Singularidades

En ningún lugar de la Europa democrática a la que pretendemos pertenecer son insumisas sus instituciones. Las instituciones existen en virtud de las leyes que las han creado o las han legitimado. Fuera de la ley no hay espacio para una institución. Por eso, al desobedecer las leyes, las instituciones se niegan a sí mismas. Pierden su sentido y su mismo fundamento. En rigor, ningún ciudadano debería obedecer a una institución desobediente.

 

En ningún lugar de la Europa democrática a la que pretendemos parecernos desfilan en la misma manifestación el partido del gobierno, el principal de la oposición y los fascistas antisistema.  En ninguno de esos países comparten los partidos de orden calzada y aceras con fascistas de verdad y con espontáneos, o no tan espontáneos, que enarbolan símbolos fascistas, hacen el saludo romano y lanzan consignas antidemocráticas.

El juego del gallina en Cataluña

Las últimas elecciones al Parlamento de Cataluña arrojaron un resultado envenenado: mayoría de escaños para las fuerzas independentistas, pero con menos de la mitad de los votos emitidos. En contra de lo que la prudencia aconsejaba, esa insuficiencia no ha sido óbice para que las instituciones catalanas hayan huido hacia delante, hasta llegar a las infaustas sesiones parlamentarias del 6 y 7 de septiembre y la posterior celebración de un referéndum sin las debidas garantías.

El Gobierno Español, por su parte, ha ignorado que en Cataluña una amplia mayoría –muchos más de la mitad- quiere ser consultada acerca de su futuro. No quiere ver que si cerca de la mitad de votantes opta por apoyar con su voto medidas ilegales, no se encuentra ante un mero problema de orden público. Y tras circunscribir su respuesta a resoluciones judiciales y, a última hora, a actuaciones policiales, ha llegado a poner en evidencia al propio Estado, por su incapacidad para cumplir su cometido.

Los independentistas no tienen derecho a hablar en nombre del pueblo catalán para justificar sus actuaciones porque tan pueblo catalán es la mitad que no les apoya como la que les apoya. Tampoco pueden justificar el atropello parlamentario de los días 6 y 7 de septiembre por la actuación del gobierno español negándose a facilitar una solución negociada al problema de la consulta; una actuación injusta del otro no justifica la injusticia cometida por uno mismo.

Quienes critican la celebración del referéndum por la ausencia de garantías no deberían olvidar que el Gobierno de España ha impedido una consulta que cumpliese las condiciones exigibles. Es más, ese referéndum cuántico –se ha producido y no se ha producido, a la vez- movilizó a centenares de miles de personas. Pero igualmente hay que decir que una consulta realizada sin las garantías democráticas básicas no autoriza a considerar válido el resultado, y menos aún a los efectos de algo de tanto alcance como una declaración de independencia.

La distribución de vídeos en que se jaleaba con cánticos obscenos a guardias civiles y policías cuando partían hacia Cataluña indica que había interés por parte de las instancias oficiales en “caldear el ambiente antes del partido”. Las actuaciones policiales de la mañana del uno de octubre, el elevado número de personas heridas y la manifiesta insuficiencia del despliegue policial para evitar el referéndum, hacen sospechar que tal despliegue no perseguía lo que se declaraba, sino mostrar una contundencia que pudiera servir de aviso a navegantes y anticipar futuras actuaciones en la misma línea. Tras el domingo se multiplicaron las voces en demanda de algo parecido a una tregua. Ese era el sentido, por ejemplo, del último punto de la declaración de la Comisión Europea del lunes pasado. Pero el discurso del Rey parece pensado para dar cobertura a una próxima declaración del estado de excepción o medidas equivalentes, y quizás para prepararnos para ellas.

A falta de conocer la resolución que adopte el Parlamento de Cataluña el próximo lunes, todo indica que las dos partes han decidido llegar hasta el final, sea tal final el que sea. Los independentistas han optado por “exhibir las vergüenzas” del Estado Español con su recurso a la violencia, de la que hará uso sin complejos en la medida en que lo considere necesario. El Gobierno de Cataluña confía en concitar el apoyo de la opinión pública europea de esa forma, además de conducir al Estado a una crisis que dificulte o impida respuestas efectivas. Y el Gobierno de España parece haber decidido que, a las malas, el Estado tiene todas las de ganar.

En teoría de juegos hay un dilema diabólico; se plantea en el juego del gallina. Dos jugadores confrontan su valor lanzándose en sus respectivos automóviles a toda velocidad uno contra el otro o hacia un precipicio (recuerden la escena de la película Rebelde sin causa); pierde el primero en modificar la trayectoria de choque o abandonar el vehículo en marcha. ¡Cómo me gustaría estar equivocado!

