Es muy difícil convencer a alguien de que ha dicho una tontería

Una entrevista de J. Fernández para Deia y demás diarios del Grupo Noticias

Fotografía de Oskar González

BILBAO– El acreditado galardón que Juan Ignacio Pérez Iglesias (Salamanca, 1960) recibirá a mediados de julio -en su vigesimoquinta edición- reconoce saberes que van más allá de los puramente científicos. Es, de hecho, una especie de agradecimiento a su talento y su disposición especiales para contactar con la ciudadanía. ¿Su objetivo? Compartir todo tipo de conocimientos, cultura en definitiva, que permitan a la ciudadanía desplegar todas sus habilidades sociales. En palabras del jurado, “acercar la universidad vasca a la sociedad, elevando el nivel de conocimiento y la perspectiva crítica de la sociedad”.

¿Por qué es tan importante que la ciencia y los avances tecnológicos tengan proyección social?

– Es interesante que todas las formas de conocimiento estén a disposición de la gente. El conocimiento enriquece desde un punto de vista cultural, forma parte de la cultura humana. Y porque el conocimiento más aplicado proporciona criterios a la hora de tomar decisiones. Las personas tomamos muchas más decisiones de las que creemos. Cuando votamos, por ejemplo. Ese partido tomará decisiones que tienen que ver con asuntos de carácter científico: abrir o cerrar centrales nucleares, autorizar transgénicos o no, permitir ingeniería genética en humanos o no…

Nucleares, transgénicos, ingeniería genética… Me queda lejos.

– Pero sí decides qué yogur comprar. Y en esa decisión estás influyendo en el mercado, en el éxito de una empresa o no. Y si no te importa dar pábulo a mensajes engañosos que muchas veces hay en la publicidad de los yogures, estás favoreciendo una práctica que en el fondo es fraudulenta.

¿Cómo?

– No hay hongos o microorganismos que estimulen el sistema inmunitario…. Es complicado explicar por qué lo pueden decir porque siempre hay una añagaza detrás. Pero no es verdad. Si compras un lácteo pensando que vas tener el sistema inmunitario mejor que tomando otro, te estás equivocando. La gente no es consciente de hasta qué punto alguien que compra tiene poder.

Y si lo sabemos nosotros, también lo sabrán las multinacionales, las clases políticas…

– Sí. Y cada vez se regula mejor, pero siempre hay un zirrikitu, una puertecita de atrás… Por eso es tan importante la información y la cultura de calidad. Te permite ser conocedor de este tipo de cosas. Una sociedad en la que sus ciudadanos tienen este tipo de conocimientos funciona mejor.

¿Es difícil conectar con la sociedad?

– No es fácil. La capacidad de recabar la atención es limitada y hay que competir con muchas fuentes que también recaban la atención de la gente. Y la gente tiene una capacidad limitada de atender.

Claro, vivimos en una sociedad hiperinformada.

– Más que hiperinformada está hiperbombardeada por unidades de información. Es un problema, pero a la vez también es una oportunidad: con una oferta tan amplia puedes escoger aquello que te interese más. Pero con una oferta muy amplia, también es muy difícil escoger con buen criterio.

¿Se puede explicar ciencia en diez minutos?

– El otro día en Murcia, en una charla de veinte minutos, conté cuatro casos de adaptaciones humanas a condiciones extremas. Expliqué por qué razón los inuit pueden vivir en el Círculo Polar Ártico, los tibetanos a más de 4.000 metros de altura, los pigmeos en la selva y los bajau -de Indonesia- son capaces de sumergirse durante diez minutos a pulmón libre.

Pues a ver qué sabemos o aprendemos a hacer nosotros para poder sobrevivir…

– La principal adaptación humana es siempre cultural. Un inuit no sobreviviría en el Ártico si no supiera hacer iglús y kayaks.

¿Alguna vez se ha visto obligado o con ganas de intervenir en alguna conversación ajena en la que se decían barbaridades científicas?

– Me suelo quedar con ganas. No tengo ese descaro, pero la razón más importante es que es muy difícil convencer a alguien de que ha dicho una tontería.

Entonces, ¿cómo hacerlo?

– Con mucho cuidado. Si le dices a alguien: “¿Cómo puedes pensar que si te ponen las manos en la tripa te vas a curar…?”. No se lo puedes decir directamente a alguien que cree que se cura…

Blogs, YouTube, redes sociales, colaboraciones con medios de comunicación como su columna ‘con_ciencia’ en DEIA… ¿son más necesarios que nunca?

– Sí, porque vivimos en una sociedad más científico-tecnológica que nunca. Creo que fue Carl Sagan quien dijo aquello de que “vivir en una sociedad tan dependiente de la ciencia y la tecnología cuando sus integrantes tienen muy poco conocimiento de ciencia y tecnología es la mejor receta para el desastre”. Por eso es conveniente tener criterio para tomar decisiones.

Las falsas creencias y las ‘fake news’ se han cebado desde siempre con la ciencia…

– Es que muchas cosas que no tienen carácter científico, quienes las practican, reclaman esa condición científica porque la ciencia tiene un prestigio social. Pero también hay un cierto movimiento de rechazo de la racionalidad. De reivindicar lo irracional, lo emocional, las tripas… Y claro, la ciencia es el paradigma de lo racional…

Pero los científicos son personas y tienen emociones…

– Somos tan pasto de las emociones como el resto del mundo. Hay gente que me dice que rechazamos el misterio. Y yo les digo, “¿dónde está la frontera entre el misterio y la ignorancia?, ¿por qué lo llamamos misterio cuando lo podríamos llamar ignorancia?”. Claro que rechazamos la ignorancia. ¿Rechazamos el misterio? No. Nos encanta desentrañar misterios.

Pues ahí va uno como el del huevo y la gallina: retornar talento o retenerlo. ¿Qué es primero?

– No hay un primero. No fue antes el huevo que la gallina ni la gallina que el huevo. Todos los organismos procedemos por evolución de un antepasado común al que hasta le hemos puesto nombre: LUCA (Last Universal Common Ancestor). Y de la misma forma, no cabe hablar de retornar o retener. Es la misma cosa. Es hacerte atractivo para el talento. Y la mejor manera de hacerlo es generar las condiciones idóneas para cultivarlo.

¿Y las tenemos?

– Las tenemos mejores que antes. Pero en este campo las afirmaciones nunca son absolutas. Depende con qué te compares… La clave en todo esto es aspirar a mejorar. Siempre. De lo que se trata es de hacerse atractivo para ser elegidos por los mejores.

Ahí va otra: generar conocimiento o compartirlo, ¿qué es más importante?

– Un conocimiento que no se comparte no es conocimiento. En ciencia es clave someter a contraste lo que haces. Así que si alguien dice, tal persona sabe mucho pero no se lo dice a nadie, es que no sabe nada. A lo mejor resulta que lo que sabe son tonterías…

‘Amazings’, ‘Naukas’, todo lo que toca la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU que usted dirige se convierte en un éxito. ¿Cuáles son sus próximos proyectos?

– Si me dicen hace nueve años, cuando la UPV y la Diputación de Bizkaia decidieron crear la Cátedra, que íbamos a tener 2.000 personas en Euskalduna asistiendo a charlas de ciencia no me lo hubiera creído. Y se retransmiten en streaming. El blog de la Cátedra con más audiencia tiene 550.000 sesiones al mes…

¿Y la gente es consciente de este prestigio?

