¿Vivimos mejor o peor que antes?

¿Vivíamos mejor antes que ahora? ¿O es al revés? Quizás se viva ahora mejor que antes. ¿Pero cuándo fue antes? ¿Hace dos años, justo antes de la pandemia? ¿Hace dos décadas? ¿Hace cuarenta años, cuando era estudiante universitario? ¿O hace 250 años, al calor de la Ilustración? Cada vez que oigo a alguien próximo que las cosas van a peor le suelo preguntar cuándo estuvieron bien.

Como quería tener una perspectiva algo más amplia, hace unos días hice una encuesta en tuiter. Mejor dicho, hice dos. En la primera pregunté acerca de diferentes periodos históricos: hace 25 000 (Pleistoceno Superior), 2 500 (Antigüedad Clásica), 250 (Ilustración) y 25 años (Contemporáneo). Los resultados fueron estos:

La inmensa mayoría de la gente prefiere vivir en la actualidad, aunque un 8 % de quienes respondieron se inclinaron por la vida en el Pleistoceno Superior. Es muy probable que en el Paleolítico no fuera determinante el lugar o familia en que se naciese. Y, por otro lado, para quienes superasen una edad de 5 o 10 años, la esperanza de vida no era baja, y mayor a la de casi cualquier momento histórico hasta mediados del siglo pasado. Por lo tanto, la perspectiva de vivir en una sociedad muy igualitaria y en unas condiciones no demasiado severas resulta, para ese 8 %, más atractiva que hacerlo en periodos posteriores, en los que la fortuna podía deparar condiciones de vida verdaderamente malas.

La segunda encuesta la circunscribí a tiempos mucho más próximos, casi estrictamente contemporáneos. Los resultados fueron estos:

Cuatro de cada diez creen que hace 20 años era un mejor momento para vivir que ahora. Y las preferencias por el momento presente o hace 40 años resultaron ser prácticamente iguales.

Cuando hice estas encuestas tuve un olvido: tenía que haber hecho explícito a quien respondiese que tampoco se sabría el sexo con el que nacería o cuál sería su orientación sexual, pero se me pasó. Esto no es en absoluto trivial, porque en estos aspectos la vida está cambiando muy rápidamente. Las condiciones no eran en enero de 2020 las mismas que en enero de 2000 o de 1980. Pero vayamos, siendo conscientes de esa limitación, a interpretar los resultados.

No es fácil atribuir un significado claro a la preferencia por haber vivido hace 20 años con relación al tiempo presente. Se me ocurren tres hipótesis.

Es probable que la mayoría de mis seguidores activos en tuiter sean más jóvenes que yo; estimo que rondan la cincuentena, un momento de la vida en que se suele alcanzar el estado anímico vital más bajo. Los años sesenta no los llegaron a conocer y no es extraño que añoren su veintena o treintena. Así pues, quizás algunas personas se hayan inclinado por el año 2000 por tener un recuerdo relativamente bueno de los años de cambio siglo. Esta es la primera hipótesis.

Por lo que algunas personas me han comentado después, unas cuantas respuestas pudieron estar condicionadas por la pandemia, aunque mi voluntad, al fijar la fecha más reciente en enero de 2020, era eliminar el efecto de la Covid19, porque no me interesaba que se produjera esta interferencia. El caso es que ha habido quienes han manifestado preferir el 2000 porque en enero de 2020 la pandemia estaba al caer o ya la teníamos encima, aunque no lo supiésemos. Esta era la segunda hipótesis.

No obstante, y sin descartar que no pocas respuestas estuviesen condicionadas por esos dos factores, creo que la mayoría de quienes respondieron piensan que, efectivamente, los últimos 20 han sido años de declive, en algún sentido. Razones, desde luego, no faltan para pensarlo. Se me ocurren, sin ánimo de ser exhaustivo, los siguientes factores: (1) el mundo se ha hecho un lugar más antipático, por decirlo de un modo suave, tras los atentados de las torres gemelas de Nueva York y la posterior “guerra contra el terror”, (2) la crisis económica que empezó en 2008 y cuyos efectos se han prolongado durante casi una década, (3) la reciente emergencia de populismos y extremismos peligrosos, quizás como consecuencia de la crisis económica (4) el Brexit y la puesta en cuestión del ideal europeo, y (5) el enrarecimiento del clima político español, con su polarización creciente y un cainismo rampante.

El pasado mes de mayo tuvo mucha repercusión una intervención de la periodista Ana Iris Simón ante el presidente Sánchez y otras personalidades en la Moncloa. Iris Simón empezó diciendo que envidia la vida de sus padres a su edad (28 años); con una hija y otra criatura en camino, tenían confianza en el futuro. Dijo que ahora el paro de los jóvenes es muy alto, sus sueldos muy bajos, y sufren, además, una precariedad muy grande. No envidia a sus padres porque sus condiciones de vida fuesen mejores, sino porque la de ellos era una época de esperanza, en la que las expectativas eran mejores que las actuales para la gente joven. Sus padres vivían peor, sí, pero tenían fundada esperanza en que las cosas irían a mejor. Ese elemento, el de la falta de expectativas, era el que inducía a la periodista a tener una visión negativa del momento presente.

Soy de la generación de los padres de Ana Iris Simón. Nuestro hijo mayor tiene 30 años y la pequeña 26. Y aunque nuestras expectativas no eran nada halagüeñas cuando estábamos en la universidad (entre el 77 y el 82), lo cierto es que sí mejoraron mucho durante los ochenta y comienzos de los 90. A pesar de las crisis (del 86 y el 93, con tasas de paro altísimas, sobre todo para nuestra generación), todo el país había mejorado mucho hacia el fin de siglo.

El 30 de mayo, Enric González, un columnista del que tengo muy buena opinión, publicó, con el título “La gran estafa”, una columna sobre las pullas que Iris había lanzado a la clase política en la persona del presidente Sánchez. González sostiene que, aunque en España y en el mundo se vive mejor que antes, las cosas para la gente joven se han puesto mucho peor. Y basa su interpretación en que “hemos asistido a un formidable desplazamiento de la renta en favor de las personas de edad más avanzada.” Ofrece el siguiente dato: “El gasto español en pensiones era de unos 59000 millones de euros en 2000. Ahora el gasto ronda los 145.000 millones, sin que el crecimiento económico haya compensado ni de lejos este aumento. En conjunto, el coste de las pensiones se acerca al 40% del presupuesto.”

Mientras tanto, el 55% de los menores de 30 años y el 25 % de los que tienen entre 30 y 34 años siguen viviendo con sus padres, porque la precariedad laboral y los precios de la vivienda les impiden irse de casa y organizar su vida. La gran mayoría (700.000) de los 900.000 empleos perdidos durante la pandemia eran precarios, la mayor parte de menores de 35 años.

La natalidad española es bajísima. Que la natalidad en los países con buen nivel de vida sea baja es normal. Que sea tan baja como la nuestra, quizás no lo es tanto. Seguramente obedece a más de una causa, pero los factores citados por Ana Iris Simón y por Enric González y, en general, la falta de expectativas laborales más o menos claras para la gente joven seguro que no ayudan. Como consecuencia, la edad media de la población no deja de aumentar.

Dice González que urge un pacto intergeneracional para poder ofrecer a los jóvenes la posibilidad de desarrollar sus propios proyectos vitales. Y concluye: “Llevamos décadas estafando a una parte de la sociedad. Con alevosía, hasta ahora. No nos extrañemos el día en que los enfadados decidan defenderse.”

No sé si puede decir de esa forma. No sé si cabe hablar de estafa. Pero los jóvenes tienen ante sí un futuro muy incierto en España. No lo es tanto en otros países de nuestro entorno, y eso es algo que deberíamos tener en cuenta al valorar nuestra situación. Las instituciones políticas ya no pueden garantizar a nadie un medio de vida; para mí eso está claro. Pero deberían, al menos, generar las condiciones para que todos disfruten de oportunidades. Esa debería ser la sustancia del pacto al que alude González.

En España hay muchos pensionistas, y son ya una fuerza política importante. Dentro de unos pocos años seremos muchos más aún, porque los que nacimos a partir de 1960 -cuando empezó el boom de nacimientos del «desarrollismo«- empezaremos a jubilarnos de forma masiva en los próximos dos o tres años. La fuerza política de los mayores será mayor aún.

El problema es que no veo en España una clase política con la claridad de ideas necesaria y, sobre todo, con la voluntad para sacar adelante un pacto así. Ni, lo que es peor, tampoco veo una ciudadanía dispuesta a hacer el sacrificio necesario para revertir el desplazamiento de rentas que denuncia González.

El futuro, no obstante, no está escrito. A menudo suelo recordar estas palabras:

El futuro está abierto. No está predeterminado y no se puede predecir, salvo accidentalmente. Las posibilidades que encierra el futuro son infinitas. Cuando digo ‘tenéis el deber de seguir siendo optimistas’, no sólo incluyo en ello la naturaleza abierta del futuro, sino también aquello con lo que todos nosotros contribuimos a él con todo lo que hacemos: todos somos responsables de lo que el futuro nos depare. Por tanto, nuestro deber no es profetizar el mal, sino más bien luchar por un mundo mejor.

Karl Popper (1994): “Introducción”, El mito del marco común.