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Nota: este artículo se ha publicado hoy en la edición en papel de Deia.

Ellos han vuelto

Lo que importa es cómo juguemos nosotros…

Si jugamos al noventa y cinco por ciento no les ganamos; tenemos que jugar al ciento veinte por ciento…

Nos vamos a dejar la piel en el campo…

Vamos a poner toda la carne en el asador…

El fútbol es así…

Fútbol es fútbol…

Sí, bueno no…

Lo importante es ir partido a partido…

Hasta que pita el árbitro todo es posible…

En este deporte juegan once contra once…

Es la magia del fútbol…

Cuando la pelota no quiere entrar…

No hay enemigo pequeño…

Los partidos duran 90 minutos…

Esta afición se lo merece todo…

Lo voy a dar todo por esta camiseta…

Es que el …. es más que un club…

Hoy no hemos andado finos…

 

 

Han vuelto…   si es que alguna vez llegaron a irse.

Eskerrik asko, EiTB!

A veces me quejo del poco caso que hacen los grandes medios de comunicación a lo que hacemos quienes nos dedicamos a las ciencias, las actividades relacionadas con ellas, ya sean hallazgos, congresos, o divulgación. Con algunas honrosas excepciones, “nuestras cosas”, esas sin cuyo conocimiento todo lo que nos rodea sería incomprensible, no merecen la atención de los grandes medios.

Por eso, porque a veces me quejo, sería imperdonable que no reconociese y agradeciese la gran apuesta que siempre ha hecho el grupo EiTB, la radiotelevisión pública vasca, por las actividades desarrolladas por la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU. Y no me refiero solo a la atención, que siempre he agradecido, que nos prestan los programas de ciencia en sus emisoras de radio.

Me refiero a otra cosa. Desde que existe EiTB a la carta, su canal Kosmos emite por internet en directo prácticamente todas las conferencias y actos que organizamos. Nuestras actividades, tanto en euskera como en castellano, pueden ser seguidas desde cualquier lugar del Planeta. Y además, como las deposita en su canal a la carta, quien lo desee las puede ver cuando mejor le convenga, y las puede insertar en los medios digitales para ofrecerlas a sus lectores habituales. Esto ha sido así desde que nació la Cátedra.

Pero este año EiTB se ha superado. No solamente ha retransmitido y grabado las muchas sesiones de divulgación que hemos organizado (Zientziateka, Arte y Ciencia, Las pruebas de la educación y Ciencia a presión), sino que con Bizkaia Zientzia Plaza ha echado el resto. ETB incluyó reportajes dedicados a #Naukas17 en sus informativos habituales de fin de semana, tanto el sábado por la noche como el domingo al mediodía. En el lugar preferente de su web figura un banner de Bizkaia Zientzia Plaza que conduce directamente a un sitio específico con las charlas grabadas desde que empezó esta secuencia de actos de divulgación: Naukas, Scenio y el especial de Eva Caballero en La mecánica del caracol.

Sin el apoyo constante de EiTB, la Cátedra de Cultura Científica que coordino no habría alcanzado la proyección internacional de que hoy goza; y sin su compromiso en favor de la difusión de actividades como Naukas Bilbao y, este año, Bizkaia Zientzia Plaza, estas no tendrían el éxito y repercusión social que han conseguido.

Esto es SERVICIO PÚBLICO y es de justicia decirlo, proclamarlo y agradecerlo.

Eskerrik asko, EiTB!

El pasado que no existió

El pasado está de moda. De hecho, quizás lo estuvo siempre. Lo añoramos. Es raro encontrar gente que no lo haga, que no sienta nostalgia. La percepción que tenemos del pasado alimenta, incluso, tendencias políticas; por eso, paradójicamente, la nostalgia puede tener también consecuencias futuras importantes. Puede provocar xenofobia y alimentar movimientos políticos peligrosos. Pero tiene también un lado bueno: puede proporcionar bienestar y ayudar a dar sentido a la vida de la gente.

La nostalgia, ese sentimiento de una cierta tristeza agradable ligada a los recuerdos, es universal. La experimentan personas de todas las culturas y aunque hubo un tiempo en que se consideraba casi una enfermedad, eso ya no ocurre.

Cuando al escuchar una canción experimentamos sentimientos de nostalgia, nos ayudan, al parecer, a dotar de sentido a la vida. De hecho, evocar recuerdos nos viene muy bien cuando nos sentimos inseguros, incómodos con la situación en que nos encontramos o cuando nos atenaza una sensación de incertidumbre. Eso ocurre porque la nostalgia proporciona una sensación de continuidad en la vida. Esos recuerdos nos dicen que somos la misma persona que la que visitó aquel lugar, la misma que disfrutó en aquel concierto, la misma que salía de excursión con aquella cuadrilla. Por esa razón la nostalgia se acentúa en tiempos de cambio. De hecho, dicen los psicólogos que, en contra de lo que se pensaba antes, no provoca soledad, sino que es más bien una especie de antídoto contra esa sensación. Surge cuando nos encontramos decaídos, y puede servir para reforzar vínculos personales.

