (28 años); con una hija y otra criatura en camino, tenían confianza en el futuro. Dijo que ahora el paro de los jóvenes es muy alto, sus sueldos muy bajos, y sufren, además, una precariedad muy grande. No envidia a sus padres porque sus condiciones de vida fuesen mejores, sino porque la de ellos era una época de esperanza, en la que las expectativas eran mejores que las actuales para la gente joven. Sus padres vivían peor, sí, pero tenían fundada esperanza en que las cosas irían a mejor. Ese elemento, el de la falta de expectativas, era el que inducía a la periodista a tener una visión negativa del momento presente.

Soy de la generación de los padres de Ana Iris Simón. Nuestro hijo mayor tiene 30 años y la pequeña 26. Y aunque nuestras expectativas no eran nada halagüeñas cuando estábamos en la universidad (entre el 77 y el 82), lo cierto es que sí mejoraron mucho durante los ochenta y comienzos de los 90. A pesar de las crisis (del 86 y el 93, con tasas de paro altísimas, sobre todo para nuestra generación), todo el país había mejorado mucho hacia el fin de siglo.

El 30 de mayo, Enric González, un columnista del que tengo muy buena opinión, publicó, con el título “La gran estafa”, una columna sobre las pullas que Iris había lanzado a la clase política en la persona del presidente Sánchez. González sostiene que, aunque en España y en el mundo se vive mejor que antes, las cosas para la gente joven se han puesto mucho peor. Y basa su interpretación en que “hemos asistido a un formidable desplazamiento de la renta en favor de las personas de edad más avanzada.” Ofrece el siguiente dato: “El gasto español en pensiones era de unos 59000 millones de euros en 2000. Ahora el gasto ronda los 145.000 millones, sin que el crecimiento económico haya compensado ni de lejos este aumento. En conjunto, el coste de las pensiones se acerca al 40% del presupuesto.”

Mientras tanto, el 55% de los menores de 30 años y el 25 % de los que tienen entre 30 y 34 años siguen viviendo con sus padres, porque la precariedad laboral y los precios de la vivienda les impiden irse de casa y organizar su vida. La gran mayoría (700.000) de los 900.000 empleos perdidos durante la pandemia eran precarios, la mayor parte de menores de 35 años.

La natalidad española es bajísima. Que la natalidad en los países con buen nivel de vida sea baja es normal. Que sea tan baja como la nuestra, quizás no lo es tanto. Seguramente obedece a más de una causa, pero los factores citados por Ana Iris Simón y por Enric González y, en general, la falta de expectativas laborales más o menos claras para la gente joven seguro que no ayudan. Como consecuencia, la edad media de la población no deja de aumentar.

Dice González que urge un pacto intergeneracional para poder ofrecer a los jóvenes la posibilidad de desarrollar sus propios proyectos vitales. Y concluye: “Llevamos décadas estafando a una parte de la sociedad. Con alevosía, hasta ahora. No nos extrañemos el día en que los enfadados decidan defenderse.”

No sé si puede decir de esa forma. No sé si cabe hablar de estafa. Pero los jóvenes tienen ante sí un futuro muy incierto en España. No lo es tanto en otros países de nuestro entorno, y eso es algo que deberíamos tener en cuenta al valorar nuestra situación. Las instituciones políticas ya no pueden garantizar a nadie un medio de vida; para mí eso está claro. Pero deberían, al menos, generar las condiciones para que todos disfruten de oportunidades. Esa debería ser la sustancia del pacto al que alude González.

En España hay muchos pensionistas, y son ya una fuerza política importante. Dentro de unos pocos años seremos muchos más aún, porque los que nacimos a partir de 1960 -cuando empezó el boom de nacimientos del «desarrollismo«- empezaremos a jubilarnos de forma masiva en los próximos dos o tres años. La fuerza política de los mayores será mayor aún.

El problema es que no veo en España una clase política con la claridad de ideas necesaria y, sobre todo, con la voluntad para sacar adelante un pacto así. Ni, lo que es peor, tampoco veo una ciudadanía dispuesta a hacer el sacrificio necesario para revertir el desplazamiento de rentas que denuncia González.

El futuro, no obstante, no está escrito. A menudo suelo recordar estas palabras:

El futuro está abierto. No está predeterminado y no se puede predecir, salvo accidentalmente. Las posibilidades que encierra el futuro son infinitas. Cuando digo ‘tenéis el deber de seguir siendo optimistas’, no sólo incluyo en ello la naturaleza abierta del futuro, sino también aquello con lo que todos nosotros contribuimos a él con todo lo que hacemos: todos somos responsables de lo que el futuro nos depare. Por tanto, nuestro deber no es profetizar el mal, sino más bien luchar por un mundo mejor.

Karl Popper (1994): “Introducción”, El mito del marco común.

No sé si tenemos el deber de seguir siendo optimistas o no, pero debemos ser conscientes de que, si bien cualquiera tiempo pasado no fue mejor, tampoco tiene por qué serlo cualquiera por venir. Dependerá, en gran medida, de lo que hagamos todos y cada uno de nosotros.


Nota: He tenido que rehacer la anotación para sustituir los enlaces de tuiter por capturas de pantalla de las encuestas. La razón es que los enlaces no reproducían los tuits, sino las url, de manera que hacían la lectura más difícil.

No me atrevo a decir que necesito vacaciones

Hoy empiezo, por fin el periodo más largo de inactividad laboral de que he podido disfrutar en, al menos, los dos últimos años. Si no hay imprevistos, las próximas dos semanas no daré un palo al agua, al margen, lógicamente, de las tareas del hogar. Durante los dos o tres últimos años no he pasado más de cinco días seguidos sin trabajar. Nunca había trabajado tanto ni tan de seguido, ni siquiera en los años de la tesis o los inmediatos siguientes. No me ufano por esto; lo digo con pesar. Preferiría trabajar menos; mejor dicho, preferiría no tener que trabajar.

Como esto no tiene por qué interesar a nadie, se preguntarán ustedes a qué viene. Pues bien, tiene que ver con algo que, cada vez que oigo, me suscita la misma incógnita. Se trata de eso de que “necesito unas vacaciones” (antes de cogerlas), o “ya era hora, necesitaba unas vacaciones” (después). La última vez que se lo oí a una amiga se lo pregunté: “¿De verdad? ¿Necesitas unas vacaciones de verdad? ¿Y si no las tuvieses nunca?”

Cuando oigo hablar de esa necesidad me acuerdo de los padres. Durante bastantes años no cogieron vacaciones. Era cuando vivíamos en Salamanca. Al llegar los meses de verano, cuando el hermano y yo acabábamos el curso escolar, los padres nos enviaban al pueblo de la madre, al del padre o alternábamos la estancia en ambos; allí qudábamos, al cuidado de las abuelas. Eran los días más felices del año. Pero ellos se quedaban trabajando en casa, confeccionando prendas de punto con máquinas de tejer. Se las encargaban vecinos y familiares, y les aportaban unos ingresos extra, a añadir al sueldo del padre.