– No soy particularmente complaciente con mi entorno, pero creo que estamos consiguiendo marcar tendencias y que la gente quiera venir.Naukas empezó en Bilbao y ahora hay festivales de ciencia similares en A Coruña, Donostia, Gasteiz, Iruñea, Valladolid, Burgos, Murcia…

¿Próximos proyectos?

– El año que viene cumplimos diez años y creo que deberíamos ganar más en referencialidad tanto dentro de Euskadi como fuera. A lo mejor, uno de nuestros retos principales es ser más conocidos en Bizkaia… Los vizcainos no somos conscientes de la proyección que tiene la Cátedra, de su impacto fuera de aquí…

Es parte activa de Jakin-Mina, el programa de Jakiunde para ‘desenrollar’ el conocimiento en general entre los estudiantes de Cuarto de la ESO. ¿La cultura se cuenta de manera atractiva en edades escolares?

– Es muy fácil decir que habría que mejorar. Pero ojo, no nos confundamos, porque una cosa es el aprendizaje formal y otra el informal. La parte informal ha de ser atractiva y amena, la formal ha de ser efectiva. No podemos confundir la enseñanza con la divulgación. Y a veces se es injusto con el sistema educativo.

¿Hacen falta científicos o humanistas?

– De entrada, la realidad exige gente muy formada. Y una sociedad sana necesita de todo.

Y en el mundo académico, ¿están reconocidos los divulgadores o se piensa que se han alejado de la docencia, que son unos comediantes?

– En el mundo académico hay una especie de esquizofrenia. Una parte tiene claro que la tarea de difundir socialmente el conocimiento general es vital. Pero hay reductos, y no pequeños, que entienden que nos tenemos que limitar a generar conocimiento y que la sociedad allá cuidaos, y que quienes nos dedicamos a esto de la divulgación es porque nos va la farándula.

Pues de algún modo, es una forma de empezar a cambiar el mundo, porque la divulgación llega a más gente, más allá de las aulas…

– No me dedicaría a esto si pensase que no es una actividad positiva con carácter general. Cambiar el mundo es ampuloso, pero suelo decir que nuestra principal aspiración es dejar un mundo mejor del que encontramos: mayor confort, mayor felicidad, más bienestar, más salud, más conocimiento… Y este tipo de actividades contribuyen a eso. Y antes, cuando me has preguntado lo de los diez minutos, más importante que enseñar es el interés que despiertas. Esa es la clave.

Convendrá en que también se corre el riesgo de trivializar y que la gente piense ‘me siento inteligente’…

– Sí, claro. Pero eso quiere decir que tenemos que tratar de ser lo más rigurosos posibles. Y cuando no lo hacemos bien, no está mal que se nos critique. La gente de divulgación científica somos muy estrictos. Referencias, fuentes… Hay quien dice que hay que ser rigurosos y otros que dicen que hay que tener cuidado con el rigor porque puede convertirse en rigor mortis.

¿Y usted?

– Yo ante la duda prefiero el rigor.

La Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU ¿obtiene retorno en forma de ‘likes’ o de financiación?

– La financiación es estable. La Diputación apostó desde el primer momento por la Cátedra y luego hay colaboraciones privadas y públicas. No nos planteamos vamos a hacer esto porque necesitamos financiación… Y el like, pues es muy peligroso porque te puede dar una idea muy engañosa de tu verdadero alcance… Para nosotros la medida, lo fundamental, es la participación en las actividades que organizamos y el grado de aceptación. Y te diré que hay dos temas que llenan las salas: la cosmología, los orígenes del universo, de dónde viene todo, y la evolución humana, de dónde venimos. A la gente le interesan las grandes cuestiones. No queremos aceptar de ninguna manera que esto es un accidente cósmico.

¿El populismo también amenaza a la ciencia y a la investigación?

– Por supuesto. El populismo se basa en la transmisión de emociones muy simples como fórmula para resolver problemas complejos. Ya sean de izquierdas o de derechas comparten eso. Al populismo la ciencia y el conocimiento le estorban. Y a los seguidores del populismo también, porque la ciencia te pone ante el espejo, te retrata. De hecho, tengo una teoría abstrusa de por qué ganó Donald Trump, el Brexit….

Pues no se la guarde.

-Además de porque los finales de las crisis económicas son duras de digerir, tiene que ver con el triunfo de una mentalidad posmoderna en filosofía que sostiene que no hay verdades y que todo vale, que los hechos los construimos… Esto ha dado respetabilidad a los mentirosos, les ha hecho creíbles. Puede haber interpretaciones alternativas, pero los hechos no lo son.

La Humanidad ha evolucionado gracias a los descubrimientos científicos y tecnológicos, pero estará conmigo en que la ciencia también está detrás de…

– … grandes desastres, efectivamente. Y esto no lo podemos olvidar. Por eso es exigible a los científicos que seamos conscientes de las implicaciones sociales, éticas y morales de los descubrimientos científicos y de sus posibles aplicaciones. Nunca es posible ser consciente de todo, pero sí es muy conveniente estar en guardia ante posibles usos que se pueden hacer de descubrimientos y de nociones…

¿Por ejemplo?

– Ahora hay un tema muy candente. Las técnicas de edición genómica, de ADN, el Crispr. Un corta y pega. Puedes hacer casi lo que te dé la gana, pero ojo, porque si metes la pata puedes organizar un follón de mucho cuidado. Y porque tienes que tener muy claro cuáles son los casos de aplicación y cuáles no. Parece legítimo usarlo para resolver problemas médicos. Las enfermedades raras por ejemplo. ¿Pero sería moralmente legitimo utilizar el Crispr para producir seres humanos más inteligentes?, ¿al alcance de quién?, ¿al servicio de quién?, ¿de qué manera?…

¡Vaya!

– Tampoco hay que dramatizar porque esto ha ocurrido con todos los avances del conocimiento y aquí estamos. Pero hay que ser conscientes de todo ello.

Un reciente informe de la ONU en el que han tomado parte investigadores del instituto vasco BC3, alertaba sobre la sexta extinción de especies. Hay que ponerse las pilas…

– La situación tiene muy mala pinta. El problema es que la cuestión se ha planteado en términos de conflicto ideológico. Y es muy difícil reconducirlo a un debate racional porque dependiendo de qué lado estés, la gente está dispuesta a negar la evidencia. La derecha niega la realidad del cambio climático, las pruebas, las evidencias… Y hay otros asuntos en los que es la izquierda la que niega evidencias en cuestiones ambientales como los transgénicos. Su cultivo no ha generado más problemas de salud ni ambientales que cualquier otro macrocultivo…

Una curiosidad ahora que estamos en año de celebraciones: ¿Llegó el ser humano a la Luna?

– Sí, hombre. Hay pruebas fehacientes. Los objetos que dejaron allí quienes fueron se pueden fotografiar, pero la más contundente es que las rocas que trajeron están en la Tierra. Y no hay ninguna posibilidad de que no sean de origen lunar.

¿Y por que no se ha regresado?

