Conjeturas cambia de domicilio

Esta es la última anotación en el que hasta ahora ha sido domicilio de Conjeturas. Nos hemos mudado a otra dirección.

El 12 de diciembre de 2016 publiqué la primera anotación aquí. Trump acababa de ganar las elecciones, si no recuerdo mal, y en mi primera entrada defendí la idoneidad del neotérmino posverdad o -a mi juicio, mejor- posthecho, traducciones del inglés postruth y postfact.

Mi anterior bitácora, …un tal Pérez, había llegado a la última estación. La actualidad, sobre todo la política, me había dejado de interesar. Quería escribir sobre otras cosas, más atemporales, más desvinculadas del frenesí político. Por eso nació Conjeturas.

Han sido casi cinco años dándole vueltas a las cosas que en cada momento me han interesado o llamado la atención. Cinco años muy gratificantes por la acogida, nunca multitudinaria pero en general favorable, de mis anotaciones. Estoy muy agradecido a quienes os habéis acercado a este sitio a leer mis cosas. Y por supuesto, también estoy muy agradecido a Deia, por haberme brindado alojamiento y proporcionado visibilidad durante estos años. Pero ha llegado la hora de cambiar de ubicación.

Acabo de publicar un sitio web personal. Llevaba ya unos meses madurando la idea que se acaba de materializar. Mi objetivo ha sido el de centralizar en un sitio personal todos mis escritos. El blog, Conjeturas, pasa a ser el elemento principal, de referencia, de una web en la que se recoge gran parte de lo que he hecho en mi vida profesional y, sobre todo, lo que he escrito.

Al recopilar lo que he escrito, sobre todo en lo que llevamos de siglo, me he dado cuenta de que era mucho y estaba por ahí, desperdigado. Pues bien, lo acabo de reunir en forma de enlaces, principalmente, porque casi todo lo que he escrito lo he hecho en soporte digital. De esta forma lo reúno, lo agrupo para tenerlo a mi disposición y para que quien esté interesado, lo pueda consultar. Hoy no suscribiría mucho de lo que he publicado antes, porque he cambiado de opinión en temas relevantes, pero no me importa que quede de manifiesto. También he incluido mis publicaciones de investigación, ya casi olvidadas, para quede constancia de ellas a título de inventario. Y he recogido también mis libros (aunque falta alguno imposible de localizar hoy); aspiro a que esa página crezca en los próximos años.

No me alargaré. Reitero mi agradecimiento a Deia, donde seguiré publicando una columna quincenal de ciencia y donde, cuando el tema me estimule y mi disponibilidad de tiempo lo permita, espero publicar opinión de vez en cuando.

Adiós y muchas gracias. Nos vemos en juanignacioperez.net.

Quizás no todo sea una maldición

El 28 de febrero del año pasado se detectaron los primeros casos de covid19 en Euskadi; en pocos días la cifra subió rápidamente. Otras comunidades vivieron situaciones similares, unas antes y otras después. Al principio quisimos pensar que no había especial motivo de preocupación. “Es poco más que una gripe fuerte”, “tomando precauciones se conseguirá controlar”. Eso se nos decía. Eso queríamos creer.

Habíamos visto lo ocurrido en China: gente por la calle con mascarillas, personal sanitario con indumentaria más propia de una guerra biológica que de “una simple epidemia de gripe”, un hospital levantado en tiempo record. De repente, casi de un día para otro,  lo que había ocurrido lejos, muy lejos de nosotros, empezó a ocurrir cerca: las escenas que llegaban de China empezaron a llegar de Italia. Y a pesar de todas esas señales, casi evidencias, nos negamos a ver lo que se avecinaba.

Conforme pasaban los días y el número de casos aumentaba, los mensajes también cambiaron: “hay que lavarse las manos con frecuencia”, “evita aglomeraciones y lugares concurridos”, “la vacuna eres tú”.

El 14 de marzo fuimos confinados.

