El confinamiento tenía, al menos, una cosa buena

El mejor indicador de la vuelta a la normalidad es, probablemente, el retorno del ruido.

Este año, además, como no hay festejos patronales, ese elemento no se añade al festival horrísono de cada día, por lo que, efectivamente, podemos atribuir el ruido a las normales actividades cotidianas. No hay coartadas festivas.

Cada día, a las cinco y media de la mañana, empiezo a practicar mi dosis diaria de bicicleta estática. Lo hago con la puerta de la terraza y la ventana abiertas, sea cual sea la temperatura exterior. A esas primeras horas, cuando todavía no ha amanecido ni siquiera en los días próximos al solsticio de verano, ya cantan los mirlos del barrio. Se les oye por encima de un sordo rumor, el del tráfico que circula por la carretera próxima a nuestra casa. Quizás no hayan puesto todavía las aceras a esas impías horas, pero es seguro que las carreteras ya las han instalado.

A las seis en punto de la mañana se dispara un dispositivo automático. Desconozco su función o razón de ser. A partir de ese momento empieza el ruido.

Salimos, después del desayuno, a caminar. Nos saludan, bien las sopladoras de hojas –esos artilugios que cambian de sitio las hojas caídas de los árboles- bien las máquinas que pasan detrás, recogiéndolas, quizás, con sus escobas circulares. Hay pocos artefactos tan ruidosos y, a la vez, tan madrugadores. Te los puedes encontrar a cualquier hora a partir de las siete de la mañana o quizás antes.

Luego viene el tráfico, las taladradoras –siempre hay una zanja que abrir-, las segadoras de jardines y máquinas de podar. Desde que salimos de casa hasta la vuelta, diez kilómetros después, no deja de aumentar el ruido a la vez que disminuye el canto de los pájaros. Es milagroso que insistan tanto, los pájaros.

Ya en casa, ante la pantalla del ordenador, hay que cerrar la ventana. De lo contrario puedes llegar a enloquecer. Pero incluso así, tampoco es raro que cerca de tu vivienda haya, en el mismo vecindario, trabajos de reforma con martilleos y ruidos de máquinas en un frenesí casi permanente.

En ciertos días señalados, normalmente sábados o domingos de la primavera y el verano, plazas y calles acogen la celebración de actividades o pruebas deportivas. Se sabe de lejos que las hay por dos motivos. Suelen instalar estructuras hinchables de colores chillones y formas variopintas. También se oye la música, es un decir. Se oye a kilómetros de distancia dependiendo de la orografía, y de la densidad y altura de los edificios. La hacen sonar –supuestamente para amenizar el evento deportivo- a volúmenes ofensivos. Suelen ser ritmos machacones, repetitivos. Horrendos.

Este es un pequeño muestrario de la galería de los horrores sonoros en que se han convertido nuestras localidades. Podría seguir, pero no es necesario.

Hay ruido por doquier. Lo sufrimos a todas horas. Da la impresión de que nuestra especie ha inventado todo tipo de artilugios cuyo último y verdadero fin no es el declarado, sino hacer ruido.

En consonancia, la gente habla cada vez más alto. En el metro o el autobús puedes oír casi todas las conversaciones, las que mantienen quienes viajan juntos o, en clara demostración de la escasa confianza que tienen muchos usuarios en la eficacia de las telecomunicaciones, las que se producen a través del teléfono móvil. Vivimos, cada vez más, entre sordos.

El ruido es veneno para el alma; con esa certera frase expresa mi amiga Itziar el efecto que causa en nuestras mentes. Es una peligrosísima forma de contaminación en contra de la cual no hay campañas ecologistas dignas de tal nombre. El ruido descompone. Deteriora la mente de forma irreversible. Parece no preocupar a nadie.

Es veneno, el verdadero mal de nuestro tiempo. Acabará, me temo, con la integridad mental de los seres humanos. Y, junto con la burocracia, provocará el fin de nuestra civilización.

El confinamiento tenía, al menos, una cosa buena.

Libertad condicional

Llevamos ya unos días –no recuerdo cuántos son- de libertad; de cierta libertad, para ser precisos, porque no podemos ir a donde queramos. Podemos salir a cualquier hora, viajar por nuestro territorio (a los efectos, provincia) y, esta semana, hasta hemos podido sentarnos en dos o tres ocasiones en la terraza de nuestro local pub. Pero a pesar de mi natural optimista, lo que veo en la calle me preocupa. Me da miedo la actitud que detecto en la mayor parte de convecinos con los que me cruzo o a los que veo en la calle. Quizás no sean, precisamente, los más prudentes; quizás los temerosos ni siquiera salgan de sus casas. Pero los que nos encontramos en nuestros paseos matutino y vespertino exhiben, de forma mayoritaria, un comportamiento imprudente; diría, incluso, que temerario, una actitud que se acentúa con el paso de los días.

Muy poca gente mantiene la distancia, tampoco cuando se encuentran cara a cara. Menos aún en las terrazas, donde se aglomeran jóvenes y mayores sin tomar ninguna precaución. Al principio, las terrazas mantenían la distancia entre mesas y eso limitaba su número; ahora son excepción las de mesas separadas. Lo que en pleno confinamiento era precaución, rayana, a veces, en la obsesión, se ha convertido en temeridad. La afluencia a playas y zonas de esparcimiento que hemos visto estos días refleja la misma actitud imprudente.

La gente le ha perdido el miedo al virus. A la vista de las tendencias de contagios, hospitalizaciones y fallecimientos por covid19, y de la constatación de que solo un 5% ha sido contagiado en el algún momento en los tres meses transcurridos desde finales de febrero, la gente es consciente de que la probabilidad de contagiarse es baja. Según bulos difundidos por uatsap la pandemia se disipará en las próximas semanas.

Las circunstancias que favorecen la propagación del virus son los espacios cerrados, mal ventilados, en los que hay mucha gente. Y también los lugares en los que se producen aglomeraciones. Esas son las condiciones que se dan en residencias de mayores (en Euskadi un tercio de las muertes se ha producido en estas residencias y en otras comunidades autónomas ese porcentaje seguramente es similar) y en hospitales, donde, además, hay áreas con muchos enfermos de covid19 y, por lo tanto, muchos virus en el ambiente.

Considerados en conjunto, probablemente la mitad de los contagios en España se han producido en residencias y hospitales. Los hogares también son focos de contagio importantes, porque allí donde vive una persona infectada puede transmitir con facilidad el virus a quienes viven con ella. Es muy probable que ocurra en la fase anterior a la aparición de síntomas o por personas contagiadas que no llegan casi ni a enterarse de que lo están. En China, la mayoría de los contagios se han producido en los hogares, seguidos de los ocurridos en el transporte público. En todos esos casos confluyen las circunstancias citadas.

¿Quiere decir lo anterior que fuera de esos lugares el riesgo es despreciable? En absoluto. Antonio Martínez Ron ha publicado estos días un artículo que animo a leer. Trata de las peculiaridades de la expansión del SARS-CoV2 y de la importancia de ciertos eventos de superdispersión. El epidemiólogo Adam Kucharski, de la London School of Hygiene & Tropical Medicine, uno de los mayores especialistas en epidemias y autor de The Rules of Contagion, explicaba en un hilo breve en tuiter algunas peculiaridades del brote y expansión del virus en los Estados Unidos, peculiaridades extrapolables a otros lugares:

https://twitter.com/AdamJKucharski/status/1265925029088329736

El epidemiólogo indica que la aparición de nuevos brotes y la expansión del virus no se producen de una forma continua o uniforme, sino que tiene un cierto carácter caótico, aleatorio, como chispas que a veces prenden y a veces no. Puede ocurrir que varias personas contagiadas no transmitan el virus a nadie o lo hagan solo a una persona, pero otros lo contagien a muchas. Se ha utilizado, para denominar a estos últimos, el término “supercontagiadores”. Yo prefiero recurrir a la expresión «eventos de superdispersión». Son contagios que se producen en un acto en el que participan grupos de personas; pueden ser celebraciones, como funerales, ceremonias religiosas, juergas nocturnas, despedidas de trabajo, reuniones de cuadrillas o hasta ensayos o actuaciones del coro. Son reuniones en las que hay contacto físico o, sin llegar a haberlo, cantan o unos se hablan en voz a alta a los otros cara a cara, incluso aunque mantengan una cierta distancia. En esas circunstancias, una persona contagiada puede emitir a la atmósfera, simplemente hablando, numerosísimas partículas virales, y hacerlo a una distancia tal, que propicien el contagio.

Por esa razón es muy importante evitar las situaciones en las que la gente se abraza, se palmea, se besa, habla en voz alta cara a cara y sin mascarilla, canta en grupo, se habla al oído, etc. En resumen, aparte de los lugares cerrados antes dichos, los entornos de cuadrillas, sociedades, txokos, clubs sociales, y hasta las terrazas o espacios al aire libre en los que se produzcan esas prácticas, que son de riesgo, la probabilidad de contagio es alta. Ciertamente la probabilidad es nula si no hay ningún contagiado en el grupo, pero eso nadie puede saberlo. Es cierto, también, que la probabilidad de que haya alguien contagiado es muy baja, pero no es nula. Y, por lo tanto, si esos eventos susceptibles de provocar una superpropagación se repiten sin medida, el contagio múltiple se producirá con toda seguridad, antes o después.

Por lo tanto, si queremos evitar retrocesos en la vuelta a una vida de libertad y de cierta seguridad, es preciso actuar con responsabilidad. Y en lo que a esta actitud se refiere, hay tres niveles, ninguno de los cuales ha de descuidarse.

Un nivel es el de la responsabilidad individual. Es necesario ser conscientes de que el incumplimiento de las normas de higiene, protección y distancia física conducirá, de manera inexorable, a nuevos episodios, que pueden, a su vez, reactivar la pandemia hasta niveles que obliguen a nuevas restricciones de movilidad y actividad.