Todo esto tiene que ver con la forma en que funciona la memoria. Cada vez que evocamos un recuerdo y lo sacamos a nuestra particular luz, lo retocamos, lo editamos. Lo modificamos de manera que, con el tiempo, los aspectos negativos van perdiéndose y nos quedamos con lo bueno. Esa es la razón por la que la nostalgia es placentera.

Lo hacemos también de forma colectiva, con nuestro grupo, comunidad o país; idealizamos el pasado. La nostalgia colectiva promueve el sentimiento de pertenencia al grupo, refuerza los vínculos en su interior y, muy probablemente, ayuda a cohesionar la comunidad. Quizás tuvo importancia en periodos de la historia humana en los que esos vínculos ayudaron al grupo a salir adelante.

Pero como suele ocurrir con estas cosas, además de una cara, esa nostalgia colectiva puede tener una cruz. Porque podemos echar de menos el pasado hasta el punto de querer volver a él. Pero ocurre que al añorar el pasado, echamos de menos algo que en realidad nunca existió. Los detalles, los hechos, lo que verdaderamente ocurrió, ha quedado en una neblina; solo perdura la emoción y esa emoción se acentúa con el tiempo.

Hay una forma de nostalgia que no implica al grupo, sino al paisaje o a la naturaleza. Echamos de menos los paisajes de la infancia. El problema es que esos paisajes solo existen en el recuerdo. Y por recuperar unos paisajes que no existieron nunca podemos vernos tentados a tomar malas decisiones. La añoranza de una naturaleza supuestamente prístina, inalterada, idílica puede también acabar por surtir efectos perversos.

Hay, incluso, quienes experimentan una cierta angustia que, en casos extremos se vive como una agonía. Es ese sentimiento agónico por la pérdida de algo que, muy probablemente, nunca existió. Se puede experimentar sentimientos agónicos por la pérdida, real o imaginaria, de una cultura, de unos paisajes, de unas tradiciones. Y eso puede hacer mucho daño. En ese caso no cabe hablar de sentimientos positivos.

Es bueno experimentar sentimientos de nostalgia pero sin caer en sus formas patológicas. La añoranza no debe llevarnos a intentar recuperar unos paisajes, un entorno, un barrio, unos paisanos que no existieron nunca o que, si existieron, no configuraron ningún mundo ideal, aunque ahora así nos lo parezca. No hay mundos ideales.

El origen de las religiones moralizantes

Según el psicólogo Nicolas Baumard, hace algo más de 2000 años surgieron en el mundo una serie de religiones que incorporaron en sus doctrinas normas morales. El cristianismo sería una de ellas.

Antes de ese periodo, el culto a los dioses no estaba vinculado con el cumplimiento de una serie de preceptos éticos. Las normas de comportamiento no tenían sustento religioso. Las religiones tenían más que ver con la celebración de ritos y de ofrendas a las divinidades con el propósito de que estas fuesen propicias a los deseos humanos. En Grecia, por ejemplo, aunque existían normas de carácter moral, tenían poco que ver con el culto a los dioses. Y los dioses, por su parte, no eran precisamente dechado de virtudes.

Lógicamente, la vinculación entre moral y creencias religiosas no se produjo de la noche a la mañana. Aunque en el mundo de los héroes homéricos (siglo VIII a.e.c.), tal relación no existía, ya en el siglo V a.e.c. los griegos empezaron a creer que en el Hades los muertos serían juzgados en función de cómo se hubiesen portado en vida. Por esa misma época la religión judaica empezó a incorporar creencias acerca del castigo en la otra vida. Fue por entonces -siempre según Baumard- cuando la fidelidad en las relaciones de pareja empezó a ser considerada un bien moral, además de otras virtudes. En la civilización romana, por ejemplo, ya se empiezan a valorar virtudes tales como el ascetismo, la modestia y la continencia sexual, lo que no implica que tales virtudes se practicaran de forma mayoritaria, por supuesto.

Según una teoría bastante aceptada en el campo de la evolución cultural, las religiones moralizantes, al promover la cooperación y la ayuda mutua, funcionarían como un elemento de cohesión social. Esa cohesión les proporcionaría una ventaja competitiva con las sociedades menos cooperativas, por lo que les habría favorecido en relación con otras.