– No hay incentivos. Qué vas a hacer allí. Salvo que te plantees la Luna para dar un salto posterior no tiene sentido ir allí. O explotarla para obtener minerales, y eso se hará también con asteroides…

Parece que sí, que los estereotipos influyen

Es sabido que el porcentaje de chicas que escogen ingenierías o ciertas carreras de ciencias (física) cuando van a la universidad es muy bajo; las chicas representan en torno a un 25 o 30% del número total de matriculados. A cambio, ellas son muy mayoritarias en las carreras de ciencias de la salud, educación y otras; en esas son alrededor de un 75% del total. Pocos son conscientes, sin embargo, de que tampoco los estudios de filosofía se encuentran entre los preferidos por las mujeres o de que los de biología molecular sí lo son.

Ante esas diferencias nos hacemos muchas preguntas: ¿son innatas o son el resultado de la influencia del ambiente en que se crían los chicos y las chicas? ¿nos deben preocupar? ¿debemos animar a las chicas a que consideren la opción de estudiar ingenierías y a los chicos a que sean enfermeros? ¿hacemos bien tratando de corregir esos porcentajes? ¿son efectivas las medidas que se toman para corregirlas? ¿elegirían unas y otros con libertad en caso de que los animásemos en una u otra dirección? Son todas ellas preguntas legítimas, pero adelanto que no tengo una respuesta nítida para todas. Eso sí, conforme pasa el tiempo más me inclino a pensar que las diferencias no son innatas, que no es bueno que sean tan marcadas, y que es posible y conveniente actuar para corregirlas si pensamos que actuando así contribuimos a que chicos y chicas gocen en la vida de las mismas oportunidades.

Son meras opiniones; no voy a tratar de sostenerlas ahora. Habrá ocasión. Sí quiero, no obstante, aportar unos datos para la reflexión. Están extraídos de una investigación y los publicó hace cuatro años la revista Science. Quienes hicieron la investigación se hacían preguntas muy parecidas a estas que me he hecho yo. Partieron de la base de que el talento y la brillantez intelectual son rasgos que se suelen atribuir a los hombres. Y plantearon la hipótesis de que esa asociación puede conducir a que las mujeres descarten optar por disciplinas de las que piensan que exigen grandes dotes intelectuales. Esto es lo que se suele denominar un estereotipo.

Como hipótesis alternativas para explicar las diferencias, consideraron tres posibilidades. La primera fue que hubiese entre hombres y mujeres diferentes disposiciones a o capacidades para trabajar durante horarios laborales más prolongados; esta hipótesis tendría sentido si las mujeres valoran en mayor medida que los hombres una dedicación más equilibrada a otras facetas de la vida, como de hecho se ha sugerido en algunos trabajos. La segunda hipótesis alternativa se basó en la posible existencia de diferencias entre hombres y mujeres en los niveles extremos superiores de ciertas aptitudes, incluso aunque las aptitudes medias no difieran. La tercera concernió a la suposición de que ciertas carreras exigen una mayor capacidad para el pensamiento sistemático y abstracto, mientras que otras requieren o priorizan la capacidad para empatizar; según esta tercera hipótesis, a las mujeres les iría mejor y preferirían las carreras para las que la capacidad para empatizar constituye una ventaja, en perjuicio de las que, supuestamente, exigen más capacidad de abstracción y sistematización.

Los investigadores caracterizaron 30 carreras universitarias con arreglo a esas características diferenciales. Y cuantificaron cada uno de los rasgos considerados como hipótesis posibles (grado de brillantez requerida para cursarla con éxito, grado de dedicación a cursar la carrera, nivel de selectividad de la carrera, y capacidad de abstracción/sistematización vs. capacidad para empatizar).

La conclusión de la investigación fue que el grado de brillantez intelectual necesaria que se atribuye a cada carrera para poderla cursar con éxito resultó ser la única variable que se correlacionaba de forma significativa (y negativa) con el porcentaje de mujeres que obtienen el doctorado en cada campo del saber. El resto de variables consideradas no se correlacionaban de forma significativa con la presencia femenina en los diferentes campos.

Como todos los estudios, este tendrá problemas, estoy seguro; habrá quien esgrima, con razón, que correlación no implica que haya una relación causal entre las variables. Y no dudo de que se le podrán poner otras pegas. Además, como he comentado en alguna ocasión, no hay observación exenta de la influencia de las ideas preconcebidas de quien la hace.

Pero en mi opinión este estudio respalda la idea de que en la base de las diferencias entre chicos y chicas en lo relativo a sus opciones académicas ciertos estereotipos ejercen un efecto importante.

Por hoy, esto es todo; ya habrá más.

Referencia: Sarah-Jane Leslie, Andrei Cimpian, Meredith Meyer, Edward Freeland: Expectations of brilliance underlie gender distributions across academic disciplines Science16 Jan 2015 : 262-265

La agencia SINC publicó un buen resumen en español aquí.

Hay una subcultura femenina y una masculina

Es casi una estampa habitual: varios hombres sentados en el exterior de un bar a las diez de la mañana de un domingo mirando una pantalla al otro lado del cristal. En la pantalla, coches o motos, o pilotos en un podio. Más habituales son las escenas en las que un nutrido grupo, hombres en su mayoría, siguen con interés un partido de fútbol, también en una pantalla que se ve desde fuera del bar. No es necesario que sea el equipo local, aunque si los es, los espectadores son más y siguen el partido con mayor atención.

Sí, hay mujeres a las que interesan los deportes televisados, pero los varones son bastantes más.

Es posible que muchas mujeres lean revistas de chicachismes, pero no son menos los hombres que leen prensa deportiva (perdón por el eufemismo).

La mayoría de los aficionados a juegos de rol, o de ordenador, son chicos. También a los juegos de la play o como quiera que se llamen esos aparatitos. Los chicos dedican mucho tiempo a jugar y siguen con interés canales de Youtube dedicados a los juegos.

Ayer vinimos de Bilbao en el último autobús a Leioa. Viajaba poca gente; en su mayoría eran señoras que venían del cine. Al teatro o a la ópera van hombres, sí, pero van más mujeres.

La literatura es, cada vez más, una afición femenina. Es abrumadora la diferencia en hábitos de lectura entre hombres y mujeres.

La cultura elevada (sí, llamémosla así, prefiero errar al utilizar esa expresión antes que caer en la confusión de considerar una carrera de motos un hecho cultural equivalente al bolero de Ravel) es cada vez en mayor medida cosa de mujeres. Los hombres se entretienen cada vez más con juegos y deportes televisados, o con juegos que reproducen deportes televisados.

No sé si la brecha académica entre hombres y mujeres ha aumentado en los últimos años, pero existe y no es pequeña. Las chicas obtienen mejores resultados en los estudios. Sacan mejores notas y van en mayor proporción a la universidad. En las carreras en las que es más difícil entrar hay muchas más chicas, con pocas excepciones; las diferencias en la proporción de mujeres que cursan unas y otras carreras obedecen en parte a eso.

Además, también es más probable que completen con éxito sus estudios.

Creo que esto es el resultado de la existencia de –sin excluir la de otras- dos grandes subculturas en nuestras sociedades, una masculina y otra femenina. Creo que los chicos se aficionan a los deportes y los juegos porque esas son las aficiones que se espera de ellos que cultiven. Son también las de los hombres adultos; los chicos adquieren de sus pares lo mismo que ven en los grupos de varones adultos. Además, ser buen estudiante seguramente cotiza a la baja en sus cuadrillas.