Muchos piensan que los incumplimientos se producen por comodidad, egoísmo o falta de respeto a los demás. Nadie es perfecto (que se lo digan a Jerry) y es fácil engañarse a uno mismo convenciéndose de que no hace daño a nadie al reunirse con los amigos en una francachela o cuando se acalora en una discusión, máxime cuando vemos en la televisión o en la prensa que cada vez hay menos contagios, hospitalizaciones y muertes. Pero lo cierto es que la gente tiende a comportarse con civismo cuando se les recuerda con claridad que ciertas prácticas entrañan riesgo y que ese riesgo, aunque no lo corran ellos directamente, puede acabar provocando un daño social enorme, tanto por las vidas que pueden perderse como por el deterioro económico que se puede derivar de nuevas restricciones.

La consideración anterior nos conduce al terreno de las responsabilidades institucionales en lo relativo al comportamiento de los ciudadanos. Es el segundo de los tres niveles a que aludía antes. A las instituciones compete la labor, principalmente educativa y persuasiva, de recordar a la ciudadanía que esta crisis no ha terminado, que seguimos estando en situación de alto riesgo, y que las normas deben cumplirse. En mi pueblo el ayuntamiento ha colocado carteles con instrucciones en la calle y en el mercado. Aplaudo la iniciativa, pero no debe quedarse ahí. Esos carteles deben estar en todas partes. Dan Ariely sostiene que es importante dar a la gente instrucciones claras; será así más fácil que las cumpla. Y tal y como leí en uno de sus libros, si vemos textos que nos recuerden nuestras obligaciones, es más probable que las cumplamos. Se reduce así la probabilidad de que el autoengaño encuentre coartada en el desconocimiento o la mala memoria. En otras palabras, si se nos recuerdan las normas una y otra vez, es más difícil que nos engañemos a nosotros mismos. Podremos seguir sin cumplirlas, pero lo haremos con plena (in)consciencia.

En este nivel de responsabilidad institucional hay un escalón adicional. Es posible que la pedagogía en soporte escrito no sea la más eficaz. Pues bien, las instituciones públicas cuentan con empleados, -me refiero a los policías-, que bien pueden advertir de los incumplimientos a quien incurre en ellos, incluidos los dueños de los establecimientos que no respetan las normas de aforo. Es más, la sola presencia de la policía puede ser razón suficiente para refrescar la memoria de los olvidadizos. A lo largo de estas dos semanas de paseos no he visto a ningún agente fuera de su automóvil merodeando por las terrazas, aunque me consta que en alguna ocasión han salido. Y en alguna de ellas, su actuación ha sido providencial. No descarto las sanciones, por supuesto, pero creo que no son necesarias; el mero recordatorio o advertencia pueden obrar, si no milagros, sí efectos. Insisto: esto es responsabilidad institucional; lo que está en juego es demasiado importante como para inhibirse.

Hay más responsabilidades institucionales, aunque estas exceden el nivel municipal. Por un lado, es esencial que se expongan bien, con claridad y orden las medidas que se van adoptando. Los mensajes no pueden ser tan confusos que alguien de inteligencia media, como quien suscribe, tarde en comprender qué puede y qué no puede o debe hacer. Y han de explicarse también las razones de esas medidas. Muchos no entienden, por ejemplo, que se pudiera ir a las terrazas y no se pudiera hacer otras cosas de índole recreativa de riesgo equivalente. Y sin embargo, esa aparente contradicción tiene su razón de ser: dadas dos actividades de riesgo semejante, se han priorizado aquellas que facilitan la reactivación del consumo. No se escandalice nadie: hay puestos de trabajo directos en juego, ingresos para las arcas públicas de las que dependen otros puestos de trabajo, y hasta las pensiones del futuro. Así pues: explíquense las decisiones. Cuando se explican las cosas, mucha gente las entiende, y lo que se entiende se cumple de mejor grado, aunque no guste.

Por último, hay otro nivel de responsabilidades, el tercero en la escala que he citado antes. Las anteriores eran personales o, si institucionales, se referían a asuntos relativos al comportamiento de los individuos, a la forma en que las instituciones pueden influir en ellos, y a la medida en que los incumplimientos pueden ser evitados gracias a la intervención institucional. Las de este tercer nivel se refieren, exclusivamente, al ámbito institucional. Me refiero a las de control del curso de la pandemia.

En lo sucesivo, los poderes públicos han de garantizar (utilizo el término con plena consciencia) que cada caso de covid19 detectado es seguido del consiguiente rastreo de contactos, identificación de contagiados mediante análisis de ARN viral (pruebas PCR) y trazado de la cadena o red de contagios. Hay que cortar de raíz los nuevos brotes que se produzcan. No todos los contagios serán comunitarios. Es inevitable que se importen casos de otros países, pero es esencial identificar y romper las redes de contagio. Y, a la vez, el sistema de salud, que por tantas dificultades ha pasado en los meses anteriores, ha de contar con los medios adecuados para hacer frente a nuevas oleadas; hablo de protección, y de formación del personal sanitario. Esto es esencial, y no es responsabilidad de los individuos, sino de las autoridades.

Solo cumpliendo esas normas se conseguirá limitar los contagios, evitando las restricciones al movimiento y la actividad, ganando tiempo de ese modo para posponer contagios hasta contar con vacunas o tratamientos eficaces.

En lo anterior, he tratado de diferenciar niveles individuales e institucionales de responsabilidad. Ni los individuos debemos hacer recaer en las instituciones toda la responsabilidad, ni estas han de hacer lo propio con los individuos. Cada nivel ha de ejercer la parte que le corresponde.

Disfrutamos de una cierta libertad, pero no es completa. Además, sobre nosotros pende la amenaza de nuevas restricciones. Que la acabemos recobrando en su integridad o no depende del comportamiento de todos, personas e instituciones. Es muy importante recordarlo: no disfrutamos de libertad plena, nos encontramos en libertad condicional.

Tengan cuidado ahí fuera

El 5% de los españoles han desarrollado anticuerpos IgG anti-SARSCov2 (en la Comunidad Autónoma Vasca, algo menos, el 4% de la población). La lectura positiva es que las medidas de confinamiento han tenido éxito. Lo no tan positivo es que un 95% de los españoles (un 96% de los vascos) tiene por delante una larga convivencia con un virus que, hasta la fecha, ha acabado con la vida de un 1’5% de los que ha contagiado (un 2’1% de los vascos). Esos porcentajes son algo más altos de los estimados en otros lugares; en el anexo[1] explico de dónde salen.

Muchos pensaban que la pandemia acabaría si conseguíamos doblegar (aplanar) la curva de contagios. Pero en realidad, lejos de acabar la pesadilla y salvo que se desarrolle antes una vacuna o tratamiento efectivos, quizás solo estemos al principio. Ya se había anticipado que hasta 2024 podríamos estar obligados a mantener la vigilancia; y hace unos días la científica jefa de la OMS ha confirmado que seguramente hasta 2025 no podrán relajarse las medidas de vigilancia y control. Vayamos haciéndonos a la idea.

Ha habido que pagar un alto precio, también en salud y en vidas humanas, por los dos meses pasados en régimen de confinamiento, aquí y en gran parte del mundo. El sistema de distribución mundial de alimentos ha resistido los primeros embates, pero es un sistema complejo, que interconecta muchos países y que depende de la correcta provisión de bienes (maquinaria, combustible, fertilizantes) y de que el tráfico de mercancías y los hábitos de consumo no cambien de forma brusca. De hecho, el economista jefe de la FAO ha advertido de que las medidas de limitación de movimientos y de actividad puestas en práctica por muchos países pueden tener consecuencias dramáticas porque pueden alterar seriamente el suministro mundial de alimentos.

Centenares de miles de niños y niñas (y decenas de miles de madres) morirán por culpa del deterioro de los sistemas de salud y de las posibilidades de conseguir alimento. Y es posible que una parte significativa del exceso de muertes detectada en Europa a partir de los datos recogidos en registros civiles, se deba, en realidad a fallecimientos de personas que han dejado de acudir al hospital cuando debían haberlo hecho.

A lo anterior hay que sumar los riesgos para la salud mental que provocan el temor a la muerte propia o de un ser querido, la situación de confinamiento y el difícil futuro que se percibe. La propia OMS se ha referido de forma específica a este problema. Y yo no descartaría otros problemas derivados de la tensión a que se ha sometido a los sistemas de salud con carácter general.

La perspectiva de seguir así durante los próximos meses no es asumible. Por el precio tan alto que se está pagando y porque de mantenerse la situación actual u otra equivalente, el precio sería aún mayor. La sociedad no sería viable. No podría funcionar.

Las actividades que ahora se desempeñan o servicios que se prestan de manera precaria no se pueden sostener así durante mucho tiempo. Las actividades productivas y comerciales son interdependientes, y se relacionan mediante canales múltiples, a veces sutiles. La quiebra de algunos de esos canales podría conducir a inhabilitar el sistema en su conjunto.

Además, no se generarían los recursos necesarios para sostener innumerables actividades. Dejaría de haberlos para los servicios de asistencia social, sanidad, educación, seguridad o justicia, tampoco para que la administración pudiese funcionar o para infraestructuras.

Hay que mantener las actividades productivas y comerciales, y los servicios deben prestarse en niveles de desempeño lo más próximos posibles a los habituales. Es importante entender esto. Es importante entender que no hay plan B, que no es concebible mantener grados de confinamiento y restricciones a la movilidad similares a los que hemos experimentado desde mediados de marzo. Que lo primero es la salud o las vidas humanas no deja de ser, por obvio, un bonito eslogan. Tan obvio como que sin una actividad próxima a la normal tampoco habría salud y se acabarían perdiendo muchas vidas también. En esos términos se plantea, precisamente, la alternativa del diablo.

Por lo tanto, hay que asumir que debe recuperarse la actividad. Pero, a la vez, debe hacerse con las mayores garantías posibles. A esto me refería cuando decía aquí que las autoridades tendrán que moverse en el filo de la navaja, aplicando restricciones a la movilidad en función de la situación sanitaria y de la evolución de la pandemia.

Al objeto de favorecer la actividad sin que ello dé lugar a brotes epidémicos, deben aplicarse medidas que minimicen la probabilidad de que se produzcan contagios. Unas son de índole higiénica o sanitaria. Y otras, de índole social u organizativa. Y tanto en uno como en otro caso, deben venir acompañadas de fuertes campañas de información y propaganda (sí, de propaganda).