Baumard, sin embargo, cree que la aparición de las religiones moralizantes y su éxito obedece a otras causas, que tienen que ver con una teoría que se ha desarrollado en el campo de la ecología evolutiva; me refiero a la teoría de los ciclos de vida. De acuerdo con esa teoría los organismos desarrollan ciclos de vida de diferentes características en función de las condiciones del medio en el que viven. Por simplificar podríamos denominar a unas estrategias rápidas, y a las otras, lentas. Cuanto más exigentes son las condiciones del entorno en el que se desenvuelven los individuos de una población (y por lo tanto, más alta es la tasa de mortalidad que sufren), y cuanto más imprevisible es la disponibilidad futura de recursos (alimenticios en el caso de los animales), los organismos tienden a desarrollar estrategias rápidas e imprudentes: crecimiento rápido, reproducción temprana, recursos destinados principalmente a la reproducción y vida corta. Recurriendo a esa estrategia es más probable que algunos de los descendientes tenga éxito, esto es, que encuentre las condiciones adecuadas para medrar. En caso contrario, la estrategia (lenta) consiste en primar la eficiencia, limitar mucho el número de descendientes y dedicarles mucho cuidado; bajo esas condiciones la vida suele prolongarse mucho más. La distinción entre estrategias rápidas y lentas se puede aplicar a las especies, pero también a las poblaciones. O sea, aunque hay especies que no presentan variabilidad en estos rasgos entre poblaciones, en otras especies puede haber importantes diferencias si tienen la suficiente capacidad como para habitar medios muy diferentes.

Al parecer esas estrategias tienen sus versiones en la especie humana. Cuando el futuro es incierto y el riesgo de mortalidad alto, las personas asumen más riesgos, se tienen más hijos y se tienen a edades más jóvenes. Lo contrario ocurre en las personas más acomodadas: las mujeres (o las parejas) posponen la edad de la maternidad y dedican mucho más esfuerzo a cuidar a los descendientes.

Baumard sostiene que en el oriente del Mediterráneo ocurrió algo de ese estilo hace unos 2.500 años. En ese periodo el consumo de energía per capita[1] subió de 15.000 cal/día, típico de las sociedades egipcia y sumeria, a más de 20.000. Y al mejorar las condiciones y hacerse más predecibles y las sociedades convertirse en más estables, adoptaron estrategias lentas. Y en ese contexto habría tenido sentido la vinculación de preceptos morales a los credos religiosos, puesto que esos preceptos actuaban a favor de las nuevas estrategias.

Ahora bien, según Baumard, habrían sido las élites las que adoptaron las estrategias lentas en primera instancia, porque las normas morales ayudaban a mantener un status que les resultaba beneficioso. De hecho, dado que la mayoría de la población se habría de mantener durante mucho tiempo en condiciones que propiciaban el mantenimiento de estrategias rápidas, la condena de los comportamientos “inmorales” propios de esas estrategias obedecería al interés de reprimir comportamientos potencialmente peligrosos para la estabilidad social y su propio estatus.

A mí, sin embargo, este aspecto de la cuestión no me acaba de convencer. No me parece mala idea vincular la existencia de una moral religiosa “conservadora” a la adopción por los grupos humanos de formas lentas de vida, pero no creo que eso sea consecuencia de la actitud interesada de las clases más acomodadas. De hecho, el cristianismo, una religión con muy alta componente moralizante, no surgió ni se extendió impulsada por los privilegiados, precisamente. Que acabase convirtiéndose en la religión oficial del imperio y la hiciesen suya los aristócratas es algo que ocurrió mucho después de su expansión inicial.

En resumidas cuentas, la asociación de preceptos morales a credos religiosos en contextos que propician estrategias lentas de vida puede ser una idea fecunda, de alto valor heurístico. Pero dudo que esa asociación, de haberse producido por esa razón, tuviese que ver con la actitud de las élites al respecto, sino con la del conjunto de la población. Estaría bien contrastar la hipótesis de Baumard con las religiones de otras sociedades distintas de las del Mediterráneo. Quizás eso nos ayudase a arrojar luz sobre una cuestión tan interesante.

[1] Se considera que el nivel de consumo de energía es un buen indicador del nivel de vida.

Motivos para una manifestación (y II)

Al final de mi anotación anterior dejaba un interrogante acerca de las razones de las autoridades que convocan manifestaciones antiterroristas. Pero creo que es más honrado no dejar el interrogante en los términos en los que quedó y referirme abiertamente a la cuestión.

Opino que las autoridades no tienen ninguna buena razón para convocar una manifestación antiterrorista cuando los terroristas no son, en realidad, los destinatarios del mensaje que supuestamente se quiere proclamar. O, al menos, no tienen ninguna buena razón que pueda decirse. Y aunque pueda resultar chocante o contradictorio, quiero dejar claro que en mi ánimo no hay voluntad de crítica hacia los que mandan. Cualquiera en su lugar haría lo mismo.

