Rechazamos a los emigrantes, aunque no deberíamos hacerlo

Centenares de personas, quizás miles –me temo que esa macabra contabilidad no es practicable con garantías – mueren cada año intentando llegar a las costas meridionales de Europa.

En 2018 alrededor de 260 millones de personas vivían en países distintos de los que nacieron; nunca en la historia de la humanidad había ido tanta gente a vivir lejos de su lugar de nacimiento. De esos 260, más de 70 millones han tenido que abandonar su lugar de origen huyendo de conflictos, violencia o vulneraciones de derechos humanos. Según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) hay 26 millones de refugiados (el 10% del total de emigrantes). Y 3,5 millones de los desplazados son solicitantes de asilo.

Esas cifras no han dejado de crecer ni dejarán de hacerlo en las próximas décadas. Los emigrantes soportan el rechazo, más o menos intenso, de los naturales de los lugares en que se asientan. Por eso es conveniente caracterizar las razones de la hostilidad, las ideas que anidan en la mente de las personas, que hacen que se produzca y que lleguen a convertirlo en un factor decisivo en la vida social y política.

Existe una causa primordial, básica, para el rechazo. Como indiqué en una conjetura anterior, experimentamos un sentimiento “que nos conduce a rechazar al otro, al que no forma parte de nuestro grupo. Es un sentimiento universal; es parte de nuestra naturaleza y tiene hondas raíces evolutivas. Las mismas tendencias prosociales que favorecen la cohesión del grupo al que pertenecemos provocan el rechazo de quienes no forman parte de él. En nuestra historia los otros han sido normalmente fuente de peligros más que de beneficios. Y hemos generado mecanismos de rechazo.”Tendemos a justificar ese rechazo de formas diversas. Los psicólogos que lo han estudiado han encontrado que, por norma, los grupos socialmente dominantes tienden a creer que el suyo es un grupo superior y con derecho, por lo tanto, a disfrutar de ciertos privilegios. Por esa razón, si creen que han de sacrificar parte de sus recursos o si ven peligrar su forma de vida, reaccionan rechazando a quienes ven como una amenaza.

En esas actitudes tiene mucha importancia la creencia generalizada en la noción de la “suma cero”. Los que creen en esa noción piensan que el volumen de recursos disponibles es constante y que, por lo tanto, un aumento en el número de personas que compiten por ellos, conlleva necesariamente el riesgo de ver disminuir “su” parte. El argumento de “suma cero” carece de justificación, porque los recursos no se encuentran en cantidades fijas y constantes. Pero es una idea muy extendida en las sociedades occidentales y muy promocionada, por cierto, por las organizaciones de izquierda. Por esa razón, los extranjeros pobres se enfrentan al dilema de “maldito si lo logra, maldito si no”: cuando les va bien, se les acusa de haber reducido los trabajos y oportunidades a que tienen acceso los naturales; pero si les va mal, se les reprocha el aprovecharse de los recursos de todos para el socorro social.

Los juicios erróneos en relación con los recursos disponibles, así como sobre la amenaza que suponen los emigrantes, se exacerban en tiempo de recesión económica o cuando aumenta la incertidumbre acerca de lo que deparará el futuro. Bajo esas circunstancias, la demanda de igualdad de derechos para todos actúa, incluso, aumentando la hostilidad hacia los foráneos por parte de los naturales más reacios a su aceptación.

No es solo el factor económico. Las violaciones que sufrió la pasada semana en Bilbao una joven de 18 años han provocado, como es natural, una indignación comprensible, la exigencia de que los violadores sean castigados por las atrocidades cometidas, y que se tomen medidas para minimizar el riesgo de que atentados como esos se repitan. Pero ha habido más. En ciertos medios de prensa (no los enlazo para no alimentar a la bestia) y en redes sociales de internet (muy especialmente el estercolero que es la red de redes), se pone el foco en el origen étnico de los presuntos violadores.

Es ese un camino muy peligroso. No sé si hay estadísticas fiables al respecto. Pero no me extrañaría que jóvenes de procedencia magrebí cometan, por comparación a su proporción en la población, más delitos, en general, y más agresiones sexuales y violaciones, en particular, que los naturales del país. Pero si así fuese, eso no anularía el hecho de que entre nosotros viven en paz y trabajan honradamente miles de emigrantes magrebíes, y que su contribución enriquece nuestra sociedad de diferentes formas. Y tampoco anularía el hecho de que las razones por las que unos u otros cometen delitos nada tiene que ver con su pertenencia a un grupo étnico determinado y mucho con factores que igualmente pueden afectar a jóvenes -y no tan jóvenes- compatriotas.

Se engaña –en algunos casos creo que conscientemente, incluso- quien pretende justificar su rechazo a los emigrantes pobres sobre la base de factores económicos o sociales como los citados. Los rechazamos porque estamos programados para ello y los consideramos una amenaza a nuestro estatus y modo de vida. Pero merece la pena hacer el esfuerzo de racionalizar esos sentimientos y someterlos al cedazo de la prueba. Nos va mucho en ello, tanto en el orden moral como en el social y económico.

Dicho lo anterior, no hay recetas simples para neutralizar o minimizar la hostilidad hacia los emigrantes pobres. Pero está claro que la mera reivindicación de igualdad de derechos para todos no es suficiente. Es preciso implantar políticas de inmigración que tengan en cuenta la capacidad de la sociedades para integrar gentes procedentes de otros países, evitando el riesgo de formación de guetos marginales. Pero eso es difícil.

Es necesario, también, reconocer a los extranjeros los mismos derechos que a los nacionales en cuestiones básicas, como salud y educación. Pero eso tiene costes y hay que saber explicar a la gente que esos costes se ven de sobra compensados por beneficios sociales y económicos muy superiores.

Y por último, es muy importante hacer pedagogía: el argumento de la “suma cero” es peligrosamente falaz. La llegada de personas con empuje y determinación, como suelen ser los emigrantes, puede ser motor de progreso económico. Pero eso deja de ser cierto si el fenómeno migratorio propicia la formación de guetos, con los problemas de marginación social y de alteración de la convivencia que comportan. También eso ha de ser tenido en cuenta y evitarse.

Y por supuesto, hay que hacer lo posible para evitar los centenares o miles de muertes a los que me he referido al comienzo de esta nota. Por compasión.

Nota: Esta es, muy retocada, la anotación El rechazo al inmigrante que publiqué hace exactamente cuatro años en mi blog personal de entonces Un tal Pérez.

Somos herederos de la Ilustración

[Texto de mi intervención en la ceremonia de entrega del premio Eusko Ikaskuntza-Caja Laboral; he omitido el apartado de agradecimientos del comienzo y traducido al castellano los fragmentos en euskera.]

Txomin García (Laboral Kutxa), servidor e Iñaki Dorronsoro (Eusko Ikaskuntza) (Foto: Iker Azurmendi)

En la carta en que me comunicaron formalmente la concesión del premio, Txomin García (presidente de Caja Laboral) e Iñaki Dorronsoro (presidente de Eusko Ikaskuntza) decían –citando literalmente la resolución del jurado- lo siguiente: “El jurado ha querido subrayar su trabajo de promoción de la cultura científica, también en euskera, y la difusión del conocimiento y la ciencia, en especial a la sociedad vasca.”

Ha llegado, pues, el momento de hablar de ciencia, pero no solo de ciencia.

Cuatro siglos atrás la revolución científica abrió el camino a la Ilustración. Isaac Newton y John Locke, cada uno en su ámbito, fueron protagonistas principales de aquella Ilustración temprana. Cada uno de ellos influyó en las ideas del otro. Newton puso orden en la imagen que teníamos del universo. Locke, por su parte, tomando como punto de partida las leyes de la naturaleza –las de Newton, por supuesto-, llegó a la conclusión de que no hay derechos divinos. Defendió, por el contrario, que hay derechos naturales y declaró que de acuerdo con esos derechos, los seres humanos hemos nacido libres e iguales. Por cierto, tanto el principio de la división de poderes como el sistema de equilibrios conocido como checks and balances que implantaron más adelante los fundadores de los Estados Unidos en su ordenamiento jurídico, tienen similar inspiración.

