Lo peor del ser humano

En el otoño de 1988, ETA colocó un artefacto explosivo en el concesionario de Renault en Leioa, a unos 200 m de donde vivía entonces. Vecinos que ocupaban los pisos del edificio en cuyos bajos se encontraba, pidieron a sus propietarios que lo trasladasen a un lugar donde no hubiese viviendas. En otras localidades hubo comunidades que pidieron también a vecinos que podían ser víctimas de ETA que se mudasen de residencia.

He recordado esos episodios a cuenta de los mensajes anónimos que, en forma de folios mecanografiados colocados en el portal de la comunidad o de pintadas en su automóvil, dirige estos días algún vecino, por temor a contagiarse de COVID, al sanitario o dependiente de supermercado que vive en su misma comunidad, invitándole (conminándole, en realidad) a que se aloje en otro lugar.

Hay paralelismos entre los dos episodios. En ambos casos la persona o negocio al que se pide que se vaya, es quien se encuentra en la situación más débil. Y en los dos casos, esas personas que se encuentran en la situación más débil lo están porque velan por los demás. Los amenazados por ETA -el ertzaina, el juez, el periodista…- eran, o actúan como, guardianes de las libertades y, algunos de ellos, de nuestras mismas vidas. Las personas a quienes ahora quieren algunos expulsar de su entorno también son guardianes: velan por nuestra salud o por nuestro bienestar.

Dicen que situaciones como las que vivimos hoy hacen aflorar lo peor de los seres humanos. No estoy seguro de que así sea. O, mejor dicho, no estoy seguro de que lo peor no aflore también en otras circunstancias, ni tampoco de que estas solo hagan aflorar lo peor.

A estos efectos, la diferencia entre la que vivimos hoy y la anterior a que irrumpiese el virus en nuestras vidas es que antes las situaciones que nos exigían a cada uno de nosotros comportarnos con dignidad y valentía o, al menos, no hacerlo de forma cobarde e indigna, eran, las más de las veces, ocasionales, fortuitas y distintas en unos y otros casos; ahora, sin embargo, la pandemia tiene efectos tan generales, que a todos o, al menos, a muchos nos coloca en situación de poder comportarnos mal y hacerlo, además, de formas similares. Ese portarse mal puede consistir en pedir que se vaya de tu portal el enfermero o, de mucha menos gravedad, en hacer trampas para salir de casa cuando no tienes razones poderosas o justificadas para ello.

Por otro lado, también ahora hay miles de personas que están desempeñando su trabajo asumiendo el riesgo cierto de contraer la enfermedad: un porcentaje muy alto del personal sanitario se contagia. Así pues, quizás sea cierto que en estas ocasiones aflore lo peor del ser humano, pero también aflora lo mejor.

Y, lo que resulta de verdad paradójico, pueden ser las mismas personas las que se comportan con cobardía en unas ocasiones y con valor en otras. Porque no sería en absoluto extraño que quien hace treinta años pidiese a un ertzaina que se mudase de comunidad, esté ahora arriesgando su vida por salvar las de los demás.

¿Virtud de mentes pequeñas?

Si uno mira hacia atrás en la historia del conocimiento no puede por menos que constatar lo lejos que se encuentran las nociones hoy en boga de las que dominaban el panorama intelectual en el pasado. Asuntos que hoy nos parecen palmarios, se veían de forma muy diferente hace un siglo, y mucho más hace dos. La consideración moral de la esclavitud, por ejemplo, ha cambiado de forma radical desde el siglo XVIII; el estatus de las supuestas razas, desde el XIX; y, sin retrotraernos tanto en el tiempo, la opinión de la mayoría de la sociedad acerca de la capacidad de las mujeres y de sus derechos ha cambiado mucho en el último medio siglo. Me refiero a asuntos acerca de los cuales hoy tenemos convicciones firmes y claras.

Lo más probable, por tanto, es que las opiniones mayoritarias en la sociedad dentro de cincuenta años sean diferentes a las de ahora, también en cosas que hoy nos parecen muy evidentes.

Estos días, por razones que no vienen al caso, me ha dado por pensar en eso, a la vez que me he puesto a revisar mis propias ideas y la forma en que pensaba hace cinco, diez, veinte o cuarenta años. Y me asombra hasta qué punto ha cambiado la forma en que veo bastantes cosas. Me refiero a cuestiones ideológicas, por ejemplo; también a la naturaleza y limitaciones del conocimiento científico, o asuntos tan importantes y tan de la vida cotidiana como la crianza de los hijos.

Ha cambiado mi forma de pensar. Es más, ahora me doy cuenta de que en algunos asuntos he hecho un viaje de ida y vuelta: pienso ahora de forma más parecida a como lo hacía hace cuarenta que hace veinte o diez años.

