Cuídate de los estúpidos y trabajadores

Kurt von Hammerstein-Equord

“Siempre divido a mis oficiales en cuatro grupos. Hay oficiales inteligentes, trabajadores, estúpidos y vagos. Normalmente suelen coincidir dos de esas características en una misma persona. Algunos son inteligentes y trabajadores; su lugar está en el Mando General. Otros son estúpidos y vagos; en todos los ejércitos representan el 90% y son adecuados para desarrollar tareas rutinarias. Cualquiera que sea a la vez inteligente y vago está cualificado para ocupar los puestos de más alto liderazgo, porque posee la claridad intelectual y la compostura necesarias para tomar decisiones difíciles. Pero debemos tener mucho cuidado con los que sean, a la vez, estúpidos y trabajadores; no debe confiárseles ninguna responsabilidad porque no dejarán de causar problemas.“

Hans Magnus Enzensberg atribuye esta cita al general Kurt von Hammerstein-Equord[1].

Hammerstein-Equord llegó a ser comandante en jefe del ejército alemán en 1930, pero fue obligado a renunciar a su cargo el 31 de enero de 1934, un años después del acceso de Hitler al poder. Murió de cáncer en Berlín en 1943. Su familia rehusó los honores militares para que el ataúd no fuese envuelto en la bandera con la esvástica. Hitler envió una corona de flores al funeral en Steinhorst pero ésta nunca fue exhibida porque la familia se la «olvidó» en el tren.


[1] Aunque hay quien la atribuye a otro general, Erich von Manstein.

Rechazamos a los emigrantes, aunque no deberíamos hacerlo

Centenares de personas, quizás miles –me temo que esa macabra contabilidad no es practicable con garantías – mueren cada año intentando llegar a las costas meridionales de Europa.

En 2018 alrededor de 260 millones de personas vivían en países distintos de los que nacieron; nunca en la historia de la humanidad había ido tanta gente a vivir lejos de su lugar de nacimiento. De esos 260, más de 70 millones han tenido que abandonar su lugar de origen huyendo de conflictos, violencia o vulneraciones de derechos humanos. Según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) hay 26 millones de refugiados (el 10% del total de emigrantes). Y 3,5 millones de los desplazados son solicitantes de asilo.

Esas cifras no han dejado de crecer ni dejarán de hacerlo en las próximas décadas. Los emigrantes soportan el rechazo, más o menos intenso, de los naturales de los lugares en que se asientan. Por eso es conveniente caracterizar las razones de la hostilidad, las ideas que anidan en la mente de las personas, que hacen que se produzca y que lleguen a convertirlo en un factor decisivo en la vida social y política.

Existe una causa primordial, básica, para el rechazo. Como indiqué en una conjetura anterior, experimentamos un sentimiento “que nos conduce a rechazar al otro, al que no forma parte de nuestro grupo. Es un sentimiento universal; es parte de nuestra naturaleza y tiene hondas raíces evolutivas. Las mismas tendencias prosociales que favorecen la cohesión del grupo al que pertenecemos provocan el rechazo de quienes no forman parte de él. En nuestra historia los otros han sido normalmente fuente de peligros más que de beneficios. Y hemos generado mecanismos de rechazo.”Tendemos a justificar ese rechazo de formas diversas. Los psicólogos que lo han estudiado han encontrado que, por norma, los grupos socialmente dominantes tienden a creer que el suyo es un grupo superior y con derecho, por lo tanto, a disfrutar de ciertos privilegios. Por esa razón, si creen que han de sacrificar parte de sus recursos o si ven peligrar su forma de vida, reaccionan rechazando a quienes ven como una amenaza.