Las primeras vacaciones las cogieron cuando nos trasladamos a Bilbao y luego a Santurce. Todos los meses de agosto viajaban a Vega de Tirados, Salamanca, donde acabaron construyendo una pequeña vivienda para veranear, primero, y pasar allí la parte más cálida y seca del año, después.

También recuerdo al abuelo materno. Nunca se fue de vacaciones. Salvo los años de soldado en África, de los que nunca contó nada, vivió toda su vida, hasta poco después de jubilarse, atado a las cuatro reses que tenía y a una huerta de dimensiones más bien modestas, pero bastante productiva. También cultivaba pequeñas parcelas de cereal. Del abuelo paterno -sastre en Villar de Peralonso, Salamanca- no me acuerdo apenas, porque murió siendo yo muy pequeño. Las abuelas, ambas, se dedicaron a las tareas domésticas y, una de ellas, la paterna, al cuidado de un pequeño huerto. Ninguno de ellos supo en qué consistían unas vacaciones.

He leído hoy un artículo en The Conversation en el que se explica con todo detalle fisiológico -dopamina incluida- por qué son necesarias las vacaciones. Conforme lo leía no dejaba de recordar a los padres y los abuelos. Es cierto que nosotros -yo, al menos, sí- vivimos al límite, dilatando el tiempo al máximo, aprovechando casi cada minuto, y que el abuelo materno, sobre todo en invierno, se tomaba las cosas con otra parsimonia. No así el padre y la madre -sobre todo la madre- cuando los plazos de entrega de las prendas estaban a punto de vencer y había que tejer a horas impías.

Claro que me hace feliz poder coger unos días de asueto, y dedicarme a pasear y a leer. Me gustaría, como ya he dicho, no tener que trabajar. Si, por las razones que fuere, tuviese que prescindir de las vacaciones, me llevaría un disgusto, desde luego, pero se me ocurren desgracias bastante peores; esa es la verdad. No me atrevo a decir que las necesito.

Sobre el progreso moral

Como propuse aquí hace unos días, la maldad y la bondad son cualidades relativas. No hay un baremo absoluto de maldad o bondad independiente de la referencia que suponen los demás. Son categorías morales, y la moral es de naturaleza social. La moral está al servicio del grupo. En todos los grupos humanos se produce una tensión entre las tendencias egoístas, que buscan el beneficio propio, y las altruistas o prosociales, que propician un funcionamiento social armónico.  

Los estándares morales varían entre culturas y periodos históricos. Hay actos que hoy consideramos neutros y que hace tan solo unas décadas eran moralmente reprobables. Pero que haya variaciones de origen cultural en las intuiciones morales no quiere decir que estas carezcan de bases objetivas. Jonathan Haidt, por ejemplo, sostiene -en The Righteous Mind, en especial- que las fuentes de moralidad son innatas y universales, porque tienen valor adaptativo. Las diferencias entre individuos, culturas y épocas obedecerían, por tanto, a la importancia relativa que cada una de esas fuentes tiene en función de las circunstancias o, incluso, del carácter de cada individuo.

¿Hay cambios a lo largo de la historia en los principios morales? ¿Es posible el progreso moral? ¿Puede, incluso, cambiar con el tiempo la calidad moral de la gente?

Si nos remontamos lo suficientemente atrás en la historia humana, parece bastante claro que ha habido cambios profundos, cambios que cursaron a lo largo de generaciones. Durante el Pleistoceno y comienzos del Holoceno, cuando el sedentarismo no había dado lugar a la creación de estados con una fuerte estratificación social, los grupos habrían sido eminentemente igualitarios, de forma similar a como lo son los pocos grupos humanos actuales que viven de la caza y la recolección.

Sin embargo, la aparición de los primeros estados, ligados a la agricultura de cereales y la ganadería acompañante, tuvo como consecuencia, según autores como Jared Diamond (en Guns, Germs and Steel y The World Until Yesterday) o James C. Scott (en Against the Grain), una transformación radical en la forma en que se organizaban los grupos y ocasionó, además, un empeoramiento severo de las condiciones de vida y la salud de la gente. Una parte importante del trabajo pasó a ser realizado por el grupo de personas más numeroso y de inferior condición, esclavos en muchos casos. Como consecuencia, surgieron grandes diferencias entre unas personas y otras en todos los órdenes de la vida.

Según Karen Armstrong (en A History of God), la reacción frente ese estado de cosas llegó en diferentes etapas a lo largo del primer milenio a.e.c., durante la denominada Era Axial, cuando las grandes figuras espirituales de Oriente y los profetas bíblicos empiezan a promover la compasión por los desamparados. El que todas las personas fuesen dignas de compasión habría sido la semilla de la que germinaría la noción, formulada de modo explícito en el Nuevo Testamento, de la igualdad esencial de todos los seres humanos.

Hubo que esperar a la Ilustración para que se dotase a ese principio de significado político. A partir de entonces, a todos los seres humanos se les empieza a considerar sujetos de iguales derechos y así ha venido siendo reconocido en la legislación de un número creciente de estados. Ese estatus ha tenido consecuencias nítidas sobre la vida de la gente.

Desde una perspectiva diferente, otros autores han defendido la idea de que las sociedades humanas, al menos desde la Ilustración, progresan en varias dimensiones, incluida la moral. Michael Shermer (en The Moral Arc) argumenta que el comercio y la alfabetización que ocurrieron en paralelo a la Revolución Industrial generaron un efecto Flynn moral. Añade que el progreso de la democracia en el mundo, combinado con la extensión de los derechos humanos y las libertades civiles ha conducido al mayor grado de florecimiento humano de la historia. Shermer, no obstante, no descarta que no pueda tener vuelta atrás.

El psicólogo Paul Bloom también atribuye al progreso intelectual un efecto positivo sobre la moral. En Just Babies: The Origins of Good and Evil, propone la existencia de dos fuentes básicas de moralidad. Afirma, por un lado, que los bebés son animales morales, dotados por naturaleza de empatía y compasión, capacidad para juzgar la acción de otros e, incluso, una comprensión rudimentaria de la justicia y la ecuanimidad. Y por el otro, sostiene que una segunda parte de nuestra moralidad surge en el curso de la historia humana y del desarrollo individual. Es el producto de la compasión, la imaginación y la capacidad para razonar. Por lo tanto, atribuye a la historia humana y la personal un papel en la mejora moral gracias, entre otras cosas, a la razón.

En su alegato en contra de la empatía, Against Empathy: The Case for Rational Compassion, Bloom abunda en lo anterior. Afirma que la inteligencia no solo está relacionada con el éxito, sino que también lo está con el buen comportamiento, quizás porque las personas más inteligentes tienden a ser más cooperativas, probablemente porque la inteligencia ayuda a valorar los beneficios de la coordinación a largo plazo y a considerar el punto de vista de los demás. Dice que, aunque la razón y la racionalidad no son suficientes para ser una persona capaz y buena, cuanta más razón y racionalidad, mejor persona se tiende a ser.