Hay personas -amigos, normalmente, pero no necesariamente- cuyas opiniones me han influido. También mis hijos. Constatarlo me causa sorpresa. Sus opiniones han sido a veces la palanca que me ha hecho cambiar de idea; y también sus vidas, las cosas que valoran, los problemas con que se encuentran, la forma en que los afrontan. No quiero decir con esto que piense las más de las veces que tienen razón o que lo hacen bien (ni tampoco lo contrario), pero su aproximación a los problemas me interesa y resulta muy enriquecedora. Hace diez años no lo hubiese imaginado.

Las lecturas también me hacen ver las cosas de forma distinta. Cada vez leo menos narrativa de ficción y más ensayo o divulgación sobre temas muy variados. Algunos me han ayudado a entender lo que ocurre y comprender a la gente; o eso me parece a mí, al menos. Y en ocasiones esos libros han cambiado mi forma de ver las cosas.

También me influye la reflexión acerca de lo que veo, claro. Constato que algunas nociones que para mí eran básicas ya no se sostienen a la vista de lo que ocurre a mi alrededor o, al menos, de cómo entiendo yo eso que ocurre.

Una vez nos damos cuenta, puede parecer obvio (aunque nada lo es, como acertadamente sostiene un buen amigo), pero a mí me ha desconcertado un tanto el constatar que la opinión que me merecen actos e ideas ha dependido de la posición en que me he encontrado, de las responsabilidades de cada momento, del grado de implicación en los asuntos en concreto. El mismo hecho no se valora de igual forma por quien dirige una organización y por quien, simplemente, forma parte de la misma. Y en algunos casos esa diferencia se proyecta a la valoración de otros asuntos de carácter más general o de otra esfera.

En paralelo a todo lo anterior, soy cada vez más consciente de hasta qué punto los intereses y deseos afectan a la visión que tenemos de las cosas. El saberlo hace que me interrogue acerca de las razones por las que pienso algo. Me refiero a las posibles razones espurias, a mis motivos, no las razones genuinas. En alguna ocasión he visto con claridad que pensaba lo que más convenía a mis intereses.

Por eso, porque he comprobado que mis ideas no han dejado de cambiar, sé que las que ahora tengo tampoco serán las que tendré dentro de diez años. Habrán cambiado. Pensaré de forma diferente.

Todo esto me produce una inseguridad enorme, sobre todo a la hora de discutir. No soy capaz de sostener posiciones fuertes en unas cuantas materias. No me atrevo.

Tengo un amigo al que gusta decir que la coherencia es virtud de mentes pequeñas. Consigue enojar a quienes tienen en alta estima ese rasgo. Pero aunque tiene una cierta dosis de provocación, hay algo de cierto en esa afirmación. Por un lado, porque el valor de las ideas no de hacerse depender de su coherencia con ideas anteriores, sino de las razones (argumentos) que las avalan y, si es el caso, de las pruebas a su favor. Y por el otro, porque la coherencia puede ser la mejor coartada para la fosilización de unas ideas.

No se me ocurre mejor consuelo para mis inseguridades. Aunque, bien mirado, quizás piense de esta forma porque es, también, la que más conviene a mis intereses.

Adenda: Antonio Casado ha tenido la amabilidad de pasarme la cita original. Es de Emerson. Dice así: «A foolish consistency is the hobgoblin of little minds, adored by little statesmen and philosophers and divines.» O sea: «Una tonta coherencia es el duendecillo de las mentes pequeñas, adorado por pequeños políticos y filósofos y predicadores.»

El futuro está abierto

Sir Karl Popper

«El futuro está abierto. No está predeterminado y no se puede predecir, salvo accidentalmente. Las posibilidades que encierra el futuro son infinitas. Cuando digo ‘tenéis el deber de seguir siendo optimistas’, no sólo incluyo en ello la naturaleza abierta del futuro, sino también aquello con lo que todos nosotros contribuimos a él con todo lo que hacemos: todos somos responsables de lo que el futuro nos depare. Por tanto, nuestro deber no es profetizar el mal, sino más bien luchar por un mundo mejor. «

Las líneas anteriores las he tomado de la Introducción de «El mito del marco común», de Karl Popper. No se me ocurre mejor forma de desear lo mejor para 2020 a todos los que queremos un mundo mejor y creemos trabajar para conseguirlo.

Reacciones a un vídeo

El 11 de febrero pasado, como viene siendo habitual, se celebró el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. La Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU publicó, como también viene siendo habitual, un vídeo para sumarse a la conmemoración. El vídeo se publicó en los blogs de la cátedra (aquí el de Mujeres con Ciencia) y en su canal de Youtube. Las anotaciones en los blogs consistían en un texto redactado por mí y el vídeo insertado al final. En él se muestra a dos hombres de mediana edad, tomando una copa a altas horas de la noche, y haciéndose confidencias uno al otro en tono de lamento porque sus hijas han decidido cursar sendas carreras tecnológicas. Era una caricatura.

Para mí y para quienes trabajan conmigo, así como para sus creadores, no había duda de que se trataba de una caricatura. En otras palabras, era un vídeo humorístico.