La ciencia, como la entendemos hoy, y las ideas en que se sustenta la democracia nacen en el siglo XVII. Surgen en el espacio público en que se produce el contraste de ideas consustancial a esas dos esferas. Ciencia y democracia tienen carácter tentativo, porque ambas están basadas en la consciencia de la imperfección humana. Sin posibilidad de crítica, ni ciencia ni democracia son posibles.

Los países más libres son los que más y mejor ciencia hacen; los más desarrollados científicamente son los más prósperos; y también los más democráticos. Progreso, conocimiento y libertad conforman una triada virtuosa. Somos herederos de la Ilustración.

De los ilustrados proviene también el proyecto de emancipación de la humanidad basado en la razón. En eso consiste el ideal cosmopolita, un ideal con contradicciones que tienen su origen en rasgos fundamentales de la naturaleza humana y que están en la base de las amenazas que pueden comprometer su realización.

Somos seres grupales. En el grupo compartimos una cultura y el grupo conforma nuestra comunidad moral básica. Porque las normas morales y sociales se heredan y transmiten en el marco de tradiciones que son las narraciones mediante las que damos sentido a nuestra relación con el mundo. Por ello, la pertenencia a la comunidad es parte de nuestra naturaleza íntima.

Todos los seres humanos compartimos una estructura racional común; sobre ella se articulan las diferencias personales y culturales. Pero no hay una razón única que sea patrimonio de una persona, cultura o proyecto de convivencia. En demasiadas ocasiones, sin embargo, se ha utilizado el ideal cosmopolita para tratar de imponer esa supuesta única razón. Cuando se ha pretendido, sobre esa base, eliminar la pluralidad en el seno de una sociedad o asimilar comunidades diferentes, el ideario ilustrado se ha encontrado con la resistencia de quienes lo han visto, con razón, como parte de un proyecto uniformizador.

Por otra parte, nuestro carácter grupal tiene un lado oscuro: la xenofobia. El rechazo a los otros es casi consustancial a la querencia por los nuestros. En la historia humana, los individuos ajenos a la comunidad propia han quedado, casi siempre, fuera de la esfera moral.

Pero frente a las tendencias que propician la xenofobia, la ciencia ha reafirmado la igualdad esencial de todos los seres humanos. El germen de esta idea, según Karen Anderson, surgió en la Era Axial, cuando las grandes figuras espirituales de Oriente y los profetas bíblicos empiezan a promover la compasión por los desamparados. En el Nuevo Testamento esa igualdad se formula de modo explícito. Pero hasta la Ilustración no se dotó a ese principio de significado político. A partir de entonces a todos los seres humanos se les empieza a considerar sujetos de iguales derechos. El círculo moral se ha ampliado, y las intuiciones han dejado paso, si bien de forma incompleta y con retrocesos ocasionales, a razonamientos morales en beneficio también de los otros, de los extraños.

Es preciso, pues, estar en guardia frente a esas dos amenazas –la pretensión de uniformidad y la xenofobia-, dos peligros vinculados, ya que ambos se justifican en una supuesta superioridad de lo propio. Los ideales ilustrados para ser realizables han de ser compatibles con la esencial igualdad de todos los seres humanos y con el pluralismo, tanto en el interior de los grupos humanos como entre las comunidades.

Podemos condensar en dos datos el progreso de los últimos siglos: Todos los países tienen hoy mayor esperanza de vida que la que tenía en 1800 el país con la esperanza más alta. Y nunca había habido menos regímenes autoritarios en la comunidad de naciones.

Pero eso no es suficiente. La región en que nace una persona condiciona demasiado la vida que tendrá. Las mujeres no tienen los mismos derechos y oportunidades que los hombres. Los recursos naturales puede estar siendo víctima de una tragedia de los comunes de alcance planetario. Y, también entre nosotros, la calidad y esperanza de vida depende más del código postal que de la información del ADN cifrada mediante el código genético.

Para encontrar solución a estos problemas es esencial seguir ampliando el círculo moral, hemos de sentirnos cada vez más concernidos por la suerte de nuestros semejantes.

Ciencia y democracia han experimentado avances grandes, sí, pero se encuentran en peligro. Los populismos emergentes en América y Europa, las potencias petroleras del Golfo Pérsico, el fundamentalismo islámico y la China comunista, por citar las más poderosas, son hoy sus principales amenazas. Hechos y razones retroceden frente a deseos y emociones. Y queda mucho para ejercitar un cosmopolitismo respetuoso con las diferencias y que ayude a extender la democracia y el bienestar hasta los últimos rincones del planeta.

Necesitamos más ciencia, más libertad, y altas dosis de benevolencia, generosidad y compasión.

Se me ha concedido este premio –son palabras del jurado– por mi trabajo de promoción de la cultura científica, también en euskera, especialmente a la sociedad vasca. He dedicado mi vida a crear y transmitir conocimiento, en el laboratorio, en el aula, en el despacho y también en la esfera pública, presencial y virtual. Lo he hecho en castellano, en euskera y en inglés. Siempre he pensado que lo hacía al servicio de la sociedad vasca, pero sin limitar a esta el ámbito de actuación. La ciencia no tiene fronteras y su extensión tampoco debe tenerlas. La difusión social del conocimiento científico promueve una sociedad culta, con criterio bien fundado para tomar decisiones. El ejercicio de la ciudadanía es así más responsable y, por lo tanto, más libre. Pues bien, se me concede este premio por trabajar, desde mi posición modesta, para hacer realidad los ideales que he desgranado aquí. Pocas cosas pueden proporcionarme mayor satisfacción. Pocas cosas pueden suscitar una gratitud como la que siento. Estoy emocionado y profundamente agradecido.

Tuiter está lleno de expertos en fisiología y medicina deportiva

Esta historia empezó con la lectura de un artículo en la revista Physiology, de la Sociedad Americana de Fisiología (una buena revista científica). Se trata de una revisión firmada por Herman Pontzer, de Duke University, en Estados Unidos. El artículo se titula «Energy Constraint as a Novel Mechanism Linking Exercise and Health» (La limitación energética como un nuevo mecanismo que vincula el ejercicio y la salud). En él, además de lo que dice el título, Pontzer explica que el organismo se adapta al ejercicio físico y mantiene relativamente constante el gasto de energía diario total aunque se haga más actividad física. La consecuencia práctica es que el ejercicio ayuda poco a quienes quieren perder peso.

Me pareció interesante. Además, lo que cuenta se ajusta a mi experiencia personal y a la de otras personas que conozco. Así que, ni corto ni perezoso, me puse y escribí un artículo de divulgación que envié a The Conversation España. De acuerdo con los editores del medio, decidimos titular el artículo «El ejercicio ayuda poco a adelgazar: es más efectivo comer menos«.

Antes de seguir quiero aclarar que me utilicé a mí mismo como sujeto experimental al objeto de hilar una historia más personal que facilitase el acercamiento a los lectores. Quizás no debería haberlo hecho.

Tras su aparición en The Conversation, el artículo fue republicado por numerosos medios digitales, de manera que dos días después de su publicación ya tenía más de 80.000 lecturas.

Comento a continuación algunas reacciones al artículo.

Me gustaron las de Dani Álvarez y Pedro Ugarte. Ambos hicieron lecturas «filosóficas» de mi historia. Las comparto porque me hicieron gracia, pero fueron puro espejismo.

A partir de esos «filosóficos» comentarios amables, la mayoría de los que vinieron después fueron puro despropósito. Incluyo algunos a continuación.

Mr. Vecino remacha una de las ideas del artículo:

Me extrañó, así que le pregunté:

Como sospechaba:

Eso sí, le agradecí haber reconocido no haber leído el artículo; otros, que tampoco lo leyeron, afirmaron vehementemente haberlo hecho.

También hubo quienes debieron de leer otro artículo:

Otro me aconseja no prescindir de apoyo profesional:

Entonces me percaté de que el tema del artículo había dejado de ser la adaptación metabólica y había pasado a ser un servidor y sus conflictos con la báscula y la bici estática.

Pero las respuestas verdaderamente surrealistas llegaron cuando el artículo lo republicó eldiario.es

El remate (por ahora) ha sido este despropósito:

Veremos qué nos deparan las próximas horas.