Más compleja, y quizás más interesante, es la propuesta de Joseph Heinrich y colaboradores. Según ellos, ciertas normas dictadas por la Iglesia Católica a partir del siglo VI para evitar el incesto generaron las condiciones que han propiciado una prosocialidad que tiene al individuo, y no al clan, como destinatario. Como consecuencia de esas normas, en las sociedades occidentales se difuminó la estructura social basada en los vínculos de parentesco, por lo que la gente tiende a ser más individualista, independiente y prosocial de una forma impersonal, a la vez que muestra menor conformidad y lealtad para con el grupo al que pertenecen. Lo importante, a los efectos que aquí nos interesan, es que esa prosocialidad impersonal ha conllevado unas normas morales centradas en el individuo y su dignidad, y menos orientadas a preservar la lealtad y cohesión del clan familiar. Esa diferencia estaría en la base de la distinción entre las llamadas culturas de la dignidad, centradas en el individuo, y culturas del honor, centradas en el clan.

Pero no todos los autores comparten esos puntos de vista. Según el filósofo británico John N. Gray (si mal no recuerdo, en Straw Dogs: Thoughts on Humans and Other Animals y The Silence of Animals: On Progress and Other Modern Myths), el humanismo -la corriente de pensamiento dominante desde la Ilustración- se basa en el meliorismo, una creencia utópica según la cual los seres humanos no estamos limitados por nuestra naturaleza biológica, sino que estamos convencidos de que los avances en ética y política son acumulativos, y que pueden alterar y mejorar la condición humana, de la misma forma en que los avances en ciencia y tecnología han mejorado las condiciones de vida. Gray sostiene, por el contrario, que la historia no es progresiva sino cíclica y que la naturaleza humana constituye un obstáculo al progreso ético y político.

Tengo sensaciones encontradas en relación con esta disyuntiva. Durante gran parte de mi vida he sido un firme defensor de la idea del progreso, del meliorismo, de hecho. Pero leyendo a Gray no puedo evitar que me venga a la cabeza el caso, por ejemplo, de la antigua Yugoslavia, un país que había alcanzado un notable nivel de progreso pero que se precipitó en unas pocas semanas en una serie de guerras a finales del siglo XX que mostraron la peor versión de nuestra especie. Y si repasásemos la hemeroteca reciente, encontraríamos no pocos episodios en los que ciudadanos occidentales de diversas extracciones sociales y profesiones adoptan comportamientos morales que juzgaríamos absolutamente impropios del siglo XXI. Da la impresión de que la civilidad y ética que parecen adornar a nuestras sociedades no son sino un barniz que salta descascarillado en cuanto algún conflicto a causa de factores económicos o identitarios no encuentran el cauce debido para su gestión y eventual resolución.

Al fin, también es cierto que, si dirigimos la mirada al pasado, tengo muy claro que no preferiría haber vivido en ningún momento anterior en la historia de la humanidad.

El complejo de Medea

Tras publicar ayer mi conjetura sobre la maldad, tuve dos respuestas críticas en twitter con algunos aspectos del texto. Yo había escrito esto: “En España, en los últimos 8 años han sido asesinados 39 hijos o hijas por parte de padres (y alguna madre) que han querido de esa forma causar un dolor insoportable a quien fuera su pareja.” Los dos lectores coincidieron en criticar la referencia a las madres, porque pensaban que esa forma de expresarlo no reflejaba la realidad. Pensaban que el número de mujeres que habían asesinado a sus hijos para hacer daño a su pareja podía, de hecho, ser lo suficientemente alto como para merecer un tratamiento más equilibrado en la expresión. Ambos pensaban que al decir “alguna madre” se daba a entender que se trataba de excepciones.

Efectivamente, eso es lo que yo pensaba, que se trataba de un comportamiento sobre todo masculino, y que en las mujeres era excepcional. Había llegado a esa conclusión tras hacer un repaso por noticias de prensa y hallar un único caso de mujer homicida, mientras que había encontrado seis o siete homicidios cometidos por hombres.

Uno de los lectores críticos con mi artículo de ayer me proporcionó una referencia reciente. Se trata de una publicación de febrero de este mismo año en la que se ofrecen los datos del estudio de 62 casos procedentes de 9 países, de los que se dispone de suficiente información. Más adelante haré una síntesis de ese estudio, pero déjenme, primero, poner el fenómeno en su contexto.

Los filicidios -así se llaman en la literatura especializada los homicidios de hijos o hijas- representan porcentajes pequeños del total de homicidios, aunque cualquier porcentaje ya nos parezca altísimo, dado el tipo de crimen que es. En los Estados Unidos son un 2,5%, mientras que en Australia representan un 7%. No creo que los padres australianos sean más crueles, sino que en los Estados Unidos se producen muchos más homicidios de otra índole y de ahí los diferentes porcentajes. En todos esos casos hombres y mujeres cometen filicidios en proporciones similares, según las referencias enlazadas.

De los once motivos de filicidio identificados, uno era el cometido por venganza del padre o la madre del hijo asesinado. Se trata, en todo caso, de un motivo muy infrecuente; dependiendo del país, representa un 4% (EEUU) o un 9% (Australia). El motivo es infrecuente, pero lo cierto es que cualquier frecuencia me parece altísima.

En la investigación publicada el pasado mes de febrero, como antes he dicho, se analizaron en detalle 62 casos procedentes de 9 países. Y la documentación analizada consistió en registros psiquiátricos y judiciales. Del total de los casos, 33 homicidas (53%) fueron hombres y 29, mujeres (47%). Por lo tanto, y dado que no creo que en este aspecto España sea sustancialmente diferente de los países incluidos en el estudio citado, yo estaba equivocado, porque el número de hombres y mujeres que cometen filicidio por venganza es similar. Sospecho que no soy el único.

En mi descargo debo aclarar que los 39 casos a que hice referencia en mi escrito de ayer son los que recogen las estadísticas de violencia contra las mujeres, por lo que corresponden a homicidios cometidos por padres para hacer daño a la madre. No son un censo del total de casos en los que padres y madres han acabado con la vida de sus hijos para hacer daño al otro miembro de la pareja. Desconocía que se trataba de una estadística que no recoge los casos en los que la homicida es la madre, porque esos casos, sencillamente, no se recogen o, hasta donde alcanzan mis averiguaciones, no se publican. Mis dos lectores críticos tenían razón.

No solo estaba equivocado en ese aspecto de la cuestión, porque sin desestimar como causa del filicidio la maldad, entendida esta en los términos en que la expresé en la anotación anterior (como la manifestación extrema de comportamientos malvados que en sus formas moderadas son normales), del orden de la mitad o algo más de los homicidas sufrían algún desorden mental.

De todos los casos analizados en el estudio publicado en febrero, en diez alegaron los defensores trastorno o enfermedad mental (aunque solo en uno se rebajó la pena por responsabilidad disminuida). Sin embargo, a 35 filicidas (56%) se les diagnosticó un desorden mental de algún tipo. Los más comunes lo fueron de personalidad (21 casos), pero también se diagnosticó depresión a 13 filicidas, y desorden por consumo de estupefacientes a 6. Además, 22 tenían historial por violencia física hacia su pareja, 18 hombres y 4 mujeres.