En esas actitudes tiene mucha importancia la creencia generalizada en la noción de la “suma cero”. Los que creen en esa noción piensan que el volumen de recursos disponibles es constante y que, por lo tanto, un aumento en el número de personas que compiten por ellos, conlleva necesariamente el riesgo de ver disminuir “su” parte. El argumento de “suma cero” carece de justificación, porque los recursos no se encuentran en cantidades fijas y constantes. Pero es una idea muy extendida en las sociedades occidentales y muy promocionada, por cierto, por las organizaciones de izquierda. Por esa razón, los extranjeros pobres se enfrentan al dilema de “maldito si lo logra, maldito si no”: cuando les va bien, se les acusa de haber reducido los trabajos y oportunidades a que tienen acceso los naturales; pero si les va mal, se les reprocha el aprovecharse de los recursos de todos para el socorro social.

Los juicios erróneos en relación con los recursos disponibles, así como sobre la amenaza que suponen los emigrantes, se exacerban en tiempo de recesión económica o cuando aumenta la incertidumbre acerca de lo que deparará el futuro. Bajo esas circunstancias, la demanda de igualdad de derechos para todos actúa, incluso, aumentando la hostilidad hacia los foráneos por parte de los naturales más reacios a su aceptación.

No es solo el factor económico. Las violaciones que sufrió la pasada semana en Bilbao una joven de 18 años han provocado, como es natural, una indignación comprensible, la exigencia de que los violadores sean castigados por las atrocidades cometidas, y que se tomen medidas para minimizar el riesgo de que atentados como esos se repitan. Pero ha habido más. En ciertos medios de prensa (no los enlazo para no alimentar a la bestia) y en redes sociales de internet (muy especialmente el estercolero que es la red de redes), se pone el foco en el origen étnico de los presuntos violadores.

Es ese un camino muy peligroso. No sé si hay estadísticas fiables al respecto. Pero no me extrañaría que jóvenes de procedencia magrebí cometan, por comparación a su proporción en la población, más delitos, en general, y más agresiones sexuales y violaciones, en particular, que los naturales del país. Pero si así fuese, eso no anularía el hecho de que entre nosotros viven en paz y trabajan honradamente miles de emigrantes magrebíes, y que su contribución enriquece nuestra sociedad de diferentes formas. Y tampoco anularía el hecho de que las razones por las que unos u otros cometen delitos nada tiene que ver con su pertenencia a un grupo étnico determinado y mucho con factores que igualmente pueden afectar a jóvenes -y no tan jóvenes- compatriotas.

Se engaña –en algunos casos creo que conscientemente, incluso- quien pretende justificar su rechazo a los emigrantes pobres sobre la base de factores económicos o sociales como los citados. Los rechazamos porque estamos programados para ello y los consideramos una amenaza a nuestro estatus y modo de vida. Pero merece la pena hacer el esfuerzo de racionalizar esos sentimientos y someterlos al cedazo de la prueba. Nos va mucho en ello, tanto en el orden moral como en el social y económico.

Dicho lo anterior, no hay recetas simples para neutralizar o minimizar la hostilidad hacia los emigrantes pobres. Pero está claro que la mera reivindicación de igualdad de derechos para todos no es suficiente. Es preciso implantar políticas de inmigración que tengan en cuenta la capacidad de la sociedades para integrar gentes procedentes de otros países, evitando el riesgo de formación de guetos marginales. Pero eso es difícil.

Es necesario, también, reconocer a los extranjeros los mismos derechos que a los nacionales en cuestiones básicas, como salud y educación. Pero eso tiene costes y hay que saber explicar a la gente que esos costes se ven de sobra compensados por beneficios sociales y económicos muy superiores.

Y por último, es muy importante hacer pedagogía: el argumento de la “suma cero” es peligrosamente falaz. La llegada de personas con empuje y determinación, como suelen ser los emigrantes, puede ser motor de progreso económico. Pero eso deja de ser cierto si el fenómeno migratorio propicia la formación de guetos, con los problemas de marginación social y de alteración de la convivencia que comportan. También eso ha de ser tenido en cuenta y evitarse.

Y por supuesto, hay que hacer lo posible para evitar los centenares o miles de muertes a los que me he referido al comienzo de esta nota. Por compasión.

Nota: Esta es, muy retocada, la anotación El rechazo al inmigrante que publiqué hace exactamente cuatro años en mi blog personal de entonces Un tal Pérez.