Sabíamos que habría gente a quien no gustaría. Lo valoramos, de hecho. Pero pensamos que era humor blanco y que no tenía por qué suscitar demasiada polémica. Nos equivocamos en la valoración de las posibles reacciones de la gente, aunque no en la decisión de publicarlo.

El vídeo recibió críticas en los blogs en que se publicó, así como en tuiter. Algunos amigos, los de más confianza de entre los críticos, me hicieron llegar su desacuerdo[1] con el contenido del vídeo, incluidos quienes, de entre ellos, se consideran a sí mismos feministas. Ninguna de estas personas pensaron que era un vídeo de humor. Tampoco modificaron su punto de vista al responderles yo recordándoselo. “Es un video de humor, una caricatura; ¿no lo ves?” “Los personajes son ficticios” “Es una astracanada, claro, pero deliberada”. No conseguí nada. Seguían pensando que el contenido del vídeo era incorrecto, impropio o inadecuado.

Las críticas en los blogs y en tuiter no fueron nada al lado de las reacciones que provocó en el canal de Youtube de la Cátedra. En poco tiempo alcanzó más de 3.000 no-me-gusta por poco más de 300 me-gusta. Hubo 800 comentarios, muy críticos en su inmensa mayoría. Fuimos acusados de estar fuera del tiempo, de tener una idea equivocada de cómo son los hombres españoles en el siglo XXI, de no aceptar que las mujeres escojan la carrera que quieran, de despilfarrar el dinero público y de unas cuantas villanías más, incluida la de que gracias a cosas como esta VOX tiene la fuerza que tiene. Hasta hubo un youtuber que nos dedicó una de sus piezas[2].

Han pasado seis meses y sigo sin entenderlo. Quizás estoy incapacitado, lo confieso. Tengo dificultades para entender muchas reacciones y comportamientos de la gente. Es posible que eso tenga que ver con algún rasgo de mi personalidad[3]. No lo sé.

No pretendo debatir de nuevo acerca del contenido del vídeo. Acabé literalmente harto en febrero y no estoy dispuesto. Pero últimamente le doy muchas vueltas a las razones por las que pensamos lo que pensamos. Y no he dejado de rumiar que lo que ocurrió en febrero indica, en el fondo, hasta qué punto estamos condicionados por nuestro universo de creencias, valores e ideas, no ya al interpretar la realidad, sino, incluso, al percibirla. Porque me parece extraordinario que algo sea considerado una caricatura por unas personas y otras, de similar formación, extracción social y edad, lo vean como un retrato que pretende representar a unos tipos estándar de su generación. No habría tenido ninguna dificultad para aceptar que no se le viera la gracia; el humor tiene esas cosas. A mí no me hacen gracia la mayor parte de las cosas que hacen gracia. Pero la discrepancia con los críticos no obedecía a eso; era algo previo, más básico. Porque no se le podía ver la gracia a algo a lo que se atribuía la intención de retratar fielmente a dos tipos detestables. No la podía tener, de hecho; efectivamente, visto así solo podía producir rechazo. Lo asombroso, para mí, era que se viera así.

Y todo esto me conduce a una preocupante conclusión: si gentes tan próximas discrepamos de forma tan radical en la manera en que percibimos la realidad, la probabilidad de alcanzar acuerdos en asuntos importantes acerca de los cuales hay profundas discrepancias en la sociedad es bajísima. Habría alguna posibilidad si percibiésemos las cosas de la misma forma aunque la interpretación o la valoración difiera, pero a poco podemos aspirar si ni siquiera vemos lo mismo al contemplar una misma cosa.

Notas:

  1. Esta anotación quiere ser la primera de una serie en la que quiero reflexionar acerca de la manera en que vemos y entendemos la realidad. Quiero tratar de la honestidad intelectual, por ejemplo, o de la gran divisoria ideológica, de sus orígenes y sus bases morales.

Los comentarios de este blog están moderados. No aceptaré ningún comentario acerca del contenido del vídeo. Solo publicaré los que se refieran a las percepciones discrepantes de la realidad y a sus consecuencias. En las redes sociales tampoco responderé a ningún comentario o crítica al vídeo. Nada nuevo puede decirse ya al respecto.


[1] Aun no compartiéndolas, agradezco sus críticas; solo así podemos calibrar el acierto de lo que hacemos.

[2] Muchas de las visitas a nuestro canal vinieron desde el suyo.

[3] Doy 37 (sobre 50 ptos máximos) en un test diagnóstico de espectro Asperger en el que se considera que puntuaciones superiores a 35 se consideran positivos; al parecer no es inhabitual entre quienes hemos tenido adiestramiento en la profesión científica.