Las medidas higiénicas son conocidas: limpieza de manos, distancia de dos metros con los demás (si no son las personas con que se convive), uso correcto de mascarillas donde sean indicadas, etc. Estas medidas deben ser objeto de una campaña informativa intensa y permanente, apelando a la responsabilidad de todos. Las instituciones, empresas y organizaciones, cada una en su ámbito de competencia, deberían difundir esas normas en todo momento y con todas las herramientas y soportes a su disposición.

Las medidas sanitarias escapan a la responsabilidad individual, porque corresponden a la esfera de las responsabilidades políticas, principalmente. Son las medidas para proteger al personal sanitario, a quienes cuidan a personas mayores, a las personas que trabajan ante el público o en entornos con muchas otras personas (enseñanza, por ejemplo). Y también las orientadas a identificar personas contagiadas y sus contactos, y a aislarlas para romper la cadena de contagios. Los dispositivos de protección para personal sanitario y el recurso a pruebas de ARN viral son elementos esenciales.

Pero hay otras iniciativas de las que se ha hablado mucho menos o no se ha dicho nada. Me refiero a las de carácter organizativo en las esferas social y laboral.

Ya traté aquí de las medidas que podrían adoptarse en el mundo educativo. No tienen por qué ser esas necesariamente; pueden ser otras. Pero se trata de que se diseñen bien y se comuniquen aún mejor. Esta misma semana se ha celebrado ya alguna reunión de alto nivel para preparar el próximo curso. En otro ámbito, y en la Comunidad Autónoma Vasca al menos, ya se han dado los primeros pasos para acordar las condiciones bajo las que se celebrarán los actos culturales a lo largo del verano.

Pero estoy seguro de que hay muchas más cosas que se pueden hacer. Lo que sigue son solo algunos ejemplos del tipo de medidas que podrían, al menos, valorarse:

  • La posibilidad de adoptar calendarios laborales basados en ciclos de 4 días de trabajo y diez de descanso (y casi reclusión), como el que proponen Ron Milo y Uri Alon aquí. Está pensado para minimizar los contagios en el trabajo.
  • El trabajo desde el hogar se ha extendido mucho durante estos meses y debería seguir siendo la opción preferente, aunque es importante introducir limitaciones a la disponibilidad. El teletrabajo no puede convertirse en trabajo o disponibilidad permanente.
  • La transferencia de personas que pertenecen a grupos de riesgo a actividades en que no haya contacto directo con otras personas o, en general, en que se minimicen las posibilidades de contagio. Por ejemplo, hace falta mucha gente para rastrear personas contagiadas, contactarlas e instruirlas para que se aíslen, y parece lógico que el personal sanitario se dedique principalmente a tareas estrictamente asistenciales. Así, podría transferirse personal actividades que implican relación intensa con personas a desempeñar ese tipo de tareas. Es solo un ejemplo, pero es seguro que hay muchos más.
  • Igualmente, y dado que el virus hace más daño a los mayores, podrían promoverse jubilaciones anticipadas de personas pertenecientes a grupos de riesgo a partir de, por ejemplo, los sesenta años de edad. La crisis va a crear grandes bolsas de parados, por lo que sería más inteligente y más humanitario dejar de exponer a las personas mayores y sustituirlas por jóvenes. Los costes no serían muy diferentes.
  • En otro orden de cosas, es sabido que los contagios se producen, preferentemente, en la familia, hospitales, lugares cerrados en general, sitios poco ventilados, donde conviven grupos de personas durante mucho tiempo y en lugares donde se forman aglomeraciones humanas (más datos, aquí). Pues bien, dado que el transporte público reúne varias de esas condiciones y tampoco es conveniente que muchas personas lo sustituyan por sus vehículos particulares, deberían darse las máximas facilidades, en infraestructuras viarias y organización del tráfico para promover los desplazamientos caminando, en bicicleta y (quizás) en patines eléctricos.
  • Del mismo modo, deberían determinarse sentidos de circulación de peatones en la calle y en el interior de edificios, de manera que se eviten aglomeraciones. También deben ventilarse concienzudamente.
  • Los bares y restaurantes son elementos esenciales en la vida social de muchas personas y de la comunidad. Su pervivencia depende que puedan funcionar con una mínima normalidad. Es cierto que en muchos casos son entornos problemáticos, de difícil ventilación y en los que se pueden reunir muchas personas; por ello, es preciso buscar soluciones de compromiso que permitan compaginar el disfrute de los locales y la máxima seguridad posible. No será fácil encontrar las soluciones que requieran, pero es importante mantenerlos con vida.
  • De la misma forma, debe diseñarse soluciones para que la gente pueda acceder a los productos de cultura y que quienes viven de ella, lo puedan seguir haciendo. 

Esto no es más que un ramillete de ideas surgidas a partir de la experiencia en mi propio trabajo y los entornos que conozco. Estoy seguro de que para cada ámbito de la vida social, docente, comercial, productiva o asistencial hay medidas diversas de índole organizativo que se pueden tomar para minimizar la probabilidad de que se produzcan contagios y, por lo tanto, mantener en los mínimos posibles los números de contagiados, enfermos, ingresos hospitalarios y fallecimientos. El riesgo 0 no existe, pero es mucho lo que se puede hacer para minimizarlo.

Es muy importante que todas las medidas que se tomen cuenten con el soporte de los correspondientes dictámenes a cargo de los especialistas de las ramas del saber que corresponda. Esto no quiere decir que las decisiones que tomen los responsables deban basarse solo en consideraciones de orden científico o técnico. Pero sí que esas decisiones deben tenerlas en cuenta. Y tanto las decisiones, como las razones para tomarlas, deben ser explicadas con claridad, y los informes utilizados ser públicos. La transparencia es especialmente importante en momentos como este, porque de ella depende la confianza que los ciudadanos podemos depositar en quienes nos gobiernan y nuestra disposición a cumplir las normas que aquellos dicten.

El curso de la pandemia dependerá del acierto de los responsables políticos y de decisiones y actitudes personales. A los responsables hay que exigirles rigor, responsabilidad y transparencia. Y a nosotros mismos debemos exigirnos responsabilidad y consideración para con todos los demás, porque en circunstancias como las que vivimos, las actitudes personales tienen consecuencias para la comunidad. Por eso, termino esta entrada recordando la legendaria recomendación con que el sargento Esterhaus despedía cada mañana a los policías de la comisaría de Hill Street antes de salir a patrullar: «Let’s be careful out there».


[1] Anexo cuantitativo: Solo el 5% de los españoles tiene anticuerpos IgG anti SARS-CoV2. En España, a 14 de mayo, hay registradas 27.000 muertes por COVID19. Los muertos, en realidad, son más, porque los registros civiles informan de un exceso de muertes (durante el periodo de la ola de la pandemia entre marzo y abril) del 56% con relación a las esperables en ese periodo. Haciendo cuentas se estima que, aproximadamente, los muertos que, por efecto directo o indirecto, cabe atribuir a COVID19 han sido un 30% más de los que indican los registros oficiales. En otras palabras: habrían sido unos 35.000. Por otro lado, si el total de personas con anticuerpos han sido unas 2.350.000, querría decir que el virus ha acabado con la vida de un 1,48% de quienes se contagiaron. Para hacernos una idea, la gripe mata del orden de un 0’1% de quienes la sufren.

En la Comunidad Autónoma Vasca, el 4% presenta anticuerpos, por lo que han desarrollado inmunidad una 87.000 personas y la cifra oficial de muertes por Covid19, 1.454. En el periodo en que se registró un exceso de muertes en los registros civiles, entre el 25 de marzo y el 22 de abril, este fue de 1.281, y el de muertes registradas, de 969. Por lo tanto, también en Euskadi las cifras reales de muertos han sido superiores a las registradas, seguramente de unas 312 personas, por lo que también aquí la cifra real habría sido un 28% más alta. Habrían muerto, por tanto, unas 1.861 personas. El virus habría acabado con la vida de 2,14% de quienes se contagiaron.

Milenarismo al calor de la pandemia

No es extraño que las epidemias y otras catástrofes alimenten tendencias milenaristas. En el pasado era Dios quien, tras sucesivas advertencias en forma de epidemias, huracanes o inundaciones, provocaría el cataclismo que acabaría con el Mundo tal y como se conocía. Pero la modernidad acabó con Dios, y la edad contemporánea, en su lugar, ha entronizado a la Naturaleza. “El planeta se está curando; nosotros somos el virus” y expresiones de similar tenor proliferan estas semanas. La Tierra se venga, al parecer, de los daños que los seres humanos le hemos infligido. O nos encierra en nuestras habitaciones, como criaturas malcriadas que no han hecho caso de las advertencias. Es lo que nos dice la sra. Sarah Ferguson:

Durante las últimas décadas parecen haber aumentado los brotes de enfermedades infecciosas. Según un estudio publicado en Nature, en la década de los 80 se registró un máximo en la incidencia de ese tipo de enfermedades, asociado, quizás, a los efectos del VIH; pero ese máximo se superponía a una tendencia creciente que venía de décadas anteriores hasta la de los 90, última que abarcaba el estudio. El calentamiento global parece estar en la raíz de la extensión que alcanzan en la actualidad algunas enfermedades, como ocurre con la borreliasis de Lyme en las zonas templadas del hemisferio Norte.

En 2010 se publicó otro estudio en la revista Journal of Experimental Biology, que atribuía a la pérdida de la biodiversidad la mayor incidencia de enfermedades infecciosas y, más concretamente, de zoonosis (enfermedades en que el agente causante es un patógeno procedente de otra especie animal). Según los autores, las comunidades muy diversas ofrecen protección frente a la posible expansión de epidemias zoonóticas a través de lo que denominan un efecto de dilución. La simplificación de las comunidades que se produce con la pérdida de especies provocaría una más rápida transición de los patógenos desde las especies de las que proceden hasta los seres humanos. Y este mismo año, otro estudio propone que la pérdida de fauna salvaje puede facilitar la transmisión de virus animales a seres humanos. La pérdida de diversidad sería consecuencia del efecto de los monocultivos de plantas para consumo humano.

Más problemática resulta la atribución del origen de las pandemias a las condiciones propiciadas por el hacinamiento de animales en granjas. Se suele invocar en apoyo de esa tesis la conocida como gripe A o gripe porcina. Aunque quizás ese sea el único caso documentado en que tal cosa ha ocurrido desde que existe la ganadería industrial.