Además de estas reacciones, he recibido mensajes por correo electrónico en los que, además de indagar acerca de mis circunstancias fisiológico-deportivas, me ofrecen consejos para adelgazar. Y hasta se ha recibido una llamada en el despacho de un lector bienintencionado. A la sazón, me encontraba de viaje en Madrid.

Toda esta secuencia me ha llevado a algunas conclusiones:

(1) Mucha gente que opina, lo hace sin leer. Ya lo sabía; pero constatarlo enternece.

(2) O, si lee, se queda solo con los aspectos que contradicen nociones firmemente arraigadas. La indignación que les produce hace que sus sistemas cognitivos omitan (borren) todo lo demás.

(3) Prescinden completamente de los enlaces a los medios originales sobre los que se sustentan los argumentos del artículo (quizás no sepan inglés, pero tampoco creo que eso importe). Creen estar leyendo meras opiniones.

(4) En tuiter hay más fisiólogos y médicos deportivos de lo que me imaginaba. Eso sí: no han pasado por las aulas ni tienen título oficial.

Y (5) el ejercicio físico y toda la parafernalia y verborrea que lo adorna es como una enfermedad. Se ponen como si hablásemos de política.

Y Deborah aporta una sexta conclusión:

Es muy difícil convencer a alguien de que ha dicho una tontería

Una entrevista de J. Fernández para Deia y demás diarios del Grupo Noticias

Fotografía de Oskar González

BILBAO– El acreditado galardón que Juan Ignacio Pérez Iglesias (Salamanca, 1960) recibirá a mediados de julio -en su vigesimoquinta edición- reconoce saberes que van más allá de los puramente científicos. Es, de hecho, una especie de agradecimiento a su talento y su disposición especiales para contactar con la ciudadanía. ¿Su objetivo? Compartir todo tipo de conocimientos, cultura en definitiva, que permitan a la ciudadanía desplegar todas sus habilidades sociales. En palabras del jurado, “acercar la universidad vasca a la sociedad, elevando el nivel de conocimiento y la perspectiva crítica de la sociedad”.

¿Por qué es tan importante que la ciencia y los avances tecnológicos tengan proyección social?

– Es interesante que todas las formas de conocimiento estén a disposición de la gente. El conocimiento enriquece desde un punto de vista cultural, forma parte de la cultura humana. Y porque el conocimiento más aplicado proporciona criterios a la hora de tomar decisiones. Las personas tomamos muchas más decisiones de las que creemos. Cuando votamos, por ejemplo. Ese partido tomará decisiones que tienen que ver con asuntos de carácter científico: abrir o cerrar centrales nucleares, autorizar transgénicos o no, permitir ingeniería genética en humanos o no…

Nucleares, transgénicos, ingeniería genética… Me queda lejos.

– Pero sí decides qué yogur comprar. Y en esa decisión estás influyendo en el mercado, en el éxito de una empresa o no. Y si no te importa dar pábulo a mensajes engañosos que muchas veces hay en la publicidad de los yogures, estás favoreciendo una práctica que en el fondo es fraudulenta.

¿Cómo?

– No hay hongos o microorganismos que estimulen el sistema inmunitario…. Es complicado explicar por qué lo pueden decir porque siempre hay una añagaza detrás. Pero no es verdad. Si compras un lácteo pensando que vas tener el sistema inmunitario mejor que tomando otro, te estás equivocando. La gente no es consciente de hasta qué punto alguien que compra tiene poder.

Y si lo sabemos nosotros, también lo sabrán las multinacionales, las clases políticas…

– Sí. Y cada vez se regula mejor, pero siempre hay un zirrikitu, una puertecita de atrás… Por eso es tan importante la información y la cultura de calidad. Te permite ser conocedor de este tipo de cosas. Una sociedad en la que sus ciudadanos tienen este tipo de conocimientos funciona mejor.

¿Es difícil conectar con la sociedad?

– No es fácil. La capacidad de recabar la atención es limitada y hay que competir con muchas fuentes que también recaban la atención de la gente. Y la gente tiene una capacidad limitada de atender.

Claro, vivimos en una sociedad hiperinformada.

– Más que hiperinformada está hiperbombardeada por unidades de información. Es un problema, pero a la vez también es una oportunidad: con una oferta tan amplia puedes escoger aquello que te interese más. Pero con una oferta muy amplia, también es muy difícil escoger con buen criterio.

¿Se puede explicar ciencia en diez minutos?

– El otro día en Murcia, en una charla de veinte minutos, conté cuatro casos de adaptaciones humanas a condiciones extremas. Expliqué por qué razón los inuit pueden vivir en el Círculo Polar Ártico, los tibetanos a más de 4.000 metros de altura, los pigmeos en la selva y los bajau -de Indonesia- son capaces de sumergirse durante diez minutos a pulmón libre.

Pues a ver qué sabemos o aprendemos a hacer nosotros para poder sobrevivir…

– La principal adaptación humana es siempre cultural. Un inuit no sobreviviría en el Ártico si no supiera hacer iglús y kayaks.

¿Alguna vez se ha visto obligado o con ganas de intervenir en alguna conversación ajena en la que se decían barbaridades científicas?

– Me suelo quedar con ganas. No tengo ese descaro, pero la razón más importante es que es muy difícil convencer a alguien de que ha dicho una tontería.

Entonces, ¿cómo hacerlo?

– Con mucho cuidado. Si le dices a alguien: “¿Cómo puedes pensar que si te ponen las manos en la tripa te vas a curar…?”. No se lo puedes decir directamente a alguien que cree que se cura…

Blogs, YouTube, redes sociales, colaboraciones con medios de comunicación como su columna ‘con_ciencia’ en DEIA… ¿son más necesarios que nunca?

– Sí, porque vivimos en una sociedad más científico-tecnológica que nunca. Creo que fue Carl Sagan quien dijo aquello de que “vivir en una sociedad tan dependiente de la ciencia y la tecnología cuando sus integrantes tienen muy poco conocimiento de ciencia y tecnología es la mejor receta para el desastre”. Por eso es conveniente tener criterio para tomar decisiones.

Las falsas creencias y las ‘fake news’ se han cebado desde siempre con la ciencia…

– Es que muchas cosas que no tienen carácter científico, quienes las practican, reclaman esa condición científica porque la ciencia tiene un prestigio social. Pero también hay un cierto movimiento de rechazo de la racionalidad. De reivindicar lo irracional, lo emocional, las tripas… Y claro, la ciencia es el paradigma de lo racional…

Pero los científicos son personas y tienen emociones…

– Somos tan pasto de las emociones como el resto del mundo. Hay gente que me dice que rechazamos el misterio. Y yo les digo, “¿dónde está la frontera entre el misterio y la ignorancia?, ¿por qué lo llamamos misterio cuando lo podríamos llamar ignorancia?”. Claro que rechazamos la ignorancia. ¿Rechazamos el misterio? No. Nos encanta desentrañar misterios.

Pues ahí va uno como el del huevo y la gallina: retornar talento o retenerlo. ¿Qué es primero?

– No hay un primero. No fue antes el huevo que la gallina ni la gallina que el huevo. Todos los organismos procedemos por evolución de un antepasado común al que hasta le hemos puesto nombre: LUCA (Last Universal Common Ancestor). Y de la misma forma, no cabe hablar de retornar o retener. Es la misma cosa. Es hacerte atractivo para el talento. Y la mejor manera de hacerlo es generar las condiciones idóneas para cultivarlo.

¿Y las tenemos?

– Las tenemos mejores que antes. Pero en este campo las afirmaciones nunca son absolutas. Depende con qué te compares… La clave en todo esto es aspirar a mejorar. Siempre. De lo que se trata es de hacerse atractivo para ser elegidos por los mejores.

Ahí va otra: generar conocimiento o compartirlo, ¿qué es más importante?

– Un conocimiento que no se comparte no es conocimiento. En ciencia es clave someter a contraste lo que haces. Así que si alguien dice, tal persona sabe mucho pero no se lo dice a nadie, es que no sabe nada. A lo mejor resulta que lo que sabe son tonterías…

‘Amazings’, ‘Naukas’, todo lo que toca la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU que usted dirige se convierte en un éxito. ¿Cuáles son sus próximos proyectos?