Las manifestaciones no se convocan para hacer frente al terrorismo y, de esa forma, conseguir que desaparezca. Se convocan porque ante una masacre como la cometida en Cataluña hace diez días es muy duro “no hacer nada”; se convocan porque es mejor “hacer algo que no hacer nada”.

La lucha contra un terrorismo como el islamista, refractario al discurso político del estado de derecho, solo tiene dos tratamientos, a mi juicio: la ley y la inteligencia. La ley establece el marco legal en el que desarrollarán las fuerzas de seguridad su acción preventiva y represiva; también establece el régimen penal aplicable a los delitos. Y los servicios de inteligencia son los que, mediante las herramientas que les son propias y están permitidas por la ley, han de tratar de impedir la comisión de atentados o, si no lo consiguen, de perseguir y capturar a los terroristas. Habrá quien objete en el sentido de que es preciso también actuar sobre los colectivos sociales más susceptibles de servir de cantera terrorista; mi opinión es que esa vía, de ser útil (acerca de lo cual tengo serias reservas), no serviría para combatir el terrorismo practicado por extranjeros, como fue el caso, en los EEUU, de los atentados del 11S.

No tengo razones para pensar que las leyes que tenemos sean inadecuadas o insuficientes para combatir el terrorismo[1]. Y no tengo duda de que las autoridades hacen lo que pueden en materia de inteligencia; los responsables unas veces lo harán bien y otras no tanto, pero quiero creer que hacen al respecto lo que está en su mano.

El problema es que ni con las mejores leyes ni con los mejores servicios de inteligencia se puede evitar que se cometan atentados. Que se lo digan al Mossad israelí. Así que cuando eso ocurre, surge el problema. Porque no bastaría con dar una rueda de prensa diciendo: “a pesar del excelente trabajo policial y de inteligencia, esta vez nos han ganado; lo sentimos”. Y es entonces cuando ese “es mejor hacer algo que nada” se acaba convirtiendo en una convocatoria de manifestación. Parece que hacemos algo.

Esto, en el fondo, tiene también que ver con otro hecho del que me he quejado en más ocasiones y es que hace ya mucho tiempo los políticos nos convencieron de que podían resolver todos nuestros problemas. Lejos de limitarse a gestionar lo que les es propio (normas fundamentales de convivencia, servicios básicos, seguridad, etc.)  y, si acaso, a promover una sociedad que proporciones oportunidades para todos, los políticos de toda condición nos ofrecen la solución a los problemas que tenemos y, en ocasiones, también a los que no tenemos. Y a base de ofrecerlo, acabamos por pensar que es así y actuamos en consecuencia. Así que cuando ocurre una desgracia como la de Cataluña, la gente mira a las autoridades y estas miran a la gente: el resultado es una manifestación que servirá a los participantes para reafirmarse en sabe Dios qué convicciones y para superar un duelo de forma colectiva, y a los responsables políticos para hacer algo porque siempre es mejor eso que no hacer nada.

Bien pensado, esto se parece mucho a las procesiones para provocar la lluvia que hasta no hace tanto tiempo se celebraban en algunas localidades españolas. Las rogativas no conseguían que lloviese, pero el cura se quedaba tranquilo porque había hecho algo en vez de nada.

[1] Aunque Mariano Rajoy no deja de decir que quiere un gran pacto de estado contra el terrorismo; creo que quiere una ley nueva. Miedo me da.

 

Motivos para una manifestación

Siempre me han producido una cierta desazón las manifestaciones convocadas por las autoridades. Antaño era al revés, se convocaban para exigir algo a las autoridades, y las convocaban partidos, sindicatos u otros agentes políticos o sociales.

Pero fueron tantos los años de terrorismo en Euskadi que al final nos acabamos acostumbrando a que las autoridades o partidos en el poder, para mostrar rechazo y condena, convocasen concentraciones y manifestaciones, o se adhieresen a las convocatorias de organizaciones pacifistas ciudadanas. Recuerdo algunas multitudinarias. Aunque en aquellas ocasiones estaba claro a quién o quiénes nos dirigíamos los concentrados o manifestantes, siempre tuve una cierta sensación de irrealidad. Sí, nos juntábamos y permanecíamos durante unos minutos en grandes (o no tan grandes) círculos, hasta que se deshacían al final del tiempo establecido con un aplauso. Pero siempre dudé de la efectividad de aquellas concentraciones. Lo que queríamos expresar, aparte de la condena por la muerte o muertes producidas por los terroristas, era que de ninguna manera nos sentíamos representados por ellos y, por lo tanto, que rechazábamos sus acciones y hasta su misma existencia como organización.