Somos herederos de la Ilustración

[Texto de mi intervención en la ceremonia de entrega del premio Eusko Ikaskuntza-Caja Laboral; he omitido el apartado de agradecimientos del comienzo y traducido al castellano los fragmentos en euskera.]

Txomin García (Laboral Kutxa), servidor e Iñaki Dorronsoro (Eusko Ikaskuntza) (Foto: Iker Azurmendi)

En la carta en que me comunicaron formalmente la concesión del premio, Txomin García (presidente de Caja Laboral) e Iñaki Dorronsoro (presidente de Eusko Ikaskuntza) decían –citando literalmente la resolución del jurado- lo siguiente: “El jurado ha querido subrayar su trabajo de promoción de la cultura científica, también en euskera, y la difusión del conocimiento y la ciencia, en especial a la sociedad vasca.”

Ha llegado, pues, el momento de hablar de ciencia, pero no solo de ciencia.

Cuatro siglos atrás la revolución científica abrió el camino a la Ilustración. Isaac Newton y John Locke, cada uno en su ámbito, fueron protagonistas principales de aquella Ilustración temprana. Cada uno de ellos influyó en las ideas del otro. Newton puso orden en la imagen que teníamos del universo. Locke, por su parte, tomando como punto de partida las leyes de la naturaleza –las de Newton, por supuesto-, llegó a la conclusión de que no hay derechos divinos. Defendió, por el contrario, que hay derechos naturales y declaró que de acuerdo con esos derechos, los seres humanos hemos nacido libres e iguales. Por cierto, tanto el principio de la división de poderes como el sistema de equilibrios conocido como checks and balances que implantaron más adelante los fundadores de los Estados Unidos en su ordenamiento jurídico, tienen similar inspiración.

La ciencia, como la entendemos hoy, y las ideas en que se sustenta la democracia nacen en el siglo XVII. Surgen en el espacio público en que se produce el contraste de ideas consustancial a esas dos esferas. Ciencia y democracia tienen carácter tentativo, porque ambas están basadas en la consciencia de la imperfección humana. Sin posibilidad de crítica, ni ciencia ni democracia son posibles.

Los países más libres son los que más y mejor ciencia hacen; los más desarrollados científicamente son los más prósperos; y también los más democráticos. Progreso, conocimiento y libertad conforman una triada virtuosa. Somos herederos de la Ilustración.

De los ilustrados proviene también el proyecto de emancipación de la humanidad basado en la razón. En eso consiste el ideal cosmopolita, un ideal con contradicciones que tienen su origen en rasgos fundamentales de la naturaleza humana y que están en la base de las amenazas que pueden comprometer su realización.

Somos seres grupales. En el grupo compartimos una cultura y el grupo conforma nuestra comunidad moral básica. Porque las normas morales y sociales se heredan y transmiten en el marco de tradiciones que son las narraciones mediante las que damos sentido a nuestra relación con el mundo. Por ello, la pertenencia a la comunidad es parte de nuestra naturaleza íntima.

Todos los seres humanos compartimos una estructura racional común; sobre ella se articulan las diferencias personales y culturales. Pero no hay una razón única que sea patrimonio de una persona, cultura o proyecto de convivencia. En demasiadas ocasiones, sin embargo, se ha utilizado el ideal cosmopolita para tratar de imponer esa supuesta única razón. Cuando se ha pretendido, sobre esa base, eliminar la pluralidad en el seno de una sociedad o asimilar comunidades diferentes, el ideario ilustrado se ha encontrado con la resistencia de quienes lo han visto, con razón, como parte de un proyecto uniformizador.

Por otra parte, nuestro carácter grupal tiene un lado oscuro: la xenofobia. El rechazo a los otros es casi consustancial a la querencia por los nuestros. En la historia humana, los individuos ajenos a la comunidad propia han quedado, casi siempre, fuera de la esfera moral.