Pero aunque exista una relación entre la probabilidad de que se produzcan epidemias zoonóticas y el deterioro del medio ambiente, ello no autoriza a atribuir a ese deterioro la emergencia de Covid19 ni su peligrosidad. Salvo que hagamos lo propio con la gran mayoría de enfermedades infecciosas que padecen y han padecido los seres humanos desde la invención de la agricultura y la ganadería.

Quien haya leído “Armas, gérmenes y acero”, de Jared Diamond, recordará que la invención de la agricultura y la ganadería, por la convivencia próxima entre animales domésticos y seres humanos, provocó la extensión a estos de enfermedades de origen animal y que el hacinamiento de unos y otros en los asentamientos ganaderos y en las ciudades propició la rápida expansión de aquellas. Con el tiempo, esas condiciones se han mantenido o se han acentuado. Y a lo largo de la historia no han sido pocas las ocasiones en que una epidemia grave o una pandemia han causado destrozos sin medida. En 431 a.e.c. una grave epidemia acabó provocando la derrota de Atenas frente a Esparta en la guerra del Peloponeso y el posterior declive del imperio marítimo ateniense. La tuberculosis, una enfermedad que surgió en el Oeste de África hace unos cinco mil años y a la que se atribuye la mayor pérdida de vidas humanas en la historia, experimentó una gran expansión hace unos dos mil años, con el máximo auge del Imperio Romano, debido al gran número de habitantes de su capital y a la gran movilidad que propiciaron sus calzadas por toda la cuenca del mediterráneo. Y la pandemia más terrible que ha existido en Europa, la peste negra, llegó en el siglo XIV a través de las rutas comerciales provenientes de Asia. La conquista y colonización de América por los europeos conllevó también la llegada al continente recién descubierto de patógenos para los que los americanos carecían de defensas inmunitarias; en ninguna otra ocasión se han perdido tantas vidas humanas por efecto de las enfermedades transmitidas en poco tiempo a tan gran distancia. También lo cuenta Jared Diamond en su libro.

Lo anterior no es para negar los efectos de las actividades humanas sobre el medio ambiente, y las consecuencias que esos efectos pueden acabar teniendo en la salud de las personas, en general, y en la expansión rápida de epidemias peligrosas en particular. Pero conviene no perder la perspectiva. El Neolítico trajo una mayor producción de alimentos y un crecimiento importante de las poblaciones humanas, así como la aparición de grandes entidades políticas. Pero también trajo enfermedades, desigualdades y unas vidas probablemente más miserables que las de los cazadores-recolectores del Pleistoceno. Si los fenómenos zoonóticos que vemos ahora son achacables, al menos en parte, a la acción humana sobre el medio ambiente, no debemos perder de vista que el mundo actual no es sino la prolongación en el tiempo y acentuación de unos modos de vida que tienen su origen en la invención de la agricultura y la ganadería, y que se han intensificado como consecuencia de la presión creciente de la superpoblación del planeta y de la enorme movilidad que propician viajes intercontinentales asequibles a la gran mayoría. En otras palabras, lo que ocurre hoy es más de lo mismo, solo que a mayor escala. Y si tenemos en cuenta la magnitud de las actividades productivas de hoy, la gran movilidad humana y, sobre todo, el tamaño de nuestra población, esa mayor escala no es tan grande en términos relativos.

Pero el mundo actual no es solo ese en el que surgen y se expanden más rápidamente enfermedades procedentes de animales. También es el que atesora conocimiento útil para prevenir (mediante la higiene, asepsia, hábitos saludables y vacunas) y curar (antibióticos y antivirales) muchas de esas enfermedades. Y ese conocimiento ha podido crearse y transmitirse gracias a la riqueza que ha generado la humanidad, sobre todo durante los tres últimos siglos, en un proceso que ha venido acompañado por el deterioro ambiental a que me he referido antes.

La tentación de reclamar ahora una transformación de las bases económicas de nuestras sociedades es grande. Parece el momento adecuado, sobre todo si creemos firmemente que esa transformación nos proporcionará un mundo más sano en todos los sentidos. Es lo que connotan memes como el de la entrada a este texto, el de que el planeta se está curando. Y es lo que se expresa en manifiestos y peticiones de corte ecologista.

Es difícil oponerse a la pretensión de salir de esta crisis sanitaria y económica tratando, a la vez, de disfrutar de un medio ambiente más sano, rico y diverso. Ocurre, sin embargo, que las cosas no son tan sencillas. Lo expresaba hace unos días mediante un tuit de formulación muy simple, simplista, incluso.

Nuestras sociedades consumen muchos recursos. Mucha gente viaja a lugares muy lejanos. Se adquieren muchos objetos, a mi parecer más de los necesarios. Y el consumo cumple, en demasiadas ocasiones, más una función de señalización social (consumo conspicuo) que de satisfacción de necesidades básicas. Todo ello es causa de problemas ambientales serios, sí. Pero también es el modo de subsistencia de millones de personas. Todos esos millones pasarían hambre si dejasen de producir esos bienes o de comerciar con ellos. La economía de todo el planeta se resentiría. La de cada uno de nosotros, por supuesto, y también la de los sistemas públicos que proporcionan bienes y servicios valiosos (salud, educación, infraestructuras, urbanismo, etc.).

Por no hablar de la necesidad de alimentar a siete mil millones de personas ahora y alrededor de nueve mil millones dentro de unas pocas décadas. Me temo que hoy no hay alternativas viables a las grandes explotaciones agrícolas y sus consecuencias sobre la biodiversidad. Salvo que estemos dispuestos a que millones de personas (además de los ochocientos o novecientos millones que pasan hambre hoy) no tengan qué llevarse a la boca.

Me gustaría pensar que una transición hacia una economía más austera y más respetuosa con el entorno natural es posible sin que ello implique causar daños. Pero dudo que sea posible en un plazo de tiempo breve. Eso sí, de serlo, vendría como consecuencia de la voluntad de la gente, expresada a través de sus opciones políticas y, sobre todo, de sus decisiones de consumo.

El anterior es también uno de los dilemas de nuestro tiempo. Aunque se haya expresado con fuerza al calor del desasosiego que provoca una tragedia como la que vivimos, no es un dilema vinculado a la pandemia. Tampoco lo es bajo la fórmula milenarista en que se acostumbra a expresar. Dios no castigó a la humanidad con la maldición de la peste negra en el siglo XIV, ni la Naturaleza nos castiga ahora con una pandemia por nuestros desmanes.

El filo de la navaja

Las medidas de confinamiento y distanciamiento social para mitigar los efectos de la pandemia de COVID-19, y las recomendaciones para extremar las precauciones y la higiene persiguen evitar que nos contagiemos…  demasiado pronto y muchos a la vez. Pero, a medio y largo plazo, no evitarán que nos acabemos contagiando…   los que nos tengamos que contagiar. Y eso será así hasta que haya, si llega a haberla, una vacuna segura y eficaz contra esta enfermedad.

El SARS-Cov-2 es un virus con una grandísima capacidad de pasar de unas personas a otras; es más contagioso de lo que se pensaba al principio. Es posible, no obstante, que no todas las personas sean susceptibles; por eso he dicho que nos contagiaremos “los que nos tengamos que contagiar”, porque es posible que haya personas que no sean contagiables o que, de serlo, el virus no proliferaría en su organismo. Si, por lotería genética o por las razones que sean, no eres susceptible, miel sobre hojuelas. Lo malo es que no lo sabes.

Si se excluye a esas personas, el virus acabará llegando a todo el mundo…  hasta que haya tanta gente inmune, que la cadena de contagio se detenga o se ralentice muchísimo. Eso puede ocurrir de forma natural, después de que mucha gente se haya contagiado, haya superado la enfermedad y generado anticuerpos contra el virus[1]. Y también puede ocurrir de forma artificial, mediante una vacuna. No obstante, las dos posibilidades solo se materializarán a medio o largo plazo. Es muy difícil que haya una vacuna antes de un año, y la inmunidad obtenida mediante contagios masivos puede tardar en extenderse al porcentaje de población que haría falta para proteger al resto. Remarco estas cosas porque en todo esto la variable tiempo es muy importante.

Por lo que estamos viendo, una vez el virus entra en el organismo pueden pasar cosas diversas. A mucha gente no le hace nada o le causa poco daño. Muchos no llegan a mostrar síntomas de enfermedad siquiera; a esos los llamamos asintomáticos. A otros les provoca un fuerte malestar, con fiebre intermitente y tos. Y a unos pocos, por último, les provoca daños graves, normalmente en sus pulmones, pero también hay casos con afección a otros tejidos y órganos: sistema nervioso, sangre, o riñones. En un porcentaje muy bajo de los casos sobreviene la muerte. Y, por lo que vemos, eso es más probable cuanto más mayor se es y también cuando concurren otras circunstancias agravantes; la obesidad parece ser un factor de riesgo importante.

El problema es que, aunque el virus mate a un porcentaje muy pequeño de quienes contraen la enfermedad, es tal la capacidad que tiene para expandirse en la población, que la cantidad de personas contagiadas es muy grande y la de quienes han de ser hospitalizados también lo es. También es alto el número de ingresados en unidades de cuidados intensivos y el de fallecidos. Y siendo tan alto, además del drama que eso supone, los servicios de salud se saturan y pueden llegar a ser incapaces de cuidar, atender y tratar como es debido a las personas ingresadas. De suerte que llegan a fallecer personas que en circunstancias normales se habrían salvado. Por no hablar del riesgo al que se expone el personal sanitario por tener que trabajar en condiciones límite. Por eso es tan importante tratar de evitar que se contagie mucha gente en poco tiempo, porque de otra forma, el daño que causa la pandemia se acentúa.

De lo anterior me interesa mucho que quede claro que hasta que haya una vacuna (insisto en que puede tardar o, incluso, no haberla, de la misma forma que no la hay para el VIH), el virus seguirá circulando de unas personas a otras, por lo que no dejarán de producirse contagios durante meses. Insisto en esta idea porque mucha gente piensa que puede evitarse el contagio si se extreman las precauciones y la gente permanece en sus casas. Por eso no entienden que se relajen las medidas de confinamiento o atribuyen la decisión de aliviarlas al interés de las autoridades por satisfacer las demandas de los poderes económicos.