Era importante hacerlo. Pero creo que, más que las movilizaciones contra el terrorismo, fueron los policías y los jueces los que acabaron, tras medio siglo, con la violencia. Por eso tengo, y tuve, grandísimas dudas acerca de la efectividad de todo aquello. Era importante y necesario, sí, pero no por su efectividad, sino por otras razones. Queríamos dejar claro que, lejos de darnos igual, estábamos radicalmente en contra del recurso a la violencia, la amenaza y el asesinato como vía para obtener objetivos políticos. Y al respecto, no debemos olvidar que una fuerza política que representaba alrededor de un 15% del electorado compartía estrategia política con los terroristas y nunca condenó (sigue sin hacerlo) la violencia (salvo en las ocasiones en que los caídos eran sus próximos, claro). Pero incluso a pesar de eso, nunca me acabé de acostumbrar a aquellas convocatorias.

También ahora, con motivo de los atentados en Cataluña, se ha convocado una manifestación, una de esas grandes manifestaciones que se celebran cuando la ocasión, por sus dimensiones, gravedad o trascendencia, parecen requerirlo. Pero el caso es que las dudas que ya solían asaltarme hace años me han vuelto a asaltar ahora, solo que en mayor medida. En este caso, además, no hay agentes políticos a los que dirigirse.

¿Para qué la manifestación? ¿A quién se han dirigido los manifestantes? ¿Para decirles qué? Me dicen que se trata de decir a los terroristas que no tenemos miedo. Pues la verdad es que no le veo el sentido. No, al menos, en estos términos. Porque ¿habrá algún futuro terrorista que se sienta interpelado por los manifestantes? ¿Se lo pensará dos veces antes de decidir inmolarse en medio de una gran concentración de infieles y pecadores con ocasión, por ejemplo, de un concierto de música rock? ¿Se lo pensarán quienes han inspirado el atentado o han plantado la semilla del mal en sus perpetradores finales? En realidad creo que, de hecho, una manifestación gigante conviene a sus intereses, sean estos los que sean; porque dan mayor repercusión mediática aún al asesinato múltiple.

No dudo de que las intenciones de los participantes sean genuinas, por supuesto. Supongo, además, que pensarán que su participación tendrá algún efecto positivo, siquiera se trate de transmitir a los familiares de las víctimas sus condolencias. Mi compañero César San Juan me dice en un intercambio a través de tuiter que la sociedad necesita “metabolizar”, superar colectivamente el duelo, fortalecer la identidad de un «nosotros» frente a los terroristas. Txipi también me dice algo parecido: que, como con anteriores terroristas y manifestaciones, le parece “un ejercicio de autoafirmación”. Me parecen motivos razonables; la gente reacciona frente al terror actuando conjuntamente, en señal de duelo y de autoafirmación. Pero sigo sin ver cuáles son los motivos de los convocantes o quizás es que prefiero no verlos.

La inmoralidad de los ateos

La gente tiende a pensar que es más fácil que un ateo cometa crímenes abominables a que los cometa una persona con creencias religiosas. Y en general, la mayor parte de la gente cree que los creyentes son mejores personas, con sentimientos morales más arraigados.

Esto no es nuevo. Según cuenta Platón, en el Euthyphro, cuando se le preguntaba a Socrates si la bondad es lo que gusta a los dioses porque es buena o si la bondad es buena porque gusta a los dioses, él, Sócrates, optaba por la primera posibilidad. Pero lo cierto es que desde entonces muchos otros han manifestado opiniones en sentido contrario. John Locke, conocido como el apóstol de la tolerancia y uno de los personajes históricos por quien más aprecio tengo, defendía que a los ateos no debía concedérseles derechos de ciudadanía, porque como quienes no creen en Dios no obedecen normas morales, no se podía confiar en ellos. Y Dostoievski escribió que “si Dios no existe, todo está permitido.” Todavía hoy no son raras afirmaciones tales como que el progreso del secularismo y el declive de las religiones organizadas es lo que hace que retroceda la moralidad en las sociedades contemporáneas.

En los estudios (aquí el último) que se hacen sobre este tema se ha comprobado que aunque los porcentajes varían mucho entre países, en general existe la creencia de que quien no tiene una religión carece de moral, y lo más curioso es que hasta quienes se declaran ateos tienden a pensar de ese modo. Además, quienes atribuyen a la fe el origen de la moral piensan de los religiosos que cometen actos inmorales (abusos sexuales a menores de edad, por ejemplo) que lo hacen porque en realidad no creen en Dios. También es cierto que, en general, cuanto más secularizada está una sociedad, menor prevalencia tiene esa forma de pensar, pero incluso en las sociedades más secularizadas, tiene una aceptación relativamente amplia.