No sé si tenemos el deber de seguir siendo optimistas o no, pero debemos ser conscientes de que, si bien cualquiera tiempo pasado no fue mejor, tampoco tiene por qué serlo cualquiera por venir. Dependerá, en gran medida, de lo que hagamos todos y cada uno de nosotros.


Nota: He tenido que rehacer la anotación para sustituir los enlaces de tuiter por capturas de pantalla de las encuestas. La razón es que los enlaces no reproducían los tuits, sino las url, de manera que hacían la lectura más difícil.

Sobre el progreso moral

Como propuse aquí hace unos días, la maldad y la bondad son cualidades relativas. No hay un baremo absoluto de maldad o bondad independiente de la referencia que suponen los demás. Son categorías morales, y la moral es de naturaleza social. La moral está al servicio del grupo. En todos los grupos humanos se produce una tensión entre las tendencias egoístas, que buscan el beneficio propio, y las altruistas o prosociales, que propician un funcionamiento social armónico.  

Los estándares morales varían entre culturas y periodos históricos. Hay actos que hoy consideramos neutros y que hace tan solo unas décadas eran moralmente reprobables. Pero que haya variaciones de origen cultural en las intuiciones morales no quiere decir que estas carezcan de bases objetivas. Jonathan Haidt, por ejemplo, sostiene -en The Righteous Mind, en especial- que las fuentes de moralidad son innatas y universales, porque tienen valor adaptativo. Las diferencias entre individuos, culturas y épocas obedecerían, por tanto, a la importancia relativa que cada una de esas fuentes tiene en función de las circunstancias o, incluso, del carácter de cada individuo.

¿Hay cambios a lo largo de la historia en los principios morales? ¿Es posible el progreso moral? ¿Puede, incluso, cambiar con el tiempo la calidad moral de la gente?

Si nos remontamos lo suficientemente atrás en la historia humana, parece bastante claro que ha habido cambios profundos, cambios que cursaron a lo largo de generaciones. Durante el Pleistoceno y comienzos del Holoceno, cuando el sedentarismo no había dado lugar a la creación de estados con una fuerte estratificación social, los grupos habrían sido eminentemente igualitarios, de forma similar a como lo son los pocos grupos humanos actuales que viven de la caza y la recolección.

Sin embargo, la aparición de los primeros estados, ligados a la agricultura de cereales y la ganadería acompañante, tuvo como consecuencia, según autores como Jared Diamond (en Guns, Germs and Steel y The World Until Yesterday) o James C. Scott (en Against the Grain), una transformación radical en la forma en que se organizaban los grupos y ocasionó, además, un empeoramiento severo de las condiciones de vida y la salud de la gente. Una parte importante del trabajo pasó a ser realizado por el grupo de personas más numeroso y de inferior condición, esclavos en muchos casos. Como consecuencia, surgieron grandes diferencias entre unas personas y otras en todos los órdenes de la vida.

Según Karen Armstrong (en A History of God), la reacción frente ese estado de cosas llegó en diferentes etapas a lo largo del primer milenio a.e.c., durante la denominada Era Axial, cuando las grandes figuras espirituales de Oriente y los profetas bíblicos empiezan a promover la compasión por los desamparados. El que todas las personas fuesen dignas de compasión habría sido la semilla de la que germinaría la noción, formulada de modo explícito en el Nuevo Testamento, de la igualdad esencial de todos los seres humanos.

Hubo que esperar a la Ilustración para que se dotase a ese principio de significado político. A partir de entonces, a todos los seres humanos se les empieza a considerar sujetos de iguales derechos y así ha venido siendo reconocido en la legislación de un número creciente de estados. Ese estatus ha tenido consecuencias nítidas sobre la vida de la gente.

Desde una perspectiva diferente, otros autores han defendido la idea de que las sociedades humanas, al menos desde la Ilustración, progresan en varias dimensiones, incluida la moral. Michael Shermer (en The Moral Arc) argumenta que el comercio y la alfabetización que ocurrieron en paralelo a la Revolución Industrial generaron un efecto Flynn moral. Añade que el progreso de la democracia en el mundo, combinado con la extensión de los derechos humanos y las libertades civiles ha conducido al mayor grado de florecimiento humano de la historia. Shermer, no obstante, no descarta que no pueda tener vuelta atrás.

El psicólogo Paul Bloom también atribuye al progreso intelectual un efecto positivo sobre la moral. En Just Babies: The Origins of Good and Evil, propone la existencia de dos fuentes básicas de moralidad. Afirma, por un lado, que los bebés son animales morales, dotados por naturaleza de empatía y compasión, capacidad para juzgar la acción de otros e, incluso, una comprensión rudimentaria de la justicia y la ecuanimidad. Y por el otro, sostiene que una segunda parte de nuestra moralidad surge en el curso de la historia humana y del desarrollo individual. Es el producto de la compasión, la imaginación y la capacidad para razonar. Por lo tanto, atribuye a la historia humana y la personal un papel en la mejora moral gracias, entre otras cosas, a la razón.

En su alegato en contra de la empatía, Against Empathy: The Case for Rational Compassion, Bloom abunda en lo anterior. Afirma que la inteligencia no solo está relacionada con el éxito, sino que también lo está con el buen comportamiento, quizás porque las personas más inteligentes tienden a ser más cooperativas, probablemente porque la inteligencia ayuda a valorar los beneficios de la coordinación a largo plazo y a considerar el punto de vista de los demás. Dice que, aunque la razón y la racionalidad no son suficientes para ser una persona capaz y buena, cuanta más razón y racionalidad, mejor persona se tiende a ser.

Más compleja, y quizás más interesante, es la propuesta de Joseph Heinrich y colaboradores. Según ellos, ciertas normas dictadas por la Iglesia Católica a partir del siglo VI para evitar el incesto generaron las condiciones que han propiciado una prosocialidad que tiene al individuo, y no al clan, como destinatario. Como consecuencia de esas normas, en las sociedades occidentales se difuminó la estructura social basada en los vínculos de parentesco, por lo que la gente tiende a ser más individualista, independiente y prosocial de una forma impersonal, a la vez que muestra menor conformidad y lealtad para con el grupo al que pertenecen. Lo importante, a los efectos que aquí nos interesan, es que esa prosocialidad impersonal ha conllevado unas normas morales centradas en el individuo y su dignidad, y menos orientadas a preservar la lealtad y cohesión del clan familiar. Esa diferencia estaría en la base de la distinción entre las llamadas culturas de la dignidad, centradas en el individuo, y culturas del honor, centradas en el clan.

Pero no todos los autores comparten esos puntos de vista. Según el filósofo británico John N. Gray (si mal no recuerdo, en Straw Dogs: Thoughts on Humans and Other Animals y The Silence of Animals: On Progress and Other Modern Myths), el humanismo -la corriente de pensamiento dominante desde la Ilustración- se basa en el meliorismo, una creencia utópica según la cual los seres humanos no estamos limitados por nuestra naturaleza biológica, sino que estamos convencidos de que los avances en ética y política son acumulativos, y que pueden alterar y mejorar la condición humana, de la misma forma en que los avances en ciencia y tecnología han mejorado las condiciones de vida. Gray sostiene, por el contrario, que la historia no es progresiva sino cíclica y que la naturaleza humana constituye un obstáculo al progreso ético y político.

Tengo sensaciones encontradas en relación con esta disyuntiva. Durante gran parte de mi vida he sido un firme defensor de la idea del progreso, del meliorismo, de hecho. Pero leyendo a Gray no puedo evitar que me venga a la cabeza el caso, por ejemplo, de la antigua Yugoslavia, un país que había alcanzado un notable nivel de progreso pero que se precipitó en unas pocas semanas en una serie de guerras a finales del siglo XX que mostraron la peor versión de nuestra especie. Y si repasásemos la hemeroteca reciente, encontraríamos no pocos episodios en los que ciudadanos occidentales de diversas extracciones sociales y profesiones adoptan comportamientos morales que juzgaríamos absolutamente impropios del siglo XXI. Da la impresión de que la civilidad y ética que parecen adornar a nuestras sociedades no son sino un barniz que salta descascarillado en cuanto algún conflicto a causa de factores económicos o identitarios no encuentran el cauce debido para su gestión y eventual resolución.

Al fin, también es cierto que, si dirigimos la mirada al pasado, tengo muy claro que no preferiría haber vivido en ningún momento anterior en la historia de la humanidad.

El complejo de Medea

Tras publicar ayer mi conjetura sobre la maldad, tuve dos respuestas críticas en twitter con algunos aspectos del texto. Yo había escrito esto: “En España, en los últimos 8 años han sido asesinados 39 hijos o hijas por parte de padres (y alguna madre) que han querido de esa forma causar un dolor insoportable a quien fuera su pareja.” Los dos lectores coincidieron en criticar la referencia a las madres, porque pensaban que esa forma de expresarlo no reflejaba la realidad. Pensaban que el número de mujeres que habían asesinado a sus hijos para hacer daño a su pareja podía, de hecho, ser lo suficientemente alto como para merecer un tratamiento más equilibrado en la expresión. Ambos pensaban que al decir “alguna madre” se daba a entender que se trataba de excepciones.

Efectivamente, eso es lo que yo pensaba, que se trataba de un comportamiento sobre todo masculino, y que en las mujeres era excepcional. Había llegado a esa conclusión tras hacer un repaso por noticias de prensa y hallar un único caso de mujer homicida, mientras que había encontrado seis o siete homicidios cometidos por hombres.