El sentimiento más intenso y persistente que provoca la pandemia es de preocupación y pesar por la afectación de la covid19 a personas cercanas. Casi todos conocemos a alguien que ha fallecido, en algún caso, próximo, y amigos que han enfermado, algunos de gravedad o con secuelas.

Luego está la incertidumbre, esa extraña sensación que se deriva de no saber, de verdad, dónde y cómo estaremos dentro de unos días. Es cierto que el futuro es intrínsecamente impredecible. Es cierto que, en realidad, nunca sabemos dónde y cómo estaremos mañana o la semana que viene. Pero también lo es que lo normal es hacer planes acerca de cuyo cumplimiento podemos tener cierta confianza. Eso ya no es así. Aunque los planes se vayan cumpliendo, nunca habíamos experimentado tanta inseguridad con relación a lo que el futuro nos pueda deparar.

También nos preocupa el paisaje social que quedará. Basta con ver los locales cerrados en venta o alquiler en el centro de las ciudades para darse cuenta de la devastación que está provocando la pandemia. Es difícil hacerse una idea cabal de las consecuencias que esto tendrá para todos nosotros y, sobre todo, para nuestros hijos.

Creo que todos experimentamos esos sentimientos en mayor o menor medida. Pero, a la vez, estamos viviendo una experiencia única, irrepetible en la vida de una persona, una situación social límite, un episodio que, a mí al menos, me ha obligado a pensar como no lo había hecho nunca.

El 8 de marzo del año pasado, domingo, publiqué la que sería primera anotación a lo largo de la pandemia: Los tártaros del teniente Drogo están aquí. Desde entonces han sido, incluidas la primera y esta, 33 las anotaciones sobre asuntos relacionados con la covid19 que he publicado como conjeturas en esta bitácora, a razón de tres por mes, más o menos, aunque sin una periodicidad fija, solo obedeciendo a impulsos, reflexiones y al tiempo de que disponía.

He dejado escritas unas cuantas tonterías que todavía me sonrojan, pero que he preferido no borrar. Quiero que quede constancia de ellas y recordarme a mí mismo que la prudencia es una virtud que debo cultivar cada vez que me pronuncio sobre algún asunto importante.

Confieso que he esquivado temas difíciles. No he querido entrar, por ejemplo, en la utilización torticera, al servicio de fines espurios, de datos escogidos y argumentos capados que han hecho algunos científicos. Yo mismo he podido incurrir en ese vicio, aunque he procurado evitar el terreno científico, porque casi no sé nada de pandemias y menos aún de virus[1]. También he evitado cuidadosamente las peleas en el inframundo de la comunicación científica. Algunas, muy instructivas, han sido verdaderas lides en el barro.

Me han interesado los dilemas tanto de índole personal como social, pero morales en el fondo, a que nos ha enfrentado la pandemia. He tratado algunos, por ejemplo, en El filo de la navaja, en Han de abrirse las escuelas aunque haya que cerrar los bares, o en El confinamiento quizás no sea la (mejor) solución. Y también me he reafirmado en la idea de lo importante que es el conocimiento riguroso, y lo difícil que es adquirirlo y transmitirlo al conjunto de la sociedad.

He explorado la relación entre opciones morales e ideología al optar por estrategias alternativas frente a la pandemia. Y también he abordado la espinosa cuestión de las relaciones complejas entre conocimiento científico y acción política.

La pandemia ha dejado claras algunas cosas. Una es que a pesar del bienestar que nos proporciona la tecnología, seguimos siendo vulnerables a ciertas amenazas. También que la única esperanza de hallar una salida a esta situación radica, precisamente, en la ciencia y la tecnología. Si la covid19 hubiera surgido hace 20 años sus efectos habrían sido peores aún, entre otras cosas porque entonces no teníamos el conocimiento que ha permitido desarrollar vacunas en tiempo record. Y por lo mismo, la mejor forma de pertrecharnos de cara a futuras amenazas, que las habrá, es seguir aumentando nuestro bagaje de conocimiento y hacerlo, además, en áreas muy diversas, porque no podemos anticipar el futuro y desconocemos de qué naturaleza serán sus amenazas. Todo lo que ha ocurrido ha sido, de hecho, la mejor reivindicación posible –si bien a un precio doloroso– del valor y la importancia del conocimiento científico.