Lo propio ocurre con las chicas. Solo que ellas leen y son más aplicadas en la escuela. Y de ahí, seguramente, se deriva todo lo demás.

Sí, claro, hay chicas jugonas y aficionadas a los deportes televisados y chicos que leen y estudian. Pero creo que las tendencias generales son las que he descrito antes.

Ya no me asombra que esto sea así. Lo que me asombra es que no parezca preocupar a nadie.

No existe el retorno a un estado armonioso de la naturaleza

El Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha sentenciado que los organismos que se obtengan mediante la técnica de edición de genoma CRISPR/Cas9 -la conocida como bisturí molecular– han de recibir el mismo tratamiento legal que los organismos transgénicos. Esta decisión da la razón a la organización Confédération paysanne y otras, y en general, a los grupos ecologistas y lobbies de organizaciones agrarias. Si se tiene en cuenta las dificultades que han de superar los organismos transgénicos para que se autorice su cultivo en la UE y el valor simbólico de la resolución, esta ha sido una victoria para las organizaciones ecologistas y una derrota inapelable para quienes defienden el valor de las pruebas como fuente de criterio.

Desde el punto de vista científico, la decisión no tiene ningún fundamento. Es un sinsentido. En la actualidad las variedades agrícolas se obtienen al azar, mediante mutagénesis provocada por agentes químicos o físicos. Se desestiman la gran mayoría de mutantes obtenidos de esa forma y solo se comercializan los que tienen propiedades deseables. La técnica CRISPR/Cas9 permitiría obtener variedades igualmente deseables, pero con mucho más control y de forma más dirigida que mediante la mutagénesis indiscriminada. Es de locos. El biotecnólogo Lluis Montoliu ha explicado esto muy bien aquí.

La sentencia invoca el llamado principio de precaución, pero como en su día defendí aquí, ese principio es una trampa insalvable siempre que una organización (normalmente ecologista) lo esgrima para aoponerse a cualquier cosa.

Al ecologismo debemos que la calidad ambiental sea, para la mayoría, un bien a preservar y que, en virtud de tal noción, cada vez tengamos más conciencia de los problemas ambientales a los que nos enfrentamos. Por eso mismo, de esa conciencia se derivan medidas legales de protección del medio que tienen efectos muy importantes y que deberían ser garantía de un entorno saludable y amable para quienes nos sucedan. Sin embargo, el ecologismo contemporáneo, lejos de recurrir a la razón y a las pruebas para identificar las causas que defiende y los proyectos a los que se opone, ha dado un salto en el vacío y se ha convertido en un agente político que trata de dificultar la implantación de tecnologías, algunas de las cuales son de gran valor para la humanidad, aunque para ello tenga que avalar intereses gremiales de la peor especie.

Los ecologistas se oponen a los organismos transgénicos, cuando no hay pruebas de que su cultivo y consumo generen problemas para el medio ni para la salud de las personas (recordemos la carta de los premios Nobel a Greenpeace). Los ecologistas se oponen al uso de técnicas de edición del genoma, aunque no haya ninguna razón para pensar que pueden provocar problemas ambientales o de salud. Los ecologistas se oponen a las antenas de telefonía móvil y de redes wi-fi, cuando no hay pruebas de que las ondas de que se valen esas tecnologías, en las condiciones en que funcionan en la actualidad, causen daño alguno.

Curiosamente nunca se han opuesto a tecnologías equivalentes pero algo más antiguas (irradiación de semillas para obtener variedades mutantes, u ondas electromagnéticas de televisión y radio, por ejemplo), ni a tecnologías mucho más antiguas aún y que han provocado centenares de miles de muertes prematuras (automóviles, trenes, barcos o aviones) o a productos cuyo consumo causa también centenares de miles de muertes prematuras en el mundo (ciertos alimentos, tabaco y alcohol). En virtud del famoso principio de precaución, no se autorizaría hoy la venta de automóviles, las emisiones de radio y televisión, o la venta de güisqui, por ejemplo.

Los ecologistas tampoco hacen campañas contra el ruido, el principal agente contaminante de nuestros pueblos y ciudades, verdadero veneno para la mente. Sus causas más célebres tienen algo en común: se oponen al bienestar de la humanidad.

Es obvio que el progreso no ha de justificar innovaciones peligrosas o dañinas o, mejor dicho, las innovaciones han de causar menos daños que los que deberían evitar. Pero lo que no tiene sentido es oponerse a innovaciones de cuyos efectos adversos no hay constancia alguna ni sospechas bien fundadas.

Entiendo a los pequeños empresarios agrícolas franceses: defienden sus intereses y lo hacen organizándose en grupos de presión con ese fin. No entiendo a los ecologistas, a los realmente existentes hoy. El movimiento ecologista ha adquirido los rasgos propios de una fe, una creencia en las bondades de un pasado prístino (que en realidad nunca existió) que hay que recuperar, un pasado supuestamente “natural” y, por ende, mejor que el artificial presente. Se nutre de un sentimiento agónico por la pérdida del Paraíso Terrenal y de una visión puramente estética de lo que el Mundo debería ser. Creo que ese sentimiento y esa visión es lo que lleva a muchos de sus militantes a oponerse a cualquier innovación que pueda suponer una mejora para la humanidad.

Acabo la conjetura de hoy reproduciendo un párrafo de sir Karl Popper tomado de la página 216 (y última del I volumen) de «La sociedad abierta y sus enemigos». Popper se refiere a algo diferente, pero creo que en el fondo hablamos de lo mismo. Dice así:

“No existe el retorno a un estado armonioso de la naturaleza. Si damos vuelta, tendremos que recorrer todo el camino de nuevo y retornar a las bestias. Es este un problema que debemos encarar francamente, por duro que ello nos resulte. Si soñamos con retornar a nuestra infancia, si nos tienta el deseo de confiar en los demás y dejarnos ser felices, si eludimos el deber de llevar nuestra cruz, la cruz del humanitarismo, de la razón, de la reponsabilidad, si nos sentimos desalentados y agobiados por el peso de nuestra carga, entonces deberemos tratar de fortalecernos con la clara comprensión de la simple decisión que tenemos ante nosotros. Siempre nos quedará la posibilidad de regresar a las bestias. Pero si queremos seguir siendo humanos, entonces solo habrá un camino, el de la sociedad abierta. Debemos proseguir hacia lo desconocido, lo incierto y lo inevitable sirviéndonos de la razón de que podamos disponer, para procurarnos la seguridad y libertad a que aspiramos.»

Los valores no se enseñan

La Ministra de Educación, mi apreciada Isabel Celaá, se propone implantar en el curriculum de la enseñanza obligatoria una nueva asignatura de “valores cívicos y éticos”. Por sorprendente que me parezca, resulta que muchas personas de mi entorno ven la idea con buenos ojos. Llevan años oyendo una letanía, un lamento por la supuesta pérdida de valores de la sociedad contemporánea y, más concretamente, de la juventud (nada nuevo bajo el sol, por cierto). Y en consecuencia, les parece bien que se enseñen valores en la escuela. Además, creen, como la propia Ministra –así me lo dijo hace unos años-, que muchos chicos y chicas viven en entornos familiares y sociales en los que no se comparten o no se transmiten los valores adecuados. En otras palabras, que no todos han tenido la suerte que he tenido yo o han tenido mis hijos.