Pero frente a las tendencias que propician la xenofobia, la ciencia ha reafirmado la igualdad esencial de todos los seres humanos. El germen de esta idea, según Karen Anderson, surgió en la Era Axial, cuando las grandes figuras espirituales de Oriente y los profetas bíblicos empiezan a promover la compasión por los desamparados. En el Nuevo Testamento esa igualdad se formula de modo explícito. Pero hasta la Ilustración no se dotó a ese principio de significado político. A partir de entonces a todos los seres humanos se les empieza a considerar sujetos de iguales derechos. El círculo moral se ha ampliado, y las intuiciones han dejado paso, si bien de forma incompleta y con retrocesos ocasionales, a razonamientos morales en beneficio también de los otros, de los extraños.

Es preciso, pues, estar en guardia frente a esas dos amenazas –la pretensión de uniformidad y la xenofobia-, dos peligros vinculados, ya que ambos se justifican en una supuesta superioridad de lo propio. Los ideales ilustrados para ser realizables han de ser compatibles con la esencial igualdad de todos los seres humanos y con el pluralismo, tanto en el interior de los grupos humanos como entre las comunidades.

Podemos condensar en dos datos el progreso de los últimos siglos: Todos los países tienen hoy mayor esperanza de vida que la que tenía en 1800 el país con la esperanza más alta. Y nunca había habido menos regímenes autoritarios en la comunidad de naciones.

Pero eso no es suficiente. La región en que nace una persona condiciona demasiado la vida que tendrá. Las mujeres no tienen los mismos derechos y oportunidades que los hombres. Los recursos naturales puede estar siendo víctima de una tragedia de los comunes de alcance planetario. Y, también entre nosotros, la calidad y esperanza de vida depende más del código postal que de la información del ADN cifrada mediante el código genético.

Para encontrar solución a estos problemas es esencial seguir ampliando el círculo moral, hemos de sentirnos cada vez más concernidos por la suerte de nuestros semejantes.

Ciencia y democracia han experimentado avances grandes, sí, pero se encuentran en peligro. Los populismos emergentes en América y Europa, las potencias petroleras del Golfo Pérsico, el fundamentalismo islámico y la China comunista, por citar las más poderosas, son hoy sus principales amenazas. Hechos y razones retroceden frente a deseos y emociones. Y queda mucho para ejercitar un cosmopolitismo respetuoso con las diferencias y que ayude a extender la democracia y el bienestar hasta los últimos rincones del planeta.

Necesitamos más ciencia, más libertad, y altas dosis de benevolencia, generosidad y compasión.

Se me ha concedido este premio –son palabras del jurado– por mi trabajo de promoción de la cultura científica, también en euskera, especialmente a la sociedad vasca. He dedicado mi vida a crear y transmitir conocimiento, en el laboratorio, en el aula, en el despacho y también en la esfera pública, presencial y virtual. Lo he hecho en castellano, en euskera y en inglés. Siempre he pensado que lo hacía al servicio de la sociedad vasca, pero sin limitar a esta el ámbito de actuación. La ciencia no tiene fronteras y su extensión tampoco debe tenerlas. La difusión social del conocimiento científico promueve una sociedad culta, con criterio bien fundado para tomar decisiones. El ejercicio de la ciudadanía es así más responsable y, por lo tanto, más libre. Pues bien, se me concede este premio por trabajar, desde mi posición modesta, para hacer realidad los ideales que he desgranado aquí. Pocas cosas pueden proporcionarme mayor satisfacción. Pocas cosas pueden suscitar una gratitud como la que siento. Estoy emocionado y profundamente agradecido.

Semillas en número innúmero

En primer lugar, no hay para nosotros ningún límite en todas las direcciones por doquier, y de uno y otro lado, por arriba y por abajo a través del universo, como demostré, y la propia realidad por sí misma lo proclama, y la naturaleza de lo inmenso se manifiesta clara. De ninguna manera ya hay que pensar que sea verosímil, dado que en todas direcciones hay infinito espacio vacío y que las semillas en número innúmero y en universo ilimitado revolotean de muchos modos agitadas por eterno movimiento, que solo este ciclo y orbe de tierras se haya creado, que nada hagan afuera aquellos cuerpos de materia tan numerosos; sobre todo porque a este mundo lo ha hecho la naturaleza, y las semillas mismas de las cosas por su propio impulso chocando casualmente, tras haberse reunido de muchas maneras, al azar, sin resultado y en vano, al fin se combinaron estas que congregadas de pronto pasarían a ser los principios por siempre de grandes realidades, de tierra, de mar y cielo y de la especie de los seres vivos.