En los textos especializados, a esa forma de homicidio se la denomina filicidio en venganza, lo que aquí se ha venido en llamar homicidio vicario o violencia vicaria. Y se han identificado cuatro motivos principales que impulsan a los homicidas: rechazo (de la pareja), disputa sobre la custodia o régimen de visitas, infidelidad o celos, y discusiones y peleas. Tras cometer el crimen, 39 (un 63%) intentaron quitarse la vida, y 20 (un 32%) lo consiguieron. No hay apenas diferencias entre hombres y mujeres en esto.

Resumo: los filicidios en venganza los cometen en proporciones similares hombres y mujeres, y alrededor de la mitad de los perpetradores sufren algún trastorno mental, aunque no sea considerado atenuante en los tribunales. ¿Cómo diferenciar la maldad del trastorno? ¿Dónde termina una manifestación extrema, por criminal, de comportamientos inmorales y empieza el trastorno? Supongo que la respuesta está en el conocimiento acumulado por psicólogos y psiquiatras. Yo la desconozco.

Estas tragedias no son de ahora. A lo largo de la historia han quedado recogidos casos de filicidio. Es más, en la mitología hay frecuentes alusiones a la venganza como motivo de filicidio, hasta el punto de que a esta forma de homicidio se la ha denominado “complejo de Medea” (por la tragedia de Eurípides). Medea asesinó a dos de sus hijos para vengarse de su esposo, Jasón, por querer abandonarla para casarse con Glauce, la hija del rey Creonte.

Los griegos, siempre los griegos.

La maldad

El viernes pasado llevaba puesta la radio mientras conducía de San Sebastián a Leioa. En el informativo del mediodía el periodista, Dani Álvarez, preguntó al psiquiatra forense del caso Bretón, acerca del trastorno o psicopatía de quien, muy probablemente, ha asesinado a sus dos hijas en Tenerife para causar a la madre el mayor daño posible. La respuesta del psquiatra fue contundente: ni psicopatía ni trastorno, ni nada de nada. Pura y simple maldad.

Ante crímenes como los de esas dos niñas, queremos que nos digan que quienes cometen esas atrocidades son personas con mentes patológicas, averiadas, porque no soportamos la idea de que se trate de tipos normales. Pero resulta que no son enfermos. Son malvados.

La bondad y la maldad son categorías morales, y la moral es de naturaleza social. Se refiere a la calidad del comportamiento de una persona en su relación con las demás. Simplificando mucho, la calidad es buena si de ese comportamiento se deriva un beneficio, y es mala si se deriva un perjuicio. Un individuo que viviese aislado en Marte no podría ser calificado de malvado o de bondadoso, porque no tendría ocasión de comportarse de ninguna forma en relación con otros.

El tipo que, según todos los indicios, ha asesinado a sus hijas en Tenerife para hacer daño a su mujer es un malvado. Eso es lo que dijo el forense del caso Bretón. En España, en los últimos 8 años han sido asesinados 39 hijos o hijas por parte de padres (y alguna madre) que han querido de esa forma causar un dolor insoportable a quien fuera su pareja.

El comportamiento de esos asesinos se encuentra en el extremo de un continuo en cuyo otro extremo está la máxima bondad posible, algo que podríamos denominar la santidad. Dentro de ese intervalo la inmensa mayoría se encuentra cerca del centro: dependiendo de su propensión, por un lado, y de las circunstancias, por otro, se comportan de forma moderadamente mala, moderadamente buena, o ni una cosa ni la otra: unos días y en unas circunstancias se portan mejor y en otras ocasiones se portan peor. Supongo que eso es lo que nos pasa a la inmensa mayoría.

El carácter social, o ultrasocial, de nuestra especie nos impele a conjugar de forma equilibrada lo que podríamos denominar de forma genérica (y muy laxa) buenas y malas acciones, pero eso sí, moderadamente buenas y moderadamente malas. La bondad excesiva pone en peligro el bienestar (entendido también en sentido muy laxo) del bondadoso, el de su familia, y la continuidad de su linaje. La maldad excesiva pone en peligro la cooperación en el seno del grupo y su funcionamiento armónico, y compromete su viabilidad. Por esa razón, la selección natural ha reducido a un mínimo los comportamientos extremos. Pero no los ha eliminado. De hecho, los comportamientos extremos, la santidad y la protervia son extraordinariamente infrecuentes. Pero existen. Mientras tanto, los comportamientos moderados son, con mucho, los más frecuentes.

Y luego están las averías. El encéfalo, la máquina de la mente, es la que genera el comportamiento. En ocasiones, esa máquina está averiada. Hay individuos, por ejemplo, a quienes no les funcionan bien los circuitos implicados en los sentimientos morales. Carecen de moralidad, aunque eso no les impida saber que ciertos comportamientos son inaceptables. Y seguramente lo contrario también ocurre. No lo sé. Supongo que a las averías es a lo que se llama trastornos o psicopatías, pero la verdad es que no lo sé. Todo esto que digo aquí no dejan de ser opiniones basadas en mis lecturas y en lo que aprendo de los psicólogos que se ocupan de estas cosas. No me avala ningún título ni estudio especializado. Quede esto claro.

En todo caso, y por lo que entendí en el informativo del mediodía del viernes, que haya personas con la máquina averiada no quiere decir que quienes realizan actuaciones viles o, incluso, extremadamente viles, sufran alguna patología. No tienen por qué sufrirla. Se puede ser un canalla y estar perfectamente sano. Son malvados, simplemente. Su actuación exacerba hasta el último extremo unos comportamientos cuyas versiones más atemperadas forman parte del catálogo de comportamientos cotidianos. Creo que esa es, en el fondo, la razón por la que es tan difícil acabar con esos comportamientos.

De hecho, salvo quizás en plazos de tiempo seculares, no se puede acabar con ellos, eso es lo que creo. Pero también creo que se pueden prevenir y se pueden generar las condiciones que los hagan cada vez más infrecuentes.

Hay malvados que atacan a los pobres que duermen en cajeros automáticos. Otros malvados maltratan a sus parejas (o exparejas) y llegan, incluso, a asesinarlas. Los hay que agreden a quienes pertenecen a un grupo étnico diferente del propio. Otros vapulean y pueden llegara a asesinar a quienes no se conforman a las opciones sexuales mayoritarias. Y también hay quien agrede o termina con la vida de sus oponentes políticos o de quienes profesan un credo diferente.

Distingo, por tanto, lo que interpreto como maldad -o, simplemente, el mal- como manifestación extrema de formas de comportamiento que en la mayoría son, por moderadas, prácticamente inocuas, de la existencia de sentimientos y propensiones tales como el rechazo al diferente, las relaciones de dominación de sustrato patriarcal, o la intolerancia ideológica o religiosa.

La educación y las leyes deberían servir para promover entre nosotros una cultura de la dignidad (por oposición a lo que se denomina cultura del honor) que promueva el respeto a los otros, de manera que sea el sustrato sobre el que se edifique una convivencia que, sin aspirar a convertirnos a todos en buenas personas, reduzca a un mínimo las agresiones, asesinatos, y cualesquiera otros actos malvados.