El caso es que, para empezar, no está claro qué entendemos por valores. Ninguna de las trece acepciones de la palabra en el diccionario de la RAE nos sirve de ayuda. La wikipedia resulta algo más útil; o no. Vean. Pero si uno piensa un poco en lo quieren decir quienes hablan de valores, se encuentra con que engloban cosas diversas. Pueden ser bienes o virtudes morales, principios, derechos, o normas, quizás, u otras cosas más extrañas.

Si hablamos de valores éticos, entiendo que se trata, en realidad, de virtudes o bienes morales, solo que queda mejor decir valores, quizás porque en el primer cuarto del siglo XXI da corte utilizar palabras, como virtud o bien, tan de los años sesenta y setenta del siglo XX. O a lo mejor es que llamándolos por su nombre, las cosas ya no están tan claras. Porque, ¿de qué se trata? ¿de explicar a los adolescentes que deben ser buenas personas? ¿que no hay que patear mendigos que duermen en cajeros, ni arrojar una camada de gatitos recién nacidos al río? ¿Es eso? ¿O que hay que ceder el asiento a las personas mayores en los autobuses? ¿En serio? ¿Eso debe ser enseñado en la escuela? ¿Ha de formarse a los escolares en honradez, respeto, compasión o generosidad?

O quizás son otros los “valores” en que hay que formar a la juventud. Quizás se trate de impartir principios. Veamos. Si los principios son esos fundamentos que gobiernan el comportamiento personal, no parece muy razonable que deban formar parte del currículo escolar. ¿Hay que enseñar a ser leal a las amigas? ¿O a ser tolerante? Por mucho que uno tenga esos principios en muy alta estima, dudo que la función de la escuela sea instruir a chicos y chicas en lealtad y tolerancia, por ejemplo.

En alguna ocasión, discutiendo de estas cosas, se me ha dicho que debe formarse no en principios para el gobierno personal, sino en principios para la convivencia, aquellos que constituyen el fundamento de las sociedades democráticas contemporáneas. Se trataría de cuestiones tan básicas como que todos los seres humanos nacemos libres e iguales, y que tenemos una serie de derechos fundamentales que no se nos pueden negar o limitar salvo que medie una sentencia judicial dictada con arreglo a normas aprobadas democráticamente. Pero si se trata de elementos de esa naturaleza, en realidad estaríamos hablando de los fundamentos para la convivencia que han dado lugar a derechos y normas aceptadas universalmente (aunque su cumplimiento real deje mucho que desear en buen número de países). No se trataría, en rigor, de valores éticos y cívicos, como predica la Ministra, sino de elementos básicos del entorno social y, por lo tanto, deberían formar parte del currículo en los aspectos relativos al conocimiento del medio. Nada que objetar a ello.

¿Pero se trataba de eso? Lo dudo. La razón por la que unos y otros, cuando llegan al gobierno, se proponen introducir en el curriculum estas cosas, es porque les anima la voluntad, más o menos explícita, de utilizar a la escuela como herramienta de adoctrinamiento. Como dije hace unos meses aquí, “formar en el espíritu nacional, inculcar el respeto al medio ambiente, llevar a las víctimas del terrorismo a las aulas, promover la igualdad, educar en la solidaridad y la diversidad, predicar una moral de inspiración confesional, españolizar a los catalanes” y otras pretensiones de similar cariz no son sino formas de adoctrinamiento. Se me ocurren unas cuantas más que omitiré por no alargar esta anotación en exceso. Pueden ser muy deseables, o no. Pero tengo una objeción. En ese terreno lo que es fundamental para unas personas es rechazable para otras, y a la inversa; y dado que no iba a ser fácil que nos pongamos de acuerdo acerca de quién ha de decidir qué valores se transmiten y cuáles no, habría que aceptar que sean las autoridades educativas las que tomen esa decisión. ¿Sí? ¿Estamos dispuestos a que sea el gobierno de turno el que decida eso? Sospecho que la respuesta a esa pregunta dependerá del grado en que nos identifiquemos con él.

Pero hay más. Eso que llaman valores son a veces rasgos de carácter y suelen basarse en predisposiciones heredadas. Dudo que se pueda enseñar a ser amable, por ejemplo. Y cuando se trata realmente de virtudes o bienes morales, estoy convencido de que no se enseñan sino que, simplemente, se practican o no se practican. Y al practicarse, se pueden transmitir. Por esa razón, la escuela, como institución, tiene muchas limitaciones para desempeñar esa función. Es muy posible que haya profesoras o maestros que sean capaces de transmitir virtudes morales pero, si lo hacen, ello no será consecuencia de la inclusión en el curriculum de los contenidos correspondientes, sino de su ejercicio real en la práctica cotidiana.

Por lo mismo, son la familia y la cuadrilla los entornos en que se adquieren los principios, virtudes y bienes morales que se ejercitarán a lo largo de la vida. La primacía de la familia, el valor del esfuerzo y de la responsabilidad, la honradez, la compasión, y otras, son virtudes que, si las adquirí o la medida en que las adquirí, es algo que debo a mis padres. La camaradería, la lealtad, la reputación, el respeto a los otros, la libertad, son bienes que valoro gracias a mis amigos, porque con ellos los practiqué y, en la medida en que lo hago, los practico. Y nada acerca de lo que fui aleccionado en las aulas escolares dejó, en esa esfera, la más mínima huella en mi ánimo. No creo ser ninguna excepción.

Llegados a este punto, habrá quien piense que si tratar de formar en valores es una tarea inútil, no debería preocuparnos la pretensión de la Ministra, puesto que implantar la asignatura en cuestión no tendrá efecto alguno. Dice Alberto Cifuentes (@cifuito), que ese afán por encomendar al sistema educativo ciertas funciones que, como la formación en valores, no le son propias, obedece al deseo de desviar hacia la escuela responsabilidades que pertenecen a los ámbitos social y familiar. Es posible que así sea. En todo caso, cada vez que se asigna una nueva tarea al sistema educativo, se hace en detrimento de las funciones más genuinamente formativas; me refiero a la instrucción en materias tales como las lenguas, incluídas las matemáticas; el conocimiento del medio en todas sus dimensiones, y los elementos más sobresalientes de la cultura humana: ciencias, artes y letras. Y eso es algo que no deberíanos permitirnos.

Carta abierta a la alcaldesa de Leioa sobre la prohibición de llevar perros sueltos

Sra. alcaldesa:

Le presento mis respetos y le dirijo esta carta para manifestarle mi enojo y protestar por la permisividad de la autoridad municipal para con los dueños de los perros que campan a sus anchas por el parque de Artaza.

Soy incapaz de decir si me gustan los perros o si me disgustan. Unos me resultan simpáticos y otros antipáticos, no puedo generalizar al respecto. He tenido, eso sí, experiencias traumáticas con algunos aunque, en el fondo, esto es irrelevante a los efectos del asunto que me ocupa hoy.