– Si me dicen hace nueve años, cuando la UPV y la Diputación de Bizkaia decidieron crear la Cátedra, que íbamos a tener 2.000 personas en Euskalduna asistiendo a charlas de ciencia no me lo hubiera creído. Y se retransmiten en streaming. El blog de la Cátedra con más audiencia tiene 550.000 sesiones al mes…

¿Y la gente es consciente de este prestigio?

– No soy particularmente complaciente con mi entorno, pero creo que estamos consiguiendo marcar tendencias y que la gente quiera venir.Naukas empezó en Bilbao y ahora hay festivales de ciencia similares en A Coruña, Donostia, Gasteiz, Iruñea, Valladolid, Burgos, Murcia…

¿Próximos proyectos?

– El año que viene cumplimos diez años y creo que deberíamos ganar más en referencialidad tanto dentro de Euskadi como fuera. A lo mejor, uno de nuestros retos principales es ser más conocidos en Bizkaia… Los vizcainos no somos conscientes de la proyección que tiene la Cátedra, de su impacto fuera de aquí…

Es parte activa de Jakin-Mina, el programa de Jakiunde para ‘desenrollar’ el conocimiento en general entre los estudiantes de Cuarto de la ESO. ¿La cultura se cuenta de manera atractiva en edades escolares?

– Es muy fácil decir que habría que mejorar. Pero ojo, no nos confundamos, porque una cosa es el aprendizaje formal y otra el informal. La parte informal ha de ser atractiva y amena, la formal ha de ser efectiva. No podemos confundir la enseñanza con la divulgación. Y a veces se es injusto con el sistema educativo.

¿Hacen falta científicos o humanistas?

– De entrada, la realidad exige gente muy formada. Y una sociedad sana necesita de todo.

Y en el mundo académico, ¿están reconocidos los divulgadores o se piensa que se han alejado de la docencia, que son unos comediantes?

– En el mundo académico hay una especie de esquizofrenia. Una parte tiene claro que la tarea de difundir socialmente el conocimiento general es vital. Pero hay reductos, y no pequeños, que entienden que nos tenemos que limitar a generar conocimiento y que la sociedad allá cuidaos, y que quienes nos dedicamos a esto de la divulgación es porque nos va la farándula.

Pues de algún modo, es una forma de empezar a cambiar el mundo, porque la divulgación llega a más gente, más allá de las aulas…

– No me dedicaría a esto si pensase que no es una actividad positiva con carácter general. Cambiar el mundo es ampuloso, pero suelo decir que nuestra principal aspiración es dejar un mundo mejor del que encontramos: mayor confort, mayor felicidad, más bienestar, más salud, más conocimiento… Y este tipo de actividades contribuyen a eso. Y antes, cuando me has preguntado lo de los diez minutos, más importante que enseñar es el interés que despiertas. Esa es la clave.

Convendrá en que también se corre el riesgo de trivializar y que la gente piense ‘me siento inteligente’…

– Sí, claro. Pero eso quiere decir que tenemos que tratar de ser lo más rigurosos posibles. Y cuando no lo hacemos bien, no está mal que se nos critique. La gente de divulgación científica somos muy estrictos. Referencias, fuentes… Hay quien dice que hay que ser rigurosos y otros que dicen que hay que tener cuidado con el rigor porque puede convertirse en rigor mortis.

¿Y usted?

– Yo ante la duda prefiero el rigor.

La Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU ¿obtiene retorno en forma de ‘likes’ o de financiación?

– La financiación es estable. La Diputación apostó desde el primer momento por la Cátedra y luego hay colaboraciones privadas y públicas. No nos planteamos vamos a hacer esto porque necesitamos financiación… Y el like, pues es muy peligroso porque te puede dar una idea muy engañosa de tu verdadero alcance… Para nosotros la medida, lo fundamental, es la participación en las actividades que organizamos y el grado de aceptación. Y te diré que hay dos temas que llenan las salas: la cosmología, los orígenes del universo, de dónde viene todo, y la evolución humana, de dónde venimos. A la gente le interesan las grandes cuestiones. No queremos aceptar de ninguna manera que esto es un accidente cósmico.

¿El populismo también amenaza a la ciencia y a la investigación?

– Por supuesto. El populismo se basa en la transmisión de emociones muy simples como fórmula para resolver problemas complejos. Ya sean de izquierdas o de derechas comparten eso. Al populismo la ciencia y el conocimiento le estorban. Y a los seguidores del populismo también, porque la ciencia te pone ante el espejo, te retrata. De hecho, tengo una teoría abstrusa de por qué ganó Donald Trump, el Brexit….

Pues no se la guarde.

-Además de porque los finales de las crisis económicas son duras de digerir, tiene que ver con el triunfo de una mentalidad posmoderna en filosofía que sostiene que no hay verdades y que todo vale, que los hechos los construimos… Esto ha dado respetabilidad a los mentirosos, les ha hecho creíbles. Puede haber interpretaciones alternativas, pero los hechos no lo son.

La Humanidad ha evolucionado gracias a los descubrimientos científicos y tecnológicos, pero estará conmigo en que la ciencia también está detrás de…

– … grandes desastres, efectivamente. Y esto no lo podemos olvidar. Por eso es exigible a los científicos que seamos conscientes de las implicaciones sociales, éticas y morales de los descubrimientos científicos y de sus posibles aplicaciones. Nunca es posible ser consciente de todo, pero sí es muy conveniente estar en guardia ante posibles usos que se pueden hacer de descubrimientos y de nociones…

¿Por ejemplo?

– Ahora hay un tema muy candente. Las técnicas de edición genómica, de ADN, el Crispr. Un corta y pega. Puedes hacer casi lo que te dé la gana, pero ojo, porque si metes la pata puedes organizar un follón de mucho cuidado. Y porque tienes que tener muy claro cuáles son los casos de aplicación y cuáles no. Parece legítimo usarlo para resolver problemas médicos. Las enfermedades raras por ejemplo. ¿Pero sería moralmente legitimo utilizar el Crispr para producir seres humanos más inteligentes?, ¿al alcance de quién?, ¿al servicio de quién?, ¿de qué manera?…

¡Vaya!

– Tampoco hay que dramatizar porque esto ha ocurrido con todos los avances del conocimiento y aquí estamos. Pero hay que ser conscientes de todo ello.

Un reciente informe de la ONU en el que han tomado parte investigadores del instituto vasco BC3, alertaba sobre la sexta extinción de especies. Hay que ponerse las pilas…

– La situación tiene muy mala pinta. El problema es que la cuestión se ha planteado en términos de conflicto ideológico. Y es muy difícil reconducirlo a un debate racional porque dependiendo de qué lado estés, la gente está dispuesta a negar la evidencia. La derecha niega la realidad del cambio climático, las pruebas, las evidencias… Y hay otros asuntos en los que es la izquierda la que niega evidencias en cuestiones ambientales como los transgénicos. Su cultivo no ha generado más problemas de salud ni ambientales que cualquier otro macrocultivo…

Una curiosidad ahora que estamos en año de celebraciones: ¿Llegó el ser humano a la Luna?

– Sí, hombre. Hay pruebas fehacientes. Los objetos que dejaron allí quienes fueron se pueden fotografiar, pero la más contundente es que las rocas que trajeron están en la Tierra. Y no hay ninguna posibilidad de que no sean de origen lunar.

¿Y por que no se ha regresado?

– No hay incentivos. Qué vas a hacer allí. Salvo que te plantees la Luna para dar un salto posterior no tiene sentido ir allí. O explotarla para obtener minerales, y eso se hará también con asteroides…

Parece que sí, que los estereotipos influyen

Es sabido que el porcentaje de chicas que escogen ingenierías o ciertas carreras de ciencias (física) cuando van a la universidad es muy bajo; las chicas representan en torno a un 25 o 30% del número total de matriculados. A cambio, ellas son muy mayoritarias en las carreras de ciencias de la salud, educación y otras; en esas son alrededor de un 75% del total. Pocos son conscientes, sin embargo, de que tampoco los estudios de filosofía se encuentran entre los preferidos por las mujeres o de que los de biología molecular sí lo son.