Notas:

(1) Conviene leer esto, escrito 24 horas después de esta anotación, porque aporta correcciones importantes a lo que digo aquí y añade información.

(2) Me ha parecido de interés esta entrevista a César San Juan, profesor de psicología criminal de la UPV/EHU y miembro del Instituto Vasco de Criminología.

(3) La serie de Eduardo Angulo, Preparados para matar, en el Cuaderno de Cultura Científica de la UPV/EHU, es muy recomendable.

Pongamos que hablo de Madrid

Isabel Díaz Ayuso ha obtenido una gran victoria porque ha ofrecido a los madrileños una vida normal.

No quiero decir con esto que esa sea la razón que ha movido a todos sus votantes. No es eso, ni mucho menos. Las elecciones las ha ganado gracias, principalmente, a votantes de derecha, como es natural. Lo que he querido decir es que el plus obtenido se debe a que ha sido capaz de atraer a muchos abstencionistas y anteriores votantes socialistas, y creo que la razón de esa atracción radica en esa promesa, la de poder vivir una vida normal.

Más de un año de restricciones han cansado a mucha gente. Y, más importante aún, más de un año de restricciones ha cabreado a muchos, ha deteriorado la salud mental de otros, ha empeorado la calidad de los servicios públicos, ha complicado la vida a la mayoría y, sobre todo, ha empobrecido a muchas familias y comprometido las expectativas de muchas más. La gente teme por su futuro. La incertidumbre socava el ánimo y eso tiene consecuencias de todo orden. Quien puede, ahorra, pero quien ahorra no gasta, y si no se gasta, muchos no trabajan. Esos ni siquiera pueden ahorrar.

Díaz Ayuso ha conectado muy bien con esos damnificados. Y lo ha hecho utilizando a Sánchez y al gobierno central como contrapunto, como la referencia de lo que se hace mal o no hay que hacer. El gobierno español ha colaborado entusiasta con decisiones mal explicadas o no explicadas, y con actuaciones tan difíciles de entender como las idas y venidas con las vacunas. Es significativo que la única izquierda que sale bien parada sea la que no gobierna España, aunque sé que en ese fenómeno inciden otros factores no menores.

Me dirán ustedes: “Sí, pero ha muerto mucha gente; y si no se hubiesen tomado esas medidas, habría muerto mucha más.”

Es cierto, si no se hubiesen tomado muchas medidas contra la pandemia, habrían enfermado muchas más personas y muerto por decenas de miles. El sistema de salud habría colapsado y viviríamos una catástrofe total.

Pero por muy cierto que eso sea, si las explicaciones que se dan no se acaban de entender, y si percibimos opacidad y decisiones contradictorias, no es difícil pensar que quizás no están tan justificadas. Unamos ese escepticismo o incredulidad a la extraordinaria capacidad que tenemos los seres humanos de creer (de creer de verdad, no de hacer como que creemos) lo que nos interesa, y la mezcla puede fácilmente dar lugar a pensar que quienes nos están complicando la vida quizás no tengan razón. Es más, yo también creo que hay algunas cosas en las que no tienen razón.

Además, como comentó en petit comité un alto cargo de la administración sanitaria hace unos meses, los números, a esos efectos, no ayudan. Hagamos, para la Comunidad de Madrid, las cuentas (utilizo los porcentajes de memoria, por haberlos leído en fuentes de confianza).

Pongamos que de los 6,65 millones de madrileños se han contagiado por covid un 25%. Creo que es una suposición razonable, porque a finales del pasado año eran del orden del 18%. Serían, por tanto, 1,66 millones las personas contagiadas (¡ojo! contagiadas no quiere decir que los contagios hayan sido verificados mediante análisis).

De esos contagiados, probablemente un 10% han pasado una mala enfermedad; esto es, han podido enfermar de gravedad unos 166000 madrileños.

Si ha fallecido un 10% de quienes han enfermado de gravedad, serían del orden de 16600 las personas fallecidas por covid. Los registros civiles han estimado que el exceso de mortalidad en Madrid ha sido, desde el comienzo de la pandemia, de 18257 personas. Creo que las cifras son muy razonables, porque la diferencia -unas 1600- se puede deber a fallecimientos provocados indirectamente por las demoras en diagnósticos y tratamientos de otras enfermedades.

Si a eso añadimos que de los 18257 muertos de más que ha habido en Madrid por comparación con los que habría habido en tiempos normales, 14354 son personas mayores de 75 años, no es difícil darse cuenta, por cruel que esta observación nos pueda resultar, de que los enfermos graves y muertos por covid no han sido percibidos como desgracias propias por mucha gente.

Para bastantes personas, la pandemia no ha sido una experiencia traumática por los enfermos y muertos que ha ocasionado. Pero sí lo ha sido por el destrozo que las restricciones a la movilidad y a la actividad han causado en su modo de vida y en sus expectativas. Los altercados callejeros y las manifestaciones de trabajadores y pequeños empresarios hosteleros han sido la punta del iceberg del descontento profundo de sectores significativos de la población.

Ideología al margen, quienes han apoyado a Díaz Ayuso porque les ha prometido una vida normal no son personas egoístas, despiadadas, inmorales. Son personas como usted o como yo, que han visto en su discurso y su actitud una luz de esperanza ante un panorama que arruinaba su vida o la de los suyos, y que no han creído que lo que el gobierno español (la izquierda gobernante) ha hecho para combatir la pandemia estuviese justificado. Sánchez, anunciando que dejaba sin prorrogar el estado de alarma, reaccionó, pero lo hizo tarde y mal.

Esta -creo- es una enseñanza que nos deja la pandemia. Es una enseñanza amarga. Al menos para mí lo es. Pero no viene sino a reforzar los argumentos que expuse hace más de un año en el sentido de que los dilemas a los que nos abocaba esta situación eran muy difíciles, y que no se solventaban, sin más, con el simple y contundente “quédate en casa” con que fuimos bombardeados entonces.

Las elecciones a las que me he referido en esta anotación han sido las autonómicas madrileñas, claro. Madrid, seguramente, es diferente de otras comunidades autónomas y quizás no sea prudente extrapolar lo ocurrido allí a esas otras. Quizás no lo sea, pero no estoy seguro de que, hasta cierto punto, en otras comunidades no vayan a ocurrir fenómenos similares. Por el momento, no obstante, pongamos que hablo de Madrid.

El juego y la tribu: el fútbol visto por un cascarrabias

Mi padre me llevaba al fútbol algunos domingos. Era en la década de los sesenta. Íbamos al campo del Calvario a ver jugar al equipo de la Unión Deportiva Salamanca. Mi padre compraba localidades baratas, en uno de los fondos, porque la economía familiar no daba para más. Recuerdo que en cierta ocasión un balón impactó en mi cara tras un lanzamiento errado de falta. El balonazo me dolió. El jugador que la había lanzado se acercó hasta nuestra localidad para interesarse por mí. Tengo un recuerdo nítido del episodio. Nuestro último año en Salamanca, antes de emigrar a Bilbao, se estrenó el Helmántico.