Uno de los lectores críticos con mi artículo de ayer me proporcionó una referencia reciente. Se trata de una publicación de febrero de este mismo año en la que se ofrecen los datos del estudio de 62 casos procedentes de 9 países, de los que se dispone de suficiente información. Más adelante haré una síntesis de ese estudio, pero déjenme, primero, poner el fenómeno en su contexto.

Los filicidios -así se llaman en la literatura especializada los homicidios de hijos o hijas- representan porcentajes pequeños del total de homicidios, aunque cualquier porcentaje ya nos parezca altísimo, dado el tipo de crimen que es. En los Estados Unidos son un 2,5%, mientras que en Australia representan un 7%. No creo que los padres australianos sean más crueles, sino que en los Estados Unidos se producen muchos más homicidios de otra índole y de ahí los diferentes porcentajes. En todos esos casos hombres y mujeres cometen filicidios en proporciones similares, según las referencias enlazadas.

De los once motivos de filicidio identificados, uno era el cometido por venganza del padre o la madre del hijo asesinado. Se trata, en todo caso, de un motivo muy infrecuente; dependiendo del país, representa un 4% (EEUU) o un 9% (Australia). El motivo es infrecuente, pero lo cierto es que cualquier frecuencia me parece altísima.

En la investigación publicada el pasado mes de febrero, como antes he dicho, se analizaron en detalle 62 casos procedentes de 9 países. Y la documentación analizada consistió en registros psiquiátricos y judiciales. Del total de los casos, 33 homicidas (53%) fueron hombres y 29, mujeres (47%). Por lo tanto, y dado que no creo que en este aspecto España sea sustancialmente diferente de los países incluidos en el estudio citado, yo estaba equivocado, porque el número de hombres y mujeres que cometen filicidio por venganza es similar. Sospecho que no soy el único.

En mi descargo debo aclarar que los 39 casos a que hice referencia en mi escrito de ayer son los que recogen las estadísticas de violencia contra las mujeres, por lo que corresponden a homicidios cometidos por padres para hacer daño a la madre. No son un censo del total de casos en los que padres y madres han acabado con la vida de sus hijos para hacer daño al otro miembro de la pareja. Desconocía que se trataba de una estadística que no recoge los casos en los que la homicida es la madre, porque esos casos, sencillamente, no se recogen o, hasta donde alcanzan mis averiguaciones, no se publican. Mis dos lectores críticos tenían razón.

No solo estaba equivocado en ese aspecto de la cuestión, porque sin desestimar como causa del filicidio la maldad, entendida esta en los términos en que la expresé en la anotación anterior (como la manifestación extrema de comportamientos malvados que en sus formas moderadas son normales), del orden de la mitad o algo más de los homicidas sufrían algún desorden mental.

De todos los casos analizados en el estudio publicado en febrero, en diez alegaron los defensores trastorno o enfermedad mental (aunque solo en uno se rebajó la pena por responsabilidad disminuida). Sin embargo, a 35 filicidas (56%) se les diagnosticó un desorden mental de algún tipo. Los más comunes lo fueron de personalidad (21 casos), pero también se diagnosticó depresión a 13 filicidas, y desorden por consumo de estupefacientes a 6. Además, 22 tenían historial por violencia física hacia su pareja, 18 hombres y 4 mujeres.

En los textos especializados, a esa forma de homicidio se la denomina filicidio en venganza, lo que aquí se ha venido en llamar homicidio vicario o violencia vicaria. Y se han identificado cuatro motivos principales que impulsan a los homicidas: rechazo (de la pareja), disputa sobre la custodia o régimen de visitas, infidelidad o celos, y discusiones y peleas. Tras cometer el crimen, 39 (un 63%) intentaron quitarse la vida, y 20 (un 32%) lo consiguieron. No hay apenas diferencias entre hombres y mujeres en esto.

Resumo: los filicidios en venganza los cometen en proporciones similares hombres y mujeres, y alrededor de la mitad de los perpetradores sufren algún trastorno mental, aunque no sea considerado atenuante en los tribunales. ¿Cómo diferenciar la maldad del trastorno? ¿Dónde termina una manifestación extrema, por criminal, de comportamientos inmorales y empieza el trastorno? Supongo que la respuesta está en el conocimiento acumulado por psicólogos y psiquiatras. Yo la desconozco.

Estas tragedias no son de ahora. A lo largo de la historia han quedado recogidos casos de filicidio. Es más, en la mitología hay frecuentes alusiones a la venganza como motivo de filicidio, hasta el punto de que a esta forma de homicidio se la ha denominado “complejo de Medea” (por la tragedia de Eurípides). Medea asesinó a dos de sus hijos para vengarse de su esposo, Jasón, por querer abandonarla para casarse con Glauce, la hija del rey Creonte.

Los griegos, siempre los griegos.

La maldad

El viernes pasado llevaba puesta la radio mientras conducía de San Sebastián a Leioa. En el informativo del mediodía el periodista, Dani Álvarez, preguntó al psiquiatra forense del caso Bretón, acerca del trastorno o psicopatía de quien, muy probablemente, ha asesinado a sus dos hijas en Tenerife para causar a la madre el mayor daño posible. La respuesta del psquiatra fue contundente: ni psicopatía ni trastorno, ni nada de nada. Pura y simple maldad.

Ante crímenes como los de esas dos niñas, queremos que nos digan que quienes cometen esas atrocidades son personas con mentes patológicas, averiadas, porque no soportamos la idea de que se trate de tipos normales. Pero resulta que no son enfermos. Son malvados.

La bondad y la maldad son categorías morales, y la moral es de naturaleza social. Se refiere a la calidad del comportamiento de una persona en su relación con las demás. Simplificando mucho, la calidad es buena si de ese comportamiento se deriva un beneficio, y es mala si se deriva un perjuicio. Un individuo que viviese aislado en Marte no podría ser calificado de malvado o de bondadoso, porque no tendría ocasión de comportarse de ninguna forma en relación con otros.

El tipo que, según todos los indicios, ha asesinado a sus hijas en Tenerife para hacer daño a su mujer es un malvado. Eso es lo que dijo el forense del caso Bretón. En España, en los últimos 8 años han sido asesinados 39 hijos o hijas por parte de padres (y alguna madre) que han querido de esa forma causar un dolor insoportable a quien fuera su pareja.

El comportamiento de esos asesinos se encuentra en el extremo de un continuo en cuyo otro extremo está la máxima bondad posible, algo que podríamos denominar la santidad. Dentro de ese intervalo la inmensa mayoría se encuentra cerca del centro: dependiendo de su propensión, por un lado, y de las circunstancias, por otro, se comportan de forma moderadamente mala, moderadamente buena, o ni una cosa ni la otra: unos días y en unas circunstancias se portan mejor y en otras ocasiones se portan peor. Supongo que eso es lo que nos pasa a la inmensa mayoría.

El carácter social, o ultrasocial, de nuestra especie nos impele a conjugar de forma equilibrada lo que podríamos denominar de forma genérica (y muy laxa) buenas y malas acciones, pero eso sí, moderadamente buenas y moderadamente malas. La bondad excesiva pone en peligro el bienestar (entendido también en sentido muy laxo) del bondadoso, el de su familia, y la continuidad de su linaje. La maldad excesiva pone en peligro la cooperación en el seno del grupo y su funcionamiento armónico, y compromete su viabilidad. Por esa razón, la selección natural ha reducido a un mínimo los comportamientos extremos. Pero no los ha eliminado. De hecho, los comportamientos extremos, la santidad y la protervia son extraordinariamente infrecuentes. Pero existen. Mientras tanto, los comportamientos moderados son, con mucho, los más frecuentes.

Y luego están las averías. El encéfalo, la máquina de la mente, es la que genera el comportamiento. En ocasiones, esa máquina está averiada. Hay individuos, por ejemplo, a quienes no les funcionan bien los circuitos implicados en los sentimientos morales. Carecen de moralidad, aunque eso no les impida saber que ciertos comportamientos son inaceptables. Y seguramente lo contrario también ocurre. No lo sé. Supongo que a las averías es a lo que se llama trastornos o psicopatías, pero la verdad es que no lo sé. Todo esto que digo aquí no dejan de ser opiniones basadas en mis lecturas y en lo que aprendo de los psicólogos que se ocupan de estas cosas. No me avala ningún título ni estudio especializado. Quede esto claro.

En todo caso, y por lo que entendí en el informativo del mediodía del viernes, que haya personas con la máquina averiada no quiere decir que quienes realizan actuaciones viles o, incluso, extremadamente viles, sufran alguna patología. No tienen por qué sufrirla. Se puede ser un canalla y estar perfectamente sano. Son malvados, simplemente. Su actuación exacerba hasta el último extremo unos comportamientos cuyas versiones más atemperadas forman parte del catálogo de comportamientos cotidianos. Creo que esa es, en el fondo, la razón por la que es tan difícil acabar con esos comportamientos.

De hecho, salvo quizás en plazos de tiempo seculares, no se puede acabar con ellos, eso es lo que creo. Pero también creo que se pueden prevenir y se pueden generar las condiciones que los hagan cada vez más infrecuentes.