Cuídate de los estúpidos y trabajadores

Kurt von Hammerstein-Equord

“Siempre divido a mis oficiales en cuatro grupos. Hay oficiales inteligentes, trabajadores, estúpidos y vagos. Normalmente suelen coincidir dos de esas características en una misma persona. Algunos son inteligentes y trabajadores; su lugar está en el Mando General. Otros son estúpidos y vagos; en todos los ejércitos representan el 90% y son adecuados para desarrollar tareas rutinarias. Cualquiera que sea a la vez inteligente y vago está cualificado para ocupar los puestos de más alto liderazgo, porque posee la claridad intelectual y la compostura necesarias para tomar decisiones difíciles. Pero debemos tener mucho cuidado con los que sean, a la vez, estúpidos y trabajadores; no debe confiárseles ninguna responsabilidad porque no dejarán de causar problemas.“

Hans Magnus Enzensberg atribuye esta cita al general Kurt von Hammerstein-Equord[1].

Hammerstein-Equord llegó a ser comandante en jefe del ejército alemán en 1930, pero fue obligado a renunciar a su cargo el 31 de enero de 1934, un años después del acceso de Hitler al poder. Murió de cáncer en Berlín en 1943. Su familia rehusó los honores militares para que el ataúd no fuese envuelto en la bandera con la esvástica. Hitler envió una corona de flores al funeral en Steinhorst pero ésta nunca fue exhibida porque la familia se la «olvidó» en el tren.


[1] Aunque hay quien la atribuye a otro general, Erich von Manstein.

Somos herederos de la Ilustración

[Texto de mi intervención en la ceremonia de entrega del premio Eusko Ikaskuntza-Caja Laboral; he omitido el apartado de agradecimientos del comienzo y traducido al castellano los fragmentos en euskera.]

Txomin García (Laboral Kutxa), servidor e Iñaki Dorronsoro (Eusko Ikaskuntza) (Foto: Iker Azurmendi)

En la carta en que me comunicaron formalmente la concesión del premio, Txomin García (presidente de Caja Laboral) e Iñaki Dorronsoro (presidente de Eusko Ikaskuntza) decían –citando literalmente la resolución del jurado- lo siguiente: “El jurado ha querido subrayar su trabajo de promoción de la cultura científica, también en euskera, y la difusión del conocimiento y la ciencia, en especial a la sociedad vasca.”

Ha llegado, pues, el momento de hablar de ciencia, pero no solo de ciencia.

Cuatro siglos atrás la revolución científica abrió el camino a la Ilustración. Isaac Newton y John Locke, cada uno en su ámbito, fueron protagonistas principales de aquella Ilustración temprana. Cada uno de ellos influyó en las ideas del otro. Newton puso orden en la imagen que teníamos del universo. Locke, por su parte, tomando como punto de partida las leyes de la naturaleza –las de Newton, por supuesto-, llegó a la conclusión de que no hay derechos divinos. Defendió, por el contrario, que hay derechos naturales y declaró que de acuerdo con esos derechos, los seres humanos hemos nacido libres e iguales. Por cierto, tanto el principio de la división de poderes como el sistema de equilibrios conocido como checks and balances que implantaron más adelante los fundadores de los Estados Unidos en su ordenamiento jurídico, tienen similar inspiración.

La ciencia, como la entendemos hoy, y las ideas en que se sustenta la democracia nacen en el siglo XVII. Surgen en el espacio público en que se produce el contraste de ideas consustancial a esas dos esferas. Ciencia y democracia tienen carácter tentativo, porque ambas están basadas en la consciencia de la imperfección humana. Sin posibilidad de crítica, ni ciencia ni democracia son posibles.

Los países más libres son los que más y mejor ciencia hacen; los más desarrollados científicamente son los más prósperos; y también los más democráticos. Progreso, conocimiento y libertad conforman una triada virtuosa. Somos herederos de la Ilustración.

De los ilustrados proviene también el proyecto de emancipación de la humanidad basado en la razón. En eso consiste el ideal cosmopolita, un ideal con contradicciones que tienen su origen en rasgos fundamentales de la naturaleza humana y que están en la base de las amenazas que pueden comprometer su realización.

Somos seres grupales. En el grupo compartimos una cultura y el grupo conforma nuestra comunidad moral básica. Porque las normas morales y sociales se heredan y transmiten en el marco de tradiciones que son las narraciones mediante las que damos sentido a nuestra relación con el mundo. Por ello, la pertenencia a la comunidad es parte de nuestra naturaleza íntima.

Todos los seres humanos compartimos una estructura racional común; sobre ella se articulan las diferencias personales y culturales. Pero no hay una razón única que sea patrimonio de una persona, cultura o proyecto de convivencia. En demasiadas ocasiones, sin embargo, se ha utilizado el ideal cosmopolita para tratar de imponer esa supuesta única razón. Cuando se ha pretendido, sobre esa base, eliminar la pluralidad en el seno de una sociedad o asimilar comunidades diferentes, el ideario ilustrado se ha encontrado con la resistencia de quienes lo han visto, con razón, como parte de un proyecto uniformizador.

Por otra parte, nuestro carácter grupal tiene un lado oscuro: la xenofobia. El rechazo a los otros es casi consustancial a la querencia por los nuestros. En la historia humana, los individuos ajenos a la comunidad propia han quedado, casi siempre, fuera de la esfera moral.

