Semillas en número innúmero

En primer lugar, no hay para nosotros ningún límite en todas las direcciones por doquier, y de uno y otro lado, por arriba y por abajo a través del universo, como demostré, y la propia realidad por sí misma lo proclama, y la naturaleza de lo inmenso se manifiesta clara. De ninguna manera ya hay que pensar que sea verosímil, dado que en todas direcciones hay infinito espacio vacío y que las semillas en número innúmero y en universo ilimitado revolotean de muchos modos agitadas por eterno movimiento, que solo este ciclo y orbe de tierras se haya creado, que nada hagan afuera aquellos cuerpos de materia tan numerosos; sobre todo porque a este mundo lo ha hecho la naturaleza, y las semillas mismas de las cosas por su propio impulso chocando casualmente, tras haberse reunido de muchas maneras, al azar, sin resultado y en vano, al fin se combinaron estas que congregadas de pronto pasarían a ser los principios por siempre de grandes realidades, de tierra, de mar y cielo y de la especie de los seres vivos.

Tito Lucrecio Caro (99 aec-55 aec), La naturaleza de las cosas.

Tuiter está lleno de expertos en fisiología y medicina deportiva

Esta historia empezó con la lectura de un artículo en la revista Physiology, de la Sociedad Americana de Fisiología (una buena revista científica). Se trata de una revisión firmada por Herman Pontzer, de Duke University, en Estados Unidos. El artículo se titula «Energy Constraint as a Novel Mechanism Linking Exercise and Health» (La limitación energética como un nuevo mecanismo que vincula el ejercicio y la salud). En él, además de lo que dice el título, Pontzer explica que el organismo se adapta al ejercicio físico y mantiene relativamente constante el gasto de energía diario total aunque se haga más actividad física. La consecuencia práctica es que el ejercicio ayuda poco a quienes quieren perder peso.

Me pareció interesante. Además, lo que cuenta se ajusta a mi experiencia personal y a la de otras personas que conozco. Así que, ni corto ni perezoso, me puse y escribí un artículo de divulgación que envié a The Conversation España. De acuerdo con los editores del medio, decidimos titular el artículo «El ejercicio ayuda poco a adelgazar: es más efectivo comer menos«.

Antes de seguir quiero aclarar que me utilicé a mí mismo como sujeto experimental al objeto de hilar una historia más personal que facilitase el acercamiento a los lectores. Quizás no debería haberlo hecho.

Tras su aparición en The Conversation, el artículo fue republicado por numerosos medios digitales, de manera que dos días después de su publicación ya tenía más de 80.000 lecturas.

Comento a continuación algunas reacciones al artículo.

Me gustaron las de Dani Álvarez y Pedro Ugarte. Ambos hicieron lecturas «filosóficas» de mi historia. Las comparto porque me hicieron gracia, pero fueron puro espejismo.

A partir de esos «filosóficos» comentarios amables, la mayoría de los que vinieron después fueron puro despropósito. Incluyo algunos a continuación.

Mr. Vecino remacha una de las ideas del artículo:

Me extrañó, así que le pregunté:

Como sospechaba:

Eso sí, le agradecí haber reconocido no haber leído el artículo; otros, que tampoco lo leyeron, afirmaron vehementemente haberlo hecho.

También hubo quienes debieron de leer otro artículo:

Otro me aconseja no prescindir de apoyo profesional:

Entonces me percaté de que el tema del artículo había dejado de ser la adaptación metabólica y había pasado a ser un servidor y sus conflictos con la báscula y la bici estática.

Pero las respuestas verdaderamente surrealistas llegaron cuando el artículo lo republicó eldiario.es

El remate (por ahora) ha sido este despropósito:

Veremos qué nos deparan las próximas horas.

Además de estas reacciones, he recibido mensajes por correo electrónico en los que, además de indagar acerca de mis circunstancias fisiológico-deportivas, me ofrecen consejos para adelgazar. Y hasta se ha recibido una llamada en el despacho de un lector bienintencionado. A la sazón, me encontraba de viaje en Madrid.

Toda esta secuencia me ha llevado a algunas conclusiones:

(1) Mucha gente que opina, lo hace sin leer. Ya lo sabía; pero constatarlo enternece.