Siendo un crío un perro gigantesco (con cinco o seis años casi todos lo son) me persiguió con saña hasta que mi padre consiguió, corriendo tras él y valiéndose de un sombrero, alejarlo de mi estela. Cuando era ya adolescente, uno de grandes dimensiones que participaba en una feria canina que se celebraba en Portugalete me lanzó un bocado; lo hizo sin inmutarse ni haber emitido antes señal intimidatoria alguna, como si su intento fuese la mera demostración de su talento o su casta. Solo me rozó la mano, pero el incidente dejó huella indeleble en mi ánimo. Desde entonces trato a los perros con prevención o, mejor dicho, mantengo una actitud de prevención ante ellos porque, de hecho, me abstengo de cualquier trato. El último trago lo pasamos cuando dos canes de gran tamaño salieron, en una zona rural de Asturias, al camino por el acabábamos de pasar y permanecieron allí impidiéndonos regresar a pie al lugar en el que residíamos; tuvimos que llamar a un taxi para que fuera a recogernos a la aldea en la que habíamos hallado refugio de la lluvia intensa que caía sobre nosotros.

Paseamos a menudo. Nos gusta hacerlo por lugares agradables: parques, jardines e itinerarios al borde del mar, a poder ser. Confieso que no somos en esto muy originales. O sea, no nos gusta caminar junto a carreteras; pasan coches y desprenden gases desagradables, además de nocivos; no es la actividad más saludable que hay. Tampoco nos gusta andar a paso rápido entre calles; hay mucha gente y semáforos que entorpecen la marcha. Y es que andamos por placer y también porque el médico así nos lo ha recomendado. La plaza peatonal de nuestro bloque se nos queda pequeña; recorrer todo su perímetro no nos lleva más de tres o cuatro minutos. Y el pasillo de nuestro hogar no es una opción.

Así que salimos de casa, subimos por la calle Estartetxe, accedemos a Basañese, atravesamos Neguri y llegamos a Ereaga. Al llegar al final de la explanada del Puerto Viejo de Algorta damos la vuelta y regresamos. Volvemos por el Antiguo Golf y entramos en Artaza. Como he dicho antes, no nos gusta caminar junto a la carretera y la de la Avanzada es una de las más transitadas del territorio. Pero en Artaza, en el parque de Artaza, hay perros. Perros sueltos, quiero decir. Lo digo porque en las entradas sendos letreros indican en vasco y en castellano que está prohibido tenerlos sueltos en el parque.

La prohibición existe desde hace tiempo. Supongo que desde que el parque es público. Hace unos años, sin embargo, unos cuantos dueños de perros se organizaron y protestaron contra la prohibición. Llegaron a manifestarse tras una pancarta. Pedían que se les dejase tener sueltas a sus mascotas en el parque. Tras unos tiras y aflojas el ayuntamiento accedió a que pudiesen soltar a sus perros en una zona delimitada a tal fin. De hecho, en diferentes lugares ajardinados del pueblo aparecieron, de un día para otro, unos postes de pequeña altura pintados de azul. Marcaban, al parecer, las zonas en que se podía soltar a los perros. También en Artaza aparecieron los postes, en una parte de su zona alta, para ser precisos. Un espacio amplio, despejado, y de fácil acceso. La consecuencia de aquel acto permisivo fue la que cabía esperar: desde entonces, corretean a su antojo por el parque, por todo el parque, casi todos los perros que entran en él. Son excepción los que van atados. Y no los hay en mayor número en la zona habilitada para su solaz; se distribuyen de forma uniforme por todo el recinto.

En cierta ocasión, en un paseo de madrugada se me abalanzó un perro y posó sus extremidades anteriores en mi camiseta, a la altura de mis pectorales. Increpé a los dueños, pero la discusión se saldó con amenazas por su parte. Nos ha ocurrido más veces en Artaza; hace un par de años, en otro paseo matutino, el dueño de un gran perro a quien recriminamos que lo llevara suelto nos ofreció (literalmente) “unas hostias”; declinamos el ofrecimiento, por supuesto, y nos largamos raudos de allí. Pero el susto no nos lo quitó nadie; se puso muy agresivo.

Hemos sufrido más episodios desagradables. Los perros sueltos no siempre saben con quién pueden jugar y con quién no. Tampoco suelen tener demasiado cuidado cuando se lanzan a la carrera a por la rama de turno. Y los dueños no suelen reaccionar con mesura cuando se les recuerda que no está permitido hacer lo que hacen. Si llegan a ofrecer alguna justificación para su comportamiento, lo primero que dicen es que su perro es inofensivo, que solo quiere jugar o que no molesta a nadie. Pero al insistir y señalar que si no es aconsejable confiar en el criterio de un homínido, menos lo es confiar en el de un cánido, suelen reaccionar con enojo, defendiendo la calidad “cuasi-humana” o bondad de su animal de compañía y acusándonos de intolerantes e incomprensivos. No sirve de nada recordarles que hay una norma, que las normas suelen existir por buenas razones, y que están para ser cumplidas.

En algunas de estas tesituras hemos llamado por teléfono a la policía local. Con efectos nulos, he de decir. La última ocasión en que lo hice, hace cosa de un mes, la persona que respondió al teléfono me dijo que tomaba nota y que enviaría un coche cuando quedase libre alguno. Debe de ser la respuesta estándar para tales demandas. Lo cierto es que estuvimos cerca de una hora en la terraza del bar (la casa del guardia en la puerta principal) y no apareció ningún coche. Ni nadie. Los perros siguieron corriendo a su antojo.

Sra. alcaldesa, mi queja no es banal. Lo más probable es que en la vida de un ayuntamiento haya grandes asuntos por abordar: planes urbanísticos, lucha contra la exclusión social (es un suponer), mantenimiento de las infraestructuras viarias, ordenanzas varias y otros de similar o mayor calado. Al lado de esas cosas, que los perros anden sueltos o atados quizás le parezca baladí o, si acaso, algo menor.

Para mí no lo es. Por dos razones. La primera es que me hago mayor y con la edad –nos pasa a muchos- cada vez soy más cascarrabias. Y el caso es que este asunto de los perros sueltos hace que me ponga como una hiena cada vez que paseo por los parques o que me acuerdo de ello. Porque el incumplimiento de la norma, en la práctica, me expulsa de ciertas zonas a cuyo acceso no tengo por qué renunciar: limita injustificadamente mi libertad y mis derechos. Y la segunda es más importante: una norma cuyo incumplimiento se tolera no solo es inútil sino que, además, constituye un mal ejemplo. ¿Por qué habría de respetar otras normas quien sabe que puede vulnerarlas impunemente? ¿Por qué habría yo de respetar las que me desagradan? ¿Por qué habría de bajar la basura a las horas establecidas? ¿Por qué habría de abstenerme de tirar peladuras de plátano en las aceras? En fin, no hace falta que siga: si no se cumplen, las normas están para hacer que se cumplan[1]. O al menos, a mí así me lo parece.

Respetuosamente, se despide su convecino.

Juan Ignacio Pérez

[1] Aunque pueda parecer absurda como conjetura, no lo es; esta proposición de tan simple enunciado es la conjetura de hoy.

La crisis de los emigrantes plantea dilemas difíciles

Me sobrecoge el drama de quienes queriendo llegar a las costas de Europa se arriesgan a dejar su vida en el intento. Mueren muchas personas procedentes del África Subsahariana, demasiadas. Es inmoral dejar morir a nuestros semejantes si está en nuestra mano salvarlos. Y creo que esto mismo piensan todas las personas para quienes las vidas humanas son el bien más valioso, el mayor a preservar. También creo que esto es lo que piensa o siente la mayoría. Y sin embargo, esos sentimientos no sirven para resolver el problema de la emigración a Europa de personas procedentes del África Subsahariana (los sentimientos no resuelven ningún problema).