Para muchos, de hecho, la única opción moralmente aceptable es la que busca minimizar el coste en vidas humanas a causa de COVID-19 al precio que sea. Pero, si se ha seguido el argumento anterior, se entenderá que, de actuar de esa forma, bajo ciertos (quizás no tan pesimistas) supuestos podría ocurrir que nunca pudiésemos volver a la “vida normal”. La razón es que bajo condiciones muy estrictas de confinamiento y distancia entre personas, los contagios llegarían prácticamente a desaparecer, por lo que apenas aumentaría el número de personas inmunes, y habría que esperar a la vacuna para poder retornar a la vida normal. Recordemos que, en el mejor de los supuestos, pasarían varios meses -seguramente más de un año- antes de poder contar con ese instrumento. Hay otra variante posible, que podría mejorar la situación: la que pueda introducir un buen tratamiento antiviral, pero esa solución es, a día de hoy, aventurada, si bien es cierto que hay numerosos ensayos clínicos en marcha con antivirales conocidos y un gran esfuerzo investigador en busca de otros nuevos.

El problema es que no es posible paralizar completamente, o reducir en una medida importante (pongamos que por debajo de dos terceras partes de lo normal), la actividad de un país durante varios meses. Aunque pueda resultar de Perogrullo, hay que recordar que para producir comida, aparatos, repuestos, y demás bienes debe haber personas desempeñando esas tareas. Y que para hacer llegar esos bienes a la gente, debe haber empresas que se los proporcionen, comerciando. Además, hace falta trasladarse, comer fuera de casa, administrar negocios, gestionar organismos públicos, guardar dinero, pedir créditos y otras cosas. A muchos también nos gusta ver películas, leer o visitar museos, tanto que la salud mental puede depender de esas “pequeñeces”. Otros deben formarse. En fin, hay multitud de tareas sin cuyo desempeño nuestras sociedades no podrían funcionar o lo harían de forma muy poco satisfactoria para sus integrantes.

En resumidas cuentas, es preciso mantener la actividad económica y el resto de actividades sociales lo más próxima posible a los niveles normales. De otra forma la sociedad colapsaría.

Muchos invocan el caso chino y alaban el hecho de que hayan mantenido durante largo tiempo el confinamiento total en la ciudad de Wuhan y la provincia de Hubei. Pero quizás no reparan en el hecho de que Hubei tiene una población que representa un pequeño porcentaje de la población china total. Sería como si se confinase a toda la Comunidad Autónoma Vasca mientras el resto de comunidades mantienen su actividad normal o casi normal. Un estado puede permitirse confinar al 5% de su población durante un periodo de tiempo largo, porque el 95% restante aporta los recursos necesarios para evitar el colapso. Pero no se puede mantener el confinamiento sine die. No es posible. Añadamos al cóctel el nada banal  hecho de que ocurra aquí lo que ocurra, el virus seguirá corriendo por el mundo. No cabe pensar en erradicarlo sin una vacuna efectiva en poco tiempo.

No. No es cierto que la única opción moralmente aceptable sea evitar a toda costa los contagios en cada momento y, por lo tanto, mantener el confinamiento durante todo el tiempo necesario para mantener el número de fallecimientos por COVID19 en un mínimo. No es la única opción moralmente aceptable porque las consecuencias de llevar a un país al colapso o, sin llegar tan lejos, de llevarlo a una depresión económica severa, serían tan o más gravosas aún en términos de salud pública y mortalidad. Una sanidad pública sin recursos (obtenidos de los impuestos que se obtienen de la actividad económica) que sostengan su funcionamiento se vería incapaz de tratar todo tipo de enfermedades potencialmente mortales pero curables o, al menos, cronificables. Los tratamientos contra el cáncer son carísimos, como son caras las intervenciones de todo tipo (de corazón, trasplantes, etc.) y las hospitalizaciones.

Por eso, la solución no es mantener cerrado el país durante tiempo indefinido, sino hacerlo hasta limitar los contagios al número que permite mantener la actividad asistencial en condiciones adecuadas (decir óptimas sería quizás mucho pedir) y sin someter a sus trabajadores al estrés extremo a que se han visto sometidos y al riesgo de contagiarse más allá de lo estrictamente razonable.

Las autoridades afrontan, como señalé en su día, la alternativa del diablo, pues se ven obligadas a optar entre dos alternativas muy malas porque no las hay buenas. Y lo más probable es que en los próximos meses basculen entre las dos, que son abrir y cerrar.

Viviremos, por lo tanto, en el filo de la navaja durante meses, con fluctuaciones en las cifras de contagios, hospitalizaciones y fallecimientos. Las autoridades deberán observar con atención el curso de la pandemia; necesitarán datos fiables de personas contagiadas en cada momento y de quienes ya han pasado la enfermedad. Deberán reforzar los servicios de salud y los suministros de material sanitario y de protección. También necesitarán sistemas para trazar los contagios. Y en función de lo que vaya ocurriendo, ajustarán la severidad de las medidas de distanciamiento social y control de movilidad. Han de poner especial cuidado en la protección de las personas cuya condición las haga más vulnerables a los efectos del virus, pero sin recurrir al aislamiento social extremo. Esa especial protección facilitaría que no se contagiasen antes de contar con una vacuna o con tratamientos efectivos.

Un trabajo reciente en la revista Science estimaba que hasta 2022 sería necesario implantar medidas para restringir la movilidad y favorecer el distanciamiento, y todavía en 2024 habría que mantener la vigilancia porque podrían seguir produciéndose contagios. Lógicamente, si antes de entonces se dispone de vacuna efectiva, todos estos plazos se acortarán.

En lo que a la gente se refiere, tardaremos en disfrutar de condiciones normales de vida y relación social durante meses. No se celebrarán actos masivos ni se permitirán aglomeraciones. No sé en qué condiciones se podrán reanudar las clases normales en los centros de enseñanza, porque lo cierto es que en general, no estamos en condiciones de trasladar la actividad docente del aula al entorno virtual. Dudo que se puedan celebrar grandes eventos deportivos. Habrá durante meses limitaciones al desplazamiento entre países. El turismo de masas se pospondrá. Antes o después, pero de forma gradual, se implantarán sistemas para trazar los movimientos y los contactos de las personas mediante aplicaciones móviles. Todo esto, por sí mismo, acarreará una contracción económica sin precedentes y dejará unas secuelas sociales terribles. Por eso, la prudencia exige cuidado máximo con las decisiones y mínima improvisación. Decisiones imprudentes pueden acercarnos peligrosamente al precipicio.

Una última consideración. La situación que vivimos exige de la ciudadanía mucho sacrificio. Estamos viendo, además, que la respuesta social es, se diga lo que se diga, muy buena; se aceptan las consecuencias que se derivan de la situación, aunque hay quien lo está pasando mal. Para los niños, en concreto, esto es especialmente difícil; y para sus padres. También lo es para personas con problemas de salud o para quienes necesitan hacer ejercicio de forma regular. Las autoridades pueden cometer errores porque todos somos falibles; eso se puede aceptar. Pero lo que deben garantizar es transparencia. Deben informar con rigor de la situación y de las razones por las que se toman unas decisiones y no otras. El no hacerlo así induce a la generación y expansión de bulos peligrosos y mina la credibilidad de las instituciones. Ahora más que nunca necesitamos líderes, personas que se ganen la confianza del pueblo que gobiernan; pero confianza y credibilidad exigen seriedad, claridad y transparencia. Solo hace falta que nos traten como a personas maduras y responsables.


[1] Aunque a día de hoy hay dudas acerca del grado efectivo y duración de la inmunidad de quienes se contagian con este virus.

Lo peor del ser humano

En el otoño de 1988, ETA colocó un artefacto explosivo en el concesionario de Renault en Leioa, a unos 200 m de donde vivía entonces. Vecinos que ocupaban los pisos del edificio en cuyos bajos se encontraba, pidieron a sus propietarios que lo trasladasen a un lugar donde no hubiese viviendas. En otras localidades hubo comunidades que pidieron también a vecinos que podían ser víctimas de ETA que se mudasen de residencia.

He recordado esos episodios a cuenta de los mensajes anónimos que, en forma de folios mecanografiados colocados en el portal de la comunidad o de pintadas en su automóvil, dirige estos días algún vecino, por temor a contagiarse de COVID, al sanitario o dependiente de supermercado que vive en su misma comunidad, invitándole (conminándole, en realidad) a que se aloje en otro lugar.

Hay paralelismos entre los dos episodios. En ambos casos la persona o negocio al que se pide que se vaya, es quien se encuentra en la situación más débil. Y en los dos casos, esas personas que se encuentran en la situación más débil lo están porque velan por los demás. Los amenazados por ETA -el ertzaina, el juez, el periodista…- eran, o actúan como, guardianes de las libertades y, algunos de ellos, de nuestras mismas vidas. Las personas a quienes ahora quieren algunos expulsar de su entorno también son guardianes: velan por nuestra salud o por nuestro bienestar.

Dicen que situaciones como las que vivimos hoy hacen aflorar lo peor de los seres humanos. No estoy seguro de que así sea. O, mejor dicho, no estoy seguro de que lo peor no aflore también en otras circunstancias, ni tampoco de que estas solo hagan aflorar lo peor.

A estos efectos, la diferencia entre la que vivimos hoy y la anterior a que irrumpiese el virus en nuestras vidas es que antes las situaciones que nos exigían a cada uno de nosotros comportarnos con dignidad y valentía o, al menos, no hacerlo de forma cobarde e indigna, eran, las más de las veces, ocasionales, fortuitas y distintas en unos y otros casos; ahora, sin embargo, la pandemia tiene efectos tan generales, que a todos o, al menos, a muchos nos coloca en situación de poder comportarnos mal y hacerlo, además, de formas similares. Ese portarse mal puede consistir en pedir que se vaya de tu portal el enfermero o, de mucha menos gravedad, en hacer trampas para salir de casa cuando no tienes razones poderosas o justificadas para ello.