(2) O, si lee, se queda solo con los aspectos que contradicen nociones firmemente arraigadas. La indignación que les produce hace que sus sistemas cognitivos omitan (borren) todo lo demás.

(3) Prescinden completamente de los enlaces a los medios originales sobre los que se sustentan los argumentos del artículo (quizás no sepan inglés, pero tampoco creo que eso importe). Creen estar leyendo meras opiniones.

(4) En tuiter hay más fisiólogos y médicos deportivos de lo que me imaginaba. Eso sí: no han pasado por las aulas ni tienen título oficial.

Y (5) el ejercicio físico y toda la parafernalia y verborrea que lo adorna es como una enfermedad. Se ponen como si hablásemos de política.

Y Deborah aporta una sexta conclusión:

Entimema

Entimema, del griego eνθύμημα o enthumēma [en + thumos (mente)- “que ya reside en la mente”, es como se denomina a un silogismo en el que se ha suprimido una de las premisas o la conclusión, al darse por obvias o considerarse implícitas en el enunciado. Es decir, la premisa o conclusión ya reside en la mente del auditorio (de ahí su etimología), por lo que no es necesario que sea enunciada. También recibe el nombre de silogismo truncado.

Pero al contrario que el silogismo completo, no es un recurso lógico, sino retórico. Esa diferencia es muy importante. Al omitir una de las premisas o la conclusión, se priva a la audiencia de uno de los elementos necesarios para hacerse un juicio cabal de lo que se afirma. Y no es casual, de hecho, que se preste a equívocos, malinterpretaciones o, directamente, trampas o falacias lógicas.

Muchas veces se recurre al entimema con esos propósitos. Por eso hay que estar en guardia frente a ese tipo de fórmulas. «Blanco y en botella…. »  es un entimema inocuo, pero los hay que no lo son tanto. Y el problema es que una vez enunciado, es muy difícil argumentar en sentido contrario, puesto que en la audiencia se ha instalado ya una falacia interesada.

La historia del aldeano y la vaca ejemplifica visualmente el falso entimema. El aldeano quiere ordeñar la vaca pero ésta le incordia con el rabo. Cuando, subido en una tajuela, intenta atárselo con su cinturón sujetándolo desde atrás, se le caen los pantalones. Y en ese momento asoma el vecino por la puerta de la cuadra. Ante su cara de estupefacción, el aldeano le dice: “Es lo que estás pensando, porque si te digo la verdad no te la vas a creer”.

Fuente: Creo recordar que mi primera noticia acerca de la existencia de esta figura retórica la recibí de Rafeal Castellano, en su «Erotismo vasco», en el que contaba la anécdota del aldeano y la vaca para ilustrar un falso entimema; no obstante, no sé si esa anécdota es vasca porque he visto referencias en funtes latinoamericanas.

El origen de las religiones moralizantes

Según el psicólogo Nicolas Baumard, hace algo más de 2000 años surgieron en el mundo una serie de religiones que incorporaron en sus doctrinas normas morales. El cristianismo sería una de ellas.

Antes de ese periodo, el culto a los dioses no estaba vinculado con el cumplimiento de una serie de preceptos éticos. Las normas de comportamiento no tenían sustento religioso. Las religiones tenían más que ver con la celebración de ritos y de ofrendas a las divinidades con el propósito de que estas fuesen propicias a los deseos humanos. En Grecia, por ejemplo, aunque existían normas de carácter moral, tenían poco que ver con el culto a los dioses. Y los dioses, por su parte, no eran precisamente dechado de virtudes.

Lógicamente, la vinculación entre moral y creencias religiosas no se produjo de la noche a la mañana. Aunque en el mundo de los héroes homéricos (siglo VIII a.e.c.), tal relación no existía, ya en el siglo V a.e.c. los griegos empezaron a creer que en el Hades los muertos serían juzgados en función de cómo se hubiesen portado en vida. Por esa misma época la religión judaica empezó a incorporar creencias acerca del castigo en la otra vida. Fue por entonces -siempre según Baumard- cuando la fidelidad en las relaciones de pareja empezó a ser considerada un bien moral, además de otras virtudes. En la civilización romana, por ejemplo, ya se empiezan a valorar virtudes tales como el ascetismo, la modestia y la continencia sexual, lo que no implica que tales virtudes se practicaran de forma mayoritaria, por supuesto.