Tito Lucrecio Caro (99 aec-55 aec), La naturaleza de las cosas.

Tuiter está lleno de expertos en fisiología y medicina deportiva

Esta historia empezó con la lectura de un artículo en la revista Physiology, de la Sociedad Americana de Fisiología (una buena revista científica). Se trata de una revisión firmada por Herman Pontzer, de Duke University, en Estados Unidos. El artículo se titula «Energy Constraint as a Novel Mechanism Linking Exercise and Health» (La limitación energética como un nuevo mecanismo que vincula el ejercicio y la salud). En él, además de lo que dice el título, Pontzer explica que el organismo se adapta al ejercicio físico y mantiene relativamente constante el gasto de energía diario total aunque se haga más actividad física. La consecuencia práctica es que el ejercicio ayuda poco a quienes quieren perder peso.

Me pareció interesante. Además, lo que cuenta se ajusta a mi experiencia personal y a la de otras personas que conozco. Así que, ni corto ni perezoso, me puse y escribí un artículo de divulgación que envié a The Conversation España. De acuerdo con los editores del medio, decidimos titular el artículo «El ejercicio ayuda poco a adelgazar: es más efectivo comer menos«.

Antes de seguir quiero aclarar que me utilicé a mí mismo como sujeto experimental al objeto de hilar una historia más personal que facilitase el acercamiento a los lectores. Quizás no debería haberlo hecho.

Tras su aparición en The Conversation, el artículo fue republicado por numerosos medios digitales, de manera que dos días después de su publicación ya tenía más de 80.000 lecturas.

Comento a continuación algunas reacciones al artículo.

Me gustaron las de Dani Álvarez y Pedro Ugarte. Ambos hicieron lecturas «filosóficas» de mi historia. Las comparto porque me hicieron gracia, pero fueron puro espejismo.

A partir de esos «filosóficos» comentarios amables, la mayoría de los que vinieron después fueron puro despropósito. Incluyo algunos a continuación.

Mr. Vecino remacha una de las ideas del artículo:

Me extrañó, así que le pregunté:

Como sospechaba:

Eso sí, le agradecí haber reconocido no haber leído el artículo; otros, que tampoco lo leyeron, afirmaron vehementemente haberlo hecho.

También hubo quienes debieron de leer otro artículo:

Otro me aconseja no prescindir de apoyo profesional:

Entonces me percaté de que el tema del artículo había dejado de ser la adaptación metabólica y había pasado a ser un servidor y sus conflictos con la báscula y la bici estática.

Pero las respuestas verdaderamente surrealistas llegaron cuando el artículo lo republicó eldiario.es

El remate (por ahora) ha sido este despropósito:

Veremos qué nos deparan las próximas horas.

Además de estas reacciones, he recibido mensajes por correo electrónico en los que, además de indagar acerca de mis circunstancias fisiológico-deportivas, me ofrecen consejos para adelgazar. Y hasta se ha recibido una llamada en el despacho de un lector bienintencionado. A la sazón, me encontraba de viaje en Madrid.

Toda esta secuencia me ha llevado a algunas conclusiones:

(1) Mucha gente que opina, lo hace sin leer. Ya lo sabía; pero constatarlo enternece.

(2) O, si lee, se queda solo con los aspectos que contradicen nociones firmemente arraigadas. La indignación que les produce hace que sus sistemas cognitivos omitan (borren) todo lo demás.

(3) Prescinden completamente de los enlaces a los medios originales sobre los que se sustentan los argumentos del artículo (quizás no sepan inglés, pero tampoco creo que eso importe). Creen estar leyendo meras opiniones.