Por otro lado, también ahora hay miles de personas que están desempeñando su trabajo asumiendo el riesgo cierto de contraer la enfermedad: un porcentaje muy alto del personal sanitario se contagia. Así pues, quizás sea cierto que en estas ocasiones aflore lo peor del ser humano, pero también aflora lo mejor.

Y, lo que resulta de verdad paradójico, pueden ser las mismas personas las que se comportan con cobardía en unas ocasiones y con valor en otras. Porque no sería en absoluto extraño que quien hace treinta años pidiese a un ertzaina que se mudase de comunidad, esté ahora arriesgando su vida por salvar las de los demás.

Nadie la vació, se fueron sus pobladores

La España vacía, viaje por un país que nunca fue es el título completo de uno de los libros publicados en la segunda década del siglo XXI que más me han impactado. Aunque haya quien lo califique de ensayo, en mi opinión no lo es. Sergio del Molino, su autor, no sostiene ninguna tesis, no desarrolla un conjunto de argumentos mediante las que pretenda llegar a ciertas conclusiones. No es nada de eso. Es una reflexión melancólica, muy emotiva y un tanto amarga sobre el abandono que han sufrido amplias extensiones del territorio español durante siglos, y de la utilización, casi siempre interesada, que escritores, artistas y políticos han hecho de ese espacio. Es un viaje sentimental por la España deshabitada, un territorio extenso que no ha dejado de perder población desde mediados del pasado siglo.

Al hablar de la España vacía cabe hacerlo, en realidad, de dos espacios geográficos principales. Uno recorre, aproximadamente, el Sistema Ibérico. Tiene unos setenta mil kilómetros cuadrados (algo más del 13% de la superficie española), donde viven medio millón de personas (poco más del 1% de su población). Abarca un territorio en el que se encuentran zonas de la Rioja (sur), Castilla y León (este de las provincias de Burgos y Segovia, y la provincia de Soria al completo), el oeste de Castilla La Mancha (gran parte de las provincias de Guadalajara y Cuenca), Aragón (Teruel y sur de la provincia de Zaragoza) y Comunidad Valenciana (oeste de la provincia de Castellón y algo de Valencia). Su densidad de población es de 7’2 habitantes por km2. A esta región se la suele llamar la Laponia del sur.

El otro espacio es la franja que linda con Portugal, de casi treinta y cinco mil kilómetros cuadrados (algo más del 6,5% del territorio español), y en la que vive un cuarto de millón de personas, aproximadamente (apenas el 0,5% de la población española). Abarca una banda de terreno que discurre desde Orense hasta Badajoz, todo a lo largo de la frontera con Portugal, pero se proyecta también desde Salamanca hasta la provincia de Ávila siguiendo el curso del Sistema Central. Su densidad de población es de 7’6 habitantes por km2.

Consideradas en conjunto, en un territorio que ocupa el 20% de la superficie española vive el 1’6% de su población. En la nota incluida al final de la anotación aporto información adicional relativa a otras zonas muy escasamente pobladas y a la fuente utilizada.

El libro de del Molino tuvo un muy merecido éxito. Y ayudó, además, a que movimientos ya iniciados antes de su publicación, de reivindicación de servicios e inversiones públicas en esas áreas geográficas, se consolidaran y fortalecieran. De hecho, el despoblamiento de esos espacios se ha convertido en materia de debate social y ha tenido efectos políticos importantes. El fenómeno de la despoblación y sus consecuencias ha llegado a ser tratado en el Parlamento de forma monográfica.

El éxito del libro ha tenido una consecuencia desafortunada también. Hubo a quien le pareció que a la expresión “la España vacía” le faltaba algo, quedaba demasiado impersonal, por así decir. Y sustituyó el adjetivo “vacía” por “vaciada”, el participio del verbo vaciar. De esa forma se implicaba que esa parte de la geografía española no se había vaciado de manera espontánea, sino que había sido vaciada. Para mí resulta evidente que la razón por la que está vacía no es porque siempre lo haya estado; esto es, porque nunca se hubiese llegado a ocupar. Efectivamente, en todas esas zonas ha habido épocas en las que ha vivido más gente que ahora. Pero no han dejado de perder población desde mediados del siglo pasado, por lo que a nadie se le ocurriría pensar que siempre han estado así. En otras palabras: no era necesario aclarar que si hoy está casi vacía es porque se ha despoblado recientemente. No, la razón por la que a alguien se le ocurrió la sustitución del adjetivo por el participio fue que de esa forma el abandono era responsabilidad de alguien, porque algo que ha sido vaciado lo ha sido a propósito y, por tanto, ese alguien es responsable (culpable) de la situación.

Se me ocurren dos tipos de motivaciones para atribuir intención (teñida de culpabilidad, claro) al fenómeno del despoblamiento. Uno tiene que ver con la propensión humana a buscar culpables para todas las desgracias que nos afligen, esa resistencia, cuando no pura negativa, a aceptar el carácter accidental, fortuito, de las desgracias. Es algo que vemos con frecuencia. La otra es el uso interesado de ese estado de cosas como arma arrojadiza, normalmente en el terreno político. En un país en el que hasta el más mínimo desliz o error de un gobernante en la gestión de una crisis como la que vivimos hoy da lugar a furibundos ataques políticos, esto no sorprende. Pero es una desgracia. Uno de los hechos que deplora el autor del libro que nos ocupa es precisamente ese: el uso interesado de la despoblación que se ha hecho desde diferentes instancias: artísticas, literarias, académicas y políticas. Es el colmo, porque el éxito de un libro que denuncia unas actitudes ha conducido, a la postre, a alimentar esas mismas actitudes.

No. La España vacía no la ha vaciado nadie. Se ha vaciado ella sola. Es posible, y hasta probable, que la despoblación haya sido favorecida por decisiones políticas, pero no me entra en la cabeza que esas decisiones persiguieran tal propósito. Y si no lo perseguían, no creo que se pueda pensar en el fenómeno como un vaciado. Omitir ciertas actuaciones puede haber facilitado que se produjera la despoblación, pero no la han provocado. No, la España vacía no ha sido vaciada por nadie, la han vaciado sus moradores, porque no tenían en ella una forma de vida digna y satisfactoria para ellos y para sus hijos e hijas.

Quienes se abonan al uso del participio lo hacen pensando que se podía haber evitado la despoblación si se hubiesen tomado las decisiones adecuadas. A esta idea hay que oponer dos consideraciones. Una es que, incluso aunque así fuese, seguiría sin ser correcto el uso del participio. Y la otra es que es muy dudoso que decisiones políticas de ordenación del territorio a una escala tal puedan llegar a ser efectivas, máxime si se toman en contra de tendencias favorecidas por factores geográficos y económicos que escapan al control de planificadores y autoridades. La mayor parte de la extensión de la España vacía es territorio de montaña o, al menos, de orografía difícil. Y no se encuentra en el curso de grandes vías de comunicación. Por contraste, las zonas más pobladas de la Península pertenecen a tres categorías principales: son los hinterland de grandes capitales, son zonas costeras, o son los valles de los grandes ríos penínsulares (o una combinación de algunas de las tres condiciones). No todo es planificable. Y lo que es planificable puede ser muy difícil de hacer o no ser conveniente.

Y por si lo anterior fuese poco, la España vaciada es una expresión que agrede al idioma.

Nada de lo dicho aquí se opone a los deseos, que comparto, de mejorar las condiciones de vida de quienes habitan esa España interior. Estoy seguro de que se puede hacer bastante al respecto. Quizás algunas de las cosas que habría que hacer sean caras, pero es una decisión política el hacerlas o no. Estoy convencido de que es posible mejorar las condiciones de vida de los pobladores de esa España. Dudo, sin embargo, que se pueda repoblar.

Para quienes somos hijos de españoles que formaron parte del éxodo que la vació, esa parte de España sigue siendo parte esencial de nuestra identidad. Yo no sería la misma persona si mi padre no hubiese nacido en el Villar de Peralonso y mi madre en la Vega de Tirados (localidades las dos de la provincia de Salamanca) y si ambos no hubiesen emigrado a la capital de la provincia, primero, y a Bizkaia, después. Aunque sea una expresión muy manida y a algunos pueda sonar impostada, allí están mis raíces; así lo siento. Es algo que tengo siempre muy presente.

Por esa razón, la lectura de La España vacía tuvo un significado especial para mí, porque la España que describe es la que abandonaron mis padres y porque, en cierto modo, me siento parte de su geografía fantasma. Son precisamente ausencias como la mía las que definen ese territorio. Y a quienes nada tienen, en apariencia, que ver con ella les recomiendo de manera entusiasta que lo lean. Aprenderán de sus páginas algo que quizás nunca fuimos capaces de enseñarles.

Fuentes e información detallada adicional: He tomado estos datos de un estudio de Pilar Burillo, del Instituto de Investigación y Desarrollo Rural Serranía Celtibérica (IIDRSC) y se refieren a las zonas de menor densidad de población (<8 personas por km2). El mapa anterior está basado en la misma fuente, aunque lo he tomado de aquí. Hay otras zonas muy extensas con densidades de población inferiores al 10%, especialmente en los Sistemas Bético y Central y otras con densidades inferiores al 12%. Tomadas en su conjunto, en el 54% del territorio español (54% de sus municipios) vive el 5’5% de la población. Son las que aparecen en la tabla que se presenta a continuación.

En el siguiente mapa se ofrece una distribución mucho más detallada (por municipios) de las zonas despobladas.

El precipicio

No debe de ser fácil saber cuántas personas viven en la calle por carecer de hogar. A causa de la aplicación de las medidas de confinamiento, el Ayuntamiento de Bilbao ha dado alojo a 350 personas en varios polideportivos de la villa. Cabría pensar, por tanto, que aproximadamente una de cada mil se ven obligadas a vivir a la intemperie en Bilbao. Pero, por otro lado, muy probablemente en la capital se concentre la mayor parte de quienes están en esa condición en el Territorio de Bizkaia, por lo que es probable que el porcentaje anterior no refleje la realidad de la villa. Sea como fuere, a tenor del número anterior, lo más probable es que no sea una de cada cien ni una de cada diez mil, por lo que, a falta de mejor información, me quedaré con el dato: una de cada mil.