Hay malvados que atacan a los pobres que duermen en cajeros automáticos. Otros malvados maltratan a sus parejas (o exparejas) y llegan, incluso, a asesinarlas. Los hay que agreden a quienes pertenecen a un grupo étnico diferente del propio. Otros vapulean y pueden llegara a asesinar a quienes no se conforman a las opciones sexuales mayoritarias. Y también hay quien agrede o termina con la vida de sus oponentes políticos o de quienes profesan un credo diferente.

Distingo, por tanto, lo que interpreto como maldad -o, simplemente, el mal- como manifestación extrema de formas de comportamiento que en la mayoría son, por moderadas, prácticamente inocuas, de la existencia de sentimientos y propensiones tales como el rechazo al diferente, las relaciones de dominación de sustrato patriarcal, o la intolerancia ideológica o religiosa.

La educación y las leyes deberían servir para promover entre nosotros una cultura de la dignidad (por oposición a lo que se denomina cultura del honor) que promueva el respeto a los otros, de manera que sea el sustrato sobre el que se edifique una convivencia que, sin aspirar a convertirnos a todos en buenas personas, reduzca a un mínimo las agresiones, asesinatos, y cualesquiera otros actos malvados.

Notas:

(1) Conviene leer esto, escrito 24 horas después de esta anotación, porque aporta correcciones importantes a lo que digo aquí y añade información.

(2) Me ha parecido de interés esta entrevista a César San Juan, profesor de psicología criminal de la UPV/EHU y miembro del Instituto Vasco de Criminología.

(3) La serie de Eduardo Angulo, Preparados para matar, en el Cuaderno de Cultura Científica de la UPV/EHU, es muy recomendable.

El juego y la tribu: el fútbol visto por un cascarrabias

Mi padre me llevaba al fútbol algunos domingos. Era en la década de los sesenta. Íbamos al campo del Calvario a ver jugar al equipo de la Unión Deportiva Salamanca. Mi padre compraba localidades baratas, en uno de los fondos, porque la economía familiar no daba para más. Recuerdo que en cierta ocasión un balón impactó en mi cara tras un lanzamiento errado de falta. El balonazo me dolió. El jugador que la había lanzado se acercó hasta nuestra localidad para interesarse por mí. Tengo un recuerdo nítido del episodio. Nuestro último año en Salamanca, antes de emigrar a Bilbao, se estrenó el Helmántico.

Ya en Santurce, durante varias temporadas entre 1972 y 1976, tuve la suerte de asistir cada domingo a San Mamés. Mi tío paterno me regalaba la entrada para una localidad que, a su vez, le habían regalado a él. Así, aunque nunca supe qué hacer con un balón en los pies, empecé a amar el fútbol. Durante años lo seguí con interés, viendo partidos por televisión y en el estadio en algunas, pocas, ocasiones. Asistí, incluso, a la subida de la gabarra en el 83 y el 84. Desde entonces, desde los años setenta y ochenta del siglo pasado, todo lo que tiene que ver con el fútbol ha cambiado mucho. Era un entretenimiento del fin de semana y, si acaso, algún que otro miércoles. Hoy es algo muy diferente.

Los deportes de equipo que gozan de popularidad han tenido y tienen carácter emblemático. Hay grupos de aficionados que comparten su adhesión a un equipo en concreto, normalmente el de la localidad o territorio, pero no siempre. Esto confiere al grupo de aficionados carácter tribal. Ocurre con varios deportes, pero con el fútbol ese elemento es especialmente importante. Se es del Barça, del Madrid, de la Real o del Athletic Club. No se está a favor de alguno de esos equipos, se es de ellos. Se “aman” los colores; la adhesión es incondicional, como la que se experimenta hacia el ser amado. Uno no se adhiere hoy a la tribu a la que pertenece y mañana deja de adherirse.

El grupo al que se pertenece es fuente de identidad, forma parte de nuestra misma naturaleza. Proporciona cobijo. Con los demás miembros compartimos una cultura. El grupo nos otorga una cierta continuidad en el tiempo, da sentido a nuestra existencia. Configura, incluso, la comunidad moral a la que pertenecemos. Las comunidades, los grupos, las tribus son el marco en que hemos evolucionado los seres humanos; en el grupo nos educamos intelectual y moralmente. Sin el grupo, sin la tribu, dejaríamos de ser lo que somos.

En las sociedades contemporáneas se puede ser miembro de más de un grupo. Se puede pertenecer, simultáneamente, a la comunidad de fieles de una religión, a la asociación de padres y madres de un colegio, a un club deportivo, a una patria, o a la hinchada de un club de fútbol, por ejemplo. Cada uno de esos grupos, en función de lo identificados que nos sintamos con ellos, dejan una impronta en nosotros, en nuestra identidad.

Pero que sepa de la existencia de las tribus, que crea en su inevitabilidad, que la considere necesaria, incluso, no implica que me sienta a gusto en una de ellas, sea la que sea. Me desenvuelvo con torpeza en su seno. No me gusta exhibir sus símbolos. Soy incapaz de sentir orgullo por los logros colectivos en los que no he participado directa y activamente. Menos aún si esos logros se alcanzaron en el pasado. Me resulta difícil compartir la satisfacción por hazañas logradas por el colectivo al que pertenezco antes de formar parte de él.

La adhesión a un club o equipo deportivo es una adhesión tribal. Lo es a unos símbolos (los colores, la camiseta…), a una historia (las gestas del pasado) y a un proyecto (los triunfos por llegar). No suele ser el resultado de una decisión deliberada. La adhesión puede venir de suyo -por razones familiares-, producirse por pertenecer a un mismo grupo de amigos -la cuadrilla-, o por otras causas.

Entiendo que existan esos sentimientos, esas adhesiones. Es más, aunque yo sería incapaz de participar de ellas, me gusta contemplar algunas de sus manifestaciones más conspicuas, como las gradas de un estadio llenas de aficionados que agitan sus bufandas y cantan para animar al equipo. Esa es la cara amable del tribalismo futbolístico. Me alegra que mis amistades sean dichosas los días que gana su equipo y me entristece que sean desdichadas los días que pierde.

Durante las décadas que han transcurrido desde que iba al Calvario, a ver a la UD Salamanca, o a San Mamés, a ver jugar al Athletic Club, el fútbol, sus tribus y sus estrellas han ganado relevancia social, presencia en el espacio público. Tengo la impresión de que todo cambió con la llegada de las cadenas privadas de televisión. Es solo una impresión; no tengo datos. Creo que las cadenas comerciales han inyectado mucho dinero y han hecho que las televisiones públicas también lo hagan. De esa forma, hay una mayor presencia del fútbol en los medios de comunicación y, por tanto, en las vidas de la gente.

Todo eso ha hecho que el fútbol sea hoy un fenómeno intrusivo en grado sumo. Está en todas partes.

De los quince periódicos más leídos en España, el primero, con diferencia, es un medio deportivo, también lo son el tercero, el octavo y el decimoprimero. Si contamos solo esos quinces medios más leídos, un 38% de los ejemplares que se leen son deportivos. No olvidemos que todos los periódicos generalistas ofrecen, además, una buena ración de deportes. Y cuando aquí escribo “deporte”, sabemos que la mayor parte de la información corresponde a fútbol.

En la radio, las retransmisiones de los partidos alteran la programación una semana sí y otra también. El fútbol tiene prioridad casi absoluta. Y en la televisión, aparte del tiempo que se le dedica en cada informativo, está el de las retransmisiones en directo. Prácticamente no hay día en que no se programe un partido de fútbol en esta o aquella cadena. Y esa mayor presencia social se ha traducido en un tribalismo más intenso, especialmente en sus aspectos más oscuros.

Es muy posible que mi percepción esté sesgada, pero me parece que ahora el fútbol está mucho más presente en las conversaciones de la gente. Antes era tema propio de los días en torno al partido de la semana. Ahora es cotidiano. Los exteriores de muchos bares se han convertido en pequeños patios de butacas, ante los que pantallas de gran tamaño ofrecen las imágenes de los encuentros a los parroquianos que se arraciman a su alrededor. Los días de partido dejan huella sucia y maloliente en los aledaños del estadio.

Alrededor del fútbol se mueven cantidades de dinero extravagantes. Las estrellas del espectáculo ganan sumas obscenas, sumas que las aficiones dan por bien gastadas, aunque en otras facetas de la vida social se consideren impensables dispendios semejantes. A esas mismas estrellas se les perdonan o disculpan actitudes que se reprueban en cualquier otro ámbito de la vida social.

El grado de irracionalidad que supone la condición de aficionado ha crecido hasta niveles que no hubiera podido anticipar hace unas décadas. La afición o adhesión a un equipo ha sido motivo para exculpar presuntos maltratos a la pareja de un futbolista[1], justificar delitos de evasión fiscal, insultar a un jugador del equipo contrario por el color de su piel, y otras vilezas que no estoy en situación de documentar ahora.

Soy consciente de que, para muchísima gente, el fútbol y la afición a ese bello juego no son lo que he descrito en los últimos párrafos. Son algo lúdico y placentero. El lado oscuro que me provoca rechazo lo tienen por un mal menor, algo inevitable, que sí, estaría bien mitigar, pero que no deja de ser un subproducto, pequeños daños colaterales, de una de las facetas más intensas y satisfactorias de sus vidas. Para ellos mis diatribas no son sino las protestas de un señor que se hace cada vez más mayor y más cascarrabias. Lo malo es que quizás tengan razón.