Ya en Santurce, durante varias temporadas entre 1972 y 1976, tuve la suerte de asistir cada domingo a San Mamés. Mi tío paterno me regalaba la entrada para una localidad que, a su vez, le habían regalado a él. Así, aunque nunca supe qué hacer con un balón en los pies, empecé a amar el fútbol. Durante años lo seguí con interés, viendo partidos por televisión y en el estadio en algunas, pocas, ocasiones. Asistí, incluso, a la subida de la gabarra en el 83 y el 84. Desde entonces, desde los años setenta y ochenta del siglo pasado, todo lo que tiene que ver con el fútbol ha cambiado mucho. Era un entretenimiento del fin de semana y, si acaso, algún que otro miércoles. Hoy es algo muy diferente.

Los deportes de equipo que gozan de popularidad han tenido y tienen carácter emblemático. Hay grupos de aficionados que comparten su adhesión a un equipo en concreto, normalmente el de la localidad o territorio, pero no siempre. Esto confiere al grupo de aficionados carácter tribal. Ocurre con varios deportes, pero con el fútbol ese elemento es especialmente importante. Se es del Barça, del Madrid, de la Real o del Athletic Club. No se está a favor de alguno de esos equipos, se es de ellos. Se “aman” los colores; la adhesión es incondicional, como la que se experimenta hacia el ser amado. Uno no se adhiere hoy a la tribu a la que pertenece y mañana deja de adherirse.

El grupo al que se pertenece es fuente de identidad, forma parte de nuestra misma naturaleza. Proporciona cobijo. Con los demás miembros compartimos una cultura. El grupo nos otorga una cierta continuidad en el tiempo, da sentido a nuestra existencia. Configura, incluso, la comunidad moral a la que pertenecemos. Las comunidades, los grupos, las tribus son el marco en que hemos evolucionado los seres humanos; en el grupo nos educamos intelectual y moralmente. Sin el grupo, sin la tribu, dejaríamos de ser lo que somos.

En las sociedades contemporáneas se puede ser miembro de más de un grupo. Se puede pertenecer, simultáneamente, a la comunidad de fieles de una religión, a la asociación de padres y madres de un colegio, a un club deportivo, a una patria, o a la hinchada de un club de fútbol, por ejemplo. Cada uno de esos grupos, en función de lo identificados que nos sintamos con ellos, dejan una impronta en nosotros, en nuestra identidad.

Pero que sepa de la existencia de las tribus, que crea en su inevitabilidad, que la considere necesaria, incluso, no implica que me sienta a gusto en una de ellas, sea la que sea. Me desenvuelvo con torpeza en su seno. No me gusta exhibir sus símbolos. Soy incapaz de sentir orgullo por los logros colectivos en los que no he participado directa y activamente. Menos aún si esos logros se alcanzaron en el pasado. Me resulta difícil compartir la satisfacción por hazañas logradas por el colectivo al que pertenezco antes de formar parte de él.

La adhesión a un club o equipo deportivo es una adhesión tribal. Lo es a unos símbolos (los colores, la camiseta…), a una historia (las gestas del pasado) y a un proyecto (los triunfos por llegar). No suele ser el resultado de una decisión deliberada. La adhesión puede venir de suyo -por razones familiares-, producirse por pertenecer a un mismo grupo de amigos -la cuadrilla-, o por otras causas.

Entiendo que existan esos sentimientos, esas adhesiones. Es más, aunque yo sería incapaz de participar de ellas, me gusta contemplar algunas de sus manifestaciones más conspicuas, como las gradas de un estadio llenas de aficionados que agitan sus bufandas y cantan para animar al equipo. Esa es la cara amable del tribalismo futbolístico. Me alegra que mis amistades sean dichosas los días que gana su equipo y me entristece que sean desdichadas los días que pierde.

Durante las décadas que han transcurrido desde que iba al Calvario, a ver a la UD Salamanca, o a San Mamés, a ver jugar al Athletic Club, el fútbol, sus tribus y sus estrellas han ganado relevancia social, presencia en el espacio público. Tengo la impresión de que todo cambió con la llegada de las cadenas privadas de televisión. Es solo una impresión; no tengo datos. Creo que las cadenas comerciales han inyectado mucho dinero y han hecho que las televisiones públicas también lo hagan. De esa forma, hay una mayor presencia del fútbol en los medios de comunicación y, por tanto, en las vidas de la gente.

Todo eso ha hecho que el fútbol sea hoy un fenómeno intrusivo en grado sumo. Está en todas partes.

De los quince periódicos más leídos en España, el primero, con diferencia, es un medio deportivo, también lo son el tercero, el octavo y el decimoprimero. Si contamos solo esos quinces medios más leídos, un 38% de los ejemplares que se leen son deportivos. No olvidemos que todos los periódicos generalistas ofrecen, además, una buena ración de deportes. Y cuando aquí escribo “deporte”, sabemos que la mayor parte de la información corresponde a fútbol.

En la radio, las retransmisiones de los partidos alteran la programación una semana sí y otra también. El fútbol tiene prioridad casi absoluta. Y en la televisión, aparte del tiempo que se le dedica en cada informativo, está el de las retransmisiones en directo. Prácticamente no hay día en que no se programe un partido de fútbol en esta o aquella cadena. Y esa mayor presencia social se ha traducido en un tribalismo más intenso, especialmente en sus aspectos más oscuros.

Es muy posible que mi percepción esté sesgada, pero me parece que ahora el fútbol está mucho más presente en las conversaciones de la gente. Antes era tema propio de los días en torno al partido de la semana. Ahora es cotidiano. Los exteriores de muchos bares se han convertido en pequeños patios de butacas, ante los que pantallas de gran tamaño ofrecen las imágenes de los encuentros a los parroquianos que se arraciman a su alrededor. Los días de partido dejan huella sucia y maloliente en los aledaños del estadio.

Alrededor del fútbol se mueven cantidades de dinero extravagantes. Las estrellas del espectáculo ganan sumas obscenas, sumas que las aficiones dan por bien gastadas, aunque en otras facetas de la vida social se consideren impensables dispendios semejantes. A esas mismas estrellas se les perdonan o disculpan actitudes que se reprueban en cualquier otro ámbito de la vida social.

El grado de irracionalidad que supone la condición de aficionado ha crecido hasta niveles que no hubiera podido anticipar hace unas décadas. La afición o adhesión a un equipo ha sido motivo para exculpar presuntos maltratos a la pareja de un futbolista[1], justificar delitos de evasión fiscal, insultar a un jugador del equipo contrario por el color de su piel, y otras vilezas que no estoy en situación de documentar ahora.

Soy consciente de que, para muchísima gente, el fútbol y la afición a ese bello juego no son lo que he descrito en los últimos párrafos. Son algo lúdico y placentero. El lado oscuro que me provoca rechazo lo tienen por un mal menor, algo inevitable, que sí, estaría bien mitigar, pero que no deja de ser un subproducto, pequeños daños colaterales, de una de las facetas más intensas y satisfactorias de sus vidas. Para ellos mis diatribas no son sino las protestas de un señor que se hace cada vez más mayor y más cascarrabias. Lo malo es que quizás tengan razón.