Según una teoría bastante aceptada en el campo de la evolución cultural, las religiones moralizantes, al promover la cooperación y la ayuda mutua, funcionarían como un elemento de cohesión social. Esa cohesión les proporcionaría una ventaja competitiva con las sociedades menos cooperativas, por lo que les habría favorecido en relación con otras.

Baumard, sin embargo, cree que la aparición de las religiones moralizantes y su éxito obedece a otras causas, que tienen que ver con una teoría que se ha desarrollado en el campo de la ecología evolutiva; me refiero a la teoría de los ciclos de vida. De acuerdo con esa teoría los organismos desarrollan ciclos de vida de diferentes características en función de las condiciones del medio en el que viven. Por simplificar podríamos denominar a unas estrategias rápidas, y a las otras, lentas. Cuanto más exigentes son las condiciones del entorno en el que se desenvuelven los individuos de una población (y por lo tanto, más alta es la tasa de mortalidad que sufren), y cuanto más imprevisible es la disponibilidad futura de recursos (alimenticios en el caso de los animales), los organismos tienden a desarrollar estrategias rápidas e imprudentes: crecimiento rápido, reproducción temprana, recursos destinados principalmente a la reproducción y vida corta. Recurriendo a esa estrategia es más probable que algunos de los descendientes tenga éxito, esto es, que encuentre las condiciones adecuadas para medrar. En caso contrario, la estrategia (lenta) consiste en primar la eficiencia, limitar mucho el número de descendientes y dedicarles mucho cuidado; bajo esas condiciones la vida suele prolongarse mucho más. La distinción entre estrategias rápidas y lentas se puede aplicar a las especies, pero también a las poblaciones. O sea, aunque hay especies que no presentan variabilidad en estos rasgos entre poblaciones, en otras especies puede haber importantes diferencias si tienen la suficiente capacidad como para habitar medios muy diferentes.

Al parecer esas estrategias tienen sus versiones en la especie humana. Cuando el futuro es incierto y el riesgo de mortalidad alto, las personas asumen más riesgos, se tienen más hijos y se tienen a edades más jóvenes. Lo contrario ocurre en las personas más acomodadas: las mujeres (o las parejas) posponen la edad de la maternidad y dedican mucho más esfuerzo a cuidar a los descendientes.

Baumard sostiene que en el oriente del Mediterráneo ocurrió algo de ese estilo hace unos 2.500 años. En ese periodo el consumo de energía per capita[1] subió de 15.000 cal/día, típico de las sociedades egipcia y sumeria, a más de 20.000. Y al mejorar las condiciones y hacerse más predecibles y las sociedades convertirse en más estables, adoptaron estrategias lentas. Y en ese contexto habría tenido sentido la vinculación de preceptos morales a los credos religiosos, puesto que esos preceptos actuaban a favor de las nuevas estrategias.

Ahora bien, según Baumard, habrían sido las élites las que adoptaron las estrategias lentas en primera instancia, porque las normas morales ayudaban a mantener un status que les resultaba beneficioso. De hecho, dado que la mayoría de la población se habría de mantener durante mucho tiempo en condiciones que propiciaban el mantenimiento de estrategias rápidas, la condena de los comportamientos “inmorales” propios de esas estrategias obedecería al interés de reprimir comportamientos potencialmente peligrosos para la estabilidad social y su propio estatus.

A mí, sin embargo, este aspecto de la cuestión no me acaba de convencer. No me parece mala idea vincular la existencia de una moral religiosa “conservadora” a la adopción por los grupos humanos de formas lentas de vida, pero no creo que eso sea consecuencia de la actitud interesada de las clases más acomodadas. De hecho, el cristianismo, una religión con muy alta componente moralizante, no surgió ni se extendió impulsada por los privilegiados, precisamente. Que acabase convirtiéndose en la religión oficial del imperio y la hiciesen suya los aristócratas es algo que ocurrió mucho después de su expansión inicial.