[1] El futbolista en cuestión fue finalmente absuelto pero la gravedad de la exculpación o justificación radicaba en el hecho de que el apoyo que recibió de una parte de la afición era independiente de la posible comisión del delito.

No somos, o no se nos considera, responsables

En marzo del año pasado me manifesté escéptico en twitter acerca de la conveniencia del confinamiento domiciliario estricto que se implantó. Mis dudas obedecían a la importancia que concedo al ejercicio físico, sobre todo al que se practica al aire libre, y en especial en parajes naturales. Sabemos que la actividad física, en general, y los paseos por parques y entornos naturales, en particular, tienen efectos salutíferos. Por eso no tenía muy claro que quedarnos en casa fuera una buena idea.

Meses después los estudios científicos no son concluyentes al respecto. Se ha llegado a proponer que, debido a los altísimos costes -también en términos de salud pública- de los confinamientos estrictos, es mejor optar por medidas alternativas que pueden acabar consiguiendo resultados equivalentes.

Con la obligación del uso universal de las mascarillas me ha pasado algo parecido. Cuando se empezó a plantear la posibilidad de hacerla obligatoria también para exteriores, me manifesté crítico con la medida en la red social del pajarito.

A día de hoy desconozco si se ha demostrado que el uso de la mascarilla en exteriores ayude a reducir la transmisión del coronavirus. Supongo que es una medida efectiva en lugares atestados, sitios en los que uno se ve obligado a respirar el aire que acaban de exhalar otras personas. Pero apostaría la mano derecha a que es una medida inútil cuando camino en solitario a trabajar o cuando salgo con Aintzane a pasear a las siete y media de la mañana.

Tengo por costumbre cumplir las normas siempre que puedo, incluso aunque el incumplirlas no tenga ninguna consecuencia. Las cumplo, aunque no me gusten o no esté de acuerdo con ellas. Solo hago excepciones con los semáforos en rojo si no hay niños cerca.

Además, siempre he pensado que las autoridades tienen razones para tomar unas decisiones y no otras. Y aunque yo las desconozca, tiendo a pensar que son buenas razones. Por lo tanto, hay dos motivos por los que me esmero en cumplir las normas. Y no me gusta que la gente las incumpla.

Pero me cabrea que las normas se dicten, se nos diga que han de cumplirse porque así se contendrá la pandemia, y no se diga nada más, o casi no se diga nada más. Me irrita que no se expliquen las razones por las que se hace esto y no se hace aquello. No basta, ni de lejos, con que se diga que las normas son las que dicen los técnicos o los científicos. Porque no es cierto y no tiene que ser así, además. Como ya he dejado dicho por aquí, los responsables políticos han de tener en cuenta el informe científico, pero han de ponderar también otros factores, valores, bienes a preservar, etc. Y tomar la decisión que estimen más conveniente.

Desde el principio de la pandemia la opacidad en relación con las razones que inspiran las decisiones que se toman ha sido palmaria. También con las razones que han conducido a no tomar otras.

Si me paro a pensar en los motivos que subyacen a esa falta de transparencia pienso, en primer lugar, que quien no da las explicaciones evita hacerlo porque cree que no van a ser bien recibidas. Pero cada vez más creo que el motivo verdadero por el que no se ofrecen explicaciones es porque no se considera necesario. En cierto modo es algo parecido a lo que hacen algunos progenitores con sus hijos. Es así como se suele tratar a los menores de edad.

De esa falta de explicaciones se derivan problemas. Uno es que no se entienden y se interpretan como contradictorias medidas que, en realidad, no lo son. Otro es que cuando hay que cambiarlas porque sabemos ahora más de lo que sabíamos antes, se piensa que obedecen a criterios erráticos. También dan pie a pensar en intereses bastardos, motivos espurios y fuerzas ocultas.

Para mí, el efecto más beneficioso, con diferencia, de las explicaciones claras es que es mucho más fácil aceptar hacer algo que cuesta cuando se entienden las razones que avalan ese acto gravoso que cuando no se entienden. En otras palabras, quizás si se nos tomase por personas responsables, el cumplimiento de normas y recomendaciones sería más fácil.

El mero acto de explicar -no contar o relatar, sino explicar- algo tiene efectos poderosos. Cuando explicas algo tienes que entenderlo y el esfuerzo que haces para ello te puede llevar a encontrar los fallos en lo que tratas de explicar. Al explicar algo también lo expones a una crítica más racional y mejor fundada por parte de quienes discrepan. Ofrecer una explicación es una invitación implícita a ser refutada. Pero eso mismo, al obligarte a refinar tus argumentos, puede acabar dándote más fuerza o, por qué no, a cambiar tu propuesta incluso.

Acabamos de saber que el Senado ha aprobado una ley cuyo tenor literal ignoraban sus miembros. Creo que no debemos cebarnos con sus señorías. No debemos cebarnos con nadie, en realidad. Pero el caso es que alguien puso aquello en la ley. Pues bien, si ese alguien hubiese tratado de explicar las razones por las que hay que llevar la mascarilla paseando en soledad a las siete de la mañana, lo más probable es que se hubiera dado cuenta de que no era algo realmente útil. O, por qué no, quizás nos habría convencido. Cualquiera de los dos supuestos habría sido beneficioso.

El confinamiento domiciliario estricto, el uso obligatorio de mascarillas bajo cualquier circunstancia y la ausencia de explicaciones tienen, para mí, una cosa en común. Las interpreto como muestra de la desconfianza de los gobernantes en la responsabilidad de los gobernados.

Es la misma falta de confianza que denota la imposibilidad, para los particulares (no así para las empresas), de adquirir test para diagnosticarnos a nosotros mismos. Y sí, soy sabedor de su menor fiabilidad o su falibilidad en asintomáticos, y de las consecuencias que pueden derivarse de ello. Pero incluso así, creo que buenas explicaciones por parte del personal farmacéutico podrían paliar parte de esas consecuencias. Y los beneficios serían considerables. Nacho López Goñi ha dado buenos argumentos a favor de la disponibilidad amplia de esos test.

Termino. Que no digo yo que todos seamos responsables, ojo. Pero resulta un tanto contradictorio que se nos pida responsabilidad a la hora de cumplir las normas que se dictan si, a la vez, no se nos supone la misma responsabilidad a otros efectos.

La vasquidad (genética) es un sinvivir

Acabamos de saber que los vascos son vascos. Pero como donde las dan las toman, también acabamos de saber que los vascos, aunque lo sean, no lo son tanto ni desde tanto tiempo atrás como algunos pensaban. La vasquidad es un sinvivir.

Esto viene a cuenta de un estudio que se acaba de publicar en Current Biology, según el cual los vascos constituyen, en efecto, una singularidad genética, pero tal singularidad es tenue y tiene un origen muy reciente, en la Edad del Hierro, más o menos. No tan antiguo como en diferentes ocasiones se ha afirmado.

Advertencia: aunque pueda parecerlo, esta anotación no va de genética de poblaciones humanas.

Anteayer, comentando estas cosas en tuiter, puse un tuit que fue calificado (por @MarigortaLab) de injusto con los autores de la investigación. Fue este:

Sí, fue injusto. Los autores han hecho su trabajo, tratan de conocer la historia de las poblaciones humanas, y el trabajo que han hecho forma parte de ese intento. Y como fue injusto, pido disculpas por ello, pero me veo en la obligación de tratar de justificar, si tal cosa fuese posible, la injusticia.

Para unos cuantos físicos prestigiosos de la época, la física había llegado todo lo lejos que podía llegar a comienzos del siglo XX. Pocos años después, la relatividad y la mecánica cuántica transformaron radicalmente la disciplina. Dentro de un siglo otros modelos proporcionarán explicaciones mejores de la realidad que los que tenemos ahora, y quienes hoy sostienen que estamos cerca del final de la ciencia o, para el caso, de la física, serán recordados entonces por su predicción.

El conocimiento científico tiene estas cosas. No tiene vigencia infinita. Es más, la puede llegar a tener muy breve. La de los estudios genéticos de las poblaciones humanas puede llegar a ser especialmente fugaz. Eso es lo que debería haber escrito en el tuit, tratando de advertir a propios y, sobre todo, a extraños, de que lo mejor es tomarse esos estudios con mucha parsimonia.

Sin ir más lejos, en la introducción del mismo artículo donde se presenta el trabajo de marras se dice: “Although numerous studies have focused on the genetics of Basques, a lively debate on their population history is still ongoing.” (Aunque numerosos estudios se han centrado en la genética de los vascos, sigue habiendo todavía un vivo debate sobre su historia poblacional). Así pues, se sigue investigando sobre ese tema y los especialistas no se ponen de acuerdo. Yo, al menos, eso es lo que entiendo.

No soy especialista en genética; mis conocimientos sobre esta materia son superficiales. Pero me interesa la historia, en general, y la de las poblaciones humanas en particular. Por eso he leído algunas cosas y, cuando esas cosas tienen relación con aspectos de la fisiología humana, las he leído con mucha atención, frunciendo mucho el entrecejo.