Pero frente a las tendencias que propician la xenofobia, la ciencia ha reafirmado la igualdad esencial de todos los seres humanos. El germen de esta idea, según Karen Anderson, surgió en la Era Axial, cuando las grandes figuras espirituales de Oriente y los profetas bíblicos empiezan a promover la compasión por los desamparados. En el Nuevo Testamento esa igualdad se formula de modo explícito. Pero hasta la Ilustración no se dotó a ese principio de significado político. A partir de entonces a todos los seres humanos se les empieza a considerar sujetos de iguales derechos. El círculo moral se ha ampliado, y las intuiciones han dejado paso, si bien de forma incompleta y con retrocesos ocasionales, a razonamientos morales en beneficio también de los otros, de los extraños.

Es preciso, pues, estar en guardia frente a esas dos amenazas –la pretensión de uniformidad y la xenofobia-, dos peligros vinculados, ya que ambos se justifican en una supuesta superioridad de lo propio. Los ideales ilustrados para ser realizables han de ser compatibles con la esencial igualdad de todos los seres humanos y con el pluralismo, tanto en el interior de los grupos humanos como entre las comunidades.

Podemos condensar en dos datos el progreso de los últimos siglos: Todos los países tienen hoy mayor esperanza de vida que la que tenía en 1800 el país con la esperanza más alta. Y nunca había habido menos regímenes autoritarios en la comunidad de naciones.

Pero eso no es suficiente. La región en que nace una persona condiciona demasiado la vida que tendrá. Las mujeres no tienen los mismos derechos y oportunidades que los hombres. Los recursos naturales puede estar siendo víctima de una tragedia de los comunes de alcance planetario. Y, también entre nosotros, la calidad y esperanza de vida depende más del código postal que de la información del ADN cifrada mediante el código genético.

Para encontrar solución a estos problemas es esencial seguir ampliando el círculo moral, hemos de sentirnos cada vez más concernidos por la suerte de nuestros semejantes.

Ciencia y democracia han experimentado avances grandes, sí, pero se encuentran en peligro. Los populismos emergentes en América y Europa, las potencias petroleras del Golfo Pérsico, el fundamentalismo islámico y la China comunista, por citar las más poderosas, son hoy sus principales amenazas. Hechos y razones retroceden frente a deseos y emociones. Y queda mucho para ejercitar un cosmopolitismo respetuoso con las diferencias y que ayude a extender la democracia y el bienestar hasta los últimos rincones del planeta.

Necesitamos más ciencia, más libertad, y altas dosis de benevolencia, generosidad y compasión.

Se me ha concedido este premio –son palabras del jurado– por mi trabajo de promoción de la cultura científica, también en euskera, especialmente a la sociedad vasca. He dedicado mi vida a crear y transmitir conocimiento, en el laboratorio, en el aula, en el despacho y también en la esfera pública, presencial y virtual. Lo he hecho en castellano, en euskera y en inglés. Siempre he pensado que lo hacía al servicio de la sociedad vasca, pero sin limitar a esta el ámbito de actuación. La ciencia no tiene fronteras y su extensión tampoco debe tenerlas. La difusión social del conocimiento científico promueve una sociedad culta, con criterio bien fundado para tomar decisiones. El ejercicio de la ciudadanía es así más responsable y, por lo tanto, más libre. Pues bien, se me concede este premio por trabajar, desde mi posición modesta, para hacer realidad los ideales que he desgranado aquí. Pocas cosas pueden proporcionarme mayor satisfacción. Pocas cosas pueden suscitar una gratitud como la que siento. Estoy emocionado y profundamente agradecido.

Entimema

Entimema, del griego eνθύμημα o enthumēma [en + thumos (mente)- “que ya reside en la mente”, es como se denomina a un silogismo en el que se ha suprimido una de las premisas o la conclusión, al darse por obvias o considerarse implícitas en el enunciado. Es decir, la premisa o conclusión ya reside en la mente del auditorio (de ahí su etimología), por lo que no es necesario que sea enunciada. También recibe el nombre de silogismo truncado.

Pero al contrario que el silogismo completo, no es un recurso lógico, sino retórico. Esa diferencia es muy importante. Al omitir una de las premisas o la conclusión, se priva a la audiencia de uno de los elementos necesarios para hacerse un juicio cabal de lo que se afirma. Y no es casual, de hecho, que se preste a equívocos, malinterpretaciones o, directamente, trampas o falacias lógicas.

Muchas veces se recurre al entimema con esos propósitos. Por eso hay que estar en guardia frente a ese tipo de fórmulas. «Blanco y en botella…. »  es un entimema inocuo, pero los hay que no lo son tanto. Y el problema es que una vez enunciado, es muy difícil argumentar en sentido contrario, puesto que en la audiencia se ha instalado ya una falacia interesada.

La historia del aldeano y la vaca ejemplifica visualmente el falso entimema. El aldeano quiere ordeñar la vaca pero ésta le incordia con el rabo. Cuando, subido en una tajuela, intenta atárselo con su cinturón sujetándolo desde atrás, se le caen los pantalones. Y en ese momento asoma el vecino por la puerta de la cuadra. Ante su cara de estupefacción, el aldeano le dice: “Es lo que estás pensando, porque si te digo la verdad no te la vas a creer”.