La pandemia ha puesto de relieve la relevancia de la buena comunicación científica, máxime en el contexto de una gran crisis. El principal reproche que, a mi juicio, cabe hacer a las autoridades en relación con la gestión de la covid19 es, precisamente, la mala calidad de la comunicación, que deviene, incluso, falta de transparencia.

Estoy convencido de que el incumplimiento de las medidas anticovid se debe, en una medida no despreciable, a la incomprensión de las razones que han aconsejado, en cada caso, la adopción de unas u otras medidas. Los cambios se han malinterpretado y en muchos casos han ocasionado que sean consideradas arbitrarias. La incomprensión del público se ha acentuado cuando no se ha acertado a explicar que cuando se toman decisiones en una situación como la que vivimos, no hay dictámenes científicos unívocos y es preciso ponderar bienes alternativos. Y que esa ponderación no solo no es fácil, sino que puede variar con el tiempo.

Al margen de las anteriores -bastante triviales, en mi opinión-, he pensado mucho en cuestiones de carácter más personal. Le he dado muchas vueltas a las cosas. Me ha venido bien para escribir aquí, y para poder atender a algún medio de comunicación[2]. Y de todo ello he extraído alguna enseñanza, no muchas.

Aunque no solemos ser conscientes de ello, en cualquier momento podemos vernos abocados a una situación de máxima privación y desamparo. Caminamos al borde de un precipio sin darnos cuenta. En esta pandemia no han sido pocos quienes han perdido su medio de vida. Una de las enseñanzas que he extraído, quizás la más importante, es que pase lo que pase, debemos hacer lo que esté en nuestra mano para que nadie pierda su medio de vida o para evitar que sus condiciones se deterioren hasta extremos que nunca aceptaríamos para nosotros mismos.

Hay bienes fundamentales a preservar. Siempre incluyo la libertad en el lote. Pues bien, en mi consideración personal la dignidad está, incluso, por encima y aunque sé bien que no es fácil definir dignidad en términos objetivos, estoy seguro de que la mayoría nos pondríamos de acuerdo en unos mínimos por debajo de los cuales no aceptaríamos que viviese un semejante.

También he aprendido que, para vivir bien, necesito menos cosas de las que tengo. Puedo renunciar a comodidades (que solo lo son en apariencia) y a objetos. Pero no quiero renunciar a los bares (que no es lo mismo que el vermú), los restaurantes (que no es lo mismo que la buena comida), las librerías (que no es lo mismo que los libros) y los paseos por la orilla del mar (que no es lo mismo que la bici estática). Son las que, en su día, denominé esas pequeñas cosas.

Añoro el poder ver a los amigos sin tener que recurrir a jit.si para ello, y el poder viajar a Asturias, a la vera del Sella, donde solemos recalar cada vez que tenemos ocasión. Confío en que el Sella siga discurriendo por donde acostumbraba y que allí estará cuando podamos ir. Como también confío en que a no tardar podremos estar con los amigos sin pantallas de por medio. Siempre que consigamos, claro está, llegar a la meta de la vacuna en la carrera que sostenemos con el coronavirus.

Resistir es vencer.

Tengo, por último, la sensación de que la reflexión sobre lo que ocurre, y la introspección acerca de mis cosas, intereses, querencias e inquietudes, me han aportado una visión más amplia de la vida –de mi vida– y de lo que de verdad me importa. Esto no compensa los sinsabores, sobre todo porque se han perdido muchas vidas y hay más en peligro aún, pero ayuda a extraer algo bueno de la pandemia y sus circunstancias. Si sobrevivimos, cuando miremos hacia atrás, quizás pensemos que no todo fue una maldición.