Por si lo anterior fuera poco, mi departamento se llama “Genética, Antropología física y Fisiología animal”; quiere eso decir que llevo 40 años conviviendo con estudiosos de las poblaciones humanas, de la genética y de su historia. Y se quiera o no, es difícil no interesarse por lo que se tiene cerca. Y más difícil aún no enterarse de nada cuando a tu alrededor hay posters sobre las investigaciones en la materia y cuando has asistido a pruebas públicas (tesinas, tesis, ejercicios de oposiciones, etc.) en las que se han presentado esas investigaciones.

Mi primera lectura extensa sobre el tema fue el libro de Luigi Luca Cavalli-Sforza de 2000, Genes, pueblos y lenguas. Me abrió un mundo nuevo. Empecé a partir de entonces a leer libros de genética de poblaciones humanas. Cavalli-Sforza ha sido una figura referencial en este campo, pero su visión y su genio no contaron con la metodología de la que disponemos hoy para secuenciar genomas, no solo de individuos actuales, sino el antiguo, extrayendo ADN de materiales de decenas de miles de años de antigüedad.

Mi, por ahora, última lectura extensa ha sido el libro de David Reich, Who We Are and How We Got Here, de 2018. Este último me ha resultado especialmente esclarecedor. En más de un pasaje de su libro, Reich da cuenta de la revisión de ciertas nociones motivada por los progresos en la metodología utilizada en los análisis o porque cambiaban algunos supuestos de partida.

En medio de esas dos lecturas no me han resultado ajenos algunos estudios relativos a la población vasca y su historia. Lo que sigue no son sino algunos ejemplos (la lectura de este párrafo bien puede saltarse, porque no es central al asunto que nos ocupa). Así, en este se concluyó, en contra de lo que antes se pensaba, que los vascos no constituyen una singularidad genética. Ese mismo año, y en la misma revista, otros investigadores, entre los que había compañeros de mi departamento, publicaron otro estudio en el que llegaron a la conclusión de que los vascos constituyen un grupo homogéneo claramente diferenciable de las demás poblaciones europeas. En este otro, de 2009, se llegó a una conclusión similar acerca del origen de los varones vascos. Y en este de 2012, se nos dice que la ascendencia femenina se remonta a los tiempos anteriores al Neolítico y la llegada de los pueblos indoeuropeos al Occidente de Europa. A hace 5400 años remontan estos investigadores el origen de la población vasca. Y en 2019, un macroestudio concluyó que como mejor pueden describirse los vascos actuales (present-day Basques, en su artículo) es como una población de la Edad de Hierro que no ha experimentado las mezclas que después han afectado al resto de Iberia. Este es el afamado estudio que concluyó que hace unos 4000 años los pueblos procedentes de las estepas siberianas sustituyeron la práctica totalidad de los cromosomas Y. En otras palabras, que los Yamna se cargaron a casi todos los hombres de la Península Ibérica, o les impidieron procrear, porque los cromosomas Y que quedan de entonces son todos, al parecer, de origen estepario.

Por último, tenemos el trabajo que ha motivado esta anotación. La conclusión principal, como he dicho al principio, es que la diferenciación de los vascos es el resultado de su continuidad genética desde la Edad del Hierro. Antes todas las poblaciones peninsulares habrían sido muy similares. Y la singularidad genética actual habría sido el resultado del aislamiento de los vascos (y, por lo tanto, inexistencia de flujo génico) reforzado, quizás por la lengua: el euskera habría funcionado así como barrera lingüística que dificultó durante siglos el flujo de genes foráneos hacia la población vasca. Según estos investigadores la lengua habría actuado como factor de aislamiento de las poblaciones del entorno.

Como podrán suponer, dados mis escasos conocimientos de genética de poblaciones humanas, no valoraré los méritos y deméritos de estos trabajos. Supongo que el último es el que se ha hecho con más conocimiento y medios. Desde luego, es el que más marcadores genéticos ha utilizado y, si no me equivoco, el más completo. Por lo tanto, habrá quien piense que este es “el bueno” y que las conclusiones a que han llegado sus autores, “las correctas”.

Yo simplemente no lo sé. Tiendo a pensar que de la misma forma que Michelson se equivocaba en 1894 cuando afirmaba que ya se sabía casi todo lo que había que saber en Física, sospecho que estamos aún lejos de conocer bien la historia de las poblaciones humanas. Al fin y al cabo, en el corto espacio de una década, no han dejado de obtenerse conclusiones bien diferentes, contradictorias incluso.

Por eso reacciono con irritación a la seguridad con la que se expresan algunos de los autores de estos trabajos cuando intervienen en medios de comunicación. Lo hacen como si sus conclusiones fuesen ya la versión definitiva, la canónica, la verdadera.

Y por si eso fuese poco, me enoja el tufo ideológico que ciertos medios de prensa dan a estas informaciones.

Hace una década, un estudio sobre la genética de las poblaciones europeas dio lugar, en la prensa vasca, a un debate colorido acerca de la existencia y antigüedad del pueblo vasco. Varios columnistas y tertulianos de orientación antinacionalista expresaron su regocijo por entender que el trabajo en cuestión impugnaba cualquier pretensión de corte nacionalista. Se producía así una curiosa paradoja. Quienes habían venido criticando con más acritud el recurso a una supuesta singularidad genética vasca para justificar la legitimidad de los proyectos políticos nacionalistas, no tenían ningún empacho en recurrir a la supuesta ausencia de tal singularidad para tratar de socavar sus fundamentos. La marea, al parecer, sube o baja dependiendo de si las investigaciones avalan la diferencia o la desmienten.

Es ridículo, claro. Y más ridículo aún si reparasen en el hecho de que cuando en estos estudios se habla de basques, se refieren a personas que, o bien tienen ocho apellidos vascos o sus cuatro abuelos proceden en la misma comarca que ellos. En la práctica viene a ser lo mismo. En otras palabras, cuando se habla de vascos no se habla, en realidad, de quienes vivimos en Vasconia hoy, sino de un subgrupo de los que vivieron hace unos sesenta años o antes. Y en el caso que nos ocupa hoy, a personas que hablan euskera.

Es comprensible que los estudios se hagan así y, de hecho, ese dato se ofrece en los artículos originales. Lo que me gustaría es que, cuando se expresan o tratan de estos temas en medios de comunicación, ese elemento no se hurtara a la audiencia. Muchos miles de vascos, entre quienes me encuentro, sabrían que cuando en esos estudios tratan de los basques podemos, con toda razón, no darnos por aludidos: no se refieren a nosotros.

Una tragedia de los comunes algo especial

Ya me referí aquí en el mes de abril, en pleno confinamiento, a los efectos de la pandemia sobre nuestro comportamiento, sobre si saca lo mejor o lo peor de las personas. Vuelvo a ese asunto, porque tiene más enjundia que la que en su día le atribuí, y porque en mis últimas lecturas me he encontrado con algunas ideas de interés.

El pasado mes de junio Iván Orio me hizo una entrevista para El Correo cuyo titular fue “En las crisis somos más colaborativos, surge una especie de instinto de conservación grupal”, extraído de una de las respuestas que di a sus preguntas. Había llegado a esa conclusión a partir de mis lecturas de años anteriores sobre evolución cultural y sobre la génesis de los comportamientos altruistas y, en general, prosociales, por su efecto aglutinador de las comunidades. Y lo había reafirmado unas semanas antes, leyendo Humankind-A Hopeful History, de Rutger Bregman.

El ensayo de Bregman, aunque tiene algunas ideas (a mi entender) más que discutibles, me sirvió para cuestionar algunas nociones muy extendidas según las cuales los seres humanos somos esencialmente egoístas y capaces de las mayores villanías. En concreto, me resultaron muy reveladores los relatos acerca de la reacción que mostraron los londinenses frente a los bombardeos alemanes en la II Guerra Mundial y los habitantes de Dresde frente al que sometió la aviación aliada a esa ciudad alemana. En ambos casos, los habitantes de las ciudades atacadas, lejos de caer en un sálvese quien pueda, reaccionaron con civismo, sin que los bombardeos consiguiesen sembrar el caos social que pretendían sus perpetradores.

Leo estos días The Weirdest People in the World, un ensayo del antropólogo Joseph Henrich, en el que defiende una teoría, basada en sus investigaciones de los últimos años, acerca de la extraña psicología de los occidentales y las causas de su prosperidad. Dice Henrich que cuando una población o una sociedad se ve afectada por un conflicto bélico, aumenta la intensidad de los comportamientos prosociales (confianza, altruismo,…) para con los miembros de la propia comunidad, a la vez que disminuye para con los extraños. También se intensifica el deseo, por parte de los miembros de la comunidad, de castigar a quienes incumplen las normas. Ocurre lo mismo cuando se ve expuesta a catástrofes naturales y cuando sufre los efectos de una pandemia. De hecho, el fenómeno en cuestión se produjo también durante los episodios de peste negra en la Europa de la Baja Edad Media.

Además de una prosocialidad más intensa, guerras, catástrofes naturales y epidemias conducen a un aumento de la religiosidad y la participación en los ritos religiosos. Por una parte, es posible que quienes creen en una divinidad a la que se atribuye gran poder tengan, bajo esas circunstancias, una mayor tendencia a recabar su protección. Y por la otra, y quizás de mayor importancia que la motivación anterior, los ritos religiosos, por su carácter colectivo, son potentes factores de cohesión social y de identificación con la comunidad. Por lo tanto, una mayor participación en ellos formaría parte de ese comportamiento más prosocial a que me he referido antes.