Fuente: Creo recordar que mi primera noticia acerca de la existencia de esta figura retórica la recibí de Rafael Castellano, en su «Erotismo vasco«, en el que contaba la anécdota del aldeano y la vaca para ilustrar un falso entimema; no obstante, no sé si esa anécdota es vasca porque he visto referencias en funtes latinoamericanas.

Vendepeines, soplapollas, cantamañanas, aguafiestas… me encantan esas palabras

Ayer se me cruzaron los cables y puse este tuit:

La respuesta de la concurrencia no se hizo esperar y en 24 horas respondieron con más de 150 palabras compuestas como esas; casi una semana después la colección ha crecido aún más.

No todas correspondían a la misma categoría. Unas pocas eran nombres de animales, como correlimos, correcaminos, cortapichas, papamoscas, saltamontes o tumbatoros.

Otras denominaban objetos como abrebotellas, abrecartas, abrelatas, alzacuellos, cazamoscas, cortafiambres, cubrecamas, cueceleches, engañabobos, esbarizaculos (en Aragón), espantapájaros, limpiaparabrisas, matarratas, matasuegras, mondadientes, montacargas, parabrisas, paracaídas, paraguas, pararrayos, pisapapeles, portaestandarte, portafolios, portamaletas, quitamiedos, rompecabezas, sacacorchos, sacaleches, saltaparapetos, salvamanteles, salvapantallas, salvavidas, tapacubos, tapaculos, taparrabos, tirachinas.

Otras, como besamanos o soplamocos, no son objetos.

También hay nombres de lugares, como Ganapanes o Despeñaperros.

Y el meteorólogo Miguel Ángel Viñas, nos regaló cuatro palabras para denominar el frío viento del norte: descuernacabras, descuernavacas, matacabras y pelacañas.

Pero la gran mayoría fueron del estilo de las que puse en primer tuit. Todas resultan de la combinación de un verbo y un sustantivo en plural. La mayoría, aunque no todas, sirven para descalificar e, incluso, insultar. Desconozco el significado de muchas de ellas, y unas cuantas son definitivamente groseras.

Dos de las sugeridas (follapoquitos y meapoquitos), aunque muy expresivas, no las he incluido en la lista principal porque no se ajustan al formato estándar de verbo + sustantivo plural, sino que resultan de la unión de un verbo y un abverbio, aunque en ese contexto ni siquiera sé si esos “poquitos” desempeñan función adverbial o qué puñetas hacen.

En fin, el grueso de las recopiladas las pongo a continuación en orden alfabético:

A

Abrazafarolas, abrepuertas, aburreovejas, aburrevacas, aguafiestas, amarravacas, asaltacunas, asustaviejas, atracatrenes, atrapasueños.

B

Bailabotes, bailafiestas, bebecharcos, brincacequias, buscarruidos, buscavidas.

C

Cagabandurrias, cagaguisantes, cagalindes, cagapatios, cagaprisas, cagarranas, calientabragas, calientabraguetas, calientahielos, calientapollas, cansaliebres, cansalmas, cansasuelos, cantamañanas, chocatrenes, chupacabras, chupacandados, chupacharcos, chupacirios, chuparruedas, chupasotanas, chupatintas, chupatuercas, chuscasardinas, cierrabares, comeflores, comehostias, comenenas, comerroscas, cortapedos, cortarrollos.

D

Descalzaputas, desgarramantas, destripaterrones.

E

Echacuervos, escarbapapas, escuchapedos, escuernacabras, escurabutxaques (cat.), espulgaperros.

F

Follacabras, follaovejas, furtapollastres (cat.) (robapollos).

G

Guardabosques, guardaespaldas.

H

Hinchapelotas, huelebraguetas, huelecucas, huelepedos.

J

Jalabolas, jodechinchos (en Galicia), juntaletras.

L

Lameculos, lametraserillos, limpiabotas, llenavasos, llevapeos.

M

Mamahostias, mamavergas, mascachapas, mascachicles, mascasopas, matagatos, matamoros, matasanos, meaesquinas, meapilas, meaplayas, metepatas, mierenneuker (follahormigas en holandés).

P

Pagafantas, papahostias, papanatas, pegaviejas, peinacabras, peinafarolas, peinaovejas, peinavacas, peinarranas, pelacañas, pelagatos, pelamangos, pelarrodillas, pelavainas, perdonavidas, piantavotos, picaflores, picapleitos, pinchaculos, pinchaglobos, pinchatrenes, pinchatripas, pinchauvas, pintamonas, pisamierdas, pisaverdes, planchabragas, pudrecolchones.

Q

Quitagustos.

R

Rajamantas, rascanalgas, raspamonedas, rebañacondones, recogetortas, remiendavirgos, robamaridos, robaperas, robapinzas, robaviejas, robasetas, rompecorazones, rompeculos, rompehuevos, rompetallas, rompetechos.