Pero dicho lo anterior, creo que no somos conscientes de la verdadera naturaleza del problema de los inmigrantes y de los refugiados. Lo que ocurre en el Mediterráneo y también en otros lugares –recordemos lo que está pasando en los Estados Unidos con los hijos que están siendo separados de sus madres- nos coloca ante dilemas morales de muy difícil solución. Por un lado, nos compadecemos de quienes se encuentran en peligro de muerte; también nos conmueve la situación de quienes fracasan en su intento por llegar a nuestros países. Pero por el otro, la experiencia muestra que cada vez que se agudiza (o se nos presenta como más agudo) el fenómeno de la migración masiva, mejores resultados electorales cosechan las opciones políticas más frontalmente opuestas a aceptar emigrantes. Algunos incluso ganan las elecciones (como en Italia) o llegan a provocar una crisis seria en gobiernos proclives a aceptar extranjeros (como en Alemania). ¿Qué nos pasa? ¿Somos insensibles ante este drama? ¿Somos acaso unos desalmados? ¿Lo son la mayoría de nuestros conciudadanos europeos?

La respuesta no es sencilla. Ante estos dilemas actúan mecanismos morales complejos. Y como suele ocurrir, los problemas complejos no admiten respuestas sencillas. Operan en estos casos dos sentimientos en conflicto.

Uno es el que nos conduce a rechazar al otro, al que no forma parte de nuestro grupo. Es un sentimiento universal; es parte de nuestra naturaleza y tiene hondas raíces evolutivas. Las mismas tendencias prosociales que favorecen la cohesión del grupo al que pertenecemos provocan el rechazo de quienes no forman parte de él. En nuestra historia los otros han sido normalmente fuente de peligros más que de beneficios. Y hemos generado mecanismos de rechazo. Esos mecanismos siguen operando hoy: son los que han permitido a las opciones xenófobas ganar las elecciones en Italia y, eventualmente, propiciarán el mismo resultado en otros países. No debemos engañarnos al respecto. Los discursos que pretenden justificar la oposición a los emigrantes invocando efectos llamada, competencia por los puestos de trabajo, dilapidación de los recursos públicos, su peligrosidad y otros similares son justificaciones post hoc, elaboraciones que buscan racionalizar una tendencia innata, muy básica, a rechazar a los otros, que carece de base racional.

Y también hay sentimientos contrarios al de rechazo. Son sentimientos de compasión por quienes sufren o se arriesgan a perder sus vidas. La compasión puede tener un origen puramente emocional, basado en la empatía que se experimenta cuando nos ponemos en el lugar del otro (en sus zapatos, que diría un anglohablante). Y también puede tener un origen racional, basado en la consideración de que todos los seres humanos deberíamos tener los mismos derechos y poder acceder a las mismas oportunidades.

Esos sentimientos, aunque nos parezca extraño, pueden anidar en las mismas mentes. En ciertos momentos podemos inclinarnos por la compasión y en otros por el rechazo. Y cuando llega la ocasión en que debemos ejercitar una opción concreta (al opinar en una tertulia de bar, responder a una encuesta, votar en unas elecciones, por ejemplo) nos inclinamos por una u otra solución al dilema dependiendo de factores diversos y, en general, azarosos. Pero lo que nos indica la experiencia es que, en términos netos (agregados), tendemos en mayor medida a optar por el rechazo que por la aceptación. De no ser así, la llegada de extranjeros no ejercería los efectos electorales que de hecho ejerce.

Por eso, hay que hacer uso de mucha inteligencia a la hora de adoptar medidas relacionadas con este asunto. Hay, sí, que salvar cuantas vidas humanas sea posible. Pero también hay que aplicar políticas migratorias que tengan en cuenta que los dilemas a los que nos enfrentamos no son eludibles; están ahí y surten efectos. No basta con desear que las cosas sean de una manera. Tampoco es posible actuar como si esos dilemas no existiesen. Actuando así no solo no se resuelve nada; se puede empeorar mucho más.

Dicho lo anterior, si alguien siente curiosidad por saber cuáles creo yo que serían esas medidas inteligentes que permitirían una gestión moralmente aceptable y políticamente útil de crisis migratorias como la que vivimos, lo siento, no podré satisfacer esa curiosidad. Porque las desconozco.

No aceptan que les contradigan, disgusten, enojen u ofendan

En la reseña editorial del libro de próxima aparición de Greg Lukianoff y Jonathan Haidt, The Coddling of the American Mind: How Good Intentions and Bad Ideas Are Setting up a Generation for Failure, se dice que a la generación que viene le han sido enseñadas tres grandes falsedades: que sus sentimientos siempre están bien; que deben evitar el dolor y la incomodidad, y que deben buscar los errores que cometen los demás pero no los que cometen ellos. Estas tres Grandes Falsedades serían parte de una forma de pensar más general que ve a los jóvenes como criaturas frágiles que deben ser protegidas y supervisadas por adultos.

Esas falsas nociones estarían haciendo mucho daño a adolescentes y jóvenes al enseñarles lo contrario a lo que nos dice tanto la sabiduría antigua, como los modernos hallazgos psicológicos sobre el coraje, el crecimiento personal y la antifragilidad[1]. Como consecuencia de esas enseñanzas, ha crecido la incidencia de la depresión y la ansiedad entre los jóvenes, a la vez que se producen de forma permanentes conflictos en los campus motivados por discrepancias morales y recriminaciones mutuas. Sostienen Lukianoff y Haidt que se ha extendido una cultura de la “seguridad” y que la intolerancia a puntos de vista diferentes ha dejado a muchos jóvenes sin preparar para la vida adulta.

Haidt, en concreto, está muy preocupado con la creciente ola de intolerancia en los campus norteamericanos hacia la expresión de opiniones que resultan incómodas o que van en contra de los valores y posturas ideológicas dominantes. Y está muy comprometido con la promoción de la libertad de expresión en los ámbitos académicos. Por esa razón es uno de los promotores de la Heterodox Academy, una asociación de docentes de universidades norteamericanas que se ha propuesto promover la diversidad de puntos de vista en los campus.

[En el vídeo aparece Christina Hoff Sommers, filósofa y votante inscrita en el Partido Demócrata (habría sido exactamente igual si hubiese estado inscrita en el Partido Republicano o en ninguno de los dos), a quien no se permite dar una conferencia siendo tildada de fascista por las activistas que boicotearon su intervención.]

Hasta hoy pensaba que se trataba de un fenómeno estrictamente anglosajón[2] y que, incluso, su magnitud podría haberse exagerado, pero he vivido hoy una experiencia que me ha hecho pensar lo contrario. La experiencia en cuestión, algo más adelante; entre tanto un breve intermezzo aclaratorio.

Hasta hace unos pocos años las limitaciones a la libertad de expresión en los campus universitarios vascos han consistido, sobre todo, en algaradas y boicots de grupos de estudiantes a conferenciantes a los que rechazaban por razones estrictamente ideológicas, y también contra actos institucionales en los que los responsables académicos debían intervenir[3]. Lo que está ocurriendo en el mundo anglosajón tiene otro cariz: no solo se rechaza aquello que se asocia con posturas ideológicas opuestas, sino también lo que ofende o atenta contra la sensibilidad de los jóvenes estudiantes.