Ante esas diferencias nos hacemos muchas preguntas: ¿son innatas o son el resultado de la influencia del ambiente en que se crían los chicos y las chicas? ¿nos deben preocupar? ¿debemos animar a las chicas a que consideren la opción de estudiar ingenierías y a los chicos a que sean enfermeros? ¿hacemos bien tratando de corregir esos porcentajes? ¿son efectivas las medidas que se toman para corregirlas? ¿elegirían unas y otros con libertad en caso de que los animásemos en una u otra dirección? Son todas ellas preguntas legítimas, pero adelanto que no tengo una respuesta nítida para todas. Eso sí, conforme pasa el tiempo más me inclino a pensar que las diferencias no son innatas, que no es bueno que sean tan marcadas, y que es posible y conveniente actuar para corregirlas si pensamos que actuando así contribuimos a que chicos y chicas gocen en la vida de las mismas oportunidades.

Son meras opiniones; no voy a tratar de sostenerlas ahora. Habrá ocasión. Sí quiero, no obstante, aportar unos datos para la reflexión. Están extraídos de una investigación y los publicó hace cuatro años la revista Science. Quienes hicieron la investigación se hacían preguntas muy parecidas a estas que me he hecho yo. Partieron de la base de que el talento y la brillantez intelectual son rasgos que se suelen atribuir a los hombres. Y plantearon la hipótesis de que esa asociación puede conducir a que las mujeres descarten optar por disciplinas de las que piensan que exigen grandes dotes intelectuales. Esto es lo que se suele denominar un estereotipo.

Como hipótesis alternativas para explicar las diferencias, consideraron tres posibilidades. La primera fue que hubiese entre hombres y mujeres diferentes disposiciones a o capacidades para trabajar durante horarios laborales más prolongados; esta hipótesis tendría sentido si las mujeres valoran en mayor medida que los hombres una dedicación más equilibrada a otras facetas de la vida, como de hecho se ha sugerido en algunos trabajos. La segunda hipótesis alternativa se basó en la posible existencia de diferencias entre hombres y mujeres en los niveles extremos superiores de ciertas aptitudes, incluso aunque las aptitudes medias no difieran. La tercera concernió a la suposición de que ciertas carreras exigen una mayor capacidad para el pensamiento sistemático y abstracto, mientras que otras requieren o priorizan la capacidad para empatizar; según esta tercera hipótesis, a las mujeres les iría mejor y preferirían las carreras para las que la capacidad para empatizar constituye una ventaja, en perjuicio de las que, supuestamente, exigen más capacidad de abstracción y sistematización.

Los investigadores caracterizaron 30 carreras universitarias con arreglo a esas características diferenciales. Y cuantificaron cada uno de los rasgos considerados como hipótesis posibles (grado de brillantez requerida para cursarla con éxito, grado de dedicación a cursar la carrera, nivel de selectividad de la carrera, y capacidad de abstracción/sistematización vs. capacidad para empatizar).

La conclusión de la investigación fue que el grado de brillantez intelectual necesaria que se atribuye a cada carrera para poderla cursar con éxito resultó ser la única variable que se correlacionaba de forma significativa (y negativa) con el porcentaje de mujeres que obtienen el doctorado en cada campo del saber. El resto de variables consideradas no se correlacionaban de forma significativa con la presencia femenina en los diferentes campos.

Como todos los estudios, este tendrá problemas, estoy seguro; habrá quien esgrima, con razón, que correlación no implica que haya una relación causal entre las variables. Y no dudo de que se le podrán poner otras pegas. Además, como he comentado en alguna ocasión, no hay observación exenta de la influencia de las ideas preconcebidas de quien la hace.

Pero en mi opinión este estudio respalda la idea de que en la base de las diferencias entre chicos y chicas en lo relativo a sus opciones académicas ciertos estereotipos ejercen un efecto importante.

Por hoy, esto es todo; ya habrá más.

Referencia: Sarah-Jane Leslie, Andrei Cimpian, Meredith Meyer, Edward Freeland: Expectations of brilliance underlie gender distributions across academic disciplines Science16 Jan 2015 : 262-265

La agencia SINC publicó un buen resumen en español aquí.

Hay una subcultura femenina y una masculina

Es casi una estampa habitual: varios hombres sentados en el exterior de un bar a las diez de la mañana de un domingo mirando una pantalla al otro lado del cristal. En la pantalla, coches o motos, o pilotos en un podio. Más habituales son las escenas en las que un nutrido grupo, hombres en su mayoría, siguen con interés un partido de fútbol, también en una pantalla que se ve desde fuera del bar. No es necesario que sea el equipo local, aunque si los es, los espectadores son más y siguen el partido con mayor atención.

Sí, hay mujeres a las que interesan los deportes televisados, pero los varones son bastantes más.

Es posible que muchas mujeres lean revistas de chicachismes, pero no son menos los hombres que leen prensa deportiva (perdón por el eufemismo).

La mayoría de los aficionados a juegos de rol, o de ordenador, son chicos. También a los juegos de la play o como quiera que se llamen esos aparatitos. Los chicos dedican mucho tiempo a jugar y siguen con interés canales de Youtube dedicados a los juegos.

Ayer vinimos de Bilbao en el último autobús a Leioa. Viajaba poca gente; en su mayoría eran señoras que venían del cine. Al teatro o a la ópera van hombres, sí, pero van más mujeres.

La literatura es, cada vez más, una afición femenina. Es abrumadora la diferencia en hábitos de lectura entre hombres y mujeres.

La cultura elevada (sí, llamémosla así, prefiero errar al utilizar esa expresión antes que caer en la confusión de considerar una carrera de motos un hecho cultural equivalente al bolero de Ravel) es cada vez en mayor medida cosa de mujeres. Los hombres se entretienen cada vez más con juegos y deportes televisados, o con juegos que reproducen deportes televisados.

No sé si la brecha académica entre hombres y mujeres ha aumentado en los últimos años, pero existe y no es pequeña. Las chicas obtienen mejores resultados en los estudios. Sacan mejores notas y van en mayor proporción a la universidad. En las carreras en las que es más difícil entrar hay muchas más chicas, con pocas excepciones; las diferencias en la proporción de mujeres que cursan unas y otras carreras obedecen en parte a eso.

Además, también es más probable que completen con éxito sus estudios.

Creo que esto es el resultado de la existencia de –sin excluir la de otras- dos grandes subculturas en nuestras sociedades, una masculina y otra femenina. Creo que los chicos se aficionan a los deportes y los juegos porque esas son las aficiones que se espera de ellos que cultiven. Son también las de los hombres adultos; los chicos adquieren de sus pares lo mismo que ven en los grupos de varones adultos. Además, ser buen estudiante seguramente cotiza a la baja en sus cuadrillas.

Lo propio ocurre con las chicas. Solo que ellas leen y son más aplicadas en la escuela. Y de ahí, seguramente, se deriva todo lo demás.

Sí, claro, hay chicas jugonas y aficionadas a los deportes televisados y chicos que leen y estudian. Pero creo que las tendencias generales son las que he descrito antes.

Ya no me asombra que esto sea así. Lo que me asombra es que no parezca preocupar a nadie.

No existe el retorno a un estado armonioso de la naturaleza

El Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha sentenciado que los organismos que se obtengan mediante la técnica de edición de genoma CRISPR/Cas9 -la conocida como bisturí molecular– han de recibir el mismo tratamiento legal que los organismos transgénicos. Esta decisión da la razón a la organización Confédération paysanne y otras, y en general, a los grupos ecologistas y lobbies de organizaciones agrarias. Si se tiene en cuenta las dificultades que han de superar los organismos transgénicos para que se autorice su cultivo en la UE y el valor simbólico de la resolución, esta ha sido una victoria para las organizaciones ecologistas y una derrota inapelable para quienes defienden el valor de las pruebas como fuente de criterio.

Desde el punto de vista científico, la decisión no tiene ningún fundamento. Es un sinsentido. En la actualidad las variedades agrícolas se obtienen al azar, mediante mutagénesis provocada por agentes químicos o físicos. Se desestiman la gran mayoría de mutantes obtenidos de esa forma y solo se comercializan los que tienen propiedades deseables. La técnica CRISPR/Cas9 permitiría obtener variedades igualmente deseables, pero con mucho más control y de forma más dirigida que mediante la mutagénesis indiscriminada. Es de locos. El biotecnólogo Lluis Montoliu ha explicado esto muy bien aquí.