[1] El futbolista en cuestión fue finalmente absuelto pero la gravedad de la exculpación o justificación radicaba en el hecho de que el apoyo que recibió de una parte de la afición era independiente de la posible comisión del delito.

Paseo por la Ría a finales del invierno

Ayer, último día del invierno, salimos a caminar como tantos otros, algo antes de las ocho de la mañana. Lluvias ligeras y ambiente fresco. Hacía mucho tiempo que no nos animábamos a acercarnos a Bilbao.

Los sábados paseamos hasta el Puerto Viejo de Algorta y volvemos directos al pueblo. Salvo el tramo de Ereaga, vamos y venimos siguiendo trayectos diferentes. Los domingos, después de llegar al Puerto Viejo, volvemos por la línea de la costa hasta llegar al puente que llamamos colgante, en Las Arenas. Entramos luego hasta el río Gobela, en Romo, y llegando a la pasarela sobre la autovía, la atravesamos para volver a casa por Artaza.

Para ir a Bilbao desde Leioa se puede andar directamente hasta la Ría, pasando junto a la estación del metro y, a continuación, seguir por la carretera. Pero preferimos subir a Astrabudua por la cuesta de Txakurzulo, tras pasar junto a los terrenos de la antigua Dunquinesa, un lugar donde, hace años, había días en que había que intentar no respirar, porque se cerraban los bronquios. Bajamos luego por las escaleras a la dársena de Axpe, junto a un solar donde antaño se levantaba una industria química.

Dársena de Axpe con las instalaciones de La Naval al fondo.

Es pleamar y ante nosotros se abre una gran masa de agua. Al otro lado de la Ría hacia atrás, a la derecha, queda la acería compacta y La Naval, el último gran astillero de Bizkaia, del que hace ya años que no sale ningún gran buque. En frente se ven grúas de gran porte que, en la distancia, parecen garzas robóticas gigantes. Y en este lado, en la margen derecha, en lo que propiamente es la dársena de Axpe, está el astillero. Ahora es Astilleros de Murueta, por el nombre de la localidad donde empezó la compañía a hacer barcos en la margen izquierda de la Ría de Gernika, en Urdaibai. Creo que junto al de Santurtzi, este de Erandio, es el único que permanece activo en la Ría.

Astilleros de Murueta en Axpe, Erandio.

La margen izquierda es cada vez más un páramo industrial. Donde antaño se levantaban los Altos Hornos y La Naval, y más allá, en dirección a Bilbao, kilómetros de muelles, apenas queda nada. Permanecen en pie algunos antiguos cargaderos; salvo uno de ellos, restaurado, los otros han quedado convertidos en restos arqueológicos. Parte de nuestro patrimonio industrial se desvanece ante nuestros ojos.

Siguiendo la carretera perdemos de vista la ría, caminando entre las instalaciones del astillero y las naves industriales de Axpe. Al llegar al núcleo urbano de Desierto, Erandio, recuperamos la ría y la vista de su margen izquierda, que no perdemos hasta llegar a Elorrieta. Al otro lado se construyen cada vez más edificios de viviendas.

Tras pasar bajo el puente de Rontegi, superamos la desembocadura del Asua y llegamos a la antigua fábrica de pinturas, un edificio muy deteriorado. Algo más allá, y tras llegar a Lutxana, podemos ver, al otro lado, dos edificaciones en ruinas en la punta que delimitan la desembocadura del Kadagua y el cauce del Nervión. Siempre me han llamado la atención esos dos edificios, sobre todo los días de lluvia o los que amanecen entre brumas.

Edificios abandonados entre la desembocadura del Kadagua y el cauce del Nervión.

Enseguida llegamos a Elorrieta, donde el canal de Deusto hace que el cauce se divida en dos hasta Olabeaga y Deusto. El tramo que va de Lutxana hasta Elorrieta se puede recorrer ahora, casi en su totalidad, por un camino peatonal que discurre entre la ría y el bidegorri, por el que van las bicis. Ayer el tiempo no invitaba ni a caminantes ni a ciclistas, por lo que éramos pocos los que circulábamos por allí. Al otro lado, algo más adelante, en Zorroza, se divisa el edificio de la Harinera, otra construcción abandonada. Es, seguramente, el edificio que más nos gusta del paseo.

La antigua Harinera de Zorroza al fondo.

Desde Elorrieta nos adentramos en San Ignacio, un barrio con vida de barrio, acogedor. Puede abrumar pero, a la vez, tranquiliza la geometría implacable de su entramado, solo difuminada en los extremos, el de Elorrieta al noroeste, y el de Sarriko, al Sudeste. San Ignacio finaliza, más o menos, en el parque de Sarriko, un enclave de diversidad arbórea notable aunque poco conocida para muchos de sus vecinos.

A continuación llegamos a Deusto, en cuyo final, a la altura de la universidad homónima, nos encontramos de nuevo con la ría. Al otro lado está Bizkaia Aretoa, de nuestra universidad, la Universidad del País Vasco. La ventana central de la cuarta planta es la de mi despacho, el lugar donde trabajaba antes de que la pandemia nos enclaustrara.

A la izquierda, la Biblioteca de la Universidad de Deusto; a la derecha, Bizkaia Aretoa, de la Universidad del País Vasco.

Algo más allá está el icono de la villa, el Museo Guggenheim. Al pasar a su lado, por la otra margen, una trainera remontaba la ría hacia el puente del Ayuntamiento y el Arenal.

Museo Guggenheim Bilbao.

Seguimos por el Campo de Volantín hasta llegar al paseo del Arenal, entrar por la calle de la Esperanza y acceder al metro, para volver a casa, dos horas y media después, completamente calados, pero contentos después del paseo. Hace unos años lo hubiésemos recorrido en dos horas, pero ayer éramos algo más viejos, nos deteníamos cada poco tiempo y nos tomamos las cosas con tranquilidad.

El puente de Bizkaia, el muelle de Portugalete, las chicas remando en banco móvil entre las Arenas y Portugalete, el Serantes al otro lado del Abra, el declive, el movimiento de la marea, los gasolinos y sus casetas, la Harinera de Zorroza, la carretera, el puente sobre el Gobela, los pabellones vacíos, los astilleros, la trainera en Sestao o en la Iberia, los pequeños talleres llenos de actividad, el antiguo chacolí de Axpe, la mole del puente de Rontegi. La Ría, todos los detalles, grandes y pequeños.

El paseo es, en realidad, un viaje breve a nuestro pasado, a nuestros recuerdos y, por lo tanto, a lo que somos; es, en realidad, un viaje interior. Uno de esos actos que nos vinculan a un paisaje, a un territorio, a una cultura, a unas gentes. La ría no es parte de nuestra vida; es más que eso, es parte de nosotros.

Finale: Esta es la trainera bogando junto al Guggenheim. No era broma. 😉

Zubi, in memoriam

Supe tarde que había muerto. Llamé tarde a un familiar para transmitirle mi condolencia. Y tarde escribo ahora estas líneas, en su recuerdo. Este brindis por Zubi, producido para homenajearle, ha sido el ancla que me ha servido para, por fin, dedicarle unas palabras.