Daré ahora un pequeño rodeo para introducir un elemento nuevo en esta cuestión. Lea esta descripción: “Linda tiene 31 años de edad, es soltera, inteligente y muy brillante; se especializó en filosofía; como estudiante estaba profundamente preocupada por los problemas de discriminación y justicia social y participaba también en manifestaciones anti-nucleares.” Si a continuación le pregunto: “De las dos posibilidades, ¿cuál es más probable, a o b? a: Linda es una cajera de banco. b: Linda es una cajera de banco y es feminista.” ¿Qué me respondería?

No sé qué ha respondido usted, pero lo más frecuente es que la gente responda la opción b. Y sin embargo, es evidente que la b es la opción más improbable. Es este un ejemplo práctico de la llamada “falacia de la conjunción” o “falacia de Linda”. Quienes incurren en ella piensan que es más probable que se cumplan a la vez varias condiciones –alguna de ellas particulares- en vez de una de ellas que es de carácter más general.

Pasa lo mismo con la opinión de la gente sobre los ateos e inmorales. Cuando se describe a alguien como un maltratador de mujeres y a continuación se le pregunta a la gente si creen que el maltratador es un cajero de banco o si creen que es un cajero de banco ateo, la mayoría responden que es un cajero de banco ateo, aunque la opción más probable es la de que es un cajero de banco sin más atributos.

Que la gente, al ser encuestada en esos términos, responda incurriendo en la falacia de Linda indica bien a las claras que creen que los ateos son más inmorales que los creyentes. Pues bien, pasa en muchos países aunque no en todos en la misma medida. Y es curioso, además, que la predisposición negativa para con los ateos también la experimenten los propios ateos.

Según una explicación surgida de los estudios sobre evolución cultural, las religiones cumplen la función de otorgar a los que comparten una misma fe un sentimiento de pertenencia a un grupo. De esa manera, quienes profesan una misma religión estarían más predispuestos a cooperar con el resto de los miembros del grupo. Por esa razón, de acuerdo con esa explicación, la predisposición negativa hacia los ateos se entendería como una actitud contraria hacia quienes no se consideran miembros del mismo grupo y, por lo tanto, no estarían dispuestos a cooperar con el resto en caso necesario. La fe actuaría, bajo ese supuesto, como una señal de pertenencia al grupo.

Sin embargo, dado que incluso los ateos tienden a tener peor opinión moral de ellos mismos, la interpretación anterior no vale. Esto es, esa opinión negativa no obedece a que se considere a los ateos ajenos al grupo al que pertenece uno mismo, sino que refleja una actitud de recelo y rechazo hacia quienes no se sienten vigilados por un dios y, por lo tanto, no temen el castigo divino si se portan mal. De lo contrario, los ateos no tenderían a pensar igual que los creyentes. O sea, la falacia de la conjunción no opera porque se rechace a quienes, por no ser considerados parte del mismo grupo, no se les tenga por posibles cooperadores, en caso de ser necesaria su colaboración, sino que piensan, sin darse cuenta o dándosela, lo mismo que pensaba John Locke: que no son gente de fiar. ¡Ahí es nada!

¿Qué opina usted?

Sin perdón

Cuanto más mayor me hago más disfruto con las cosas sencillas. Me gusta contemplar el mar, ver cómo se suceden las olas en la playa. Me fijo en cosas que antes no veía, como la delicada arquitectura de una tela de araña cubierta de gotas de rocío, de la marea -como dicen en los pueblos de Salamanca- de primera hora de la mañana; me fijo y la admiro. Percibo los detalles de un amanecer hasta el último matiz; o me sumerjo en la melancolía propia de los atardeceres. Me siento en la terraza de nuestro local pub en verano, a la sombra de unos plátanos, y me quedo viendo el ir y venir de la gente. Escucho música cuando tengo la ocasión. Paseo con mi mujer por los parques de nuestro pueblo; reparamos en los cambios que produce el curso de las estaciones, y lo comentamos. Cada vez me gustan más esas cosas y otras similares. Podría decir que disfruto más de la vida, quizás porque cada vez me va quedando menos y soy cada vez más consciente de ello.

Conforme envejezco, también me duele más el dolor ajeno. Más sufrimiento me produce el sufrimiento de los otros, más cuanto más cercanos los percibo, pero en general, cada vez me sienta peor el mal de los demás. Y me producen especial desolación los atentados, porque quienes caen víctimas de un atentado se ven, de repente y sin haber hecho nada para merecerlo, privados de su bienestar, su salud o su vida, y no por accidente. No dejo de pensar en los familiares, personas a las que de repente las llama alguien, quizás un cargo político, quizás un funcionario, para decirles algo que los puede hundir de por vida. No quiero ni imaginar una situación así.