S

Sacacuartos, sacamantecas, sacamuelas, saltabalates, saltabancales, saltabardales, saltagavias, saltamatos, saltapozos, saltaviñas, somiatruites (cat.) (sueñatortillas), soplagaitas, soplanucas, soplapollas, sorbesopas, sujetavelas.

T

Tiralevitas, tiravinos, tocahuevos, tocapelotas, tocacojones, tragaldabas, tragallantas, trinchapeones, tronchaberzas, tronchajabas, tronchástiles, tronzapanes, tronzapeas, trotaconventos, trotamundos, tuercebotas, tuerceperros, tumbafarolas.

V

Vendehumos, vendebiblias, vendeceniceros, vendemotos, vendepatrias, vendepeines.

Z

Zampabollos, zurcefrenillos.

La creatividad humana es inagotable.


Nota: he actualizado la anotación el 10 de diciembre incorporando muchas de las palabras que se me han sugerido a través de tuiter y las que ha citado José Ramón Alonso en su comentario a esta anotación.

Alegoría de la desposesión

Hemos salido a la calle esta tarde, víspera del día de los difuntos, y nos hemos encontrado la plaza en la que vivimos llena de gente disfrazada. El maquillaje quiere imitar calaveras. Visten túnica negra y llevan guadaña. El Haritzpe, el bar del que somos parroquianos, está atestado de gente. Aunque los carteles municipales nos dicen, en vasco, que hoy es la víspera del día de los muertos, celebran Halloween, la fiesta importada. Han ocupado la plaza en la que vivimos, hacen de la experiencia cotidiana en nuestro local pub un pequeño tormento. Decidimos recogernos enseguida.

Los efectos de la edad son demoledores. Al menos para mí lo están siendo. Me he convertido en un cascarrabias. Veo descomponerse mi mundo, observo cómo se desmorona. Y no lo soporto. Los que eran mis lugares dejan de serlo. Y lo más grave, lo peor, es que no me considero ajeno a este estado de cosas. Es mi entorno humano, mi gente, mi generación, la que ha tomado las decisiones que han hecho que mis paisajes cada vez sean menos míos.

Estoy siendo desposeído de mi mundo, de algo que creía mío. Era una propiedad comunitaria, colectiva. Uno de las pocas facetas de mi vida en la que prescindía de mi individualismo radical. Pero aunque fuera de forma compartida, eso que veo difuminarse, antes era mío. Y siento que lo está dejando de ser. La perspectiva de esa pérdida, la mera idea, se me hace intolerable.

Al bajar de casa a la plaza la visión de toda esa gente con los disfraces grotescos de la muerte me ha resultado tan ajena, que en ella he visto representado de forma alegórica el despojo al que me siento sometido. Difícilmente podía encontrarse una metáfora mejor.

Los valores no se enseñan

La Ministra de Educación, mi apreciada Isabel Celaá, se propone implantar en el curriculum de la enseñanza obligatoria una nueva asignatura de “valores cívicos y éticos”. Por sorprendente que me parezca, resulta que muchas personas de mi entorno ven la idea con buenos ojos. Llevan años oyendo una letanía, un lamento por la supuesta pérdida de valores de la sociedad contemporánea y, más concretamente, de la juventud (nada nuevo bajo el sol, por cierto). Y en consecuencia, les parece bien que se enseñen valores en la escuela. Además, creen, como la propia Ministra –así me lo dijo hace unos años-, que muchos chicos y chicas viven en entornos familiares y sociales en los que no se comparten o no se transmiten los valores adecuados. En otras palabras, que no todos han tenido la suerte que he tenido yo o han tenido mis hijos.

El caso es que, para empezar, no está claro qué entendemos por valores. Ninguna de las trece acepciones de la palabra en el diccionario de la RAE nos sirve de ayuda. La wikipedia resulta algo más útil; o no. Vean. Pero si uno piensa un poco en lo quieren decir quienes hablan de valores, se encuentra con que engloban cosas diversas. Pueden ser bienes o virtudes morales, principios, derechos, o normas, quizás, u otras cosas más extrañas.

Si hablamos de valores éticos, entiendo que se trata, en realidad, de virtudes o bienes morales, solo que queda mejor decir valores, quizás porque en el primer cuarto del siglo XXI da corte utilizar palabras, como virtud o bien, tan de los años sesenta y setenta del siglo XX. O a lo mejor es que llamándolos por su nombre, las cosas ya no están tan claras. Porque, ¿de qué se trata? ¿de explicar a los adolescentes que deben ser buenas personas? ¿que no hay que patear mendigos que duermen en cajeros, ni arrojar una camada de gatitos recién nacidos al río? ¿Es eso? ¿O que hay que ceder el asiento a las personas mayores en los autobuses? ¿En serio? ¿Eso debe ser enseñado en la escuela? ¿Ha de formarse a los escolares en honradez, respeto, compasión o generosidad?