Por tanto, cabe pensar que el riesgo de que una persona, por las razones que fuese, se vea en una situación de carencia tal que no tiene un techo bajo el que cobijarse, es de uno por mil.

En alguna ocasión he oído o leído historias de gente que llevaba una vida normal -razonable desde el punto de vista laboral o profesional, satisfactoria en la esfera sentimental y sin mayores problemas de salud- y que, de la noche a la mañana, por una circunstancia accidental, pierden su trabajo, se deshace su núcleo familiar y se desmorona su vida. Todo lo que ocurre, además, parece obedecer a una lógica implacable, como si el curso de los acontecimientos, una vez producido el primer contratiempo, fuera inevitable.

Me sobrecogen esas historias. No dejo de pensar que algo así podría ocurrirnos a cualquiera, a mí, a mi mujer o a mis hijos. Me aterra. Porque me doy cuenta de que vivimos en una estabilidad precaria. Es cierto que la sociedad y las propias familias cuentan con dispositivos de protección que funcionan de manera casi automática. Pero conviene no engañarse, porque mucha gente vive cerca de un límite que, de traspasarlo, podría conducirles a una vida sin horizonte y sin medios para considerarla digna de tal nombre, y porque, quienes tenemos una posición más desahogada, tampoco tenemos nada garantizado.

¿A qué viene esto? pensará quien ahora me esté leyendo. Pues bien: viene a la pandemia, a lo que ha hecho y hará a esta sociedad. He utilizado la historia de quienes lo pierden todo y viven en el más absoluto desamparo por culpa de una circunstancia accidental, para tratar de observar “desde fuera” nuestra situación. Ahora, querido lector, querida lectora, ya habrá captado seguramente cuál es el hilo de mi reflexión. Pero debo seguir.

Toby Ord es un filósofo de Oxford que acaba de publicar un libro titulado The Precipice (“El precipicio”). Según Alexander Scott, Ord ha ejercido de profeta y a los profetas los castigan los dioses. El castigo, en este caso, ha consistido en la pandemia, porque ha impedido la promoción normal de su obra.

Ord ejerce de profeta porque analiza en el libro el riesgo existencial de la humanidad. Para que nos entendamos, analiza y valora el riesgo de que la humanidad desaparezca en los próximos decenios por diferentes causas. No he leído The Precipice, por lo que no puedo juzgar sus méritos, aunque si hacemos caso a Scott, el análisis es riguroso.

Pero aunque no he leído el libro, la reseña de Scott contiene una tabla con los valores de la probabilidad que Ord asigna a la posible extinción de la humanidad en los próximos cien años por una serie de razones. Clasifica los riesgos en naturales y provocados por el ser humano. La lista es la siguiente:

Causas naturales:

Asteroide o cometa: 1 en 1.000.000

Explosión estelar cercana: 1 en 1.000.000

Erupción de un supervolcán: 1 en 10.000

Total por catástrofe natural: 1 en 10.000

Provocados por el ser humano

Guerra nuclear: 1 en 1.000

Cambio climático: 1 en 1.000

Otro daño ambiental: 1 en 1.000

Pandemia de origen natural[1]: 1 en 10.000

Pandemia provocada de forma intencionada: 1 en 30

Inteligencia artificial fuera de control: 1 en 10

Riesgos antropogénicos imprevistos: 1 en 30

Otros riesgos antropogénicos: 1 en 50

Total por riesgos antropogénicos: 1 en 6

Total riesgos existenciales: 1 en 6

No me interesa discutir los méritos o deméritos de las asignaciones de Ord. Y menos aún valorar cada uno de los riesgos. Lo que me ha interesado es que según él, la probabilidad de que una pandemia natural acabe con la humanidad es de 1 en 10.000.

Es una probabilidad muy baja, ciertamente. Pero me ha parecido muy sugerente que la cifra sea solo diez veces más alta que la probabilidad de que una persona de nuestra sociedad se vea obligada a vivir sin un techo bajo el que cobijarse.

Demos por buena la cifra de Ord. Si en vez de una pandemia que acabe con la humanidad pensamos en una que “solo” provoque una fracción del daño de aquella, la probabilidad bien podría subir diez veces y llegar a 1 en 1.000. ¿Lo ven? Nos encontraríamos, como sociedad, en una situación equivalente a la de las personas que se quedan sin techo. No parece descabellado pensar en estos téminos.

La pandemia que nos atenaza no va a causar la desaparición de nuestra especie; no lo creo. Es más, es posible que, a largo plazo, nos vacune frente a riesgos mayores. Pero también es posible que nos deje maltrechos para mucho más tiempo del que queremos imaginar. No lo sé.

Temo que nos haya colocado –y ahora me refiero a nuestra sociedad, principalmente- en una situación de vulnerabilidad extrema. Una situación tal que nos asemeja a esas personas cuyas vidas se desmoronan de un día para otro. No quiero decir con esto que eso sea lo que va a pasar. No lo sé; no soy profeta. Lo que quiero decir es que nos puede dejar en una situación en la que, si no se toman decisiones acertadas, nos conducirá a un desamparo, como sociedad, equivalente al que sufren quienes lo pierden casi todo.

Estos días no dejo de pensar que vivimos al borde de ese precipicio al que alude Ord. No me refiero solo a este momento, sino a nuestras vidas con carácter general. Vivimos así las personas, aunque gracias a la protecciones, tanto familiares como sociales, de que nos hemos dotado, evitamos acercarnos demasiado al borde.

Y también las sociedades viven cerca de ese precipicio. Nos hemos dotado también de dispositivos de protección, por supuesto. Pero esos dispositivos, aunque normalmente nos protegen, no nos garantizan nada.

Creo que es bueno ser consciente de que el abismo está ahí al lado, muy cerca. La pandemia nos ha acercado peligrosamente. Por el momento, nuestro país sufre sus efectos en mayor medida que ningún otro[2]. Son muchos muertos, demasiados, y aunque los tenemos que contabilizar para ser conscientes de la enormidad de las cifras, tras ellas hay personas, miles de personas, unas porque han muerto, otras porque han perdido a sus seres queridos.

Y en correspondencia y proporción a la gravedad de la crisis sanitaria, el cierre de la actividad económica y las limitaciones a la movilidad, van a ejercer (ejercen ya) efectos  devastadores sobre la vida de muchos miles de personas más. También eso nos acerca al precipicio.

Es importante que seamos conscientes del riesgo que corremos, de que el abismo está muy cerca. Pero también de que depende de nosotros que no lleguemos a caer.

Nota: Sobre la pandemia he escrito antes Los tártaros del teniente Drogo ya están aquí, La alternativa del diablo y Su debilidad es su fortaleza.


[1] Creo que Ord incluye las pandemias naturales entre los riesgos antropogénicos porque sus causas y gravedad son condiciones propiciadas por las actividades humanas.

[2] Si su país es España, han muerto unas 340 personas por cada millón habitantes, y si es el País Vasco, unas 330. A efectos comparativos, nos siguen Italia (310), Bélgica (260), Francia (200), Países Bajos (150) y Reino Unido (130). Las cifras están redondeadas a la decena más próxima.

Su debilidad es su fortaleza

La pandemia nos obliga a vivir momentos difíciles y, para algunos, apasionantes también. Quienes investigan y trabajan en campos tales como virología, inmunología, salud pública o epidemiología, encuentran en estos tiempos razones sobradas para valorar la decisión que tomaron en su día. Es el conocimiento que han producido o adquirido el que, de una manera u otra, acabará ofreciendo las claves que permitan superar la pandemia. Pero, entre tanto, para muchos de ellos, por intensas y apasionantes que resulten estas semanas, también están siendo duras y descorazonadoras. Los epidemiólogos, en concreto, se encuentran en el ojo del huracán. Todos nos dirigimos a ellos en demanda de datos y predicciones. Y están, también por eso, sometidos a un fenomenal escrutinio público.

Los datos, las predicciones, no son elementos neutros. Están cargados de valor o, si se quiere, de significado (o de sentido). Pero en este momento son muy endebles: fragmentarios, de calidad dudosa, incompletos y difíciles de homologar entre países. Por otro lado, es tanto lo que se desconoce acerca de las características del virus SARS-COV-2, de su forma de propagarse, de la susceptibilidad relativa de personas de diferentes colectivos, que nadie sabe, en realidad, cuál puede ser la evolución de la epidemia en las próximas semanas. Ni siquiera se sabe cuántas personas se han contagiado y se encuentran, presumiblemente, inmunizadas. Dicen los epidemiólogos que la evolución de las cifras de personas fallecidas son compatibles con más de un posible escenario relativo al número de contagios y el momento en que se encuentra la evolución de la enfermedad.

Por eso se hallan en medio del fuego cruzado entre diferentes grupos políticos, y también entre instituciones y países. De sus dictámenes podría depender que se decida volver antes o después a la normalidad. No es lo mismo que ya se haya contagiado más de la mitad de la población o que nos encontremos al comienzo de la expansión epidémica. Por otro lado, la situación cambia de día en día. Y no solo son los especialistas quienes ven cómo varían sus estimaciones; políticos, periodistas y público en general también lo ven. El problema es que, como las decisiones relativas a la gestión de la pandemia son, en definitiva, políticas, también son objeto de crítica desde plataformas políticos. El riesgo que corremos es claro: de cara al público y las autoridades podría devaluarse toda una disciplina científica de enorme importancia. Una evaluación de la información, datos y conclusiones a los que llegan los especialistas en epidemiología hecha a la luz de los intereses ideológicos es veneno para la disciplina, en particular, y para el conjunto de la ciencia en general.

Hay que aceptar que las conclusiones a que llegan los científicos son, casi (o sin casi) por definición, provisionales. Ese es un axioma de alcance general pero, además, en el caso de la epidemiología debe aceptarse que esas conclusiones pueden modificarse en virtud, precisamente, del cambio en los datos brutos de los que se va disponiendo conforme pasan los días. Los científicos no estamos exentos del efecto de sesgos, y nuestra visión del mundo puede influir en los dictámenes. Pero también tenemos el hábito de someter a critica lo que creemos saber. Y si no lo tenemos nosotros, lo tienen nuestros compañeros de disciplina. El resultado de las interacciones entre esos elementos suele ser razonablemente bueno y también útil.