Dada la naturaleza de las medidas implantadas para frenar la expansión de la pandemia, la participación en ritos religiosos se ha visto en esta ocasión muy limitada o, incluso, suprimida. Y lo mismo se puede decir de ritos comunitarios de otra naturaleza, como la asistencia a grandes espectáculos deportivos, actuaciones de grupos e intérpretes de moda, manifestaciones políticas y otras. Sería interesante estudiar las consecuencias de la privación de rituales sobre esa parte de la población que participa con frecuencia en unos u otros ritos.

Hay quienes atribuyen al comportamiento despreocupado, egoísta o insolidario de muchos de nuestros conciudadanos la segunda ola de la pandemia o, incluso, la próxima tercera ola que previsiblemente llegue tras las fiestas navideñas. De ser una atribución fundada, cabría pensar que lo dicho en los párrafos anteriores carece de fundamento y que, en realidad, no se ha producido una intensificación de la cooperación social y de los comportamientos altruistas. Creo, sin embargo, que no es una atribución fundada, porque tengo la impresión de que la mayor parte de la gente cumple las normas implantadas para limitar la expansión de la pandemia.

Entonces, si eso es así ¿cómo se explica que durante octubre y primera mitad de noviembre se produjese una subida tan acusada de la incidencia de la covid-19 en toda Europa?

Creo que la respuesta tiene que ver con dos factores. Por un lado, hay actividades que, por ser necesarias, no se dejan de realizar y en las que se dan condiciones que facilitan los contagios. Y por otro lado, porque hay un porcentaje, creo que pequeño, de personas que, efectivamente, no respetan las normas e incurren en comportamientos de riesgo con más frecuencia que el resto (y digo «con más frecuencia» porque, ojo, casi todos, en alguna ocasión, lo hacemos). Por lo tanto, en todo momento hay alguna gente que, por necesidad o por irresponsabilidad, se encuentran en condiciones de contagiar o ser contagiados, ayudando al virus a multiplicarse y correr.

Lo anterior se ve agravado por dos características de la infección por este coronavirus que lo hacen particularmente insidioso. Una es que se transmite con facilidad desde uno o dos días antes de que aparezcan los primeros síntomas en las personas contagiadas. Y la segunda es que, aunque la mayoría de los contagiados no transmiten el virus, hay algunas personas que contagian a muchas, bien porque incurren con frecuencia en comportamientos de riesgo o por verse expuestos a condiciones que lo propician a causa de su trabajo.

Sabemos que el contagio de esta enfermedad no se produce de forma uniforme u homogénea en la población, sino de un modo muy azaroso y desequilibrado. En Hubei (China), durante las primeras semanas de la pandemia, el 80% de las personas contagiadas lo habían sido por un 15% de los infectados con SARS-Cov2. Este desequilibrio se ha observado en más ocasiones, pero lo más reciente lo he leído aquí. Esto es especialmente dañino porque hace más imprevisible de lo normal la progresión de la pandemia y porque dificulta mucho el seguimiento de los contactos. Si la mayor parte de quienes se contagian no transmiten el virus a nadie o a casi nadie, todo el esfuerzo que se hace en su seguimiento resulta inútil o casi inútil, mientras que quienes contagian a la mayoría pueden resultar difíciles de detectar.

Si esta interpretación del fenómeno en su conjunto es correcta, nos encontramos ante un caso de tragedia de los comunes (tragedia de los bienes comunales, en español) de características especiales.

La tragedia de los comunes es la pérdida o deterioro de un bien común que se produce cuando varios miembros del colectivo que usufructúa o se beneficia de ese bien lo hace sin tener en cuenta a los demás miembros o a sus descendientes, los miembros futuros del colectivo. Ejemplos de tragedia de los comunes son la sobreexplotación de prados comunales, la sobrepesca en aguas internacionales o el deterioro de la calidad ambiental debida a la utilización de ciertos recursos.

La covid-19 ha provocado una gran crisis de salud pública. Como el adjetivo indica, la salud puesta en peligro por el SARS-Cov2 es un bien público. Se encuentra expuesta, por ello, a amenazas similares a las que se ciernen sobre otros bienes públicos. Y es susceptible de sufrir una tragedia de los comunes. Pero sería una de un carácter algo especial, como antes he dicho, porque no sería provocada por una proporción alta de los miembros de la población sino por un porcentaje relativamente pequeño. Y de esa forma, dos tipos de comportamiento aparentemente incompatibles entre sí se estarían produciendo a un tiempo: el colaborativo (prosocial) de la mayoría y los de riesgo, por necesidad o por irresponsabilidad, de una minoría.

Los comportamientos de riesgo, tanto si son producto de situaciones difíciles de evitar como si tienen su origen en actitudes irresponsables, solo se pueden contrarrestar de dos formas, una es la limitación de la movilidad y actividades económicas y sociales, la otra es la pedagogía social (más sobre medidas que funcionan frente a la covid-19, aquí). Seguramente ambas son necesarias, pero dado que la pedagogía no produce los daños colaterales tan graves que producen las restricciones, debería hacerse el máximo esfuerzo posible en esa dirección. Hace falta explicar y hacerlo de forma insistente en qué consiste el problema y qué es lo que se persigue con cada una de las medidas que se implanta.

Quiero pensar que cuantas más y mejores explicaciones se den, mejores resultados se obtendrán. Nunca antes había percibido con tanta claridad la importancia y beneficios que se pueden derivar de buenas campañas de comunicación y formación como herramientas al servicio de un bien tan esencial como la salud.

¿Qué número de muertes por #covid19 acabará aceptando nuestra sociedad?

Es posible que esta pregunta le resulte extraña. Quizás, incluso, le provoque rechazo. Es más, podría ocurrir que dejase de leer esta anotación en este preciso momento. Si no es el caso y sigue leyendo, quizás no le acabe pareciendo tan extraña.

Me referí a este mismo asunto ya en una anotación anterior. Retomo ahora la cuestión. Hace cerca de veinte años coincidí con el entonces consejero vasco de salud en el tribunal de una tesis doctoral. Tras la defensa compartimos mesa y tertulia. Por entonces se había producido un intenso debate social acerca de la conveniencia de vacunar a niños y niñas contra una modalidad de meningitis bacteriana. La vacuna era relativamente nueva y en aquellas semanas se habían producido casos de meningitis, algunos con desenlace fatal. Nunca había pensado en las implicaciones que tiene una decisión como la de incorporar una nueva vacuna en el calendario oficial. En palabras del consejero, la cuestión a dirimir tenía más aristas de las que se veían a simple vista.

Para los progenitores de las criaturas que podían ser vacunadas la cuestión no tenía arista ninguna, era completamente lisa: no había duda de que debían vacunarse. Para los responsables de salud, sin embargo, la cuestión no era tan sencilla. Si se decidía incluir la vacuna contra el meningococo (creo recordar que se trataba de un meningococo), había que decidir qué prestación se retiraba.

Esta es una cuestión para la que la primera respuesta de mucha gente y la tentación de mucha otra consiste en proponer un aumento de los recursos que se dedican a sanidad. Y la solución, para hacer eso posible, suele consistir en quitarlos de lo que a cada cual le parece más superfluo. Pero como a cada uno le parecen superfluas cosas diferentes y los recursos de que se dispone siempre son susceptibles de usos alternativos, esa es una de esas soluciones claras, factibles y equivocadas.

En la vida real, esto es, en los sistemas de salud reales, hay que tomar ese tipo de decisiones. Hay que decidir a qué fines alternativos se destinan los recursos, escasos por definición.

Este verano, durante un intervalo con baja incidencia de la covid19, Nacho López Goñi y un servidor quedamos en San Sebastián a celebrar la amistad. En la conversación Nacho me dijo “llegará un momento en que haya un número de muertos socialmente aceptable”, pero hasta entonces se irán tomando medidas para mantener la pandemia bajo control. Una expresión similar utilizó hace unos días en un informativo de televisión:

No lo había pensado antes en esos términos, pero enseguida me di cuenta de que cuando no se incorpora al calendario oficial una vacuna para una enfermedad potencialmente letal, el número de muertos que causa se convierte en socialmente aceptable. Y también de que en la aceptabilidad social de uno u otro número, pesan criterios de diferente tipo. Algunos, en primera instancia al menos, son económicos, aunque si rascamos un poco, esos criterios económicos pueden acabar traduciéndose –aunque no siempre lo hagan- en vidas humanas.

Conducimos por las autopistas a una velocidad máxima de 120 km/h y si atravesamos una vía urbana, no podemos pasar de 50 km/h. No siempre se respetan esos límites pero, incluso cuando se respetan, se producen accidentes, algunos mortales. Es más, si los límites fuesen inferiores, se producirían menos muertos. Y, llevando el argumento al extremo, si se suprimiera la circulación rodada, no habría accidentes de tráfico. El tráfico, además, contamina, y la contaminación atmosférica es responsable de un número de muertos no despreciable cada año. A pocos se nos ocurriría suprimir el tráfico rodado completamente, pero podría ser una opción a considerar.

Ahora bien, una medida tal, aparte de tener unas consecuencias devastadoras sobre la economía y alterar de forma radical nuestro modo de vida, acabaría teniendo efectos también en términos de mortalidad, solo que no serían fáciles de estimar. Por lo tanto, la noción del número de muertes socialmente aceptable se podría reformular como el mínimo número total de muertes –directas e indirectas- a que se podría aspirar bajo diferentes supuestos. Insisto, no obstante, en que no sería fácil de estimar.