O quizás son otros los “valores” en que hay que formar a la juventud. Quizás se trate de impartir principios. Veamos. Si los principios son esos fundamentos que gobiernan el comportamiento personal, no parece muy razonable que deban formar parte del currículo escolar. ¿Hay que enseñar a ser leal a las amigas? ¿O a ser tolerante? Por mucho que uno tenga esos principios en muy alta estima, dudo que la función de la escuela sea instruir a chicos y chicas en lealtad y tolerancia, por ejemplo.

En alguna ocasión, discutiendo de estas cosas, se me ha dicho que debe formarse no en principios para el gobierno personal, sino en principios para la convivencia, aquellos que constituyen el fundamento de las sociedades democráticas contemporáneas. Se trataría de cuestiones tan básicas como que todos los seres humanos nacemos libres e iguales, y que tenemos una serie de derechos fundamentales que no se nos pueden negar o limitar salvo que medie una sentencia judicial dictada con arreglo a normas aprobadas democráticamente. Pero si se trata de elementos de esa naturaleza, en realidad estaríamos hablando de los fundamentos para la convivencia que han dado lugar a derechos y normas aceptadas universalmente (aunque su cumplimiento real deje mucho que desear en buen número de países). No se trataría, en rigor, de valores éticos y cívicos, como predica la Ministra, sino de elementos básicos del entorno social y, por lo tanto, deberían formar parte del currículo en los aspectos relativos al conocimiento del medio. Nada que objetar a ello.

¿Pero se trataba de eso? Lo dudo. La razón por la que unos y otros, cuando llegan al gobierno, se proponen introducir en el curriculum estas cosas, es porque les anima la voluntad, más o menos explícita, de utilizar a la escuela como herramienta de adoctrinamiento. Como dije hace unos meses aquí, “formar en el espíritu nacional, inculcar el respeto al medio ambiente, llevar a las víctimas del terrorismo a las aulas, promover la igualdad, educar en la solidaridad y la diversidad, predicar una moral de inspiración confesional, españolizar a los catalanes” y otras pretensiones de similar cariz no son sino formas de adoctrinamiento. Se me ocurren unas cuantas más que omitiré por no alargar esta anotación en exceso. Pueden ser muy deseables, o no. Pero tengo una objeción. En ese terreno lo que es fundamental para unas personas es rechazable para otras, y a la inversa; y dado que no iba a ser fácil que nos pongamos de acuerdo acerca de quién ha de decidir qué valores se transmiten y cuáles no, habría que aceptar que sean las autoridades educativas las que tomen esa decisión. ¿Sí? ¿Estamos dispuestos a que sea el gobierno de turno el que decida eso? Sospecho que la respuesta a esa pregunta dependerá del grado en que nos identifiquemos con él.

Pero hay más. Eso que llaman valores son a veces rasgos de carácter y suelen basarse en predisposiciones heredadas. Dudo que se pueda enseñar a ser amable, por ejemplo. Y cuando se trata realmente de virtudes o bienes morales, estoy convencido de que no se enseñan sino que, simplemente, se practican o no se practican. Y al practicarse, se pueden transmitir. Por esa razón, la escuela, como institución, tiene muchas limitaciones para desempeñar esa función. Es muy posible que haya profesoras o maestros que sean capaces de transmitir virtudes morales pero, si lo hacen, ello no será consecuencia de la inclusión en el curriculum de los contenidos correspondientes, sino de su ejercicio real en la práctica cotidiana.

Por lo mismo, son la familia y la cuadrilla los entornos en que se adquieren los principios, virtudes y bienes morales que se ejercitarán a lo largo de la vida. La primacía de la familia, el valor del esfuerzo y de la responsabilidad, la honradez, la compasión, y otras, son virtudes que, si las adquirí o la medida en que las adquirí, es algo que debo a mis padres. La camaradería, la lealtad, la reputación, el respeto a los otros, la libertad, son bienes que valoro gracias a mis amigos, porque con ellos los practiqué y, en la medida en que lo hago, los practico. Y nada acerca de lo que fui aleccionado en las aulas escolares dejó, en esa esfera, la más mínima huella en mi ánimo. No creo ser ninguna excepción.

Llegados a este punto, habrá quien piense que si tratar de formar en valores es una tarea inútil, no debería preocuparnos la pretensión de la Ministra, puesto que implantar la asignatura en cuestión no tendrá efecto alguno. Dice Alberto Cifuentes (@cifuito), que ese afán por encomendar al sistema educativo ciertas funciones que, como la formación en valores, no le son propias, obedece al deseo de desviar hacia la escuela responsabilidades que pertenecen a los ámbitos social y familiar. Es posible que así sea. En todo caso, cada vez que se asigna una nueva tarea al sistema educativo, se hace en detrimento de las funciones más genuinamente formativas; me refiero a la instrucción en materias tales como las lenguas, incluídas las matemáticas; el conocimiento del medio en todas sus dimensiones, y los elementos más sobresalientes de la cultura humana: ciencias, artes y letras. Y eso es algo que no deberíanos permitirnos.