He tenido ocasión de vivir en primera persona una experiencia desconcertante que me ha hecho pensar que algo parecido puede que acabe pasando entre nosotros. He impartido una charla que trataba sobre las adaptaciones humanas a la carrera de fondo ligada a la caza por persistencia. Y como suelo hacer cuando trato ese tema, he incluido al final de la charla un vídeo en el que se muestra a una partida de Koi San que persiguen durante nueve horas a un kudú y, tras la persecución, uno de ellos lo abate de un lanzazo. Durante los últimos minutos, aproximadamente la mitad de los asistentes, estudiantes de alrededor de 16 años, se han tapado los ojos y han evitado contemplar la escena de la muerte del kudú. Tras las preguntas les he interpelado al respecto de su actitud, preguntándoles si a su juicio esa escena debía evitar ser mostrada. Los que se han tapado los ojos han dicho que sí, que hubiesen preferido no haberla visto y que habría sido mejor no haberla proyectado. Alguno de los interpelados, literalmente, me lo ha espetado. Se puede ver la secuencia de la caza completa en el vídeo (es el que he proyectado), pero basta con los últimos tres minutos, que es cuando se han tapado los ojos.

Cuando hablo de estas cosas con las maestras de primaria que conozco me dicen que cada vez más progenitores evitan activamente exponer a sus retoños a escenas “duras” o experiencias vitales difíciles o traumáticas, llegando en algún caso a ocultar la muerte de algún familiar muy próximo y querido.

Y he empezado a pensar que Haidt no exagera y que, igual que ocurrió con el tabaco rubio y el rocanrol, a nuestros campus también llegarán tiempos de ortodoxia política y uniformidad moral y, sobre todo, de jóvenes ofendidos e impresionables que no quieren exponerse a los rigores de la diversidad, la diferencia o, simplemente, el lado menos edulcorado de la vida.

Post Scriptum:

No me gusta opinar acerca de los jóvenes, sobre todo si las opiniones son negativas. Como dice Sergio Parra en esta anotación (me la ha recordado un usuario de tuiter), criticar a los jóvenes y compararlos desfavorablemente con las generaciones anteriores es un clásico en la historia de la humanidad. De hecho, tengo buena opinión de los jóvenes en diferentes aspectos: creo que, en general, tienen actitudes más prosociales y están mejor formados que lo estábamos los de mi generación; también creo que son más creativos, por ejemplo. Pero de la misma forma que tengo esas buenas opiniones, percibo las señales a que me he referido en esta ocasión y, sobre todo: (1) en rigor no son los jóvenes los criticados, sino sus progenitores, y (2) en este texto se aportan datos -creo que objetivos- como la mayor incidencia de depresión y ansiedad (que psicólogos profesionales relacionan con los problemas citados) y la mayor frecuencia de casos de intolerancia hacia opiniones contrarias y, sobre todo, hacia aquello que creen ofensivo o hiere su sensibilidad.

Pero ciertamente, puedo estar incurriendo en el viejo vicio de Platón o Cicerón. Nadie es perfecto.

Notas:

[1] He optado por traducir así antifragility, aunque dependiendo del contexto quizás podría valer resistencia o, mejor incluso, resiliencia.

[2] New Scientist se ha hecho eco en el editorial de su último número de ese mismo fenómeno en el Reino Unido.

[3] Grupos relacionados, principal pero no exclusivamente, con la corriente política que dio cobertura ideológica y sigue justificando la violencia terrorista que se practicó en Euskadi durante medio siglo.

¡Fútbol, fútbol, fútbol!

La afición de un club se solidariza con un futbolista condenado por evasión fiscal. Los de otro club, y no son pocos, son de la opinión de que a los futbolistas también se les debería permitir agredir sexualmente a sus parejas[1]. Hay padres que en vez de animar a sus hijos, insultan al árbitro hasta el punto de provocar que este salga llorando del campo. Si es el caso, las aficiones se manifiestan para exigir que el club de sus amores no pierda la categoría, y hasta lo consiguen. Son solo unos pocos ejemplos, pero bastante ilustrativos de la consideración que le tiene al fútbol mucha gente y de la idolatría de la hinchada hacia sus futbolistas.
El futbol llena páginas de periódicos, horas de radio y televisión, conversaciones de cuadrilla, y hasta sirve para acabar con esos más que incómodos silencios de ascensor. Es el ejemplo más conspicuo de la tribalización que aflige a nuestras sociedades.
El futbol, además, altera la normal convivencia ciudadana. Se desvía el tráfico, se cambia el recorrido de los autobuses y hasta circular en metro se hace más difícil. Los días de partido las calles y plazas próximas al estadio se llenan de gente con mucho alcohol en el aparato digestivo, en la sangre, en el hígado y en el encéfalo; y con mucha necesidad de evacuarlo de cualquier modo y en cualquier esquina.
Y a veces, como ayer en Bilbao, ocasiona gravísimos incidentes.
Ayer murió un ertzaina antidisturbios en Bilbao mientras trabajaba para mantener a raya a las hordas de subhumanos que decidieron convertir el entorno de San Mamés en un campo de batalla. Murió sin que fuera agredido físicamente, y es posible que su destino ya estuviera escrito en su corazón antes de que saliera de la furgoneta y se desplomara sobre el asfalto. Pero que la muerte del ertzaina fuese debida a una afección cardiaca y no consecuencia directa de los incidentes, no elimina la gravedad de aquellos.
No hay nada que hacer. El fútbol, los clubs y los futbolistas parecen ser intocables. Y a las aficiones no se las puede contrariar. La violencia que rodea el fútbol no es imposible de erradicar. Si no se toman las medidas necesarias es porque en el fondo, los responsables han acabado asumiendo que las broncas, la violencia y la degradación de todo orden que acompaña al espectáculo, forma parte del mismo y es un elemento más de su penetración social y, por lo tanto, del status quo que no se quiere poner en riesgo.

Pero no nos engañemos: los “responsables” oficiales no son los único responsables. Lo son todos aquellos que con su actitud ayudan a que el futbol siga siendo objeto de veneración social y esté más allá de cualquier otra consideración.

[1] El futbolista en cuestión fue finalmente absuelto de los delitos de los que fue acusado, pero ello no exime a la afición de su comportamiento.

Ellos han vuelto

Lo que importa es cómo juguemos nosotros…

Si jugamos al noventa y cinco por ciento no les ganamos; tenemos que jugar al ciento veinte por ciento…

Nos vamos a dejar la piel en el campo…

Vamos a poner toda la carne en el asador…

El fútbol es así…

Fútbol es fútbol…

Sí, bueno no…

Lo importante es ir partido a partido…

Hasta que pita el árbitro todo es posible…

En este deporte juegan once contra once…

Es la magia del fútbol…

Cuando la pelota no quiere entrar…

No hay enemigo pequeño…

Los partidos duran 90 minutos…

Esta afición se lo merece todo…

Lo voy a dar todo por esta camiseta…

Es que el …. es más que un club…

Hoy no hemos andado finos…

 

 

Han vuelto…   si es que alguna vez llegaron a irse.