{"id":623,"date":"2012-07-23T11:38:28","date_gmt":"2012-07-23T09:38:28","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.deia.com\/desmarcados\/?p=623"},"modified":"2012-07-23T11:39:10","modified_gmt":"2012-07-23T09:39:10","slug":"ares-y-sus-errores-el-caso-inigo-cabacas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.deia.eus\/desmarcados\/2012\/07\/23\/ares-y-sus-errores-el-caso-inigo-cabacas\/","title":{"rendered":"Ares y sus errores: el caso I\u00f1igo Cabacas"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"http:\/\/blogs.deia.com\/desmarcados\/files\/2012\/07\/I\u00f1igo.png\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter  wp-image-624\" src=\"http:\/\/blogs.deia.com\/desmarcados\/files\/2012\/07\/I\u00f1igo.png\" alt=\"\" width=\"563\" height=\"538\" srcset=\"https:\/\/blogs.deia.eus\/desmarcados\/files\/2012\/07\/I\u00f1igo.png 342w, https:\/\/blogs.deia.eus\/desmarcados\/files\/2012\/07\/I\u00f1igo-300x286.png 300w\" sizes=\"auto, (max-width: 563px) 100vw, 563px\" \/><\/a><\/p>\n<p>Para un pol\u00edtico profesional, m\u00e1s que para cualquier otro ciudadano, existen dos clases de errores: los perdonables y los imperdonables. Dicho de otra manera, los involuntarios o propiciados por flaquezas e insuficiencias -la mayor\u00eda de los extrav\u00edos humanos- y aquellos que en alg\u00fan momento pudieron evitarse y empecinadamente se mantuvieron activos. Hablemos de estos \u00faltimos, los errores perfectos. <strong>Una equivocaci\u00f3n inexcusable se mide tanto por la gravedad de los hechos y sus dolorosas consecuencias, como por la actitud del autor y la prolongaci\u00f3n del desatino.<\/strong><\/p>\n<p>El menos aceptable es el error duradero. Por definici\u00f3n, los fallos imperdonables son aquellos por los que no se piden disculpas o cuyo perd\u00f3n se implora tarde y mal, es decir, sin convicci\u00f3n y con retardo. As\u00ed lo entiende la moral de nuestra sociedad, sensible a la dispensa de los arrepentidos pero implacable con quienes no admiten su responsabilidad y manifiestan jactancia en la propia conducta, los que se justifican. Al final, son las percepciones p\u00fablicas, mejor o peor informadas, las que determinan la calificaci\u00f3n de los hechos: ellas son los jueces y casi nunca se equivocan.<\/p>\n<p><strong>\u00a0<em>Errores tr\u00e1gicos<\/em><\/strong><\/p>\n<p>En el caso de la muerte del joven I\u00f1igo Cabacas, producida por el impacto de una pelota de goma lanzada por la Ertzaintza en el centro de Bilbao el pasado 5 de abril despu\u00e9s de un partido de f\u00fatbol del Athletic, un homicidio absurdo y negligente, aparecen ante los ojos de la gente dos realidades opuestas: <strong>una familia dolorida que exige, con todo derecho, el esclarecimiento de la verdad y una justicia consecuente,<\/strong> y la figura del consejero de Interior, Rodolfo Ares, que mueve los hilos de una humillaci\u00f3n prolongada por medio de silencios, ocultaciones, demoras, maniobras de distracci\u00f3n y huida de responsabilidades, el contrapunto de cuanto reclaman los padres, los amigos y la mayor\u00eda social. Los desatinos de Ares son tantos, tan constantes y tan graves que es dif\u00edcil encontrar un precedente en la historia de las bajezas pol\u00edticas.<\/p>\n<p>Ares ha cometido dos errores tr\u00e1gicos en la gesti\u00f3n del suceso que, sumados a todos los anteriores, resultan imperdonables y definitivos. <strong>El peor es el ofrecimiento de una compensaci\u00f3n econ\u00f3mica a la familia, v\u00eda seguro de responsabilidad civil, con el prop\u00f3sito de ahogar las repercusiones p\u00fablicas del caso.<\/strong> La tentativa, que existi\u00f3, de comprar con dinero el silencio de la gente de I\u00f1igo retrata ante la opini\u00f3n p\u00fablica el talante miserable y escapista de Ares y su desprecio hacia los sentimientos de los allegados de la v\u00edctima. La indignidad institucional frente al dolor<\/p>\n<p>En este contexto de deshumanizaci\u00f3n, Ares construye un debate tramposo consistente en a<strong>tribuir una causalidad pol\u00edtica a la postura beligerante de la familia, al cargar contra la abogada de esta, Jone Goirizelaia, y su trayectoria como dirigente de la izquierda abertzale, con este mensaje impl\u00edcito: como la letrada fue una reconocida defensora de ETA, tambi\u00e9n ahora carece de credibilidad y \u00e9tica en su estrategia profesional, con lo que la raz\u00f3n asiste solo al consejero socialista<\/strong>. Negando legitimidad a la defensora de la familia, Ares propina una terrible bofetada a los padres de I\u00f1igo -y a la memoria de este- en la cara de Goirizelaia. De paso, la maniobra del responsable de Interior es un insulto a la sociedad democr\u00e1tica, a la que se ha pretendido manipular mediante la politizaci\u00f3n de los sentimientos de los padres y el cuestionamiento de estos a designar sin prejuicios a su leg\u00edtima representaci\u00f3n legal.