La sentencia invoca el llamado principio de precaución, pero como en su día defendí aquí, ese principio es una trampa insalvable siempre que una organización (normalmente ecologista) lo esgrima para aoponerse a cualquier cosa.

Al ecologismo debemos que la calidad ambiental sea, para la mayoría, un bien a preservar y que, en virtud de tal noción, cada vez tengamos más conciencia de los problemas ambientales a los que nos enfrentamos. Por eso mismo, de esa conciencia se derivan medidas legales de protección del medio que tienen efectos muy importantes y que deberían ser garantía de un entorno saludable y amable para quienes nos sucedan. Sin embargo, el ecologismo contemporáneo, lejos de recurrir a la razón y a las pruebas para identificar las causas que defiende y los proyectos a los que se opone, ha dado un salto en el vacío y se ha convertido en un agente político que trata de dificultar la implantación de tecnologías, algunas de las cuales son de gran valor para la humanidad, aunque para ello tenga que avalar intereses gremiales de la peor especie.

Los ecologistas se oponen a los organismos transgénicos, cuando no hay pruebas de que su cultivo y consumo generen problemas para el medio ni para la salud de las personas (recordemos la carta de los premios Nobel a Greenpeace). Los ecologistas se oponen al uso de técnicas de edición del genoma, aunque no haya ninguna razón para pensar que pueden provocar problemas ambientales o de salud. Los ecologistas se oponen a las antenas de telefonía móvil y de redes wi-fi, cuando no hay pruebas de que las ondas de que se valen esas tecnologías, en las condiciones en que funcionan en la actualidad, causen daño alguno.

Curiosamente nunca se han opuesto a tecnologías equivalentes pero algo más antiguas (irradiación de semillas para obtener variedades mutantes, u ondas electromagnéticas de televisión y radio, por ejemplo), ni a tecnologías mucho más antiguas aún y que han provocado centenares de miles de muertes prematuras (automóviles, trenes, barcos o aviones) o a productos cuyo consumo causa también centenares de miles de muertes prematuras en el mundo (ciertos alimentos, tabaco y alcohol). En virtud del famoso principio de precaución, no se autorizaría hoy la venta de automóviles, las emisiones de radio y televisión, o la venta de güisqui, por ejemplo.

Los ecologistas tampoco hacen campañas contra el ruido, el principal agente contaminante de nuestros pueblos y ciudades, verdadero veneno para la mente. Sus causas más célebres tienen algo en común: se oponen al bienestar de la humanidad.

Es obvio que el progreso no ha de justificar innovaciones peligrosas o dañinas o, mejor dicho, las innovaciones han de causar menos daños que los que deberían evitar. Pero lo que no tiene sentido es oponerse a innovaciones de cuyos efectos adversos no hay constancia alguna ni sospechas bien fundadas.

Entiendo a los pequeños empresarios agrícolas franceses: defienden sus intereses y lo hacen organizándose en grupos de presión con ese fin. No entiendo a los ecologistas, a los realmente existentes hoy. El movimiento ecologista ha adquirido los rasgos propios de una fe, una creencia en las bondades de un pasado prístino (que en realidad nunca existió) que hay que recuperar, un pasado supuestamente “natural” y, por ende, mejor que el artificial presente. Se nutre de un sentimiento agónico por la pérdida del Paraíso Terrenal y de una visión puramente estética de lo que el Mundo debería ser. Creo que ese sentimiento y esa visión es lo que lleva a muchos de sus militantes a oponerse a cualquier innovación que pueda suponer una mejora para la humanidad.

Acabo la conjetura de hoy reproduciendo un párrafo de sir Karl Popper tomado de la página 216 (y última del I volumen) de «La sociedad abierta y sus enemigos». Popper se refiere a algo diferente, pero creo que en el fondo hablamos de lo mismo. Dice así:

“No existe el retorno a un estado armonioso de la naturaleza. Si damos vuelta, tendremos que recorrer todo el camino de nuevo y retornar a las bestias. Es este un problema que debemos encarar francamente, por duro que ello nos resulte. Si soñamos con retornar a nuestra infancia, si nos tienta el deseo de confiar en los demás y dejarnos ser felices, si eludimos el deber de llevar nuestra cruz, la cruz del humanitarismo, de la razón, de la reponsabilidad, si nos sentimos desalentados y agobiados por el peso de nuestra carga, entonces deberemos tratar de fortalecernos con la clara comprensión de la simple decisión que tenemos ante nosotros. Siempre nos quedará la posibilidad de regresar a las bestias. Pero si queremos seguir siendo humanos, entonces solo habrá un camino, el de la sociedad abierta. Debemos proseguir hacia lo desconocido, lo incierto y lo inevitable sirviéndonos de la razón de que podamos disponer, para procurarnos la seguridad y libertad a que aspiramos.»

Los valores no se enseñan

La Ministra de Educación, mi apreciada Isabel Celaá, se propone implantar en el curriculum de la enseñanza obligatoria una nueva asignatura de “valores cívicos y éticos”. Por sorprendente que me parezca, resulta que muchas personas de mi entorno ven la idea con buenos ojos. Llevan años oyendo una letanía, un lamento por la supuesta pérdida de valores de la sociedad contemporánea y, más concretamente, de la juventud (nada nuevo bajo el sol, por cierto). Y en consecuencia, les parece bien que se enseñen valores en la escuela. Además, creen, como la propia Ministra –así me lo dijo hace unos años-, que muchos chicos y chicas viven en entornos familiares y sociales en los que no se comparten o no se transmiten los valores adecuados. En otras palabras, que no todos han tenido la suerte que he tenido yo o han tenido mis hijos.

El caso es que, para empezar, no está claro qué entendemos por valores. Ninguna de las trece acepciones de la palabra en el diccionario de la RAE nos sirve de ayuda. La wikipedia resulta algo más útil; o no. Vean. Pero si uno piensa un poco en lo quieren decir quienes hablan de valores, se encuentra con que engloban cosas diversas. Pueden ser bienes o virtudes morales, principios, derechos, o normas, quizás, u otras cosas más extrañas.

Si hablamos de valores éticos, entiendo que se trata, en realidad, de virtudes o bienes morales, solo que queda mejor decir valores, quizás porque en el primer cuarto del siglo XXI da corte utilizar palabras, como virtud o bien, tan de los años sesenta y setenta del siglo XX. O a lo mejor es que llamándolos por su nombre, las cosas ya no están tan claras. Porque, ¿de qué se trata? ¿de explicar a los adolescentes que deben ser buenas personas? ¿que no hay que patear mendigos que duermen en cajeros, ni arrojar una camada de gatitos recién nacidos al río? ¿Es eso? ¿O que hay que ceder el asiento a las personas mayores en los autobuses? ¿En serio? ¿Eso debe ser enseñado en la escuela? ¿Ha de formarse a los escolares en honradez, respeto, compasión o generosidad?

O quizás son otros los “valores” en que hay que formar a la juventud. Quizás se trate de impartir principios. Veamos. Si los principios son esos fundamentos que gobiernan el comportamiento personal, no parece muy razonable que deban formar parte del currículo escolar. ¿Hay que enseñar a ser leal a las amigas? ¿O a ser tolerante? Por mucho que uno tenga esos principios en muy alta estima, dudo que la función de la escuela sea instruir a chicos y chicas en lealtad y tolerancia, por ejemplo.

En alguna ocasión, discutiendo de estas cosas, se me ha dicho que debe formarse no en principios para el gobierno personal, sino en principios para la convivencia, aquellos que constituyen el fundamento de las sociedades democráticas contemporáneas. Se trataría de cuestiones tan básicas como que todos los seres humanos nacemos libres e iguales, y que tenemos una serie de derechos fundamentales que no se nos pueden negar o limitar salvo que medie una sentencia judicial dictada con arreglo a normas aprobadas democráticamente. Pero si se trata de elementos de esa naturaleza, en realidad estaríamos hablando de los fundamentos para la convivencia que han dado lugar a derechos y normas aceptadas universalmente (aunque su cumplimiento real deje mucho que desear en buen número de países). No se trataría, en rigor, de valores éticos y cívicos, como predica la Ministra, sino de elementos básicos del entorno social y, por lo tanto, deberían formar parte del currículo en los aspectos relativos al conocimiento del medio. Nada que objetar a ello.