En resumidas cuentas, la asociación de preceptos morales a credos religiosos en contextos que propician estrategias lentas de vida puede ser una idea fecunda, de alto valor heurístico. Pero dudo que esa asociación, de haberse producido por esa razón, tuviese que ver con la actitud de las élites al respecto, sino con la del conjunto de la población. Estaría bien contrastar la hipótesis de Baumard con las religiones de otras sociedades distintas de las del Mediterráneo. Quizás eso nos ayudase a arrojar luz sobre una cuestión tan interesante.

[1] Se considera que el nivel de consumo de energía es un buen indicador del nivel de vida.

Responsable de nuestra salud con todas sus consecuencias

No soy partidario de que el estado intervenga en las vidas de la gente, aunque me consta que la mayoría es de la opinión contraria. Prefieren que sea el estado el que asuma algunas responsabilidades que, a mi juicio, deberían ser estrictamente personales. También soy consciente de que mi aversión a la intromisión del estado en asuntos de carácter personal entra, en ocasiones, en contradicción con mi aspiración a que todas las personas gocen de los mismos derechos y oportunidades.

Hay dos esferas en las que suelo encontrarme con más dificultades. Una es la de la educación. Sin una educación universal para todos no hay igualdad de oportunidades; esa es la única razón por la que estoy dispuesto a dar por buena la intervención del estado en esa materia, aunque estimo que debería ser mínima y, en la medida de lo posible, respetuosa con la autonomía de decisión personal y familiar.

La otra esfera es la de la salud. Hasta donde ello sea posible, el estado debería dejar en manos de los individuos las decisiones relativas a su salud. Pero no todas. Para empezar, hay asuntos en los que la salud se convierte en materia de seguridad. Así, de la misma forma que el estado no deja libertad para comprar armas, o para circular en coche como a uno le dé la real gana, o para viajar sin cinturón de seguridad, tampoco debería permitir que haya personas sin vacunar de enfermedades peligrosas. Y no me refiero a la potestad sobre el niño o la niña menores de edad, sino al hecho de que las vacunas tienen un efecto de inmunidad colectiva. Vacunar a “toda” (entiéndase “casi toda”) la población protege también a aquellas personas que, por una u otra razón no están vacunadas. Hay una componente social importante en ese fenómeno y eso es lo que saca la decisión de la esfera personal.

Por otro lado, el estado debería impedir la comisión de fraudes. Si ciertas prácticas consideradas fraudulentas están penalizadas por el hecho de serlo, han de estarlo todas, también aquellas orientadas pretendidamente a curar a la gente a cambio de una contraprestación económica. Sólo porque son fraudulentas.

Y si no hay contraprestación económica pero de su ejercicio o de su promoción pueden derivarse perjuicios para la salud pública, también esas prácticas deberían prohibirse. De la misma forma que se prohíbe conducir bajo los efectos de las drogas, por ejemplo.

Hay, al menos, una dificultad objetiva en todo esto, y es la de establecer el criterio que delimite lo aceptable de lo inaceptable. Pero para eso, como para la demarcación de lo punible y lo permisible en materia de tráfico, por ejemplo, está el estado. Es su competencia y estoy seguro de que siempre serían criterios discutibles y que serían discutidos. Pero que establecer esos límites sea difícil no quiere decir que deba renunciar a ello.

El estado se apropia de los recursos de la gente con el propósito (o la excusa), entre otros, de ofrecer seguridad y de cuidar de su salud. De lo contrario no estaría justificada la apropiación; sería un simple robo. Pues bien, en coherencia, debería velar también por nuestra seguridad y por nuestra salud penalizando las prácticas anticientíficas de cuyo uso pueden derivarse consecuencias perniciosas para una o para la otra.

Y sí, soy perfectamente consciente de que esta es una materia muy resbaladiza y en la que es fácil incurrir en contradicciones. Pero así es la vida, así son las decisiones políticas y administrativas y así es, en general, cualquier sistema de ideas o de normas: es muy difícil, por no decir imposible, que un sistema que aspire a integrar todo lo relevante en su ámbito puede ser totalmente coherente. Es imposible que esté libre de contradicciones.