(4) En tuiter hay más fisiólogos y médicos deportivos de lo que me imaginaba. Eso sí: no han pasado por las aulas ni tienen título oficial.

Y (5) el ejercicio físico y toda la parafernalia y verborrea que lo adorna es como una enfermedad. Se ponen como si hablásemos de política.

Y Deborah aporta una sexta conclusión:

Entimema

Entimema, del griego eνθύμημα o enthumēma [en + thumos (mente)- “que ya reside en la mente”, es como se denomina a un silogismo en el que se ha suprimido una de las premisas o la conclusión, al darse por obvias o considerarse implícitas en el enunciado. Es decir, la premisa o conclusión ya reside en la mente del auditorio (de ahí su etimología), por lo que no es necesario que sea enunciada. También recibe el nombre de silogismo truncado.

Pero al contrario que el silogismo completo, no es un recurso lógico, sino retórico. Esa diferencia es muy importante. Al omitir una de las premisas o la conclusión, se priva a la audiencia de uno de los elementos necesarios para hacerse un juicio cabal de lo que se afirma. Y no es casual, de hecho, que se preste a equívocos, malinterpretaciones o, directamente, trampas o falacias lógicas.

Muchas veces se recurre al entimema con esos propósitos. Por eso hay que estar en guardia frente a ese tipo de fórmulas. «Blanco y en botella…. »  es un entimema inocuo, pero los hay que no lo son tanto. Y el problema es que una vez enunciado, es muy difícil argumentar en sentido contrario, puesto que en la audiencia se ha instalado ya una falacia interesada.

La historia del aldeano y la vaca ejemplifica visualmente el falso entimema. El aldeano quiere ordeñar la vaca pero ésta le incordia con el rabo. Cuando, subido en una tajuela, intenta atárselo con su cinturón sujetándolo desde atrás, se le caen los pantalones. Y en ese momento asoma el vecino por la puerta de la cuadra. Ante su cara de estupefacción, el aldeano le dice: “Es lo que estás pensando, porque si te digo la verdad no te la vas a creer”.

Fuente: Creo recordar que mi primera noticia acerca de la existencia de esta figura retórica la recibí de Rafael Castellano, en su «Erotismo vasco«, en el que contaba la anécdota del aldeano y la vaca para ilustrar un falso entimema; no obstante, no sé si esa anécdota es vasca porque he visto referencias en funtes latinoamericanas.

El origen de las religiones moralizantes

Según el psicólogo Nicolas Baumard, hace algo más de 2000 años surgieron en el mundo una serie de religiones que incorporaron en sus doctrinas normas morales. El cristianismo sería una de ellas.

Antes de ese periodo, el culto a los dioses no estaba vinculado con el cumplimiento de una serie de preceptos éticos. Las normas de comportamiento no tenían sustento religioso. Las religiones tenían más que ver con la celebración de ritos y de ofrendas a las divinidades con el propósito de que estas fuesen propicias a los deseos humanos. En Grecia, por ejemplo, aunque existían normas de carácter moral, tenían poco que ver con el culto a los dioses. Y los dioses, por su parte, no eran precisamente dechado de virtudes.

Lógicamente, la vinculación entre moral y creencias religiosas no se produjo de la noche a la mañana. Aunque en el mundo de los héroes homéricos (siglo VIII a.e.c.), tal relación no existía, ya en el siglo V a.e.c. los griegos empezaron a creer que en el Hades los muertos serían juzgados en función de cómo se hubiesen portado en vida. Por esa misma época la religión judaica empezó a incorporar creencias acerca del castigo en la otra vida. Fue por entonces -siempre según Baumard- cuando la fidelidad en las relaciones de pareja empezó a ser considerada un bien moral, además de otras virtudes. En la civilización romana, por ejemplo, ya se empiezan a valorar virtudes tales como el ascetismo, la modestia y la continencia sexual, lo que no implica que tales virtudes se practicaran de forma mayoritaria, por supuesto.