El jueves de la semana pasada coincidí con Rafael Bengoa en un coloquio para un programa de televisión. Comentó que en España, al igual que en la mayor parte de los países occidentales, se ha optado por convivir con el virus, por contraste con lo que han hecho países de Oriente, como China, Corea, Australia o Nueva Zelanda, que han optado por cortar de raíz la pandemia desde muy pronto y con medidas muy drásticas pero de corta duración. Esos países han logrado una vuelta relativamente rápida a la normalidad y un mayor crecimiento económico. Dijo también que la decisión española de restricciones más livianas –sin confinamientos domiciliarios- implica, de hecho, que aceptamos que se produzcan 400 muertos diarios a causa de la pandemia. Pocas horas después reiteró el mismo mensaje en un acto público, tal y como han recogido varios medios (aquí, uno de ellos).

Seguramente no le falta razón. Pero como le comenté en el mismo coloquio, esos países orientales a los que alude tienen sistemas de prevención epidemiológica mucho mejor preparados que los europeos, porque se han visto expuestos a más epidemias peligrosas en los últimos años, varios de ellos son islas o equivalente a una isla (Corea del Sur), y China tiene la posibilidad de tratar a sus ciudadanos de una forma que difícilmente sería aceptable en Occidente. En definitiva, hay elementos que han facilitado la tarea en esos países y eso no debe perderse de vista a la hora de enjuiciar su éxito ni nuestro fracaso.

En España todos los años mueren miles de personas a causa de la gripe. Para el periodo que va de octubre de 2017 a septiembre de 2018, el Instituto Nacional de Estadística da una cifra de 1 961 muertes, mientras que el Centro Nacional de Epidemiología atribuye, a causas relacionadas con la gripe, alrededor de 15 000; se trata, además, de un periodo con un número muy alto de fallecimientos por esa causa. Este es un ejemplo claro de lo que consideramos, por esta causa al menos, números aceptables de muertes, aunque no lo planteemos en esos términos.

De hecho, aceptamos esas muertes. Son el equivalente a las ocurridas en accidentes de tráfico, que en España fueron alrededor de mil en 2019, un número bajísimo, porque diez años atrás fueron casi el doble, y seis veces más si nos retrotraemos a la década de los 90 del siglo pasado. Si se hubiese suprimido el tráfico rodado hace 30 años, se habrían salvado miles de vidas cada año, entre las mil de 2019 y las cerca de seis mil de primeros años de los noventa. A esas cifras habría que añadir las muertes por la contaminación provocada por el tráfico.

Con el tabaquismo ocurre algo semejante. Cada año mueren en España del orden de 50 000 personas debido al consumo de tabaco, alrededor de la mitad de ellas provocadas por cáncer de pulmón. Esas también son muertes socialmente aceptadas. Gran parte de ellas podrían evitarse si se prohibiera la venta de tabaco.

Pues bien, mutatis mutandi, en España podrían evitarse miles de muertes por gripe cada año. Es más, es posible que se eviten esta misma temporada otoño-invernal, porque podría ocurrir en el Hemisferio Norte lo mismo que en el Sur, donde la gripe llegó a desaparecer a causa de las medidas adoptadas para combatir la Covid19. ¿Sería eso razonable? ¿Estaríamos dispuestos a aceptar cierres y confinamientos masivos cada cierto tiempo para evitar esos dos mil (o quince mil) muertos? ¿Por qué no los aceptaríamos para salvar dos mil (o quince mil) vidas y sí lo haríamos para salvar cincuenta mil? ¿Es el número el criterio? ¿Debería ser, en vez de un número, un porcentaje de la población? ¿Dónde ponemos el límite? Y si el criterio es numérico ¿Por qué aceptamos los 50 000 que provoca el tabaco y no aceptamos los que puede provocar un virus? Al fin y al cabo, quizás es más fácil reducir drásticamente el consumo de tabaco que la circulación de un virus potencialmente letal.

No tengo respuestas para esas cuestiones.

En la esfera personal y si son las vidas de nuestros seres queridos las que están en juego ninguna de estas disquisiciones tiene mucho sentido, por supuesto. Pero estas y otras son las que debe hacer un responsable político, porque de ellas dependen las vidas y el bienestar de miles de personas.

Adenda:

Esta es una segunda versión, editada, de la original de este artículo. He decidido introducir dos modificaciones sustanciales y alguna otra observación de carácter menor.

Una de las modificaciones más importantes se refiere a la consideración de los efectos del tabaquismo como causa de muertes socialmente aceptadas. La he introducido a causa de una observación al respecto de Luís Pereda en Facebook.

La otra es la relativa a los datos de mortalidad por gripe, y la he introducido a causa de una interpelación de Ugo Mayor en tuiter. El tuit de Ugo es el siguiente:

A raiz de su comentario he optado por mencionar el carácter excepcionalmente malo de la mortalidad por gripe del periodo 2017-2018 y por dejar lo más clara posible la diferencia entre el carácter de los datos del INE y los del CNE. Y también he corregido las cifras de mortalidad por Covid19, para que reflejasen el dato actual, en vez del correspondiente a la primavera, que era el que había utilizado, de memoria, en la primera versión.

Agradezco a ambos, a Luís Pereda y a Ugo Mayor, sus observaciones.

El confinamiento tenía, al menos, una cosa buena

El mejor indicador de la vuelta a la normalidad es, probablemente, el retorno del ruido.

Este año, además, como no hay festejos patronales, ese elemento no se añade al festival horrísono de cada día, por lo que, efectivamente, podemos atribuir el ruido a las normales actividades cotidianas. No hay coartadas festivas.

Cada día, a las cinco y media de la mañana, empiezo a practicar mi dosis diaria de bicicleta estática. Lo hago con la puerta de la terraza y la ventana abiertas, sea cual sea la temperatura exterior. A esas primeras horas, cuando todavía no ha amanecido ni siquiera en los días próximos al solsticio de verano, ya cantan los mirlos del barrio. Se les oye por encima de un sordo rumor, el del tráfico que circula por la carretera próxima a nuestra casa. Quizás no hayan puesto todavía las aceras a esas impías horas, pero es seguro que las carreteras ya las han instalado.

A las seis en punto de la mañana se dispara un dispositivo automático. Desconozco su función o razón de ser. A partir de ese momento empieza el ruido.

Salimos, después del desayuno, a caminar. Nos saludan, bien las sopladoras de hojas –esos artilugios que cambian de sitio las hojas caídas de los árboles- bien las máquinas que pasan detrás, recogiéndolas, quizás, con sus escobas circulares. Hay pocos artefactos tan ruidosos y, a la vez, tan madrugadores. Te los puedes encontrar a cualquier hora a partir de las siete de la mañana o quizás antes.

Luego viene el tráfico, las taladradoras –siempre hay una zanja que abrir-, las segadoras de jardines y máquinas de podar. Desde que salimos de casa hasta la vuelta, diez kilómetros después, no deja de aumentar el ruido a la vez que disminuye el canto de los pájaros. Es milagroso que insistan tanto, los pájaros.

Ya en casa, ante la pantalla del ordenador, hay que cerrar la ventana. De lo contrario puedes llegar a enloquecer. Pero incluso así, tampoco es raro que cerca de tu vivienda haya, en el mismo vecindario, trabajos de reforma con martilleos y ruidos de máquinas en un frenesí casi permanente.

En ciertos días señalados, normalmente sábados o domingos de la primavera y el verano, plazas y calles acogen la celebración de actividades o pruebas deportivas. Se sabe de lejos que las hay por dos motivos. Suelen instalar estructuras hinchables de colores chillones y formas variopintas. También se oye la música, es un decir. Se oye a kilómetros de distancia dependiendo de la orografía, y de la densidad y altura de los edificios. La hacen sonar –supuestamente para amenizar el evento deportivo- a volúmenes ofensivos. Suelen ser ritmos machacones, repetitivos. Horrendos.

Este es un pequeño muestrario de la galería de los horrores sonoros en que se han convertido nuestras localidades. Podría seguir, pero no es necesario.

Hay ruido por doquier. Lo sufrimos a todas horas. Da la impresión de que nuestra especie ha inventado todo tipo de artilugios cuyo último y verdadero fin no es el declarado, sino hacer ruido.

En consonancia, la gente habla cada vez más alto. En el metro o el autobús puedes oír casi todas las conversaciones, las que mantienen quienes viajan juntos o, en clara demostración de la escasa confianza que tienen muchos usuarios en la eficacia de las telecomunicaciones, las que se producen a través del teléfono móvil. Vivimos, cada vez más, entre sordos.

El ruido es veneno para el alma; con esa certera frase expresa mi amiga Itziar el efecto que causa en nuestras mentes. Es una peligrosísima forma de contaminación en contra de la cual no hay campañas ecologistas dignas de tal nombre. El ruido descompone. Deteriora la mente de forma irreversible. Parece no preocupar a nadie.

Es veneno, el verdadero mal de nuestro tiempo. Acabará, me temo, con la integridad mental de los seres humanos. Y, junto con la burocracia, provocará el fin de nuestra civilización.

El confinamiento tenía, al menos, una cosa buena.