Los atentados, además, se hacen en nombre de una causa, de un bien superior, de una entelequia por tanto. En nombre de alguna causa han matado a mucha gente; en el País Vasco lo sabemos muy bien, durante casi medio siglo centenares de personas fueron asesinadas y miles convertidas en víctimas en nombre de una causa. En la historia de la humanidad ha habido millones de asesinatos y de muertos por diferentes causas: Tierra Santa, la verdadera fe cristiana, la república, la sociedad sin clases, la Jihad u otras.

Puedo quizás entender que alguien dé su vida por una causa, pero no puedo aceptar que alguien asesine en nombre de una causa. En realidad no puedo aceptar que nadie asesine por ninguna razón, salvo una, pero creo que la peor razón de todas es esa, una causa. Nadie, bajo ninguna circunstancia que no sea la defensa de la propia vida puede quitar la vida a nadie; nadie está legitimado para hacerlo; el derecho a vivir es el derecho supremo. Pero además, quien mata por una causa lo hace porque está en posesión de la verdad; la suya no es una causa más, es “la causa”; es tal el desprecio que siente por sus semejantes que, de hecho, para él no lo son, porque se arroga el derecho, la legitimidad, para matarlos, para quitarles su bien más preciado.

Ayer una docena de personas o más murieron y otras ochenta fueron heridas –varias de ellas de extrema gravedad- en un atentado terrorista. Quienes acabaron ayer con la vida de esas personas e intentaron hacer lo propio con decenas más lo hicieron, según todos los indicios, por una causa, por una verdad, por un credo. Ese credo es el Islam. Es cierto que no debemos identificar a todos los musulmanes con los fanáticos islamistas. Pero a mí no me basta con decir eso.

Un atentado como el de ayer no se cometió en nombre de la “religión”, se cometió en nombre de una fe en concreto. Conviene precisar esto, porque si se pide que no atribuyamos a todos los seguidores de Mahoma la misma condición siniestra de los terroristas, con más razón hay que exigir que no se atribuya la responsabilidad a quien no la tiene bajo ninguna otra consideración. Y el resto de quienes profesan alguna otra religión nada tienen que ver con esa barbarie. No, el atentado de ayer NO se cometió en nombre «la religión».

No debemos pasar por alto que los países en los que el Islam es la religión mayoritaria se han demostrado incapaces de acceder a la modernidad. No han sido capaces de instaurar de forma estable y duradera regímenes en los que el respeto a los derechos humanos sea la condición básica y fundamental de la convivencia política. No vale invocar el colonialismo o el trato dado por occidente en el pasado. Por similares situaciones han pasado muchos otros países y no han evolucionado de la misma forma. Es más, los países que financian el terrorismo son países muy ricos; no se pueden esgrimir la opresión y el sojuzgamiento como motivaciones de una acción liberadora desesperada. Escuchen a Ayaan Hirsi Halí.

Y por último, repetiré algo que no por dicho miles de veces hay que dejar de decir. Los responsables de los atentados son quienes los cometen, los inspiran y los financian. No somos los que, en una tarde de agosto, de visita en Barcelona, queremos disfrutar de esos pequeños placeres de la vida: mirar el mar o fijarnos en una tela de araña, pasear, contemplar el ir y venir de la gente, comprar un helado, salir de copas por la noche o descansar en la Barceloneta al atardecer. No, nadie de quienes disfrutamos de las pequeñas cosas de la vida de esa forma somos culpables de nada. Tenemos derecho a esas pequeñas cosas porque es nuestra vida y hemos de poder hacer con ella lo que más nos plazca si al hacerlo no perjudicamos a los demás. Hablo en primera persona porque soy muy consciente -y creo que deberíamos serlo todos- de que cualquiera de nosotros podría haber sido asesinado ayer. Todos somos sus enemigos, porque todos, disfrutando en paz de nuestros pequeños placeres y sin una causa por la que matar, representamos lo que más odian los fanáticos: la libertad que nos permite disfrutar, entre otras, de esas pequeñas cosas.

Cada vez me afecta más la desgracia ajena; cada vez me duelen más los atentados y los muertos en los atentados. Cuando sé de un atentado como el de ayer me entra una congoja terrible. Debe de ser cierto que la edad ablanda.

Cada vez que pasan cosas como lo que ocurrió ayer en Barcelona me acuerdo de Will Munny, el ex pistolero protagonista de “Sin perdón (Unforgiven, 1992)”, la película de Clint Eastwood, cuando dice que “matar a un hombre es muy duro, le quitas todo lo que tiene, y todo lo que podría tener”.