¿Pero se trataba de eso? Lo dudo. La razón por la que unos y otros, cuando llegan al gobierno, se proponen introducir en el curriculum estas cosas, es porque les anima la voluntad, más o menos explícita, de utilizar a la escuela como herramienta de adoctrinamiento. Como dije hace unos meses aquí, “formar en el espíritu nacional, inculcar el respeto al medio ambiente, llevar a las víctimas del terrorismo a las aulas, promover la igualdad, educar en la solidaridad y la diversidad, predicar una moral de inspiración confesional, españolizar a los catalanes” y otras pretensiones de similar cariz no son sino formas de adoctrinamiento. Se me ocurren unas cuantas más que omitiré por no alargar esta anotación en exceso. Pueden ser muy deseables, o no. Pero tengo una objeción. En ese terreno lo que es fundamental para unas personas es rechazable para otras, y a la inversa; y dado que no iba a ser fácil que nos pongamos de acuerdo acerca de quién ha de decidir qué valores se transmiten y cuáles no, habría que aceptar que sean las autoridades educativas las que tomen esa decisión. ¿Sí? ¿Estamos dispuestos a que sea el gobierno de turno el que decida eso? Sospecho que la respuesta a esa pregunta dependerá del grado en que nos identifiquemos con él.

Pero hay más. Eso que llaman valores son a veces rasgos de carácter y suelen basarse en predisposiciones heredadas. Dudo que se pueda enseñar a ser amable, por ejemplo. Y cuando se trata realmente de virtudes o bienes morales, estoy convencido de que no se enseñan sino que, simplemente, se practican o no se practican. Y al practicarse, se pueden transmitir. Por esa razón, la escuela, como institución, tiene muchas limitaciones para desempeñar esa función. Es muy posible que haya profesoras o maestros que sean capaces de transmitir virtudes morales pero, si lo hacen, ello no será consecuencia de la inclusión en el curriculum de los contenidos correspondientes, sino de su ejercicio real en la práctica cotidiana.

Por lo mismo, son la familia y la cuadrilla los entornos en que se adquieren los principios, virtudes y bienes morales que se ejercitarán a lo largo de la vida. La primacía de la familia, el valor del esfuerzo y de la responsabilidad, la honradez, la compasión, y otras, son virtudes que, si las adquirí o la medida en que las adquirí, es algo que debo a mis padres. La camaradería, la lealtad, la reputación, el respeto a los otros, la libertad, son bienes que valoro gracias a mis amigos, porque con ellos los practiqué y, en la medida en que lo hago, los practico. Y nada acerca de lo que fui aleccionado en las aulas escolares dejó, en esa esfera, la más mínima huella en mi ánimo. No creo ser ninguna excepción.

Llegados a este punto, habrá quien piense que si tratar de formar en valores es una tarea inútil, no debería preocuparnos la pretensión de la Ministra, puesto que implantar la asignatura en cuestión no tendrá efecto alguno. Dice Alberto Cifuentes (@cifuito), que ese afán por encomendar al sistema educativo ciertas funciones que, como la formación en valores, no le son propias, obedece al deseo de desviar hacia la escuela responsabilidades que pertenecen a los ámbitos social y familiar. Es posible que así sea. En todo caso, cada vez que se asigna una nueva tarea al sistema educativo, se hace en detrimento de las funciones más genuinamente formativas; me refiero a la instrucción en materias tales como las lenguas, incluídas las matemáticas; el conocimiento del medio en todas sus dimensiones, y los elementos más sobresalientes de la cultura humana: ciencias, artes y letras. Y eso es algo que no deberíanos permitirnos.

Carta abierta a la alcaldesa de Leioa sobre la prohibición de llevar perros sueltos

Sra. alcaldesa:

Le presento mis respetos y le dirijo esta carta para manifestarle mi enojo y protestar por la permisividad de la autoridad municipal para con los dueños de los perros que campan a sus anchas por el parque de Artaza.

Soy incapaz de decir si me gustan los perros o si me disgustan. Unos me resultan simpáticos y otros antipáticos, no puedo generalizar al respecto. He tenido, eso sí, experiencias traumáticas con algunos aunque, en el fondo, esto es irrelevante a los efectos del asunto que me ocupa hoy.

Siendo un crío un perro gigantesco (con cinco o seis años casi todos lo son) me persiguió con saña hasta que mi padre consiguió, corriendo tras él y valiéndose de un sombrero, alejarlo de mi estela. Cuando era ya adolescente, uno de grandes dimensiones que participaba en una feria canina que se celebraba en Portugalete me lanzó un bocado; lo hizo sin inmutarse ni haber emitido antes señal intimidatoria alguna, como si su intento fuese la mera demostración de su talento o su casta. Solo me rozó la mano, pero el incidente dejó huella indeleble en mi ánimo. Desde entonces trato a los perros con prevención o, mejor dicho, mantengo una actitud de prevención ante ellos porque, de hecho, me abstengo de cualquier trato. El último trago lo pasamos cuando dos canes de gran tamaño salieron, en una zona rural de Asturias, al camino por el acabábamos de pasar y permanecieron allí impidiéndonos regresar a pie al lugar en el que residíamos; tuvimos que llamar a un taxi para que fuera a recogernos a la aldea en la que habíamos hallado refugio de la lluvia intensa que caía sobre nosotros.

Paseamos a menudo. Nos gusta hacerlo por lugares agradables: parques, jardines e itinerarios al borde del mar, a poder ser. Confieso que no somos en esto muy originales. O sea, no nos gusta caminar junto a carreteras; pasan coches y desprenden gases desagradables, además de nocivos; no es la actividad más saludable que hay. Tampoco nos gusta andar a paso rápido entre calles; hay mucha gente y semáforos que entorpecen la marcha. Y es que andamos por placer y también porque el médico así nos lo ha recomendado. La plaza peatonal de nuestro bloque se nos queda pequeña; recorrer todo su perímetro no nos lleva más de tres o cuatro minutos. Y el pasillo de nuestro hogar no es una opción.

Así que salimos de casa, subimos por la calle Estartetxe, accedemos a Basañese, atravesamos Neguri y llegamos a Ereaga. Al llegar al final de la explanada del Puerto Viejo de Algorta damos la vuelta y regresamos. Volvemos por el Antiguo Golf y entramos en Artaza. Como he dicho antes, no nos gusta caminar junto a la carretera y la de la Avanzada es una de las más transitadas del territorio. Pero en Artaza, en el parque de Artaza, hay perros. Perros sueltos, quiero decir. Lo digo porque en las entradas sendos letreros indican en vasco y en castellano que está prohibido tenerlos sueltos en el parque.

La prohibición existe desde hace tiempo. Supongo que desde que el parque es público. Hace unos años, sin embargo, unos cuantos dueños de perros se organizaron y protestaron contra la prohibición. Llegaron a manifestarse tras una pancarta. Pedían que se les dejase tener sueltas a sus mascotas en el parque. Tras unos tiras y aflojas el ayuntamiento accedió a que pudiesen soltar a sus perros en una zona delimitada a tal fin. De hecho, en diferentes lugares ajardinados del pueblo aparecieron, de un día para otro, unos postes de pequeña altura pintados de azul. Marcaban, al parecer, las zonas en que se podía soltar a los perros. También en Artaza aparecieron los postes, en una parte de su zona alta, para ser precisos. Un espacio amplio, despejado, y de fácil acceso. La consecuencia de aquel acto permisivo fue la que cabía esperar: desde entonces, corretean a su antojo por el parque, por todo el parque, casi todos los perros que entran en él. Son excepción los que van atados. Y no los hay en mayor número en la zona habilitada para su solaz; se distribuyen de forma uniforme por todo el recinto.

En cierta ocasión, en un paseo de madrugada se me abalanzó un perro y posó sus extremidades anteriores en mi camiseta, a la altura de mis pectorales. Increpé a los dueños, pero la discusión se saldó con amenazas por su parte. Nos ha ocurrido más veces en Artaza; hace un par de años, en otro paseo matutino, el dueño de un gran perro a quien recriminamos que lo llevara suelto nos ofreció (literalmente) “unas hostias”; declinamos el ofrecimiento, por supuesto, y nos largamos raudos de allí. Pero el susto no nos lo quitó nadie; se puso muy agresivo.