Según una teoría bastante aceptada en el campo de la evolución cultural, las religiones moralizantes, al promover la cooperación y la ayuda mutua, funcionarían como un elemento de cohesión social. Esa cohesión les proporcionaría una ventaja competitiva con las sociedades menos cooperativas, por lo que les habría favorecido en relación con otras.

Baumard, sin embargo, cree que la aparición de las religiones moralizantes y su éxito obedece a otras causas, que tienen que ver con una teoría que se ha desarrollado en el campo de la ecología evolutiva; me refiero a la teoría de los ciclos de vida. De acuerdo con esa teoría los organismos desarrollan ciclos de vida de diferentes características en función de las condiciones del medio en el que viven. Por simplificar podríamos denominar a unas estrategias rápidas, y a las otras, lentas. Cuanto más exigentes son las condiciones del entorno en el que se desenvuelven los individuos de una población (y por lo tanto, más alta es la tasa de mortalidad que sufren), y cuanto más imprevisible es la disponibilidad futura de recursos (alimenticios en el caso de los animales), los organismos tienden a desarrollar estrategias rápidas e imprudentes: crecimiento rápido, reproducción temprana, recursos destinados principalmente a la reproducción y vida corta. Recurriendo a esa estrategia es más probable que algunos de los descendientes tenga éxito, esto es, que encuentre las condiciones adecuadas para medrar. En caso contrario, la estrategia (lenta) consiste en primar la eficiencia, limitar mucho el número de descendientes y dedicarles mucho cuidado; bajo esas condiciones la vida suele prolongarse mucho más. La distinción entre estrategias rápidas y lentas se puede aplicar a las especies, pero también a las poblaciones. O sea, aunque hay especies que no presentan variabilidad en estos rasgos entre poblaciones, en otras especies puede haber importantes diferencias si tienen la suficiente capacidad como para habitar medios muy diferentes.

Al parecer esas estrategias tienen sus versiones en la especie humana. Cuando el futuro es incierto y el riesgo de mortalidad alto, las personas asumen más riesgos, se tienen más hijos y se tienen a edades más jóvenes. Lo contrario ocurre en las personas más acomodadas: las mujeres (o las parejas) posponen la edad de la maternidad y dedican mucho más esfuerzo a cuidar a los descendientes.

Baumard sostiene que en el oriente del Mediterráneo ocurrió algo de ese estilo hace unos 2.500 años. En ese periodo el consumo de energía per capita[1] subió de 15.000 cal/día, típico de las sociedades egipcia y sumeria, a más de 20.000. Y al mejorar las condiciones y hacerse más predecibles y las sociedades convertirse en más estables, adoptaron estrategias lentas. Y en ese contexto habría tenido sentido la vinculación de preceptos morales a los credos religiosos, puesto que esos preceptos actuaban a favor de las nuevas estrategias.

Ahora bien, según Baumard, habrían sido las élites las que adoptaron las estrategias lentas en primera instancia, porque las normas morales ayudaban a mantener un status que les resultaba beneficioso. De hecho, dado que la mayoría de la población se habría de mantener durante mucho tiempo en condiciones que propiciaban el mantenimiento de estrategias rápidas, la condena de los comportamientos “inmorales” propios de esas estrategias obedecería al interés de reprimir comportamientos potencialmente peligrosos para la estabilidad social y su propio estatus.

A mí, sin embargo, este aspecto de la cuestión no me acaba de convencer. No me parece mala idea vincular la existencia de una moral religiosa “conservadora” a la adopción por los grupos humanos de formas lentas de vida, pero no creo que eso sea consecuencia de la actitud interesada de las clases más acomodadas. De hecho, el cristianismo, una religión con muy alta componente moralizante, no surgió ni se extendió impulsada por los privilegiados, precisamente. Que acabase convirtiéndose en la religión oficial del imperio y la hiciesen suya los aristócratas es algo que ocurrió mucho después de su expansión inicial.