<\/p>\n<p>Su segunda equivocaci\u00f3n, no menos grave, ha sido polemizar con la familia Cabacas. El consejero deber\u00eda saber que, por concepto, la v\u00edctima siempre tiene raz\u00f3n y que la sociedad se sit\u00faa racional y emocionalmente del lado de los que sufren una injusticia, m\u00e1s a\u00fan si el mal procede de los \u00e1mbitos del poder. <strong>\u00bfCabe mayor torpeza que confrontarse con unos padres cuya conducta ha sido ejemplar y paciente hasta lo indecible y que han aguantado toda suerte de evasivas y desprecios institucionales? El admirable comportamiento de los seres queridos de I\u00f1igo ha contribuido a que la irresponsabilidad de Rodolfo Ares quedara m\u00e1s patente<\/strong> y se percibiera la enorme distancia que media entre las pol\u00edticas rastreras y la moral sin dobleces de los ciudadanos.<\/p>\n<p><strong><em>Errores iniciales<\/em><\/strong><\/p>\n<p>Todo empez\u00f3 mal. El consejero cometi\u00f3 al menos tres fallos iniciales. El primero, <strong>actuar con cobard\u00eda al esconderse de los hechos hasta que sobrevino el fatal desenlace<\/strong>. Cinco d\u00edas de deshonroso silencio, desde los incidentes hasta la muerte (sus vacaciones de Semana Santa eran m\u00e1s valiosas), son la medida de su pusilanimidad, sin contar con su miedo a la soledad (el otro lado de la cobard\u00eda) por hacerse acompa\u00f1ar en sus tard\u00edas comparecencias p\u00fablicas por su viceconsejero y el director de la Ertzaintza. Su segundo error fue <strong>negar contumazmente que la causa del fallecimiento de I\u00f1igo fuese la carga a pelotazos y a corta distancia de una unidad de la Ertzaintza. Su negaci\u00f3n son\u00f3 a brutal mentira.<\/strong><\/p>\n<p>El segundo error fue<strong> la tozuda inadmisi\u00f3n de su responsabilidad pol\u00edtica<\/strong>. M\u00e1s all\u00e1 de las declaraciones ret\u00f3ricas en sede parlamentaria y ante los medios de comunicaci\u00f3n, Ares jam\u00e1s tuvo la intenci\u00f3n de dimitir, ni siquiera para dejar a la Ertzaintza libre de una culpa que solo pertenec\u00eda a sus mandos institucionales. Por encima de todo <strong>la prioridad era su carrera pol\u00edtica, siendo la muerte de I\u00f1igo un da\u00f1o colateral, fruto de la fatalidad y las circunstancias.<\/strong><\/p>\n<p><strong>\u00a0<em>Errores t\u00e1cticos<\/em><\/strong><\/p>\n<p>Como estratega Ares es un fiasco. Solo as\u00ed se entiende que cometiera otras tres faltas esenciales. La primera, fiar su protecci\u00f3n pol\u00edtica a la judicializaci\u00f3n de un asunto que, lejos de eternizarse en la odiosa parsimonia de los tribunales, merec\u00eda un r\u00e1pido esclarecimiento y una depuraci\u00f3n pol\u00edtica y penal coherente con la magnitud del da\u00f1o causado. La segunda es un error de c\u00e1lculo, t\u00edpica entre quienes, por ansiedad, confunden la realidad con los deseos: <strong>pensar que con el transcurso del tiempo el tema se diluir\u00eda en la amnesia colectiva, como tantas otras infamias<\/strong>. Su conjetura ha chocado con la tenacidad de los amigos y la f\u00e9rrea voluntad de los padres de llegar hasta el final mediante la movilizaci\u00f3n y la agitaci\u00f3n con el prop\u00f3sito de evitar que el drama de I\u00f1igo se inscribiese en la larga lista de los casos perdidos.<\/p>\n<p>El tercer error t\u00e1ctico de Ares ha sido su af\u00e1n por<strong> buscarse un chivo expiatorio, personalizado en alg\u00fan mando de la polic\u00eda aut\u00f3noma o quiz\u00e1s en uno o dos miembros de la brigada que realiz\u00f3 la carga, a quienes poder endosar las culpas y salir airoso del trance<\/strong>. El consejero ha arruinado \u00e9l solo su carrera pol\u00edtica. Quiz\u00e1s en Madrid, cuando en pocos meses se extinga el Gobierno L\u00f3pez, tenga un lugar donde esconder su verg\u00fcenza. Aqu\u00ed est\u00e1 acabado.<\/p>\n<p>La confianza en la justicia es escasa; pero<strong> I\u00f1igo Cabacas solo podr\u00e1 descansar realmente el d\u00eda que se conozca la verdad en todos sus detalles, los culpables tengan y cumplan su correspondiente castigo<\/strong> y existan garant\u00edas de que nunca m\u00e1s volver\u00e1 a ocurrir una tragedia como la de aquel fat\u00eddico Jueves Santo en un bullicioso callej\u00f3n vasco.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<!-- AddThis Advanced Settings generic via filter on the_content --><!-- AddThis Share Buttons generic via filter on the_content -->","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Para un pol\u00edtico profesional, m\u00e1s que para cualquier otro ciudadano, existen dos clases de errores: los perdonables y los imperdonables. 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