[1] A pesar de que en su día leyese e, incluso, presentase, el magnífico libro (Virus y pandemias) de uno de mis científicos de referencia, Nacho López Goñi.

[2] El reportaje “En tiempos del coronavirus” en este espacio de ETB2 es probablemente el programa de televisión más completo en el que he intervenido. Y recuerdo con agrado las entrevistas que me hicieron Iván Orio para El Correo, y Arantza Iraola para Berria, porque en ambas dispuse de tiempo para pensar y explayarme.

Responsable de nuestra salud con todas sus consecuencias

No soy partidario de que el estado intervenga en las vidas de la gente, aunque me consta que la mayoría es de la opinión contraria. Prefieren que sea el estado el que asuma algunas responsabilidades que, a mi juicio, deberían ser estrictamente personales. También soy consciente de que mi aversión a la intromisión del estado en asuntos de carácter personal entra, en ocasiones, en contradicción con mi aspiración a que todas las personas gocen de los mismos derechos y oportunidades.

Hay dos esferas en las que suelo encontrarme con más dificultades. Una es la de la educación. Sin una educación universal para todos no hay igualdad de oportunidades; esa es la única razón por la que estoy dispuesto a dar por buena la intervención del estado en esa materia, aunque estimo que debería ser mínima y, en la medida de lo posible, respetuosa con la autonomía de decisión personal y familiar.

La otra esfera es la de la salud. Hasta donde ello sea posible, el estado debería dejar en manos de los individuos las decisiones relativas a su salud. Pero no todas. Para empezar, hay asuntos en los que la salud se convierte en materia de seguridad. Así, de la misma forma que el estado no deja libertad para comprar armas, o para circular en coche como a uno le dé la real gana, o para viajar sin cinturón de seguridad, tampoco debería permitir que haya personas sin vacunar de enfermedades peligrosas. Y no me refiero a la potestad sobre el niño o la niña menores de edad, sino al hecho de que las vacunas tienen un efecto de inmunidad colectiva. Vacunar a “toda” (entiéndase “casi toda”) la población protege también a aquellas personas que, por una u otra razón no están vacunadas. Hay una componente social importante en ese fenómeno y eso es lo que saca la decisión de la esfera personal.

Por otro lado, el estado debería impedir la comisión de fraudes. Si ciertas prácticas consideradas fraudulentas están penalizadas por el hecho de serlo, han de estarlo todas, también aquellas orientadas pretendidamente a curar a la gente a cambio de una contraprestación económica. Sólo porque son fraudulentas.

Y si no hay contraprestación económica pero de su ejercicio o de su promoción pueden derivarse perjuicios para la salud pública, también esas prácticas deberían prohibirse. De la misma forma que se prohíbe conducir bajo los efectos de las drogas, por ejemplo.

Hay, al menos, una dificultad objetiva en todo esto, y es la de establecer el criterio que delimite lo aceptable de lo inaceptable. Pero para eso, como para la demarcación de lo punible y lo permisible en materia de tráfico, por ejemplo, está el estado. Es su competencia y estoy seguro de que siempre serían criterios discutibles y que serían discutidos. Pero que establecer esos límites sea difícil no quiere decir que deba renunciar a ello.

El estado se apropia de los recursos de la gente con el propósito (o la excusa), entre otros, de ofrecer seguridad y de cuidar de su salud. De lo contrario no estaría justificada la apropiación; sería un simple robo. Pues bien, en coherencia, debería velar también por nuestra seguridad y por nuestra salud penalizando las prácticas anticientíficas de cuyo uso pueden derivarse consecuencias perniciosas para una o para la otra.

Y sí, soy perfectamente consciente de que esta es una materia muy resbaladiza y en la que es fácil incurrir en contradicciones. Pero así es la vida, así son las decisiones políticas y administrativas y así es, en general, cualquier sistema de ideas o de normas: es muy difícil, por no decir imposible, que un sistema que aspire a integrar todo lo relevante en su ámbito puede ser totalmente coherente. Es imposible que esté libre de contradicciones.