Mucha gente piensa que la ciencia consiste en un conjunto de teorías y hechos establecidos de forma definitiva. Según esa idea, las afirmaciones que se hacen desde la esfera científica o las recomendaciones avaladas con su sello se suelen considerar definitivas, inmutables; podrían ser tomadas, de hecho, como verdades absolutas. Pero las cosas son muy diferentes.

La observación, la experimentación y la reflexión dan lugar a la elaboración de modelos. Esos modelos (teorías o hipótesis) ofrecen explicaciones de los fenómenos que estudiamos, y a veces permiten hacer predicciones. Hay áreas en las que las teorías, los modelos, ofrecen resultados excelentes. Sirven para explicar un conjunto muy amplio de fenómenos y, cada vez que se contrastan, vemos que funcionan bien. En Física, por ejemplo, se han desarrollado modelos excelentes; las predicciones que generan las teorías de ese campo alcanzan una precisión asombrosa. Otras veces, sin embargo, los modelos no tienen tal grado de perfección. Eso no ha de extrañar a nadie. Por una parte hay sistemas simples, mientras que otros son más complejos. Y también hay fenómenos de la naturaleza en los que inciden multitud de factores, algunos difíciles de identificar.

La epidemiología es una disciplina científica muy poderosa. Pero eso no es óbice para que las conclusiones de sus especialistas sean, como las del resto de científicos, provisionales. Máxime en una situación como la que vivimos estas semanas. La epidemiología no solo adolece de las mismas limitaciones que otras disciplinas. En este momento tiene la dificultad añadida de que los datos que maneja son, como he apuntado antes, fragmentarios, incompletos y de dudosa calidad. Conviene tener en cuenta esas circunstancias y esperar a que, al cabo de algunos días, su conocimiento de la situación sea más completo y preciso. Las decisiones que deban tomar las autoridades se basarán, entonces, en un buen conocimiento (que no será el mejor posible porque, aquí también, lo mejor es enemigo de lo bueno).

La ciencia progresa a base de mejoras de sus métodos y sus conclusiones. Los modelos que alcanzan amplia aceptación por parte de la comunidad científica son cada vez mejores. Sirven para ofrecer mejores explicaciones de las observaciones, de los datos. Y también sirven para elaborar, cuando ello es posible, mejores predicciones. Esto forma parte del curso normal de la actividad científica. Y es que la ciencia, al ser un producto humano, tiene una debilidad: es imperfecta. Pero es el reconocimiento de esa debilidad, de la falibilidad humana, lo que permite que se corrija constantemente a sí misma. Y gracias, precisamente, a esa capacidad para autocorregirse, la imperfección, que era su debilidad, se convierte en su gran fortaleza.

Nota: Sobre la pandemia he escrito antes Los tártaros del teniente Drogo ya están aquí y La alternativa del diablo.

La alternativa del diablo

La pandemia ha transformado nuestras vidas. De momento lo ha hecho para unas semanas. Pero es posible que algunas cosas las cambie para siempre o para mucho tiempo. Porque no es posible calibrar hoy las consecuencias de lo que está ocurriendo estos días y de lo que falta por venir.

Estamos abocados a vivir en cuarentena. Los que podemos trabajar desde casa así lo haremos. Veremos la calle desde el balcón y, cuando toque, nos acercaremos al mercado a hacer las compras. Así pasaremos las semanas.

¿Hasta cuándo?

¿Hasta cuándo mantendrán las autoridades a la población recluida en sus hogares? ¿Dos semanas? ¿Cuatro? ¿Ocho?

El pasado jueves, el premier británico Boris Johnson, declaró que en el Reino Unido no iban a cerrar escuelas ni a tomar medidas equivalentes a las de otros países. De momento. También dijo que conforme pasasen los días valorarían la situación y podrían aplicar nuevas medidas. No obstante, parece que, en contra de lo afirmado inicialmente, no se podrán celebrar espectáculos deportivos de masas. Y es posible que en los próximos días rectifiquen aún más.

Johnson, en compañía del asesor científico del gobierno, Sir Patrick Vallance, y del Director Médico Jefe de Inglaterra, Chris Whitty, insistieron en la importancia de acompasar las medidas al curso temporal de la pandemia. Según ellos, el número máximo de contagios tardará entre 10 y 14 semanas en llegar. Creen que es demasiado tiempo para que la población mantenga la tensión necesaria para respetar las normas de distanciamiento social y para mantener centros escolares y otras infraestructuras públicas cerradas. Piensan que ya hay miles de personas contagiadas y que la expansión generalizada del virus es inevitable. Por eso, confían en que un gran porcentaje de la población (un 70% quizás) adquiera inmunidad tras superar la enfermedad y se pueda generar así inmunidad de grupo, esa que proporcionan las vacunas, cuando la mayor parte de la población se ha vacunado, frente una enfermedad infecciosa.

Las tesis de las autoridades científicas y políticas británicas son muy discutibles. Y, de hecho, han sido criticadas ya por muchos científicos británicos. Algunos piensan que en realidad el Gobierno de Su Majestad ha optado por evitar causar un gran daño a la economía.

Es una hipótesis verosímil. ¿De qué magnitud será el problema dentro de tres semanas? ¿Durante cuánto tiempo podría sostenerse un país entero en cuarentena y con la actividad económica reducida de forma severa? ¿Cuándo se vería gravemente impedida la producción, tráfico y comercio de bienes y servicios? ¿Cuándo dejaría de haber recursos para mantener a la población? ¿Se puede apagar un país durante dos meses?¿Cuántas vidas humanas se perderían en el supuesto de un colapso económico? ¿Qué alternativa acabaría causando más dolor?

¿Cree usted que estas preguntas son retóricas?

Adam Kucharski, epidemiólogo y autor del libro “The Rules of Contagion” (Las leyes del contagio) en un breve hilo en tuiter hace unos días ponía el dedo en la llaga. Según Kucharski, las medidas de control aplicadas por China en Wuhan (reduciendo el contagio a la mitad en dos semanas) han tenido y tendrán un coste social y psicológico enorme. Pero la gran mayoría de la población sigue siendo susceptible a la enfermedad y, conforme se vayan levantando esas medidas, volverá a producirse un nuevo brote. No cree que, por su enorme coste, puedan mantenerse de forma indefinida. De hecho, parece que en lugares como Hong Kong y Singapur, que han sido capaces de mantener la epidemia bajo control, están sufriendo un aumento en la transmisión del virus tras el éxito inicial. Concluye que no hay una solución fácil y que, entre las dificilísimas alternativas que se puedan tomar, habrá que optar en cada caso por la forma sostenible más efectiva para que sea mínimo el riesgo de colapso del sistema sanitario y el impacto sobre las personas más vulnerables.

En este momento es precisamente la integridad de los servicios de salud lo que más preocupa a nuestras autoridades sanitarias. La perspectiva de tener que atender a miles de personas (cerca de un 20% de las diagnosticadas) en unidades de cuidados intensivos, con las necesidades que conlleva de personal sanitario, infraestructuras y equipamiento (para respiración asistida, en especial), es una verdadera pesadilla. Esa ha sido la experiencia lombarda. Por eso, todos los esfuerzos hoy se dirigen a limitar los contagios, para de esa forma frenar la expansión de la pandemia y posibilitar una evolución más lenta que no ponga en riesgo el sistema de salud.

En el Reino Unido dicen querer conseguir ese mismo objetivo indicando a quienes tengan síntomas que permanezcan en sus hogares, aislados a poder ser, durante una semana. Solo atenderían en los hospitales a los más graves. Pero es muy dudoso que consigan ralentizar así el avance de la pandemia. Y al prescindir de las restricciones a las reuniones y desplazamientos de la gente, los británicos tratan de preservar la integridad del sistema socio-económico. En España, además de lo anterior, se están implantando medidas de control social al estilo de China e Italia, pero las consecuencias económicas serán muy graves.

Boris Johnson reconoció que muchas familias “perderían seres queridos antes de tiempo”. Parecía, al decirlo, que estaba prometiendo “sangre, sudor y lágrimas”, aunque sin la épica y dignidad que exige una declaración tal por parte de un mandatario. Aquí no se dicen esas cosas de forma expresa, pero lo cierto es que morirán (ya están muriendo) también muchas personas.

Aunque, por razones comprensibles, nadie lo quiere expresar con absoluta claridad, parece que nos enfrentamos a una nueva versión de la alternativa del diablo, la de tener que elegir de entre dos grandes males el que se juzga menor. Uno es el colapso económico y el otro la pérdida inmediata de muchas vidas humanas. El problema es que nadie puede asegurar que el optar por el, en apariencia, menos malo, impida que acabe produciéndose el mal mayor. Porque aunque se de prioridad a la integridad del sistema socio-económico a costa de una mayor pérdida de vidas humanas, eso no garantiza que la economía no acabe deteriorándose gravemente. Y lo contrario también es cierto: preservar el sistema de salud salvando más vidas en los próximos meses quizás no evite una mayor pérdida de vidas más adelante. Esto es muy difícil y, se haga lo que se haga, no saldremos indemnes.

Cuanto más tiempo pasa, mayor es la incertidumbre que experimento. Supongo que esto nos pasa a todos. Los responsables tienen el objetivo de salvar el mayor número de vidas posibles y conseguirlo sin provocar un colapso de la economía, porque esa perspectiva es pavorosa. Cuentan con las personas más capacitadas para asesorarles. Y aunque nadie está a salvo de errar, confío en que tomarán las mejores decisiones. Pero hay algo que sí tengo claro: por nada del mundo querría estar en su lugar.

Adenda: Íñigo de Miguel (@idemiguelb) me dice en tuiter que la eventualidad de tener que volver a reimplantar restricciones de movilidad y reunión depende de si entre tanto, los ensayos clínicos arrojan resultados positivos o la subida térmica primaveral hace retroceder al virus. Aunque en teoría eso es cierto, lo primero me parece dificilísimo por meras razones técnicas. Y lo segundo es una posibilidad, aunque no sé cuán probable. No obstante, es cierto que son factores a considerar y que socavan los argumentos del PM británico.

Nota: Sobre la pandemia he escrito antes Los tártaros del teniente Drogo ya están aquí.