En resumidas cuentas, la asociación de preceptos morales a credos religiosos en contextos que propician estrategias lentas de vida puede ser una idea fecunda, de alto valor heurístico. Pero dudo que esa asociación, de haberse producido por esa razón, tuviese que ver con la actitud de las élites al respecto, sino con la del conjunto de la población. Estaría bien contrastar la hipótesis de Baumard con las religiones de otras sociedades distintas de las del Mediterráneo. Quizás eso nos ayudase a arrojar luz sobre una cuestión tan interesante.

[1] Se considera que el nivel de consumo de energía es un buen indicador del nivel de vida.

Responsable de nuestra salud con todas sus consecuencias

No soy partidario de que el estado intervenga en las vidas de la gente, aunque me consta que la mayoría es de la opinión contraria. Prefieren que sea el estado el que asuma algunas responsabilidades que, a mi juicio, deberían ser estrictamente personales. También soy consciente de que mi aversión a la intromisión del estado en asuntos de carácter personal entra, en ocasiones, en contradicción con mi aspiración a que todas las personas gocen de los mismos derechos y oportunidades.

Hay dos esferas en las que suelo encontrarme con más dificultades. Una es la de la educación. Sin una educación universal para todos no hay igualdad de oportunidades; esa es la única razón por la que estoy dispuesto a dar por buena la intervención del estado en esa materia, aunque estimo que debería ser mínima y, en la medida de lo posible, respetuosa con la autonomía de decisión personal y familiar.

La otra esfera es la de la salud. Hasta donde ello sea posible, el estado debería dejar en manos de los individuos las decisiones relativas a su salud. Pero no todas. Para empezar, hay asuntos en los que la salud se convierte en materia de seguridad. Así, de la misma forma que el estado no deja libertad para comprar armas, o para circular en coche como a uno le dé la real gana, o para viajar sin cinturón de seguridad, tampoco debería permitir que haya personas sin vacunar de enfermedades peligrosas. Y no me refiero a la potestad sobre el niño o la niña menores de edad, sino al hecho de que las vacunas tienen un efecto de inmunidad colectiva. Vacunar a “toda” (entiéndase “casi toda”) la población protege también a aquellas personas que, por una u otra razón no están vacunadas. Hay una componente social importante en ese fenómeno y eso es lo que saca la decisión de la esfera personal.

Por otro lado, el estado debería impedir la comisión de fraudes. Si ciertas prácticas consideradas fraudulentas están penalizadas por el hecho de serlo, han de estarlo todas, también aquellas orientadas pretendidamente a curar a la gente a cambio de una contraprestación económica. Sólo porque son fraudulentas.

Y si no hay contraprestación económica pero de su ejercicio o de su promoción pueden derivarse perjuicios para la salud pública, también esas prácticas deberían prohibirse. De la misma forma que se prohíbe conducir bajo los efectos de las drogas, por ejemplo.

Hay, al menos, una dificultad objetiva en todo esto, y es la de establecer el criterio que delimite lo aceptable de lo inaceptable. Pero para eso, como para la demarcación de lo punible y lo permisible en materia de tráfico, por ejemplo, está el estado. Es su competencia y estoy seguro de que siempre serían criterios discutibles y que serían discutidos. Pero que establecer esos límites sea difícil no quiere decir que deba renunciar a ello.

El estado se apropia de los recursos de la gente con el propósito (o la excusa), entre otros, de ofrecer seguridad y de cuidar de su salud. De lo contrario no estaría justificada la apropiación; sería un simple robo. Pues bien, en coherencia, debería velar también por nuestra seguridad y por nuestra salud penalizando las prácticas anticientíficas de cuyo uso pueden derivarse consecuencias perniciosas para una o para la otra.

Y sí, soy perfectamente consciente de que esta es una materia muy resbaladiza y en la que es fácil incurrir en contradicciones. Pero así es la vida, así son las decisiones políticas y administrativas y así es, en general, cualquier sistema de ideas o de normas: es muy difícil, por no decir imposible, que un sistema que aspire a integrar todo lo relevante en su ámbito puede ser totalmente coherente. Es imposible que esté libre de contradicciones.