Hubiera querido escribir un obituario en toda regla y publicarlo en nuestra web, la de la UPV/EHU, porque Zubi, Juan Zubillaga Esperanza, lo merecía. Pero me resulta imposible. Tal y como se dice en el vídeo del brindis, había muchos Zubis, y a mí solo me fue dado conocer uno o dos. Para escribir su obituario hubiera necesitado conocer a los demás o, al menos, a bastantes de ellos.

Conocí a Juanito, a través de conocidos comunes de la facultad, cuando yo estaba terminando la carrera de Biología o recién empezada mi tesis doctoral. Él era un profesor no numerario, un pnn de la época. Enseguida conectamos.

Juan era inteligente, pausado, amable, ingenioso, bondadoso, …   y físico. Era un excelente conversador; nunca recurría a lugares comunes. Era muy agradable charlar con él.

Siempre estaba dispuesto a ayudar a quien se lo pedía e, incluso, a quien no se lo pedía si a él le parecía que podía ser útil. En cierta ocasión, a comienzos de los años ochenta, le conté que andaba detrás de algún programa sencillo para resolver un problema estadístico. Una semana después se presentó en mi despacho y me pidió los datos; una hora más tarde me proporcionó la ecuación. El tío se había escrito un programa para ajustar los datos al modelo que yo tenía en la cabeza. Esos detalles de generosidad los prodigaba, de manera que dedicaba a los demás buena parte del tiempo que debería haber dedicado a sus cosas. Quizás por eso tadó tanto en presentar su propia tesis doctoral.

Zubi desaparecía con frecuencia, a veces para largo. Cuando reaparecía y le preguntaba dónde se había metido durante todo ese tiempo, me contaba siempre alguna historia sorprendente. “He tenido que atender los asuntos de mi familia; he pedido una licencia sin sueldo”, o “he estado en California aprendiendo meteorología”, o “he pasado a dedicación parcial y he montado una empresa de cosas de informática”, “vengo de Nicaragua; paso allí parte de mi tiempo”. Esas eran algunas de las explicaciones que me daba. Lo bueno era que en nuestra amistad, sus ausencias no atenuaban el aprecio; cada vez que nos encontrábamos era como si nos hubiésemos visto ayer.

Cuando venía a verme entraba en mi despacho siempre con alguna pregunta para la que él tenía varias posibles respuestas, o con alguna idea para poner en práctica. Era una de las personas más creativas que he conocido. Y heterodoxo, siempre, con relación a todos los asuntos que nos interesaban. También por eso era tan gratificante conversar con él, porque ofrecía puntos de vista únicos y, normalmente, nada descabellados.

A veces me lo encontraba en las circunstancias más insospechadas. En más de una ocasión descubría que teníamos amigos comunes, como cuando coincidimos en la presentación de un libro de Pedro Ugarte. Resulta que Juanito era miembro de Alea Bilbao, una asociación literaria de la que Pedro, y también Txani Rodríguez, formaban parte.  

Estaba muy interesado en las cosas que hacíamos en la Cátedra de Cultura Científica y, en general, en la divulgación de la ciencia. A Zubi le encantaba Naukas Bilbao. Un día daba yo una charla sobre las orejas de los elefantes cuando, de repente, lo vi en una de las primeras filas. Al acabar me dijo que no estaba de acuerdo con algo de lo que había dicho y, cuando llevábamos un rato debatiendo, me sugirió que considerase que el elefante era una esfera. Le respondí que un elefante era más esférico que una vaca, pero que, incluso así, no estaba dispuesto a asumir una aberración de tal calibre. ¡Pobre elefante! Ya he dicho que Juan era físico. 😉

Su último mensaje por whatsapp fue para decirme que un conocido común, también físico y profesor universitario, en un artículo de prensa sobre la expansión de la pandemia, se equivocaba. Tenía razón, claro. Diez días después supe que había fallecido. Pensé, al enterarme, “cómo es posible que a pocos días de su muerte, se le ocurra enviarme un mensaje así”. Pero era Zubi; no tenía que haberme soprendido.

Durante una década, desde finales de los ochenta y hasta finales de los noventa, compartimos militancia sindical. Yo me afilié al STEE-EILAS en 1988, si no recuerdo mal, y mantuve mi militancia hasta que acepté el cargo de vicerrector, cuando decidí darme de baja porque sabía que tendría que negociar, como representante del rector, con los representantes sindicales. No quería interferencias.

El caso es que Juanito y yo coincidimos en muchas reuniones sindicales; lo normal era que estuviésemos bastante de acuerdo en lo que se debatía. En cierta ocasión, un grupo de profesores que habían militado en CCOO solicitó la incorporación a nuestro sindicato. Eran los que conformaban la corriente “Izquierda sindical” de Comisiones. Para que nos entendamos, eran un grupo de profesores algunos de los cuales al menos, habían sido destacados militantes trotskistas en los años de la transición, de la misma forma que algunos de los militantes del STEE lo habían sido del Movimiento Comunista, un grupo de orientación maoísta, al parecer (nunca me he aclarado bien con estas distinciones). En los noventa esas diferencias no tenían ya ninguna importancia. Todos ellos eran lo que se consideraba entonces extrema izquierda.

El caso es que, por razones que ahora se me escapan, al tratarse de la llegada de un grupo procedente de otro sindicato, su incorporación debía ser debatida y, en su caso, aceptada en asamblea. Nadie puso ninguna pega. En la asamblea en cuestión, en un aparte, Zubi me dijo: “Para nosotros (él y yo) esta es una buena noticia, Iñako, porque van a reforzar el ala derecha del sindicato, la nuestra. Y para ellos también, porque, -dónde vas a comparar-, cuánto mejor es ser la derecha de la izquierda que la izquierda de la derecha”.

Zubi era de esas personas que hacían que el mundo fuera mejor. Ha muerto, pero su amabilidad, bonhomía, inteligencia, humor, vitalidad, generosidad e ingenio pervive en quienes le conocimos y tuvimos la fortuna de tenerlo por amigo.

Es posible que…

Es posible que quien vota a este partido -del que creo que defiende intereses bastardos- y no a aquel otro -al que atribuyo las políticas que más benefician al interés general-, lo haga porque ese partido defiende sus intereses particulares.

Pero quizás le vote por otras razones.

Es posible que quien interpreta la realidad de forma distinta a como la interpreto yo, o valora bienes sociales de forma diferente a como los valoro yo, lo haga porque confunde el bien propio con el bien común.

Pero quizás no sufra tal confusión.

Es posible que quien actúa buscando lo mejor para sí mismo y para los suyos lo haga perjudicando a otros, y podría ocurrir que sea perfectamente consciente de las consecuencias de sus actos.

Pero quizás no lo sea. Es más podría ocurrir que sus actos no perjudiquen a nadie.

Es posible que quien se pronuncia de esta forma y no de otra, o que quien se calla ante este hecho y no ante aquel otro, lo haga por cobardía, seguidismo, voluntad de no desairar al poder, o deseo de no desmarcarse de la tribu a la que cree pertenecer.

Pero quizás no sea por ninguna de esas razones.