Hemos sufrido más episodios desagradables. Los perros sueltos no siempre saben con quién pueden jugar y con quién no. Tampoco suelen tener demasiado cuidado cuando se lanzan a la carrera a por la rama de turno. Y los dueños no suelen reaccionar con mesura cuando se les recuerda que no está permitido hacer lo que hacen. Si llegan a ofrecer alguna justificación para su comportamiento, lo primero que dicen es que su perro es inofensivo, que solo quiere jugar o que no molesta a nadie. Pero al insistir y señalar que si no es aconsejable confiar en el criterio de un homínido, menos lo es confiar en el de un cánido, suelen reaccionar con enojo, defendiendo la calidad “cuasi-humana” o bondad de su animal de compañía y acusándonos de intolerantes e incomprensivos. No sirve de nada recordarles que hay una norma, que las normas suelen existir por buenas razones, y que están para ser cumplidas.

En algunas de estas tesituras hemos llamado por teléfono a la policía local. Con efectos nulos, he de decir. La última ocasión en que lo hice, hace cosa de un mes, la persona que respondió al teléfono me dijo que tomaba nota y que enviaría un coche cuando quedase libre alguno. Debe de ser la respuesta estándar para tales demandas. Lo cierto es que estuvimos cerca de una hora en la terraza del bar (la casa del guardia en la puerta principal) y no apareció ningún coche. Ni nadie. Los perros siguieron corriendo a su antojo.

Sra. alcaldesa, mi queja no es banal. Lo más probable es que en la vida de un ayuntamiento haya grandes asuntos por abordar: planes urbanísticos, lucha contra la exclusión social (es un suponer), mantenimiento de las infraestructuras viarias, ordenanzas varias y otros de similar o mayor calado. Al lado de esas cosas, que los perros anden sueltos o atados quizás le parezca baladí o, si acaso, algo menor.

Para mí no lo es. Por dos razones. La primera es que me hago mayor y con la edad –nos pasa a muchos- cada vez soy más cascarrabias. Y el caso es que este asunto de los perros sueltos hace que me ponga como una hiena cada vez que paseo por los parques o que me acuerdo de ello. Porque el incumplimiento de la norma, en la práctica, me expulsa de ciertas zonas a cuyo acceso no tengo por qué renunciar: limita injustificadamente mi libertad y mis derechos. Y la segunda es más importante: una norma cuyo incumplimiento se tolera no solo es inútil sino que, además, constituye un mal ejemplo. ¿Por qué habría de respetar otras normas quien sabe que puede vulnerarlas impunemente? ¿Por qué habría yo de respetar las que me desagradan? ¿Por qué habría de bajar la basura a las horas establecidas? ¿Por qué habría de abstenerme de tirar peladuras de plátano en las aceras? En fin, no hace falta que siga: si no se cumplen, las normas están para hacer que se cumplan[1]. O al menos, a mí así me lo parece.

Respetuosamente, se despide su convecino.

Juan Ignacio Pérez

[1] Aunque pueda parecer absurda como conjetura, no lo es; esta proposición de tan simple enunciado es la conjetura de hoy.

La crisis de los emigrantes plantea dilemas difíciles

Me sobrecoge el drama de quienes queriendo llegar a las costas de Europa se arriesgan a dejar su vida en el intento. Mueren muchas personas procedentes del África Subsahariana, demasiadas. Es inmoral dejar morir a nuestros semejantes si está en nuestra mano salvarlos. Y creo que esto mismo piensan todas las personas para quienes las vidas humanas son el bien más valioso, el mayor a preservar. También creo que esto es lo que piensa o siente la mayoría. Y sin embargo, esos sentimientos no sirven para resolver el problema de la emigración a Europa de personas procedentes del África Subsahariana (los sentimientos no resuelven ningún problema).

Pero dicho lo anterior, creo que no somos conscientes de la verdadera naturaleza del problema de los inmigrantes y de los refugiados. Lo que ocurre en el Mediterráneo y también en otros lugares –recordemos lo que está pasando en los Estados Unidos con los hijos que están siendo separados de sus madres- nos coloca ante dilemas morales de muy difícil solución. Por un lado, nos compadecemos de quienes se encuentran en peligro de muerte; también nos conmueve la situación de quienes fracasan en su intento por llegar a nuestros países. Pero por el otro, la experiencia muestra que cada vez que se agudiza (o se nos presenta como más agudo) el fenómeno de la migración masiva, mejores resultados electorales cosechan las opciones políticas más frontalmente opuestas a aceptar emigrantes. Algunos incluso ganan las elecciones (como en Italia) o llegan a provocar una crisis seria en gobiernos proclives a aceptar extranjeros (como en Alemania). ¿Qué nos pasa? ¿Somos insensibles ante este drama? ¿Somos acaso unos desalmados? ¿Lo son la mayoría de nuestros conciudadanos europeos?

La respuesta no es sencilla. Ante estos dilemas actúan mecanismos morales complejos. Y como suele ocurrir, los problemas complejos no admiten respuestas sencillas. Operan en estos casos dos sentimientos en conflicto.

Uno es el que nos conduce a rechazar al otro, al que no forma parte de nuestro grupo. Es un sentimiento universal; es parte de nuestra naturaleza y tiene hondas raíces evolutivas. Las mismas tendencias prosociales que favorecen la cohesión del grupo al que pertenecemos provocan el rechazo de quienes no forman parte de él. En nuestra historia los otros han sido normalmente fuente de peligros más que de beneficios. Y hemos generado mecanismos de rechazo. Esos mecanismos siguen operando hoy: son los que han permitido a las opciones xenófobas ganar las elecciones en Italia y, eventualmente, propiciarán el mismo resultado en otros países. No debemos engañarnos al respecto. Los discursos que pretenden justificar la oposición a los emigrantes invocando efectos llamada, competencia por los puestos de trabajo, dilapidación de los recursos públicos, su peligrosidad y otros similares son justificaciones post hoc, elaboraciones que buscan racionalizar una tendencia innata, muy básica, a rechazar a los otros, que carece de base racional.

Y también hay sentimientos contrarios al de rechazo. Son sentimientos de compasión por quienes sufren o se arriesgan a perder sus vidas. La compasión puede tener un origen puramente emocional, basado en la empatía que se experimenta cuando nos ponemos en el lugar del otro (en sus zapatos, que diría un anglohablante). Y también puede tener un origen racional, basado en la consideración de que todos los seres humanos deberíamos tener los mismos derechos y poder acceder a las mismas oportunidades.

Esos sentimientos, aunque nos parezca extraño, pueden anidar en las mismas mentes. En ciertos momentos podemos inclinarnos por la compasión y en otros por el rechazo. Y cuando llega la ocasión en que debemos ejercitar una opción concreta (al opinar en una tertulia de bar, responder a una encuesta, votar en unas elecciones, por ejemplo) nos inclinamos por una u otra solución al dilema dependiendo de factores diversos y, en general, azarosos. Pero lo que nos indica la experiencia es que, en términos netos (agregados), tendemos en mayor medida a optar por el rechazo que por la aceptación. De no ser así, la llegada de extranjeros no ejercería los efectos electorales que de hecho ejerce.

Por eso, hay que hacer uso de mucha inteligencia a la hora de adoptar medidas relacionadas con este asunto. Hay, sí, que salvar cuantas vidas humanas sea posible. Pero también hay que aplicar políticas migratorias que tengan en cuenta que los dilemas a los que nos enfrentamos no son eludibles; están ahí y surten efectos. No basta con desear que las cosas sean de una manera. Tampoco es posible actuar como si esos dilemas no existiesen. Actuando así no solo no se resuelve nada; se puede empeorar mucho más.

Dicho lo anterior, si alguien siente curiosidad por saber cuáles creo yo que serían esas medidas inteligentes que permitirían una gestión moralmente aceptable y políticamente útil de crisis migratorias como la que vivimos, lo siento, no podré satisfacer esa curiosidad. Porque las desconozco.